¡Muy buenas a todos! Después de tanto tiempo sin subir nada por fin traigo un fanfic, nuevamente de mi OTP: ¡SpUk! Esta historia tiene mucho recorrido, comencé a escribirla hace ya unos años y desde entonces ha ido evolucionando. La idea me llegó cuando escuché la canción Missing de Evanescence y, a partir de ahí, ya no dejó mi cabeza. También tomé inspiración de los tres doujinshis Blood Wedding, ya que la premisa es bastante parecida y siempre me han gustado este tipo de temáticas. Por último, la idea clave de la historia es "las locuras que hacemos por amor".
Este fanfic es la pieza escrita más larga que he creado y ha sido bastante personal para mí, ya que me lo he acabado tomando como un regalo para mi pareja favorita, que tantos buenos ratos me ha hecho pasar. No sé si seguiré escribiendo más historias sobre ellos dos, por eso si esta es mi despedida creo que he quedado bastante satisfecha.
Sé que el fandom ha quedado muy reducido y que no es tan activo como antes. Teniendo en cuenta además que esta es una de las parejas menos populares, quizás no encuentre mucha gente que lea esta historia, pero si eres una de esas personas que ha acabado topándose con este fanfic, solo me queda decirte que espero que lo disfrutes y que agradeceré si quieres dejar algún review para compartir tus impresiones. Espero que volvamos a vernos pronto, querido lector. ¡Besos!
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Missing
Entre la fina línea que separaba el sueño de la realidad y con los párpados casi abiertos, no sabía por qué, su mente divagaba entre una amalgama de pensamientos que, sin embargo, estaban perfectamente hilados. A cada pregunta, su respuesta. Él solo quería dormir o despertarse, pero no podía salir de aquel extraño estado de la mente que mantenía su cuerpo preso. Se sentía tan cansado.
—It doesn't matter…
Creyó oírse así mismo murmurar. Sintió el roce de los labios secos al formar las palabras.
It doesn't matter, it doesn't matter… su cabeza no podía parar de repetirlo. La fiesta, mañana, la fiesta… mañana había una fiesta en su casa, casi lo olvidaba… ¿había comprado todo? Su corazón empezó a latir con fuerza al pensar que podía haberse olvidado de algo y eso le ayudo a abrir finalmente los ojos.
La luz le sorprendió, cerrando su iris. Era de día después de todo… dejó el aire salir junto a un quejido y se apoyó sobre su codo para incorporarse. Buscó el móvil con la mano tanteando entre las sábanas y dio con él. Tenía la pequeña luz verde parpadeando por las notificaciones. Aquello significaba nuevos mensajes de WhatsApp, en concreto del grupo que tenía con el resto de países europeos. Ni qué decir que se arrepentía cada día de haber accedido a entrar en tan heterogéneo grupo…
Deslizó el pulgar por la pantalla sin pararse a leer los mensajes, seguramente estarían todos hablando de la fiesta… casualmente el último y más reciente era uno de España. Simplemente se trataba de un par de emoticonos pero su corazón dio un vuelco sin quererlo. Se quedó mirando un poco más aquel mensaje para ver si mandaba algo más, pero la conversación no daba juego a que siguiera… quizás, si él escribía algo… suspiró.
—Qué más da.
Dejó el móvil sobre la cama ignorando el sentimiento de patetismo que le había invadido. Lo tenía comprado todo, no tenía de qué preocuparse. Echó las cortinas y se tumbó de nuevo en la cama intentando dormir.
Su lengua estaba ya tan acostumbrado al amargo alcohol que apenas notó nada cuando uno de los tantos tragos de su copa le pasó por el gaznate. Qué frío estaba y qué bien le sabía. Copa en mano y mirada indirecta hacia el grupo de gente que parloteaba sin parar, de muchas chorradas, suponía. Había estado allí momentos antes pero se había acabado yendo a causa de un decaimiento propio causado por la bebida al que ya estaba sobradamente acostumbrado. Cuando bebía no había respuesta acertada, o se sentía solo o se sentía eufórico, dependiendo de la noche, pero no del brebaje.
Aquella era una de las noches de melancolía. De "déjame en paz, que quiero estar solo", una frase que soltaba sin dolor ni fuerza y que no esperaba que hiriera los sentimientos del que había preguntado. Simplemente quería estar solo porque le gustaba en ese momento, porque le sabía bien darle mil vueltas a las cosas y mirar desde la distancia a unas personas que le caían bien pero con las que no quería hablar. Al menos en ese momento.
Y justo en aquel instante estaba pensando en aquello, en que no debería alejarse del grupo a pesar de la condición en la que estaba. Odiaba aquello. Era tan raro estar borracho pero no lo suficiente como para perder la consciencia de sus pensamientos. Y encima pensaba todo correctamente, con lógica, como si fuera a escribir un libro. Cada pensamiento era una palabra hermosa. Y después un hermoso poema que iba derivando en la falta de amor o cariño o sexo… el anhelo por el calor de otro ser humano.
Cosa rara porque si algo sobraba en aquella fiesta era el calor. Demasiada gente, demasiado alcohol. Se estaba abrasando y no sabía por cuál de las dos era. Suponía que por el alcohol, y miró a su copa consecuente. Le hizo gracia por un segundo y al segundo siguiente volvió a estar serio. Miró sin expresión la sala que se extendía, las caras de las personas. A Bélgica riendo, a Francia bailando, a Prusia sobando… ah, qué paz sentía en ese momento. Era como si todo estuviese en su lugar.
Volvió a beber un sorbo. El disfraz que llevaba era un poco raro, algo antiguo, la verdad. Se había quedado sin tiempo entre unas cosas y otras y había cogido lo más antiguo que tenía en su desván, casi una pieza de coleccionista, algo que a los museos no les habría importado mostrar. Un perfecto atuendo de príncipe europeo del siglo… ¿de qué siglo? Se puso a contar con los dedos pero no atinó. Estaba pensando que seguro que se acordaría a la mañana siguiente así que no importaba. El disfraz estaba bien, no era cutre y le sentaba como un guante. Estaba satisfecho.
—A ver… Francia va de Drácula, Alemania va de gladiador, Estados Unidos del Joker… —se puso a contar señalando discretamente y notando la boca pastosa al hablar.
Era extraño oírse a uno mismo cuando se estaba borracho. Ahora que lo pensaba, ¿había bebido tanto? Qué va, seguramente solo estaba contento, y eso era bueno. La felicidad era muy importante… pero también era verdad que no se acordaba de lo que había bebido, y eso también era importante… fue a moverse y sin querer tropezó con alguien, chocándose en su pecho.
—Ah, perdona Inglaterra… —murmuró el individuo apoyándose en sus hombros.
Antonio alzó la mirada y se encontró con el rojo rostro del rubio. Vaya, era verdad, ahora se acordaba de que la fiesta la había organizado Inglaterra. Claro, cómo él fue el que inventó Halloween. Halloween…
—O-oye. ¿Nunca has pensado en lo rara que es la palabra Halloween? Quiero decir, ¿qué significa siquiera? Halloween. No tiene ningún sentido —se puso a reír como si no hubiera un mañana. Realmente era una palabra la mar de extraña y aquello le hacía mucha gracia.
—Bueno, en inglés tiene más sentido…
—Ah, claro, claro… —paró de reír en el instante en que cayó en eso. —Perdona, perdona.
—Mm… ¿estás bien, Antonio? ¿No habrás bebido demasiado, no? —le preguntó separándolo y agarrándole de los hombros para verle la cara mejor.
—¿Yo? Pueeeeeees, no creo, no. ¿O sí? No, no lo sé, Inglaterra, la verdad. ¿Pa… para qué me preguntas cosas tan difíciles? Ah, pero te has preocupado por mí. Eso, eso te lo agradezco yo. Que sí hombre, que buen tío eres, joder, dame un abrazo —el moreno procedió a pasarle los brazos por los hombros y se pegó a él.
Inglaterra lo dejó estar y le agarró también, pasándole los brazos casi en un roce.
—Ahhh, qué calentito estás, Inglaterra… —murmuró sobre su hombro con una sonrisa de bobo.
—Me parece que sí has bebido bastante… —comentó con suavidad.
—El que ha bebido mucho has sido tú, que me estás abrazando sin poner pegas —se dispuso a soltar una larga carcajada.
Arthur no dijo nada pero Antonio supuso que su expresión sería de desaprobación y vergüenza.
—Venga, venga, que era una broma. Yo que sé, como los de arribas sois tanto del "ay, el contacto físico, que no toquen mi burbuja"—volvió a reírse sobre su hombro imitando una mala voz.
Inglaterra se quedó escuchando sus tonterías de borracho con una sonrisa en la boca. Pensó que mejor sería apartarse de él antes de que más gente viera cómo se abrazaban.
—Tú eres el que siempre acaba atacando mi espacio personal. Tendré que defenderme de alguna forma —comentó jocoso ya más separado.
La cara de Antonio se puso seria y miró el suelo.
—Pues tienes razón. Es que eres tan achuchable cuando te dejas. El resto del tiempo eres un mamón pero cuando estoy borracho no me lo pareces tanto.
Inglaterra se molestó y torció el gesto por el insulto gratuito pero no dijo nada.
—Bueno pues te dejo —le soltó y vio cómo Antonio volaba hacia la pista de baile a reunirse con sus amigos. Parecía un niño pequeño.
Apenas era la una de la madrugada cuando la fiesta empezó, caras cubiertas por máscaras, maquillaje barato, lentillas de color, apariciones fantasmagóricas, leyendas famosas y folclore se mezclaron en el salón del castillo de Inglaterra, un lugar perfecto que había elegido para la ocasión. El castillo era del siglo XV, una posesión suya y solamente suya, de uso personal y nostálgico que pensó le había venido como anillo al dedo. Aquel año quería celebrar Halloween a lo grande y creyó haberlo conseguido. El castillo sólo conseguía traer aquel toque inmortal y antiguo de lo que debía ser Halloween. Aunque ningún fantasma se había pronunciado, lo que le desilusionó bastante.
Pero a él poco le importaban en ese momento los fantasmas y las brujas. Estaba completamente rojo y se había llevado la mano a la boca para ocultar la sonrisa. España le había abrazado… estaba tan feliz. En aquel instante todavía sentía el calor de su cuerpo. No sabía por qué, pero Antonio había cogido la costumbre de hablar con él cuando estaba borracho y aquello le encantaba. De hecho, había duplicado su número de atención a eventos y fiestas sólo por ello. La posibilidad de estar más cerca de él, de hablarle, aunque él estuviera borracho, no le diera importancia y probablemente no se acordara de aquello a la mañana siguiente, era como un sueño…
Continuó moviéndose por los distintos círculos de la fiesta, hablando con todos aquellos que se habían molestado en ir. Los países parecían muy entusiastas y había muchos de ellos que se habían esmerados en sus trajes. China y Japón habían asistido disfrazados de espectros tradicionales de su cultura, se notaba el mimo que habían puesto en los trajes. Halloween simplemente le encantaba, se sentía como un niño, y celebrar la fiesta él mismo era ya una tradición que se repetía año tras año.
Había bebida, había comida, un dj, y al pasar las horas la cosa se iba animando. En el hueco que había dejado para la pista de baile todos se encontraban bailando. De hecho, encontró a Antonio entre la multitud dándolo todo. Se rio sin querer al verle bailar. Si antes estaba borracho entonces ahora no sabría ni cómo describirlo. Al menos Francis le estaba echando un ojo. Se echó en la pared y descansó, dejando que las luces estridentes le dieran en la cara y que sus taponados oídos ignorasen la música, escuchando sólo sus pensamientos.
Desde cuándo… ¿desde cuándo le había empezado a gustar España? No lo sabía con exactitud pero era una cosa que no terminaba de comprender… simplemente había pasado. Quizá fue una conversación, o una mirada, o un gesto… pero desde ese momento no podía dejar de pensar en él. Le daba vergüenza hablarle, le daba vergüenza mirarle. Por eso cuando Antonio estaba borracho aprovechaba y le escuchaba atentamente, le hablaba de manera normal, siendo aquella la única conversación que podía tener con él. Se mordió el labio. Se avergonzaba solo de escucharse. Idiota.
Suspiró. Anhelaba tanto el poder dar dos pasos y reunirse junto a él. Bailar con él. Hablarle. Pero no podía. Ciertamente, no podía. Bebió otro sorbo más y vio a Bélgica sola. Se acercó a ella y los dos empezaron a bailar. Con ella no le daba tanta vergüenza, además el alcohol siempre le hacía perder casi todas las inhibiciones que tenía. Pasó por alto la mirada asesina que le mandaba su hermano. La chiquilla le sonreía alegre sin prestar atención a aquello, algo a lo que estaría más que acostumbrada, seguramente.
Cuando terminó de bailar con ella se dirigió al banquete de comida y estuvo charlando allí con distintas personas que no eran países. Muchos eran embajadores simplemente, gente cercana que sabía quiénes eran y con la que se llevaban bien. La comida se mantenía caliente y había contratado a un catering que hacía un poco de todo, pero la estrella era los dulces con diferentes formas asociadas a la fiesta, como calaveras, fantasmas, calabazas, brujitas…
Notaba como las burbujas del alcohol chispeaban en su cerebro, haciéndole más sociable. Tampoco había bebido tanto, sin embargo. Solo lo justo. No sabía la hora que era pero volvió a retirar la vista hacia la pista para encontrar a España de nuevo, en peor estado, bailando más, y hablando con un grupo de tres chicas que le devoraban con la mirada. No pudo evitar sentir envidia, y se obligó a sí mismo a retirar la mirada, dando otro trago a la copa.
Era verdad. Aunque no sabía medir el tiempo sabía medir la intensidad. España había llegado a ocupar un lugar demasiado preciado en sus pensamientos y no sabía por qué. Bueno, quería decir, ¿sabía alguien por qué se enamoraba de otra persona? Aquello era normal, se le pasaría, pero… él sabía muy bien lo que daría por pasar la noche con Antonio. Por cambiar la relación que tenía con Antonio. Por poder tocarle. Se preguntaba… se preguntaba lo que pensaría de él. Agrió el gesto al contestarse él solo. Podía hacerse una idea perfecta de lo que opinaba de él, pero cómo dolía pensarlo.
Dejó la copa en una mesa apartada, el alcohol le estaba volviendo sentimental. Se cruzó de brazos e intentó apartar aquellas ideas de su cabeza. Podía haber sido tan fácil… tan, tan fácil… Habían estado casados, habían luchado juntos. Habían tenido tantos momentos y los habían desaprovechado todos. Y ahora… era imposible. Suspiró y sintió otra vez ese dolor en el pecho. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que pensar en esas cosas ahora? No tenía sentido. El pasado jamás volvería.
—Ugh… —se quejó sin dar más importancia al tema.
Menos mal que había dejado de beber ya, se sentía borracho. En serio, ¿qué hacía diciendo esas cosas? No era ningún crío, ya sabía cómo funcionaba todo eso. Dejaría a España tranquilo y esperaría a que sus sentimientos murieran. Luego los enterraría profundo y con suerte no volverían a salir jamás. Tomó aire. Eso era lo que quería, ningún sentimiento por nadie, un corazón que sólo se preocupara por él y solamente de él. Sin embargo, España se le acercaba.
Venía andando y le miraba directo, serio. Antes de que se diera cuenta le estaba abrazando otra vez.
—Pero qué haces… —dijo un poco sorprendido.
—Abrazarte. Parecías tan solo aquí. No sé.
—Ya sabes lo que opino de esta cercanía. Tú mismo has dicho antes lo del contacto físico.
—Puf, Inglaterra, no, no te entiendo si usas palabras como esas. Solo quiero… quedarme aquí un momento.
Arthur inclinó levemente la vista para verle mejor. Tenía a Antonio acurrucado en su pecho. La tentación de abrazarlo era demasiado grande. ¿No podía, simplemente, colocar una mano sobre su cabeza? ¿Acariciarle el pelo? ¿Decirle algo bonito, para variar? Arthur cerró los ojos y frunció el ceño. La gente los vería y comenzaría a hablar. No podía hacer lo que quería. Sentía que le apresaban unas pesadas cadenas. Pero… ¿y si se lo dijera? ¿Y si le decía de verdad lo que sentía? Tragó saliva. Su corazón se había adelantado a sus actos y ya saltaba disparado en su pecho, como si siguiera el ritmo de la música. Antonio se daría cuenta y…
—Me voy.
—¿Qué?
Vio cómo Antonio se contradijo en un segundo y se separaba de él. Se encaminó a las escaleras de abajo, las que llevaban a las bodegas del castillo.
—Pero qué… ¡España!
Miró el reloj. Eran las cinco de la mañana. España le había ignorado y seguía su camino. Le vio desaparecer tomando una curva y se preocupó bastante. Estando tan borracho… podía ser peligroso dejarlo ir solo.
Siguió la misma estela que él y pronto se unió a su paso Francia, que también había visto como su amigo desaparecía misteriosamente de la habitación para irse a dar un paseo solo.
—Está bastante borracho y esas escaleras son empinadas, me da miedo que le pueda pasar algo —le comentó al francés mientras ambos aligeraban el paso.
