Faltaban dos días.

Dos días para el ataque al palacio. Dos días para encontrar a Straid. Dos días para recuperar a Kite.

Se habían separado en dos grupos mientras esperaban la fecha y hora indicada. Por suerte, Hisoka se había ido con el grupo de Peijing, así que estabas muchísimo más tranquila ahora sin la presencia del mago, caminando hacia uno de los refugios en medio del bosque.

No obstante, el hecho de que te sacaran prácticamente del grupo de asalto te ofendió. Bien, no eras una experta en combate, y tu habilidad estaba por lejos de ser defensiva, sin embargo, consideraste algo machista que a Palm y a ti las descartaran, así como así. Aunque en el fondo, te sentías aliviada por la vida de la mujer, así como la de Pokkle y Ponzu. Asimismo, eso evitaría que usaras tus portales delante de Hisoka. Por lo que no hiciste tanto escándalo cuando la decisión fue tomada.

Metiste las manos en tus bolsillos, dirigiendo tu vista al cielo que poco a poco iba cambiando de color. La brisa movió unos cuantos cabellos de tu frente.

Por primera vez, te preguntaste qué harías una vez cumplido tu cometido—suponiendo que todo saliera bien, por supuesto. Quizá podrían visitar a Kurapika y ayudarlo en lo que sea que estuviera haciendo. O ir a rescatar a Alluka. O encontrar a Ging. Explorar el mundo y hacer nuevos amigos. Había tantas cosas por hacer.

Sonreíste con nostalgia al imaginarte todas las aventuras que podrías tener con tus amigos. Verlos caminar delante de ti, platicando y bromeando como en los viejos tiempos, hacía saltar de felicidad tu corazón. Las dos Hormigas que los acompañaban también podrían unirse al grupo, habiéndose ganado su puesto hace tiempo.

Cuando el cabello níveo de Killua entró en tu campo de visión, tú corazón dio un brinco. Había estado extrañamente callado desde que trajeron a Palm de vuelta. Como si estuviera pensando mucho en algo.

Sacudiste rápido la cabeza para evitar que el calor se agolpara en tus mejillas.

«No le des tantas vueltas.»

—Estás quedándote atrás.

Parpadeaste, saliendo de tu ensoñación. Killua, junto con los demás, se habían detenido. Diste pequeños pasos para alcanzarlos, plasmando otra sonrisa en tu cara.

—Solo estaba pensando en que hace falta Kurapika —respondiste a la pregunta no formulada.

Recibiste un gruñido por parte de Leorio y Killua. Reíste al verlos hacer comentarios despectivos hacia el joven rubio. Estabas segura que a ellos también les preocupaba el estado del Kurta, ya había pasado bastante tiempo desde la última vez que lo vieron, y no habían terminado muy bien que digamos. Esperabas volver a verlo pronto.

—No te preocupes, (T/N) —Gon sujetó tu mano mientras daba una de sus típicas sonrisas—. Iremos con él después de esto.

Asentiste, devolviéndole la sonrisa y balanceando sus brazos al compás de su andar.

—Hmph, no vale la pena pensar en él —Killua puso los brazos detrás de su cabeza, caminando con indiferencia.

Continuaron su camino mientras el sol se ocultaba en el horizonte.


Llegaron a su destino al anochecer. La pequeña cabaña estaba en medio de una arboleda, pasando totalmente desapercibida en la silenciosa noche. Uno por uno, comenzaron a entrar al lugar, preparándose para descansar después de los pesados días que habían tenido.

—Espera, (T/N) —Killua te llamó antes de que desaparecieras por la puerta—. ¿Podemos hablar un momento?

Apuntando con su pulgar algún lugar entre los árboles, se giró para que lo siguieras antes de que pudieras responder algo. Comenzaste a seguirlo un tanto insegura, no sin antes mirar de reojo a los demás. Te arrepentiste al instante. El único que estaba afuera era el idiota de Leorio, simulando a una pareja besándose.

