Aquí la continuación de "Me tienes girando..." "...A tu alrededor" (fanfiction quita los puntos suspensivos). No iba a ser tan extensa al principio en lo que hace a la introducción de otros personajes y sus historias porque es la Tobidei Week, pero tampoco iba a partir el capítulo en muchos pedacitos sin sentido. Esto es un two-shot, y de ese modo acabará lo que inició la consigna del primer día de la week. Hasta aquí les acompaño :)


Aunque había olvidado cuán espantosos podían ser los ronquidos del abuelo Onoki, Obito estaba muy cansado por el día y la noche que vivió, lo suficiente como para no tardar demasiado en dormirse con su profundo sueño de oso. Creyó que en lo último en que pensaría sería en la rareza de Rin casándose con su hermana, pero la silueta de Deidara se coló sorpresivamente en su mente a empujones. De algún modo ese chico le parecía muy apto para ser amigo de la selectiva Kurotsuchi, quien nunca se rodeó de demasiados amigos porque no había contacto que aprobara al cabo de cierto tiempo. Obito deseó haber captado su atención tanto como lo Deidara lo hizo con la suya. Mientras dejaba a su mente adormilada avanzar hacia pensamientos impuros, acabó por dormirse.


La mañana siguiente fue todo menos calma. Kurotsuchi amaneció tres horas antes de su despertador, y como no pudiera concertar el sueño se dirigió a la habitación de invitados. Ahí encontró dormido a Deidara, al cual empezó a sacudir, exigiéndole que se levantara varias veces, pero el aludido sólo rodó sobre su cuerpo y se abrazó a la almohada férreamente. Luego de tirar de su brazo varias veces, recibiendo ocasionales gruñidos amenazantes, se rindió y fue a buscar a Obito.

Lo más probable era que lo hubiesen hecho dormir en el cuarto de alguno de sus abuelos. Ingresó primero al de Madara, al que encontró dormido con su antifaz del sueño de diseños arbóreos. Al no ver a nadie más, se dirigió a la de Onoki. Allí estaba su hermano, hecho un ovillo en un futón improvisado en la pared opuesta a la del futón de su abuelo. Le dio algo de lástima verlo así siendo tan grande, los abuelos eran tan duros con él a veces.

Le pisó el hombro.

–Obito-nii– susurró con suavidad para que Onoki no la escuchara –. Obito-nii.

Un ronquido fue toda la respuesta.

Kurotsuchi empezó a empujarlo un poco más fuerte.

–Obito-nii. Obito-nii– subió un poco la voz. Su hermano no se dio por aludido –. Obito nii-san.

Nada.

Lo empujó más fuerte.

–¡Obito nii-san!– lo pisó sin cuidado –. ¡Nii-san!

Obito balbuceó alterado, saliendo de un sueño.

–Vas muy fuerte caramelo– aquel rostro babeante de pervertido jamás había sido visto por su hermana.

–¡¿Qué?!– se escandalizó.

–¡Obito!– Onoki se había despertado.

Kurotsuchi fulminó a su hermano con la mirada.

–¡¿Estás hablando de Deidara?! ¡Pervertido!– gritó.

Obito ya era consciente de todo, y asustado, sentía que había vuelto a la adolescencia.

–¡Kurotsuchi!– Onoki la reprendió –. Y tú, qué le vas a hacer a mi nieto del corazón– la mirada de Onoki echaba fuego.

Obito intentó sentarse y esquivar a su hermana.

–¡Yo soy tu nieto!– exclamó ofendido.

¿Qué le pasaba a todos? Estaba tan tranquilo soñando con rubio en hot pants que se le sentaba en el rostro y…

"Un momento".

–Ahora qué pasa aquí– Madara entró en la habitación, los ruleros un poco desarmados –. ¡Nada más llegas a Japón y ya no se puede dormir!

Obito quiso defenderse, pero ya estaban Onoki y Madara comenzando el día amistosamente. Kurotsuchi le tiró de la axila varias veces y quiso huir con él indemne de la situación. Sólo la siguió para escaquearse de los ancianos, pero la fría voz de Madara los congeló de puntillas en el pasillo.

–Ustedes dos. A mi habitación.

–¡Abuelo!– se quejaron lastimosos.

Madara endureció su expresión.

–Por su culpa llegaré ojeroso a la boda de mi única nieta.

Kurotsuchi soltó a su hermano y fue a abrazarse de su abuelo.

–Esta vez no caeré– Madara cruzó sus brazos con dignidad.

