Hola de nuevo! Aquí les dejo este One-Shot que no podía sacarme de la cabeza. Por supuesto continuo con mi historia principal, Lady Granger, pero de vez en cuando refresco mi imaginación con estos cortos. Espero que lo disfruten ;)
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Ella se movía como una serpiente, la curvatura de su espalda contra el caño, la elevación de sus piernas en forma de L, largas, tentadoras, y el empuje de su vientre para enredarse en la barra y hacer un giro de 360 tenía al público hipnotizado. Su cabello rubio caía en ondas hasta el nacimiento de su espalda y el bikini verde bosque de encaje negro que llevaba puesto dejaba al descubierto un cuerpo que pasaba una buena cantidad de tiempo en el gimnasio. Severus Snape era parte de la audiencia, sentado en una mesa con poca luz alejado del escenario observaba a Isis bailar al ritmo de la música con toda la gracia serpentina que una mujer podría ser capaz de evocar.
Egipto era el nombre del club muggle que apenas había abierto unos meses atrás cerca de la entrada del Callejón Diagon, y su mayor estrella era la rubia de ojos verdes. Severus había descubierto el local por accidente un viernes después de terminar un pedido particularmente grande para el cuerpo de aurores del ministerio. Estaba cansado pero no quería irse a su casa y tampoco le apetecía ir a La Cabeza de Cerdo (demasiado cerca de Hogwarts para su gusto). Así que decidió caminar sin rumbo específico al Londres muggle. El establecimiento se anunciaba con luces de neón, y movido más por el aburrimiento que la curiosidad procedió a la puerta, donde un guardia vestido de cuero le dio una mirada antes de dejarle entrar.
Quedó prendado la primera vez que la vio: shorts Daisy Duke a la cadera, negros como el bra estilo halter que rodeaban unos senos generosos. Regresó al día siguiente, pero ella no se presentó ese ni los dos próximos. En su afán le preguntó a alguien del personal cuándo volvería a escena y descubrió que se presentaba una vez a la semana, los viernes, siempre tres canciones para el público y un baile privado antes de quedar libre por el resto de la noche.
Solicitar un baile privado con Isis costaba lo mismo que el pago de un mes como maestro en Hogwarts; sin embargo, desde que tenía su propia boticaria de pociones y el relato de su verdadero papel en la guerra se había difundido, el negocio florecía y no sufría escasez monetaria, tampoco tenía algún uso real para su dinero fuera de la casa que había comprado cerca de Queen´s Park; Severus se sentía cómodo trabajando en sus pociones y no aspiraba a mayores aventuras. Dos guerras mágicas ya habían sido suficiente.
Sin embargo, las últimas seis semanas Severus había reservado los servicios de Isis religiosamente. Él respetaba a las chicas y se mantenía para sí mismo. Luego de un incidente donde ayudó a sacar a unos borrachos del establecimiento que intentaron propasarse con una de las camareras nuevas, se ganó el respeto de los empleados del club; las chicas ya lo conocían y de vez en cuando saludaba al tipo del bar. Cuando alguien más intentaba reservar la función privada con Isis ellos decían que ya estaba reservada aunque la pizarra estuviera vacía.
Al terminar la tercera canción Severus se puso de pie y se dirigió al segundo piso donde se encontraban los salones VIP. Entró al primero a la izquierda y se sentó en el sillón chester de brazos curvos y elegantes. A pocos pasos había una plataforma desde la que salía una barra metálica que quedaba atornillada al techo. A su izquierda se encontraba una puerta de madera por donde solía entrar Isis. El pomo giró y Severus tragó saliva.
—Severus— dijo Isis por saludo, su mirada fija en él, llena de calor y promesas. Él sabía que era parte de su trabajo, pero era esa mirada lo que le hacía regresar.
—Isis— le respondió con voz ronca, incapaz de no recorrer su cuerpo con la mirada. Llevaba un atuendo translúcido que al caminar dejaba ver toda la pierna, de escote pronunciado y mangas largas. Ella se dio la vuelta lentamente para que él pudiera apreciarla mejor.
