¡Hola de nuevo! Cómo pude dejar esta historia a sólo un capítulo de su final, y no publicar limoncito desde enero, no tengo perdón ante mi ser. Miles de disculpas por la tardanza si alguien seguía esta historia, la misión de avanzar y terminar mi santísima trinidad me mantuvo con otras prioridades, pero aquí estoy de nuevo. Saben que me basé en "You spin me round (Like a record)" de Dead or Alive, más como esta banda siempre fue demasiado sexual para mí (para el mundo), muchas otras canciones serán reproducidas en este capítulo final. Sobre el contexto, debo advertirles que para el prompt de Cita de la TobiDei week edición 2019, a Alphabetta y a mí se nos ocurrió exactamente el mismo lugar para escribir nuestras cochinadas sin hablar nada antes de cotillearnos sobre el tema. En su momento me acobardó un poco la coincidencia, pero luego de que ella me contara de qué iba su argumento, me di cuenta que no tenía nada que temer, ya que cada cual había imaginado ejecuciones muy diferentes. Aquí está mi versión de los hechos. Por otro lado, probé una escritura sin cortes de escena, me gustaría saber sus opiniones al respecto. Es posible que recién nos leamos en Octubre, ya que me voy a escribir para la Week. Tomad la tina, si les provoca un poco de nosebleed me doy por satisfecha.
Tomando una bandeja de langostinos de uno de los mozos, Obito apuró el paso hacia los estacionamientos, hasta divisar al chofer que los había llevado. Deidara había acabado corriendo detrás suyo para no perderlo de vista.
–Tenga y diviértase– le entregó la bandeja, dando por cerrado su horario laboral.
–Señor Uchiha, me dijeron que debía aguardar para la comitiva final– se precipitó el empleado, mientras le recibía el utensilio y observaba el comportamiento atípico del normalmente atento joven.
–No se preocupe– Obito sacó su juego de llaves y apretó un botón abriendo las blancas puertas cromadas –. Coma y beba, tómese el resto del día libre.
Deidara al fin los alcanzó, y Obito apretó dos veces el mismo botón, haciendo que la puerta del acompañante se abriera.
–¿En qué me volveré?– la voz del señor se oyó un poco asustada.
Obito se sintió mal y se obligó a pensar en una buena solución.
–Vaya con los otros choferes. Si mi familia le reclama, dígale que está actuando bajo órdenes expresas de Obito Uchiha. Y tenga esto– se abrió el saco y buscó un poco de dinero, sacando los billetes de máxima denominación –. Es lo mínimo que merece luego de tantos años sirviendo a la familia.
El chofer no se anduvo con rodeos extras.
–Que pase una excelente jornada señor, y muchísimas gracias– se inclinó varias veces incomodando a Obito.
–No hace falta eso, no hace falta– el hombre no le hizo caso hasta cuatro reverencias después –. Sí, gracias, para usted también– respondió con reverencias más inclinadas hasta lograr que el señor se marchara.
Buscó a Deidara con la vista, para verlo comiendo bakudan sobre otro automóvil, uno decorado con arreglos de moños y se alertó.
–¡El auto de las novias!– corrió a alejarlo.
Deidara le guiñó un ojo y dejó caer un bakudan con salsa y mayonesa.
Obito sintió un vahído. La mancha se extendía sobre la pulcra superficie y la cinta con los nombres de las novias en hiragana. Kurotsuchi haría correr sangre.
Deidara alcanzó a salvar la bola de caerse y se la llevó a la boca, mordiendo con picardía mientras se recostaba un poco contra el capó.
Las dudas de Obito de qué pasos seguir apenas lograra meterlo a su alto para no buscar sexo tan fácilmente comenzaron a flaquear.
–Kurotsuchi nos va a matar– alcanzó a pronunciar mientras lo observaba subir una pierna, acercando peligrosamente la suela de su zapato siena –. Debes saber que le gustan las cosas de punta en blanco.
–Que se enfade. ¿No te parece divertido?– Deidara no pisó el capó, pero estiró sus manos hacia los costados extendiendo la mancha de comida.
Obito tragó duro. Lo que Deidara estaba haciendo era la forma en que gustaba de molestarla cuando eran críos. Pero esos movimientos, y la expansión de la sustancia aceitosa le hacía pensar en otras cosas menos inocentes. Otro motivo más para dejar los reparos acerca de estar con el amigo de su hermana.
–No debería importarle ahora, debe estar ocupada, hm– dejó de ensuciar el auto y se limpió las manos con la cinta.
Obito se olvidó del escándalo que montaría su hermana o de lo que podría opinar Rin.
–Como nosotros deberíamos estarlo– se acercó para tomarlo de una muñeca y tiró con fuerza hacia sí, resbalando Deidara hasta quedar atrapado entre su cuerpo y el parachoques.
El rubio se obligó a salir rápido de su asombro, y terminando de comer lo que le quedaba entre los dientes, lo rodeó con las piernas.
–Ten cuidado con incitarme– le advirtió sensual, con unos dedos correteándole por el hombro.
Obito apenas alcanzó a sostener la bandeja de bakudan que se desplazaba hacia una caída segura, y cuando quiso acercarse a besarlo, fue detenido por un dedo índice en sus labios.
Deidara se apeó del capó sosteniendo la bandeja como si fuera un tesoro, logrando con el movimiento que sus entrepiernas se rozaran hasta que Obito reaccionó a moverse unos centímetros.
–Porque iré con todo, hm– le miró por sobre el hombro mientras se dirigía al asiento de copiloto del otro auto.
Obito ni se preocupó por tapar su erección de la vista del rubio que lo esperaba inquisidor. Se acercó para cerrar su puerta y en un santiamén se estaba subiendo al asiento del piloto, encendiendo el motor casi con rabia. Deidara rio, y Obito giró con bestialidad pisando el acelerador al máximo para salir a la calle y llegar lo más rápido posible a la autopista a llevárselo lejos de toda interrupción.
Le indicó a Deidara que se colocara el cinturón mientras hacía lo propio buscando con desesperación cualquier acceso que lo llevara a una carretera más ancha para irse a los barrios del centro tokiota.
–¿Adónde me llevas con tanta prisa?– preguntó Deidara con un tono juguetón que sólo se la puso más dura.
–A que comas bakudan en un lugar caliente mientras ves las explosiones– miró brevemente hacia su izquierda.
El ángulo le remarcó los surcos de las cicatrices, y Deidara también acabó por ponerse duro.
–Me gusta que quieras consentirme tanto apenas nos conocemos hm– pasó un dedo por la mayonesa aún disponible en la bandeja de plata, y le manchó la punta de la nariz.
Obito la sacudió y resopló, pero aun así rio.
–Ya fijé mi mirada en ti– declaró mientras la aguja de velocidad sobrepasaba los cien kilómetros por hora.
