Pedido de: Trazh_xzu

Temática: Angst | Hurt/Comfort | Romance

Tiempo de la relación: 52 años (Josuke tiene 70 y Rohan 74)

Advertencia: Querido lector, estás a punto de toparte con escenas "tristes" (según sea tu nivel de sensibilidad). ¡Sin embargo, esto tiene final feliz! Si para la mitad del relato crees que te mentí, tenme fe y sigue leyendo.

Palabras: 4640


PUERTA X

Josuke siempre había gozado de una salud y longevidad envidiable. Cuando llegó a los setenta, nadie creía que tuviese la edad que decía tener, pese a exhibir las típicas arrugas a los laterales de los ojos y el cabello cano. En contraste, a Rohan sí que se le notaban los años; no obstante, por los cuidados que llevaba día a día y su buen gusto al vestir, lucía como esos elegantes ricachones de edad avanzada que aparecían en películas de Hollywood.

No es como si no hubiese pasado nunca en la vida, pero Josuke manifestó problemas gastrointestinales que le hicieron perder peso. Al no mejorar al cabo de tres días, fue directo al geriatra, quien le recetó probióticos y suplementos, pues no presentaba indicios de una infección vírica o bacteriana. Al terminar la semana de tratamiento y no haber mejora aparente, fue cuando los análisis y estudios de laboratorio fueron solicitados. Por su edad, le mandaron hacer casi todas las pruebas existentes.

Dadas las condiciones de la sociedad individualista que los crió, Rohan no se inmiscuía demasiado en sus asuntos, mas no por eso ignoró el malestar de su galán de tercera edad. Él y su bastón de vampiro aristócrata eran quienes lo acompañaban a cada momento. Siempre aguardaba sereno en la sala de espera mientras Josuke hablaba con el especialista. De regreso al auto no tenía siquiera que preguntar, era su marido quien le comentaba a qué lugar debía asistir a continuación y cómo estaba el asunto, así que se limitaba a escuchar con atención y conducir.

Un par de semanas más tarde, lo que en verdad presionó un punto sensible en ambos, fue una orden para una tomografía y un examen de sangre con un marcador tumoral específico que debían llevar a un oncólogo en cuanto tuviesen los resultados en las manos. Ninguno se atrevió a decir palabra al respecto. Desde ese momento hasta que un sobre sellado les fue entregado por parte del laboratorio, no tocaron el tema, parecía que lo evadían a propósito.

—Sólo queda ver al doctor —dijo Josuke, apenas ingresaron al coche.

—¿A qué hora es la cita?

—Más tarde, no te preocupes. Tenemos tiempo.

Rohan no arrancó. Era la primera vez que su pareja no revisaba los papeles recibidos. Lo notaba dubitativo, perdido, taciturno, como quien intenta ocultar la ansiedad. No podía asegurarlo del todo, pero quizá temía conocer la verdad.

—Josuke.

En cuanto su amado giró el rostro para buscar sus verdes ojos y atender al llamado, Rohan se arrepintió de lo que iba a decir. El silencio hizo su acto estelar.

—¿Qué sucede? —preguntó Josuke.

—Hm —suspiró—. ¿Quieres comer algo? —Tal vez si fuera unos cuarenta años más joven, no habría dudado en soltar de golpe lo que pensó, mas el desquiciante, hilarante y grato tiempo que había compartido con el delincuente del que se enamoró, lo había vuelto ligeramente más empático. Al menos con él (y Koichi). Para el resto de la humanidad seguía siendo el mismo bastardo desgraciado.

—Veamos —levantó la mirada, como si sus pensamientos se proyectasen en imágenes por encima de su cabeza—. Algo ligero estaría bien.

Rohan torció la boca en una clara señal de que no le creía en absoluto.

—¿Por qué me ves así? —preguntó Josuke, un tanto sorprendido.

—Eres un mentiroso irremediable.

—¿Hah? —escuchar aquello sí que lo había confundido.

—Has tenido poco apetito. Apenas y tocas la comida. Eso de que quieras algo ligero ni tú te la creíste.

