La noche había llegado, Saori cepillaba su largo cabello lila junto a la ventana. Su vida estaba rodeada de una falsa felicidad dada por los lujos y privilegios que su abuelo le otorgó. Pero desde que él había muerto, ella se sentía muy triste. A veces era abrumador y solitario, sentirse responsable del legado que había quedado en sus manos. Por eso, aquellos momentos en que se estaba a solas en su habitación, era cuando podía ser ella misma.
Deseando una ilusión muy acorde a los de las chicas de su edad, aquella noche se quedó dormida y fue la primera vez que sucedió. Sus ojos se abrieron y se vio en una habitación antigua y poco iluminada. Asustada pero curiosa, se levantó de aquella cama de piedra tallada y abrió la puerta. No se percibía la presencia de nadie y parecía ser una especie de templo. Al final del corredor se veía una luz encendida, por lo que caminó hacia ella.
Un escritorio con un libro abierto y un café aun tibio, eran lo único que encontró. Curioseando el titulo del libro, dio un brinco cuando escuchó la puerta abrirse.
-¿Quien eres tu? -preguntó una voz grave- ¿Como llegaste aquí?
La joven de grandes ojos azules vio a un hombre muy alto, que vestía una toga azul oscuro y dio un paso atrás. Aun no sabía si esto era una pesadilla pero se sentía real.
-Mi nombre… Mi nombre es Saori, Saori Kido y la verdad no se cómo llegué aquí.
Al escuchar el nombre de la chica, el hombre se quedo sorprendido. Despacio, se quitó la máscara que cubría su rostro.
-¿Saori?
Ella estaba sumamente confundida. A pesar de jamás haberlo visto, aquel hombre le resultaba familiar.
-¿Nos conocemos?
-No -respondió él, pasando saliva- O quizás si, en otra vida. Soy Saga.
Saori sonrió, iluminando el lugar. No supo por qué no preguntó nada más, estar ahí la hacía sentir como en casa y los ojos verdes de Saga le transmitían demasiadas cosas que no lograba explicar.
-¿Leías esto?
Preguntó la chica sosteniendo el libro que llevaba por titulo el Conde de Montecristo.
-Si, usualmente me cuesta mucho dormir, hay demasiado silencio en este lugar. ¿Lo has leído?
-Lo empecé una vez, pero debido a mis responsabilidades no tengo mucho tiempo libre.
-¿Te gustaría que lo leyéramos juntos? - propuso Saga, sentándose en una silla de aquel estudio- Sería agradable tener con quien hablar de lo que leo.
Ella asintió y se acomodó en un sillón, escuchando la narración en la imponente voz de Saga, la trama parecía más dramática e interesante de lo que ella recordaba. Un rato después, él se dio cuenta de que la chica se había quedado dormida y la cubrió con una frazada.
Cuando amaneció, Saori estaba de regreso en su mansión en Tokyo, pensando que había sido obra de su mente, pero al girar su cabeza hacia su mesita de noche, vio el libro que ambos habían estado leyendo. Por inercia, siguió su rutina diaria, poniendo menos atención que de costumbre a todo. Su mente estaba muy lejos de ahí.
-¿Se encuentra bien, señorita Saori?
-¿Eh? Si Mii, no te preocupes, solo tuve un sueño muy extraño.
-¿Quiere contármelo?
-No, no es nada. No tiene importancia.
Pasó todo el día intentando sacar de su cabeza aquel sueño, hasta que llegó de nuevo la noche. Recostada en su cama intentó relajarse por varios minutos y creyendo que no lograba conciliar el sueño, se puso de pie. Para su sorpresa, se encontraba de vuelta en la misma habitación de la noche anterior. Sin pensarlo mucho, corrió hasta el estudio.
-Has vuelto – dijo Saga al verla- ¿ Por que lo hiciste?
Yo… No lo se. ¿Por que vengo aquí cada noche en mis sueños?
-La verdad es que no lo sé Saori, pero me alegra verte.
Ella sonrió y tomó el libro en la página donde se habían quedado, leyendo algunos párrafos, para después cederle el turno a Saga. Pasaron solo un par de capítulos antes de que Saori cayera dormida de nuevo. El geminiano la observó dormir, era increíblemente hermosa. Quitó de su rostro un mechón de cabello y le besó la frente.
-Dulces sueños, mi diosa.
Varias noches continuaron la misma rutina. Saga y Saori pasaban horas hablando de libros, música, historia. Ella se maravillaba de lo inteligente que él era, de los principios tan firmes que defendía y de lo elocuente que era en cualquier tema. Él, por su parte, se había sorprendido de conocer las opiniones, la astucia que escondía y la nobleza que al parecer pocos notaban en ella.
Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses, ambos disfrutaban soñar despiertos y susurrarse secretos.
Aquella noche, Saga le propuso salir del templo del Patriarca donde usualmente convivían.
-Ven conmigo -dijo ofreciéndole su brazo- Te mostraré algo.
Caminaron por un pasaje hasta llegar a una terraza desde donde se podía ver todo el Santuario iluminado de manera casi artística.
-¿Que es este lugar? Nunca me lo has dicho.
-Es donde debes estar, quizás por eso has venido hasta aquí. No se cómo pero se que buscas tu camino cada noche, para llegar a donde perteneces.
