Buenas noches a todos los lectores nocturnos, no pondré excusas por haber dejado de actualizar casi un año T_T

Pero ahora sí es seguro que volveré más por estos lares, así que no pierdan la esperanza, les prometí que terminaría este fic y lo haré. Espero seguir contando con su magnífico apoyo *reverencia*

También espero que estén bien en estos tiempos difíciles que está pasando el mundo. Hay que mantenernos unidos para salir adelante. ¡La unión hace la fuerza!

De todo corazón, si necesitan desahogarse siempre estaré disponible para leerlos n,n

Sin más preámbulos, les dejo que disfruten el capítulo.

¡OSU! (Extrañaba decir esto xD)


—No puedo creer que quisiste apuñalarme por la espalda.

—En realidad quería golpearte con mi zapato, que es muy diferente a apuñalar.

Ambas iban lanzando chispas con la mirada.

—Eso no cambia el hecho que me atacaste por la espalda. Eso es caer bajo incluso para ti —lanzó una risa burlona.

—Bueno, pues si supiera golpear en el lugar correcto te habrías desmayado… Acabo de ofenderme a mí misma, ¿pero sabes qué? No me importa, porque tu maquillaje apesta.

—Creo que alguien está celosa.

—Mi belleza es natural, los hombres prefieren a las mujeres naturales como yo.

—¿Con cuántos hombres has salido? Que no sean menores que tú, claro.

—Voy a arrancarte esa maldita peluca.

El pobre Ikalgo había quedado atrapado en su disputa desde que salieron del elevador, tratando de separarlas para que no se mataran a golpes. Esta era la cuarta vez que él recibía la mayoría de los ataques.

Se preguntaba qué había hecho para merecer semejante castigo.

Tanto en su vida humana como de Quimera, no había realizado nada de lo cual sentirse orgulloso. Cegado por el ambiente que lo rodeaba, jamás pudo lograr algo de valor, siendo el deseo de renacer su única motivación.

Irónico que en su primer renacer haya seguido el mismo camino mediocre del que quería escapar.

Pero ahora las cosas eran diferentes. Él era diferente. Había conocido a personas increíbles que podía llamar amigos. Personas por las cuales estaría dispuesto a dar su vida entera y depositar toda su confianza.

—«Haré mi mejor esfuerzo, Enyd-sama, Killua

Y lo mejor era que ellos también confiaban en él. Era momento de demostrar esa valía.

—¡Es suficiente, señoritas! —Ikalgo estiró lo más que pudo sus tentáculos para separarlas —. No es momento para riñas internas. Son compañeras. Amigas. En esta situación tienen que estar más unidas que nunca.

—Es lo que trato de hacer —replicaste entre dientes—. Pero ella…

—Están olvidando algo importante —interrumpió el pulpo—. No son las únicas implicadas en esto.

Palm y tú se miraron un instante antes de desviar la mirada avergonzadas.

—Todos sus compañeros están esperando por ustedes.

Ikalgo finalizó con la vista en alto, brillando con determinación.

—Tienes razón —Palm fue la primera en romper el silencio—. Lo siento. Fui algo egoísta.

—Sí, lo fuiste.

—(T/N)… —reprochó la Hormiga.

—Okay, okay. También fue mi culpa, perdón —Hiciste una pausa—. Pero que conste que yo solo quería agilizar...

—¡(T/N)!

—Ya pues, lo siento.

Ikalgo se cruzó de brazos, asintiendo satisfecho con el resultado.

—Ahora dense la mano… Así, sí. Muy bien.

El papel que el pulpo estaba teniendo te pareció molesto, pero admitías que era necesario. Estaban en territorio enemigo ahora, debían de cooperar en todos los sentidos si querían obtener buenos resultados. Ya después te encargarías de darle su merecido a Palm.