—Oh, que… —rodó los ojos y suspiró con un cansancio que bien se lo podía atribuir a la edad—. Todo el tiempo te la vives diciendo que coma, que coma y que coma, porque de lo contrario no tendré nutrientes para reponerme y ahora que te sigo la corriente, de repente te pones así —aunque el tono de su voz era el de alguien harto de escuchar la misma verborrea, sólo estaba siendo dramático.

Luego de eso, sus facciones se suavizaron. Estiró la mano, flexionó un poco los dedos y tomó una de las mejillas de Rohan entre el índice y medio. Sostuvo más pellejo que carne, pero eso no le importó.

—Un viejo obstinado y cabezota —habló con cierta ternura—. Eso es lo que eres.

Rohan movió el rostro para liberarse del agarre. En sus buenas épocas le hubiera pegado una buena mordida para que dejara de molestarlo; esta vez sólo realizó las mismas acciones sin malicia y a velocidad de tortuga, por lo que su pareja pudo retirar la mano con tranquilidad.

Ahora que los ánimos se habían restablecido un poco, o algo así, decidió arrancar el auto para dirigirse hacia un buen local de sushi. Era algo ligero y siempre podían charlar tomando té.

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Rohan se había enfrentado a situaciones estresantes como pocos. Desde ataques de Stands enemigos, hasta no tener ni un sólo centavo (por comprar unas malditas montañas), pasando por acosadores, incendios, fracturas, estafadores y demás. No obstante, la angustia que oprimió su corazón e inundó sus entrañas en esos instantes en la sala de espera no se parecía a nada que hubiese experimentado antes en la vida. Quería correr, liberar estrés; despertar de esa insistente pesadilla.

Su rostro, estoico como de costumbre, no tenía relación con la maraña de pensamientos e ideas perturbadas que no dejaban de conjeturarse en lo más profundo de su cerebro. Apenas escuchó girar el picaporte de la puerta, usó como apoyo uno de los brazos del sofá y su bastón para ponerse en pie. Como si una maldición hubiese caído sobre su cuerpo, quedó paralizado al toparse con el rostro de su pareja. Esos últimos días era de un color amarillo ictérico a causa de la enfermedad, pero en ese momento lucía pálido, casi como un muerto.

Sintió un nudo en la garganta y se obligó a tragar saliva para desaparecerlo. Aquellos ojos azules claros que tanta alegría y confianza le inspiraban, presumían el vacío y la oscuridad de un inocente sentenciado a muerte.

Josuke se acercó a Rohan. Le ofreció una mano para ayudarle a levantarse y no lo soltó al ser aceptado. En el pasado, Rohan se habría zafado mientras le reñía por estar en público, aunque a esas alturas ya no le importaba. Había escuchado comentarios de que parecían el casual par de amigos de toda la vida, donde uno ayudaba a caminar al otro.

Por el silencio abisal de camino a casa, no fue difícil suponer el diagnóstico de Josuke. En especial porque éste siempre tenía un comentario para hacer plática.

Esta vez fue diferente.

Rohan inició la conversación.

—¿Pasamos a la farmacia por tus…?

—Quiero ir a casa —interrumpió en seco, arrugando la receta que sostenía en una de sus manos.

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—Prepararé algo de té —anunció Rohan en cuanto entraron a su hogar. Pese a no tener apetito, la manzanilla siempre era bien recibida por el hombre responsable de cada una de sus canas.

Esas palabras hicieron que Josuke fijara la vista en la espalda ajena. Aunque usaba bastón, Rohan no presentaba un andar especialmente lento o dificultoso; lo llevaba consigo porque en raras ocasiones necesitaba un apoyo adicional debido a un problema de osificación en uno de sus oídos internos, que atentaba contra su equilibrio. Nada grave.

A cada paso que éste daba, en su mente parecía alejarse metros. Apretó los dientes y las manos con fuerza. Rohan no era estúpido, seguro que tenía una idea bien clara en esos instantes, así que, ¿por qué lo ignoraba? ¿Por qué no decía nada?

Sabía mejor que nadie que su fiel amante no era un hombre de palabras, sino de acciones, las cuales también lo tenían desconcertado.

