¡Hola! No me linchen, por favor, sé que tardé demasiado en subir "la otra parte del capítulo" *inclinándose* Solo diré que ha estado haciendo un calor tremendo que hasta las ideas se derriten...¡LITERALMENTE! XD

Ambivalence027: ¡Muchas gracias por dejar un comentario! :'D Tus bellas palabras son tan refrescantes como la brisa que tanto necesito en estos momentos de calor jeje Yo solo quiero complacer a mis lectoras ;)

Sonye-San: Te he fallado Sony, ya no actualizo tanto como antes T_T Insinuaciones, insinuaciones solamente entre ellos jaja

Mika99: Perdón por hacerte esperar n,n

¡Disfruten del capítulo!


Era inaudito que el Rey recordara a esa mujer. Un ser perfecto como él no debía preocuparse ni distraerse por un ser inferior como un humano. Pouf haría lo que fuera necesario—incluso ir en contra de los propios deseos de su rey—si eso significaba impulsarlo a su legítimo destino. Después de todo, como Guardia Real, su deber consistía en proteger a Meruem y ser un pilar para que alcanzara la cúspide de lo trascendente. Todo por el bien del Rey. Por esa razón, tenía que apresurarse y ocultar cualquier cosa que se relacionara con Komugi. ¡Ah! Hasta pensar ese nombre le provocaba arcadas. Debió asesinarla cuando tuvo la oportunidad.

«Tengo que encontrarla».

Dividiéndose en clones más pequeños, Pouf reanudó la búsqueda. Seguramente Komugi estaría custodiada por tus compañeros; sin embargo, si fuera capaz de hacer una mínima abertura cuando los encontrara, fácilmente se desharía de ella de una vez por todas. En lo que respecta a los demás intrusos y traidores sería muy satisfactorio matarlos.

«Pero antes, tengo otros planes para la mujer que desapareció a Pitou» —El cuerpo original de Pouf pensaba mientras se acercaban al palacio a toda velocidad—. «Primero, haré que traiga a Pitou de vuelta, engañándola de que le perdonaré la vida a ella y a sus amigos. Luego, cuando convenza a Pitou de que no le mencione a Meruem-sama sobre Komugi, mataré a sus amigos delante de ella. Pagará por la humillación que me hizo. Por otro lado, si Pitou no está de acuerdo…».

No es que Pouf tuviera algo personal en contra de Neferpitou, ambos compartían el mismo objetivo, pero eso no significaba que los métodos fueran los mismos. El cambio que notó en su compañera lo consideraba peligroso, desde su criterio, podía poner en peligro la seguridad del Rey y, por ese mismo motivo, él decidiría si seguía siendo necesaria o no.

Shaiapouf chasqueó la lengua. Ninguno de sus clones había encontrado rastro de los intrusos aún. Si el camaleón los estaba haciendo invisibles, con solo uno de sus clones que lo tocara sería suficiente para encontrarlos. Tenía que actuar deprisa.

—¿Qué sucede, Pouf? —cuestionó Meruem al percatarse de la ansiedad de su subordinado—. ¿Necesitas ayuda?

—No, Meruem-sama. Usted no debe preocuparse por eso. Cuando mi cuerpo principal regrese me encargaré de ellos —respondió la pequeña Hormiga, volando y extendiendo sus extremidades para señalar a los miles de humanos que yacían bajo sus pies—. ¡Mire a todas estas inútiles criaturas, Meruem-sama! ¡Están aquí por usted! ¡Esperando que las gobierne! ¡Pronto se pondrá en la cima del mundo!

Meruem observó impasible a las masas mientras Pouf continuaba airoso su discurso. Una punzada le hizo fruncir el ceño.

—Algo no está bien —murmuró, atrayendo la atención de Pouf—. Falta algo… importante. Hay algo que estoy olvidando.

—¿De qué habla, Su Alteza? —preguntó con incredulidad Pouf—. ¡No hay nada más importante que gobernar a todo ser viviente! ¡Es su destino!

—Sí —contestó vagamente Meruem.

«Sí, es su indiscutible destino» —pensó Pouf. Aunque el Rey terminó por darle la razón, no se sentía tranquilo—. «Para eso nació. No debería rechazarlo».

Oh, otra vez aquella abrumadora sensación se apoderaba de él. Dejó que Youpi respondiera a las otras preguntas que Meruem hacía. Su actuar era justificable. Estaba en lo correcto. Todo saldría bien.