La música pasó a ser secundaria y pronto sólo vieron a la piedra retorciéndose en una escalera de caracol que ambos bajaron con más prisa de la que deberían.
-¡Antonio! —llamó el francés.
Pero no hubo respuesta. La estructura se abrió y los escalones, aunque interminables, se hicieron más grandes al igual que las intersecciones entre escaleras. De esa forma lo vieron, bajando con prisa y despreocupación.
—¡Antonio! —volvió a llamar Francis.
Arthur contuvo la respiración. No creía que fuera a pasar nada pero cuando doblaron la siguiente esquina y atraparon el segundo en que España tropezó, el corazón se le paró. Antonio había caído por una de las largas escaleras, golpeándose el cuerpo y últimamente la cabeza contra la dura y fría piedra. Y allí se había quedado, inmóvil, sin quejarse. De hecho, ni siquiera había abierto los ojos.
Ambos se apresuraron y perdieron la calma cuando sus ojos distinguieron el inconfundible rojo de la sangre brotar de la cabeza del castaño. Arthur se llevó la mano a la boca, intentando que el alma no se le escapara.
—¡Antonio‼
Francis bajó corriendo en su ayuda. Arthur no podía dejar de observar su cuerpo petrificado, víctima de aquella caída. Se preguntó cuán dura era la piedra, cómo de grave había sido la caída, intentando parar su memoria como si fuera una réplica de stop motion y pudiera analizar cada fotograma. Estaba… ¿Estaba Antonio…? Su propia respiración le retumbó en los oídos. La cabeza le daba vueltas.
—Está bien, respira, sólo se ha dado un golpe —a Francis le temblaba la voz mientras lo sujetaba.
—¿Qu-, qué, qué hacemos…? —balbuceó Arthur mientras se acercaba esta vez sí al cuerpo de Antonio y tocaba con la palma de su mano el lugar en el que latía su corazón, respirando aliviado.
—Llamar a una ambulancia, qué vamos a hacer… —abrazó aún más fuerte el cuerpo de su amigo.
Arthur comenzó a marcar los números con manos temblorosas y se odió por ello. No podía tener las manos quietas y se equivocó al menos tres veces. Al contactar con el equipo de ayuda le tembló la voz y casi no recordó la dirección que tenía que dar, pero finalmente pudo decirles donde se encontraban y esperó que pudieran venir lo antes posible.
Sus ojos aún estaban húmedos cuando inconscientemente arrebató su cuerpo de entre los brazos de Francia, apretándolo contra el suyo y dándole su calor. Francis le observó, casi aturdido, y observó la mirada resentida y oscura que poseía Inglaterra en aquel momento. Al menos el corazón de España latía y sus pulmones respiraban. Había sido un golpe fuerte pero la sangre había dejado de caer y se había secado. Quizá no había que preocuparse tanto.
—Inglaterra… tranquilízate… —le dijo calmado al escuchar la respiración profunda que tenía. El pobre no podía ni hablar.
—Coge mi móvil.
Francis le hizo caso y marcó el número que le había dicho. Se trataba de un médico privado que residía en una ciudad cerca de allí. El hombre no tardaría más de quince minutos en llegar e Inglaterra le había asegurado que se trataba de uno de los mejores en su campo.
—Francis, vamos a llevarlo mientras a mi cuarto.
El rubio asintió pero le cuestionó al ver la dirección en la que se dirigía.
—¿Por esas escaleras?
—Sí, así evitaremos la conmoción de todos. Por ahora es mejor que esto lo sepamos sólo nosotros dos.
El rubio volvió a asentir, de acuerdo con él, y se encaminaron a los aposentos de Inglaterra que eran igual a cualquier decorado de serie histórica de alto presupuesto. Casi parecía que los siglos no habían pasado por aquel castillo. No le pasó desapercibido la ternura y el cuidado con el que dejó el cuerpo inconsciente de España en la cama. La cara de preocupación que tenía era increíble.
—Inglaterra… estoy seguro de que no le pasa nada. Ha sido un mal golpe, ya está.
—Francis… ha sido un golpe muy fuerte. Se ha dado en la cabeza con la piedra. Le ha salido sangre, cómo no-
—Vale, escúchame, así no vas a conseguir nada. Sólo reza para que llegue el doctor y entonces después podemos preocuparnos.
Francis volvió a acercarse a España para tomarle el pulso y comprobar que estaba bien. Pocos minutos después el doctor se había encaminado hacia aquella estancia, llamando a la puerta y entrando.
Era un hombre calvo y con gafas que aún conservaba cierto pelo en las sienes. Se sentó al lado del cuerpo de Antonio y fue formulando varias preguntas. Se notaba que era el médico privado de Inglaterra por la confidencialidad del discurso y lo poco que intentaba meter las narices en sus asuntos. Francia se preguntó si al médico se le pasó por la cabeza que habían intentado matar a su amigo. La sangre fría que tendría aquel sujeto le hizo sentir un escalofrío.
A pesar de todo, se le veía bastante profesional y fue realizando un chequeo rápido y conciso de su cuerpo, todo esto mientras Arthur se cruzaba de brazos como una estatua de mármol, frunciendo el entrecejo. El doctor empezó a limpiar y curar la herida que tenía Antonio.
Se quedaron los tres allí durante mucho tiempo, tanto que pasó una hora y Francia ni se dio cuenta de que ya eran las seis. La gente se iba y seguramente se estarían preguntando dónde estaban o qué hacían. Quizá hasta estarían buscándolos.
—Arthur, son las seis —dijo mostrándole el reloj y con una cara que parecía preguntarle: ¿qué hacemos?
Inglaterra le miró serio y pensó por un momento.
—Francis, necesito que vayas abajo, reúnas a todos los que hayan venido a la fiesta y los vayas despachando uno a uno. Nadie se puede enterar de esto. Cuando termines ven a verme, quizá para entonces el doctor haya dado un veredicto.
Francis asintió e hizo como le había mandado.
La puerta se cerró e Inglaterra se sintió solo. Por qué. Por qué le pasaba esto a él. Por qué España había sido tan idiota, tan gilipollas de tirarse por unas escaleras, de darse en la cabeza con la maldita piedra. ¿Es que era la primera vez que se emborrachaba? ¿Es que tenía quince años? Una rabia incontrolable le corrió por las venas y maldijo su mala suerte. Verle allí tumbado y con los ojos cerrados le mataba. Saber que el accidente podía haber sido por su culpa le mataba. En su castillo, en su fiesta, habiendo hablado con él por última vez… no podía dejar de torturarse.
Observó impaciente el chequeo molestamente silencioso del doctor. Le tenía mucha confianza, pero… podría decirle algo. Estaba tan serio como siempre pero lo tomó como una mala señal.
A la media hora terminó y, quitándose el estetoscopio, se levantó de la cama. El cuerpo de Arthur dio un brinco involuntario y esperó la valoración del médico.
—El golpe ha sido grave. El impacto ha ocurrido en una parte de la cabeza bastante desafortunada y he de decirte que no estoy muy seguro del resultado que va a causar. Sus constantes están bien, no hay ningún otro daño físico aparte de un par de moratones, la herida está curada, no hay problemas internos…
—¿Entonces qué? —preguntó preocupado.
El doctor suspiró y a través de sus pequeños ojos pudo adivinar que la noticia que venía no le iba a gustar.
—No puedo asegurártelo, pero todo indica a una pérdida de memoria —Inglaterra contuvo el aliento. —Lo que no puedo saber con certeza es la gravedad. Puede que al final no sea nada, pero hasta que no despierte no sabremos la profundidad del problema.
Se quedaron los dos así, en silencio y mirándose, hasta que el médico se dio la vuelta para recoger su maletín.
—Escúchame —dijo acercándose a él y apretándole el brazo—, tengo que irme pero avísame en cuanto abra los ojos. Es muy importante que lo hagas de inmediato para averiguar si debemos preocuparnos o no. Por ahora, déjale descansar.
Arthur ni le miró. Se quedó observando el suelo y oyó la puerta al cerrarse. Antonio estaba allí, inerte sobre una cama y podría ser que hubiera perdido la memoria. ¿Cuánta memoria…? Se llevó una mano a la cabeza. Aquello no podía estar pasando. Definitivamente, era un sueño. Seguro, seguro que Antonio despertaría de un momento a otro y haría otra de sus preguntas tontas. Sí, el golpe sólo habría sido un susto y recordaría todo perfectamente. Estaba seguro de ello. Sólo tenía que esperar. Esperar a su lado a que despertara.
En ese momento Francis llamó a la puerta y le dejó pasar.
—¿Ya se ha ido el doctor? Dime, ¿qué te ha dicho? —le espetó agarrándole de los hombros.
Arthur le miró con los ojos muy abiertos y sin decir palabra.
—¡Vamos, dime! —le zarandeó.
Arthur volvió a llevar la mirada al suelo.
—Ha dicho… que no está seguro, pero… puede que España… puede que Antonio tenga pérdidas de memoria… —aquello último lo susurró en una voz tan baja que Francis rezó por haberse equivocado al oírle.
—¿Qué? ¿Pérdidas de memoria? Pero eso es imposible, Arthur ese doctor debe de ser cualquier mindundi que-
—Es uno de los mejores doctores de Inglaterra… —murmuró sin emoción.
—Pero… pero…
Francis dejó caer los brazos, posando sus ojos sobre el cuerpo de España. Se quedaron en silencio y reflexionaron sobre el significado de aquellas palabras.
—No… me niego a creer que eso vaya siquiera a pasar y, si llega a pasar seguramente sólo se olvidará de este día. De todas formas tampoco se iba a acordar con lo que ha bebido —sonrió apenado. —Lo máximo que puede olvidar es esta semana. Estoy seguro. Pondría la mano en el fuego por ello.
Arthur le miró queriendo creer en esas palabras y los ojos se le iluminaron con esperanza.
—Escúchame, Francis. Deja que Antonio se quede aquí y vete a tu casa —Arthur cambió su expresión a una más seria y convincente y se cruzó de brazos.
—No puedo dejarle aquí.
—Estará en buenas manos. El médico me ha dicho que le avise cuando se despierte y ahora mismo no está para montarlo en un avión y llevarlo a ninguna parte.
Francis le miró preocupado.
—Te prometo que voy a cuidar de él —susurró en un tono más serio.
Se le veía honesto en sus palabras pero tras momentos de sopesarlo Francis seguía con las mismas dudas.
—Oye. No se puede enterar nadie. Yo cuidaré de España. Tú tienes que ir mañana a la cumbre de las Naciones Unidas, necesito que nos excuses a los dos sin relacionarnos. ¿Harás eso por mí, Francis?
El rubio le devolvió la mirada aún no del todo convencido pero acabó asintiendo.
—Está bien, pero cuídalo bien, por favor. Y por Dios te lo pido, llámame cuando despierte y dime lo que haya dictaminado ese dichoso médico —dijo con preocupación.
—Te lo prometo.
Así pues Francis le dirigió una última mirada a Antonio y salió de la habitación, dejándolos solos a los dos en aquel inmenso y antiguo castillo que se preguntaba cómo no ponía los pelos de punta a Arthur.
Qué silencio… sepulcral, grueso y casi místico. Aquella habitación parecía un mal sueño. O un extraño recuerdo del pasado. ¿Habrían estado por casualidad los dos allí antes y no se había dado cuenta? Inútilmente intentó distraerse con pensamientos inocentes que no dañaran la poca calma que le quedaba. Lentamente se sentó en la antigua silla que había al frente de la cama, y apoyando la barbilla entre los dedos entrelazados concentró toda su atención en España.
Qué… ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Cuánto tiempo tendría que esperar? Aquellas incertidumbres que surgían como brotes le enojaron y las acalló en un momento. Aquello no era propio de él. Realmente no tenía nada más que hacer, por mucho que intentara mantenerse ocupado. A quién quería engañar. No había pasado ni media hora y ya esperaba que Antonio abriese los ojos. Había oído de pacientes en coma que no despertaban en años… ¡pero aquel no era su caso! Se dirigió a su vera enfadado consigo mismo y miró su rostro. Totalmente pacífico. En blanco. Antonio parecía un príncipe yaciente, casi sacado de un cuento. Tenía los labios entreabiertos.
Una profunda tristeza le embargaba y se echó junto a él en el lecho. Cogió su mano y cerró los ojos. Todo el agotamiento de una noche en vela se le echaba encima como un alud. Olía la colonia de Antonio. Aquello le reconfortaba tanto. La habitación permanecía en una oscuridad ligera como el aire y Arthur temía lo que el amanecer de un nuevo día pudiera traer con él. Apretó su mano más fuerte. No veía nada. Si de verdad España no despertaba por su culpa… si de verdad Antonio no le recordaba…
El Sol aparecía por el este. Eran las siete de la mañana en Inglaterra. Un rayo de luz se coló en la habitación seguido poco después por otro y otro más, cada vez menos tímidos y cada vez más dorados. Inglaterra despertó. Algo le estaba apretando la mano. Al desviar la mirada hacia aquel punto vio como unos dedos se entrelazaban con los suyos y se volvían a separar, no muy seguros de qué hacer. Arthur recordó dónde estaba y lo que significaba aquello y su cuerpo fue sacudido por la emoción.
Le miró. En su cara empezaron a aparecer las pequeñas arrugas de la expresión. Antonio apretó los ojos antes de abrirlos con lentitud, como si despertara de un sueño de hacía cien años. Sus dedos habían agarrado los suyos. Los ojos verdes y brillantes mostraban la misma inteligencia y vivacidad que siempre, y aquello alivió el corazón de Inglaterra.
España se incorporó un poco más, echando la espalda sobre el respaldo de la regia cama. En ese instante, su mirada vagó por las cuatro esquinas de la habitación hasta posarse en los ojos de Arthur. Se veía confundido.
—Dónde… ¿dónde estoy? —preguntó con una voz mucho más baja de lo habitual.
Arthur ignoró aquella pregunta y acercándose un poco más a él, preguntó:
—¿Me reconoces? ¿Sabes quién soy?
Antonio se fijó en los ojos expectantes del rubio; le llamó la atención. Ciertamente conocía a aquel chico. Lo había visto, sin duda, miles de veces, en cientos de sitios y contextos diferentes. Lo recordaba de una forma y al segundo siguiente de otra pero al verlo allí, en aquella habitación y con aquel ropaje, supo inmediatamente quién era.
—Tú… eres Arthur.
El susodicho sonrió de felicidad quitándose un enorme peso de encima.
—Gracias a Dios… —suspiró mucho más calmado, así que le reconocía después de todo. No había sido nada grave, sólo una caída normal, y él se había preocupado tanto para eso… —Dime, ¿en qué año estamos? —preguntó para asegurarse.
—En qué año… —murmuró el castaño alzando una ceja y bajando la vista hacía las exquisitas telas. —La verdad, no lo sé… —le dolía tanto la cabeza.
Arthur tragó saliva pero se mantuvo firme por no entrar en pánico otra vez.
—B-Bueno, al menos sabrás en qué siglo vivimos… —dijo hasta con una sonrisa.
—Por supuesto —le miró con confianza y seguridad. —Vivimos en el siglo XVI de Nuestro Señor.
Arthur creyó por un momento haberse equivocado al oírle, pero pronto se dio cuenta de que no. La boca se le abrió instintivamente y cerró su mano sobre la de España con tensión. Aquello era una broma. Seguro. Se estaba quedando con él después de todo por lo que había pasado, qué sinvergüenza.
—Arthur, ¿estás bien?
Antonio llevó su mano libre al rostro del rubio y le acarició con ternura. Su cara por alguna razón parecía tener una expresión más infantil y joven, unos ojos cargados de cariño y una sonrisa amable y tierna. Se quedó petrificado al sentir su mano en la mejilla. Cuántas veces había deseado que España le mirara así.
Entendió, como si le hubiera caído un rayo, el porqué de aquel gesto. Si España le trataba así era porque creía que vivía en pleno siglo XVI, y en el siglo XVI Antonio y él habían estado casados por no mucho tiempo. Poco antes de que todo se torciera y entraran en guerra… Probablemente las ropas que llevaban y el sitio en el que se encontraban solo habían propiciado que el cerebro de España asociara la época a aquel lugar.
—Arthur —Antonio le llamó, con la misma expresión que portaba todos los días. Le resultó tan extraño.
El moreno retiró la mano, dubitativo, y la cerró, cambiando su dulce mirada por una de sospecha. De repente se sintió muy confundido, casi cómo antes y de nuevo perdió la identidad del extraño que se encontraba frente a él.
—Eres… ¿eres Arthur? Dime, quién eres —el moreno alzó ligeramente el tono de voz, exigiéndoselo.
Arthur vio en aquel momento como la vida le había arrebatado en un segundo el gesto más dulce que había recibido en años. Su mente había sido contaminada por un pensamiento demencial, definitivamente sacado de la locura. Tenía tanto miedo pero tanta impulsividad a la vez por hacer aquello que se le había pasado por la cabeza… era como una bendición de Dios, o como una tentación del diablo.