Se dirigió al sofá para dar un descanso a su cuerpo. Una serie de pensamientos caóticos comenzaron a encharcarse en su mente. Debió perder la noción del tiempo de forma descomunal, pues el sonido de una taza de té siendo depositada en la mesilla frente a sí fue lo que lo sacó de su trance.

Entrelazó las manos sobre sus piernas y las miró un largo rato, sin atreverse a encarar a Rohan, quien había tomado asiento a su lado.

—Es cáncer —dijo—. En el páncreas.

A saber cómo demonios pudo soltar aquello sin titubear. Para ser honestos, ¿tendría algún sentido ocultarlo?

—Con un gran descuido, en el peor de todos los casos, serían menos de dos meses —continuó, sin la necesidad de explicar lo que ocurriría en ese tiempo—, y con la mejor de las suertes, hasta cinco años.

Quizá fue un minuto entero, o dos, en los que no escuchó sonido alguno ni percibió movimiento. Más o menos resignado, se irguió para buscar los ojos de su amado; sin embargo, fueron los propios los que se abrieron en sorpresa al toparse con el rostro de su pareja.

Por primera vez, en las décadas que parecieron siglos, Josuke estaba viendo a Rohan llorar. El mismo arrogante, soberbio y orgulloso Rohan con quien había forjado toda una vida. Lo más cercano que sus recuerdos albergaban sobre una situación similar, era cuando éste bostezaba y, por el cansancio, una lágrima audaz lograba resbalar de uno de sus ojos. Lo que tenía justo al frente era algo que jamás creyó que posible.

Si bien, las facciones de Rohan no se deformaban como las de cualquier otra persona sufriendo la misma situación, sí que emanaba cierta tristeza. De esos preciosos ojos verdes que tanto le gustaban por la manera en que ardían, ahora había apenas una débil llama que los iluminaba con mucho pesar y, en el más solemne silencio, las lágrimas no cesaban. Una tras otra, era como una cascada que recién comenzaba a brotar.

«Maldita sea.» Se sintió como el mayor hijo de perra sobre el planeta.

Había hecho enojar a Rohan en muchas ocasiones, también lo había hecho feliz; su sonrisa no tenía precio, pero nunca lo había hecho llorar. Jamás. Ni él ni nadie. Prueba de ello era que esa era la primera vez conociendo esa faceta. Por primera vez no le salían palabras. Tenía la mente en blanco y sentía una horrible culpa. Él sí había llorado frente a Rohan en contadas ocasiones. Era el más sensible de la relación.

Acto seguido, su pareja se le vino encima, aferrándose con desesperación a su cuerpo. No demoró ni un segundo en responder, cubriendo tanto de él como le fuera posible con sus brazos. Al no tener algún referente sobre cómo actuar, dejaría que se desahogara. Eso era lo que haría el marido en su lugar.

Aún a esa edad, todavía tenía fuerzas para cargarlo. Después de todo, Rohan nunca había pesado gran cosa, por lo que no dudó en tomarlo estilo nupcial, como tantas veces había hecho, para subir a la habitación.

El llanto continuó un buen rato, mas sin ruido aparente. Josuke sabía que Rohan seguía en eso por el ritmo al que empapaba su suéter.

A las pocas horas, cuando notó que Rohan respiraba con mayor tranquilidad y que ya había dejado de moquear, se separó un poco, lo justo para hallarlo rendido ante el cansancio. Podría apostar a que ni de bebé había hecho algo así.

Salió de la cama para cambiarse la ropa. Después, desvistió a su pareja para que descansara mejor y al no encontrarse del todo bien, pese a no tener sueño, decidió acostarse a su lado, arropando a ambos en el proceso.

A la mañana siguiente, Rohan despertó con los ojos hinchados. Sentía unas ganas antinaturales por bajar los párpados y descansar por buen rato; no obstante, tener a Josuke abrazado a su cuerpo hizo que recordara su escenita del día anterior y un tenue sonrojo le dio algo de color a su rostro.