Pouf se detuvo en seco.

«¡Imposible! ¿Qué hace aquí? Es casi como si…».

El Guardia apretó los dientes en tribulación. Sí, era verdad que quería encontrarte, pero no frente al Rey. Eras una enorme piedra de la cual debía encargarse en privado para que su plan no peligrara. Además, ¿qué pretendías lograr con presentarte ante ellos de esa manera tan directa? Ya conocía tu habilidad y la de tus compañeros, y estaba convencido de que ninguno podría ponerle un dedo encima a Meruem, entonces ¿por qué? Es como si… ¿Por qué tenía ese sentimiento familiar tan grotesco?

«Es casi como si supiera lo que estoy pensando».

Straid y tú evocaban lo mismo. Parecían estar siempre un paso adelante. Burlándose de él.

—¿Son los intrusos? —inquirió Meruem, aunque su pregunta sonó más a una afirmación dicha con curiosidad.

—Sí —contestó Youpi—. Me enfrenté con uno de ellos. Envuelve su cuerpo en electricidad, así que tenga cuidado, Meruem-sama.

—Interesante.

—¡Meruem-sama! —Pouf se apresuró a exclamar. Llamó a todos sus clones para fusionarse y regresar su cuerpo a la normalidad—. ¡No hay necesidad que se ensucie las manos! Su prioridad es recuperar sus recuerdos. Yo me encargaré de ellos por usted.

—No —declaró el Rey—. Se ve que han estado esperándome.

—¡Insisto, Meruem-sama!

—Pouf —Con voz amenazante, el Rey escudriñó a su Guardia—. ¿Insinúas que soy débil?

—Jamás. No debe mancharse las manos con seres tan inferiores. Criaturas como estas son despreciables, utilizarían cualquier truco para engañarlo. Son tan cobardes que podrían ser el cebo para una emboscada.

—Ya lo veremos.

—¡Meruem-sama! —intervino Youpi, alentado por la mirada de Pouf que exigía su cooperación—. Pouf tiene razón. Lo más importante son sus recuerdos. Si encontramos a Pitou, ella podría ayudarlo.

«¡Bien dicho, Youpi! Eso me dará tiempo» —alabó la mariposa.

—¿Pitou? —El Rey sostuvo su rostro al sentir otra punzada. La imagen mental de su Guardia revivió fragmentos de su memoria—. Es verdad. Le pedí a Pitou que hiciera algo por mí… pero ¿qué? —Las sombras de sus recuerdos se ceñían sobre él sin piedad—. ¡Youpi! Trae inmediatamente a Pitou ante mí. Yo me haré cargo de los intrusos.

Sin más opción y con temor de hacer enfadar a Meruem, Youpi obedeció a la demanda. Por su parte, Pouf estaba entre la espada y la pared.

—Youpi, cuando regreses, ustedes dos me dirán qué es lo que están ocultando —El Rey les lanzó una mirada a su Guardia Real indicándoles que no toleraría más juegos—. Se los dije, ahora somos uno, puedo sentir perfectamente sus emociones.

—Sí, Meruem-sama —aceptó humildemente Youpi.

—Pouf —Cuando Youpi se marchó, Meruem activó su En que se expandió por cada rincón del palacio, provocando que Killua se estremeciera y que tú entrecerraras los ojos por el resplandor—. ¿Con esto basta para que dejes de preocuparte por una emboscada?

Shaiapouf inclinó la cabeza.

—Sí, Su Alteza.

Killua y tú observaron a Meruem descender a su encuentro con Pouf a sus espaldas. Cada movimiento siendo peligrosamente conciso.

—Pouf solo retrasó lo inevitable —le susurraste al albino, obviando el desdén que le tenías a la Hormiga.

—Sé cuidadosa —aconsejó Killua—. No podemos confiarnos.

—No te preocupes. Meruem solo necesita escuchar una palabra —El Rey se detuvo a unos pocos metros de distancia—. Una palabra lo decidirá todo.

«Komugi, dame tu poder.»

«¿Qué hago?» —pensó Pouf cuando ya estaban encarando a sus enemigos—. «¿Los ataco primero para que no hablen? ¡No! Estaría faltándole el respeto al Rey. ¿Le digo a Meruem-sama que ella tiene a Pitou? ¡Tampoco! Su Alteza me cuestionaría el por qué no dije nada cuando le dio la misión a Youpi de buscarla. ¿Qué puedo hacer?».