Él quería a España. Le quería de verdad. Hacía ya tiempo que lo sentía, no podía evitarlo. Con extraña decisión, alargó la mano acariciando la mejilla del desconfiado rostro del moreno, recreándose en el placer de poder tocarle como tanto tiempo había estado deseando… le miró a los ojos con ternura y se permitió el lujo de pintar una débil sonrisa en sus labios. No le tembló la voz cuando lo dijo.
—Yo soy Arthur Kirkland, tu esposo.
El cuarto estaba ya totalmente iluminado. Arthur se estaba lavando las manos en la palangana con una extraña sensación en el cuerpo. No, la sensación estaba en el aire. Estaba como en trance, embobado con el ruido del agua al chocar con sus manos. Tenía la mente totalmente en blanco. España, que reposaba en la cama, se había dormido de nuevo debido al cansancio. Claro, España… sin quererlo su mente rememoró nuevamente aquella escena que había ocurrido unos minutos atrás.
Observó con satisfacción cómo la sonrisa y la confianza volvían al rostro del moreno. Sin embargo, pronto se desvanecieron para convertirse en una mueca de dolor.
—¡Agh! ¿Tienes una idea de por qué me duele tanto la cabeza? —se llevó la mano a la herida y Arthur dio un respingo.
Se quedó unos segundos en silencio.
—Te… caíste… del caballo. Antes.
Terminó la frase que había dicho con un tono de voz bastante robótico e intentó creerse lo que decía.
—¿Me caí del caballo?
—Sí. Fuimos de caza, como todos los fines de semana. Tu caballo se asustó por una alimaña del bosque que salió corriendo de la nada… estábamos todos muy preocupados, pensábamos que la herida era más grave.
Antonio se quedó callado, mirando a la nada. La confusión de su rostro alarmó a Inglaterra pero se mantuvo callado.
—No recuerdo haberme caído del caballo…
—Tranquilo, Bucéfalo está bien.
España le miró en el acto.
—¿Bucéfalo? Claro, la cacería… creo que ya me acuerdo.
Arthur midió su respiración, que se había desatado. Había sido todo un golpe de suerte acordarse del nombre del caballo de España en aquella época, pero aún más lo había sido que Antonio creyera esa memoria…
—¿Sabes? Lo mejor será que descanses. Prometo visitarte luego.
—Está bien.
Antonio asintió con una sonrisa y se echó en la cama, pensando en su caballo.
Arthur abrió los ojos. Tenía las manos con pequeñas arrugas por culpa del agua. Las secó, se aseguró de que España estaba durmiendo y salió de la habitación. Antes de dar un paso más, apoyó la espalda contra la puerta, intentando hacer un último llamamiento a la cordura. Aunque quizá era demasiado tarde. Lo único que le quedaba ahora era continuar adelante. Y tenía mucho que hacer.
Se terminó el último trozo de su cruasán y partió raudo a trabajar. Aquel día se había tomado la libertad de pararse a desayunar en una cafetería a pesar de que sabía las consecuencias de tiempo que le traería. Bueno, él siempre era partidario de permitirse un capricho de vez en cuando, sabía bien que la vida no era solamente trabajar ni mucho menos. Además, los países llevaban más que nadie la presión entera de una nación sobre sus hombros, estaba claro que llegar cinco minutos tarde a la reunión no era ningún pecado de Dios.
Así pues llegó al edificio y deslizándose con elegancia por los anchos pasillos abrió la puerta de la Sala 12 y buscó su sitio.
Suspiró. Ni un alma había notado su ausencia. Le guiñó un ojo a Bel y llevó su mirada hacia otra parte más importante, hacia el sitio de España. Confiaba ciegamente en que a pesar de la nula información de Inglaterra su amigo estuviera allí. Sin embargo, tuvo que morderse el interior de la boca cuando sus ojos se encontraron con un sitio vacío. Miró entonces hacia la derecha, donde tenía que estar sentado Inglaterra y… tampoco estaba.
Francis apretó el puño sobre la mesa. Aquello no le gustaba ni un pelo. De hecho, tenía los nervios a flor de piel. Ni un solo mensaje de Inglaterra y ninguno de los dos aparecían por allí. Salió de la sala sin importarle ya mucho que se fijaran o no en él y con rapidez marcó el número del rubio. Caminó sin rumbo mientras oía el familiar pitido del móvil tratando de conectar la llamada. Maldijo cuando Inglaterra le cortó tras un buen rato.
Metió la mano libre en el bolsillo y volvió a llamar, esta vez esperando una respuesta y rezando a Dios para que contestara. Escuchó lo que parecía una interminable secuencia de pitidos hasta comprobar con el último que no lo había cogido.
Otra vez le llamó, su mente inventando situaciones improbables, peligrosas y extrañas que le perturbaban. ¿Le habría pasado algo a España? ¿Le habría mentido Inglaterra? ¿Y si España…? Tragó saliva. Le había ignorado de nuevo.
A la cuarta vez, la voz femenina y robótica le informó que el móvil del usuario estaba apagado o fuera de cobertura.
Francis despegó el móvil de la oreja sin terminar de creérselo. ¿Habría pasado algo de verdad? ¿Por qué ese idiota de Inglaterra no le cogía el teléfono? Cambió de táctica y se comunicó con uno de los superiores de Inglaterra, preguntándole si había ido aquel día a trabajar. La respuesta fue negativa y él se disculpó por la llamada.
Apoyó la espalda en la pared. Se le estaba antojando un cigarro, y eso que él no fumaba. Abrió una de las ventanas para que le diera el aire y se apoyó en el marco. Volvió a revisar su lista de contactos, nervioso. Tan sólo quería saber si su amigo estaba bien, lo juraba, cuando viera a Inglaterra le iba a montar la de Dios…
Probó a mandarle WhatsApps, emails, a llamarle más veces… estuvo por tirar el móvil al suelo después de un buen rato de comunicaciones infructuosas. Probó a llamar al móvil de España, seguramente seguiría en aquel castillo. Con el corazón en un puño, esperó con paciencia oír la voz de alguien al otro lado de la línea, pero lo único que recibió fue otro pitido. Miró el móvil con incredulidad. Aquel hijo de puta de Inglaterra le había cortado la llamada…
—Joder, por qué no lo coges…
Francis decidió intentar calmarse. Seguramente se estaba montando él solo una película en la cabeza y España estaba bien. Habría despertado y estaría en un avión con Inglaterra, y por eso ocurría lo de las llamadas… estaba seguro. Cerró la ventana y volvió a la reunión.
Inglaterra se colocó sobre un escalón, distinguiéndose del numeroso grupo que se encontraba ante él. Vio algunas caras de desconcierto y otras de expectación, realmente no tenían muy claro a lo que habían ido allí y parte de culpa era de Inglaterra, pero en tan poco tiempo era lo mejor que había conseguido hacer. Y había reunido a bastante gente, al menos le daba para empezar. Se aclaró la voz.
—En primer lugar, gracias por haber venido. Sé que a muchos os habrá resultado difícil llegar por la falta de tiempo, pero sé que cada uno de vosotros estáis cualificados para este trabajo —dejó de lado la voz suave y aduladora y pasó a una más fuerte y autoritaria. —Supongo que algunos ya os habréis dado cuenta. Todos los que estáis aquí habéis sido llamados por vuestro talento actuando. Y una actuación es lo que quiero que hagáis.
Interrumpió su discurso cuando vio una de las manos alzarse. Suspiró con recato.
—Adelante.
—Ehm… la verdad es que no termino de entender de qué va esto. Quiero decir, no es una obra pero tampoco una película…
—Perdona —le interrumpió con una falsa sonrisa—, quizás ya lo sabrías si hubieras podido esperar unos segundos más en lugar de interrumpirme.
El joven actor se calló. Por muy talentosos que fueran aquello no significaba que fueran también elocuentes. Volvió a carraspear y continuó.
—Como bien ha señalado vuestro compañero, este trabajo no se trata de una obra, ni de una película. Tampoco es teatro de calle. Lo que quiero… —titubeó un poco y bajó la mirada. —Lo que quiero es que representéis un papel durante los próximos meses. En este castillo. Día y noche.
Se empezaron a oír murmullos y oyó expresiones tanto positivas como negativas.
—Escuchad, por favor. Se trata de un trabajo serio. El sueldo que recibiréis es exactamente el mismo que os he dicho, no pienso bajar ni una libra. Y, por supuesto, dormiréis aquí, comeréis aquí y viviréis aquí. El contrato es indefinido.
Volvieron a alzarse manos y Arthur se preparó para dar las mejores respuestas.
—Vamos a ver. Tú, la pelirroja.
—¿Pero lo de vivir aquí es con todos los gastos pagados?
—Sí. El de las gafas.
—¿Para quién estaríamos actuando? Quiero decir, si no hay cámaras ni tampoco público…
Inglaterra juntó las manos, apretándolas. Tenía que buscar las palabras correctas…
—Hay… una persona. Una persona que no sabrá que ninguno de vosotros sois actores. De hecho, tenemos que hacerla creer que realmente vive en el siglo XVI.
Hubo un momento de silencio.
—¿Se trata de un experimento social?—oyó decir a uno del fondo.
—Vosotros no tenéis que saber eso.
Otro momento de silencio se sucedió. Inglaterra no quiso dar más vueltas.
—Muy bien. Dicho esto, ¿quién está interesado en el trabajo?
Todos se quedaron excepto tres personas, que se marcharon hablando entre ellas.
—Bien, ¿alguien más?—preguntó cuándo los vio desaparecer por la puerta. Esperó unos segundos a que se lo terminaran de pensar, pero vio la emoción en las caras de muchos. Suponía que realmente había curiosidad por saber hasta dónde llegaría todo aquello. Bien, él también la tenía.
—Acercaos: Matías García y Esther Collins—leyó de una lista.
Del grupo salieron una mujer y un hombre. La mujer tenía la tez pálida y los ojos azules, con el pelo algo rojizo y de baja estatura. El hombre, aunque no muy alto, poseía un atractivo masculino innegable, de pelo castaño claro tirando a rubio, lo mismo la barba, los ojos grisáceos y la nariz recta.
Al verlos a los dos juntos, Inglaterra tragó saliva sin darse cuenta. Salvando las distancias, ambos actores se asemejaban muy cercanamente a la apariencia de los reyes Felipe y María. Carraspeó enseguida y procedió a pasarles los correspondientes contratos y acuerdos que apenas había elaborado en media hora, con su abogado particular al móvil, con el que tuvo que sincerarse completamente sobre el tema. Por supuesto, cuanto menos gente supiera de aquello mejor, pero sería imposible llevar a cabo algo tan grande con un grupo reducido.
Les explicó, bajo la atenta y fascinada mirada de ellos dos, la situación que tenía entre manos guardándose para sí los detalles más íntimos e ilegales. No quería parecer un loco, a pesar de todo. Incluso descubrió con amarga sorpresa la frialdad y la precisión con la que estaba tratando todo aquel asunto, quizá fuera que todavía no había llegado a su mente el impacto de semejante idea. Sin embargo, cuando terminó de hablar con los actores, ambos sonrieron y se colocaron al lado del otro grupo, dejando pasar a los demás.
Cuando hubo terminado con todos, les comunicó con su mejor sonrisa que el trabajo comenzaría aquel mismo día. Un grupo de personas vestidas de negro apareció de repente e invitaron a los actores a que los siguieran. Ellos se encargarían de mostrarles las dependencias del castillo, enseñarles los cuartos, prepararles las vestimentas, indicarles la cortesía, el trato entre distintas clases, el trabajo de la servidumbre y, en general, todo lo necesario para que un puñado de millenials se hiciera pasar por la gente común del siglo XVI.
Arthur se frotó las manos mientras los vio partir, un poco nervioso. Estaba depositando mucha confianza en las manos de aquellos extraños. Un solo error y todo podría irse al garete. Sacó su móvil y el de España, que había guardado celosamente con él. Las llamadas perdidas de Francia… tendría que ocuparse de eso. Habiendo dejado todo atado, buscó el aeropuerto más cercano para volar a Bruselas.
Se trataba de una semana en la que los países estarían reunidos en un mismo hotel. Las reuniones a tratar tenían como tema principal el medio ambiente y cómo una política internacional más solidaria podría ayudar a un mejor cuidado del planeta. Francis pensó, mientras jugaba con el móvil en que, por supuesto, todo aquello era una gilipollez.
Se había apoyado en la puerta de entrada del edificio de la cumbre. Rostros conocidos salían contentos dispuestos a llenar los bares y restaurantes de la ciudad, que se sabían ya como la palma de la mano, pero Francis no los siguió. Miró por, la que esperaba fuera la última vez del día, la pantalla de su móvil. Vacía. Hizo una mueca. Ni una sola llamada de Inglaterra…
—Hola, Francia —se le acercó Romano, lo que ya le pareció raro de por sí. Más sorprendente aún era la sonrisilla de cortesía que se había esforzado por pintar en su cara.
—¿Vienes a invitarme a tomar unas copas?
—Bueno, sí, mi hermano me dijo que te invitase… Vamos a estar en La Voleuse pero después iremos a beber al 1830 —dijo un poco a regañadientes, como si el hecho de ser amable le incordiara un poco.
Francis echó un vistazo al grupo de Italia y compañía, que estaban esperando para cruzar la calle. Miró de nuevo la pantalla del móvil.
—Id yendo vosotros, ya os alcanzaré en el 1830.
Romano se rascó la cabeza y miró hacia otro lado. Francis alzó una ceja, sin llegar a comprender por qué Romano, que siempre había sido un poco receloso con él, aún no se había marchado a grandes zancadas de su lado.
Romano se cruzó de brazos y le miró algo más decidido, volviendo su familiar expresión de malhumorado.
—En realidad venía a preguntarte por España… —murmuró por lo bajo, queriendo que sólo Francia se enterase de aquello.
Francis intentó disimular el cambio en su expresión. Si le dijera a Romano que no tenía ni idea de dónde estaba desde el día anterior o, peor aún, si llegara a contarle lo que de verdad había pasado… además, le había prometido a Inglaterra que no diría nada, pero él también había prometido llamarle y no había cumplido…
—¿Sabes dónde está? —insistió más impaciente.
—Está… en mi casa —no quiso añadir nada más pensando que quizás fuera suficiente para el italiano, pero su mirada le estaba interrogando silenciosamente. —Ya sabes, asuntillos nuestros… —sonrió de esa forma en la que sólo la nación de Francia podía sonreír.
Romano hizo una mueca de disgusto y unos gestos con las manos.
—Vale, vale, tampoco necesitaba tanta información. En fin, luego nos vemos…
Cuando fue a girarse y Francis alzó la cara para regalarle algún comentario más indiscreto, se encontró en medio de la acera a Inglaterra, maletín en mano y trajeado como si hubiera llevado allí todo el día. A Francis se le iluminó la cara.
—¡Inglaterra! ¿Dónde está…?
Fue a nombrar a España, pero la ligera negación y el serio semblante de Inglaterra le indicaron que no lo hiciera. Al menos, no frente a Romano.
—Ah, bueno —dijo con un tono de voz más normal. —Ya que estás aquí, ¿por qué no vamos a tomar algo? Luego te veo, Romano.
Ambos dejaron al italiano allí y caminaron por las calles de Bruselas hasta llegar a rincones más apartados, callejones y barrios habitados por los locales en los que se encontraban una amplia gama de antros de mala muerte y otros de aún peor que habían ido descubriendo los dos durante años en sus ya muy frecuentes veladas nocturnas, dónde bebían y bebían y Francia paraba, pero Inglaterra seguía.
Llegaron finalmente a un pequeño pub muy encantador, algo vacío pero lo suficientemente lleno como para que hubiera algo de ambiente. El dueño los saludó brevemente pero con una sonrisa, pues los había visto pasearse por su local más veces de las que podría contar. Ambos tomaron asiento y, no fue hasta el momento en que pidieron dos whiskys en las rocas, que Francis se pudo armar de valor para preguntarle por Antonio.
Arthur dejó el maletín mal apoyado al lado de su taburete y apoyó los brazos en la barra, casi sin mirarle.
—Está bien. Ha despertado —oyó el suspiro de alivio de Francis y un agradecimiento a Dios.
Tomó el vaso de whisky en cuanto lo dejaron en la mesa y le dio un sorbito, preparándose para la avalancha de preguntas que acontecerían.
—¿Pero bien, cómo, Arthur? ¿Ha perdido algo de memoria? ¿Ha hecho alguna pregunta? ¿Por qué no ha venido contigo? ¡¿Por qué no me has cogido el teléfono?!
Arthur dio un trago más largo, dejando medio vaso lleno.
—Hazme sólo una pregunta —protestó irritado.
Francis dio un golpe en la barra y Arthur le miró sorprendido.
—Esto no es una puta broma, Arthur. Te he estado llamando todo el día y he visto cómo me colgabas. ¿No podías parar un puto segundo para decirme que Antonio estaba bien? ¿Con qué derecho te crees a hacer eso? El pobre Antonio debió quedarse helado cuando vio que no estaba allí. Se supone que tenemos que estar juntos cuando pasa alguna jodida historia de estas. Joder, deberías haberme llamado… —resopló y cogió el vaso de whisky vaciándolo de una sentada, arrugando el entrecejo y añadiendo unos pocos años a su fina cara.