"Y nadie más lo hará".
–A diferencia de lo que me dijo la boba de Kurotsuchi, me parece que eres muy divertido– comentó el artista mirando al frente mientras el paisaje a su costado comenzaba a hacerse borroso.
La velocidad era otra cosa que lo ponía.
Obito sólo afiló su visión por si encontraba algún hotel por ese lujoso barrio. Frunció el ceño al comprobar que aún estaba muy lejos para su gusto y decidió tomar algunos atajos que creía recordar borrosamente, dirigiéndose a un largo túnel que se suponía le acercaría a las inmediaciones de Roppongi, como lo más que podía conducir sin intentar cruzar todo Tokio para llegar a Shinjuku. Esperaba poder llevar a Deidara a ese barrio algún otro día.
Deidara comenzó a toquetear el tablero de control enfrente suyo, dando con el radio. Atravesó varios diales digitales hasta que encontró una estación de música extranjera que le dejó conforme.
Mientras las canciones se acoplaban al sonido de los otros vehículos a gran velocidad, las luces del túnel sufrieron varias alteraciones en su tensión. Obito bajó la velocidad a cien de nuevo, cuando sintió algo que casi lo hizo perder el control.
No tenía que otear para saber que esa era la mano de Deidara sobre su erección cubierta por el traje. Miró en cambio a su acompañante.
–Mira por dónde vas– le recordó, y cuando vio que Obito volvía la cabeza hacia el frente, tiró de la frágil tela del elegante smoking marino logrando romperla a la altura de la entrepierna.
Obito saltó sobre su asiento, apretando el volante con fuerza mientras sentía la mano traviesa acariciarle por sobre el humedecido bóxer.
Deidara se estiró lo máximo que pudo a pesar de la sujeción del cinturón contra su cuello, y una vez estuvo cerca de la ingle del otro, abrió la boca aprisionando el borde de la erección cubierta por el bóxer negro semi transparente.
Obito resopló.
A Deidara se le hizo agua la boca, y apretó aún más sus labios contra la figura y la suave tela, soltando un gemido cargado de pura ansia.
Obito hubiese querido bajar aún más la velocidad para que la estadía en el túnel fuera más larga, pero no podía ir más despacio sin provocar un choque en cadena. Borrosamente rebuscó en el interior de su saco con dificultad, hasta dar con una cajita de lata que sacó con los dedos temblándole.
La caja se resbaló y cayó entre sus pies, pero enseguida Deidara la vio y estirándose lo más que pudo la atrapó con la mano derecha, haciendo que todo el peso de su cabeza cayera de golpe contra la erección que estaba baboseando.
Obito gruñó al sentir semejante presión y la extrañó cuando esta desapareció.
Sosteniendo la caja entre sus dientes, Deidara le bajó el bóxer lo suficiente como para sacar con su mano el largo bálano goteante. Se desesperó al recordar que no podía comérselo sin protección, y abrió la caja para descubrir un grupo de condones precintados de distintos colores.
Sacó el primero que vio y cerró la lata, sintiendo una mano de Obito chocar contra su hombro como buscando algo. Levantó el brazo y la lata fue tomada por el otro. Por el ruido, la había guardado en la guantera.
Abrió con tanta fuerza el sobre que estuvo a punto de rajar el frágil contenido. Pero no lo hizo, y sosteniendo la punta con los labios, alcanzó a encajar el anillo contra el glande con su única mano libre.
Unas bocinas le indicaron a Obito que suba la velocidad, y maldiciendo mientras apenas si podía ver a la incauta cabeza rubia que chocaba cada tanto con sus codos, apretó el acelerador y el látex ya lo había cubierto por completo.
Deidara comenzó a absorberlo con su boca y le arrancó un gemido, escuchando como el moreno golpeaba repetidas veces el techo del vehículo con el puño. Él sólo se aseguró de sostener la base con sus dedos y comenzó a subir y bajar alrededor de ese mástil que hervía en su boca.
Gimió para catalizar su energía sexual, provocando que la vibración de su garganta hiciera que el coche se escapara unos segundos del dominio de Obito, quien por muy poco evitó salirse de la línea de demarcación que separaba la carretera de la pared del túnel.
Los bocinazos aumentaron, igual que el sonido de ruedas chirriando contra el pavimento; las sacudidas le hundieron el pene hasta la tráquea, haciéndole retroceder del dolor.
El movimiento hizo que aplicara una leve mordida que le arrancó un grito a Obito, pero cuando Deidara quiso separarse para comprobar que no le había hecho daño, una pesada mano en su cráneo volvió a enterrársela, afortunadamente esta vez sólo hasta la glotis.
Deidara siguió aferrándose a su asiento y a la ingle del otro para no chocar contra la parte inferior del manubrio, y cuando alcanzó cierto grado de equilibrio comenzó a besar y chupar lo mejor que podía toda la extensión, gimiendo cada vez que la succionaba.
Obito movió lo que pudo sus caderas hasta que aquello le hizo perder el pie y acelerar demasiado, volviendo a tener que frenarse con rapidez para no estrellarse contra la camioneta que tenía enfrente.
–Mierda.
A Deidara la sacudida lo separó bastante de la erección, pero gracias a la extensión su boca se quedó cerca del glande. Retrocedió un poco y se dedicó a ejercer la máxima presión contra el molesto látex a fin de sentir la suave cabeza de carne que tanto le gustaba, y decidió quedarse allí hasta que la repentina necesidad de lamerle las pelotas le hizo cambiar de objetivo.
–Mierda, Deidara– gruñó con fuerza cuando la estabilidad de su manejo casi volvió a verse afectada al sentir uno de sus testículos ser succionado hasta límites groseros.
Deidara sólo le respondió con un gemido y se metió más aquella pelota en la boca, intentando en vano alcanzar la otra con su lengua estirada.
Obito decidió vocalizar lo que sentía, y ante su fallo Deidara se quedó unos instantes babeándole por las comisuras antes de volverse a oler el látex y empezar a rozarse suavemente el tronco contra sus labios ultra suavizados por la saliva.
–Deidara…– ya iban a salir del túnel y todo el mundo iba a verlos, o quizás nadie.
El gemido demasiado agudo que le respondió fue un claro "Déjame seguir", y Obito no era quién para decirle que no a todo lo que esa boca era capaz de hacer y comunicar.
Apenas encontrara un hotel fuera de esa maldita carretera, se lo iba a coger como si fuera el fin del mundo. Resistirse a ese chico no estaba dentro de sus capacidades.
La imagen de Deidara cayendo encima suyo con los hot pants mostrándole sus nalgas se repitió en su cabeza.
"Necesito verlo así de nuevo", desvarió mientras la felación se hacía más rítmica y profunda, acompañada suavemente por el masaje de la mano libre de Deidara.
El túnel estaba a punto de terminarse.
