Miraba la espalda de Gon mientras corría sin una dirección aparente.
Podía hundirse en la autoindulgencia de la adversidad en la que se encontraban, recriminándose y culpándose toda la noche y, aun así, no llegaría a ningún lado.
Lo principal era adaptarse y continuar.
—Gon, detente —Killua imitó sus palabras para que su amigo hiciera lo mismo—. Busquemos a Shoot, si Hisoka lo abandonó significa que debe estar distrayendo a Youpi para que Knuckle pueda atacar.
Comprendía el estado en el que debía estar Gon, sin embargo, no tenía palabras que pudieran consolarlo, se veía a sí mismo como alguien incapaz. Leorio y tú eran mejores lidiando con situaciones difíciles, él simplemente podía seguir adelante sin decir una palabra, guardándose todo lo que quería decir.
—Debe ser fácil para ti, Killua —murmuró Gon—. Siempre logras mantenerte al margen.
Un «qué» escapó de los labios del Zoldyck por el desconcierto ante la frialdad dirigida a él; las palabras clavándose como un puñal.
—Estoy tratando de mantenerme razonable —Se tragó el dolor que sintió y encaró a Gon—. No pierdas la cabeza por nimiedades.
—¿Nimiedades?
—¡Venimos por Kite, ¿no es así?! —increpó—. Deja de ser tan cabeza dura y concéntrate.
—¿Cómo puedes…? —Gon tembló de rabia, no podía dar crédito a lo que escuchaba. Dio una zancada y sujetó con fuerza la camiseta de Killua—. Repítelo… repite lo que dijiste.
—Deja de ser un idiota y concéntrate en la misión —dijo con lentitud, esperando que así la información pudiera procesar en su cabezota.
Gon lo soltó con brusquedad.
—Esto no tenía que pasar, teníamos que estar juntos —Caminaba de un lado a otro sin saber qué hacer—. ¡Debíamos protegerla de Hisoka!
Killua ya lo sabía, los tres debían estar juntos.
Siempre. ¿No fue eso lo que prometiste?
—¿Crees que no lo sé?
—¡Entonces ¿por qué la dejamos?!
—Gon…
—¡Creí que te importaba!
Esa acusación fue más dolorosa a que si su hermano Illumi le clavara mil agujas en la cabeza.
¿Que no le importabas? Cómo se atrevía él a decir eso. ¿No se dio cuenta que desde el principio lo único que quiso fue protegerlos a ambos?
Y falló miserablemente.
—Si no vas a ayudarme, lo haré solo.
¿Había visto a través de su alma? La razón por la que quería encontrar a Kite no era tan especial, simplemente era importante para Gon; si quería protegerte era porque eras importante para él. Kite no tenía nada que ver. No tenía el derecho de decir que no le importabas.
¿Lo odiarían si se enteraban de esto?
¿Se quedaría solo otra vez?
—¿Vas a dejarme también…? —susurró el albino—. Tú… —resopló con amargura, su sangre empezando a hervir—. ¡¿Qué demonios te pasa a ti?! Tú... (T/N)... Ella… ella va a…
Toda la furia que sintió por un instante se evaporó por esa frase.
Te irías.
Y él no podría hacer nada para cambiar ese hecho.
Ni siquiera Gon podría.
—…Ella va a irse —su labio inferior tembló—. Y permití que se separara antes de mí…
—¿De qué hablas? —Gon preguntó consternado. De un momento a otro Killua parecía hablar incoherencias y, más que eso, parecía estarse quebrando.
—Ella se irá… y yo… —murmuró con voz temblorosa—. Yo no puedo decirle que se quede… —Se sentía tan débil y patético, y no podía evitar que sus ojos se humedecieran—. Ustedes son mis amigos más preciados… no quiero que me dejes tú también…
—Killua… —susurró con una mezcla de arrepentimiento y confusión.
La furia de Gon no estaba dirigida al albino, al contrario, siempre había admirado la calma de éste. Su mente estaba nublada por la cruel decisión de abandonarte con el enemigo, lo cual, quizá, lo llevó a decir cosas hirientes. A pesar de ello, lo primero que le había dicho a Killua no fue con intención de lastimarlo; se odiaba a sí mismo por ser débil y no poder hacer algo mejor.
Casi podía escuchar tu voz recriminándolo y golpeándolo con una revista por decirle cosas tan rudas, siempre siendo su voz de la consciencia.
Nunca lo abandonaría, era su mejor amigo.
Se dijo que no lo presionaría e inconscientemente había hecho todo lo contrario. Lo que el Zoldyck escondía era mucho más importante de lo que imaginó.
Y en estos momentos, lo necesitaba.
—¿Qué tienes, Killua? —habló en voz baja y un poco inseguro por la culpabilidad—. ¿Por qué lloras?
—No quiero que se vaya, Gon… —sollozó, ya sin importarle exponer abiertamente sus emociones—. Pasarán años antes de que la vuelva a ver… Cada vez que pienso en eso me duele… aquí… siento que no puedo respirar… ¿Qué me pasa?
—¿Te duele el corazón? —Gon se quedó estático, preocupado de que fuera un paro cardíaco, pero rápidamente descartó la idea.