«Estúpida, mis sentimientos.»

El enojo y la vergüenza se fusionaron, haciéndote enrojecer y lanzarle un gesto grosero a Leorio. Estabas muy sensible respecto a ese tema y el médico no hacía más que añadirle leña al fuego. Respiraste profundo, dándote palmaditas en las mejillas para espabilarte. Harías pagar a Leorio después. Por el momento, había algo más importante delante de ti.

Tú corazón palpitaba ruidosamente en tus oídos. Una mezcla de los acontecimientos pasados y de los nuevos se aglomeraban en tu interior, estrujándote las entrañas y revoloteando en tu estómago.

Después de recorrer unos metros, Killua se detuvo, así como tu respiración.

—Siéntate.

No fue una orden, sin embargo, obedeciste como si fuera una. Te dejaste caer en el tronco seco que te señaló el albino. La madera crujió debajo de ti. Apretaste tus puños para no temblar.

Estabas tan nerviosa.

Sabías que lo haría. ¡Por Dios! Estabas completamente segura que lo haría tarde o temprano. Habiéndote amenazado para que le obedecieras, ¿por qué habías prometido algo que no ibas a cumplir? Tuviste tus razones para hacerlo, quizá si le explicabas la situación… Aunque, si era sobre esa promesa, ¿por qué Killua te había traído aquí? ¿No sé suponía que te besaría delante de todos?

Sentiste cómo se acercaba.

Cerraste los ojos al momento que tú respiración se hizo más pesada, agitando tus sentidos y contrayendo tus emociones. El crujir nuevamente de la madera hizo que abrieras los ojos de golpe. Killua se había sentado a tu lado, recargando los antebrazos en sus rodillas.

«Ya basta. No te acerques más.»

La mirada del Zoldyck se mantuvo en el suelo. Notaste la tensión en sus brazos, cómo entrelazaba sus dedos, la contracción sus músculos; el subir y bajar de su pecho al respirar.

—(T/N)…

El fruncir de sus labios. Su garganta estrechándose al pasar saliva.

«No digas mi nombre así…»

Pensaste que tú corazón no podía latir más rápido, consciente de cada detalle que hacía. Qué equivocada estabas. Cuando sus ojos conectaron, la velocidad aumentó exponencialmente.

«No me mires así…»

Y, cuando sus labios se separaron…

—Espera… no… —Pusiste tus manos en sus hombros, en un frágil intento de distanciarlo—. No podemos… todavía…

Tus palabras salieron entrecortadas a causa del esfuerzo que estabas poniendo. Con la cabeza agachada y fijando la vista en cualquier cosa que no fuera él, afirmaste el agarre, reticente a soltarlo, antes de deslizar lentamente tus manos y acomodarlas en tu regazo.

—Sé que han pasado cosas, y hemos dicho cosas… pero… —Mordiste tu labio tratando de tranquilizarte—. Aún no es el momento —murmuraste mirándolo directamente a los ojos, recobrando la compostura—. Quizás en un futuro podamos hablar bien de… esto.

Killua te miró perplejo.

—¿De qué hablas?

—Pues de… esto —mencionaste con un ligero tono de incredulidad en tu voz, como si fuera estúpido no darse cuenta. Tus mejillas ardieron y cerraste las manos en un puño, arrugando tu ropa —…Lo que hay entre nosotros —terminaste en un susurro vergonzoso, señalando a ambos con tu dedo índice.

El Zoldyck usó una mano para cubrirse la boca y la otra para sujetar su estómago. Creíste que iba a vomitar porque se encorvó mientras temblaba ligeramente. Estabas a punto de preguntarle qué le pasaba cuando te interrumpió una carcajada. El sonido salió un poco ahogado, como si tratara de contenerla.

—¿D-de qué te ríes? —preguntaste un tanto desconcertada por el repentino cambio de ambiente, sintiéndote tonta por no comprender lo que pasaba—. Ya… ¿Qué es tan gracioso?

