Havanatitiana: No digas eso en voz alta xD La ONU puede cancelarme xS Hay que ser discretos 7w7 Bueno, los sentimientos de Killua son algo confusos para él (y para mí xd) al principio fue difícil imaginar como sería una relación entre Killua y una mujer, por decir "joven", ya que como es bien sabido no es bueno con las ancianas jajaja, pero me he divertido mucho al jugar con los personajes y bueno, no tengo una pareja "definida" para este fic, pero tendré en cuenta tu votación ;)

Sigan disfrutando la lectura y comentando, me gusta saber sus opiniones e ideas para inspirarme, puesto que escribo para todos usedes :')

\(^0^)/


Silencio.

Lo inundaba todo, cada rincón en la habitación, cada espacio de tu alma.

Estabas sumida en un silencio subjetivo, reflexionando cada acontecimiento hasta ahora. No caerías en la fosa de la desesperación. No de nuevo. No es algo que te permitirías, no cuando estabas sola. No llorarías, no le darías ese placer. Straid estaba jugando contigo; lo habías notado en la soledad de tu celda. Cada acto que él hacía era con un fin: divertirse. Una de las cosas que más odiabas era que la gente se burlara de ti, el sentirte humillada, y eso no era algo que le concederías tan fácilmente.

«Él causó el accidente.»

Sí. Lo hizo.

Pero no significaba que estaban muertos. Ni tú, ni tu familia.

Mantendrías tu mente despejada. Si la nublabas en este momento estarías perdida. Pero ¿qué podías hacer ahora más que esperar? Esperar que un milagro pasase, que algún héroe viniera a tu rescate. Te sentías igual de inútil que las coprotagonistas que tantas veces criticaste.

«No.Yo no seré igual.»

Después de todo, eras la protagonista.

El papel de damisela en apuros era para quinceañeras y adolescentes perezosos que les dejaban toda la responsabilidad a los mayores.

Vivirías tu sueño.

«Seré la protagonista de un anime shonen.»

Te levantaste con decisión reflejada en tu mirada, observaste nuevamente a tu alrededor, debía de haber algo. La ventana quedaba descartada, demasiado pequeña y alta para pasar por ahí; los barrotes tampoco eran muy grandes para pasar entre ellos. La única opción era… Buscaste entre tu cabello, los broches podían ser muy útiles, al igual que las películas de espías.

«Esta es mi oportunidad de demostrar mis habilidades.»

Introdujiste el pasador por el orificio del candado, moviéndolo de un lado a otro sin producir ningún efecto favorable. Luego de varios minutos te diste cuenta de un pequeño cerrojo superior, lo único que tenías que hacer era deslizarlo y listo, la puerta estaba abierta. Te reprendiste mentalmente por tu ineptitud. Pero daba igual, nadie se enteraría, inventarías una genial historia de cómo escapaste con tus grandísimas habilidades.

Saliste sin hacer mucho ruido, ya habías pasado el primer obstáculo, el segundo sería atravesar ese laberinto de puertas. Esperabas recordar el camino por el que te había conducido el mago cuando quiso arrojarte por el precipicio. Temblaste al recordarlo.

«Voy a golpearlo hasta que me canse, ya verá»—pensaste furiosa apretando tus puños—. «Pero no ahora, tengo que salir de aquí primero».

Caminabas despacio, abriendo cuidadosamente las puertas, deseando no encontrarte con ninguno de los dos sujetos. Al abrir una, tapaste rápidamente tu boca para evitar lanzar una maldición; si hubieras deseado encontrarte con alguno de ellos, seguramente no lo habrías hecho, tu mala suerte era enorme. Justo allí tenía que estar Togashi, aunque acostado dándote la espalda. Pensaste en retroceder, sin embargo, tu intuición te decía que continuaras. Así que decidiste seguir tu buen instinto. Pasaste lo más silenciosamente que pudiste y tomaste el camino hacia la puerta derecha.

—Izquierda.

Escuchaste que bostezaron.

Caminaste de espaldas hacia la puerta izquierda sin quitarle la vista a la espalda de Togashi.

—Ya lo sabía —contestaste antes de salir.

No le agradecerías. Viste la enorme puerta que conducía al exterior.

«Respira (T/N), siempre que el personaje principal siente que las cosas van bien, algo malo pasa. Lo más seguro es que cuando esté a punto de escapar, Straid aparezca por arte de magia y me vuelva a encerrar» —Miraste por todos lados para ver si no era alguna trampa—. «Bien, no hay nadie. Ahora, despacio, sin hacer ruido».

Entonces te tiraste un pedo.

No necesitaste otra señal para salir como alma que lleva el diablo. Saliste tan rápido que los atletas de las olimpiadas se quedarían pasmados. Casi vuelves a caer por el barranco, recuperaste el equilibrio y bajaste corriendo el estrecho camino, lo que provocó que tropezaras y lo bajaras rodando.

—¡Cuidado al bajar!