Pensando objetivamente, las decisiones de los Cazadores no eran tan descabelladas. Al anhelar que los demás se pusieran en tu lugar para que fueran más confiados a lo que decías, te negaste a ver las cosas desde sus perspectivas. Tanto Knov como Palm—y podrías jurar que incluso el Presidente Netero, actuaban ante la situación, adaptándose a cualquier cambio que pudiera haber. Si te pusieras en sus zapatos, no irías a ciegas ante lo que un extraño te dice que ocurrirá. Así funcionaba la lógica.

Había muchos factores en la ecuación que no podías controlar. Podrían suceder cosas de las que no tuvieras ningún conocimiento, y no era raro pensar que ya estaban sucediendo. Originalmente, el número de aliados era menor, cada uno cumpliendo un papel específico. Ahora, al ser más, dejaba espacio para dos posibilidades: obtener la victoria de forma sencilla o…

«Más muertes.»

Soltaste la mano de Palm lentamente. Ellos sabían mejor que nadie lo que estaba en riesgo en esta misión. Para ti había sido sencillo pensar que derrotarían a Meruem con la libreta que le dejaste a Gon, que acabarías con Straid y recuperarías a Kite.

Pero la realidad era otra.

Tu ingenuidad te había hecho creer en tus fantasías y, ahora que la realidad te golpeaba, el peso de tus decisiones se hacía más grávido. No solo era la vida de Kite, las personas en esta misión estaban arriesgando todo por la victoria.

¿El valor de una vida se podía medir?

Fuiste egoísta al pensar en el bienestar de una sola persona, preocupándote únicamente en el impacto que tendría hacia tus amigos más cercanos.

—Lo primordial es el Rey y la Guardia Real, ¿cierto? —Entrelazaste tus brazos—. Nunca fue salvar a Kite.

Palm te observó en silencio.

—Creí que ya lo sabías.

Claro, desde el principio sus objetivos eran diferentes. No había nadie a quien culpar.

Te recargaste en la pared y deslizaste tu cuerpo hasta sentarte en el suelo.

—Es difícil ver algo tan simple cuando tu mente está nublada —Reíste quedamente al contemplar un nuevo panorama—. Es más, estoy segura que piensan que él… ya no está…

—(T/N)… —susurró Palm.

—No, espera. No me estoy deprimiendo, solo estoy pensando —dijiste sacudiendo tus manos—. ¿Qué pasaría si Kite estuviera realmente… muerto?

No era algo que desearas ciertamente, sin embargo, ya no podías esquivar el tema. Tu mente estaba en una transición constante que era inevitable pensar en ese tipo de cosas.

—Entonces no habría motivo para que buscaras a Straid —mencionó Ikalgo introspectivo.

—Bueno, hay otros motivos aparte de ese.

—¿A qué quieres llegar? —indagó la Cazadora.

Tu mirada pasó de Ikalgo a Palm.

—¿Straid quiere que vaya a su encuentro sola o con los demás?


Knov se movía entre los pilares del palacio con agilidad mientras Killua lo observaba con cara de aburrimiento. Lanzó un suspiro antes de acercarse a él.

—¿Cuántas entradas más piensas poner?

—Las más cercanas a la sala del trono.

Killua recorrió su mirada por el lugar. Estaban en la habitación contigua a la escalera central del palacio, el sitio que expresamente le prohibiste a Knov. Por cómo estaba el Cazador, Killua sabía que no había manera de persuadirlo, así que tomó una alternativa.

—Espera aquí, iré a revisar el perímetro. Si está despejado, te haré una señal.

—Bien.

El niño sonrió de lado.

«Estuvo de acuerdo más rápido de lo que imaginé» —pensó mientras caminaba hacia la entrada.

Aunque su caminar era despreocupado, sus pasos eran completamente sigilosos. Knov no podía negar el talento que ese mocoso poseía. No obstante, sus ojos casi se salen al divisar a una Hormiga entrar a su campo de visión. Estaba a casi nada de toparse con Killua, quien ya se había percatado de su presencia. Pese a que ya estaba listo para atacar, el albino se quedó inmóvil.