Kurotsuchi le hizo un puchero mientras le arreglaba un rulero.

–Ya sabes que eres mi abuelo favorito.

Madara quería creerle, pero sabía que el abuelo favorito de Kurotsuchi era el que más la malcriara.

Obito, habiendo constatado que su hermana no parecía haber cambiado demasiado, se distrajo viendo la puerta del cuarto de invitados. No se oía ningún sonido, y aunque era bueno que aquella familia de locos no hubiera despertado a Deidara, también le hubiese gustado verlo, saber cómo lucía a cara lavada, comprobar si dormía desnudo.

Casi se cachetea para volver a la realidad, donde Madara volvía protestando a su cuarto. Al parecer Kurotsuchi lo había domado de nuevo.

–Obito-nii, disculpa por despertarte así. No puedo dormir y si no me retienes, iré corriendo a ver a Rin.

Obito se puso muy serio.

–No, es de mala suerte.

–Lo sé, pero no es racional creer en eso– se inquietó ella.

–Tendrás que ser fuerte. Yo me vuelvo a dormir.

–¡No puedes dejarme sola!– estalló.

–Kurotsuchi, ya tienes veinticinco años– la reprendió incómodo.

Su hermana no parecía querer dar brazo a torcer.

Suspiró. Quizás le había hecho algo de falta todo ese tiempo, se había ido cuando todavía era pequeña. La única deuda que sentía con su familia en esos momentos era con su hermana, aunque no dudaba de que estaría bien en brazos de Rin. Comprendió lo extraño que le resultaba ese pensamiento, su yo adolescente habría montado el drama del siglo. Pero ahora, Obito tenía otras prioridades que atender.

–Está bien, pero vamos a tu pieza. Onoki va a matarme si me vuelve a oír.

Kurotsuchi dio unos saltitos emocionada.

–¡Yo busco tu futón, nii-san!– y se alejó a pasos raudos.

Obito enfiló hacia donde estaba el cuarto de su hermana, cuando la puerta del váter se abrió y salió un Deidara descalzo, despeinado y algo soñoliento.

Parecía que el corazón se le saldría del pecho.

Por Kami-sama, sin maquillaje y sin arreglar se seguía viendo tanto o más hermoso.

Deidara despejó su rostro de tener la almohada tatuada y apoyó un brazo contra la pared, cruzando una pierna.

–¿Qué tenemos aquí, hm?– le preguntó con una sonrisa, sin perderse de ese torso desnudo. Una lástima que usara esos pantalones pijamas largos a rayas, aunque no se quejaba de cómo le sentaban.

Obito deseó estar presentable, sin los ojos hinchados o la saliva seca bajo sus labios. Con el cabello ya no podría hacer nada, pero por las dudas, se limpió las comisuras.

–¿Dormiste bien, rubio?– puso su mano contra la pared, acortando un poco las distancias, sin poder evitar mirar con emoción el torso desnudo y los bóxeres azules apretados.

Enseguida levantó la vista, sintiéndose un pervertido. Pero el extraño tatuaje en el corazón, rodeando su pezón izquierdo, sólo aumentó su curiosidad por él. Además, la piel blanca contra las uñas negras en manos y pies y la ropa interior oscura producían un contraste que se le figuraba infartante cuando el cuadro se completaba con su larga melena despeinada y sus ojos claros sin maquillar.

La sonrisa inclinada e incitante le hizo creer que moriría pronto.

–Muy bien, hm. Tuve dulces sueños– la forma en que lo dijo le hizo quedar enigmático.

Obito movió la boca, intentando no tragar saliva enfrente suyo.

–Yo también tuve buenos sueños– él todavía quería ser un cuarto de interesante de lo que Deidara le resultaba, para robarse su atención y no devolvérsela hasta recuperar la respiración.

El rubio puso su mano libre su cadera, los dedos índice y medio ocultándose un poco debajo del elástico.

Obito rogaba a sus antepasados que se lo llevaran con una grúa, o acabaría por tirársele encima para comerlo a mordiscos en medio del pasillo.

–¿Tan buenos fueron? Yo soñé que comía comida chatarra, no sé de qué tipo habrán sido los tuyos.

Obito no se podía resistir a que ese chico lo llevara por donde quisiera, cielo e infierno, de la nariz como si fuera ganado.

–Fueron, fueron, de comida también– se inventó.

Bueno, lo poco que había visto de ese trasero el día anterior, le había parecido muy comestible.