Isis sonrió a sabiendas una vez quedó de frente y se dirigió a la barra, se reclinó sobre la misma, agarrando el metal por encima de su cabeza con ambas manos, ladeando la cadera y colocando los pies en posición de L y flexionando una de sus rodillas. Severus siseó, la mujer que tenía frente a sí parecía una estatua de mármol.
—¿Debería bailar para ti, Severus?— su voz se escuchaba nerviosa, con energía contenida.
—Lo que quieras, Isis— dijo y se sorprendió al darse cuenta que aceptaría lo que fuera de aquella mujer. Con ella podía vivir la fantasía de sentirse deseado.
—¿Lo que quiera?— preguntó enarcando una ceja cuidadosamente delineada. Severus sintió un retortijón en el estómago al ver que los ojos de Isis brillaban con picardía. Asintió con la cabeza y se percató de que las manos le sudaban.
Isis dejó la barra y caminó hasta quedar a pocos centímetros de él, le puso las manos sobre los hombros y le hizo recostar sobre el sillón. Hasta ese momento Severus no se había percatado de que estaba al borde del asiento. Luego Isis se sentó a horcajadas sobre sus piernas. Una fragancia a damasco y mandarina le invadió los sentidos. Vainilla, también huele a vainilla. Sin pensarlo la asió por la cintura y la acercó hacia sí, encajándola mejor a su cuerpo. Ella ladeó una sonrisa y Severus miró sus labios.
—¿Estás segura?
—Sí— le respondió antes de atrapar sus labios con los suyos.
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Nadie que conociera a Severus Snape podía acusarlo de ser una persona alegre. Definitivamente nunca lo verían silbando por la calle con el rostro relajado y una sonrisa fácil como si no tuviese preocupación en el mundo. Por eso ese lunes en la mañana los transeúntes en el Callejón Diagon quedaron petrificados ante la visión de un Snape feliz. La señorita Clearwater, quien atendía el despacho mientras él se dedicaba a las pociones, quedó tan impresionada que prefirió no decir más que los buenos días e ir a revisar el libro de cuentas.
Dedicó la mañana a hacer el pedido de fin de mes de poción pimentónica para San Mungo. Era una ventaja que supiera los pasos de memoria y sus manos cortaran los ingredientes sin ser apenas consciente de ello, ya que su mente estaba muy lejos de su laboratorio de pociones. Aún recordaba el calor de Isis sobre su cuerpo y la suavidad de sus labios. No había sido apresurado. Ella enredó los dedos en su cabello y se tomó su tiempo para besarlo, como si degustara un buen vino. Sus suspiros, pequeños gemidos y temblores le dieron, si se atrevía a pensarlo, esperanza. Isis era una mujer atractiva, en cualquier edad entre los 25 y 30 años. Después de besarlo por unos minutos que se le hicieron cortos y al tiempo una eternidad, ella regresó a la barra y bailó para él. Unos veinte minutos después dejó el salón, no sin antes mirarlo por encima del hombro y dedicarle una sonrisa.
El sonido del timbre del establecimiento lo obligó a regresar al presente. ¿Para qué le pagaba a la chica Clearwater si no podía atender la puerta? Snape hechizó las pociones en estasis y miró su reloj, eran las doce y cuarto, era la hora de almuerzo de su asistente. Dejó escapar un suspiro irritado y fue a atender el timbre. Tan pronto abrió la puerta una masa de pelo rizado entró a la tienda de forma apresurada.
—Buenas tardes, profesor Snape, señor.
Severus se giró lentamente, esperando que no fuera quien creía que era, pero los dioses no eran tan compasivos. Allí estaba Hermione Granger, vestida con túnicas de trabajo muy grandes para su complexión, mirándolo con demasiado optimismo y alegría para su gusto. Y pensar que su día iba tan bien.
—Señorita Granger. ¿A qué debo... el placer?—dijo enarcando una ceja.
La sonrisa de Hermione flaqueó y se agarró las manos antes de obligarse a relajarlas. La vio recorrer el establecimiento con los ojos antes de enderezar la espalda y mirarlo con determinación.
—He venido a contratar sus servicios, señor. Estoy trabajando en un proyecto que necesita la creación de una poción muy particular. Mis superiores me han propuesto a varios maestros de pociones, pero yo solo quiero lo mejor en mi trabajo. Si está usted dispuesto, señor.
