Killua no había dormido pensando en cómo debías sentirte. No se atrevió a molestarte, por temor de no encontrar las palabras correctas y decir algo imprudente. ¿Y cómo podría decirte palabras de consuelo, si ni él mismo las conocía? Nunca en su vida las necesitó, no era algo que un asesino debía aprender en su trabajo; pero, ahora, deseaba fervientemente conocer alguna.

Tocó suavemente la puerta de tu habitación y, al no recibir respuesta, la abrió. Era de esperar que seguirías dormida, el sol apenas salía por el horizonte, sin embargo, no esperaba encontrar a Gon durmiendo a tu lado.

No se molestó, a fin de cuentas, era Gon; no obstante, por un momento se imaginó estar en su lugar. Si él fuera más como su amigo, podría haber estado a tu lado. Hubiera podido hacer algo más que esperar.

Esperar.

Siempre a la espera de que tú te acercaras a él.

Apretó con fuerza el pomo de la puerta antes de cerrarla en silencio.

¿Acaso le provocabas miedo? Eso era absurdo. Se había deshecho de la maldición de Illumi, no era posible que algo le causara temor. A menos, que tuvieras alguna habilidad parecida a la de su hermano y le hubieras plantado algo en su cabeza. Imposible. Una idea ridícula.

—¿Sigue durmiendo? —Leorio sacó de su ensoñación a Killua, haciendo que se sobresaltara—. ¿Qué sucede?

—Nada —murmuró con un ligero sonrojo al verse descubierto merodeando tu habitación. Odiaba bajar la guardia sin darse cuenta.

Leorio no pasó desapercibido ese gesto y comenzó a hacerse varias ideas en su mente. Unas más locas que otras.

—Killua —dijo Leorio rodeando los hombros del albino—, es hora de hablar de hombre a hombre.

—¿Ahh? —Lo miró molesto ante su repentino gesto de excesiva confianza.


—¿Por qué me miran con lástima? —Los Cazadores no habían dejado de lanzarte miradas furtivas en todo el desayuno; por no decir los últimos días que habían pasado, y eso empezaba a incomodarte un poco—. Estoy bien, no hay de qué preocuparse.

—¿Estás segura? —preguntó Leorio—. Sabes que puedes hablar con nosotros.

—Leorio —Dejaste los cubiertos en la mesa—. ¿Hablar de qué, si ya lo saben? —Los miraste con parsimonia antes de volver a comer—. Aprecio su preocupación, pero es algo sofocante el que estén tan pendientes de mí.

Y no lo decías sólo por el hecho de que no te quitaran la vista de encima, sino por su comportamiento hacia ti, que era demasiado amable últimamente. No te sorprendía Gon, ya que él siempre fue muy atento contigo desde el tiempo que pasaron con Kite; de Leorio no te extrañaba tanto, su actitud cabía dentro de lo normal. Pero Killua… Él era punto y aparte.

Su conducta era agresivamente amable. Más agresiva que amable. Sus gestos eran cautelosos y toscos, como un escultor novato, temeroso de arruinar su primera obra de arte. Al parecer, los demás no se daban cuenta, lo ignoraban o te estaban ocultando algo. Pero el comportamiento de Killua no era normal a tu parecer.

«Algo debe estar planeando.»


Killua odiaba a Leorio.

¿La razón? Muy simple: le había dado una charla sobre la atracción del sexo opuesto y los pros y contras de las relaciones de parejas. ¿Por qué rayos había sacado un tema así de repente? No se quedó a averiguarlo, le propinó un buen golpe antes de que siguiera diciendo estupideces. No obstante, algo que dijo Leorio se quedó grabado en lo más profundo de su ser: Si no puedes expresarlo con palabras, demuéstralo con acciones. Y odiaba admitir que el viejo había dicho algo coherente. Y más, que él le hiciera caso.

Había comenzado imitando sutilmente las acciones de Gon, aunque sólo se ganó quejas y miradas perplejas de parte tuya. Cuando «acarició» tu cabello le gritaste que te dejaría calva, y la vez que trató de sujetar «gentilmente» tu mano, igual le gritaste. No entendía qué hacía mal. Lo que tenía claro, era que debía pensar en algo más.


Estabas en la sala tratando de leer un libro, cuando sentiste algo suave en tu mejilla.

—Es Betsy, la Ballena —murmuró Killua mientras tomabas el peluche—. Un recuerdo del acuario.

—¿Esto es por haber escapado de nuestra cita?

—N-no… bueno, sí… es… En realidad… —Su rostro enrojeció—. Si quieres… podemos ir de nuevo… Sólo nosotros dos…

—Okay… —Lo miraste preocupada—. Esto ya está asustándome. ¿Qué está pasando? ¿Por qué este cambio tan repentino?

—No sé de qué hablas.

—Allí está —Lo señalaste con Betsy la Ballena—. Siempre que ocultas algo desvías la mirada.

—No es verdad…

—Mírame —Killua obedeció pesadamente—. ¿Qué estás tramando?

El albino frunció el ceño, no sólo ante tu falta de confianza, sino por tu incapacidad de darte cuenta de las cosas. ¿Lo obligarías a decirlo en voz alta?