Mientras tanto, Deidara se deleitaba en la difícil mamada de aquella magnífica verga. Era como se la había imaginado tras la toalla de baño el día anterior, y se moría por poder chupársela con decencia en un lugar más cómodo antes de recibirlo en su culo.
Pero él había elegido empezar temprano, y no podía resistirse a seguir chupando con cada vez más adicción.
La brillante luz del sol volvió a golpearles de lleno, mientras Obito debía subir otro poco la velocidad para estar a salvo en la carretera. Su visión se hizo borrosa un par de veces, y ya no era capaz de mirar por la ventana a ver si eran observados por algún otro conductor. Sólo sentía la cabeza subir y bajar, mientras el calor alrededor de su verga se hacía insoportable.
–Deidara.
Apretó los dientes y se vino copiosamente, y Deidara se quedó quieto sintiendo contra su lengua y paladar cómo la bolsa de látex comenzaba a hincharse y sentirse más pesada. Al término de la fulminante eyaculación, se separó un poco para sentir que unos dedos se enredaban en su cabello suelto.
–Van a vernos– susurró Obito manteniéndolo allí abajo, más por excusa que por otra cosa.
Deidara se quedó hasta que su mandíbula comenzó a gritar clemencia.
–Mgh…– se quejó, y Obito lo soltó de repente, llevándose la mano a la nuca mientras la vergüenza se apoderaba de su ser.
Deidara se enderezó sobre su asiento, y al ver a Obito concentrado con la vista al frente, se inclinó hacia él y le tomó del cuello para besarlo.
El fuerte sabor del látex inundó la boca de Obito, y maniobrando con el corazón en la garganta, pudo aprovechar una salida de la autopista a una carretera de menor velocidad, su cerebro insultando y su boca respondiendo con más fiereza que la del chico.
–Maldición, Deidara– escupió cuando acabó el beso, terminando por desviar el auto hacia otra calle menor, alejándose cada vez más de su destino final.
Tomar el atajo no le había servido de nada, o si lo veía de otro modo, le había dado el mejor orgasmo del mundo.
Frenó el auto en una vereda y se giró hacia el rubio convertido en una fiera, mientras la rítmica cancioncita terminaba para dar paso a otra más bailable, aunque igual de pasada de moda.
Deidara retrocedió un poco.
–Ven aquí– imitando su acción, Obito le pasó el brazo por detrás del cuello y se lanzó a comerle la boca.
Deidara respondió con entusiasmo, pero la lengua de Obito estaba demasiado profunda como para empatarle la partida. Por todo el peligro que le había hecho correr, se dejó hacer mientras se ahogaba en su fuerte perfume de marca.
–Estás loco– susurró Obito en sus labios, para verlos curvarse en una sonrisa preciosa.
Su verga volvió a pulsar aún atrapada en el preservativo sucio.
–No te quejaste, hm– Deidara se corrió el cabello del rostro y observó como casi todos los bakudan korokke habían caído al piso –. Creo que me quedé sin mi otra comida favorita– agregó con pena.
Obito lo observó sin entender por qué se unía a la provocación constante del otro.
–Recógelos en la bandeja otra vez. Te llevaré a algún lugar donde te compre más, y luego a un hotel– le besó sonoramente en los labios sedosos antes de sacarse el condón, anudarlo y tirarlo por la ventanilla que subió con rapidez emitiendo un particular sonido robótico.
Deidara recogió la comida en un santiamén, tomando un trozo con los dedos.
–Por tantas molestias que te he hecho pasar– le acercó el bocado a la boca, y esta vez, Obito le clavó la mirada con potencia antes de morder y aprisionar la punta de sus dedos.
Se los lamió, y Deidara sintió su escasa ropa interior mojarse por completo.
–No creas que con comer bakudan será suficiente. ¿Por qué no empiezas por darme tu número telefónico?– se animó al fin, inspirado por la cancioncita de la radio.
Deidara se carcajeó, engatusándolo otro tanto.
–Sonaste tan viejo. Creo que al final del día tendrás mi línea y mi dirección, pero tienes que darme la tuya también, hm.
–Ve anotando. Ya sabes dónde vivo– puso el auto en marcha, considerando irse a alquilar cualquier hotel en las próximas semanas que duraran sus vacaciones.
Se concentró en encontrar el siguiente acceso a la carretera, para distraerse de nuevo enseguida preguntándose si podría volver a resistirse y decirle que no a otra mamada en la autopista.
Dios, ese chico lo tenía girando desde que lo conoció, hacía menos de veinticuatro horas.
Apenas Deidara terminó de teclear los números, le dejó una llamada. Un tono de viejos sintetizadores sonó en los bolsillos de Obito.
–Otra vez antiguo– se mofó para ocultar su interés rampante.
Feliz de tener la llamada con el número de Deidara en su Smartphone, no prestó demasiada atención cuando tuvo que esquivar una calle por problemas de reparación. El desvío los llevó hacia unas callejuelas angostas cada vez más barriales, haciendo que su desesperación volviera a atacarle.
Deidara comenzaba a congelarse en el tiempo observándolo, alternando entre su perfil masculino y la verga que colgaba de sus pantalones abiertos. La baba cayó de su boca, y tuvo que morderse los labios enseguida para detener el proceso.
–Alcánzame la caja de nuevo, hm– mandó con voz ronca.
Obito quiso frenar, pero se equivocó y acabó acelerando. Afortunadamente allí no había tantos vehículos.
–No– musitó, intentando concentrarse en lo que tenía al frente.
Deidara estiró la mano y comenzó a masturbarlo. Mientras oía su respiración agitarse de nuevo, la textura de la verga caliente, húmeda y algo pegajosa hacía maravillas con su sentido del tacto.
–Obito– se le escapó casi con dolor.
Lo miró, y las venas y tendones se le marcaban en el cuello mientras hacía fuerzas por seguir manejando y contenerse, la vista al frente y el ceño cada vez más fruncido, con esas cicatrices formando nuevos dibujos que delineaban con fiereza sus facciones cada vez más rígidas.
Se mordió el labio inferior y apretó su mano, tirando con más fuerza.
Obito aceleró por encima de la velocidad permitida, esquivando todo vehículo a escasos centímetros, para acabar por pasarlos a todos en menos de cien metros.
Los insultos y las bocinas se elevaron como un coro persecutor, haciendo excitar aún más a Deidara. Se llevó la otra mano libre a su entrepierna, sin lograr liberarse del cinturón. Acarició su erección que comenzaba a dolerle, y sus uñas negras recorrieron una y otra vez las blancas costuras bajando por sus pelotas hacia su línea que lo dividía en dos, buscando el agujero aplastado por el asiento, resoplando cuanto más masturbaba su mano el camino de los testículos hacia su sensible perineo.
