Renuncia: todo de Aida e Iro.
n.a: el capítulo 69 me aventó personalmente contra una pared y le di las gracias
n.a2: soy basura weeeeeeeh, advierto spoilers y ooc y rareza general (hola fandom nuevo)
"Aquí la niña es una mentirosa.
Aquí la niña nace con una mirada dulce en su amargura, tanto que nadie soporta sostenérsela por más de cinco minutos sin contraer caries y un deseo de alejarse lo más pronto posible. Aquí la niña es testigo de cómo el amor entre mamá y papá y otros adultos se deshoja pese a sus cuidados mutuos porque ninguna flor vive para siempre por más hermosa que sea y los sentimientos y las flores no son lo mismo pero tal vez se parecen. Aquí la niña descubre que la belleza por sí sola es hueca y sus manos nunca la llenarán pero asimismo que nadie quiere una rosa con espinas mordiéndote y sangrándote a cada minuto así que carece de otra opción más que aceptarla. Aquí la niña sonríe. Aquí la niña no siente rencor alguno, no siente rencor alguno, no siente—
Aquí la niña es una mentirosa.
(aquí el niño miente, igual.)"
X
Akane tiene la lengua hirviendo cuando se acuerda, fugazmente, que la sonrisa de Aoi siempre ha sido su mejor arma.
La cosa es que las niñas bonitas no necesitan cuchillos o machetes o siquiera las manos desnudas para provocar daño y retorcerte las entrañas de adentro hacia afuera en un cosquilleo que no provoca gracia. Cualquier cosa menos gracia. (Las costillas de Akane como la sonrisa de Aoi. Frías, demasiado blancas y simétricas. Todavía muy, muy cerca de sus labios.) No. Las niñas bonitas sólo necesitan mostrar los dientes en tu dirección una vez para que caigas impávido y el oxigeno se vuelva tu némesis pues las niñas bonitas prefieren no ensuciarse de ser posible y Akane... Akane es algo masoquista, verás.
Debería haberlo recordado antes.
Pero—
(Pero no hay niñas bonitas como Aoi, sólo Aoi.
Y Aoi es devastadoramente preciosa.)
— No pasa nada Akane-kun —murmura y su boca sigue junto a la suya y su voz sólo se fractura tres segundos antes de recomponerse—. Está bien que dejes de amarme ya.
Luego viene el dolor.
—... Qué arrogante Ao-chan.
Preferiría morir antes que soltarte.
— ¿Quién te ha dado el derecho de decirme lo que puedo y no puedo sentir hacia ti?
X
La primera vez que Aoi piensa está bien que dejes de amarme tiene seis años y está llorando.
Nunca ha llorado, antes.
Y la abruma la emoción. (la fealdad de esta tristeza, su sinceridad).
— ¡Ódiame lo que quieras! —grita ella y patea tierra con sus zapatitos de charol—. ¡Tonto, tonto Akane-kun!
Akane se calla inmediatamente y ve con maravilla e incredulidad sus lágrimas de estrella fugaz cayendo por el cielo, incapaz de continuar su rabieta— y Aoi ni siquiera consigue recordar por qué eligió herirlo adrede impulsivamente en primer lugar.
(esto no es cierto, ella se acuerda.)
(Akane siempre está sonriéndole y la enferma y Aoi tuvo curiosidad—)
(curiosidad de ver si Akane puede devolverle la mordida—)
(para no sentirse tan sola—)
El pensamiento florece en medio de su llanto, sin necesidad de una semilla, como hierba mala en invierno y distante de la época de lluvias.
Si quieres odiarme tienes el derecho, está bien que dejes de amarme.
— ¡N-no me importa! —añade.
Aunque ha de ser mentira porque duele. ¿Por qué duele?
