Respiraste profundamente mientras cerrabas los ojos.

«Puedo hacerlo de nuevo.»

Querías repetir lo que habías hecho para llegar con Killua. No habías abierto el portal con tus manos aquella vez, simplemente te había envuelto por completo. La sensación que te recorrió también fue diferente—el hormigueo había empezado desde tu cabeza, cubriendo rápidamente todo tu cuerpo y no desde el estómago o manos como era común.

Algo definitivamente había cambiado esa vez, pero no lograbas entender el qué. Y, como era lógico, no podías repetirlo.

—¿Qué estás tratando de hacer?

Killua te observaba con su típica mirada de «ya vas a empezar» mientras Knov e Ikalgo esperaban impacientes.

Soltaste un suspiro de resignación.

—Nada —contestaste—. No funcionó de todas maneras.

Ya te pondrías a practicar en otra ocasión, en este momento había otras prioridades de las cuales hacerse cargo.

Utilizaste el arbusto que estaba a tu lado como referencia para abrir el portal, aunque dudaste en si debías dejar que Knov los acompañara. Si bien, habías evitado que se adentrara solo al palacio, esa no era prueba suficiente de que no fuera a encontrarse con el nen de Shiapouf. Aún existía esa posibilidad.

—Killua —lo llamaste en un susurro, haciendo que este se acercase.

—¿Qué sucede?

—Creo que será mejor que yo vaya por Palm… Y antes de que repliques, es por el bienestar del cuatro ojos. No podemos arriesgarnos.

—Ya hemos hablado de esto, (T/N).

—Lo sé, pero…

Mientras Killua y tú se enfrascaban en su discusión, Knov te analizaba de cerca.

Al principio, te juzgó como una simple persona, sin embargo, ahora que prestaba más atención, ese modo zetsu que poseías era demasiado diferente al de un usuario nen. En primer lugar, porque el estado zetsu era una espada de doble filo: se pasaba desapercibido por el oponente, pero se era más propenso a recibir un ataque. Y, al momento en que se intentara una ofensiva, inmediatamente se dejaría ese estado para contraatacar.

Y allí estabas tú, abriendo un portal frente a él, mientras que lo único que podía percibir era… nada.

La absoluta y completa nada.

Ni siquiera podría llamarlo una especie de In.

Y eso, de cierta manera, lo asustó.

—Está bien, tú ganas —tu voz lo devolvió a la realidad—. Pero solo por esta vez.

—Eso te pasa por ser tan terca.

A Knov le costó comprender lo que pasaba a su alrededor. De repente tu cara estaba roja y en la del albino había una expresión de triunfo. ¿En qué momento intercambiaron papeles? O, mejor dicho, ¿cuánto tiempo duró en sus divagaciones?

Por otro lado, Ikalgo se mantenía al margen de la situación.

—Muy bien, Benito —dijiste dando una palmada para llamar su atención y sacarte de esa incómoda situación—. Listo o no allá vamos. Tú serás el primero.

Hiciste un ademán con la cabeza para que entrara al portal. La lluvia comenzó a caer del cielo, empapándolos poco a poco. El hombre acomodó sus lentes nuevamente.

—No será necesario. Iré por mi cuenta.

—¿Qué no escuchaste todo lo que dije?

—(T/N).

Killua te interrumpió antes de que comenzaras con alguna de tus típicas escenas. Quizás no alcanzaba a comprender en su totalidad la actitud de Knov, no obstante, por el poco tiempo que llevaba conociéndolo sabía que no era una persona irracional. Además, estaban contrarreloj, quién sabe cuánto tiempo había transcurrido desde la ausencia del En de Pitou.

—¡¿Por qué siempre hacen las cosas difíciles?!

La lluvia se intensificaba, así como su discusión. Para ti era desesperante el que no pudiera entender un simple consejo. Es decir, no es como si te importara quitar del camino a la copia tuya—así serías la única usuaria de portales, pero allí estabas tratando de ayudarlo. Que alguien te diera un poco de crédito, por favor.

Gracias al cielo, Ikalgo rompió la tensión.

—Ejem… Si me permiten hablar, creo que lo mejor sería separarnos en grupos de dos personas.

Suspiraste, ya cansada de tantas discusiones.

—Me parece bien, ya me está desesperando esta lluvia. Espera… ¿lluvia? —Extendiste la palma de tu mano, como si apenas te hubieras dado cuenta del agua cayendo—. Aún tenemos tiempo. ¡Killua!

—¿Sí?

—Tú y mi copia barata quédense juntos. Ikalgo y yo iremos por Palm: entrada por salida. Si mis recuerdos son correctos, en este momento no hay guardias en el palacio, a excepción de las tres chicas súperpoderosas, el Rey y un extra.

El albino se quedó meditando unos segundos.

—¿Prometes que será entrada por salida?

—Tampoco me cruzaré con la Guarda Real —Levantaste la mano a modo de juramento—. Lo prometo.

—Bien, confiaré en ti —sonrió.

—Y yo dejo a Knov en tus manos —dijiste poniendo tus manos en sus hombros—. No te separes de él.

Se quedaron un momento viéndose, sin decir nada más. Las gotas de lluvia se deslizaban sin piedad sobre ustedes, embriagándolos con el petricor de este fenómeno atmosférico.

—Sabes lo que pasará si rompes tu promesa, ¿verdad? —murmuró con suavidad.

No tuvo que decir nada más para hacerte sonrojar. Apenas y asentiste con la cabeza.

«Ya es suficiente, tengo que recuperar el control de la situación.»

Le diste dos fuertes palmadas al albino en sus hombros antes de alejarte.

—¡Muy bien pulpo, en marcha!

—¡Que no soy un pulpo!

—Vamos, pulpo.

Lo pateaste dentro del portal antes de entrar tú.

—Ten mucho cuidado.

Con esas últimas palabras, Killua te vio desaparecer.