—Yo…—Al parecer sí. — … sólo…

Antes de poder decir una palabra más, Leorio llegó gritando.

—¡Tienen que ver esto! —dijo un tanto alterado—. ¿Qué?

—Nada —respondiste con ganas de echarle en cara su inoportuna presencia.

Sin más remedio lo siguieron hasta la siguiente habitación, donde se encontraba Gon mirando el televisor.

—… estos extraños animales se han estado avistando en diferentes zonas del país —La voz de la reportera llegó hasta tus oídos—. Aún están las investigaciones sobre la procedencia de estos seres…

—Hubo un ataque de una Hormiga cerca de mediodía, a dos ciudades de aquí —mencionó Leorio—. Y más de esas cosas han estado viéndose en ciudades y asesinando personas.

—Debemos estar alertas —Gon murmuró mientras apagaba la televisión.

—No lo entiendo —dijiste—. Se supone que no harían eso hasta el nacimiento del Rey.

—Significa que el Rey ya nació —concertó Killua.

—¿Y por qué el Presidente no nos ha dicho nada? —Comenzaste a exasperarte—. Tampoco hemos sabido nada de Knuckle y Shoot

—¿Por qué deberían decirnos algo? —dijo Leorio—. Quedamos fuera del juego, ¿recuerdas?

—Sí, pero… debemos hacer algo. No podemos quedarnos simplemente esperando.

—(T/N) —Gon te miró con una sonrisa—, confía más en Knuckle y en los demás Cazadores. Las cosas cambiarán, el futuro no está escrito todavía.

«En realidad sí, ¡el manga, Gon! ¡El manga!»

Suspiraste y trataste de serenarte un poco. No tenías más opción que esperar.


—Eso no es verdad —decías mientras caminabas con Gon y Killua. Habían comprado algunas cosas para la cena y, ya que Palm no estaba con ustedes, te ofreciste a cocinarles. Sería la primera vez que prepararías algo más que sopa instantánea; les harías unos deliciosos sándwiches.

—Es verdad —argumentó con ironía el albino—. Babeas en la noche.

—No es cierto.

—Esta vez concuerdo con Killua —dijo Gon apenado.

—¿Lo ves? —se burló—. Siempre que te poníamos insectos mientras dormías tenías un charco de saliva en el suelo.

—¡Lo sabía! —exclamaste indignada, recordando las veces que despertaste por las sensaciones de animales caminando sobre ti—. Sabía que no atraía a los insectos como me decían. ¡Qué asco! Pude haberme tragado alguno.

Los niños se reían al recordar el tiempo que habían pasado en el bosque con Kite, y las bromas que éstos te hacían sin que tú te dieras cuenta. Ahora te percatabas de lo malvado que había sido Gon contigo.

«Y yo creyendo que era un angelito.»

Por un momento se sintió como si el viento hubiese dejado de soplar. Nada se escuchó alrededor más que una voz que los Cazadores conocían y no deseaban volver a escuchar.

El buen ambiente se terminó.

—De verdad no esperaba encontrarme de nuevo con ustedes —Reconociste casi al instante a Nobunaga, al igual que tus acompañantes—. Esto puede ser problemático.

—No lo será si los asesinamos —mencionó Feitan saliendo detrás del hombre de la katana.

—¿Qué hacen aquí? —Gon preguntó cauteloso.

—Tenemos algunas cosas que hablar con la chica —respondió el samurái.

—¿Conmigo?

«Esto es malo» —pensó Killua—. «Dos miembros del Ryodan es un pésimo escenario, en especial ahora que…»

—Tú… —musitó Feitan señalando a Gon—. No puedes utilizar nen, ¿verdad? —Ambos jóvenes se inquietaron—. Esa cosa en tu hombro te lo impide.

—Si piensan luchar así, los mataré —Nobunaga puso su mano en la empuñadura de su espada—. Aunque les recomiendo no desperdiciar sus vidas.

Killua se mordió el labio, pensando en las posibilidades que tendría. Si se enfrentaba a un «uno contra uno» con el de la katana, ustedes podrían escapar mientras lo distraía. Sin embargo, el problema era el sujeto de negro; no estaba familiarizado con él.

«Tendré que arriesgarme» —Estaba decidido a enfrentarse a ellos cuando lo detuviste por el hombro.

—Esperen —Te pusiste frente a los hombres—. Iré con ustedes.

—¡¿Qué?!

—Buena decisión —dijo Nobunaga relajando su postura.

—¡(T/N), no puedes hacerlo! —Gon te sujetó por el brazo—. ¡Son peligrosos!

—Sólo quieren hablar.

—¡No seas idiota! —te gritó Killua—. ¡No tienes idea de qué son capaces!

—Está bien —dijiste pasivamente—. Sabes que es la mejor opción —Antes de que los dos niños replicaran algo, pusiste tu meñique delante de ellos—. Confíen en mí, ¿recuerdan? Por la garrita.

Killua agachó la mirada, sus hombros temblaron un poco a causa de la risa que escapó de sus labios.

—Eres cruel —susurró mirándote con dolor.

—Es el trabajo de las hermanas mayores.