Aunque sabía que una reacción así era normal en amigos cómo ellos, no pudo evitar pensar si aquel enfado estaría también alimentado por otras razones más sentimentales. Tragó saliva, casi temiendo preguntar y se llevó el borde del vaso a la boca.
—¿Acaso estáis juntos otra vez o…? —le miró de reojo, con una expresión neutra.
—¿Qué? No, no… no es nada de eso. Pero joder, ya sabes que no juego con estas cosas. Aunque no tengamos nada ahora, da igual, si le pasara algo a España yo… yo no sabría qué hacer. Creo que nadie sabría qué hacer —agarró el vaso vacío encima de la mesa, sin mirar particularmente a nada.
Arthur negó para sí mismo, sintiendo el remordimiento quemándole las entrañas. Se mordió el interior de la boca.
—Despertó a las horas de que te marcharas. Llamé al médico, le hizo un exhaustivo reconocimiento e indicó que no había ningún problema. Si Antonio no se acordaba de la noche anterior era por el alcohol, no por el golpe. Hizo cuatro preguntas tontas y se volvió a dormir con todo su morro, no hay mucho más que contar —tapó una débil sonrisa al beberse el culín del whisky y, dando dos golpecitos en la madera con el nudillo, indicó que sirvieran otra ronda.
—Dios… —pudo escuchar la sonrisa de Francia en su voz. —Menos mal, ¿pero cómo está? ¿Por qué no ha venido?
—El médico se preocupa demasiado, dice que es aconsejable que no se mueva mucho en estos días y que, por supuesto, no realice ningún viaje. Así que se quedará en mi casa, a regañadientes.
—¿Por su parte o por la tuya?
—Por ambas.
Sonrieron y agradecieron al camarero cuando les sirvió otros dos vasos. Francis empezó a negar visiblemente con la cabeza.
—Dices eso pero sé que te preocupas por España. Joder, si lo sé. Vi como lo cogiste entre tus brazos, parecías la Virgen bajando a Cristo de la cruz…
—Por Dios, Francis, ¿puedes ser más dramático y… y blasfemo…?
El susodicho soltó una risotada que sonó en todo el pub. Y eso que solo iban por la segunda ronda.
—Anda que no, mírame a la cara y dime que no te alegras ni un poquito de que se vaya a quedar en tu cama. Digo, en tu casa.
Arthur le miró con una frialdad asesina, algo ya típico, y suspiró audiblemente.
—Ya sabes que yo jamás diría algo así.
—Ah, pero no lo has negado.
Arthur le ignoró y se reclinó sobre barra saboreando el whisky. Pensó en Antonio arropado por las sábanas. Pensó en la forma en la que le había mirado, como si confiara en él. Como si fuera un amigo. Un aliado. Poder tocar su mano con tanta facilidad… oír su risa. Hablar con él. Aquella extraña existencia le había devuelto mil oportunidades perdidas. No podía permitirse desperdiciarlas. Aquella vez haría las cosas bien.
—No lo niego —murmuró provocando un respingo en su acompañante, que lo miró incrédulo. —No soy tan feliz desde hace años.
Cuando estaba ya más cerca el amanecer que la medianoche, salieron del pub, Arthur un poco mejor que Francis, algo inusual, pues había tenido que contenerse para no fastidiar sus planes futuros. Mientras salían a calles más transitadas en busca del hotel en el que se alojaban, Inglaterra le fue explicando que nadie debería enterarse de aquello y que confiaba en él, a pesar de todo, para que les guardara las espaldas a ambos en su ausencia.
—Ya he hablado con el primer ministro de España y con el Jefe de Estado, además de otros políticos y embajadores, y han entendido la situación. Lo único que queda es que cumplas tu parte.
—Que sí, mon Dieu, sí que eres pesado cuando quieres, Angleterre… —se apoyó en el marco de la entrada del hotel, hipando brevemente.
—Y yo que pensaba que aguantarías el alcohol con elegancia. Claro, acostumbrado solo al vino… —le miró con una pequeña sonrisa esperando que le contestara, pero el rubio parecía no haberse enterado. —Escúchame, Francis.
—¿Mmm? —los ojos de Francis brillaron un poco intentando prestarle la poca atención que podía. Rara vez Arthur se dirigía a él por su nombre humano.
—Quiero darte las gracias y pedirte que entiendas… no —Arthur sacudió la cabeza, tratando de encontrar las palabras adecuadas. —Ojalá comprendas mis motivos una vez llegue el momento.
Si Francia ya estaba sorprendido por el repentino tono solemne en que había dicho aquello, más sorprendido se quedó aun cuando Arthur le echó los brazos alrededor y le dio un abrazo silencioso y sincero.
—¿Se te ha ido la olla o qué? —preguntó con una sonrisa incrédula.
—Puede que sí —dijo y se marchó sin entrar al hotel.
Esperaba no ver a Francia en mucho, mucho tiempo.
Antonio despertó en sus habitaciones. Creía haber dormido el día y la noche enteros, aunque no sabría decir qué hora de la mañana era exactamente. Apoyó el brazo en la cama, incorporándose, y se echó una mano a la herida de su cabeza, que aún le dolía. Por mucho que quisiera no lograba acordarse con exactitud del momento en que se cayó del caballo, ni de la razón por la cual había pasado aquello. Si además Bucéfalo siempre había sido dócil con él y jamás parecía asustarse por nada…
Se sacudió el ropaje de cama de encima y empezó a quitarse prendas. Abrió la puerta y dirigió una sonrisa a los dos sirvientes que aguardaban allí frente a las jambas de la entrada.
—Traedme un barreño de agua —pidió y volvió a cerrar.
Había estado sudando mientras dormía. Quizás hubiera tenido un poco de fiebre. Recordaba vagamente los extraños sueños que había tenido. Se encontraba en un largo pasillo, demasiado oscuro como para ver algo a lo lejos. Mientras caminaba una fila de espejos que parecía interminable colgaba de las oscuras paredes. Al final del pasillo vio a dos personas hablando, pero no pudo acercarse ni averiguar lo que decían.
Se sacudió como un perro mojado. No solía tener malos sueños pero cuando los tenía siempre eran cosas demasiado extrañas como para darles una lógica aplicada al mundo real, y solían dejarle con un malestar del que no se deshacía hasta que lograba olvidarlos. Dejó el resto de la ropa en la cama y al poco llamaron los sirvientes, trayendo un barreño estrecho y alto de madera oscura, lleno de agua humeante que al final habían tenido que cargar entre dos más. Antonio maldijo en su mente, pues se le había olvidado decirles que prefería el agua a temperatura ambiente.
Sin embargo, no hizo de aquello un mayor problema y termino por meterse de una vez, sacando la cabeza con un suspiro de gusto. Se echó el pelo atrás con las manos y disfrutó del silencio de la mañana, abriendo las puertecillas de madera de su ventana con un dedo para observar a los sirvientes ir y venir de un quehacer a otro. Cuando alzó la mirada al cielo apreció sin ningún atisbo de sorpresa lo encapotado que estaba.
Desde que había llegado con Felipe, ya le habían advertido de que encontrarían el tiempo bastante distinto al de España. Para agravar la situación, resultaba que aquel año era uno de los muchos que llevaban de lluvias constantes y caudalosas, lluvias que habían provocado graves inundaciones para mayor miseria del pueblo llano, que era el que finalmente terminaba pagando el precio más alto.
Querría tener una mente más fuerte que le permitiera no anhelar tanto España, pero fracasaba una y otra vez. Cierto era que hacía poco su rey había contraído nupcias y debía permanecer durante una estancia protocolaria en Inglaterra pero, eventualmente, Felipe tendría que volver para ocuparse de los problemas con Francia y los Países Bajos. No dudaría en volver con él, claro. Inglaterra tenía cierto encanto que aún estaba descubriendo, pero sabía que no faltaría mucho para que perdiera la cabeza viviendo en un país en el que el Sol parecía ser un invitado que se dejaba ver muy poco.
Cogió el trapo y el jabón que le habían dejado y comenzó a lavarse con parsimonia. Cuando hubo terminado, fue a vestirse, prenda tras prenda, con las elegantes ropas negras que su rey había puesto de moda. Aunque no lo dijera delante de él, Antonio prefería muchas veces algo más colorido, más parecido a las excentricidades que había llevado durante años Enrique VIII. Se colocó bien la lechuguilla y salió de la habitación.
A mitad del pasillo se encontró con unas sirvientas cuchicheando emocionadas y con una sonrisa en los labios. Antonio les preguntó a qué se debía el revuelo en el mejor inglés que pudo articular. Ellas se contuvieron, algo más tímidas.
—Es que… la reina ha anunciado su embarazo.
A Antonio se le abrieron los ojos de sorpresa y partió raudo hacia las habitaciones de María, dónde esperaba encontrarla a esa hora. Con la emoción de la noticia no llamó siquiera a la puerta y la pilló desprevenida, llevándose la mano al pecho por el susto.
—Dios mío, Antonio, no puedes ir entrando así como así en los aposentos de una mujer… —le reprendió suavemente.
Antonio ignoró su comentario y se arrodilló junto a ella, tomándole la mano.
—Ya me lo han comunicado. Debemos darle las gracias a Dios por una bendición tan temprana —esbozó una sonrisa de oreja a oreja, radiante de felicidad.
—Tienes razón, ¿te quedas a rezar conmigo? Esta mañana aún no he recitado mis oraciones, con el revuelo y todo…
—Sí, mi reina.
Ambos se arrodillaron frente al altar católico que la reina tenía montado con imágenes de la Virgen María y de la crucifixión de Jesús.
Agradeció a Dios en un principio pero pronto sus pensamientos volaron hacía otros temas. Debido a la edad de la reina había temido que en un principio fuera bastante difícil el tener descendientes, que se hubiera quedado en cinta tan pronto debía ser un motivo de regocijo para ellos y una amenaza para sus enemigos. La consolidación de las coronas de ambos países jugaba a favor de España, pero mucho más en el caso de Inglaterra, después de todo.
Ahora que la reina iba a tener los hijos de Felipe, podría tener mucha más influencia respecto a la fe del país y las decisiones de Felipe tendrían mayor peso entre los consejeros y la corte de María. Tendría que enviar una misiva a Carlos para informarle de la situación y tendría que hablar con Arthur también, después de todo no sabía cómo encajaría la noticia. ¿Se alegraría como él o se mostraría reticente?
Sabía que Arthur, no, que toda Inglaterra había mostrado su rechazo a la unión con la corona española. Tenían miedo, decían, del peso de la influencia española y de que trajeran de vuelta la fe católica y el Papa. Aun cuando el acuerdo matrimonial les había favorecido más a ellos y Felipe por pocas acababa rechazándolo, considerándolo ya como una ofensa a su persona, los ingleses eran muy recelosos de sus intenciones. Incluso en el castillo seguía habiendo cierta crispación en el aire cada vez que se oía la lengua española.
Antonio sacudió la cabeza, intentando concentrarse. Que María estuviera en cinta era una señal de que iban por el buen camino, Dios estaba de acuerdo con aquel matrimonio y, por consecuencia, con la vuelta del país al catolicismo. Era cuestión de tiempo que el protestantismo desapareciera de aquellas tierras como un mal sueño.
—Dios quiera que sea varón… —murmuró la reina con los ojos cerrados. —Pero si acaba siendo una niña, le pondré Catalina, como mi madre.
Antonio sonrió dulcemente y sintió una punzada de tristeza al observar como el rostro de la reina se oscurecía momentáneamente al nombrar a Catalina.
—Será un varón, estoy seguro. Felipe es eficaz en cualquiera de las tareas que realice, incluso en traer un hijo al mundo.
María rio con ganas pero volvió a una pose solemne al momento.
—Venga, Antonio, concentrémonos en la oración y no digamos tonterías, el tiempo aclarará nuestras dudas.
Cuando hubieron terminado, Antonio quiso marcharse para hablar con Felipe sobre todo aquel tema, pues no sabía todavía su reacción al respecto y estaba seguro de que querría compartir sus preocupaciones con él. Sin embargo, la reina le rogó que se quedara con ella un rato más y que jugaran a las cartas hasta la hora de comer.
Se sentaron a comer en un gran salón en el que varias mesas estaban dispuestas dependiendo del rango del comensal. Antonio llegó del brazo con María, que lo dejó para unirse a la vera de su esposo en el rango más alto. Aunque Antonio no solía alejarse de ambos monarcas, aquel día quiso sentarse en un sitio un poco más lejano para estar más tranquilo y enterarse de lo que verdaderamente opinaba la corte inglesa sobre el embarazo de la reina.
Le sirvieron pan blanco, carne de cerdo y de cordero, sopa de ajo y vino dulce con miel. Mientras comía paseó la vista varias veces por las mesas y los alrededores, pero no encontró a Inglaterra. Le preguntó a un sirviente cuando se acercó a servirle más vino, pero dijo que no lo había visto en todo el día. Cuando trajeron pastelillos, pastas y otros dulces, Antonio se ausentó del salón y salió del castillo para ir dar un paseo que le ayudara a sentirse menos pesado.
Envolvió la cruz de su colgante con la mano sin darse cuenta. Seguía dándole vueltas al tema de la religión. Al llegar a Inglaterra, se había encontrado con la cálida familiaridad de un monarca católico, algo que agradeció inmensamente. En aquel país parecía que la única cabeza cuerda que había dejado Enrique era la de su hija. Aunque la corte le aconsejara que permitiera la tolerancia religiosa, en el corazón de María se había fraguado durante muchos años la idea de que el protestantismo debía ser erradicado. Sabía, además, que intentaba con bastante frecuencia convertir a su hermana, Isabel, para crear una mayor presión de cambio entre la sociedad.
Había dejado a su querida Catalina en manos de Enrique, pensando que la amaría como su hermano no había podido, y recibió a cambio la traición más alta. Rogaba a Dios que no se repitiera la historia y que, esta vez, los trámites con Inglaterra salieran bien. El hijo de María debía nacer varón. La fe católica tenía que volver a Inglaterra. Mientras tanto él…
Dobló la esquina de uno de los caminos del jardín y se encontró a pocos pasos con Arthur hablando con un sirviente. Parecía que le indicaba el mantenimiento del rosal, sujetaba del tallo una rosa blanca y le enseñaba su interior al hombre, separando los pétalos con delicadeza. Cuando se dio cuenta de su presencia, dejó al hombre a un lado y se reunió con él en un par de pasos.
—¿Cómo te encuentras?
Sin dejar que contestara llevó una mano a la herida de Antonio, acercándose a él y rozando con los dedos la parte posterior de su cabeza.
—¿Aún te duele?
Antonio no dijo nada y le miró como si fuera la primera vez que le veía.
—¿Q-Qué te pasa? —Arthur frunció el cejo sin entender.
Antonio sacudió la cabeza.
—Nada, es que… llevo el mes entero intentando acercarme a ti y me habías parecido el tipo de persona que se guarda celosamente del contacto físico… —terminó por decir con una sonrisa. —Aunque me alegra ver que me había equivocado.
Al decir aquello, Arthur retiró la mano como si hubiera caído en la cuenta de algo demasiado tarde. El rubio carraspeó, llevándose la mano a la boca.
—Me cuesta coger confianza con la gente. Siento haberte dado esa impresión —sonrió brevemente.
Hubo un pesado silencio durante unos instantes. Antonio se mordió el labio inferior, agarrándose una mano con la otra detrás de la espalda. A pesar de llevar más de un mes casados, sentía que iba a ser difícil llevarse con Arthur. Eran personas muy distintas y le dolía ver cómo parecía que su presencia allí le molestaba. Aquel gesto había sido el primero por parte de Inglaterra que parecía expresar un deseo de entendimiento y convivencia por su parte.
—Hay un río cercano, creo que ya lo has visto, ¿te gustaría dar un paseo por allí?
Antonio asintió.
Salieron de los jardines hacia los inicios del bosque. Había un caminillo más o menos preparado que usaba la nobleza cuando quería pasear por allí. A causa de la lluvia, el río iba lleno y el agua corría con fuerza, aun estando lejos oían su eco a través de los árboles.
—Me había olvidado de lo bien que te quedaba el negro… —dijo Arthur en voz baja.
—Pero si la mayoría de días me visto así —reprochó divertido.
—Ah, claro, claro… —Arthur giró la cara algo avergonzado.
—No te preocupes, acepto el cumplido.
Llegaron a la vera del río y se posicionaron a la orilla con cuidado, caminando lentamente en dirección de la corriente.
—¿Por qué te has ausentado durante la comida? ¿No te encontrabas bien?
—Oh, sí estaba bien. Es solo que no tenía mucha hambre. Prefiero guardar el poco apetito que tengo para la cena.
—¿…y te has enterado de la noticia? —inquirió retorciéndose las manos tras la espalda.
El embarazo de María. El falso embarazo que la reina había imaginado por el gran deseo de darle un heredero al rey. Arthur recordó con tristeza cómo se había convertido en la burla de Europa, lo decepcionado que había dejado a Felipe y lo triste que se había puesto Antonio.