Tratabas de poner un rostro enfadado para que se detuviera, fallando miserablemente en el proceso. Cielos. Por más que quisieras molestarte no podías. Jurarías que era la primera vez que le escuchabas una risa tan genuina. No tenía ese matiz de burla tan característico que utilizaba para sacarte de tus casillas. No. De verdad estaba divirtiéndose. El motivo aún no estaba claro, pero qué importaba. Tu Killua estaba experimentando un momento de felicidad gracias a ti.

El sentimiento que inundó tu pecho era parecido a… No tenías idea a qué, y no te importaba. En este momento, no podías pensar en nada más que su risa.

Poco a poco la euforia fue disminuyendo hasta que solo quedó el cosquilleo de la melodía en tus tímpanos. Entre esa sensación se coló un pequeño «gracias» que apenas lograste identificar. Fue tan sutil que te preguntaste si te lo habías imaginado. No entendiste por qué te agradeció.

—Ah, ah. Esto aligera un poco las cosas. Escucha… —Flexionó sus hombros, cambiando a una pose más relajada—. Me encontré con Enyd.

—¿Qu-?

—Dijo que Kite estaba muerto.

—¡¿Qu-?!

—Pero no le creí.

—¿Eh?

Bien, esas fueron demasiadas bombas a la vez. No habías procesado una cuando ya te había arrojado la otra, para luego descartar como si nada el daño de ambas noticias.

—Tendrás que explicarme mejor, porque no estoy entendiendo nada.

Killua empezó a relatarte su encuentro con la mujer, desde cómo Enyd desapareció a la Hormiga Quimera hasta el final de su conversación. Cuando demandó que te fueras, mencionando que Kite estaba muerto y no había razón para quedarte, alegando que solo sufrirías más, Killua se percató de su juego sucio. Por tu parte, no te sorprendieron las tácticas que utilizaba Blaut para devolverte a tu dimensión, sin embargo, llegar al punto de mentir de esa forma era bastante cruel porque no solo te implicaba a ti. Aunque no podías culparla. Ella se preocupaba por ti, aun cuando debía culparte por perder su vida tranquila que tanto le costó conseguir. No sería justo ser tan dura con ella.

Al fin entendiste por qué Killua había estado tan extraño. Probablemente había discutido con Knov el día anterior, viéndose obligado a contarle la verdad sobre Enyd y Straid. Y quizá sobre ti también. Ahora comprendías la mirada del hombre—no había sido de burla, sino de desconfianza, a fin de cuentas, les habían ocultado información desde el principio. Killua había estado cargando con eso. Torturándose en si debía decirles, y cómo esa noticia les afectaría. Y tú, estúpidamente, habías estado imaginando todo un fanfic en tu cabeza.

«Prometo ya no leerlos.»

—Ya veo —Mantuviste una expresión pensativa, analizando lo que acababas de escuchar—. ¿Qué pasa?

Killua se encogió de hombros.

—No pareces muy sorprendida —comentó con un semblante curioso, inclinándose hacia atrás—. La verdad esperaba otra clase de reacción.

Lo golpeaste ligeramente con el codo.

—Oye —dijiste fingiendo estar ofendida—. Si respondo de la misma forma a como solía ser, mi personaje no tendría evolución.

El albino lanzó un silbido sorprendido.

—Eso ya suena más como tú —Su expresión traviesa se tornó poco a poco en una más seria—. En fin, no es la única razón por la que te traje aquí.

Esperaste impaciente a que continuara. ¿Acaso tu fanfic se haría realidad?

«¡Detente, (T/N)!»

—Quiero preguntarte una cosa —habló sin titubear a la par que te miraba con firmeza—. Y quiero que seas honesta.

Asentiste.

—¿Estás consciente de lo que arriesgas?

Inclinaste la cabeza, tratando de adivinar a qué se refería.

—Tu vida. Sabes que estás poniendo en juego tu vida, ¿no?