Obito seguía avanzando poniendo distancia de cualquier vehículo hasta internarse en algún lugar remoto de un barrio con muchos huertos que se elevaban rebeldes en medio del paisaje urbano.
La caricia de Deidara era cálida y firme, y ya no sabía adónde iba ni cuánto tardaría en sentir ese agasajo por cortesía de su culo, perdido cada vez más en los interiores de Tokio.
Volvió a acelerar y el coche comenzó a quejarse; luego quiso frenar, pero unas tironeadas rápidas de la mano ajena le hicieron acelerar de nuevo haciendo rugir al motor en agonía. Cuando el auto comenzó a protestar haciendo movimientos aleatorios desde el paragolpes, miró a los alrededores lanzando una maldición.
Pero solamente vio a Deidara pasándose la mano izquierda con furia por sobre sus piernas abiertas, en los pantalones blancos que comenzaban a mostrar cierta humedad en la entrepierna, mientras que abajo se perdían sus dedos desesperados, buscando darse algo de placer en el perineo.
Al chico le costaba respirar y masturbarle la verga con una sola mano mientras se la tironeaba a él y el cinturón le impedía elevar su cadera del asiento, pero lo hacía lo mejor que podía apretándose con fuerza contra el asiento.
El coche volvió a saltar, y Obito lo desvió con intenciones de estacionarse cerca de una granja alta bien cultivada.
El automóvil se detuvo unos metros antes. Miró hacia todos lados.
Al demonio.
Apagó el motor y se desabrochó el cinturón.
Antes de que Deidara lo digiriera, el hombre de oscuro se lanzó encima suyo con sordos ruidos de golpes que se llevó puestos en su torpeza.
Sintió como su mano era separada de su entrepierna, y juntada con la otra detrás del cabezal blanco de su asiento. No reconoció el sonido rápido hasta darse cuenta de que tenía ambas muñecas atadas tras el cabezal con el cinturón de seguridad.
Obito giró la rueda del ajuste del asiento del copiloto y empujó el resto con la mano derecha, quedando Deidara semi acostado.
Apenas había alcanzado a lanzar un gritito de sorpresa, cuando tenía esos labios ajados contra su boca de nuevo, y el cuerpo ahora enorme bregaba por ocupar una buena posición encima suyo, aplastándolo sin cuidado en el proceso.
La verga caliente de Obito rozó sus muslos a través de la fina tela de su pantalón, y subió hasta llegar relativamente cerca de su propia entrepierna. El heredero Uchiha se refregó contra el chico, que intentó elevar las caderas en respuesta, pero apenas logró gimotear acongojado. Le estaba comiendo la boca y no tenía nada que objetar, sólo intentaba ponerse a su ritmo mientras las manos de Obito comenzaban a acariciarle en los costados y los muslos, robándole un suspiro tras otro.
Las manos de Obito se deleitaban solas, corriendo por la línea de la camisa hacia el pantalón y los muslos del muchacho. La ligera tela lo volvió loco, y paró el beso para observarlo mientras lo acariciaba en las nalgas lo mejor que el escaso espacio se lo permitía. Deidara lo miraba con deseo detrás de su fiel rímel negro, y la boca húmeda se abría poco a poco a medida que las manos ajenas avanzaban hacia el sur. La tela se sentía cada vez más suave, a medida que giraba sus muñecas para acariciarle las nalgas desde arriba, y luego chocaba contra un abrupto accidente en ambos lados. La manera en que Deidara se veía, excitado, recostado y atado en el asiento lo estaba acelerando hasta la estratósfera, y mientras le estrujaba las nalgas con fuerza excesiva, se lanzó a besar su pecho descubierto por los primeros botones abiertos de la camisa negra.
Olía delicioso, con un perfume suave y natural que no supo identificar bien. La lisa piel recubría una carne suave que enseguida estaba mordiendo y chupando. Oyó un sonido entre asombro y risita, y fue buscando alguno de sus pezones para toparse con una sorpresa en el pectoral izquierdo.
–Qué es esto– habló divertido, desabrochándole con rapidez los pocos botones que le restaban.
Un estrafalario tatuaje a la altura del corazón, de simple negro y con extrañas líneas que simulaban estar cosidas a la piel. El diseño era bastante raro, y por algún motivo, hipnotizante.
–Me gusta– sonrió lobuno mientras le acariciaba la espalda desnuda hasta la cintura, y se inclinaba para besuquear la zona tintada –. ¿Alguno más que deba descubrir?
–No todavía– sonrió el otro –. ¿No me vas a preguntar qué significa?– un leve tono de orgullo tiñó su voz.
Obito siguió las líneas con la lengua un buen rato antes de responder.
–¿Qué significan, cariño?– le susurró, haciendo que la pelvis de Deidara se contrajera.
Verlo atado y aun pavoneándose porque le preguntó algo de su interés le hizo sentir demasiadas cosas en un segundo.
–Sólo estás lamiendo un Deidara original. Algún día todos van a reconocerlo– le sonrió rutilante.
Obito se estiró para besarlo, sin importarle el pequeño golpe que se llevó en la coronilla.
–Entonces voy a lamerlo hasta dejártelo gris antes de que eso suceda.
–¡Ey!– su queja fue acallada cuando sintió los dientes rozarle la areola, quedándose sin aire unos momentos. Luego, sólo sintió la lengua de Obito moviéndose con muchísima lentitud y celo, y harto de esperar se agitó lo suficiente como para que la banda del cinturón de seguridad le liberara una mano.
Fue directo a agarrarlo, pero Obito fue más rápido y tomándole la muñeca la reaseguró con varias vueltas, haciendo más fuerte el amarre.
–Aquí voy, impaciente– le ronroneó apretándole la nariz y la boca con las suyas propias.
Deidara se contuvo un insulto, mientras intentaba recordar todas las veces que le ofrecieron o insistieron por atarlo para tener sexo y él se había negado porque odiaba no sentir el cuerpo libre. Estaba seguro que el haberlo conocido desnudo y masturbándose en un baño tenía algo que ver con la relativa facilidad con la que aceptaba ahora el asunto.
Eso, y las cicatrices de su cara, su cuerpo esculpido por los dioses y marcado de imperfecciones por las manos humanas. Su necesidad se impuso a todo cuando sintió una mano acariciarle la entrepierna, y la boca de Obito se hundió furiosa a devorar toda la extensión de su cuello cada vez más elongado.
–Ah, joder– le costaba tanto mover las caderas en la parte delantera del coche, que se preguntó en qué demonios había estado pensando Obito cuando decidió atacarlo en ese mismo asiento.
La felación que le hizo volvió a su memoria para inflar sus ínfulas.
–¿Qué…?– escuchó murmurar al morocho, y estiró lo mejor que pudo el cuello para ver a Obito fracasando en agacharse entre sus piernas.