Su discurso fue mecánico, como quien ensaya varias veces frente al espejo el mismo monólogo.
—No tomo trabajos a la medida, señorita Granger, como le he explicado varias veces al ministerio.
—Pero señor, este es un proyecto importante— dijo Hermione con insistencia— usted tendría todos los derechos sobre la patente, lo único que el ministerio pediría sería al menos dos años de contrato exclusivo antes de liberarlo al público.
—No me interesa— dijo Snape entre dientes.
—Señor Snape, ¿ni siquiera escuchará de qué se trata? La paga también es muy buena.
Severus casi pone los ojos en blanco, como si el dinero fuera un problema para él.
—No me interesa— repitió y con la puerta aún abierta le señaló que se marchara de allí. Hermione bufó ofendida y dejó el lugar. Cuando la castaña pasó a su lado le golpeó una fragancia a damasco. Curioso.
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Severus Snape era un hombre que no se sorprendía fácilmente. Pasar dos guerras mágicas, ser testigo de una variedad de atrocidades y tener un encuentro cercano con la muerte son cosas que ya debieran de haber agotado su capacidad de asombro. Pero cuando vez a la mujer que deseas charlando animadamente con una de tus ex-estudiantes, y no cualquiera sino la más molesta y sabelotodo, no hay una cantidad de templanza en el mundo que evite la sorpresa.
Ellas estaban sentadas en un café frente a Queen´s Park, The Little Terrier, el lugar preferido de los deportistas de la zona y los oficinistas que cruzaban apresurados por medialunas y café. ¿Cuál sería la relación entre ellas? ¿Acaso alguien lo había rastreado? ¿Qué interés podría tener Granger al respecto? Las dos reían y parecían tener una conversación muy interesante. Severus sintió frío recorrerle la espalda, ¿acaso estarían hablando de él? ¿Isis sería alguien puesto por el ministerio para vigilarlo? Después de todo lo que había hecho por el bando de la luz seguro sabían que no era un verdadero mortífago.
Caminó a grandes zancadas y con la sutileza que le caracterizaba se colocó detrás de Granger. Isis levantó la vista y sonrió, pero no estaba la calidez de su mirada. Severus enarcó una ceja y Hermione se giró en el asiento para ver de quién se trataba. Snape la miró brevemente y vio que el color dejaba sus mejillas.
—¡Profesor Snape!— alternó la mirada entre Isis y él y acto seguido habló.— Isis, este fue uno de mis maestros en la escuela de Escocia, Severus Snape, maestro de química. Profesor, esta es mi prima Isis Walsh.
Isis pasó la mirada entre Hermione y Snape y sus ojos expresaron reconocimiento.
—Ya nos conocemos— dijo Isis manteniendo la sonrisa— ¿Tal vez quiera sentarse con nosotras? Apenas empezamos a desayunar.
Snape observó cómo Granger le hacía señas negativas a Isis. Curioso. Muy curioso.
—Por supuesto me encantaría— dijo tomando una silla de la mesa de al lado y colocándola entre ambas mujeres. Hermione tensó los hombros y se enderezó. Isis bebía su té serena. Un camarero se acercó y le tomó la orden.
—Entonces Hermione— continuó Isis donde aparentemente había dejado la conversación—, ese hombre horrible te sacó de su tienda sin siquiera escucharte. Por eso nunca le di una oportunidad a Damian, era demasiado arisco con las personas.
Severus miró a Isis alarmado y luego a Hermione. Ella estaba roja desde el cuello a las orejas.
—¿Ah sí?— dijo Severus con una sonrisa desdeñosa— me pregunto de quién se trata— agregó con aire despreocupado. Hermione tragó en seco y permaneció mirando un punto fijo detrás de su prima.
—No importa- dijo Isis sacudiéndose de hombros, luego miró su reloj—. Hermione, cariño, ya debo irme o llegaré tarde. ¿Nos vemos la próxima semana?— No esperó respuesta mientras recogía sus cosas—. Fue un placer verte, Severus—Su sonrisa era cordial, demasiado cordial. No había una pizca de ternura en ellos.