Un escalofrío recorrió tu cuerpo por la dureza de sus palabras. Si en este momento estabas piloteando un avión, acababa de irse en picada. Vacilaste en responder, por lo que Killua prosiguió.

—Existe una gran diferencia entre arriesgar la vida y tratarla como algo superficial. No quiero escucharte decir que estás dispuesta a morir cuando no has estado entre la vida y la muerte.

—He estado más cerca de la muerte de lo que crees —dijiste con voz temblorosa.

—¿De verdad? —Frunció el ceño, escudriñando tu mirada—. ¿Lo entiendes?

Titubeaste. Por supuesto que ya habías estado cerca de la muerte, varias veces, de hecho. Te habías enfrentado a cosas que solamente mirabas en la televisión y estabas orgullosa de haberlas superado de una manera u otra. Podías considerarte una persona afortunada. Pero no era lo que Killua estaba preguntándote. ¿Estás consciente de lo que arriesgas? La respuesta natural era sí, aunque el contexto era distinto.

—No. La verdad no lo entiendo —resoplaste con ironía—. Tengo miedo de morir, como todos, supongo. Pero siento que es imposible. Me asusta más pensar en lo que pasaría si fallamos la misión.

—Ya sabía que eras una idiota — Killua dio un suspiro con una mezcla de resignación y decepción—. Piensas demasiado en Gon y en mí, preocúpate más por ti misma —finalizó con sus dedos golpeando tu frente.

—¿Qué fue eso? —Diste un quejido mientras te sobabas la zona afectada—. Además, n-no es que piense en ti todo el tiempo como te imaginas.

Cruzaste los brazos y volteaste tu cabeza para ocultar el sonrojo que se empezó a formar en tu cara. Por tratar de burlarte de él, habías invertido los papeles inconscientemente.

—No piensas en mí, ¿eh? —sonrió de forma gatuna, disfrutando cada palabra—. ¿Entonces qué es… esto? —Imitó el gesto que hiciste, apuntando a ambos con el índice—. Lo que hay entre nosotros.

—Eso… bueno… —tartamudeaste mientras te movías nerviosamente.

—¿Mmmm?

Killua te daba pequeños golpecitos con su codo para presionarte. Viéndote completamente acorralada y apunto de darte un infarto, te cubriste con tus manos el rostro.

—Creí que ibas a besarme —farfullaste. Te aventuraste a abrir un ojo y mirar a través de las rendijas de tus dedos para comprobar si te había escuchado.

El Zoldyck se miró atónito por unos instantes.

—¿Qué?

Inhalaste profundamente y exhalaste, intentando recuperar la compostura.

—Pensé que me besarías por desobedecerte —dijiste frunciendo tenuemente el ceño por haber perdido esta contienda.

—Oh… eso. —El tono desinteresado que usó te hizo sentir más avergonzada de lo que ya estabas—. No lo decía en serio.

«¡Lo sabía!»

El joven Cazador se rascó la nuca, viendo de un lugar a otro, antes de que su mirada se posara en ti. Tenías los hombros hundidos y mirabas en dirección contraria. Abrió la boca para hablar, pero la cerró instantáneamente, avergonzado por lo que planeaba decir. Tomó aire para darse valor y, como tú, miró en dirección opuesta.

—¿Quieres…? —vaciló un poco—. ¿Quieres que te bese?

—¡No! —respondiste súbitamente, girándote hacia él.

Eso lo descolocó un poco.

—No tienes que decirlo de esa forma si no quieres —masculló con indignación.

—No… quiero decir… sí.

—¿Sí?

—No…

—¡Decídete! —exclamó molesto.

Ambos miraron en direcciones contrarias al notar lo cerca que estaban.