—Sin duda, es un motivo de celebración. María tiene que estar inmensamente feliz —sonrió y miró a Antonio, que viró la cara hacia el río.
—No sabes qué alivio me das. Creía que estarías enfadado por la noticia.
—¿Por qué pensabas eso?
—Bueno, te pasas los días evitándome, apenas me diriges la palabra, seguramente anhelas que Felipe y yo dejemos Inglaterra… —dijo sin tono de reproche.
Arthur se mordió el interior de la boca. Dos adolescentes tan distintos como el agua y el aceite unidos a la fuerza por un matrimonio que ninguno deseaban realmente. Recordaba claramente lo incómoda que se le hacía la presencia de Antonio en aquella época. ¿Cómo debía sentirse frente a él, frente al imperio más grande del momento? Su sola presencia le robaba el aliento. Se sentía insignificante, nimio, pobre, a merced de aquel idiota bobalicón que parecía no darse cuenta de la posición en la que estaba.
Le odiaba. Aunque, mirando atrás, comprobó que lo que de verdad sentía eran una profunda envidia y una amargura que le impedían hablar con él. Por mucho que hubiera querido, cada vez que lo miraba, se acordaba de todo lo que podía perder si decidía dejarse llevar y aceptar su amistad, su cercanía. O su amor. Cualquier cosa que proviniese de él le haría daño, lo sabía. Y sino, ya estaba la historia de Enrique y Catalina para recordárselo.
—Quiero que las cosas salgan bien, España. No sólo entre Felipe y María —le miró a los ojos, encontrándose con los de él, brillantes. —Contigo también —dijo con decisión.
Antonio apartó la mirada, con un pequeño rubor en las mejillas.
—Dios mío, Arthur, si eras así desde el principio, ¿por qué me has estado torturando estos meses? —soltó una carcajada, tapándose la boca con el dorso de la mano. —Y por todos los santos, ¿por qué siempre llueve en este lugar? Dime, ¿cómo soportáis la lluvia?
Arthur esbozó una sonrisa.
—Antonio soy una isla, ¿qué quieres que haga?
España volvió a reír y rozó su hombro con el del rubio.
—Ven a España, te encantaría.
—No puedo, debo estar aquí, con María. Además, ahora que está en cinta es cuando más me necesita… aunque me encantaría ir —reconoció. —Cuéntame, ¿cómo es?
No hizo falta más pregunta que aquella para que, de repente, Antonio se convirtiera en un niño que explica lo maravilloso y único que es su juguete nuevo al resto de sus amigos.
—…y Andalucía. Oh, Andalucía… Si vieras la Alhambra, Arthur, si tan sólo la vieras, aunque parpadearas, aunque la vista sólo durase unos segundos… —le cogió de los hombros, mirándole serio. —Te aseguro que no habrás visto sueño más bello. Aunque la construyeran los musulmanes, hubiera sido un tremendo error haberla derruido…
Arthur sonrió.
Continuaron andando río abajo hasta que comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia. Con un suspiro de decepción por parte de Antonio y una sonrisa discreta de Inglaterra, volvieron deshaciendo sus pasos hacia el castillo.
Llegaron corriendo a la entrada, medio empapados, y fueron recibidos por unos sirvientes con ropajes para secarles. Arthur le miró de reojo, y casi terminó escapándosele una risotada al ver la expresión de Antonio, que parecía un perro mojado enfadado con su dueño porque aquel día no le apetecía baño. Sin embargo, supo contenerse.
—Antes que nada tengo que hablar con Felipe —dijo algo más serio de lo normal.
—No te preocupes, estoy seguro de que habrá recibido la noticia con alegría.
Antonio le sonrió.
—Y… también me gustaría preguntarte si querrías acompañarme durante la tarde. No tengo mucho que hacer, me apetece pasar la tarde tranquilamente. Encerrado —añadió refunfuñando.
Arthur asintió silenciosamente y dejó que se marchara hacia los aposentos de Felipe. Dispersó a los sirvientes para que lo dejaran solo, pues tenía mucho que asimilar. Mientras puso rumbo a las habitaciones de María, se dio cuenta del cosquilleo de emoción que bullía en el fondo de su estómago. Parecía que todo había ido bien y que la relación con Antonio prometía, eso si no cometía algún fallo antes que lo derrumbara todo.
No pudo evitar darse cuenta, sin embargo, de que notaba a Antonio más cohibido. No se había parado a pensar en que la percepción del tiempo podía cambiarle el carácter. El Antonio de la actualidad era transparente y atrevido, no se callaba nada y hacía lo que quería cuando quería y como quería. Este Antonio, sin embargo, le había parecido más inocente. Como si le faltara aquella experiencia de todos esos siglos de vida que le había robado.
Sacudió la cabeza, intentando arrancarse aquellos pensamientos que le hacían sentir culpable y llamó antes de entrar para ver a la actriz. Tendría que contarle los planes futuros concernientes a su papel.
—Es una buena noticia, Antonio.
La voz de Felipe sonó fuerte y varonil en la estancia. Antonio soltó el aire que había estado conteniendo, esperando la aprobación de su rey.
—Ya sabes que en este matrimonio no jugó ningún papel el deseo de la carne, pero un heredero afianzará el poder sobre el acceso a los Países Bajos. Y, quién sabe, quizá ablande el corazón de esos malditos ingleses de la corte y sean menos reacios a prestarnos ayuda militar. Me haría falta contra Francia si las cosas se ponen peor en un futuro —dijo mirándole mientras jugaba con la punta de un abre cartas.
Antonio hizo amago de querer sentarse y lo hizo cuando Felipe asintió con la cabeza de forma distraída.
—Eso sí, preferiría un hijo. Tengo la sensación de que si María concibe una niña dejará que la influencien demasiado con las costumbres inglesas. Si fuera mi hijo no dejaría que esos herejes envenenaran sus oídos con sus sentimientos contra el Papa y cualquier cosa que huela remotamente a español… —torció el gesto severamente y le hizo parecer unos años más mayor.
—Felipe, creo que María ha demostrado más que suficiente su lealtad hacia ti. Después de todo, desde que os casasteis no he oído ni una noticia de piratas ingleses atacando nuestros barcos.
Se hizo un pequeño silencio de reflexión, algo muy común en sus charlas, pues Felipe era de los que les gustaba sopesar las ideas una y otra vez hasta que se formaba una opinión firme y correcta sobre la misma.
—…y, es innegable que a cada día que pasa, os ama con más fuerza.
Felipe alzó una ceja, no sabiendo cómo tomarse las confianzas con las que Antonio abordaba aquel tema.
—No lo niego. Pero por mucho que insistas no puedo albergar en mi corazón más que cariño. Cumpliré los deberes que de mí se esperan como esposo, nada más —se inclinó sobre la mesa y despejó la seriedad de su rostro. —Además, dentro de poco dejaré esta isla.
—¿Qué sabemos de los franceses?
Antonio casi se arrepintió al momento. En cuanto Felipe escuchó la palabra franceses se le volvió a torcer el gesto, pero intentó que no se le notara tanto.
—Seguimos mandando tropas a los florentinos. Si conseguimos la anexión de Siena no me habrá importado tanto lo de Lorena. Tengo la impresión de que Enrique va a ser mucho más persistente que su padre —el tono del rey no transmitía descanso sino fastidio, pues entendía que a pesar de querer un reinado de paz, era inevitable dirigir un imperio y esperar que otros reinos no quisieran robar un bocado.
Antonio asintió en silencio, acordándose de todos los frentes abiertos que aún tenían.
—Aunque para ti será peor, Antonio.
—¿Perdón?
—Has tenido que sufrir las guerras italianas desde el reinado de mi padre y parece que la cosa no va a cambiar. Creo que tendrás que hacer frente a los franceses incluso mucho después de que yo muera —compuso una fina línea con los labios que quería ser una sonrisa.
—Te aseguro, Felipe, que si alguien nos quisiera arrebatar Italia tendrían que arrancármela de mis frías y muertas manos.
—Qué macabro —rió.
Antonio relajó el semblante, que por momentos se había oscurecido. Aunque Italia le importaba, lo que realmente agonizaba en su interior como un miedo inexorable era la posibilidad de perder Nápoles. Si le quitaban a Nápoles, no sabría lo que hacer.
—Bien —Felipe se levantó y Antonio hizo lo mismo, —estaré en contacto con mis espías para saber los próximos movimientos de Enrique. Se acerca una batalla importante. Envíale tú la misiva a mi padre, haz que la carta tenga un tono alegre. Sé que eso le hará sonreír.
Antonio hizo una reverencia y salió de allí, dejando al monarca a merced de las horas de interminable burocracia.
La lluvia caía como si no fuera a parar nunca. A través del cristal el paisaje estaba borroso, enteramente azulado.
—Te toca.
Antonio se sorprendió al escuchar la voz de Arthur y volvió su atención al tablero de ajedrez que tenía en frente.
—No se te da muy bien, ¿verdad?
A pesar de haberlo dicho con una sonrisa, no pudo evitar que la molestia se expresara a través de la cara de Arthur, que enrojeció un poco.
—Perdona, es que no recuerdo haber jugado nunca con alguien que se haya tomado tanto tiempo…
Aquel comentario, aunque bien intencionado, sólo había echado más leña al fuego. Si le hubiera pillado unos siglos atrás le hubiera derrotado en menos de cinco movimientos, pero en la era actual con otros tantos entretenimientos entre los que elegir, era difícil que alguien escogiera pasarse las horas rebanándose la sesera con el ajedrez.
—Supongo que he perdido un poco de práctica —trató de mantener una sonrisa cortés, a pesar de todo.
—No finjas conmigo. Sé de buena tinta que eres todo un gruñón —dijo divertido.
Aquel comentario terminó por romper la máscara amable y tranquila que había estado llevando. Después de todo, cuando uno estaba con la persona deseada siempre se escondía la parte más fea y aburrida para sí mismo.
—¿Ves? Me gustas mucho más con esa cara. Quiero decir, que tienes más encanto así —fue a corregirse al momento, sintiéndose un poco incómodo por la elección de las palabras. —Bueno, me has entendido.
Arthur sonrió por dentro y ladeó la cara a un lado para ocultar la inesperada gracia que le producía el ver aquel lado más inexperto y joven de Antonio. Aunque se sintió mejor consigo mismo, ya que al menos estarían en ventaja.
—Te toca —repitió Arthur, esta vez con una voz más seria y autoritaria, más parecida a cómo hablaba normalmente. Se reclinó en su asiento y entrecruzó las manos, esperando.
Antonio se incorporó hacia adelante observando atentamente las piezas del tablero, como si no las viera bien. Tenía las piernas abiertas una a cada lado, en un muslo apoyaba una mano y en el otro el codo. Se sujetaba la barbilla, pensativo, dándose golpecitos con los dedos en los labios. Mientras ambos compartían el silencio de la tarde ociosa, oían el constante golpeteo de la lluvia en el cristal y el lejano ir y venir de los sirvientes que se escuchaba a través de la puerta cerrada.
Se habían desplazado hacia un saloncito con un par de estanterías, unos asientos acompañando a una pequeña mesa y una enorme chimenea. Era una estancia poco concurrida que usaban los nobles cuando decidían quedarse dentro del castillo y entretenerse con lo que fuera. Arthur repasó las facciones de Antonio, reparando en el brillo atento de los irises verdes. Era extraño, pero en ese pequeño salón estando solo los dos, casi creía que de verdad estaban en el XVI. Quiso sacudirse la extraña sensación del cuerpo, pero se contuvo.
—A ver si así… —murmuró y movió una de las piezas por el tablero. Se echó para atrás con una fina sonrisa y miró a Arthur.
El rubio se cruzó de brazos y se inclinó vagamente. Como era de esperar, habían llegado al jaque mate. Examinó todos los posibles movimientos con los que podría salvar a su rey, pero no había manera. Alzó la vista para encontrarse con los ojos divertidos de Antonio. Sonrió de lado y se echó contra el respaldo.
—Fardón.
Antonio rió.
—¡Vamos, si no he dicho nada!
—Tu cara me lo dice todo —replicó Arthur mientras volvía a colocar las piezas en su posición inicial.
—Espera, espera.
Antonio le detuvo sosteniendo una de sus manos con delicadeza. Le hizo dejar la pieza donde estaba y coger otra.
—Si hubieras hecho esto… —alzó el alfil y lo retiró unas casillas atrás, —…o esto —llevó la mano de Arthur hacia la reina, poniéndola en pie y cambiándola de casilla, —habrías salvado a tu rey.
Arthur le miró aun sorprendido por aquel contacto. Antonio sujetaba su mano como si temiera que la fuera a romper y, sin embargo, el agarre era firme y protector. Antonio le soltó suavemente y se estiró sobre el asiento, cruzando los brazos detrás de la cabeza. Arthur tardó en reaccionar, se había quedado con el brazo en alto y rápido como el rayo lo recogió, intentando controlar sus nervios.
—Como buen ganador, te dejo que ahora juguemos a lo que tú quieras. Pero que no sean las cartas, por favor, María ya me ha tenido a ello toda la mañana —se acomodó agarrando los reposabrazos con las manos.
Arthur fue a abrir la boca pero, en ese momento, Antonio se puso de pie casi en un salto.
—¡Espera, casi se me olvidaba!
Salió de la estancia dejando a Arthur perplejo y no volvió hasta que pasaron unos cuantos minutos. Cuando cruzó el umbral de la puerta tenía la respiración acelerada y un tono de decepción en la cara.
—Lo siento, no he podido encontrarlo. Creía haberlo traído de España, pero se ve que he debido perderlo durante el viaje —se rascó la cabeza con actitud culpable.
—¿De qué se trataba?
Antonio volvió a sentarse frente a él.
—Era un, eh, un regalo.
—¿Para mí?
—Claro hombre, para quién iba a ser.
Arthur sonrió. Cuando estuvieron casados nunca llegó a recibir tal regalo. Supuso que no se habían dado las condiciones adecuadas para que Antonio se decidiera a dárselo.
—¿Puedo saber de qué se trataba? —alzó una ceja con curiosidad.
—Era un libro. Había oído que te gusta mucho leer. Se publicó no hace mucho y en mi país lo ha leído casi todo el mundo, de hecho, es el libro favorito de Felipe… —rió suavemente. —¿A dónde vas? —preguntó confuso.
Arthur se había levantado sin decir nada y, entre las estanterías de esa misma habitación, se dirigió a la que se encontraba a la vera de la chimenea. Levantó el dedo y en silencio fue pasándolo por las filas de libros, leyendo en susurros rápidos los títulos con los que se encontraba. Finalmente, se puso de puntillas para alcanzar uno que estaba en la parte alta y lo sacó con cuidado, examinando la tapa.
Volvió sobre sus pasos y se sentó, pasándole el tomo a Antonio, que abrió mucho los ojos al observar la cubierta y el nombre del libro.
—¿Pero cómo…? ¿Has leído ya el Amadís de Gaula? —preguntó entre sorprendido y fastidiado.
—Sí, por aquí también se ha hecho famoso… y ya es uno de mis favoritos.
Y era cierto. Cuando salió no había podido parar de leerlo una y otra vez hasta que se lo aprendió de memoria, pues tenía todos los elementos de una novela que en aquella época le encantaban.
—Pero si está enteramente en castellano… —dijo pasando las páginas.
Arthur le retiró el libro de las manos y empezó a leer.
—…el rey Perión y Agrajes le defendían que no fuese la batalla hasta la mañana, porque lo veían malherido, mas estorbárselo no pudieron, porque él deseaba la batalla más que otra cosa, y esto era por dos cosas: una por se probar con aquél que tan loado por el mejor caballero del mundo era, y la otra, porque si lo venciese seria la guerra partida, y podría ir a ver a su señora Oriana, que en ella era todo su corazón y sus deseos.
Lo había recitado en perfecto castellano, dejando a Antonio asombrado. Cerró el libro, intentando no darle importancia, pues quizás se había pasado y había levantado alguna sospecha.
—No tenía ni idea de tu habilidad con mi lengua. Felipe y yo aún nos estamos entendiendo con el inglés… —admitió avergonzado.
Hasta donde Arthur sabía, Felipe nunca había sido un hombre de muchas lenguas. María y él tenían que comunicarse con una mezcla entre español, francés y latín. Aunque, la mayoría de las veces, dejaban que otras personas actuaran de traductores para facilitar la fluidez de la comunicación. A María poco parecía importarle, sin embargo. Desde que había recibido el retrato de Tiziano con Felipe posando, el interés que nació en ella no pudo haberse detenido de ninguna de las formas.
—Gracias, a pesar de todo —señaló al libro.
—Ojalá te lo hubiera podido dar yo. Cuando se lo di a Nápoles, recuerdo la mala cara que puso… —rio suavemente. —Él también es un gruñón, por eso sé que se os coge cariño.
Arthur mantuvo una expresión neutra. Entre una falsa sonrisa para fingir que no le molestaba que Antonio le hubiera regalado a Romano el mismo libro o una mueca de enfado provocada por los celos, decidió mantener la cabeza fría.
—¿Sabes cómo está?
Antonio se tomó unos segundos para contestar. Su semblante se tornó algo serio, dirigió la mirada hacia la ventana.