Escuchaste la voz de Straid, no entendiste lo que dijo y no regresarías a averiguarlo. Demasiada vergüenza para voltear siquiera.

—Salió como torpedo —el hombre rio—. ¿Entiendes? Torpedo porque se echó un…

—No es gracioso si lo explicas —Yoshihiro dijo con aburrimiento.

—Vuelve a tu hiatus —le ordenó con desdén.

—Con gusto. Pero yo no iré por ella si la vuelves a perder de vista.

Straid rodó los ojos. Y luego sonrió mientras te observaba desde lo alto.

—Esto se pone interesante.


Te sentaste jadeando pesadamente. Habías corrido horas alejándote lo más que pudiste de aquel lugar.

«¡Qué vergüenza!»—gritabas mentalmente mientras cubrías tu rostro enrojecido—. «Lo escuchó, ¿verdad? Todos lo escucharon. ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué exactamente en ese instante? Pos' me mato».

Podías lidiar con cualquier cosa, excepto la vergüenza. Qué importaba que estuvieras en medio de la nada, con probabilidades de morir de sed e inanición. El bochorno que pasaste era peor que todas esas cosas.

«Ahora es el momento perfecto para despertar mis poderes e irme a casa y que nadie me recuerde» —te levantaste y estiraste el brazo gritando un «¡teletransportación!».

Un agujero negro apareció frente a ti. Lo habías logrado. Al fin tu poder había despertado. Era una lástima que no hubiera nadie con quien compartir tu felicidad. Gritaste de alegría, todo valió la pena: el fracaso con Kurapika, tu secuestro, tu hermoso vestido ahora destrozado, la peor vergüenza de tu vida, el dolor por haber caído de bruces. Todo eso, había valido la pena.

—¡(T/N)!

Escuchaste que alguien gritaba tu nombre desde el hoyo negro. ¿Habías hecho alguna invocación? No lo creías. No hiciste ningún sello con tus manos.

Un duendecillo vestido de verde cayó encima de ti.

—¡Gon!

—¡(T/N)! ¿Dónde habías estado? Te buscamos por todos lad… —no alcanzó a terminar ya que vomitó.

Encima de ti.

—¡Gon! Quiero abrazarte hasta la muerte.

—Lo siento.

—Este no es el tipo de bienvenida que esperaba.

—Lo siento —se disculpaba con lágrimas en sus ojos.

—No importa —suspiraste—, ya estaba sucia de todos modos. Ven aquí pequeño —dijiste abrazándolo.

—Pero vas a ensuciarme.

—No arruines el momento.

Lo abrazaste con fuerza. Lo que te gustaba de Gon era que no necesitabas palabras para expresar tus sentimientos. Con ese simple abrazo podías transmitirle todo el miedo y la impotencia que sentiste—sin mencionar el asco de que te haya vomitado y todo lo que lo extrañaste. A él y a…

—¿Dónde está Killua?

—Se quedó con Kurapika.

—Es mejor regresar.

Miraste a la dueña de esa voz.

—Ella es…

—Mmh-hmm —asintió Gon.

—La de…

—Sí.

—Y está aquí por…

—Sí.

—Oh.

La mujer rubia no entendió nada de lo que se trataron de decir.

—Tenemos muchas cosas que contarte —dijo el niño.

—Yo también —reíste nerviosa.

—En marcha.

Gon te ofreció su mano para ayudarte a levantarte, cuando lo hiciste todo comenzó a darte vueltas y tu visión se volvió borrosa.

Tu nombre fue lo último que escuchaste antes de desvanecerte.


Abriste lentamente tus ojos, parpadeando mientras observabas tu entorno. Conocías esa habitación, era tu dormitorio cuando trabajabas en la mansión Nostrade. La luz de la luna era lo único que alumbraba el lugar, te inclinaste un poco y notaste que tus ropas habían sido cambiadas. Sentiste un bulto a tu lado.

—No se ha separado de ti —la voz tranquila de Killua inundó la penumbra.

—Siempre tan extremista —sonreíste suavemente mientras acariciabas la cabeza de un dormido Gon—. Los extrañé mucho.

—Hablando de extremistas —el albino se acercó—. Solo pasó un día.

—Para mí fue cómo una eternidad —palmeaste el sitio sobrante de tu lado—. Ven.

—Si piensas abrazarme prefiero quedarme aquí.

—No lo haré —contestaste con desilusión.

El albino se recostó cuidadosamente a tu lado, un ligero sonrojo teñía su rostro.

—¿De qué te ríes? —preguntó molesto al escucharte.

—Cuando veo la luna no puedo evitar pensar en ti, por tu cabello —comenzaste a acariciarlo—. Killua, duerme.

—No tengo sueño.

—No volveré a desaparecer.

Él no era el único que podía leerte como un libro abierto. Después de todo, los dos no eran muy diferentes.

—¿Lo prometes? —dijo en voz baja, adormecido por tus caricias.

—Lo prometo —tu voz fue apenas un susurro para él, que se perdió en la calidez de la noche.