—Responderán mis preguntas —Meruem se adelantó a las divagaciones de su subordinado, hablándoles suficientemente alto para mandarles escalofríos por la espina dorsal.

Entre la idolatría y la determinación sin precedentes que se cruzaban en el patio del palacio, en lo recóndito de su mente, Meruem buscaba una respuesta para su incertidumbre. Haber heredado el Spiritual Message de Pouf le abría paso a percepciones distintas.

—Quédate detrás de mí, (T/N) —Killua se puso frente a ti como un escudo.

Las punzadas en la cabeza de Meruem comenzaron a ser más frecuentes y dolorosas, lo que lo puso de mal humor y lo llevó a preguntarles con hostilidad:

—¿Qué es lo que pretenden?

Te aferraste a Killua con manos temblorosas en un gesto de protección. Meruem no comprendía por qué ese acto lucía tan natural como respirar, y a la vez era tan doloroso como si estuviera mal. Algo no encajaba. Dos criaturas que eran muchísimo más débiles que él irradiaban una extraña fortaleza que le hacía sentir incompleto. Había algo que faltaba.

—¡Meruem-sama! Espere un momento —Arrodillándose, Pouf continuó—: Estas personas están relacionadas con el secreto que mencionó anteriormente. Debe saber que es muy importante para mí proteger ese secreto.

—Sí, puedo percibirlo.

—Por eso le pido que me dé un poco más de tiempo —suplicó Pouf.

Meruem le prestó toda su atención a su Guardia. Ciertamente le causaba mucha curiosidad lo que él y Youpi parecían querer evitar a toda costa. Sin embargo, la desesperación de su voz era palpable.

—Pouf —nombró el Rey—, estás sangrando.

La mariposa se llevó rápidamente una mano para comprobar que, efectivamente, había un líquido espeso saliendo de su nariz.

Mientras eras testigo del intercambio de palabras de las Hormigas, tenías un remolino de emociones a flor de piel. Pouf estaba dispuesto a todo con tal de obtener lo que quería, no merecía piedad. No, te dijiste; haría cualquier cosa por proteger al Rey, como tú lo harías por tus amigos. Una mezcla de rabia y frustración se fusionó en tu interior. La vida se les estaba extinguiendo.

—¡Ya basta! —exclamaste, sintiendo el ardor en tu garganta—. ¡Tiempo es lo que menos tienen! ¡Meruem! ¡Komugi está esperando por ti! ¡¿Cuánto más la harás esperar?!

Una palabra fue suficiente para que Meruem se paralizara.

Komugi. Cada letra tomó forma en su mente.

Una palabra bastó para disipar la niebla y transportarlo a un campo dorado, cálido, brillante y sereno. La intensidad adornó las tinieblas, convirtiendo la noche turbia en un pronto amanecer, trayendo de vuelta y uniendo cada pieza de su fragmentado ser.

—Komugi… —Meruem deslizó el nombre por sus labios con realización.

En medio de sentimientos encontrados, Pouf quedó inmovilizado ante el descubrimiento de sus mayores temores. Esa mujer era más importante para el Rey de lo que alguna vez imaginó. Jamás tuvo oportunidad, y por una simple distracción lo perdió todo. Las lágrimas rodaron por sus mejillas al verse completamente derrotado. Todo había acabado a una velocidad alarmante e inesperada. O quizás, siempre tuvo que ser así.

—Esto es lo que Youpi y tú ocultaban —dijo Meruem a su Guardia.

—Sí —contestó el aludido sin fuerzas—. Castígueme, por favor.

—No habrá castigo. Comprendo tu actuar sin necesidad de palabras —Meruem dio media vuelta—. Reúnete con Youpi para continuar la búsqueda de Pitou. Una vez que los intrusos te hayan dado información de su paradero, déjalos ir. No hay nada más que hacer.

—Sí.

Dejando detrás de sí a un destrozado Pouf, el Rey fue directamente contigo y Killua. El albino se puso firme y te hizo más para atrás. Meruem detuvo sus pasos.

—Ahora lo entiendo. Tus intenciones no eran luchar contra mí, y a pesar de eso estabas dispuesto a enfrentarme para protegerla —El Rey Hormiga los miró como si hubiera encontrado todas las respuestas del universo—. No temas, no voy a hacerle daño.

—Killua —Con un gesto afirmativo le hiciste saber que no había de qué preocuparse. El Zoldyck suspiró antes de relajar su postura.

—¿Dónde está?

