Temática: Comedia

Tiempo de la relación: 10 años (Josuke tiene 28 y Rohan 32)

Descripción: Luego de un evento desafortunado, Josuke decide tomar cartas en el asunto para ayudar a Rohan a tener gastos adecuados de dinero, en vez de dejar que lo invierta todo en tonterías, como comprar unas montañas y quedarse bien pobre.

Palabras: 907


PUERTA 1

Cada hueso de Josuke vibró como señal de alerta en el instante que Rohan dijo que iría de compras. ¡Debía ir con él!

En el centro comercial decidieron pasar al cine a modo de cita improvisada y lo que Josuke más temía comenzó justo después.

—Mira, un cacharro para pelar aguacates. ¡Lo quiero! —dijo con los ojos brillosos, frente a una vitrina.

—¡Rohan, para! —Josuke debía detenerlo de desperdiciar el dinero—. Tenemos cuchillos en casa.

El nombrado chasqueó la lengua antes de responder.

—Le quitas lo divertido a la vida.

—¡Piensa en tu vejez! —su grito no era furioso, en su lugar contenía cierto temor.

—¡En mi vejez será peligroso que use cuchillos para pelar aguacates! —argumentó, a la par en que señalaba la oferta del producto para hacerle ver que no sería una mala inversión.

Josuke no tuvo de otra más que exponer el factor lógico.

—Ni siquiera los compramos tan seguido porque son importados y rara vez cocinamos en casa.

—¡Simplemente di que eres un tacaño!

El vendedor permaneció en un incómodo silencio, sin la información necesaria en los almacenes de su cerebro que le debían indicar cómo proceder.

Oh, my God! —Rohan exclamó una vez más apenas cambió de estantería—. También hay un aparato para pelar cocos.

—¡Suficiente! —¿Por qué eran tan imposible lidiar con él? Por lo general no le impediría comprar sus antojos; sin embargo, estaba algo harto de que llevara a casa cosas innecesarias, sólo ocupaban espacio y almacenaban polvo—. ¡Lo compras y dejo de hablarte!

Rohan lo miró pensativo y dirigió una mano hacia su propia barbilla a modo de analizar bien lo que había escuchado.

—¿Hablas en serio?

—Muy en serio —respondió, mientras se cruzaba de brazos.

Rohan no tuvo que meditarlo demasiado. Si comprar esa cosa mantendría a Josuke callado, entonces… Se giró hacia el vendedor y colocó el dinero sobre la bandejita destinada a recibir monedas, billetes o tarjetas.

—¡Deme diez de éstos! —exigió, apuntando con el índice al curioso aparato pela-cocos.

Presenciar la escena llegó a los nervios de Josuke. El resto de la tarde en verdad se abstuvo de dirigirle la palabra a Rohan. No podía dejarlo allí y largarse porque el auto deportivo rojo que esperaba por ellos en el aparcamiento no era suyo.

Rohan lució una sonrisa complacida tanto por su (inútil) adquisición, como por el hecho de que Josuke ni siquiera lo miraba. Fue divertido intentar molestarlo todo el tiempo haciéndole preguntas y comentarios del estilo: «¿Quieres un helado? Vamos, yo invito», «¿Qué se te antoja para la cena?», «Compremos unos cocos». Era divertido observar cómo lo ignoraba mientras hacía el resto de las compras.

Pasaron las horas, hasta que al fin decidieron volver a casa y Rohan, luego de reconocerse como el causante del pésimo humor de su pareja, no le pidió perdón. ¡Ni loco! Él no tenía la culpa de que Josuke todavía fuese un maldito crío en el interior. No obstante, a esas alturas de su relación sí lograba sentir un ínfimo, minúsculo y mísero porcentaje de remordimiento cuando se desentendía de las emociones ajenas.

A su manera y con sutileza, intentó animar a su pareja, por lo que le llevó un coco pelado a la sala, donde se encontraba jugando videojuegos.

El enfado de Josuke aumentó al triple, al grado de que se puso rojo de la rabia. Se desligó tanto de su alrededor, que inclusive olvidó poner pausa a la partida haciéndose acreedor del característico letrero de "Game Over".

Josuke tomó el coco.

—¿Ves? Te dije que la cosa esa sería útil —argumentó Rohan, con una sonrisa orgullosa en el rostro y colocando una mano sobre la cadera.

La respuesta de Josuke fue usar a Crazy Diamond para regresar al coco su cáscara. Acto seguido, lo lanzó por la ventana haciendo pedazos el cristal en el proceso.

«¡Mi coco!» pensó Rohan, indignado, pues era el primero que lograba pelar.

Se sostuvieron la mirada en silencio durante varios segundos. Esos ojos fieros, azules y encendidos, que el chico mostraba, le dejaron en claro a Rohan que el mejor curso de acción era mantenerse alejado de su novio en lo que se le pasaba el coraje.

Sin embargo, un grito agudo y horrorizado a la distancia los hizo girar hacia la ventana destrozada.

—¡Koichi, querido!

Ambos palidecieron al ubicar a la perfección la mujer a quien pertenecía esa voz. Josuke invocó a Crazy Diamond para arreglar el vidrio mientras Rohan corría hacia la puerta para echar todos los seguros que tenía.

Josuke se acercó a la ventana para saber si el peligro había pasado; no obstante, una furiosa mata de cabello cubrió el cristal antes de que el rostro de Yukako apareciera de manera sorpresiva. Dio un paso hacia atrás por el impacto y sus facciones se deformaron en horror al escuchar de voz asesina que se cargaba la chica.

—¡Te encontré!

—¡Y-Yukako! —tartamudeó a la par en que esquivaba el cabello que destrozó el vidrio por segunda vez.

—Llevaré a mi amigo Koichi al hospital —aseguró Rohan con un pulgar en alto, luego de apresurarse a abrir la puerta y correr hacia su auto como si lo persiguiera el diablo.

—Hijo de perra —susurró Josuke con un tic nervioso en el ojo derecho.

Ahora tendría que lidiar con una loca y embravecida Yukako, ¡cuando él tenía la habilidad de sanar a Koichi! ¡¿Es que acaso todos decidieron dejar de usar el cerebro ese preciso día?!