Tal vez fue a razón de la desesperación, pero ni en el mundo de Morfeo dejó que su mente descansara. Tuvo una especie de revelación en sueños, y al hallar algo de esperanza en ella, no dudaría en hacerla realidad.

Salió con cuidado de la cama y se lavó el rostro en el cuarto de baño. Más tarde se daría una ducha. Tomó la billetera y las llaves del auto, y se apresuró a la farmacia por los medicamentos de la receta que Josuke había hecho bolita. Si su anciano delincuente no se los quería tomar por las buenas, lo haría por las malas. Se las metería como supositorio de ser necesario. Lo necesitaba vivo un poco más, sólo un poco más…

Sí, era verdad que ambos tenían que morir de algo, no eran eternos, pero ni en esta vida ni en la que sigue, dejaría que su queridísimo idiota se fuera antes que él. Eso sí que no. Primero se tenía que ir él para que Josuke lo sufriera un rato. Le había hecho pegar demasiados corajes en vida como para ser el primero en descansar.

De regreso en casa, encendió la computadora y comenzó a hacer una lista de libros especializados. Los requería cuando antes. No se quedaría de brazos cruzados. Sentarse para llorar y deprimirse no era su estilo.

Cuando Josuke despertó, se sorprendió un poco al no tener a Rohan a lado. Un poco, porque no era raro, pero dado lo de la noche anterior, creyó que tendría que consolarlo un rato más.

Las náuseas lo asaltaron, por lo que mantuvo el reposo hasta que se le pasaran. Vía de mientras, tomó su celular y revisó el estado financiero de las acciones que tenía sobre la Funciación Speedwagon e Inmobiliarias Joestar, después de todo, de eso vivían.

Apenas se sintió mejor, fue en busca de su pareja, a quien encontró en el estudio frente al ordenador. Se acercó a paso lento y le depositó un beso en la mejilla a modo de buenos días.

—Oh, despertaste. ¿Cómo te sientes?

Rohan le robó las palabras de la boca.

—Amanecí con algo de mareo —respondió—, pero ya estoy bien.

Estuvo a punto de preguntar lo mismo a Rohan, pero este fue más rápido.

—Te dejé el desayuno en la cocina junto con el medicamento y la receta. Come lo que puedas y vienes a que te lea.

—¿Hah? ¿Por qué? —Rohan sólo buscaba leerlo para cerciorarse de que hiciera tal o cual cosa. Es cierto que no tenía mucho ánimo de consumir medicamentos. ¿Quién querría? Aunque no planeaba tirarlos por el retrete si le aliviarían su malestar.

—Porque yo lo digo —se dignó a girar la silla para retar a su marido con la mirada.

Josuke aceptó a regañadientes. No quería iniciar una pelea tan temprano. A esa edad, lo que menos quería era tener discusiones estúpidas.

Luego de eso, Rohan presionó la tecla de enter por milésima vez en la mañana para confirmar la compra. Al instante, un mensaje entró a su celular, el cual desbloqueó sólo para cerciorarse de que fuera el pedido procesado; sin embargo, fue una notificación del banco. Al finalizar de leerla, se puso de pie y pegó su cuerpo al de su amado, pasándole los brazos por encima de los hombros.

Josuke conocía esa técnica que durante más de treinta años había resultado en extremo efectiva. No sabía qué iba a pedirle, pero su subconsciente ya había dado el «sí» en respuesta. Por costumbre, colocó las manos alrededor de la cintura ajena, inclusive las bajó un poquito hacia su trasero, su momia le parecía sexy, para qué negarlo.

—Necesito que me prestes dinero —susurró Rohan, antes de robar un beso de los labios de su galán.

—¿Cuál es la palabra mágica?

—O te mandaré a dormir a la otra habitación lo que queda de la semana.

—¿Cuánto necesitas, cielo? —dijo en un tono entre meloso y fingido.