—Antes de responder —le contestó Killua a Meruem—, debes prometer que no lastimarás a nuestros amigos.

El Rey miró con curiosidad al joven Cazador.

—Puedo saber mi condición actual gracias a ustedes. Pero si aun así requieres mi palabra para cumplir mi petición, lo haré.

Killua se sintió abatido por tal respuesta. No se imaginó que el rey de las Hormigas Quimera fuera un ser magnánimo, teniendo en cuenta todas las desgracias que su presencia había provocado.

—Komugi está bien —dijiste—. Nuestros amigos cuidan de ella en el sótano. Te la entregarán sin problemas, aunque no sé si alguno de ellos vaya a pedirte algo más.

—Aceptaré cualquier cosa que soliciten —Meruem dirigió su vista en dirección al sótano—. Solo quiero verla.

Allí estaba, ese brillo en los ojos del Rey. Eso era lo que tanto te llamó la atención cuando te cruzaste con él en la torre.

—El tiempo se agota, ¿eh? —Meruem había empezado a caminar, sin embargo, se detuvo como si hubiera recordado algo más—. Tu nombre… ¿Cuál es tu nombre?

Killua y tú se miraron entre sí.

—(T/N) —respondiste un poco insegura.

—Te lo agradezco, (T/N). Recuperé algo valioso gracias a ti. Por eso, te diré algo que debes saber… No encontrarás a Straid aquí.

—¿Cómo…?

—Todo quedó claro la primera vez que te vi. Nunca fue la intención de él quedarse en este palacio. Aunque tu relación con él ya no me interesa —Se giró un poco para dejar ver su perfil—. Realmente no se parecen en nada.

—Un segundo. ¿Por qué dejaste que él se uniera…?

Meruem regresó su vista al frente y emprendió su camino.

—Eso ya lo sabes.

«¡Tal vez! ¡Pero necesito que me lo confirmes!»

Cuando la silueta del Rey se perdió dejaste salir el aire contenido. Ibas a hacerle una broma a Killua para aligerar la tensión, pero este ya estaba delante de Pouf.

—Sabías que vendríamos —afirmó el Cazador de pie junto a la Hormiga—. O por lo menos lo intuías.

Pouf levantó la mirada un segundo antes de devolverla a un punto vacío.

—¿De qué hablas? —preguntaste a Killua—. ¿Crees que Straid les dijo lo que pasaría?

—De ser así no estaríamos vivos —razonó el Zoldyck—. Pero definitivamente algo esperaba, si no, no hubiera tenido otro clon desde el principio.

—¿Desde el principio? —Miraste a la Hormiga que seguía en el suelo sin inmutarse mientras los engranajes de tu mente comenzaban a girar—. ¡Ah! Eso tiene sentido.

—Sí —continuó el albino—. Tenía mis sospechas y pude confirmarlas cuando su clon te atacó poco después de dejar a Knuckle.

—Un clon fue conmigo a la torre seguramente para buscar al Rey —aportaste con aire pensativo—. Y al ver que no estaba allí se desintegró para ir con ustedes y liberar su cuerpo principal. Así fue como logró engañar a Morel.

—Exacto. Mi duda es… —Killua se acuclilló a la altura de Pouf— ¿por qué los demás Guardias no hicieron nada? Por más ínfima que fuera la información que tenían, haber tomado medidas de precaución hubiera sido lo más óptimo.

Esperaron a que Shaiapouf contestara, sin embargo, la Hormiga lucía completamente hueco. La sangre que brotaba de su nariz no parecía importarle.

—No confiaba en él —Pouf apenas susurró como un muñeco sin vida—. Nunca lo hice… Y aun así… seguí su consejo… Siempre hablaba con enigmas… Lo odiaba… Pero ya nada importa… Fallé…

—No fallaste como Hormiga —Killua se levantó. Había escuchado suficiente—. Perdiste como humano.

Con un «vámonos» indicó que lo siguieras. Debían reunirse con Gon y los demás en la entrada del sótano. A pesar de la aparente victoria, el resultado no causaba esa sensación, a fin de cuentas, el éxito de la misión dependió enteramente de la palabra del Rey.

Tú no negarías eso. Se suponía que disfrutarías este momento. Te reirías en la cara de Pouf al verlo llorar como un perdedor por haber frustrado sus planes. Nunca te cayó bien, entonces ¿por qué justo en este momento se apoderaba de ti la compasión?