El culpable no era una posible enfermedad, eras tú.
Mito le había explicado a Gon lo que experimentaban dos personas enamoradas, en ese tiempo no lo entendió, ni tampoco comprendió cuando su tía le dijo que en varias ocasiones se sufría por esa misma razón. Si dos personas se querían solo tenían que estar juntas, ¿no? No debía ser tan complicado.
Aseguraba que las extrañas cosas que Mito le contó pasaban entre Killua y tú. Tal vez lo que su madre le había dicho no era tan descabellado como alguna vez creyó.
—¡Lo siento, Killua! —Gon apachurró sus mejillas de un golpe con ambas manos a modo de autocastigo—. Ya estoy tranquilo.
El albino parpadeó confundido.
Gon inspiró hondo y habló.
—Mito-san me dijo que hay sufrimientos que el llanto no puede mitigar, no es un dolor como cuando estamos tristes o frustrados, sino mucho más fuerte… como si estrujaran una sábana para secarla, pero dentro de ti… —explicaba torpemente, imitando los mismos gestos que había utilizado su tía esa vez al tratar de describírselo—. Bueno, ese raro ejemplo fue el que ella utilizó para decir que solo hay una forma de lograr expandir esa sábana y colgarla bajo el sol.
—¿Y cuál es? —Killua hipó, escuchando atentamente lo que Gon le estaba diciendo.
—Decir lo que guardas aquí —Gon tocó el pecho de Killua, señalando su corazón—. No estoy seguro qué dijo (T/N), pero sí sé que ella no se iría sin resolver las cosas aquí. Así que… ¡tienes que decírselo!
—Gon… no puedo hacer que se quede…
—No hablo de eso —El Freecss negó con la cabeza—. Sabes a lo que me refiero.
Killua lo miró de nuevo con confusión, los ojos de Gon brillaban con impaciencia infantil.
—Gon —sonrió con diversión mientras se limpiaba las lágrimas con su antebrazo—, siempre presencias mis momentos más vergonzosos.
—¡Eso es porque somos mejores amigos! —Levantó los brazos con energía.
—Sí… —respondió Killua con una sonrisa—, lo somos.
.
.
.
Invisible con su Perfect Plan, a Meleoron se le escapaban las lágrimas por tan conmovedora escena. No quería ser chismoso con cosas que no eran de su incumbencia, sin embargo, no se vio capaz de interrumpirlos.
No obstante, ya no podía desperdiciar más tiempo. Había personas que necesitaban ayuda.
—Que quede claro que no lo hice por ti.
—Lo entendí la tercera vez que lo mencionaste.
—Eres horrible… Guapo, pero horrible.
—Eso lo entendí la primera vez que lo dijiste.
Estabas sentada en una esquina de la habitación, lo más lejos de Hisoka que pudiste encontrar, abrazando tus rodillas y haciendo pucheros por la mala energía que el mago propagó.
Ganas no te faltaban de retorcerle el cuello—sin matarlo, obviamente—y devolverle una cucharada de su propia medicina. Aunque creíste que más que sufrir, eso lo pondría a mil, así que mejor descartaste la idea.
«Estúpido y sensual Hisoka.»
Te preguntaste cómo estarían Gon y Killua. El primero era muy susceptible, y el segundo demasiado sensible, tenías miedo de que, aunque hicieras lo que sea para evitar los sucesos que sabrías que ocurrirían, al final no pudieras evitarlo.
Ansiabas fervientemente que ninguno de los dos sufriera más de lo que ya habían pasado, sin embargo, tampoco era correcto que quisieras tenerlos en una burbuja de cristal, pues como había dicho Leorio, las personas aprenden de los golpes de la vida.
Hisoka había sido un golpe muy duro para aprender la lección de que no podías controlar todo, ni siquiera conociendo el futuro. La información no importaba, era una espada de doble filo, si no se manejaba bien, terminaría cortándote.
Tomaste una pequeña piedra de entre los escombros y empezaste a jugar con ella lanzándola al aire.
«Quiero ver a Killua.»
Debías de darles confianza para que no se preocuparan por ti, por lo menos realizar algo significativo para nivelar la balanza.
Tendrías que hacer una abertura para deshacerte de Hizorra y de Pitou al mismo tiempo. No era suficiente con que pelearan, debía de ser lejos del palacio. Cualquier resultado al final de su batalla sería una desventaja para ustedes; si la Hormiga ganaba, los mataría a todos para recuperar a Komugi, y si el pelirrojo ganaba—lo cual dudabas mucho—sería impredecible.
«Pero antes de eso…»
—Por cierto —dijiste cuando atrapaste por cuarta vez la piedra—, antes de que alguien, cuyo nombre no quiero decir, nos interrumpiera, te preguntamos por Kite.
Miraste la oreja de Pitou moverse, intuyendo que le hablabas a ella. Se giró para observarte, no sin antes mirar de reojo a Hisoka como si buscara aprobación.
Pensaste que la Hormiga necesitaba relajarse, aunque en teoría era tu «enemigo», la pobre parecía estar con los nervios de punta.