—Él está bien. Dentro de unos días combatiremos otra vez contra Francia. Llevo tiempo sin verle, pero te aseguro que cuando vuelva a encontrármelo tendrás que sujetarme por el bien de ambos —una afilada sonrisa se pintó en sus labios mientras le miraba burlonamente.
Arthur le imitó. Aquella enemistad jugaba a su favor.
—Aprovecharé la oportunidad para sujetarte, entonces. Pero no prometo soltarte después —ensanchó su sonrisa.
Antonio rompió el contacto visual e intentó balbucear una respuesta que acabó en un barullo de monosílabos. Su cuerpo se había tensado. A pesar de todo, sonreía como un chiquillo al que habían descubierto haciendo una gamberrada.
—Perdona. No quería incomodarte —se sintió culpable repentinamente y le observó con ternura.
—No, no. Es que no quería que me vieras así, parezco un muchacho imberbe. Y no soy así, de verás —se pasó una mano por los cabellos del flequillo.
—Lo sé.
Arthur le miró con intensidad y Antonio rehuyó su mirada nuevamente, comenzando a arderle a las mejillas.
—¿Jugamos a las cartas?
En un segundo estaba de pie, buscando en un armarillo como si estuviera tratando de encontrar una sombra en la noche. Arthur no pudo evitar sonreír, volviendo a notar aquel cosquilleo. Ver a Antonio así de nervioso era un espectáculo digno de admirar.
Jugaron a las cartas unas cuantas rondas hasta que el ambiente hubo vuelto a la normalidad. Aunque estaban en pleno verano, las nubes tapaban el cielo y enseguida dio la impresión de que había anochecido. Cenaron por separado, Antonio con Felipe, pues debían discutir asuntos concernientes a la batalla, y Arthur con María.
Al llegar la noche, Arthur fue a despedirse de Antonio y acabó escoltándolo hasta sus aposentos.
—…y, si quieres, mañana podríamos ir a cazar. Creo que hará buen tiempo.
—Dios te oiga, Arthur, o me volveré loco.
—¿Prefieres salir con perros o con aves de presa?
Aguardó a que contestara pero Antonio no lo hizo. También había dejado de escuchar el sonido de sus pasos detrás de él. Se dio la vuelta y encontró a Antonio, en mitad del pasillo, con el cuello estirado observando un cuadro.
—¿Antonio?
Se acercó más a él para darse cuenta de la extraña expresión, mezcla de confusión y miedo, que portaba en su rostro. Arthur alzó la mirada para descubrir de qué se trataba todo aquello y, cuando lo entendió, creyó que se le había parado el corazón. Miró nuevamente a Antonio y no supo qué hacer. Si se equivocaba en ese momento, podría echarlo todo a perder.
—Arthur, ¿qué batalla representa este cuadro…? —apenas murmuró, como si realmente no le importara.
Trató de articular alguna palabra en su boca, pero sólo salió aire. Calmó su respiración y pensó fríamente. Debía actuar con total normalidad.
—Me temo que no logro recordarlo, es un cuadro antiguo de un pintor no muy conocido, ni siquiera sé por qué lo seguimos teniendo por aquí… —pasó un brazo lentamente por los hombros de Antonio, atrayéndolo hacia sí e intentando que retomara el paso.
—Siento como si lo hubiera visto antes… —fue a acercarse para observarlo bajo la escasa luz de las velas, pero Arthur se puso en medio.
—He hablado con María sobre lo de prestaros ayuda para la batalla en la Toscana.
El rostro de Antonio pronto cambió a uno de emoción.
—¡¿En serio?! ¿Y qué te ha dicho? ¿No se molestaran los consejeros con la reina?
Arthur contuvo un suspiro de alivio. Comenzó a andar y comprobó que Antonio volvía a seguirle con atención.
—A pesar de que va en contra de las condiciones matrimoniales, estaríamos dispuestos a hacer una concesión si de verdad lo necesitarais. Después de todo, la reina teme que Francia nos acabe declarando la guerra tanto si intervenimos como si no, y tenemos a Escocia justo encima…
Antonio se mantuvo pensativo. Llegaron a la entrada de sus habitaciones y abrió la puerta.
—No sé, tendría que hablarlo con Felipe mañana. Si llegamos a aceptar vuestra ayuda nos quedaría poco tiempo para que los refuerzos llegaran a Italia.
Arthur asintió.
—Bueno… —Antonio formó una tímida sonrisa. —Mañana nos veremos, entonces.
—Eso espero —Arthur sonrió. Alcanzó una de las manos de Antonio y se llevó el dorso a los labios, rozándolos con su piel. —Buenas noches —susurró y dio media vuelta en dirección a sus aposentos.
La habitación se había quedado en penumbra y no se oía nada. Se quedó mirando al techo unos minutos, repasando en su cabeza lo que había ocurrido aquel día. Acabó por reprenderse, pues tenía la mala manía de pasar un buen rato haciendo eso y malgastando las horas de sueño. Si mañana quería ir a cazar debía estar fresco, no quería hacer el ridículo frente a Arthur como lo había hecho aquel día. Aun se estaban conociendo, pero Arthur ya le había parecido una persona la mar de interesante.
Dio la vuelta para dormir de costado y apoyó en la almohada la mano que Arthur había besado. Era una formalidad o una cortesía, pero aquel gesto le había puesto un poco nervioso. Volvió a reprenderse y se esforzó por mantener la mente tranquila y libre de pensamiento. Poco a poco su respiración se volvió más sosegada, dejó de sentir el contacto con la cama y las sábanas y entró con sigilo por las puertas del sueño.
Se encontraba de nuevo por aquel extraño pasillo que había visto la otra vez. La pared era una amalgama de tinieblas y el suelo era de un blanco impoluto. Pasó por al lado de la fila de espejos cuyo cristal no reflejaba más que la oscuridad. Vio a lo lejos aquella figura de pie que hablaba animadamente con uno de los espejos. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se restregó uno de los ojos para ver mejor y cerciorarse de que aquello no se lo estaba imaginando.
—Mira, ya está aquí.
Un hombre de su misma apariencia se cruzó de brazos, mirándole de arriba abajo. Él imitó el gesto, pues jamás había visto ropas tan raras cómo las que el chico llevaba. Tenía una especie de chaqueta de materiales brillantes y colores muy vivos, colores caros con los que muy pocos podían teñir sus ropas. Luego, una especie de pantalones de un material incluso más raro, azules y que llegaban hasta abajo. Por último, unos zapatos que no sabría ni describir aunque le ayudasen.
—¿Está flipando, eh?
Antonio se apartó un poco, creyendo haber entendido mal. Parecía que aquella persona hablaba el castellano, sin embargo no le acababa de entender muy bien, y desconocía que existiera aquella palabra tan estrafalaria.
—¿Flipando…? —preguntó no muy seguro.
—No te preocupes, se refiere a que su apariencia te ha dejado muy sorprendido.
Antonio oyó su misma voz salir del espejo y se acercó un poco más para ver qué había allí. De cintura para arriba, una versión de él que vestía de una forma más familiar le saludó. Aun con todo, su apariencia le resultó diferente, como si hubiera cogido su ropa y la hubiera transformado en ciertos aspectos. Además, no vestía el negro tan característico del imperio, aquel Antonio llevaba colores más vivos y las prendas parecían de mejor calidad, algo que le dio envidia.
—Esperad un momento, ¿quiénes sois?
—Yo soy tú, pero de un futuro no muy lejano —habló el chico del espejo.
—Y yo soy la versión más actual de ti —contestó el que estaba de pie.
—Me parece que no lo entiendo… —frunció el entrecejo sintiéndose confuso.
—Nosotros somos tu subconsciente.
—Serás bruto, él todavía no sabe qué es eso.
—Ni tú tampoco.
—Ya, pero tú me lo has explicado. Díselo de una forma que lo entienda —le espetó.
—Ay, a ver, somos la parte más inaccesible de tu mente. Aquí están todos los "tú" de otras épocas.
—Ambos somos versiones futuras de ti —se apresuró a intervenir el Antonio del espejo ante la expresión de confusión que crecía cada vez más en el Antonio real—, pero yo soy de un futuro próximo, y él es de un futuro mucho más lejano, la versión más real de ti mismo.
Hubo unos segundos de silencio, finalmente Antonio suspiró.
—No importa lo que seáis o quiénes creáis ser, todo esto es un sueño. Un poco extraño, por lo que veo, pero eso nada más —giró sobre sí mismo para observar con mayor detenimiento aquel lugar. Estaba seguro de que era la primera vez que estaba allí. —Cuando mañana le cuente esto a Arthur se reirá de mí…
—¿…Inglaterra?
El chico del espejo murmuró y Antonio se giró para mirarle. El gesto se le había ensombrecido y se había cruzado de brazos, agarrándose con fuerza.
—Si fuera tú no me acercaría mucho a él…
—¿Qué? ¿Por qué?
—Ojalá hubiera escuchado tu consejo hace un par de siglos… —dijo el Antonio más reciente con una sonrisa, como el que recuerda algo que en su momento fue doloroso pero que ha aprendido a superarlo.
—¿De qué estáis hablando?
—Mira, puedo perdonar muchas cosas y a muchas naciones, pero por alguna razón siento que no podría hacer lo mismo con Inglaterra. Demasiado tiempo luchando, y es el mejor en tenderte la mano amiga de frente y apuñalarte por detrás cuando no te des cuenta.
—A mí siempre me ha parecido un poco serpiente, ya sabéis —hizo un extraño siseo con la boca intentando imitarla. —Si hubiera una competición de hijoputas, Arthur se llevaría el oro.
—Me parece que no estamos hablando de la misma persona… —Antonio se rascó la cabeza, sintiéndose algo incómodo por el tono de la conversación.
—Antonio, haznos caso. Si te acercas demasiado a Inglaterra, lo acabarás lamentando. Todos lo haremos. Aún no puedo olvidar lo que pasó con la Armada…
—¿Armada? —alzó una ceja extrañado.
—Sí, lo que pasó fue que… —se detuvo al segundo, llevándose la mano a la cabeza. —¿Pasó algo, verdad? —preguntó al Antonio actual.
Este abrió los ojos con sorpresa y se mesó la barbilla.
—Oye pues yo tampoco me acuerdo… pero me suena mal, eh. —tardó unos segundos en pensárselo y finalmente suspiró.
—Vamos, ¡adviértele también! —le instó desde el espejo.
—Joder, es que no logro recordar el por qué, sólo sé… sólo sé que cada vez que miro a Arthur es como si me hubiera hecho mucho daño. Me da una sensación, aquí —se agarró la ropa por dónde el estómago. —Siempre me deja triste.
Se sucedió un momento de silenció en el que Antonio alternó la mirada de uno a otro. Aquellas palabras le estaban sentando como un veneno. Sus sueños, siempre tan extraños, a veces le advertían de ciertas cosas pero aquello no podía ser cierto, todo aquel sueño tenía un aura muy distinta al de los demás. Casi parecía que realmente estaba allí, que podría dar palmas y sentir el roce de su piel y que podría empezar a correr y llegar a cansarse.
Cerró los ojos con fuerza, sintiéndose agotado. Notaba la herida de la cabeza palpitando, constante, dolorosa, rítmica.
—Se va a marchar —anunció desde el espejo.
—¿Tan pronto? —suspiró. —En fin, me parece que va a pasar mucho tiempo hasta que logre salir de aquí. Quizás, mañana pueda recordar algo de una vez…
La vista se volvió borrosa y las voces le llegaron como un eco. Antes de darse cuenta ya se había hundido en las aguas menos profundas del sueño.
—Por ahí…
—No, espera.
Le cogió el antebrazo, deteniendo su impulso.
—Se nos va a escapar…
—Sh…
Chasqueó con la lengua.
—Eres más testarudo que una mula.
Antonio le miró con sorpresa pero enseguida esbozó una sonrisa burlona, sabiendo que tenía toda la razón del mundo.
—Y… ¡ahora!
Soltaron las correas de los perros y en menos de un segundo los sabuesos salieron disparados, esquivando sin dificultad cualquier obstáculo que el bosque ofreciera. Antonio y Arthur animaron a los caballos tratando de seguirlos a una velocidad que les permitiera no darse de bruces contra los árboles ni enredarse en las gruesas ramas que se desviaban de su trayectoria subterránea y decidían salir de la tierra para volverse a hundir en ella como puentes.
No muy lejos de ellos escuchaban por delante los ladridos de los perros que sonaban con un cierto eco. Parecía que solo estuvieran ellos dos en el bosque, a la caza de unos pobres zorros que seguramente habían despertado pensando que aquel día sería otro más. Antonio volvió a rozar los estribos contra el vientre del animal con algo más de fuerza, acelerando y dejando a Arthur atrás.
Dejaron de oír el ladrido de los perros y aminoraron la velocidad. Cuando Antonio se detuvo del todo, siguió la mirada de los sabuesos que indicaban a un árbol. Resopló.
—¡Se ha escapado! —exclamó para que Arthur pudiera oírlo.
Este llegó a los pocos segundos, sosteniendo las riendas del caballo. Él no se atrevería a ir a tanta velocidad por esos bosques, pero había olvidado lo impulsivo que era Antonio y la poca seriedad con la que se tomaba la vida. O quizás había olvidado el tiempo en el que todo eso le habría dado igual y hubiera adelantado a Antonio sin problema.
—Mala suerte. El pobre se habrá escondido en algún refugio que tenga dentro de ese árbol… —comentó con naturalidad.
Antonio giró el rostro, con una sonrisa divertida y las cejas alzadas.
—¿Pobre? Me parece que tienes el corazón más tierno de lo que creía, Arthur —soltó una ligera risa y se puso de nuevo en marcha.
Arthur se calló aguantándose las ganas de replicar. Hacía ya muchas décadas que había dejado de interesarse por la caza, incluso podría decir que tenía una postura contra la misma. Aunque le había ofrecido a Antonio aquel pasatiempo tan común de otras épocas, no dejaba de sentirse culpable por las alimañas del bosque. Fue a retomar el paso con él, pero Antonio se detuvo alzando la palma de la mano en su dirección.
—Espera. Oigo algo.
Se sucedieron unos instantes de silencio en los que trato de agudizar sus oídos. Al seguir sin escuchar aquello cerró los ojos para ver si así le ayudaba de algo. Frunció el ceño.
—Yo no oigo nada…
—Shh —Antonio casi ni le dejó terminar.
—Antonio, cómo me mandes a callar otra vez-
Nuevamente se quedó con la palabra en la boca cuando Antonio le ignoró y salió al trote con el caballo. Los perros le siguieron y él también acabó haciéndolo, aunque de forma más prudente, claro.
Los perros se habían puesto por delante de Antonio, siguiendo por instinto a aquella nueva pieza desafortunada que se había descuidado con sus ruidos. Al llegar, vio a los perros ladrando y arrinconando a un jabalí de tamaño medio que no podía escapar debido a la roca que se encontraba a su espalda. La bestia se revolvía nerviosa, de un lado a otro, sin saber qué hacer o a qué perro mirar. Parecía que los ladridos le estaban aturdiendo.
Antonio cogió el arco que llevaba atado al torso y sacó una flecha del carcaj. Los músculos de su espalda y sus brazos se tensaron cuando terminó de colocarla y estiró hacía atrás, aun sujetándola. Soltó y la flecha surcó el aire atravesando el cerebro del animal, que cayó certero sobre la hierba.
—¡Bien!
Arthur tragó saliva. Qué extraño era ver que lo que para él había sido una intensa escena para Antonio no resultaba más que un juego. Pobre jabalí, pensó a punto de pronunciarlo en voz alta, aunque se contuvo a tiempo. No quería que Antonio volviera a reírse de él.
Antonio apartó a los perros, acariciándolos y haciéndoles carantoñas por el camino, y recogió la pieza, sacando de ella la flecha y metiéndola en una de las bolsas que colgaban de la montura de su caballo.
—Tenía que haberte dejado el tiro a ti, ya que eres el anfitrión. No ha sido cortés por mi parte.
—No, tranquilo, no me importa. Estoy cansado de cazar siempre en el mismo bosque.
La verdad es que agradecía enormemente el no haber tenido que tocar el arco. Era imposible que llegara a atinar, imposible que llegara siquiera a tensar la cuerda. Carecía de la capacidad física para aquello, ni siquiera entendía cómo el cuerpo desentrenado de Antonio había podido disparar la flecha con tanta facilidad. La mente era más poderosa que la carne, supuso.
—¿Te parece que nos saltemos la comida y nos lo comamos en el río? —señaló la bolsa con una sonrisa.
—Claro.
A los pocos minutos habían llegado a la orilla por la que habían caminado el otro día. Dieron de beber a los caballos y los dejaron atados a una roca cerca del pasto. Aquel día el río apenas estaba caudaloso y el agua era cristalina y la corriente sosegada. El sol había estado brillando toda la mañana y ambos esperaban que fuera así para el resto del día. Mientras Arthur comenzaba a juntar palos para hacer un fuego, Antonio dispuso al animal sobre una roca plana y lisa y del cinturón sacó una daga limpia y afilada que refulgía al chocar con los rayos del sol.