–Oh– Deidara jugueteó con el cabello que nacía de su nuca, levantándolo un poco.

Obito se sintió un bobo.

–Pues yo soñé que comía hot dog– pronunció el inglés con excesiva claridad –. Ya sabes, de esos que son extra grandes, hm.

Ahora sí Obito tragó saliva y su cara de interés perdió toda expresión a cambio de una totalmente indefensa, los ojos saliéndose de sus órbitas.

Mierda.

Realmente no estaban hablando de comida.

–¡Ya lo tengo Obito-nii! Hola Dei, ¿te desperté?

Deidara ni le devolvió la mirada.

–Sí, pero ya no estoy enojado, hm.

–Qué bien– Kurotsuchi se quedó viendo la pose de ambos.

Demasiado cerca, apoyados contra la pared, semidesnudos, mirándose a los ojos. Cierto que los hombres podían ser atractivos, se recordó.

Parecía que las cosas tomaban caminos interesantes. Pero era el día de su boda, y necesitaba que la encerrasen en el cuarto para no romper la tradición. Ellos tenían toda la vida para ser gays juntos.

–Obito-nii, caminando– tomándolo de una oreja, tiró sin piedad.

Obito perdió el equilibrio, y la postura seductora de Deidara se rompió, preso de un ataque de risa.

Y tan bello era oír su risa.

–No vemos luego, grandote– giró su cabeza hacia atrás antes de abrir su puerta, los dedos del pie de la pierna en la que no recargaba su peso juguetearon desnudos contra el piso de madera, curvando en demasía su arco.

Iba a morir.

Obito se quedó prendado de la visión de toda su retaguardia.

–Nii-san, luego decides si eres gay o no, ¡hoy es mi boda! ¿Qué voy a hacer?– chilló Kurotsuchi, abriendo la puerta de su habitación.

Obito la siguió con cara de perros.

"Por favor, que se case ya", deseó mientras una avalancha de inseguridades parecía atacar por primera vez en la vida a su hermana, y a él el sueño al no poder ver a aquella belleza rubia semidesnuda.


Si Obito creyó que las cosas irían tranquilas, todo cambió cuando, subiéndose a uno de los coches familiares que escoltaría al de Kurotsuchi, descubrió sentado del otro lado del asiento a Deidara.

–Hola– otra vez esa sonrisa.

Solo llevaba unos pantalones blancos de vestir, zapatos marrones oscuros y una camisa de hilo negro bastante abierta en el pecho. Cuatro botones ociosos, para ser más exactos. Y el cabello totalmente suelto, esta vez sin esa peculiar media cola alta.

Por un momento casi se olvida de que el chofer estaba esperando sus indicaciones.

–No te vi en el desayuno– se abrochó el cinturón y le indicó al chico que hiciera lo mismo. Deidara lo hizo, con un pequeño puchero de por medio.

"Necesito su teléfono", pensó.

–Olvidé la camisa y tuve que volver a casa antes de que Kurotsuchi me raptara, hm.

Obito rio, golpeando en su imaginación al pensamiento según el cual él era el que tenía que raptarse a Deidara.

–¿Tu casa está muy lejos?– quizás podría enterarse por ese lado.

Deidara negó con la cabeza.

–Tu hermana casi mata al chofer para que me llevara y trajera rápido. En media hora ya había vuelto, hm.

Obito asintió. Parecía que aún no podría saber dónde vivía el dueño de esos ojos bonitos. Pero aún no iba a rendirse.

–Te pido disculpas en su nombre, y en el de toda la familia en realidad. Viste demasiadas cosas vergonzosas– se coloreó un poco, por lo que decidió mirar a los edificios que dejaban atrás.

Deidara apoyó su rostro contra una mano, recostándose sobre la ventana.

–Nada a lo que no esté acostumbrado, hm– y cuando Obito lo miró curioso de refilón, vio una extraña sonrisa en su cara, como si estuviese recordando con gracia los momentos más ridículos de la familia.

Podría estar acostumbrado, pero Obito no permitiría que esta vez su familia se saliera con la suya. Ni quería que a los dos juntos los trataran con la familiaridad a la que Deidara parecía estar acostumbrado.

–De veras lo siento. Si pudiera compensarte…– inició, pero no se le ocurrió más nada con lo que completar su oferta.

Los ojos celestes de nuevo sobre él le hicieron enderezar la espalda.

–Como mucho bakudan, hm.

Obito sintió los dedos de sus manos temblar.