«¿Qué está haciendo ese idiota?» —Knov avanzó lo más rápido que pudo para proteger la infiltración en la que se encontraban, aunque al igual que Killua, se detuvo abruptamente.

El cuerpo de la Hormiga estaba envuelto en una especie de masa negra que fue haciéndose pequeña hasta desaparecer, revelando a la figura femenina que estaba detrás de esta.

—Si quieren que no los descubran, eviten dejar un rastro de sangre —Enyd mencionaba mientras acomodaba de nuevo su dije entre sus ropas.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Killua entrecerró los ojos al verla. Era la mujer que menos quería ver en este momento, por lo que fue imposible ocultar su desdén.

—Vine a hablar contigo —Hizo un gesto con la cabeza para que la siguieran—. Supongo que Ikalgo te dio mi nota.

Por supuesto que se la había dado, de una manera ruda cabe mencionar. Y no era algo en lo que Killua estuviera dispuesto a negociar.

Reparó en Knov que miraba a la mujer con recelo. No lo culpaba, él tampoco confiaba mucho en ella. Con un gesto le dio a entender al mayor que le explicaría después. Al parecer el hombre entendió y se abstuvo de hacer algún comentario.

Después de unos pasos más, Enyd se detuvo y se giró con los Cazadores.

—Iré directo al grano —mencionó con serenidad mientras clavaba su mirada en los ojos de Killua—. (T/N) tiene que irse de aquí.

El niño estaba a punto de interrumpirla, pero la rubia levanto una mano para callarlo. Su semblante se endureció.

—Ese hombre… Kite… está muerto.


—Sí, piénsenlo. ¿Qué sería lo más favorable? —Te inclinaste un poco hacia adelante para captar la atención de tus compañeros—. Que yo me encontrara sola con él, lo matara y recuperara a Kite. Pero ya estoy convencida de que no podría matarlo. En ese caso, la otra opción sería que yo me intercambiara por Kite; aunque eso no sería beneficioso para todos. Esas son las opciones si yo voy sola. Sin embargo, si fuera con Gon y Killua, ¿cuáles serían los posibles escenarios?

Palm puso su mano en su barbilla, comenzando a comprender lo que decías.

—Pero… eso no tendría ningún sentido. A menos que quisiera algo de ellos.

Eso es lo que te aterraba. La única lógica que Straid seguía era la de hacerte sufrir de la peor manera posible. No dudabas en que tuviera planeado algo horrible para el final.

—Siendo honesta… estoy algo asustada. Quiero resolver esto lo más rápido posible, sin que nadie tenga luchar. No me gustaría que salieran heridos por mi culpa.

—¿De qué hablas? Nada de esto es tu culpa.

—Lo es, Palm. De no haber sido por mí… ese hombre no habría traído a esas criaturas. Pude haber evitado todo este desastre. Todas esas muertes. Y si no fuera tan cobarde, yo… no sé, podría hacer algo más. Le temo a Meruem. Temo encontrarme con ellos. Pero a lo que más le tengo miedo, es que Gon descubra lo que le sucedió a Kite.

—Un segundo —habló Ikalgo—. Nos estamos precipitando a las cosas. Enyd-sama dijo que matarlo no tendría sentido. Creo que hay que tener esperanza hasta que se demuestre lo contrario.

Sonreíste ante las palabras de la Hormiga.

—Tienes razón, Ikalgo. La esperanza es lo último que muere —Abrazaste al pequeño pulpo que estaba a tu lado. En ese momento te pareció la cosa más adorable del mundo —. «Es tan gelatinoso.»

—N-no puedo… respirar…

Qué podías decir. Eras vulnerable con las cosas pequeñas y tiernas.

—¿Meruem?

La pregunta de Palm evitó que asfixiaras al pobre de Ikalgo.