El Zoldyck estaba irritado y ligeramente humillado por la situación. ¿La sola idea de besarlo era tan horrible? Anteriormente no parecía molestarte, ya que, si bien recordaba, tú habías comenzado todo eso. Y ahora lo rechazabas. Quién entendía a las mujeres. Seguramente Gon podría darle un consejo. Sacudió la cabeza. ¿En qué estaba pensando? No era el momento de esto, es más, ni siquiera se le había cruzado por la mente antes de venir aquí. ¿Por qué de repente la palabra beso aparecía tanto? No era lo que quería. No eran sus intenciones. Sintió náuseas de solo pensarlo. Ni siquiera quería besarte.

—Killua… —interrumpiste sus pensamientos, atrayendo su atención. Mantuviste la vista en el suelo y jugaste con tus dedos nerviosa—. Perdón por decirlo de esa forma, no fue mi intención gritar. Es solo que… es algo confuso. Has sido mi amigo. Mi familia —mencionaste con dulzura, tocando tímidamente su mano—. Y es por eso que no puedo corresponderte como quisiera. No solo porque nuestra edad difiera mucho actualmente, sino porque necesito, primero que nada, arreglar el desastre de persona que soy.

—Técnicamente soy mayor que tú —murmuró.

Arrugaste la nariz en afirmación.

—Técnicamente, pero no ahorita. Intenta convencer a mi cerebro de no sentirse culpable.

—Mhmp.

—Y porque… creo que volveré a casa después de esto —Levantaste la vista y observaste la luna que, con un toque de melancolía, se alzaba majestuosa y blanca en el cielo—. Ya he estado demasiado tiempo lejos de mi hogar.

Killua contempló tu perfil sintiendo su pecho oprimirse. Jamás había visto tanta tristeza en tus ojos. Dolía; porque comprendió que él no sería capaz de quitarla. Brillabas tanto como la luna, y eras tan lejana como la misma.

—Entiendo —mencionó con suavidad.

Giraste tu rostro para verlo. Sus ojos brillaban bajo la luz tenue de la noche, haciéndolos ver tan claros y puros, junto a la pequeña sonrisa dibujada en sus labios. Odiaste haber abierto la boca, pero se lo tenías que decir tarde o temprano.

—Sé que es doloroso —hablaste tratando de contener tu voz. Reafirmaste el agarre de su mano, inclinándote hacia él, haciendo que sus hombros apenas se rozaran—. No sabes… lo doloroso que será para mí…

—¡No llores!

El sollozo que estaba a punto de salir se quedó atorado en tu garganta. Sorbiste la mucosidad que se estaba generando en tus fosas nasales y evitaste parpadear para obligar a las lágrimas a quedarse en su sitio.

—No llores —manifestó. Su flequillo cubría sus ojos—. No importa lo que mires, no importa lo que escuches. Mantente firme en tu decisión.

Con tus labios temblorosos, asentiste repetitivamente.

—Volveré —dijiste, esta vez con resolución—. De eso no hay duda.

Sin pensarlo dos veces, lo abrazaste. Una mano detrás de su cabeza y otra en su espalda, apretándolo contra ti, deseando con fervor que el tiempo se detuviera ese mismo instante.

—Prometo que volveré en cuanto resuelva todo —Cerraste los ojos con fuerza, dejando resbalar algunas lágrimas—. Y cuando lo haga, podemos hablar de esto sin tabúes. Así que… ¿esperarías por mí? —Hundiste el rostro en su cuello, negando rápidamente—. No, olvídalo. Eso fue egoísta de mi parte. No respondas.

Su aroma llenó tus pulmones. Era fresco y dulce y, aun así, desprendía cierta masculinidad que hacía acelerar tu corazón.

—Lo haré.

Abriste los ojos con sorpresa, no solo por sus palabras tan dulces, sino porque al fin había correspondido tu abrazo. Sentiste sus brazos vacilar por un instante antes de rodear firmemente tu espalda, sujetándote y acercándote más—si es que era posible, a él. Su pecho se fundía con el tuyo, sus latidos danzando simétricamente en un murmullo singular.