A Arthur se le desvió la vista sin querer y observó ensimismado los movimientos mecánicos y seguros de la muñeca de Antonio, introduciendo el cuchillo en la carne, separando la piel del animal hasta dejarlo en una masa rosácea y extraña a la vista. Volvió a introducir el cuchillo en su interior, por la parte de la barriga, y metió las manos sacando todo aquello que no quería: las vísceras, el corazón, los pulmones, los riñones… dejó todo aquello aparte en un rincón y comenzó a cortar el animal en piezas.
Cuando hubo terminado y se levantó para lavarse las manos ensangrentadas en el río, Arthur se dio cuenta de que aún no había encendido el fuego.
—Mierda.
Chocaba las piedras y no lo conseguía. ¿Pero cómo se había vuelto tan inútil? Deseó tener un mechero a mano y se recriminó por lo estúpido que era. Golpeo con más rapidez, algo desesperado y, para su alivio, unas chispas saltaron a las ramas, comenzando a alimentarlas. Colocó unos pocos palos más para avivar el fuego y vio por el rabillo del ojo cómo el rojo teñía las aguas del río. Antonio se levantó y se secó las manos en la ropa.
Le miró en silenció con una pequeña sonrisa que incomodó a Arthur.
—¿Qué? —preguntó sonriendo él también.
—Nada. Es que estás un poco callado hoy —Antonio se sentó frente a él, dejando el fuego entre ambos. —¿He dicho algo que te molestara?
—No, no es eso, en serio.
Sólo que no quería que mataras al jabalí, sacudió la cabeza.
—Esa daga es muy bonita, ¿de dónde la has sacado?
—¿Esta? —sonrió con ternura, como rara vez hacía. —Sorprendentemente fue un regalo de Romano. Por mi cumpleaños.
La mirada de Arthur se ensombreció y permaneció callado.
—Puede parecer poco original, pero viniendo de él lo aprecio mucho. No sabes lo arisco que es. Por todos los santos, cuando quieres arrancarle un abrazo parece que tienes que traerle medio mundo a sus pies o se negará —rio recordándolo. No andaba muy lejos de la realidad.
Arthur se recostó, aunque no del todo. Había cogido unas briznas y jugueteaba con ellas partiéndolas en pedacitos.
—¿Qué relación tienes con él?
Mierda, no quería haber sonado tan brusco. Se mordió el interior de la boca, esperándose que Antonio se molestara. Por toda respuesta, solo le miró algo sorprendido pero volvió a relajar el rostro y se quedó con su habitual sonrisa.
—Es mi protegido. No, bueno, se ha convertido en una persona muy importante para mí. La verdad es que le he cogido mucho cariño…
En aquel momento Romano era un niño. El malestar provenía de que algún día se convertiría en adulto, como ya lo era en la vida real. Sacudió la cabeza y fue a cambiar de tema, pero Antonio se le adelantó.
—¿Es eso lo que te preocupa?
Arthur alzó la mirada en ese instante y se encontró con los ojos de Antonio, serios y brillantes. Quería contestar que no, él no estaba celoso de aquel mocoso. Ni mucho menos. Jamás había pensado en lo doloroso que era el saber que Antonio escogería al otro antes que a él en cualquier momento, que él siempre sería el segundo plato. Para él no tenía ninguna importancia.
—Sí.
Tragó saliva. El corazón había empezado a latirle con más fuerza. Se estaba arriesgando, lo estaba desvelando todo demasiado pronto, demasiado rápido para que pudiera fingir que no se estaba tomando en serio todo aquello, que el matrimonio con España no le resultaba tan dichoso en realidad. Pero ya lo había dicho.
—Romano es un niño —le dijo tranquilizador.
—Pero un día será un adulto, con cuerpo de adulto y mente de adulto. Y tú no podrás resistirte al vínculo que tienes con él.
Se acabó, ahí había ido demasiado lejos. El claro tinte de desprecio con el que había pronunciado las últimas palabras se había hecho patente en el rostro de España, que se había puesto en tensión. Se había dejado llevar por sentimientos ajenos a toda aquella nueva historia con Antonio y no sabía cómo arreglarlo.
—Mira, no quería decir-
—Sí lo querías decir.
Arthur calló, a pesar de que en la voz de España no había reproche. Antonio suspiró.
—No sé ni quiero saber lo que pasará en un futuro, eso se lo dejo a Dios. Pero, por lo que a mí respecta, vivo según cómo se presenten los acontecimientos de la vida. Ahora mismo estoy casado contigo, y el único en el que pienso es en ti.
Arthur abrió los ojos sin esperarse aquello. Al segundo de decirlo Antonio desvió la mirada hacia el río, notando que en sus mejillas brotaba el color rojo de la vergüenza.
—Te odio. Mira lo que me has hecho decir —sonrió divertido y se miró las manos en su regazo.
Arthur trató de controlar su respiración. Quería abalanzarse sobre Antonio y yacer con él como dos adolescentes enamorados en el bosque, pero no se movió del sitio. El silencio se estaba extendiendo y tenía que decir algo.
—¿Comemos?
Idiota.
El agua estaba demasiado fría para su gusto. Había seguido la corriente a Antonio, sentándose a su lado a la orilla del río y remangándose el bajo del pantalón para meter los pies en el agua, pero comenzaba a arrepentirse. Si pillara un resfriado y tuviera que curarse allí no quería tener que enfrentarse otra vez a un médico de aquella época.
Habían pinchado la carne con gruesos palos cuya extremo habían afilado y aprovecharon el fuego para asarla a su gusto. El resultado había sido delicioso y Arthur se sentía aliviado de poder aclarar la enturbiada conversación al charlar sobre temas cotidianos y cotilleos. La comida había terminado en una buena nota y se encontraba descansando con los ojos cerrados, bañándose en los rayos de sol de aquel inusual día.
Llevaban ya un buen rato en un silencio que no había roto porque no le había parecido incómodo. De ese momento en adelante intentaría calmarse respecto al tema de Italia del Sur. Sabía que Antonio podía tolerar los celos hasta cierto punto, pero si sacaba mucho el tema acabaría alejándose para acabar en el lado de Romano.
Abrió los ojos lentamente y observó el cielo. Al momento se dio cuenta que Antonio le estaba mirando en silencio y parecía haber estado haciéndolo por un buen rato. Se puso algo nervioso pero le devolvió la mirada sin poder ocultar una sonrisilla.
—Tienes la piel tan blanca que pareces un espíritu.
Aunque se notaba que aquello no lo había dicho con malicia, Arthur no supo cómo tomárselo. A lo largo de su vida le habían hecho muchos comentarios sobre el tono de su piel pero nunca les hacía mucho caso. Sin embargo, entendía por qué Antonio lo hacía ya que, a su lado, el moreno saludable y mediterráneo de su cuerpo contrastaba mucho con la palidez de su estirpe británica.
—Si sigo estando tanto tiempo al sol acabaré pareciendo un cangrejo —rio suavemente.
Sin dejar de observarle, Antonio alzó la mano y acarició su mejilla con el dorso de los dedos.
—Es preciosa.
Aunque quiso aguantarle la mirada no pudo y terminó girando el rostro. Antonio apartó la mano. En su gesto podía leer que le había incomodado. Seguramente creía que se había ofendido por la cercanía.
Se sorprendió cuando Antonio se levantó del sitio de repente. Por su mente pasó la idea de que quizás se hubiera enfadado tanto que fuera a montarse en el caballo y dejarlo solo, pero no fue así. Le observó disimuladamente y el latido fue acelerándose cuando advirtió que las manos morenas habían empezado a desprenderse de las ropas que cubrían su torso.
Las tiró en la orilla sin mirarlas y avanzó lentamente hacía el centro del río.
—Qué calor.
Arthur apoyó los brazos en las rodillas y echó la cabeza sobre ellos, mirándole sin reparos. Antonio caminaba despacio hundiendo y sacando sus pies descalzos en el agua, mojándose los tobillos. Se estiró cómo un gato dejando que le bañara por completo la luz del sol, estirando el brazo y doblando el otro, mostrando el complejo movimiento de los fuertes músculos bajo la piel morena.
Apoyó cómodamente los brazos tras la cabeza y se quedó observando al cielo en silencio.
—Arthur.
El susodicho dio un respingo al oír su nombre.
—No quiero que te molestes por la pregunta, pero me gustaría que fueras sincero conmigo —le miró serio. —¿Crees en un Dios católico o en un Dios protestante?
Había dicho aquello en un extraño tono de voz. Arthur escudriñó su rostro en busca de la verdadera emoción que sentía, pero no estaba seguro. ¿Sería la voz de la tolerancia religiosa, los siglos de ocupación musulmana y convivencia judía que pudieran haberle abierto los ojos? ¿La voz autoritaria e imbatible del Papa? ¿El amenazante y desesperanzador tono de la Inquisición?
Cruzó los dedos de las manos sobre sus rodillas e irguió su postura.
—No creo en ningún Dios.
Aquella vez Arthur no tuvo que esforzarse para ver la sorpresa en el rostro de Antonio. Los labios se habían abierto en una mueca de incredulidad y pudo ver los ojos verdes brillando confusos sobre el blanco. A Arthur se le fue la vista en consecuencia al rosario católico que Antonio solía llevar siempre sobre su pecho. Aunque creyó que le contestaría no se salvó de unos cuantos segundos de silencio incómodo.
—Pero, eso… —clavó la mirada en el agua, frunciendo el ceño.
Parecía que quería hablar pero las palabras no salían de su boca. Arthur tenía el corazón en la garganta. Finalmente, Antonio optó por salir con decisión del río y dirigirse hacia su caballo sin reparar en la ropa o en ninguna otra cosa. Arthur se levantó al momento y le interceptó agarrándole del brazo con la mayor suavidad que pudo.
Antonio le miró con el enfado tiñendo sus ojos.
—Suéltame.
—¿Por qué? Tú me preguntas y yo te contesto. Siento que la respuesta no haya sido de tu agrado —a pesar de todo trató de mantener un tono neutro que invitara a la conciliación.
—Lo que me has dicho lo tomo como una traición a los votos católicos que aquel día se dijeron. Si no crees en ningún Dios dime qué demonios estamos haciendo aquí siquiera, Arthur —trató de zafarse pero Inglaterra afianzó el agarre.
—Antonio, si yo respeto tus creencias dime qué es lo que te impide respetar las mías.
Tardó unos segundos en responder y las arrugas que se habían formado en su frente parecieron suavizarse.
—¿Por qué?
Arthur parpadeó varias veces sin comprender a qué se refería.
—¿Por qué no crees en nada? —terminó susurrando relajando el cuerpo y el brazo.
Arthur bajó la vista al suelo, conteniendo las ganas de suspirar. Volvió a mirarle e intentó expresarse lo mejor que pudo.
—Dime qué clase de Dios condenaría a un grupo de personas a vivir eternamente, una y otra vez, las batallas, los asedios y las traiciones; a observar los pecados más ruines que pueda llevar a cabo la raza humana y verla caer por el mismo precipicio miles de veces sin poder evitar que se equivoque, sin poder decidir en nada, sólo mirando y mirando hasta el fin de los tiempos.
La respiración de Antonio se había acelerado. Miraba a Inglaterra como si fuera la primera vez que lo viera, su pecho subía y bajaba. Arthur soltó su brazo y ambos se quedaron frente a frente sin decir nada, evitando toparse con los ojos del otro.
Arthur tragó saliva. Se había quedado con la garganta seca. Enfrentarse al Antonio del pasado tenía sus consecuencias, pero lo conocía, y sabía que lo que había sido cierto en él en la actualidad, también lo sería en el de hacía unos cuantos siglos.
—A veces yo mismo me lo pregunto —rompió el silencio con una voz baja y desprovista de emoción. —Si no será más bien un acto del diablo el tener que cargar con todo este peso sobre los hombros.
Tras unos momentos, Arthur tomó su mano con delicadeza y volvió a llevárselo al río, entrando con él hasta llegar al centro. Se colocó delante de él y empezó a quitarse la camisa que llevaba, tirándola luego a la orilla. Antonio le observó en silencio buscando explicaciones con los ojos. Inglaterra atrajo sus manos y las colocó sobre su rostro, dejando que lo tocara como antes no había podido.
Antonio descendió sobre su cuerpo con delicadeza, acariciando la mandíbula, el cuello, el pecho. Dibujó las líneas de su vientre y rozó la curva de la cadera, agarrándola con delicadeza. Se pasó la lengua por los labios resecos y subió la mirada al rostro de Arthur, pero había cerrado los ojos. Se acercó con lentitud, sintiendo la brisa fresca acariciarle el cabello, la misma que jugueteaba con los mechones rubios de Arthur.
Le besó, suavemente. Como se besa a alguien por primera vez.
El Sol se ocultaba tras las vastas arboledas, tiñendo el paisaje de azul. El agua del río estaba fría y un ligero viento había comenzado a remover las hojas con un sonido constante que invitaba a refugiarse dentro de unos muros.
Se puso la camisa y el contacto de la tela fría con su piel caliente hizo que un escalofrío recorriera su espalda. Arthur se acercó a él para coger su ropa y, al pasar por su lado, depositó un suave beso en el hombro que la tela había dejado al descubierto. La sonrisa con la que le miró hizo que se le pasaran varios pensamientos por la mente a los que tuvo que rechazar muy a su pesar si querían llegar al castillo antes de que anocheciera.
Vestidos y con los caballos, fueron andando sin prisa aprovechando los últimos momentos de luz para cruzar el bosque.
—Nunca he conocido a nadie como tú.
Arthur observó su rostro, en el que portaba una sencilla sonrisa.
—De pequeños, Francis me contaba muchas cosas sobre ti. Decía que te negabas a que te cortara el cabello y que pensabas que él era una niña por la ropa que vestía —rio. —De lo que me contaba, me creía la mitad y, de la mitad, desconfiaba de un cuarto. Hubo una vez que me dijo que hacías magia y que hablabas con amigos imaginarios que nadie más podía ver —Antonio le miró divertido, pero en sus ojos pudo acertar que aquello último era una pregunta más que una afirmación.
Arthur sonrió y le cogió de la mano con delicadeza, deteniéndose al lado de un árbol recubierto por musgo de un verde claro.
—¿Quieres verlo?
Antonio se puso serio, los ojos verdes brillándole con intensidad en el fino velo de oscuridad. Asintió con decisión.
—¿No está tu Dios contra la magia?
El moreno bufó al aire divertido, aunque quiso ocultarlo.
—Vamos, enséñamelo y no dejes a Francis por mentiroso.
Arthur acercó la mano de Antonio a un conveniente agujero del árbol que, más bien, parecía una pequeña puertecita.
—Ahí dentro vive un hada.
Antonio abrió los ojos mirándole como si hubiera dicho la barbaridad más grande del mundo, pero Arthur prosiguió.
—Es un hada muy antigua, tiene más de trescientos años. Los días de lluvia recoge las últimas gotas de agua y coloca el rocío sobre las hojas y en las telarañas, haciendo que el bosque brille con luz propia.
—Pero…
—Llámala.
—¿Cómo?
—Llama a su puerta y saldrá a recibirte.
—Pero Arthur, cómo pretendes qué…
Arthur le observó en silencio. Cientos de veces se había enfrentado a la misma reacción, por esa razón había dejado hacía tiempo ya de tratar de convencer a la gente de que él podía ver cosas que los demás no podrían.
—Escúchame, si no crees que puedas verla no la veras. Tienes que creerlo. Tú tienes que hacer el esfuerzo, no ellos.
Antonio buscó en su rostro algún signo de que todo se tratara de una chanza, pero la solemnidad en el tono de Inglaterra lo decía todo. Estaba hablando en serio. Suspiró.
—Vale, ¿y cómo la llamo?
Arthur sonrió como un niño. Antonio se sorprendió, aquella era la primera vez que veía esa expresión en su rostro.
—Di: a tu casa he llegado, para verte he venido. Confía en mí, hermano, pues yo nunca te olvido. Y extiendes la mano —acarició la palma de su mano extendiéndola hacia arriba.
Antonio le miró una última vez pero terminó por decirlo. Aguardó expectante unos segundos y se decepcionó cuando no hubo resultado.
—Inglaterra…
—Pero cómo va a salir así, qué pocos ánimos. Y precisamente proviniendo de ti.
—¿Esto es una broma, verdad?
Arthur suspiró.
—Cierra los ojos.
Antonio le hizo caso.
—Respira suavemente, imprégnate con los sonidos del bosque. Y ahora quiero que, con la misma fe con la que crees en Dios, creas que delante de ti puedas ver al abrir los ojos un hada en la palma de tu mano.
Antonio frunció el ceño cuando mencionó a Dios pero le hizo caso. Respiró y soltó el aire con tranquilidad unas cuantas veces, escuchó en la lejanía al río, al viento bailando con las hojas, a los animales nocturnos despertando. Repitió las palabras con solemnidad. Espero unos segundos. Espero otros segundos más. Cuando iba abrir los ojos para increpar a Inglaterra, sintió un picor en la mano y fue a rascarse instintivamente, pero se detuvo en el acto.