— N... no —se apresura él en decir, extremadamente torpe—. No, Ao-chan. No te odio —la toma de las manos y Aoi sigue llorando. Su ceño fruncido y el corazón a medio abrir—. Era... era una broma. De verdad —protesta Akane, con bochorno. Y luce tan bonito que Aoi casi desea decir o hacer algo otra vez que lo hiera con tal de que ya no la mire con tanto cariño inmerecido pintándose en diez, quince, veintitrés colores. (Pero se trata de una idea peligrosa. Por ende la ignora.)
Este es su secreto mejor guardado, allá en la parte más profunda del cementerio de sus carnes donde ninguna luz alcanza a cantar. Más tarde ha de crecer con ella y perseguirla a cualquier parte incluso cuando Aoi no está intentando escapar— no con exactitud— no de manera obvia— a través de los toboganes y los columpios.
Pero en su momento, el momento en que este secreto nace, Aoi sólo lo acepta junto con las disculpas de Akane.
El odio sería lo más verdadero que podrías sentir debido a mí.
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Aoi se dedica a esperar a partir de entonces.
Es algo... natural, desde su punto de vista. Una mera cuestión de tiempo.
(y ah, el tiempo siempre es cruel ¿no?)
Porque los niños detestan las muñecas y se aburren fácil de las cosas lindas. Y Akane es su amigo, su único amigo (antes de Nene-chan y espectros que desbordan vida, arrastrándose cerca de los lavabos en el baño—) pero también es un niño.
Aoi se niega a pensar cómo ella tendría que considerarse más persona que muñeca y que en realidad es horrible, por dentro. Aoi en su lugar piensa está bien que dejes de amarme y cuenta los minutos que Akane demorará en percatarse de esto. Aoi confía en que pronto él, como el resto, verá.
(que siempre haya una persona dispuesta a jalarle las coletas o tirar sus libros, no por envidia, sino un instinto de supervivencia primitivo que no alcanza a comprender.)
(que montones griten al universo cuánto la adoran y que no obstante nadie se atreva a tomarla de la mano y cómo Nene-chan jura que está ahí para ella pero igual desaparece de su alcance, igual que espuma.)
(las criaturas como Aoi son peligrosas y su encanto superficial sólo puede durar tanto.)
Akane no demorará mucho, Aoi tiene esta certeza. Trata de prepararse para cuando suceda, incluso. Se para de puntitas frente al espejo de su cuarto y ensaya diario la clase de sonrisa dócil pero comprensiva que mostrará ante Akane el día que él note que existen muchas chicas realmente agradables en el mundo y la abandone. Aoi cree que fracasa en cada intento pero Akane seguro no lo notará en sus prisas por irse. Seguro.
Puedes dejarme, aunque arruga los bordes de su vestido. Nadie va a obligarte a que te quedes conmigo, y su risa es de mora azul y sus ojos son amables y sólo un poco vacíos. Déjame ya. DÉJAME YA.
La actuación perfecta de Aoi en un teatro sin espectadores.
(¿no ves que yo me pudro por dentro y amas la idea vacía de un envoltorio de regalo?)
Pero Akane no lo ve, por supuesto que no, ni aún cuando empieza a usar lentes de la noche a la mañana y yergue la espalda, procurando lucir inocuo. (Aoi quiere gritarle, una vez. Cómo te atreves a ocultarme cosas, tú que amas más honestamente que cualquiera—). Ni remotamente posible. La cosa es que Akane sí cambia, cada segundo, cada minuto, cada hora, con tal de que le agrade a ella. Akane se sienta con silencios prolongados también, y ninguno de ellos es sincero— no donde importa— pero Aoi considera que Akane es más bonito cuando es simplemente Akane.
Sigue buscándola, a pesar de todo, y Aoi le sonríe, cada vez. Su herida tiene esta forma: a su lado se siente menos ramillete de mentiras adornada con venas y moños. Un poquitito nada más. Casi honesta.
(resulta aterrador.)
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Así que Aoi decide irse primero.