Por desgracia, si seguías así, tu voluntad tambalearía, y probablemente no pararías de llorar. Te separaste lentamente de él, casi deseando que te lo impidiera. Limpiaste las lágrimas secas de tu cara mientras te escondías detrás de una torpe sonrisa, sintiéndote apenada de repente por el aspecto que debías tener. Diste un ruidoso suspiro, intentando relajarte y evitar su mirada.

Ninguno de los dos habló por varios minutos. Killua parecía cómodo por el silencio que se había formado. En cambio, tú estabas inquieta, moviendo tu pierna en un ademán nervioso y frunciendo tus labios cada vez que intentabas decir algo. Presentías que tu naturaleza parlanchina empezaría a hacer de las suyas.

Carraspeaste.

—T-tampoco es para ponerse tristes. No es como que me vaya a ir de un día para otro.

Y ahí estaba tu vieja costumbre de justificar todo, ya sea para salvarte el pellejo o en un intento de consolar a los demás. Killua lanzó un suspiro condescendiente, negando ligeramente con la cabeza, dando a entender que ya se esperaba algo así.

—Pienso despedirme de las personas que he conocido —continuaste poniendo un dedo en tu barbilla—. Ah… Supongo que eso me tomará unos días. Principalmente con Kurapika.

Un tic se apoderó de la ceja de Killua.

—¿Por qué tardarás días en despedirte de él?

—¿Cómo que por qué? Hay muchas cosas que tenemos que hablar.

—¿Ah, sí? —musitó mientras se levantaba.

—Sí, como…mmm… esto y lo otro… —Empezaste a balbucear mientras contabas con tus dedos —…y también sobre el mensaje que le envié… y la vez que lo ofendí… Pero primero tenemos que saber dónde está…

La verdad no estabas prestando atención a lo que decías, era solo tu mala costumbre de hablar de más cuando estabas nerviosa. Y así hubieras continuado hablando toda la noche de no ser por los labios que se estamparon con brusquedad y torpeza en los tuyos. Killua había tirado de tu ropa para inclinarte hacia él, haciendo que su nariz chocara contra la tuya—si eso te dolió o no, no pudiste percibirlo. El impacto en tu cerebro era mayor. Mantuviste los ojos abiertos como platos, alcanzando a notar que él mantenía los suyos cerrados con fuerza. No lograste darte cuenta cuánto tiempo pasó, o si los labios que temblaban eran los tuyos o los de él, porque en ese mismo instante se separó, dándote la espalda a una velocidad increíble.

—No hables de otro chico cuando te acabas de confesar —mencionó, sus hombros temblando ligeramente. Avanzó unos cuantos pasos, con la intención de marcharse, sin embargo, se detuvo un momento y, sin girarse, habló en voz alta —: Y para que quede claro, fui yo el que te besó. Así que no te sientas culpable.

Desde tu posición apenas distinguiste lo rojo de sus orejas antes de que su silueta desapareciera entre la espesura del bosque. Solo hasta que se perdió de vista, tu cuerpo pudo reaccionar a lo que había pasado.

Te deslizaste hasta caer al suelo, acariciando tus labios.

—¿Eh?

Bueno, quizá después de todo, sí quería besarte.


¡Uuuufff! Este ha sido el capítulo más largo que he escrito, y de lejos el más complicado (creo). Hace unos días lo había terminado, pero cada vez que lo releía había algo que no me gustaba. Fue algo frustrante porque no sabía exactamente qué era lo que no me gustaba xD Así que hice lo que nunca había hecho: Borré casi todo el capítulo y lo volví a empezar.

Fue duro, pero no me arrepiento n,n Pude ver todo desde otro panorama e identificar los fallos que tenía. Ojalá les haya gustado el capítulo jiji.

Muchas gracias a todos los que leen esto, su apoyo me inspira a continuar. Y un agradecimiento especial a Sombra por ser mi fiel seguidora :')

Se despide su escritora menos favorita y nos leemos pronto :D

¡OSU!