–N-no es un problema.

Deidara se quedó meditando por qué el tipo pasaba de macho alfa a tímido con él en menos de lo que canta un gallo. Realmente parecía no haber sacado mucho de esa familia. Y eso lo ponía.

–Es más, te invitaré tanto bakudan que, si no te los comes a todos, te haré venir a verme hasta que termines la cantidad que te vaya a pagar– Obito ya pensaba en desvalijar a todo un festival si eso servía para verlo otras veces.

La risa tapada rápidamente por aquella delicada mano, mientras los ojos maquillados veían fugazmente hacia la calle, fue totalmente inesperada para él.

¿Estaba teniendo suerte con Deidara? ¿Con la propuesta de cita más ridícula de todas las ridículas que había hecho hasta la fecha? Porque eso nunca le había funcionado.

–Qué raro eres– respondió al fin, tomándose los dedos para observar mejor la pintura negra.

Deidara quería sexo, pero no se iba a negar a todos el bakudan del mundo. Un atracón así era el sueño de su infancia. Después podría bajar la comida.

Obito se mordió los labios disimuladamente, ajustándose tanto el nudo de su corbata que se ahogó. Luego de volverla a su posición original, vio con algo de desilusión cómo el auto se internaba en el campus privado donde tendría lugar la boda. Con suerte podría bailar con él, se dijo.

Pronto el chofer frenó y tuvieron que bajarse. Antes de que se fuera, Obito le pidió la copia de las llaves mientras Deidara rodeaba el auto y se acercaba a él, curioseando.

–¿Vamos?– tuvo que contenerse para no alcanzarle el brazo y que se lo tomara. Deidara no le parecía el tipo de persona que se uniría a chistes así todo el tiempo.

–Vamos– Deidara emprendió el paso antes que Obito.

Es que aquel traje azul marino con detalles cosidos en seda y zapatos oscuros le sentaban demasiado bien, haciendo más elegante su estilizada pero fuerte figura. Ver todo el tiempo cómo el cuello impoluto de la camisa rodeaba su deseable cuello levemente cicatrizado, o cómo el calce de la corbata a juego con su cabello negro chocando contra la pálida piel desfilaba mejor con la luz solar de ese día despejado, le estaba quitando el aire a él también.

Cuanto más miraba, más recordaba la escena de la noche anterior, cuando estuvo entre sus piernas. Debió haberse tirado más contra su pubis, en medio de toda la confusión el otro jamás se hubiera dado cuenta. Para distraerse, comenzó a arremangarse pulcramente las mangas negras hasta desnudar sus codos. Se notaba que el día sería sofocante.

–¡Espera!– se dio vuelta y vio a Obito hacer un leve trote hacia él, como si fuera un perro feliz.

Prosiguió con las mangas como si nada.

–¿Te perdiste, hm?– se mofó.

La sonrisa que el otro le dedicaba se hizo humo, mirando algo detrás suyo.

Se dio vuelta y vio llegar a dos hombres, uno con un traje formal pero de un color verde chillón y zapatos símil cuero color naranja, el otro de gris, ojeando un librito y con la parte inferior de su rostro ocultado detrás de una mascarilla sanitaria blanca.

–¡Obito Uchiha!– gritó a todo pulmón el de verde, levantando los brazos en un amague de abrazo, llamando la atención de todos los presentes.

Notó como Obito adoptaba una postura incómoda.

–¡Tanto tiempo sin verte!– llegó a él y le abrazó, palmeándole la espalda con brutalidad –. ¡Veo que aún conservas la juventud de esos músculos!– Deidara frunció el ceño y acható la boca –. ¡Cómo has estado, amigo!

Le pareció que Obito a veces era como una persona distinta con otras gentes. Frío, como si no quisiera estar allí. Como alguien que no encaja y tampoco se esfuerza en ello.

Obito se limpió algo de saliva que le había saltado.

–Hola, Gai– articuló maquinalmente –. Me alegra verte– pero su rostro era transparente como el agua, y Deidara sabía que eso no era cierto aunque el tal Gai no parecía enterarse.

Posiblemente también se avergonzaba de ese contacto. Y con esa ropa y ese corte tazón de los sesenta, no lo culpaba.

–No volviste a escribirnos en mucho tiempo. ¿Qué te pasó, amigo?– lo zarandeó varias veces.

Obito no se esforzaba por ocultar su rostro de fantasma, o quizás ni era consciente del mismo.