El hombre rebuscó desesperado en los apretados bordes del acolchonado asiento y por debajo, hasta encontrar una palanca que jaló en todas direcciones hasta lograr empujarlo al máximo de su capacidad hacia atrás. El golpe seco de la frenada provocó un pequeño rebote en la cabeza de Deidara contra el cabezal, y el cinturón de seguridad se apretó hasta agarrotarle las muñecas.
Pero Obito no estaba enterado, porque comenzaba a darse cuenta de la particularidad de la ropa de Deidara. Desabrochó el cinto con la rapidez del rayo y forzó el suave pantalón blanco a deslizarse por las piernas depiladas que había rememorado todo el tiempo, y lanzando una acalorada exclamación le quitó con brusquedad los zapatos marrones para que los pantalones siguieran el mismo camino.
Deidara sonrió con el pecho cada vez más agitado, sintiendo con placer la suavísima textura del símil cuero del asiento contra sus nalgas desnudas.
Los ojos carbón se encendieron, ardiendo visiblemente. Casi no quería tocar la belleza que se encontraba entre los muslos que apenas si rozaba como si fueran una obra divina. Un elástico de finas líneas grises y celestes sostenían la tela rosa bebé de la parte delantera de un jockstrap, sostenidas por dos tiras suspensorias celeste cielo para contener lo mejor que podían la erección del muchacho. Las tiras celestes bordeaban la parte inferior de las nalgas desnudas de Deidara y remarcaban aún más un trasero que, en su opinión, no necesitaba de ninguna prenda como para infartar a cualquiera.
Fue a tocarlo con toda la suavidad de la que era capaz de ejecutar, siguiendo las bandanas mientras sus dedos se colaban detrás de ellas y sus manos resbalaban ante la increíble sedosidad de sus glúteos. Siseó poseído mientras se apretaba entre la carne blanda y el asiento, descubriendo la línea de Deidara totalmente desnuda, hundiendo sus dedos hasta llegar a palpar el ojo de su agujero entre el sudor del chico.
–Parece que la estás pasando bien, hm.
Obito lo miró, con el trasero desnudo gracias al jockstrap aún entre sus dedos, y enseguida encontró la caja con los preservativos, sacando uno mientras oteaba por todas las ventanas. Una viejecita caminaba con lentitud por la acera de enfrente, con suerte vería tan poco como su edad parecía indicarlo.
Se bajó los pantalones.
–Tú sigue recibiéndome con los brazos abiertos– le cuchicheó como si la anciana fuera capaz de oírlos.
Su familia estaba tan podrida en dinero, que si los vidrios de ese auto no eran polarizados los iba a maldecir con algún brujo de verdad. Pero en ese momento, lo único que contaba en su vida era el caramelo atado bajo suyo y no su reputación.
Se lamió de a varios los dedos y fue directo a buscar el agujero de Deidara. En el camino recordó devolverle un poco del placer que le había dado, y lo masturbó por encima de la parte delantera del jockstrap. Deidara jadeó al sentir las bruscas intromisiones en su encendido cuerpo, y gritó cuando la punta de un dedo grueso se asomó a su entrada para ser secundada de inmediato por otro.
–Más, más rápido– exhaló con incomodidad al no poder mover bien sus piernas, mientras la presión sobre su ropa interior comenzaba a marearlo.
Por todas las explosiones del mundo, necesitaba ser liberado.
–¡Ya quítame el-!– estalló, pero tragó al ver que Obito terminaba de colocarse un preservativo, presionándolo contra el pubis cada vez más venoso del que partía aquella línea negra hasta el ombligo –. Quiero eso– cambió de opinión.
La sonrisa quasi criminal le provocó un salto en el corazón, mientras Obito apostaba un brazo contra el cabezal y se sostenía atrapando en su zarpa los nudos del cinturón carcelero.
Con la mano libre, apuntó su miembro contra la sedienta entrada anal, y Deidara dobló las piernas con elástica facilidad para recibirlo.
Afortunadamente, el asiento aún era algo amplio, pero la breve sensación de libertad se esfumó cuando una presión comenzó a invadirlo bajo su cadera.
Deidara exhaló con fuerza y aflojó su cuerpo por completo, mientras la polla enfundada le abría sin ninguna interrupción hasta chocar contra su próstata y seguía un poco más allá, clavándose hasta el fondo de sus entrañas. Ambos gimieron lujuriosos al sentir cómo se comenzaban a quemar con la marcha del apareamiento y el rechinar de los neumáticos.
Obito le acarició otro poco la erección cubierta, le liberó apenas el glande y se echó encima suyo, hacia donde la boca desesperada de Deidara lo atrapó en un ardiente tranzar.
El beso se volvía cada vez más caliente en la boca de Obito, y el vaivén de sus caderas penetrándolo se hacía más y más delicioso en el culo de Deidara.
Estaba seguro de que su pobre miembro aplastado entre el elástico, su piel y la ancha cintura del Uchiha iba a terminar incinerado. Y más allá de algunos raspones molestos, todo lo que sentía se reducía a ese grosor dispuesto a terminar con cualquier oquedad en su interior. El no poder mover los brazos para dominar al seme a su gusto, la forma en que la atadura estiraba su espalda y la curvaba hacia atrás exponiendo todo su cuerpo a una apertura digna de una postura de yoga, y la comodidad que encontraron sus pies apoyados contra la guantera acabaron siendo la pose perfecta para ser cogido por ese bocado de varón en un lugar que, en cualquier otra situación, habría sido demasiado incómodo.
Resollando como un caballo de carreras encima suyo, Obito cerraba los ojos con fuerza mientras se abrazaba con fuerza al asiento y a un Deidara amarrado que emitía gemidos furiosos con tantas ganas, que parecía que se rompería la garganta de lo ronca que se volvía su masculina voz. Resistiendo a duras penas lo socavaba por completo, ayudándose con la fuerza de sus brazos cuando sus largas piernas se quejaban por la molesta flexión, no le importaba tener que estar horas así al borde de reventarse; porque aquel ano demasiado suave y calentito invitaba a gritos a su miembro a permanecer en su interior para siempre.
Con potencia se impulsaba desde sus gemelos y muslos bien apostillados sobre sus firmes tobillos pese a lo resbaloso de sus zapatos de etiqueta. Todo fuera por darle los deslizamientos más sabrosos que aquel bombón podía merecer.
Cuando se cansaba, se colgaba directamente del asiento, elevando la cadera para clavársele hasta las pelotas. Deidara aullaba en esos momentos, y aunque a veces pulsaba por liberarse, las ataduras simplemente eran un truco imposible de resolver. Paulatinamente convencían al rubio de no hacer nada más que rogar por seguir siendo destruido con ese poder oceánico que Obito poseía. Gimió mientras hiperventilaba bajo su peso y sus ojos se daban vuelta con mayor frecuencia, lamiéndose los labios ante tal excelso disfrute carnal.
