Buenas noches a todos :D Siento como si hubieran pasado años desde la última actualización jeje

Creo que al final se las puse muy fácil jajajajaja Pero bueno, la próxima la haré más difícil ;) Y como estoy de buen humor, les haré su premio a todas las que comentaron en el capítulo anterior, aunque no hayan dicho Harry Potter :v (Wavywavy me hiciste reír mucho con que era la biblia xD) Así que pueden mandarme un PM o dejar un Review con lo que quieren ;) Y no se preocupen por Gon, pronto se aclarará por qué esa actitud rara.

Sin más que decir por el momento las dejo con el capítulo \(^0^)/

Disfruten la lectura


—Oye, Gon —Leorio lo llamó mientras descansaban bajo un árbol. Ya había pasado un día entero desde que el Zoldyck se separó de ellos. Esperaba que el niño hablara con él sobre lo que había sucedido, pero no mencionó el asunto para nada—, ¿qué es lo que pasó para que le gritaras a Killua?

Gon detuvo la manzana que estaba a punto de comer a unos centímetros de su boca, pensó un poco y después se rascó la nuca sonriendo apenado.

—Esa no era mi intención —Al ver la mirada seria de Leorio de que no le creía nada, bajó la suya—. Estaba molesto… ¡Pero no con Killua! Yo… —Se quedó callado, no sabiendo cómo continuar.

Leorio, al percatarse de la confusión de pequeño, no insistió más en el tema. Era normal que a Gon también le afectara tu partida, ambos actuaban como dos hermanos muy cercanos. El lazo que te unía al joven Cazador era igual, o incluso más profundo que el que tenías con Killua, o por lo menos, eso pensaba Leorio. Desde que descubrió los comportamientos sospechosos que el albino tenía contigo, su imaginación empezó a volar por todos lados; y el Freecs no fue la excepción. A los ojos del médico, el amor que Gon te tenía iba más allá de lo fraternal e incondicional. Era algo platónico; te idealizaba, y ahora, era normal el que se sintiera traicionado.

—Está haciendo lo que cualquiera de nosotros haría —murmuró Leorio—: intentar proteger a sus amigos. No hay que juzgarla, pero tampoco te sientas mal por estar molesto con ella.

El duendecillo se quedó en silencio, sosteniendo la manzana a medio comer entre sus manos.

—Quiero buscarla por mi cuenta —Antes de que Leorio pudiera argumentarle algo, agregó—. No estaré conforme hasta que hable con (T/N). Hay cosas que debo decirle.

Leorio suspiró.

—Aunque quisiera no podría detenerte —sonrió—. Haz lo que tengas que hacer.

Gon le devolvió la sonrisa de oreja a oreja.

—¿Estás seguro? Me siento mal por dejarte.

—No te preocupes por mí, ¿con quién crees que estás hablando?

—Gracias, Leorio —dijo abrazando al mayor.

—Ya, vete. Harás que me sonroje —Le dio una palmada en la espalda para que se fuera antes de ponerse a llorar, el sentimiento lo inundaba cuando veía cuánto habían crecido sus pequeños amigos. Lo vio alejarse, y se recargó en el tronco del árbol mientras alzaba su vista al cielo—. Ojalá te des cuenta…

Sus palabras se fueron con el viento, esperando que los sentimientos de todos lograran alcanzarte.


—No tienes que sentirte culpable.

No respondiste nada al intento de consuelo que dijo Meleoron, seguiste cavando. Te limpiaste el sudor de la frente con furor, demasiadas cosas tenías atoradas en tu garganta que las lágrimas se escapaban de tus ojos.

Había sido una masacre. Y lo peor es que tú no pudiste hacer nada más que cavar algunas tumbas decentes para esas personas que fueron cruelmente asesinadas.

Los gritos, los disparos, todavía resonaban en tu cabeza. La impotencia y el miedo seguían provocando temblores en tu cuerpo. Y el alivio… El alivio de no ser uno de ellos. Si Meleoron no te hubiera detenido, probablemente en este momento él estaría cavando tu propia tumba.

O solo se hubiera ido, y tu cuerpo se lo hubieran comido los perros salvajes. Hubieras muerto sola, sin ningún significado, sin dejar nada importante por lo que ser recordada.

Nada.

El tiempo borraría tu patética existencia de las memorias de las personas con las que conviviste. Si hubieras muerto, nadie te habría llorado, y pronto te habrían olvidado. O, tal vez, sería lo contrario. Pero no importaba quebrarse la cabeza pensando en eso; de lo que estabas segura, era que, si hubieras muerto, lo habrías hecho con muchos remordimientos.

No aguantaste más. Ya no querías guardarte todo, ya no querías controlar tus emociones.

—¡¿Por qué?! —gritaste mientras dejabas salir todo tu llanto—. Dios… ¿por qué? Todo esto es causa mía, pero… pero estoy tan feliz de estar viva —reíste con amargura. Te sentías bien por no sufrir el mismo destino de esas pobres personas; sin embargo, sabías muy bien que pudiste haber evitado que todo esto pasara—. ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Qué sentido tiene mi existencia? Dime… —Miraste a Meleoron con tanta súplica, que este deseó con todas sus fuerzas conocer la respuesta—. Siento que me volveré loca… Jamás había lidiado con tantas cosas, siempre trataba de ignorar todo. Jamás imaginé quedarme sin nada, y aun así sentirme bien por seguir respirando —Apretaste con fuerza la pala en la que estabas recargada, intentando controlar el temblor de tus manos—. Una parte de mí se siente… oscura… como si la vida de los demás no le importara en lo absoluto… Y la otra… sabe que eso está mal, que no es normal ser tan fría. Toda mi vida he vivido en un punto medio entre esas dos partes. Y ahora una de las dos quiere tener todo el control de mí… Y ya no puedo —Esa lucha contigo misma surgió desde niña, tomando forma desde el abandono de tu padre, y siendo desarrollada en todo el maltrato psicológico al que estuviste expuesta. Nunca estando segura si debías reír o llorar, creando tus emociones y actitudes en base a los otros; si llorabas eras demasiado débil y ridícula, y si reías eras demasiado fría e inmadura. Nunca diciendo ni haciendo lo que realmente querías, porque a ese punto ya no estabas segura de nada; si estaba bien o estaba mal—. Son como dos personas distintas viviendo en mi ser, que luchan constantemente entre sí.

Meleoron abrió la boca para decir algo, pero después se arrepintió. Estabas bajo mucho estrés, y cualquier cosa podría afectarte demasiado, crear algún daño, o manipular tus sentimientos. Sin embargo, no podía quedarse sin decir nada.

—Escoge la que más te convenga —Puso su mano en tu hombro, algo incómodo por la situación, pero comprensivo y con compasión hacia ti.

Porque, al contrario de lo que siempre decías, seguías siendo una niña.