–Trabajaba– respondió parco, y Deidara creyó que podía ser tan amargado como Madara, hasta que los ojos vacíos reconectaron con él y ardieron brevemente como carbón encendido –. Casi me vuelvo loco.

Y el artista no necesitaba ser un genio para saber que la locura de la que hablaba era achacada a él a través de esa mirada ahora inflamada.

–¡Hombre, la juventud es más que eso! ¿Y quién es tu amigo?– Gai se dirigió a Deidara, y luego de una respetuosa inclinación, le tomó de la mano zarandeándolo a él también –. ¡Maito Gai, mucho gusto!

–Deidara, hm– intentó zafarse al poco tiempo, ese tipo era un bruto.

Obito reaccionó.

–Lo vas a espantar Gai– frunciendo el ceño, agarró con sus manos las de su viejo conocido para liberar a Deidara.

–¡No tanto como la falta de fuego de la juventud que sigues presentando!– le señaló, y por un momento el sol brilló contra sus blancos dientes enceguecedoramente.

Obito se puso entre ellos, pegándose lo más que podía a Deidara.

–Ignóralo– le miró, esta vez nervioso y con sus ojos vivos otra vez.

–Yo, Obito.

La mirada cálida de Obito volvió a esfumarse, y de repente se puso claramente tenso.

–Kakashi– fue incluso más robótico que con Gai.

Se había olvidado de que le tenía que pedir perdón por lo del golpe. Y ahora que lo veía luego de tantos años, con la misma cara cubierta y expresión de cansancio de vivir de siempre, se daba cuenta de que nunca quiso disculparse. Incluso lo había gozado un poco.

Kakashi levantó una ceja, esperando oír algo más.

Obito sintió el tacto del antebrazo desnudo de Deidara, y de repente verlo hizo que quisiera recuperar su brújula moral otra vez.

Incluso si no lo sentía, no podía quedar mal ante Deidara, Gai acabaría por recordarlo o Kakashi le hablaría mal de él al caramelo.

Definitivamente eso no.

–Lo siento por el golpe que te di esa vez, estaba un poco bebido.

Deidara levantó una ceja, analizándolos a todos.

–Yo diría que estabas bastante bebido, pero disculpas aceptadas– eran las disculpas más falsas que jamás le habían ofrecido en la vida.

Obito ardió en coraje.

–Efectos claros de alguien que no está acostumbrado al vicio.

Kakashi pasó totalmente de él.

–Kakashi Hatake, un gusto conocerte– le tendió la mano al rubio.

–Deidara, un gusto hm– y a Obito se le fueron los ojos viendo como se estrechaban las manos con bastante normalidad, recordándole a viejos momentos de la niñez y adolescencia cuando Kakashi siempre impresionaba a Rin.

–Bueno, qué tal si vamos todos antes de quedarnos sin asiento– levantó la voz y los brazos, llevándolos a los hombros de ambos.

Por supuesto que se aseguró de tomar suavemente el de Deidara, mientras le daba un empujón al de Kakashi.

–Los padrinos no pueden llegar tarde– acordó Gai –. ¿Vamos, mi rival?– con una tonta reverencia, le extendió un brazo a Kakashi, el cual suspiró.

–Ni lo sueñes– y avanzó a paso rápido, siendo atrapado con mayor rapidez por el de verde.

Obito, que otrora criticara a Gai mentalmente, estaba considerando seriamente ofrecerle el brazo así a Deidara.

–¿Qué pasó aquí?– el artista preguntó con un deje divertido en su voz.

Obito se sintió inmaduro de repente.

–Kakashi era mi rival desde la infancia y nunca pude entenderme del todo con él. Independientemente de si yo creía o no que Rin estaba interesada en él y no en mí, aunque hoy parezco demasiado equivocado– se rascó la nuca –. Gai sólo es igual que siempre, es…– se quedó buscando la expresión correcta que no le hiciera ver demasiado mal frente al rubio.

–Raro, hm– la voz de Deidara sonaba muy firme, a diferencia de su sonrisa refrescante.

Obito lo miró, revolviéndose el cabello de nuevo.

–Sí. Me inquieta un poco– reconoció.

–No eres el único. Pero parece un tipo divertido– Deidara le acercó el brazo, invitándolo a que lo tomara del codo –. ¿Llevo al padrino?

A Obito le temblaron las rodillas.

–Sí.

Creía que esa parte boba de él también se había extinguido. Volver a Japón le estaba demostrando demasiadas cosas, aunque ninguna tan interesante como ese chico.