Para que nadie vea que sus pétalos se marchitan, que llevan marchitos hace mucho. Porque Aoi es princesa de las cosas bonitas y afligidas, verás. Pero sólo en apariencia. (el dragón lo destruye todo y Akane debería desenfundar las espadas.) Se pone de puntitas tal como ha practicado durante años aunque no sonríe— Ánimo Akane-kun, sé que podrás conquistarme. Y los labios de Akane saben a sangre y sol en cuanto ella lo apuñala, su beso todavía aleteando a mitad de los dos— ¡Tú me odias y yo te odio a ti! Una última mentira, por su amistad.
Las sombras no alcanzan a huir.
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— Eres una cobarde egoísta —repite él, casi siseando. Y ahí donde la toca Aoi se incendia pese al agua que le moja las rodillas y al hecho de que Akane está usando guantes. Aoi trata de apartarse, lejos del fuego de Akane y su mirada llena de rencor, oh lo más sincero que alguien jamás ha mostrado hacia ella, por ella—. Y eres cruel.
Claro que lo sé.
— Yo lo he sabido siempre, y me arrepiento por no habértelo dicho en voz alta —ante su confesión Aoi deja de pelear. Le dispara una mira lánguida y asustada. Justo así—. Lamento decepcionarte pero no eres perfecta. No, no. Eres ternura con colmillos y te odio mucho Ao-chan.
Las lágrimas amenazan con asfixiarla, entonces. Y Akane está tan, tan cerca— desangrándose contra las manecillas de un reloj.
¿No es la honestidad a lo que Aoi tanto teme?
(mentira,
la belleza hueca y sus manos que nunca la llenan—)
— Me has mentido —acusa Aoi. Porque es más fácil, y esta vez su voz sí se rompe, como campanillas al viento.
Sobre lo que eres y sobre lo que piensas de mí.
— Te he mentido —afirma Akane—. Y tú mientes a todos —más rojo en el vientre—. ¿Quieres que sea sincero?
(está bien que dejes de amarme.)
— No —dice ella.
— Te conozco —prosigue él ignorándola deliberadamente y su voz carece de enfado, ahora—. Sé que eres egoístamente cobarde y cruel y orgullosa, una manipuladora de primera. Que te engañas hasta a ti misma, por sobre los demás, y si pudieras quemarías todas las flores del mundo. ¿No lo entiendes Ao-chan? —Aoi tiene pájaros atorados en la garganta, gorjeando. Y no entiende, se niega a entender—. Te amo a pesar de ello, debido a ello. Lo haré siempre. Eres tan inteligente y aún así tan tonta que no te das cuenta.
(Aoi lo muerde y lo sangra y Akane—
él—
¿se queda—?)
Y la está observando. Sus ojos menos rojos, no rencorosos descubre Aoi, sino... sinceros. Quemándose en sus orbitas.
— Sólo mírate Ao-chan. Tu rostro lloroso, tu rostro enojado, es lo más precioso que he visto. Luces bellísima así —confiesa Akane—. No tienes que esconderte conmigo. Tus emociones no son feas, ¿sabes?
(y la sinceridad grotesca y
la belleza hueca y sus manos que nunca la llenan pero
consiguen tomar las manos de Akane entre las suyas.)
oh.
Sin disfraces ni máscaras, ninguno de los dos.
Akane (no la abandona a ella, jamás lo ha hecho y)
pasa su lengua aún hirviendo por cada uno de los dedos en su mano con suma lentitud y no la daña pese a que posee también espinas y Aoi siente— Aoi siente.
—... Eres un descarado, Akane-kun —dice, muy bajito.
Akane sonríe.
(tal vez eso basta.)
— Quizá. ¿Me quieres aún así, no?
Porque un niño roto no puede arreglar a una niña rota, pero ambos siempre pueden reflejarse en los pedazos del otro.
Preferiría morir antes que me sueltes.
— No, yo no te quiero.
X
La mentira chapotea entre lágrimas, y acaba por ahogarse en su sonrisa.