—El placer ha sido mío, Isis— dijo mientras hizo amago de ponerse de pies.
—Oh, no te molestes— le detuvo—, terminen de desayunar— dicho esto volvió a despedirse con una grácil ondulación de manos y se fue en dirección sur.
Severus iba a decir algo pero el camarero llegó con su medialuna de queso crema y café negro. Tomó la bebida y se la llevó a los labios sin dejar de mirar a la castaña. Hermione de repente estaba muy interesada en sus huevos revueltos y tostadas.
—Mañana a las 7 en punto, Granger, un minuto más tarde y se puede olvidar de mi ayuda.
Hermione levantó la cabeza tan rápido que sintió un tirón en el cuello.
—Sí, señor, ahí estaré.
Severus terminó su café, envolvió el cruasán en una servilleta y se levantó.
—Y como soy una persona tan horrible dejaré que pague mi cuenta. Así le damos veracidad a su cotilleo, ¿no cree?
El profesor vio satisfecho cómo Hermione se sonrojaba en una tonalidad roja más oscura y asentía con la cabeza.
—Buen día— dijo con acritud, dio media vuelta y se fue.
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Si era honesto consigo mismo trabajar junto a Hermione Granger era una experiencia estimulante. La chica tenía talento para las pociones y era una compañía tolerable cuando no estaba muy nerviosa como para hablar con él. Claro que no la haría sentir más cómoda admitiendo lo que pensaba de ella, además, se le hacía divertido ver su torpeza cuando se acercaba demasiado. Fuera de eso, durante esos días se percató de que Granger ya no era una repetidora de información sino que se hacía sus propias opiniones, conclusiones y teorías. Es más, le parecía tan buena que le sorprendía que trabajara en el ministerio y no que se dedicara a la investigación y desarrollo.
—Señorita Granger, ¿me pregunto por qué no ha tomado una pasantía en pociones? Con su irritable disposición es posible que emplee esa mente a algo mucho mejor que hacer los mandados del ministerio—. Le dijo un día en que avanzaron un paso importante en una poción que permitía que dos personas se comunicaran mentalmente si se encontraban en un radio de 300 metros. Hermione se sonrojó entendiendo el cumplido indirecto.
—Quería—empezó a decir sin mirarlo a la cara—, pero el maestro de pociones al que quería aplicar no estaba aceptando practicantes en ese momento.
—Tal vez pudiera aplicar otra vez— dijo Snape, comprendiendo lo que quería decir.
—Tal vez— dijo Hermione con una sonrisa tímida antes de volver a sus anotaciones sobre la poción en la que trabajaban.
Era viernes ese día, lo que le trajo a memoria la conexión entre Granger e Isis. No le había preguntado nada directamente esperando que durante la semana ella le dijera alguna información importante, pero para su sorpresa Hermione Granger permanecía en silencio con el tema.
—Hoy terminaremos más temprano, tengo un lugar donde ir más tarde— dijo y la miró fijamente, pero si ella había entendido la referencia no lo reveló.
—Por supuesto, señor. Creo que hemos avanzado bastante. Puedo volver el lunes temprano.
—Sí, claro— dijo y movió la mano derecha en señal de despedida, una costumbre de sus días de profesor cuando se quería deshacer de sus alumnos. Hermione recogió sus cosas y pasó justo a su lado.
—Adiós, profesor Snape. Nos vemos el lunes— dijo una vez en la puerta del laboratorio. Sin embargo, Severus Snape no dijo nada, más bien la miró con el ceño fruncido y los ojos agriados. Hermione enarcó una ceja y ladeó la cabeza confundida, pero sin darle mayor importancia se fue.
Su fragancia es damasco y mandarina. Definitivamente hay notas de vainilla en su olor.
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Isis estaba sentada a horcajadas sobre sus piernas. Lo miraba fascinada, como si él fuera un regalo precioso y algo dentro de él se sintió cálido. Jamás pensó que admitiría que las novelas románticas tuviesen razón: una mujer enamorada tenía brillo en los ojos. Ella volvió a hacerle la pregunta.
—¿Qué quieres esta noche, Severus?