Sin importar si era incómodo por su altura, colgó su brazo del codo más bajo del joven, y procuró evitar pensar demasiado en lo suave y mullido que era el pasto mientras avanzaban hacia los bancos.


Ver a Rin avanzar con un kimono de novia color crema fue definitivamente lo más raro de la jornada. Alguna vez en su pubertad se había imaginado eso, y ahora la situación se lo recordaba no sin cierta vergüenza. No la había visto en años, e incluso no se esperaba ciertos cambios en su rostro que la hacían ver mucho más madura de lo que había sido siempre.

Cuando la mirada de Rin dio con sus amigos sentados en primera fila, estalló en felicidad repentina. Obito le sonrió, emocionado, mientras disimuladamente a su lado Deidara no se perdía el detalle. Apenas Rin llegó al altar, un cuchicheo al fondo les hizo voltear la vista y allí apareció Kurotsuchi en un extraño kimono de corte modernista negro, las mejillas enrojecidas.

Kurotsuchi avanzó bastante más rápido entre la fila de invitados, sólo guiada por los ojos almendrados de Rin que la miraban emocionada.

Pero esos no eran los únicos ojos que la veían así, especialmente los de la primera fila.

Deidara jamás esperó ver a Onoki y Madara llorando de esa manera en silencio. Incluso vio cómo se palmeaban la espalda cada tanto y compartían cierta mirada de orgullo ante su nieta. Divertido por el espectáculo, volvió la mirada a quien estaba a su lado.

Obito lloraba a moco tendido.

Se apresuró a sacar un pañuelo y ofrecérselo mudamente.

–Estoy bien, estoy bien– Obito sacudió su mano y sacó un pañuelo de seda negro que enseguida fue profanado mientas se sonaba la nariz compulsivamente.

Su hermanita era tan grande ya, y se estaba casando con una de las personas más buenas que jamás había conocido. Obito no iba a resistir eso ni bajo la mirada de miles de Deidaras.

Antes de llegar a Rin, Obito y sus abuelos se levantaron a recibirla.

Obito la abrazó primero y se separó con rapidez antes de moquearle el traje. Onoki y Madara, en cambio, le dieron abrazos y caricias en el rostro. Tantos en un momento, que inevitablemente se tiraron unos cuantos manotazos para monopolizar la atención de su nieta.

Mientras un Obito rojo como un tomate los arrastraba disimuladamente frente a decenas de miradas, Kurotsuchi llegó al improvisado altar, no sin antes compartirle una sonrisa radiante a Deidara.

Las chicas se miraron con ilusión y se tomaron de la mano antes de iniciar la ceremonia. Deidara tuvo que recordarle a Obito que debía estar allí para alcanzarle el anillo a Kurotsuchi, mientras Kakashi hacía lo propio con el anillo que esperaba Rin.

Oficiada la boda, las novias se besaron con pasión y Kurotsuchi se entusiasmó tanto, que alzó a Rin por la cintura y giró un par de veces sobre sus pies mientras ambas comenzaban a reír y a besarse con ternura.

Cerca de Deidara, el estirado de Itachi Uchiha rompió a llorar dramáticamente, y con él, Onoki una vez más, Maito Gai y todo el resto del clan Uchiha.

Deidara se volvió a preguntar por qué demonios Kurotsuchi insistió tanto en que ocupara asiento en la primera fila, cuando todos esos raros sentimentales le hacían sentirse como un alienígena recién llegado al planeta. Incluso Obito no parecía pensar lo mismo de Gai, abrazados ambos mientras sus caras se hacían agua, llorando a un costado de las novias.


Afortunadamente, se acercaba el espectáculo de fuegos artificiales, la excusa perfecta para que Deidara se hiciera humo en medio de aquel mar de mocos.

Ya estaba frente al panel de lanzamiento, recordando las combinaciones que había ideado para que los fuegos mostraran el ridículo mensaje que Kurotsuchi le había encargado. Un momento antes de encender las mechas, un aroma muy particular se robó toda su atención.

Se giró algo atolondrado, buscando el origen de aquel olor. Con la nariz roja y los ojos un poco brillosos todavía, Obito lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Cargaba una gran bandeja con un elegante piso de hojas verdes, blancas y moradas y algo de zanahoria rallada en largas tiras. Unos motivos gruesos de mayonesa estaban en contacto con la base de una pirámide de bakudan korokke caliente con distintas salsas encima de cada croqueta redonda. Aún salía algo de vapor de ellos.