Obito lo vio justo en ese instante, y una sensación de prisa encendió sus nervios y venas como un hilo de pólvora sobre el que se deja caer una candela. Empujó con mayor desesperación mientras sentía su escroto pegarse entre la carne rechoncha de las nalgas abiertas de Deidara, para darse cuenta que ya no aguantaría más.
Jadeando, separó su brazo hábil del asiento y trató con dificultad de llegar a la base de su pene, donde se encontró el anillo del condón metido dentro del ano del rubio. Lo atrapó deslizándolo con paciencia entre las yemas de sus dedos, robándole una risita de cosquilla al muchacho, cuyo embelesamiento se interrumpió unos segundos ante los dedos asaltantes. Una vez lo tuvo asegurado, retrocedió cargando toda su fuerza en el brazo izquierdo hasta salirse de Deidara, haciendo temblar al respaldo marfil.
Deidara se remordió los labios al ver los músculos de ese brazo tensionarse e inflarse del esfuerzo, marcando más venas de las que ya había visto. Obito se dio un burdo golpe en la nuca con el techo del auto, mientras intentaba mantener el equilibrio hincando las rodillas en el borde del asiento y perdía los zapatos en la tarea, todo a la vez que se sacaba con prisas el forro y lo tiraba con desatino sobre el volante, apostándose mejor para empezar a masturbarse encima de Deidara.
Apoyado sobre el borde del asiento, su mirada se emborrachó ante la visión del Deidara atado bajo su cuerpo. Le hipnotizaban el hoyo oscuro que se abría y se cerraba al compás de la respiración agitada, las tiras traseras del jockstrap aumentando la redondez de sus glúteos, el glande liberado tiñendo el áureo pubis de líquido pre-seminal, el trémulo ombligo y la boca babeante, la mirada azul oscurecida de hambre y de lujuria que le calaba hasta los huesos. Comenzó a masturbarse encima suyo, sin llegar a aguantar más de diez segundos cuando comenzó a eyacular copiosamente sobre el cuerpo casi desnudo bajo suyo. Cada chorro que se estampaba en la piel de Deidara la quemaba y le hacía retorcerse ansioso. Agradeció que Obito apuntara a diversas partes de su cuerpo, bañándole desde el ombligo al estómago y subiendo por el pecho, uno de los últimos chorros llegando escaso, pero con fuerza a su rostro.
Deidara abrió la boca y sacó la lengua, gimiendo en reclamo para que Obito le embocara más semen adentro suyo. Fue afortunado cuando la excitación de la imagen provocó exactamente lo que quería, con Obito apretando su tranca con furia para hacerle una última buena rociada que llegó a su cara, labios, lengua y fondo de la garganta.
Mientras el artista se tragaba lo que podía en su ahora pegajosa boca, Obito resopló agotado, con la sangre hirviéndole en todo el cuerpo. La sensación corrosiva aumentaba cuanto más recorría la forma en que lo había bañado de blanco lechoso y el cómo los ríos de semen se deslizaban por las sinuosidades de su cuerpo siguiendo la gravedad y arruinando el automóvil, o se concentraban en el hueco del ombligo temblando con caprichosos reflejos. El dolor en sus músculos ardidos y la incomodidad de su encorvada posición estaban en un segundo plano.
Deidara aún no se había venido, y consideraba que verlo encima suyo aún con esa ropa de gala que le sentaba infernal, pero vestimenta al fin, era un crimen. Necesitaba ser suyo de nuevo y hacerlo suyo un millón de veces más antes de dar el día por terminado.
–Suéltame, tengo algo que mostrarte– le pidió con la voz tomada.
Obito se inclinó sobre él, liberándole las muñecas y comprobando con culpabilidad que habían marcado demasiado la hermosa piel de Deidara, quemándole con los roces y cortándola otro poco. Quiso besarlas para aliviarlas, pero Deidara fue más veloz y le tironeó la negra corbata como si se tratara de un perro al que debía reducir.
Sosteniendo sensualmente a Obito de la corbata, lo miró con tensión unos instantes encima de su rostro para decidir atacarle la camisa y el saco, buscando desnudarlo.
El moreno respondió con rapidez, deshaciéndose de la corbata y la camisa; Deidara ya se había encargado de su saco, que ahora colgaba del cabezal del asiento de al lado.
Intentando incorporarse, Deidara se le abrazó a la cintura, lamiendo desesperado el duro torso enfrente suyo. Se apuró recorriendo los pectorales y tratando de doblarse para bajar hacia los abdominales y oblicuos bien marcados. Distraído dejándose llevar por sus besos y chupones, Obito se preguntó cómo demonios es que sentía que otra vez el látex se desplazaba por su pene aún erecto, y antes de obtener una respuesta, Deidara se separó todo lo que pudo de él, dejándole descubierta su erección envuelta en otro preservativo.
Un ligero mareo y un líquido sanguinolento le hizo gotear un poco la nariz, cuando vio lo que seguía. Deidara se daba vuelta sobre el asiento, poniéndose en cuatro mientras lo miraba anhelante torciendo el cuello.
Paró el culo todo lo que pudo, exponiéndose al máximo para indicarle que aún quería más, que le hiciera venir, que lo necesitaba adentro otra vez, que se entregaba sin reparos para ser destrozado.
La erección que Obito nunca había perdido pronto le hizo sentir que su orgasmo había sido insuficiente, y que necesitaba llenar a Deidara en una pose tan ofrecida como la que estaba recibiendo.
Si alguna vez irse de Japón fue la mejor decisión de su vida, el volver era ahora la primera en su lista de grandes éxitos.
–Voy de nuevo– anunció antes de ensartarlo poco a poco, aunque la impaciencia le ganó en el último tramo y se escuchó el choque de sus testículos contra los de Deidara pese a la tela del jockstrap.
Deidara gritó, tan fuerte, que Obito estuvo seguro de que el barrio entero lo había escuchado. Pero no tenía tiempo para ocuparse de ver a través de las ventanillas si lo estaban haciendo en público o no, sólo se encaramó sobre el rubio mientras le intentaba acallar la boca con la mano y cuatro pares de bolas se agitaban entre ellas transpiradas, arruinando cada vez más la suave tela rosada.
Deidara le mordió la palma y en el descuido del otro, comenzó a chuparle los dedos mientras se imaginaba que tenía la verga de Obito en su boca de nuevo, agitando lado a lado su trasero para indicarle que comenzara a apuñalarlo de nuevo.
Obito se recreó un momento en la manera libidinosa en que Deidara felaba sus dedos, hasta que apostó las rodillas en el asiento empujando las de su compañero. Empezó a menear las caderas en un ritmo delicioso, escuchando los gemidos incrementarse ante cada nueva penetración, y finalmente se dignó a atender como correspondía la erección de Deidara.