Él desplazó su mano por la espalda de Isis y con gustó sintió como el cuerpo de la rubia se arqueaba bajo su abrazo.
—Vamos a cenar— respondió mientras jugaba con su cabello.
Isis se paralizó y lo miró a los ojos.
—No creo que sea buena idea, Severus. Es que tengo esta otra cosa...
—Solo será una hora, nada formal— le interrumpió.
—¿Una hora?
—Sí— le dijo ladeando una sonrisa.
Ella pareció pensárselo por un momento, llevando una uña pintada de rojo a sus labios.
—Está bien. Espérame a la salida, voy a cambiarme.
Severus sonrió cuando Isis dejó la sala. Se puso de pie y revisó su apariencia antes de bajar y salir del local. Decidió detener un taxi en lo que esperaba a su cita, y justo cuando ella salió para colocarse a su lado, un automóvil se estacionó frente a ellos.
La recorrió con la mirada. Llevaba puesto un vestido azul de tirantes ajustado a la cintura que luego se soltaba hasta llegar por encima de las rodillas. Los stilettos y cartera beige complementaban el atuendo. Isis intentó contener una sonrisa y Severus carraspeó, abriendo la puerta del taxi para ella.
—A la avenida de Queen´s Park número 42, por favor— indicó una vez estuvieron sentados. Él se sorprendió al sentir cómo ella deslizaba una de sus manos por encima de su pantalón, pero al mirarla, Isis estaba con la barbilla apoyada en su mano libre observando las calles.
Una vez llegaron a un edificio elegante y moderno, Severus pagó el viaje y de nuevo sostuvo la puerta para ella.
—Buenas noches, sr. Snape— dijo el portero— ¿bonita noche, cierto?
—Buenas noches, River. Definitivamente lo es.
—¿Vives aquí?— preguntó Isis una vez se detuvieron frente al elevador, impresionada por la decoración del vestíbulo.
—Así es, en el penthouse.
Snape la guió hasta su apartamento. El diseño era tipo desván con concepto abierto y con la pared opuesta a la entrada sustituida por grandes ventanales de vidrio reforzado que permitían la vista de la ciudad. Justo debajo se veía el parque y más allá las luces de la vida nocturna de Londres.
—Es precioso— dijo Isis encantada y corrió hasta la ventana para apreciar la vista. Severus fue a la cocina y descorchó una botella de Cabernet Sauvignon y vertió el líquido rojo en dos copas.
Se dirigió hasta Isis y le ofreció la bebida.
—Gracias— le dijo y tomó un sorbo—. Está realmente bueno— observó con gusto.
Severus sonrió por encima de su copa. Pasó la mano por la cintura de la rubia sabiendo que la poción tomaría efecto en pocos segundos. Así cuando Isis se durmió y el vino cayó de sus manos, Snape estaba allí para sostenerla y no se golpeara contra el suelo.
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Hermione despertó con un gemido y la más deliciosa sensación en el cuello. Abrió los ojos desorientada. Primero porque no reconocía la habitación en donde estaba, y segundo por la lengua de Severus Snape.
Él pareció percatarse de que ya estaba despierta y abandonó su cuello para mirarla a los ojos. Se encontraba encima de ella y la miró con tal intensidad que se sonrojó. Isis debía verse bonita sonrojada, pensó para sí misma con amargura, y no por primera vez quiso ser realmente ella.
Su prima era la dueña de Egipto, pero conociendo que Hermione era una bruja, le había pedido de favor que la cubriera por tres meses para poder concentrarse en su tesis de master en finanzas. Ella accedió, tomó clases de baile de barra y se apuntó al gimnasio. Cuando se inauguró el club estaba lista.
Jamás pensó que allí encontraría a alguien del mundo mágico, mucho menos toparse con Severus Snape. Y menos aún que él reservaría todos los bailes privados con ella. En algún punto de todo eso se había enamorado de él.
Hermione sabía que estaba mal, que nunca debió besarlo, que algún día la verdadera Isis tomaría su lugar y eso le provocaría dolor a ambos. A él por ser rechazado y a ella por saber que no podría tenerlo.