El moreno lo miraba radiante, esperando que Deidara no se hubiera dado por aludido de su escena cerca del altar. Lo único en lo que estaba fallando era el lugar cálido. Si pudiera abrazarlo mientras tiraba los fuegos artificiales y darle de comer en la boca…

–Supongo que a nadie le interesará si empiezo un poco más tarde, hm– Deidara se alejó del panel y fue a ver la pirámide de croquetas con detenimiento.

Obito sudó cuando el chico hizo ademán de sacar una que estaba en la base.

–¡Espera!

Deidara lo miró socarrón.

–No seas bobo– y tomó la que estaba debajo de la última, una sin ningún tipo de salsa, volviendo a ordenar la pirámide.

Mordió con rapidez, quemándose. Obito se alteró.

–¡Te busco agua!

Deidara lo tomó por la parte trasera del cuello de su traje.

–No es nada– su lengua ardía –. Quédate o te perderás los fuegos desde un lugar que nunca viste antes, hm.

Obito obedeció y se sentaron en unas banquetas que había cerca, con el moreno colocándose la bandeja sobre las piernas. Deidara empezó a engullir con más ganas luego de soplar un poco, y cuando volvió a quemarse decidió solucionarlo estampando algo de mayonesa sobre el relleno expuesto de carne, verduras y huevo. Pronto se había manchado el mentón con unas migas de rebozo y aderezo. Obito quería reaccionar, pero no podía. La forma en que Deidara comía se le hacía encantadora, desprolija, como un niño que no ha visto en meses su platillo favorito y no sabe cómo contenerse. Su buen apetito saltaba a la vista y no le importaba ninguna de las formas a la hora de comer al lado de un extraño. Él lo hubiese hecho todo al revés esperando causar una buena impresión, pero Deidara solo era natural y eso bastaba para fascinarle, como una verdad oculta que se tiene frente a los ojos mucho tiempo pero sólo se la ha descubierto recientemente.

El hambre con el que lo comía, además, le hizo a Obito imaginárselo comiendo así otra cosa. Se llevó el dorso de la mano a la nariz, constatando rápidamente que no había sangre allí.

Deidara terminó su bakudan con una sonrisa, cerrando los ojos mientras emitía un extraño sonido de la garganta que expresaba cuánto le había gustado. Los pensamientos sexuales de Obito se detuvieron, obnubilados por su comportamiento. No se dio cuenta de en qué momento le estaba pasando el pulgar por donde había migas y un poco de mayonesa, aunque le hubiera gustado sacarlos a lamidas.

Deidara iba a decirle que así estaba bien, pero el contacto de la mano grande contra su mejilla, aquella sosteniéndole en un perfecto equilibrio de firmeza y suavidad, le hicieron torcer ínfimamente la cabeza, disfrutando de ello como un gato revoltoso acepta contra todo pronóstico un acicalamiento. Obito se detuvo a propósito en la limpieza con su pulgar, ocasionando algo más de enchastre.

Verle la mejilla con esa sustancia algo pegajosa volvió a disparar sus pensamientos libidinosos, y con su mano libre se ayudó del índice para expulsar una miga que no se había despegado. Antes de que el contacto se convirtiera en caricias que no podría evitar, retiró ambas manos.

–Lo siento, te manchaste– explicó cohibido. La timidez se había apoderado de él de un momento a otro.

Deidara sabía que lo había ensuciado más, por lo que lo resolvió lamiéndose la comisura mientras lo observaba. Le clavó la mirada hasta verlo ponerse nervioso, y sólo entonces volvió a hablar.

–Eres muy atento, hm– se puso de pie y se dirigió al panel.

–Ah, eh…– de repente le costaba volver a charlar con fluidez.

–¿Así te criaron tus abuelos?

A Obito no le gustaron los posibles cauces que podía tomar la conversación. Quería llamar la atención de Deidara por sí mismo, no por su familia. Eso le había pasado muchas veces en el pasado, pero esta vez no estaba dispuesto a permitirlo.

–Oye, dame un poco de crédito– se levantó y se acercó a él con la bandeja de nuevo, aunque no estaba muy seguro de cómo proceder.

Deidara solo se concentró en el comando mientras sonreía discreto.

–¿Alguna vez viste los fuegos artificiales desde donde son lanzados?

Obito dejó de preguntarse cómo hacer que Deidara comiera bakudan mientras lanzaba fuegos artificiales en un ambiente acogedor cuando estaban en medio del verano, y comenzó a preocuparse por lo otro.