—Pouf —dijiste antes de marcharte—. Fuiste leal hasta el final. Tanto, que Meruem no se sentía digno de merecerla. Espero que te sirva de consuelo.

Por primera, y última vez esa noche, la vida volvió a los ojos de Pouf.


Killua puso una mano sobre tu hombro. Le ofreciste una tenue sonrisa por el calor de su empatía.

Nadie se merecía esto. Ni los humanos, ni las Hormigas. Te hubiera gustado descubrir una manera de llegar a un acuerdo sin necesidad de derramar sangre de ningún bando. El sabor amargo de la muerte y el pesar de no poder hacer nada al respecto había dejado una espina en tu garganta que dolía cada vez que pasabas saliva.

La diferencia entre un monstruo y un humano era brutalmente ambiguo. Quién merecía vivir o quién merecía morir era una decisión que nadie debería tomar.

—Killua, ¿crees en el destino? —Cortaste el silencio meditativo que se había formado entre ustedes dos con esa pregunta.

—¿A qué viene eso? —El albino murmuró mientras ponía una mano detrás de su cabeza.

—Quiero decir, ¿crees que ya tenemos un destino marcado? ¿Que no importan las decisiones que tomemos, siempre acabaremos donde se supone que debemos estar? Si yo hubiera matado a la Reina cuando tuve la oportunidad… ¿las cosas hubieran sido diferentes? ¿O de una u otra manera hubiéramos terminado justo aquí?

—Lo haces sonar bastante complicado —respondió—. En lo personal, no puedo aceptar que haya algo marcado para nosotros y que solo debamos esperar pacientemente a que suceda. Si no conseguimos lo que queremos o no cambiamos lo que no nos gusta, nadie más lo hará. Puedes pasar toda una vida esperando a que llegue tu destino, o puedes esforzarte por conseguirlo. Así de fácil.

—Ya veo… Aunque, ¿por qué pareces tan exaltado?

—No estoy exaltado, es que tú eres una idiota.

Le revolviste el cabello juguetonamente, ganándote un quejido de su parte. Había algo en Killua que hacía creer que lo conocías de toda la vida y que, aun así, había tantas cosas que te faltaban por descubrir. Ensayarías todo lo que le dirías en su acuerdo mutuo, tenías la sensación de que, llegado el momento, te quedarías completamente en blanco. Sin embargo, primero lo primero.

No pasó mucho para que Gon y los demás salieran a su encuentro.

—¡(T/N)! —El pequeño Freecss siempre parecía estar con la energía al cien por ciento. Se acercó a ustedes levantando su pulgar en señal de éxito—. ¡Misión cumplida!

«No, Gon. Todavía no es misión cumplida.»

Tus ojos se llenaron de lágrimas por el entusiasmo de tu duendecillo.

—¿Qué pasa, (T/N)?

—Gon, lo siento… ¡Kite no está aquí!

—Está bien —te confortó el pequeño—. Meruem me lo dijo.

—¿Estás diciendo que me perdí el intercambio de palabras del protagonista y el antagonista que tanto esperé? —Lloraste con dramatismo—. ¡Qué injusta es la vida!

—No te quejes si fue tu idea —rebatió Meleoron—. Deja de llorar.

—¡No soy la única que está llorando!

—¡Oye! —reclamó Knuckle, limpiándose las lágrimas—. ¡Yo no estoy llorando! Me cayó una basura al ojo solamente.

—Knuckle se puso algo sensible por el Rey —explicó Ikalgo a Killua, quien miraba la escena como si todos fueran un caso perdido—. Aunque no lo culpo, fue algo poco inusual. Aceptó sin más la condición que Knuckle le puso.

—¿Cuál condición? —repuso Killua.

—Traeré a Palm para que use su habilidad y podamos ver sus últimos momentos —contestó Knuckle—. Ese fue el trato.

—Me parece bien. Bueno, ¿nosotros que haremos?

—El «equipo Killua» se reagrupará para pensar en qué lugar puede estar Kite —le contestó Gon a su mejor amigo.

—Oye, Gon, lo estás haciendo a propósito, ¿verdad? —Killua lo señaló acusatoriamente.

—¿Mmh? —Gon inclinó ligeramente la cabeza.

«Esta vez tendremos que empezar de cero. Demonios, aunque sea nos hubieran dejado una mísera pista.»

—Todo el palacio quedó destruido —remarcó Ikalgo mientras se dirigían a una de las entradas de la habitación de cuatro dimensiones.