A Rohan le hacía bastante gracia que Josuke se pusiera dócil con amenazas tan clásicas y recurrentes. Sí que las hacía efectivas gracias a Heaven's Door. No obstante, lo que funcionaba con mayor eficacia era negarle el sexo, aunque entre ellos ya no paraba la cosa sin la ayuda de las mágicas pastillas azules. Sin mencionar que llevaban un par de años sin ese tipo de actividad. Era como decían por ahí: todo por servir, se acaba y, al final, acaba por no servir.

Entonces, señaló la pantalla del ordenador. Josuke se acercó para visualizar la cantidad, la cual, rondaba cerca de los veinte mil dólares. No se asombró, había visto a Rohan comprar cosas aún más caras e inútiles.

—Seguro, sin problemas —tomó asiento y comenzó a introducir los datos de su tarjeta—. ¿Acaso te quedaste sin fondos al fin? —desconocía la cifra exacta, pero Rohan debía ser capaz de pagar algo así sin problemas.

—En absoluto —colocó las manos a los lados de la cadera—. Tan sólo sobregiré la tarjeta.

—¡¿Qué?! —no fue para menos la cara de espanto que le deformó las facciones. ¿Qué no Rohan había fijado ser capaz de sacar una cantidad ridícula por mes con el objetivo de adquirir sus excentricidades?

—Oh, vamos. Esta es la última compra de hoy —insistió y, con cuidado, se le sentó en las piernas. Un acto que consideraba ridículo porque habría funcionado mejor en otros tiempos.

—¡¿De hoy?! —¡¿Significaba que planeaba comprar más mañana?! Ah, no, eso sí que no—. ¡Del año!

—Del mes —¿Y si saliera una nueva revista científica muy útil a la que debía suscribirse? ¿Qué haría entonces? ¿Seducir a su marido por más dinero? ¡Ni loco! No sonaba mal y lo había hecho antes, pero tenía un orgullo que mantener.

—¿Del medio año?

—Del mes —remarcó.

—¿Pues qué tanto estás comprando, viejo demente?

—Material de referencia —los ojitos le brillaron con el comentario.

Eso explicaba muchas cosas. Rohan era capaz de sumergirse en la pobreza sin pensarlo dos veces sólo para adquirir su dichoso material. Tenía unas putas montañas que no servían para una mierda como consecuencia de ello.

—Dios mío… —suspiró Josuke, accediendo a introducir su clave bancaria antes de dar otro enter para confirmar.

Rohan jamás dejó de dibujar manga, aunque su publicación se volvió mensual a razón de varios inconvenientes. Después de todo, tenía una salud que mantener y ser bombardeado con fechas límite cada semana lo habría acabado a la edad de cincuenta y tantos, cuando fue hospitalizado por exceso de trabajo.

Pasó una mano por los cabellos de Josuke, desde los sesenta y algo que no se arreglaba su horrendo pompadour y daba gracias por ello. Pensar que cuando era un molesto adolescente habría organizado una fiesta a lo grande si un camión lo atropellaba, cuando ahora no dudaría en darlo todo para mantenerlo a su lado tanto como fuera posible. Asimismo, sabía que ese potente deseo no brotó de la noche a la mañana, es decir, llevaba más de cincuenta años con esa pesadilla andante que disfrutaba poner su mundo de cabeza. ¡Claro que terminaría cambiando! Si el anillo que llevaba en la mano no era prueba suficiente, lo que estaba a punto de hacer por él sí que lo era.

En la semana comenzaron a llegar pesadas cajas con libros de distintos tipos, desde aquellos con cincuenta hojas y títulos en idiomas técnicos y extranjeros, hasta biblias pesadas como el carajo. Rohan clasificó cada uno por asignatura y complejidad. Dado que eran temas nuevos para él, debía comenzar con las bases, los conceptos.

Josuke no lo había observado tan obsesionado con algo desde hacía varios años. Se alegró de que se entusiasmara así otra vez, pese a que las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, lo tuviera a un lado sin dejar de leer. No estaba mal, en cierto sentido.

