Te sentiste un poco fuera de lugar en la ciudad en la que se encontraban. Después de pasar más de un mes en el bosque, el ambiente urbano se sentía pesado. Demasiada gente por las calles te mareaba, las luces nocturnas te cegaban, sin mencionar el tráfico que los aprisionaba desde que aterrizaron en la ciudad. Llevaban una hora en el asiento trasero del taxi y, al parecer, durarían un par de horas más.

La lluvia empezó a caer, bañando las calles con cierta nostalgia, haciendo buscar refugio a quienes se encontraban fuera. Observabas las nubes grises que cubrían las estrellas, esperando que alguna se mostrara tímidamente. Ibas tan sumida en tus pensamientos que no escuchabas lo que tus acompañantes decían.

—Maldición —Killua suspiraba con desgano—. Si esto continúa así, tendremos que dormir aquí.

—¿Falta mucho para llegar? —El pelinegro preguntó al conductor.

—No, solo unas cuantas calles más. Pero tardaremos un buen rato en llegar por esto —El conductor contestó mientras hacía sonar el claxon del taxi.

—Podemos ir caminando entonces —dijo Gon.

—¿Estás loco? —contestó su amigo—. Está lloviendo.

—Solo es un poco de lluvia.

El albino suspiró resignado, sabía que no podría contradecir a su amigo cuando se decidía a algo.

—(T/N), ¿tú que piensas? —te preguntó. Eras la última esperanza que tenía para no salir bajo ese aguacero—. Hey, te estoy hablando.

No lo escuchaste hasta que tocó tu hombro.

—¿Mmh?

Volteaste a verlo. Killua suspiró por tercera vez esa noche.

—Gon quiere ir caminando al hotel con esta lluvia, dile algo —Si había alguien que podía influenciar a Gon, esa eras tú.

—Está bien —contestaste tomando tus cosas en señal de que estabas lista para salir.

Killua se guardó el suspiro de resignación y no tuvo más remedio que adentrarse a las salvajes gotas de agua.

—Me gusta mucho mojarme en la lluvia —dijiste mientras caminaban por la acera—. No hay nada mejor.

Gon reía estando de acuerdo contigo y Killua lanzaba maldiciones a todo el mundo.

—¿A dónde nos dirigimos? —preguntaste.

—El señor taxista nos dijo que siguiéramos derecho, veríamos una zona llena de hoteles —respondió Gon.

—Allí está —Señaló Killua.

Edificios llenos de luces alumbraban la estrecha calle que se cernía sobre ustedes. Todo se miraba normal, hasta bonito pensaste. No obstante, al observar detenidamente los alrededores, miraste ciertas imágenes comprometedoras y demasiado love en los carteles.

—Gon, ¿por qué tipo de hotel preguntaste?

—Mmm… —Puso su dedo índice en la barbilla—. Uno donde pudiéramos divertirnos los tres —respondió.

Killua se sonrojó al entender el doble sentido de esas palabras, mientras tanto tú dudabas entre si ir con el taxista y asaltarlo o golpearlo, o hacer las dos cosas. ¿Cómo se le ocurría pensar que un niño querría ir a un Love Hotel? Cubriste los ojos de ambos, intentando proteger su inocencia de ese distrito rojo.

—¡Oye! No puedo ver si me cubres los ojos.

—Los niños no tienen que ver esto, Killua.

El albino se soltó de tu agarre.

—Tú también eres una adolescente, deja de actuar como adulta.

—Soy una adulta.

—¿De verdad? —Sacó tu pasaporte—. Aquí dice que tienes quince.

—¿Cómo lo…? —Te sorprendía la rapidez con la que actuaba—. Obviamente es falso, no tengo ningún papel original. Y le dije a Leorio que tenía veintiuno… Bueno, veinte. ¡¿Y qué demonios?! —gritaste arrebatándole el documento, dándote cuenta que también le había restado números a tu estatura—. ¿Por qué le gustan tanto las restas? Yo no soy tan pequeña, se quiso vengar, ¿cierto? Ese imbécil me las pagará.

—¿No tenías catorce? —intervino Gon.

—No, y tápate los ojos.

—¿Por qué?

—Porque… la luz es mala para la salud —dijiste rápidamente cubriéndole los ojos—. Si Killua quiere traumarse, entonces que lo haga.

—Cumpliré catorce, no soy un niño.

—Tampoco un adulto.

—Tú tampoco.

Y así comenzaron a discutir sobre tu edad mientras seguías caminando cubriéndole los ojos a Gon, tratando de salir de ese lugar indecente. Le dijiste a Killua tu fecha de nacimiento para que salieras victoriosa en la discusión, pero eso solo creó un ambiente de confusión.

—Si eso fuera cierto, tendrías doce años… Bueno, once.

—No me quites edad.

—Killua tiene razón —intervino nuevamente Gon, haciendo cuentas con los dedos.

—Tal vez los años varíen entre dimensiones —comentaste.

—Tal vez —dijo el albino analíticamente—. O quizá vengas del futuro.

Su mirada se tornó seria. Lo miraste unos segundos y luego comenzaste a reír.

—Pfft, qué cliché —Te burlaste.

—Gracias por tomarte en serio mi ayuda —respondió con sarcasmo.

—No te enojes, pero fue gracioso cuando lo dijiste. Ya lo había pensado antes también.

Ya habían salido de la zona roja y preguntaban a la gente del lugar de algún hotel normal cerca. Killua solo bufó molesto y tú imitaste su gesto. No lo habías dicho para molestarlo, simplemente te pareció gracioso que tuviera el mismo pensamiento que tú.

—De verdad se parecen —dijo Gon riéndose.

—Claro que no —contestaron al mismo tiempo. Se lanzaron una mirada retadora.

—Deja de imitarme.

—Tú deja de imitarme.

—¿Lo ven?

No entendías a Gon, Killua y tú no se parecían en nada. Si fueran iguales no se pelearían tanto. Claro que la mayoría del tiempo lo hacías a propósito, porque era divertido y lindo ver su cara de enfado. Por otro lado, Killua pensaba lo mismo que tú, pero como era obvio, ninguno lo admitiría.

Corriste huyendo de un furioso Killua. Le habías dicho que no era tu culpa el que estuviera frustrado por no tener la atención de Gon. Suficiente motivo para molestarlo. Cruzaste la calle pensando en escapar, pero el sonido de la bocina de un carro te detuvo a mitad de ésta. Los faroles blancos del auto te paralizaron, fue como si el tiempo se hubiese detenido: Imágenes pasaban a través de tus ojos tan rápidas y a la vez tan lentas, que no eras capaz de procesarlas correctamente. Ni siquiera sentiste el golpe al caer al piso cuando te empujaron.

—¡¿Estás loca?! ¡¿Por qué te quedas parada a mitad de la calle?!

—(T/N), ¿estás bien?

Las voces se alejaban poco a poco, sentías un remolino en tu cabeza que te hundía lentamente. Tu vista se nublaba, sujetaste tu cabeza con tus manos intentando calmar el mareo. Fue en vano. Te sentiste caer al abismo.