Y sí. Sentiste pena por las personas que se encargarían de la remodelación del lugar. Sin embargo, le prestaste atención a una palabra que ya llevaba bastante tiempo repitiéndose.

«Palacio… ¿Palacio?»

Abriste los ojos con realización.

—Claro, cómo no me di cuenta antes —Concordaste con Killua de que eras una idiota—. ¡Ese maldito me volvió a ver la cara!

—¿De qué hablas?

—Esto, mi querido Gon, es la conveniencia del guion. Nunca dijo palacio —exclamaste con la sangre hirviendo—. Dijo que me esperaría en su castillo, no palacio, este nunca fue su lugar. ¿Entienden? Yo creí que hablaba de Pejing por todo lo que estaba pasando con las Hormigas, ¡pero no! ¡Ese bastardo jugó con toda la trama! ¡Nos engañó!

Killua chasqueó los dedos, indicando que entendía lo que decías.

—Las mazmorras.

—Donde me llevó la primera vez.

—Es probable, pensándolo bien.

—¿De qué hablan? —Gon ahora comprendió lo que sintió Bisky cuando él y Killua le hacían lo mismo.

—Ya sé dónde está Kite, Gon —dijiste con esperanza, contagiándolo.

Recuperando tus energías, le dijiste a Knuckle que ustedes los alcanzarían después. No había que perder más el tiempo, así que te despediste con rapidez. Meleoron decidió ir con Knuckle, diciendo que su papel había terminado. Le prometiste que le comprarías muchas barras de chocolate para que ambos las comieran en una situación mucho más relajada.

—¿Estás seguro que no vendrás? —le preguntó Killua a Ikalgo.

—Para ser sincero, no quisiera estar de nuevo en presencia de Straid —contestó el pulpo, ligeramente apenado—. Discúlpame.

—Descuida. Aunque Enyd prometió convertirte en un calamar, ¿no le exigirás que lo cumpla?

—Enyd-sama cumplió su promesa. He renacido completamente —sonrió la Hormiga—. ¿Podrías darle un mensaje de mi parte?

—Oye, (T/N) —Gon te llamó mientras Killua e Ikalgo terminaban su conversación. Te inclinaste como si fuera a susurrarte un secreto—. ¿Deberíamos decirle que sigue siendo un pulpo?

Te aguantaste las ganas de reír.

—Si él se siente un calamar, hay que dejarlo ser un calamar.

Cuando Killua terminó, te preparaste para abrir un portal, prometiéndole a tu cuerpo que tendrías una buena siesta después. Te lo merecías.

—Bueno, acabemos con esto.


El tablero de Gungi esperaba pacientemente mientras las piezas eran acomodadas para iniciar las primeras de sus últimas partidas. Meruem observaba las manos de Komugi que se movían con maestría a pesar de su ceguera, poniendo cada pieza en su lugar. Ella le relataba lo confundida que había estado al principio; él, por su parte, la sacó de algunas dudas que aún tenía, respondiendo con la vista perdida cuando mencionó a su Guardia Real. Un rey como él no se los merecía. Leales hasta el final, que lo acompañarían incluso después de la muerte.

Sin más preámbulos, y notando la emoción de su compañera, iniciaron el primer juego de Gungi. Entre los primeros movimientos de las fichas fue incluido su nombre, aquel por el que alguna vez ella había preguntado, y por el que él se había sentido tan confundido, llegando al punto de sacrificarse por conseguirlo. Sin embargo, el precio había valido la pena. Otro juego más, fue lo que ella pidió, y él sonrió. Aunque Meruem se sintió contrariado por la jugada de la mujer, deseaba saber hasta dónde podría llegar. Una lágrima y luego otra por parte de Komugi, trajeron su inseguridad, orillándolo a preguntarle lo evidente: ¿Por qué lloras?

Komugi no podía creer que tanta felicidad fuera verdad. Y no la culpaba, pero tampoco podía mentirle. Así que le dijo la verdad; sobre el veneno y su último deseo. Quería estar con ella, sin embargo, tampoco quería ponerla en peligro. ¡Y qué sorpresa se llevó cuando ella, de un solo movimiento, derrumbó todas sus barreras! Siempre encontraba una salida donde no parecía haberla.

Sí, este momento y esta persona.

Él era Meruem, y había nacido para este precioso momento. Ella era Komugi, y había nacido para conocerlo. Juntos, enmarcando un encuentro efímero y trascendental.

Con cada pieza en su lugar, el último juego inició.