Conforme pasaban los meses, se sentía cada vez menos enérgico, aún si quisiera salir por ahí con Rohan, se cansaría rápido, por lo que su nueva actividad favorita era recostar la cabeza sobre las piernas de su pareja, quien se sentaba en el extremo del sofá más largo con la intención de que el otro pudiese acomodar su cuerpo. Rohan le acariciaba el cabello, el rostro, los brazos y lo que alcanzara, teniendo a Heaven's Door por un lado tomando notas. Josuke se sentía como un gato gigantesco. De vez en cuando alzaba la mirada, topándose con un título nuevo: Principios de bioquímica, Introducción a la genética humana, Bioquímica metabólica; el de este mes era Inmunología celular y molecular. Aunque al inicio no le dio mucha importancia, sí que comenzaba a intrigarle lo que fuere que su pareja tuviese en mente. No estaría mal preguntarle durante la cena.

Al cabo de un año, el seguimiento del cáncer de Josuke fue tomado por los médicos de la Fundación Speedwagon. Quizá debieron acudir a ellos desde un inicio. Cada que salían del nuevo hospital designado, Rohan debía parar sus lecturas por unos cuantos días para distraer a su amado con cualquier cosa, pues en cada ocasión salía más callado y meditabundo.

Ese tipo de rutina duró doce meses más. En dos años, Rohan llegó al punto en que podría vomitar letras y kanjis si lo intentase; sin embargo, tenía detalles que pulir. Aprovechó las visitas médicas de Josuke para extraer el conocimiento de algunos oncólogos de la Fundación. Cuando por fin creyó comprender y procesar toda la información que había devorado con una desesperada obsesión, fue que decidió tratar el asunto con Josuke.

—Voy a usar Heaven's Door contigo —fue así como dio inicio a la conversación durante una noche de lluvia.

—¿Huh? —escuchar eso lo sacó de balance, no recordaba haber hecho nada particularmente extraño ese día—. ¿Por qué?

Esa era la pregunta más difícil de responder. Rohan sabía que a Josuke no le gustaba ser asaltado por su habilidad sin razón aparente.

—He estado estudiando —dijo, acompañado de un revoloteo en sus entrañas que bien se podía interpretar como nerviosismo.

Josuke asintió. Eso le quedaba más que claro.

Rohan colocó sobre la mesa una libreta en la que había condensado instrucciones específicas. Josuke la abrió por curiosidad y la hojeó al no ser detenido en el proceso. Había cientos de palabras que no entendía, cosas como activadoras de las Cdk, ciclinas A, gen supresor del retinoblastoma, gen p53, p16 y KRAS, pasaban frente a sus ojos sin tener la más remota idea de qué clase de brujería era esa.

—Si puedo dar indicaciones específicas a tu cuerpo por medio de Heaven's Door para revertir el proceso cancerígeno, quizás…

Josuke se perdió en los ojos de su amado, quien estudió a marchas forzadas con el objetivo de actuar cuanto antes. Cerca del 75% de los pacientes con cáncer de páncreas morían antes de llegar al año, dato que no le dejó dormir tranquilo más tiempo del que hubiese deseado. Sin lugar a dudas, Josuke había nacido bajo una estrella especial y eso era un claro indicio para no darse por vencido. Si su alocada idea era lo que necesitaba para poder salvarlo, entonces…

Sus pensamientos se detuvieron cuando sintió la mano de Josuke tomando la suya.

—Haz lo que debas hacer —las comisuras de sus labios se curvaron en una gentil sonrisa, aquella que desde hacía mucho tiempo dedicaba única y exclusivamente a Rohan.

Sabía que la forma en que este demostraba su cariño era a través de acciones. No por medio de besos, caricias y abrazos, sino con sutiles actos, tales como arroparlo en las noches, preparar sus comidas favoritas cada tanto, recogerlo del trabajo (cuando aún ejercía), invitarlo a sus viajes, escuchar con atención sus ideas, seguirle la corriente en sus alocados planes… El amor de Rohan era ese tipo de amor. Pese a que le había costado acostumbrarse, el tiempo se encargó de hacer que comprendiera los mínimos detalles.

Si haber estudiado como poseso, anteponiendo el bienestar de su pareja antes que el suyo propio, no era una genuina muestra de afecto, entonces no sabía lo que era.

—Entonces… —Rohan se levantó de su asiento y rodeó la mesa.