—¿Quién? —respondió titubeante.
Suspiraste. Al parecer había estado en su mundo desde el principio y no escuchó nada de lo que dijeron, salvo las amenazas.
—¿De casualidad no despedazaste y reconstruiste a un hombre alto con cabello blanco? —preguntaste con tono detectivesco mientras retomabas tu juego con la piedra—. Cabello muy largo. Blanco.
Pitou pareció indagar en las profundidades de su mente, buscando entre todas las personas que había asesinado para hallar la descripción que le diste. Estabas segura de que la Hormiga no recordaba ni la mitad de los rostros que la vieron antes de morir por sus manos, o por la de sus títeres. Pero si se había enfrentado a Kite, debió ser su primer oponente, y eso era más que suficiente para que lo recordara.
—…No recuerdo a nadie así —contestó finalmente.
—Mmmm… ¿segura?
La respuesta de Neferpitou tenía un tono de insatisfacción y temor, lo notaste porque aparentaba estar buscando desesperadamente una respuesta que te dejara satisfecha. De cierta forma te hizo sentir poderosa, no como un Saiyayin, más bien como un policía que abusa de su poder, aunque el crédito de eso se lo llevaba Hisoka.
Una sonrisa se dibujó en tu rostro involuntariamente. Si Pitou no se acordaba de Kite, lo más seguro es que no luchó contra él.
—Deja cambiar mi pregunta. ¿Conoces a un tipo llamado Straid? Hombre… o niño con cabello oscuro y ojos púrpura —continuaste con tu papel de detective, esto de hacer cosplay te estaba gustando—. Sí, su diseño es muy simple —justificaste tu pésima descripción.
Hisoka se interesó en la pregunta porque ladeó su cabeza en espera de una respuesta.
Por solo un segundo, Pitou cambió su expresión a una de sorpresa.
—…Sí.
Siendo honestos, te hubiera sorprendido más si te respondía que no, teniendo en cuenta todo lo que había hecho Straid. Ahora la cuestión era qué preguntar después. ¿Qué querías saber realmente? ¿Dónde estaba? Eventualmente lo encontrarían. ¿Qué es lo que quería? Ya lo sabías. Entonces…
—¿Por qué lo siguen? Quiero decir, ustedes comen humanos relativamente poderosos, ¿por qué no se lo comieron y ya? Me hubiera ahorrado muchos problemas —Te levantaste con ímpetu, dejando salir tu frustración—. Creo que dejaron a Bizeff vivo por cuestiones políticas o algo así, pero ¿Straid? ¡¿Por qué no se cenaron a ese maldito bastardo?! ¿Qué hizo para que ustedes no lo mataran? ¿Qué hizo para que el Rey no lo matara? ¿Qué trucos usa?
Pitou no contestó las tantas preguntas que hiciste a la vez, no porque no pudiera, sino porque estaba realmente confundida. Esta noche estaba siendo cómplice de situaciones surrealistas que no podía explicar. Lo que sintió al ver a su Rey en un estado tan… distinto… había sido el motor desencadenante de su confusión. Los enemigos que entraron sin intenciones de atacarla; el aliado de ustedes que parecía que se lanzaría sobre ella en cualquier momento, resultó no ser su aliado. O quizás eran ustedes los que no eran compañeros del hombre. Lo pensó cuando protegiste a Komugi, y lo volvió a pensar cuando preguntaste por Straid. Pero de nuevo las cosas no eran como pensaba, ahora parecías mostrar una rabia hacia él. Solo… ¿qué demonios estaba pasando? De lo único que estaba segura era de su deber de proteger a Komugi. Por el Rey.
En medio de sus inquietudes, Hisoka rio por lo bajo.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntaste con desdén.
—¿Aún no te das cuenta? —respondió el mago levantando una de sus cartas—. Lo que buscas no es un hombre.
—¿Qu-?
—¡No te acerques! —Pitou te interrumpió —. ¡Pouf!
«Esto tiene que ser una broma.»
Yo: *suspiro*
Enyd: ¿Qué tienes?
Y: Hisoka se está apoderando de mi trabajo :(
E: Qué mal.
Y: ¿Es todo lo que dirás? -_-
E: Sí.
Leorio: Ahora es cuando dices que me extrañas ;)
Y: Normalmente tienes que dejarme decirlo ANTES de que aparezcas.
L: El gran Leorio no sigue reglas :D
E: Sí, apareces cuando te da la gana...
L: ¿No acabas de morderte la lengua?
Y: -_-'
Killua: ¡Oye!
Y: Hablando de apariciones forzosas...
K: ¿Por qué me ponen como un llorón?
Gon: Tranquilo, Killua :D Llorar es bueno para aliviar los corazones rotos.
K: ¡Yo no lloro! Y n-no tengo nada roto ¡mph!
Y: -_-
K: ¡Quiero a mi abogado!
L: ¿O si no te pondrás a llorar? jajajajaja
G: Jajajaja
K: ¡Gon!
G: Hehe :P
E: Sigo la cadena... ja ja ja
L: -_-
K: -_-
G: :D
E: Ja?
Y: -_-