La luz de la luna se reflejaba en el cabello azul de Saga y Saori no podía dejar de verlo ni siquiera para parpadear.
-Se siente bien estar aquí. Desde que mi abuelo murió yo… Siento que no pertenezco a ningún lugar, ni nadie.
El geminiano rozó con su mano la mejilla de Saori, secando una lagrima que se había escapado.
-Yo pertenezco a ti -afirmo el peliazul- siempre ha sido así.
Sus miradas se cruzaron, sintiendo una atracción magnética que terminó en un beso lleno de timidez.
-Eres demasiado joven y aun hay cosas que no entiendes.
- Se lo que necesito saber Saga -respondió ella volviendo a sus labios- No necesito nada más.
El geminiano la estrechó en sus brazos, consciente de que firmaba su sentencia de muerte, pero sin que le importaran las consecuencias.
La luna que entraba por la ventana de la habitación del Patriarca usurpador, fue la única testigo del roce de sus pieles, que haciendo promesas ingenuas, se convirtieron en una sola.
Cuando él despertó, encontró una nota al pie de su cama "Hasta mañana, siempre sé mío" y se sintio dichoso.
La vida cotidiana de Saori se había convertido en una carrera para todos los días, ir a la cama cuanto antes, pero no para descansar. Quienes estaban a su alrededor podían notar cambios en su comportamiento y unas ojeras que la hacía ver evidentemente cansada.
-Señorita Saori, no entiendo cómo puede tener sueño cada mañana, si todos los días se va a dormir temprano.
-No preguntes tonterías Mii, ¿Que más tengo en la agenda de hoy?
Preguntó sin atender a la respuesta de su asistente.
Las visitas al Santuario continuaron, así como el romance que había nacido entre Saga y Saori, y se hizo costumbre de la pelilila despedirse con las mismas palabras de la nota dejada en su primera vez.
Pero las promesas de amor no siempre son perfectas.
-¿Que te sucede amor? -preguntó Saori preocupada mientras estaba recostada en el regazo de Saga- Hoy te noto diferente. De hecho últimamente, no solo hoy.
-No es nada -respondió distraído- solo me duele la cabeza.
-¿Quieres que te consiga una aspirina
-No, no es la clase de dolor que se va con una pastilla. Es uno que ha ido y venido desde que tengo memoria.
-¿A que te refieres?
El peliazul parecía atormentado más que por una migraña.
-Saori… Quiero que sepas que yo… Yo jamás te haré daño. Jamás permitiré que eso pase, aunque tenga que dar mi vida para evitarlo.
-Saga ¿por que me dices esto? Me estas asustando.
-Será mejor que te vayas. Tengo que encargarme de algo.
-Pero…
-¡Por favor, Saori!
Al ver que su amado realmente estaba pasando por un problema que ella desconocía, decidió darle el espacio que le pedía. Ya vería como lo ayudaba la siguiente noche, por lo que se despidió.
-Hasta mañana…
-Siempre seré tuyo -terminó Saga la frase, antes de que la pelilila lo hiciera- Te amo.
El día transcurrió a cuentagotas, con la preocupación de la chica que deseaba resolver lo que parecía que Saga tenía pendiente. En cuanto la noche se asomó, corrió a su recámara con una excusa, esperando poder dormirse rápido y ver a Saga.
Intentó dormir por varias horas sin éxito y cuando por fin lo consiguió, el sueño no sucedió. Por días trató y trató, incluso a base de pastillas para dormir, tisanas y otros remedios pero nada funcionó.
Deprimida y sin entender lo que había sucedido, quienes estaban a su alrededor se encargaron de hacerla salir de su caparazón para cumplir con sus deberes, pues el torneo galáctico estaba a la vuelta de la esquina.
Saori continuó, cada día buscando la fuerza para no derrumbarse en dudas y confusión, pero aquella calidez se había apagado.
Los hechos sucedieron uno tras otro, sin darle tregua para detenerse mucho a pensar. Ahora tenía más que una fundación a su cargo, tenía una batalla que pelear contra el que la quería muerta.
Cuando el avión aterrizó, reconoció los paisajes, pero antes de darse cuenta, se encontraba al borde de la muerte. A pesar de todo, en aquel sufrimiento, podía sentir a Saga cerca. Quería vivir para volver a verlo, quería que todo aquello terminara cuanto antes.
Las llamas del reloj de fuego se esfumaron y el escudo de Athena le devolvió la consciencia. Corrió. Preocupada por sus compañeros pero impaciente por encontrar a su amor. Y él estaba ahí, esperándola. Casi no lo reconoce con el cabello grisáceo y justo antes de que el mal que vivía en él, le hiciera daño, Saga se atravesó el corazón.
Saori lo tomó en sus brazos, comprendió que pasaría el resto de su vida esperando, eternamente como el sol, para volver a vivir un momento a su lado. El tiempo se resbalaba de entre sus dedos como la arena de un reloj.
-Athena yo… Jamás quise hacerte daño.
-Te creo Saga. El secreto está a salvo conmigo.
-Te amo Saori
Ella lo estrechó con todas sus fuerzas, dejando caer sus lagrimas sobre él.
-Hasta mañana Saga, siempre sé mío.
Bueno esta idea salio de repente y quise sacarla en algo rápido pero con sentimiento.
Espero haya sido buena lectura.