Jaló una silla para quedar lo más cerca de Josuke posible. Del bolsillo del interior su saco, a la altura del pecho, extrajo una pluma fuente y abrió la libreta que reposaba sobre la mesa en una sección específica.

—Heaven's Door.

Había pasado tanto tiempo desde la última ocasión, que Josuke casi olvidaba lo extraño que se sentía ser convertido en libro, o parte de su piel, al menos. Una fracción de su consciencia se hallaba sumergida en un limbo de pesadumbre que buscaba embotellar a toda costa, la otra, era un destello de esperanza que rogaba que aquello funcionase. No estaba dispuesto a dejar atrás a Rohan, no aún y jamás se perdonaría por hacerlo sufrir, razón por la cual evadía el tema de su enfermedad, inclusive cuando claros vómitos y malestares se esforzaban por anteponerse en su cometido.

Rohan escribió instrucciones precisas para que la mutación maligna en el cuerpo de Josuke evitase invadir más tejidos, además de frenar la proliferación excesiva y nivelar la baja tasa de apoptosis. En teoría, eso debería convertir en materia inerte a todas las células con función anómala que tuviesen un daño en genes específicos, los cuales especificó. De forma adicional, estimuló al sistema inmune, pues algo debería deshacerse de las futuras células muertas, sólo esperaba que aquello funcionase como tenía planeado. No. Iba a funcionar. Estaba seguro de ello. Después de todo, era el gran Kishibe Rohan quien se había dado a la tarea de solucionar ese caos, así fuera lo último que hacía en vida.

Al cabo de varios minutos. Finalizó la ardua labor. Dio un repaso adicional para cerciorarse de no haber escrito nada mal y de no haber pasado por alto nada de lo que anotó en la libreta.

Apenas levantó la habilidad de su Stand, un suspiro cansado y, en cierto sentido, de desahogo, escapó de su boca. Lo único que restaba era esperar que el cuerpo de Josuke respondiera.

Desde ese momento en adelante, el médico de la Fundación a cargo del caso de Josuke no pudo hacer más que maravillarse mes tras mes. En sus propias palabras, era como si Crazy Diamond fuese capaz de actuar sobre Josuke. El proceso carcinógeno comenzaba a ir en reversa de alguna manera. A paso lento, pero seguro.

Por primera vez en mucho tiempo, Rohan dejó de ver a Josuke consternado al salir del hospital. Eso significaba que estaba funcionando… ¿verdad?

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—¡Tú! —exclamó Josuke, tomando a Rohan por los hombros antes de plantarle un beso en la frente, sobre la bandana—. Eres mi momia favorita. Lo sabes, ¿no?

—No empieces, anciano —gruñó, rodando los ojos en el proceso.

—Eres asombroso.

—Me ofende que lo digas ahora y no hace cuarenta años —habló con tranquilidad, intentando contener en lo más profundo de su ser las ganas que tenía de darle a Josuke un bastonazo para que dejara de babear (besuquear) su cara—. Como sea, es bueno saber que tus neuronas al fin hicieron contacto para concluir eso.

Había transcurrido casi año y medio desde que Rohan jugó a ser Dios con el cuerpo de Josuke, quien hacía unas horas había recibido la buena nueva de que se hallaba estaba en perfectas condiciones (dentro de lo que cabía a su edad), como si su salud nunca se hubiese visto amenazada por un padecimiento agresivo y mortal.

Acto seguido, Josuke rodeó el cuerpo de Rohan con sus brazos, quien se limitó a recargar el rostro cerca del hombro contrario, dejándose mimar. Josuke sabía que lo que menos esperaba oír Rohan eran cientos y cientos de agradecimientos, mas él tampoco podía permanecer en silencio como si nada hubiese ocurrido, por lo que le haría saber con besos y caricias lo que sentía.

De algo se tenía que morir, por supuesto, pero lo que menos quería era dejar a Rohan solo y si podía disfrutar a su amado durante un par de años más, lo haría a cada minuto, a cada segundo; como lo llevaba haciendo desde hacía varios años.