Por eso decidió que ese sería la última vez que sería Isis, ya lo había hablado con su prima. Le explicó cómo se había enamorado de un cliente que también resultaba ser parte de la comunidad mágica. Ella lo entendió y le pidió que la cubriera ese último viernes, por eso había aceptado la invitación a cenar de Severus. Sería la última vez que sentiría su calor.
Iba a decir algo pero Severus la besó. Despacio, succionando su labio superior y pasando la lengua por la comisura de su boca para pedirle permiso. Hermione suspiró y entrelazó su lengua con la de Snape, saboreando el sabor a menta que caracterizaban sus besos.
¿Qué tanto tiempo tenía antes de que los efectos de la poción multijugos se desvanecieran? No lo sabía, y en ese momento con los dedos expertos de Snape desvistiéndola le importaba muy poco.
Pronto eran dos cuerpos desnudos danzando al ritmo de sus instintos, necesidad y placer. Severus era un amante dedicado, dando y recibiendo en la misma medida. Su excitación era casi insoportable cuando él decidió penetrarla. Tan sumida estaba en la experiencia que no se percató de que sus gemidos se escuchaban con su propia voz y que el cabello que él tenía enredado entre sus dedos era rizo y castaño.
El climax llegó para ambos, dejando solo el sonido de sus jadeos y bocanadas de aire. Hermione quiso decir algo pero Severus la volvió a besar. Sonrió y le acarició el rostro. Ella sintió las pestañas pesadas y su cuerpo empezó a sumirse en un estupor profundo, y sin poder evitarlo se quedó dormida.
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Hermione despertó sobresaltada y se sentó de repente. Miró a ambos lados para darse cuenta de que seguía en el hogar de Snape. La luz penetraba en la habitación desde el ventanal. Con horror atrapó su reflejo en el espejo de la cómoda junto a la puerta de lo que presumía ser un baño y observó sus ojos color miel, sus rizos castaños y su piel bronceada.
Notó casi al mismo tiempo cómo Severus se estiraba debajo de las sábanas y se apoyaba en ambos brazos mientras despertaba. Lo observó restregarse la cara con una de sus manos y contuvo el aliento cuando él por fin la miró.
Y entonces Severus sonrió.
—¡¿Qué?!
Y entonces Severus rió a carcajadas.
—Granger, debieras ver tu cara en este momento. Pareces un pez con la boca abierta.
Hermione cerró la boca y lo miró muy confundida.
—Pero yo, qué, yo... no entiendo.
—Sí, bueno. No todo el tiempo descubren a uno utilizando poción multijugos. Debe ser muy perturbador para ti— dijo enarcando una ceja y sonriendo con picardía.
—¿Podrías explicarte?— inquirió Hermione dejando las formalidades de lado.
—Damasco, mandarina y vainilla. La fragancia de Isis y coincidencialmente la tuya. Pero imaginarás mi sorpresa cuando rastreé a la verdadera Isis y la convencí de que me dijera la verdad. Fue una charla muy interesante.
Ella estaba aturdida.
—¿Entonces por qué...?
—¿Por qué te traje aquí y actué como si nada pasara?— terminó de decir por ella. Hermione asintió.
—Porque en lugar de buscar venganza o exponerte a las autoridades por romper el estatuto del secreto, quería darle la oportunidad a la mujer dueña de las expresiones de ternura y amor que he recibido en las últimas semanas. Por supuesto— agregó— tampoco tenía que ser un proceso fácil. Te merecías el susto— concluyó burlándose de ella.
—¡Severus Snape! Casi me da un ataque al corazón.— dijo indignada e hizo ademán de bajarse de la cama. Sin embargo, Snape la agarró por la cintura y la asió hacia sí mismo.
—Después habrá tiempo de pelear y enojarse—. y le besó el cuello— También de contestar todas las preguntas que pasan por tu cabeza, pero es muy temprano. Regresa a la cama— le dijo mientras la acurrucaba a su lado y la abrazaba.
—Por eso anoche me besabas cada vez que quería decir algo, ya me veía como yo.
—No iba a tener sexo contigo en el cuerpo de otra persona, Granger.
Y por alguna razón tonta, escuchar eso le hizo sentir mariposas en el estómago.
FIN