—Ah, sí. Es el nombre del… —Abriste los ojos al darte cuenta de algo. Te levantaste de un salto—. ¡El nombre del Rey!

Tapaste tu boca con tus manos ilusionada.

«Si puedo hablar con Meruem, y no morir en el intento, podría hacer un trato con él.»

Dabas brinquitos emocionada como si te hubieran dado la mejor noticia del mundo. Ikalgo y Palm te miraban con preocupación al verte completamente como un caso perdido.

—Escuchen, lacayos. Iremos a ver al Rey.

Emprendiste la marcha hacia la escalera principal. No habías avanzado mucho cuando un par de brazos y tentáculos te detuvieron.

—Espera un momento, (T/N). ¿Qué pasó con la confesión de «tengo miedo»? Creí que estabas tratando de que no cometiera una locura.

—Hay que superar nuestros miedos, Palm —Forcejeabas para liberar tu brazo de la Cazadora—. Además, tú dijiste que el amor lo era todo. Ahora te comprendo, así que déjame ir.

—Bien.

—¡Oye, no te dejes convencer tan fácil!

—El amor nos da la fuerza para superar cualquier adversidad.

Los corazones comenzaron a rodear a la mujer, por lo que Ikalgo ya no podía confiar en ella.

—(T/N), recuerda que le prometiste a Killua que sería rápido —El pulpo se colgó de tu pierna en un intento desesperado por mantener tus pies en el suelo. Tú seguiste caminando como si nada—. «He fallado mi misión, Killua» —pensaba con lágrimas en los ojos.

Llegaron a su destino, posicionándose a un costado de la gran escalera.

—¿Y bien? —inquirió Palm—. ¿Cuál es el plan?

Asomaste un poco la cabeza para mirar arriba.

—Vaya, ¿así se habrá sentido Seiya al atravesar las doce casas del Zodiaco? —dijiste volviendo a tu posición—. Son muchas escaleras.

—Es un nen bastante siniestro el que emana ahí.

—Nuestro amor es mayor.

Mientras Palm y tú se daban ánimos, Ikalgo echaba humo a la vez que se sentía orgulloso de que ustedes dos ya estuvieran cooperando juntas. Aunque pudieron haberlo hecho en otra situación.

—Bien, Palm. A la cuenta de tres subiremos corriendo. ¿Lista? —La mujer asintió—. Uno… dos… dos y medio…

El corazón te palpitaba a más no poder, sentías que se saldría del pecho en cualquier segundo. Inhalaste profundamente.

— ¡Tressss…! Shh shh shh… para atrás… —susurraste—. ¿Ese es Killua?

—¡Oh! Mi maestro también.

En la otra entrada que conectaba con la escalera central del palacio, estaban Knov y Killua. Ambos parecían estar discutiendo algo y no habían reparado en su presencia.

«¡¿Qué demonios están haciendo aquí?! Le dije que no lo acercara a este lugar.»

Tus reclamos se fueron así como llegaron. Una gota de sudor resbaló por tu frente.

«Bueno, yo tampoco debería estar aquí.»

La buena noticia era que si retrocedían despacio podría ser que no las miraran. La mala noticia era que Killua y Knov habían terminado de hablar y justo habían hecho contacto visual con ustedes.

El albino se vio perplejo un instante, como si lo hubieran descubierto haciendo algo malo. Pero la sorpresa no tardó en convertirse en un ceño fruncido.

Al verte acorralada no tuviste más remedio que hacerte la desentendida.

«Regresa por donde viniste, mocoso.»

Hacías ademanes con los brazos para que no se acercaran más, pareciendo un oficial de tránsito. Al ver que Killua se cruzaba de brazos tomaste a Palm del brazo y corriste lo más silenciosamente posible hacia él, no sin voltear a cada rato para comprobar que no hubiera nadie en las escaleras.

Con un «vámonos» los obligaste a que te siguieran a la salida.