–No– respondió con algo de miedo.

Deidara se puso en posición.

–Entonces quédate a mi lado y obsérvame con atención.

El corazón de Obito comenzó a acelerarse.

–Espera, ¿no es peligroso así?

–Nah– lo cortó con una expresión desenfadada.

Obito empezó a retroceder, pero se quedó quieto cuando Deidara volteó a verlo. No iba a quedar como un gallina frente a un chico tan lindo. ¿Qué tan peligroso podría ser? Al fin y al cabo eran una vieja práctica común en todo el mundo.

–¿Miedo?– preguntó Deidara con una sonrisa maligna.

–Me preguntaba si realmente podré servirte el bakudan mientras tiras los fuegos de artificio. Parece un poco complicado…– Obito decidió empezar a avanzar de nuevo. Hacía tiempo que no sentía esa clase de impaciencia.

–Si no lo haces habrás roto tu promesa, hm– y de algún modo, sus ojos se habían vuelto enormes y su mentón se arrugaba un poco.

–¡N-no, no quise decir eso! ¡Te los daré en la boca!

Deidara sonrió y encendió un grupo de mechas, los zumbidos asustando repentinamente a Obito. Al verlo reírse, reafirmó su pisada y con la servilleta de tela que tenía debajo de la bandeja tomó una croqueta.

Miró al cielo unos momentos, preguntándose como seguiría el espectáculo.

Deidara prosiguió con los otros, y un ñoño mensaje de amor comenzó a escribirse en el cielo. Mientras, el Uchiha reparaba vagamente en que su hermana podía ser tan romanticona como él.

Pero aunque el mensaje fuera tierno y conmovedor, tenía una misión que cumplir.

–Muerde con cuidado– levantó la voz, acercándole la croqueta.

–¡Qué servicio, hm!– exclamó antes de dar un gran mordisco.

–¡Cuidado!– se preocupó Obito, pero Deidara sólo le sonrió como pudo con la boca llena antes de elevar la cabeza para contemplar el espectáculo.

Obito pudo sonreír sin tensiones ahora, y viéndolo bien volvió a mirar sobre su cabeza, permitiéndose disfrutar. Pronto le daba de comer de nuevo, y Deidara sin perder el gusto por el bakudan ni la concentración en su tarea, completó el show a la perfección.

Cuando hubo terminado, Obito deseó no tener la bandeja encima para así poder aplaudirlo.

–Eres asombroso, comiendo estas bombas y coordinando fuegos artificiales a la vez. Eres un chico explosivo– esperó que el calor que sentía fuera debido a la insolación.

–Y puedo serlo aún más– levantó el hombro que se encontraba más cercano a Obito.

Otro momento de silencio.

–Sabes... Lamento haber olvidado la cubeta con agua para tus pies.

Otra vez decía boberías en vez de una respuesta inteligente, como "Intercambiemos teléfonos". Japón se rebelaba contra él.

Deidara hizo un ademán con la mano.

–¿Con este calor? Al final sí cumplí mi sueño de comer bakudan bajo fuegos artificiales en un ambiente cálido, como te dijo Kurotsuchi, hm.

Ahora Obito quería que la tierra se lo tragase.

–Pero me hubiese gustado que fuera más cálido para ti– procurando ignorar la cuestión, se llevó la mano a la nuca.

–Hace más de treinta grados. Claro que si quieres más calor, hay otras alternativas.

Empezó su tercera bomba con tranquilidad.

Cualidad cuyo significado Obito había olvidado.

–¿Recuerdas que te dije que podíamos escaparnos con el bakudan por ahí?– le sonrió, sacando las llaves del auto y agitándolas.

Deidara brilló en complicidad.

–Irnos con esta bandeja– se la quitó –, y hacer enojar mucho a Kurotsuchi, ¿eh?

El Uchiha se acercó a él, rompiendo la distancia que los separaba. Sonriendo feliz en su estado más puro, como cuando era niño y estaba a punto de gastarle una pesada a toda la familia.

–Hacerla enojar mucho. Si es que se da cuenta.

Deidara rompió un poco de una croqueta y la llevó a la boca ajena, logrando que Obito la tragara maquinalmente.

–Vamos a hacerla enojar mucho, hm.


En Alaska, todavía no dan las doce. Feliz cuarto día de "Cita". Esperen la muy obvia y -explosiva- conclusión ;)