Advertencias y aclaraciones: El siguiente capítulo contiene ideas suicidas y lesiones autoinflingidas (en resumen es medio emo xD) Aclaro que no trato de inducir a este tipo de comportamiento ni juzgar u ofender a las personas que lo hacen, solo es parte de la historia, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia (o plagio involuntario xd)
Leer bajo discreción.
Te movías al compás de un vaivén en posición fetal. Todo se sentía tan vacío a tu alrededor, solo el sonido de tus sollozos llenaba el oscuro silencio. Por más que lloraras el dolor no desaparecía. Desesperación, impotencia, ira, tristeza; todas esas emociones… el llanto no podía desaparecerlas.
Te levantaste y te encaminaste hacia el baño, abriste la llave del lavamanos y mojaste tu cara.
—Despierta —susurrabas—. Despierta, despierta, despierta —Cada vez que lo decías mojabas tu rostro con más impaciencia. Miraste tu reflejo en el espejo repitiendo las mismas palabras como si fueran un mantra. No era suficiente. Abriste la llave de la regadera y te introdujiste en ella. El agua helada penetraba a través de la ropa tu piel, provocándote escalofríos. Pero… no era suficiente. No despertabas.
—¿Por qué?, ¿por qué? —repetías al golpear constantemente la pared. El dolor en tus nudillos no era impedimento para seguir haciéndolo, el agua fría no ayudaba a aclarar tu mente.
¿Todo era falso? ¿Qué era real y qué no? ¿Lo perdiste todo? ¿Jamás volverías a tu vida normal? Esas y más preguntas giraban a tu alrededor, agrupándose, expandiéndose y clavándose como uñas en cada partícula de tu ser. Querías quitártelas, que se esfumaran con cada rasguño que te hacías, con cada herida impartida por ti misma. Querías que el dolor te despertara y desvaneciera todos tus miedos.
El agua seguía cayendo, aliviando el ardor en tu piel.
Te rendiste. Estabas cansada. Ya no podías más, tus esfuerzos eran inútiles. Seguías igual. Como siempre. En tus veinte años de vida no habías cambiado mucho. Si comparabas a tu yo de la primaria con tu yo universitaria, no había mucha diferencia, seguías siendo la misma; un poco madura en ciertos aspectos, pero la misma. Los mismos problemas en tu casa, en la escuela, los mismos problemas de socialización, todo… era lo mismo.
No tenías noción del tiempo, no sabías cuánto duraste en la regadera hasta que decidiste salir. Temblabas de frío a causa de tu ropa empapada. No te importaba. Te daba igual todo. Recorriste la habitación con la mirada buscando algo; algo que te ayudara, algo... Entonces tu vista se detuvo en la ventana. Una idea cruzó tu mente. Recordaste ver en una película que la única manera de despertar de un sueño era muriendo. Era tu última opción. Te acercaste a paso lento, recorriste las cortinas dejando ver el sol del atardecer, abriste la ventana y miraste hacia abajo. No era muy alto, pero era suficiente.
Si era un sueño, despertarías de una vez por todas. Si no lo era, no importaba morir una vez más.
Gon llamó a Leorio para explicarle tu situación. El joven médico escuchó atentamente.
—Llamé a Kurapika, pero no me contestó —decía el niño—. Por eso te marqué, Leorio, no sé qué hacer.
—Gracias por ser tu segunda opción —respondió con sarcasmo, luego suspiró, sabía que no era momento para eso—. Escucha Gon, la situación de (T/N) es complicada, Kurapika ya intuía algo así. Hay que… esperar. Esperar a que se tranquilice y hablar con ella. Tienes que ser sutil con las mujeres. En estos momentos no puedo dejar la escuela, confío plenamente en ti. Mantenme al tanto de cualquier cosa.
—Entiendo —dijo un poco decepcionado, esperaba que Leorio fuera donde se encontraban.
—Una última cosa Gon: Hazle saber que no está sola. Así como acudiste a mí por ayuda, demuéstrale que ella los tiene a ustedes —Con esas últimas palabras colgó.
—Nos tiene a nosotros… —repitió el niño—. Gracias Leorio —dijo con determinación. Sabía lo que tenía que hacer.
Se dirigió a tu cuarto y abrió cautelosamente la puerta.
—¿(T/N)? —te llamó entrando en la habitación. No te vio por ningún lado—. «¿Habrá salido?» —pensó. Se detuvo al mirar unos pies debajo de la cortina, la hizo un lado y te encontró. Allí estabas, sentada nuevamente en posición fetal. La ventana permitía el paso al hálito nocturno, meciendo paulatinamente las cortinas. Estabas temblando.
—No pude hacerlo —murmuraste—. No puedo hacerlo, yo… soy tan débil, soy… tan cobarde —tu voz se quebró—. ¿Qué voy a hacer ahora? —Lo miraste esperando que te diera la respuesta. No tuviste el valor para saltar, las dudas te impidieron hacerlo. Te jugabas mucho y, sobre todo, no querías perderte totalmente. Deseabas recuperar la esperanza.
Gon se acercó a ti, quisiste retroceder, pero la pared te lo impidió. Tomó tu cara entre sus manos y la acercó a su pecho.
—¿Lo escuchas? —El palpitar de su corazón era cálido y tranquilo—. Soy real —sus palabras eran tan suaves y confortables como una brisa en verano. Cerraste los ojos, perdiéndote en las melodías tan puras que desprendía.
Se separó de ti y puso su oído en tu pecho. Trataste de apartarlo, pero te lo impidió abrazándote con fuerza.
—Tú también eres real. Estás viva. Tan viva como yo, como Killua, como Leorio y Kurapika; tan viva como todas las personas que has conocido. Si no fuera verdad, ¿cómo podría estar escuchando tus latidos y tú los míos?
Viva. Solo una palabra. Una palabra que necesitabas oír. Un tacto que te hacía sentirlo de verdad, un tacto que precisabas. Lágrimas surcaron nuevamente tu rostro, diferentes, cálidas, silenciosas. Correspondiste el abrazo de Gon tan fuerte como el de él. Tu llanto no tenía el sabor amargo como el primero, con cada lágrima que caía por tus mejillas, aliviaba poco a poco el dolor de tu corazón.
—Lo siento —dijiste—. Yo no quería…
—Lo sé.
—Perdón, yo…
—No tienes que disculparte, está bien desahogarse —Gon entendía lo que querías decir, entendía por qué les dijiste todo eso y, por esa razón, no era necesario disculparse—. No estás sola, nos tienes a nosotros. No tienes que cargar todo por ti misma, para eso están los amigos —mencionó las palabras de Leorio. Para Gon y para ti, este momento jamás lo olvidarían. Ni aunque despertaran de un sueño.
Killua estaba recargado tras la puerta, dio un suspiro de alivio. Lo sabía, su amigo siempre encontraba las palabras adecuadas. Él no era de las personas que consolaba, nunca lo había hecho y mucho menos era algo que le hubieran enseñado. Pero había una cosa que él podía hacer y lo haría con una sonrisa en la cara.