Una mano le bastó para recorrer escroto y falo por encima de la tela de algodón, metiéndola enseguida dentro para liberarlo. Deidara gimoteó al sentir su erección ser atrapada por la mano caliente que comenzó a masturbarlo con una lenta presión. Sus sensaciones se dispararon mientras era excavado por el grueso tronco de Obito y su mano se la tironeaba con mayor fuerza, resbalándose cada tanto de todo el líquido pre-seminal que se le escapaba.
Se abrazó al respaldar casi horizontal gritando incoherencias, acalorándose cuando el torso caliente del otro se pegó por completo a su espalda, sudándola, envolviéndola, cubriéndola por completo.
Un dolor en su cuello le anunció que estaba siendo mordido por unos dientes muy filosos, y los resoplidos por la nariz que comenzó a largar Obito se asemejaban a los de un asno violentado, como lo era el ritmo de las caderas que lo horadaban cada vez más. Deidara plañó cuando el peso de Obito y su mano ahora prisionera terminaron por hacer reventar a su propio pene en una eyaculación que le hizo creer que se infartaría.
El semen se escapaba a borbotones ensuciando la cuerina, y a la vez con dificultad ante tanta presión. Al sentirlo, Obito sólo atinó a penetrarlo con mayor brutalidad, asegurándose con la mano libre al cabezal del asiento. El asiento crujió y en un instante el ruido de la estructura de metal cediendo se sumó a sus gritos y jadeos, venciéndose el asiento por completo, roto bajo sus cuerpos.
El golpe del rebote del espaldar del asiento contra la parte de atrás del auto les hizo rebotar con dolor. Y aunque aún estaba aturdido por el orgasmo y el golpe, Deidara alcanzó a retenerlo lanzando sus zarpas hacia atrás y lastimando el brazo de un Obito que quería incorporarse.
–¡Sigue hasta venirte adentro, hm!– le vociferó autoritario, y por unos instantes las estocadas fueron tan crueles, que creyó que podría venirse de nuevo.
Pero Obito no encontraba estabilidad en un respaldar tan enclenque, ni la manera de seguir empomándolo tan bien como antes, y con un gruñido de enojo se salió de él. Cacheteó con descuido una nalga por encima del jockstrap, sin enterarse de que la rudeza del golpe espoleó todas las zonas erógenas del cuerpo de Deidara.
Sin saber siquiera qué tenía Obito en mente, Deidara reptó como pudo por sobre el asiento roto hacia la parte trasera del auto.
Mientras sus piernas se desplazaban arrastrándose, Obito alcanzó a tomarle el jockstrap y tirar de él mientras el rubio se alejaba y acomodaba ahora totalmente desnudo, mostrándole el alma por el culo abierto. Olió la prenda y la besó antes de tirarla por sobre su hombro, y lo siguió con dificultad, esquivando como podía el asiento destartalado.
Sólo podía ocupar la mitad del asiento trasero y así lo hizo, apretándose contra el artista quien lo esperaba para besarle hasta quitarle el aire de los pulmones. Luego de morrearse un rato como desquiciados, Obito se tomó la verga y le pinchó varias veces con ella, indicándole que se preparara. Como Deidara notara que el hombre sostenía al anillo de látex contra su pubis y apuntaba el pene hacia él, se dobló como un mono, pasándole la pierna izquierda por encima, y se sentó de un solo movimiento.
Un gemido bajo y otro agudo se entremezclaron y acabaron en respiraciones agitadas, mientras la espalda de Deidara padecía brevemente por la apertura tan brusca de su entrada, y el sufrimiento le paralizaba el sacro y toda el área nerviosa.
Sopesó que de algo debió enterarse Obito, pues lo besó con dulzura y le sobó la zona cortésmente. Deidara dejó que la caricia le aliviara la impresión, pero tener ese mástil hirviente horadándolo excepcionalmente no lo podía dejar quieto.
Dejando escapar un suspiro, subió hasta despegar sus rodillas de sus pantorrillas, doblándose contra el techo. Con otra exclamación de placer, se dejó caer hasta que sólo las pelotas y la gravedad fueron el límite para su deslizamiento.
Obito apretó los ojos resistiéndose a sucumbir ante la sabrosa presión constrictora del recto de Deidara. Le estrujó las nalgas para distraerse, lamiéndole el pecho, y cuando Deidara volvió a subir desplazándose con tortuosa lentitud por toda su longitud, comenzó a zamarrearlas lo máximo posible, haciéndolas chocar contra su verga exultante. A su vez, el zarandeo se hizo tan fuerte que hizo convulsionar el perineo y el escroto del chico, y su miembro comenzó a humedecerse de nuevo.
Un enervado Deidara volvió a repetir la operación unas cuantas veces, y aunque Obito lo sorprendía con una rápida estocada cada tanto, enseguida se dejó follar por ese culo tan sabroso sin hacer nada más que sentirlo y comérselo con la mirada, besándolo y marcándole toda la piel que se exponía a su peligrosa boca.
El tamaño pequeño de Deidara le ayudaba a la hora de flexionar su espalda hacia adelante e impedir daños, excepto cuando Obito le empujaba tan fuerte que le estampaba contra el techo. Le causaba gracia que le pidiera perdón como un niño asustado, y no se sintió para nada incómodo las veces que quiso rebotar con fuerza y se terminó él mismo estrellando, a lo que Obito le acariciaba la cabeza con ternura y se la besaba fervoroso para que el dolor pasara. En esos momentos, el moreno bajaba el ritmo y lo penetraba en espirales que dejaban a Deidara entregado a su merced y sin defensas.
Finalmente, aquello fue demasiado, y encorvando lo mejor que podía su dorso, se abrazó al cuello y cráneo de Obito como si no hubiera un mañana. El cabello corto y el perfume le impulsaron a botar su culo gordo con vicio inacabable, sin detenerse siquiera cuando su rodilla izquierda se clavó dolorosamente contra la puerta trasera. Estaba a punto de llorar de gozo de lo mucho que lo llenaba ese mástil firme como el de una embarcación. Comenzó a lamerle el cuello, la oreja, la cara, ensañándose con esas cicatrices que lo encendían más y más.
Obito le daba duro empujando con sus ancas y sosteniéndole el culo tembloroso para asegurarse de penetrarlo bien profundo, como anhelando arrancarle centímetros a la impasible realidad, perderse para siempre dentro de Deidara.
El dolor en las rodillas del artista dejó de ser relevante, al igual que la amenaza del cansancio que estaba apareciendo, porque sentía que estaba llegando al punto más hondo de la penetración. Sentir a un seme como ese volverlo loco de esa manera lo devolvía a su instinto más básico, de buscar la estimulación anal permanente y traspasar una tras otra las barreras de resistencia que su maltratada próstata imponía en vano.
Obito lo apretaba contra sí, y él se apretaba hasta sentirse fusionado al hombre, totalmente enmudecido y guardando lo que le quedaba de aliento como podía, apretándose contra el cuello musculoso. Sentir su pene hipersensible rozarse entre sus ombligos no le ayudaba en nada, y Obito no supo que Deidara lloró mientras, adentro suyo, el glande del Uchiha volvió a golpear inmisericorde la zona de la próstata para perderse luego en inhóspitas honduras.
El hombre de negocios le estrujaba la carne suave y mordía unos finos cabellos rubios que se le habían colado en la boca entreabierta mientras meneaba lo más bestialmente posible su cadera, en busca de un orgasmo que comenzaba a retrasársele. Los movimientos más amplios hicieron chillar a Deidara, y junto a otras lágrimas que saltaron hacia el respaldar del asiento, su verga comenzó a venirse entre el cuerpo de ambos.
Al mismo tiempo, Obito se quedó inmóvil una milésima de segundo, antes de explotar con fuerza dentro del condón, sin aguantar más la manera en que Deidara lo ahorcaba prisionero de su propio orgasmo.
El líquido llenando y dilatando sin parar el profiláctico era sentido por toda la extensión del ano y recto invadidos de Deidara, y él mismo no podía dejar de venirse mientras sentía que el líquido de Obito seguía escapando salvaje, queriendo fundirse en su interior.
Si el orgasmo conjunto fue largo, sus eyaculaciones lo fueron más aún. Ya ni siquiera se movían tanto, pero el auto seguía rebotando y el asiento rechinando como si jamás hubieran parado las montadas, las cabalgatas, los choques lubricantes de los cuerpos. Pasaron muchos minutos para que Obito se preguntara si el barriecito desconocido había presenciado todo, y para que Deidara adivinara que todo mundo afuera se había dado cuenta con tantos aullidos y botes.
Aún abrazado a él, se imaginó las ruedas del auto desinfladas, sonriéndose contra la mitad dañada del cuello del otro. Vio unas marcas que no creía recordar, y separando los dedos de una mano se encontró con sus yemas y esmalte manchados con rastros de sangre seca.
Esperó a que Obito se quejara, pero el treintañero estaba muchas galaxias lejos como para enterarse del ardor punzante que no lo dejaría en paz en cuanto sus músculos comenzaran a enfriarse. Obito estaba en Deidara, abrazándolo por la cintura y acariciándole el trasero con adoración. No paraba de olfatear el delicado aroma de su cabello que se perdía entre el olor a transpiración y semen que ahora anegaba el automóvil.
Con los ojos entrecerrados y adormilado, sólo se dedicaba a sentir el momento, a sentirlo entre sus brazos, a seguir sufriendo un poco más la presión alrededor de su miembro al fin satisfecho. Todo era perfecto, y nada podía ser mejorado, suspiró contra los resoplidos de Deidara. Se dejó estar otro rato más así, sudado y pegoteado a ese cuerpo que lo había vuelto loco desde la noche anterior. Deidara no mostraba el más mínimo amague de moverse ni cambiar de posición, ni siquiera de indicarle que se retirara de su interior, y Obito no tuvo fuerzas para resistirse a eso.
Le acarició la espina de vértebras desde su trasero hasta la nuca, escuchando cómo el chico suspiraba de gusto. Puso sus labios contra un pequeño hombro y allí los dejó, recargándole el peso de su cráneo para fingir el beso que en realidad le estaba depositando inmóvil.
Algo abochornado, su mirada vagó por el interior del automóvil: todas las prendas esparcidas por todos los sitios, el asiento de copiloto irremediablemente destrozado, manchas acusatorias, un condón secándose en el volante y la bandeja de bakudan korokke por el piso.
Pestañeó, algo dentro suyo comenzando a acelerarse.
–Deidara.
La voz ahora queda rasposa tardó en responder.
–Dime– Deidara tampoco tenía planes de abrir los ojos y despegarse de él.
–¿Qué… qué clase de cita es esta? Quiero decir…– rompió el abrazo y lo separó un poco de su pecho. No pudo evitar el mirarlo con deseo, ni empezar a acariciarle el cabello y las mejillas una y otra vez. Era culpa del rubio si se dejaba hacer de esa forma, él solo tocaba lo que era bonito.
Se obligó a concentrarse en lo que intentaba decir.
–No me quejo– torció la boca en una sonrisa sensual que hizo revivir las energías de Deidara.
El artista se acercó a esa sonrisa, y la lamió.
–La mejor de todas, hm.
Obito se sintió desfallecer.
Pero aún no podía morirse de felicidad bajo ese cuerpo. No todavía. Ahora había algo más profundo que le inquietaba.
El después.
El volver. Japón. Deidara. Ocultar lo más que pudiese que estaba decidido a quedarse por él para no espantarlo.
Se preguntó cómo retenerlo un poco, disfrutando de la intimidad que aún no se rompía.
–Aún quiero completar nuestra cita– confesó con timidez, esperando no sonar ridículo.
–Eso no importa ahora– el chico encogió un hombro contra una mejilla, sonriéndole coqueto mientras comenzaba a intentar rizar en vano los cabellos negros más extensos.
Obito sintió una pesadez en el estómago; y no supo bien qué pensar.
–Es que… quería hacerlo bien. ¡Lo hicimos todo al revés!– por algún motivo, un pensamiento le decía que de haberlo hecho más romántico todo, habría acumulado más oportunidades para volverse a ver muchas más veces. Tenía su número, pero ahora estaba convencido de que necesitaba gastar todo su tiempo en él, verlo a todas horas, atarlo a una cama de ser necesario.
Deidara se le acercó, lo tomó del cuello y lo besó con furia en su lengua. Le iba a dejar bien en claro que, de ahora en más, Obito Uchiha no se podría escapar de él.
–El orden de los factores no altera el producto, hm– respondió mientras se estiraba hacia la parte delantera del auto, tomando a duras penas una prenda con la punta de sus dedos.
Obito lo sostuvo de la cintura, intentando reprimir el pensamiento de que ya debía salirse de él o todo acabaría en un desastre.
Pero apenas Deidara se enderezó un poco, volvió a secuestrarlo contra su plexo solar.
–Y…– se apretó sensualmente contra él, raspándole la mejilla con un dedo –. ¿Ese producto cuál es, bebé?
De entre sus pertenencias y con su sonrisa de gato de vuelta, Deidara sacó una simple llave de departamento que Obito no reconoció, pero iluminó su vida de inmediato.
El besito que le dejó en los labios fue el balazo final en la larga agonía del antiguo Obito, que ya demasiado se había prolongado sin sentido en su nueva vida más libre.
–Hm. Que esta noche vamos a girar hasta rompernos de nuevo, mi sopla nuca profesional.
FIN.