Abrió los ojos y se le cortó la respiración por la sorpresa. Llevó los ojos al rostro de Arthur, que le miraba con una jocosidad como pocas veces había visto.
—Esto, esto… no puede ser, Arthur, esto no es la realidad, no puede…
—Tranquilo. No te hará nada.
Parecía un humano diminuto, anciano y de piel azulada. Iba envuelto en una hoja que parecía ser su ropa y apoyaba su inclinado cuerpo sobre un bastón de madera que a Antonio le pareció el rabo de una manzana.
Al ver que Antonio ni siquiera parpadeaba, agarró con delicadeza al hada y la depositó de nuevo en el interior del hueco.
—Lo siento —murmuró. Aunque sabía que no le habría importado mucho.
Antonio se había llevado la mano a la boca, tratando de procesar aquella escena. Parecía tranquilo pero, aun así, sabía que aquello le había dejado un poco trastocado.
—¿Estás bien?
—¿…ves estas cosas todos los días?
—Sí. Bueno, normalmente las encuentro por estos sitios. Hay muchos que dejan de creer y pierden la habilidad de percibirlos, pero a mí nunca me ha pasado. Siempre he sido más feliz en este mundo que en el de verdad —añadió, no muy seguro de por qué lo había dicho.
Antonio le miró sin decir nada durante unos instantes.
—¿Y crees en esto pero no en Dios?
La sonrisa en la cara incrédula de Antonio le hizo soltar una risotada.
—¿Puedes ser más idiota?
—No más que tú —se levantó esquivando el toque que Arthur le iba a dar. —Tendrás que ser más rápido la próxima vez —dijo burlón.
Arthur se levantó apoyando las manos en las rodillas.
—No te alejes de esa forma o me veré obligado a perseguirte.
—¿Podrías alcanzarme? ¿Eres lo suficientemente rápido?
Arthur se mordió el labio. Sacudió la cabeza y en tres pasos ya se había acercado al cuerpo de Antonio, atrayéndolo a él por la cintura y plantándole un beso. Antonio respondió, agarrándole el brazo y dejando que la lengua de Arthur se colara por su boca, explorándola a su gusto. Cuando se apartó de él bajó la vista al suelo, sintiéndose nervioso todavía por la confianza que exudaba Arthur cada vez que hacía aquello.
—Vale, sí que eres rápido…
Rieron suavemente.
—¿Con cuántas cosas más me seguirás sorprendiendo, Arthur?
—Si te las contara ahora no tendría ninguna gracia.
Aunque quería quedarse con él, se estaba haciendo de noche y el bosque no era un buen lugar para permanecer a oscuras. Y mucho menos después de haber visto las criaturas que se escondían allí.
—Deberíamos volver —señaló con la cabeza en dirección al castillo.
Arthur asintió y rozó sus labios una última vez antes de coger las riendas de los caballos. Antonio entrelazó la mano con la suya.
—Por cierto, hay algo que quería haberte comentado antes, pero lo había olvidado.
—Dime.
—El cuadro que vi anoche… al pasar esta mañana por el mismo sitio me percaté de que lo habían quitado.
Arthur trató de que la normalidad se imprimiera en su voz al contestarle.
—Ah, sí. Nunca me había gustado mucho, así que ordené que lo quitaran. No era muy bonito.
Sobrevino el silencio, pero la mente de Arthur se quedó en alerta expectante a lo próximo que pudiera salir de la boca de Antonio.
—Es una tontería pero, ¿seguro que no te acuerdas de qué batalla era?
Tragó saliva.
—No, lo siento, ni si quiera me acuerdo de quién fue el pintor…
—Oh, no pasa nada.
Cuando llegaron al castillo hacía rato que había pasado la hora de la cena, pero Arthur y Antonio invadieron la cocina como dos perros hambrientos y comenzaron a charlar con las cocineras, tratando de dárselas de zalameros. Por supuesto, a Antonio le salió mucho mejor que a Arthur. Él las conocía de haberse estado paseando por allí durante el día, le encantaba charlar con el personal y el servicio, cuanto más anodina y trivial la charla, mejor para él. A Arthur, no sabía por qué, aquello le causaba mucha gracia.
—Por Dios, Antonio, podrías hablar de cuantas gallinas tiene el carnicero en su casa y aún encontrarías la charla interesante —comentó mientras surcaban los pasillos silenciosos hasta el cuarto de España.
—No puedo evitarlo, forma parte de mi encanto.
—¿Encanto? —dijo irónico.
Antonio giró la cara y le guiñó un ojo.
—Bueno, gracias por acompañarme —había abierto la puerta de sus aposentos y se estaba despidiendo de él ya dentro. —Me lo he pasado muy bien hoy.
—Igualmente.
Sonrieron incómodos.
—Bien, nos veremos mañana —dio la vuelta para ir a sus dormitorios.
—Arthur.
En cuanto se giró sintió los labios de Antonio sobre los suyos. Había alargado un brazo para traerlo hacía él agarrándole la ropa.
—Buenas noches.
Tan rápido como lo dijo cerró la puerta de la habitación, dejando a Arthur solo en el pasillo.
El eco de sus pasos resonaba por todo el pasillo. Mientras se fue acercando, aquellos dos parecían no darse cuenta de su presencia o importarles bien poco su llegada, pues estaban enfrascados en una extraña conversación demasiado compleja como para que pudiera llegar a comprenderla sin algo de contexto.
—Ah, Antonio, has venido —le saludó el Antonio actual con un gesto de manos.
—Buenas noches —saludó con una sonrisa el Antonio del espejo.
—Sí, parece que otra vez he vuelto aquí —se rascó la cabeza, resignado.
—Vamos hombre, anímate, que no somos tan malos —el del espejo se cruzó de brazos, divertido.
—Así que el rarito de Arthur sí que podía ver cosas durante todo este tiempo… ahora me siento mal por meternos con él en las reuniones —rio, lo que le quitó credibilidad a su disculpa.
—A mí eso me huele a brujería de la mala, si puede hablar con hadas imagínate con qué extrañas criaturas se podrá comunicar… —añadió santificándose.
—Por Dios, deja de ser tan supersticioso, pareces una abuela de la España profunda.
—¿De la qué?
—Chicos —Antonio interrumpió antes de que le explotara la cabeza —, por favor, no habléis tanto. Me duele la cabeza a horrores —frunció el ceño con dolor.
—Siempre te duele por la noche, ¿verdad? —se acercó a él examinándole la herida a través de los mechones castaños. —Aunque ya se está curando… ¿por casualidad te acuerdas de por qué te caíste del caballo?
Antonio negó con la cabeza.
—La verdad es que ni siquiera recuerdo todo eso —dio unos pasos, alejándose de las curiosas manos del Antonio actual. —Es extraño pero, es como si hubiera un gran vacío negro entre el momento que desperté después de caerme y todo lo que ha pasado antes.
El del espejo alzó una ceja, cruzándose de brazos.
—Explícate mejor.
—Pues, es una sensación extraña. Por ejemplo —extendió los brazos, señalando todo aquello —, esto, sé que es un sueño. Lo que ocurre es que tengo ese mismo sentimiento en la vida real. Es como si algo faltara, como si algo no fuera bien del todo.
—Ojalá pudiéramos darte más información, Antonio, pero nosotros estamos igual —se acercó a él, agarrándole del hombro con firmeza. —Tienes que hacer un esfuerzo y tratar de recordar, al menos, por qué te caíste del caballo.
—¿Es Bucéfalo, no? —pregunto Antonio desde el espejo.
—Sí.
—Me encantaba ese caballo —esbozó una sonrisa —, era dócil y manso, pero muy valiente, no se asustaba por nada. Me acuerdo de la cruz blanca que tenía en su pelaje, en una de las patas, nunca atino cuál era… pero siempre pensé que era un símbolo de buena suerte.
—Eso es lo que no entiendo. Si tan bueno era, ¿por qué te tiró? —el Antonio actual se mesó la barbilla.
—Pues… no sé —aguardó unos momentos antes de añadir, abriendo muchos los ojos. —¡El cuadro!
Los otros dos Antonio se giraron hacia él, interrogantes.
—¿Qué cuadro?
—La sensación extraña que os he dicho, la tuve sobre todo al toparme con un cuadro que vi cerca de mis aposentos. Era una batalla naval, un infierno marítimo como jamás había visto. Apenas pude verlo un par de segundos, pero aquella imagen me persigue como un mal recuerdo.
—Pues mañana cuando te levantes pregúntale a alguien de qué batalla era —concluyó el Antonio actual.
—Imposible. Arthur lo ha quitado, decía que no le gustaba o algo…
—Antonio, tienes que encontrar ese cuadro —casi parecía que lo habían dicho al unísono.
—Algo me dice que ese cuadro puede ayudarnos, quizás sea la única cuerda de la que poder tirar para descubrir de qué va todo esto —el Antonio que estaba de pie le miró serio, en su voz sonaba más la orden que el ruego.
—Me parece que quizás estemos haciendo una historia mayor de lo que es realmente esta situación. Y ni siquiera sé qué hago dejándome guiar por vosotros, si sólo sois mi sueño… —se llevó las manos a la cara con cansancio.
—Antes de irte, quería decirte algo.
Antonio comenzó a sentirse pesado y se imaginó así mismo como el lobo de aquel cuento al que abrían la barriga y se la llenaban de piedras para que se ahogara en el río. La voz del Antonio del espejo le llegó de lejos.
—No sé muy bien cómo ha podido suceder pero, en fin, a la vista de estos sentimientos que empiezas a tener por Arthur, sólo quiero pedirte que tengas cuidado… quién sabe la magnitud del daño que nos puede hacer ahora que lo tenemos tan cerca.
—Lo peor de todo es que el cabrón besa bien y todo, quién se lo hubiera imaginado.
La risa de aquel Antonio fue lo último que escuchó antes de escapar a otros sueños.
Arthur no había podido dormir aquella noche. A pesar de estar tumbado en su cama el sueño no le embargó. Se incorporaba de cuando en cuando, sentándose, apoyando la barbilla en la mano y observando la oscuridad, o pasándose la mano por la cara con cansancio. Cientos de pensamientos invadían su mente hasta el punto que creía que iba a estallar. La noche se le hizo tremendamente larga y esperó impaciente la llegada de las primeras luces del día para tener una excusa y salir de la cama.
Cuando aún parecía ser de noche, cruzó el bosque en silencio, se desprendió de cualquier prenda y se metió de lleno en el río. Durante la noche había estado lloviendo y tenía pinta de que el día iba a seguir por el mismo camino y el caudal había aumentado hasta el punto en el que podía sumergirse entero. Dejó que el agua fría lo despertara, aunque no podría disimular las ojeras debajo de los ojos ni la cara de cansancio.
Lo cierto era que estaba arrepentido. Sabía que llegaría, pero no esperaba que fuera tan pronto. Una serie de remordimientos le habían empezado a comer por la parte del estómago, subiéndole al esófago y quedándose en la garganta, dónde le oprimían como una pesada cuerda. Todo su interior se revolvía en malestar a raíz de aquel último beso. Ese beso en el que Antonio había decidido atraerle. Como si quisiera quedarse junto a él.
—Dios…
Se sentía cómo el ser más despreciable de la Tierra. Le estaba engañando, estaba engañando a una persona que no se lo merecía. Puede que no fuera muy tarde, quizás podría detener todo aquello. Decir que todo era una broma, incluso. No, aquella era una idea horrible pero, ¿había otra mejor? Sintió náuseas y se inclinó, apoyando las manos en las rodillas. Debía tranquilizarse. Tenía que hacerlo. Tenía que hablar con España.
Sólo así se calmaría.
Del pasillo le llegaron unas risitas sospechosas y se asomó para ver qué ocurría. La tímida luz del sol entraba por las ventanas, pues un cielo encapotado impedía que brillara con fuerza. Al fondo observó a Antonio, gesticulando efusivo y feliz como una perdiz, tratando de explicar no sé qué cosa a dos guapas y jóvenes criadas que no podían parar de reír. Se llevaron la mano a la boca, tratando de no parecer impertinentes, pero eso parecía que a Antonio no le importaba.
—¿Qué haces? —le cogió de la mano con suavidad y se lo llevó sin dirigir una mirada a las chicas.
—¡Luego nos vemos! —Antonio volvió la cara y le miró portando su característica sonrisa jovial. —Practico mi inglés. Aunque, por lo que he visto, aún me queda mucho por aprender…
—Y que lo digas, no tenía ni idea de lo que estabas hablando…
—Ah, pues les estaba preguntando sobre los pueblos más cercanos, me apetecía pasar algún día para visitar los talleres de los artesanos…
—No me parece que sea buena idea —se apresuró a decir en un tono neutro. Por muy elaborada que fuera aquella fantasía, no podría retener a Antonio contra su voluntad, debía procurar que su interés se centrara dentro de los confines del castillo.
—¿Por qué?
—Sólo me han llegado rumores, pero el médico de la corte ha oído sobre un brote de alguna enfermedad en el barrio de los carpinteros. No me gustaría que te arriesgaras solo por ir.
—En ese caso tendré que esperar, aunque ojalá no dure mucho.
Se oyó el tañido de las campanas y Antonio pegó un respingo, deshaciéndose de la mano de Arthur por el camino.
—Perdona, Arthur, me había olvidado de que iba a ir a la misa con María…
—Espera, voy contigo.
Antonio se quedó algo sorprendido.
—Pero si tú no crees…
—No importa, os acompañaré.
Antonio se acercó invadiendo el espacio que los separaba. Le acarició la mejilla con ternura, rozando los rubios mechones.
—¿No te ganarás problemas entre la corte?
Arthur apoyó la mano sobre la suya y compuso una pequeña sonrisa.
—Si les molesta es problema suyo.
Antonio sonrió.
Llegaron a la pequeña capilla católica a la que sólo unos pocos amigos de María y políticos católicos acudían, resultando una rareza la visión de aquel lugar tan decorado y de aquellos fieles que se arrodillaban, se santiguaban y volvían a levantarse. Antonio sintió un gran alivio en su corazón y pensó que, quizás, no todo estaba perdido en Inglaterra.
Dejaron a María en uno de los bancos más cercanos al púlpito y ellos se quedaron atrás, dejando un margen de bancos vacíos con el resto de los asistentes. A pesar de que Arthur no profesaba la fe, siguió el proceso habitual de los ritos sin poder evitar sentirse cómo un pez fuera del agua.
—Hemos ganado la batalla —Antonio se inclinó para susurrarle al oído. —Felipe me lo ha contado, Francia debe estar rabiando —su sonrisa se volvió algo salvaje. En su voz era patente la satisfacción que le producía la victoria.
—¿Cuáles son los planes de Felipe ahora?
—Planea volver a los Países Bajos. Las cosas por allí tampoco andan bien, me siento como si tuviera cien frentes abiertos…
—Es que es así —reprimió una risa. —Quizás deberías compartir un poco con los demás —le miró de reojo, divertido.
Antonio le devolvió la mirada y se mantuvo en silencio, sin saber bien qué contestar.
—…es bueno que los territorios estén gobernados bajo una sola mano. Así mantengo la autoridad de la Iglesia en todos los sitios. Es una forma de ser buen cristiano —retiró la vista hacia el púlpito, dando por terminada la conversación.
Arthur se mordió la lengua. Se le habían pasado muchas cosas por la cabeza y le molestaba sobremanera el tener que callárselas. Por eso no lo hizo.
—Mentira.
Antonio giró la cara, sorprendido. Arthur sonreía de medio lado, ladino, con los ojos verdes brillándole de una manera un poco oscura.
—Te encanta el poder. Lo sabes. Te mueres por ser el dueño del mundo y gozas cada vez que un enemigo capitula ante tus pies… es esa sensación la que te mantiene vivo.
Casi no pudo contener la emoción en la voz que le producía aquello. Pero él lo sabía tan bien, aquel sentimiento que le embriagaba más dulce que el vino, que pulsaba la sangre de sus venas con la fuerza de un terremoto, abriéndose paso a través de las rocas, rompiéndolas, despedazándolas, miles de pedazos saltando por los aires. Era el poder de saber que era el más fuerte, que nadie podía hacer que inclinara la cabeza o se postrase.
—En el fondo tú y yo estamos hechos de la misma pasta.
Antonio giró el rostro lentamente hacía el altar y se mantuvo en silencio hasta que terminó la misa.
Afuera llovía cómo si Dios se hubiera dispuesto inundar el mundo. Una cantidad ingente de personas se había hacinado en el castillo y ningún lugar estaba exento del ruido de las conversaciones. Habían disfrutado de la comida sentados uno al lado del otro, disfrutando de faisán, ciervo, pescado en salazón, tartas frías de carne, pan blanco, frutas de la temporada y pastelillos de limón. Justo cuando Arthur iba a coger otro de estos últimos, Antonio le dio unos toquecitos en el hombro y le indicó que quería marcharse de allí.
Anduvieron por distintas salas, encontrándolas todas ocupadas. La lluvia había amainado durante el almuerzo pero la gente seguía apiñada cómo gatos temiendo que les salpicara una gota de agua.
—Mira aquel árbol de allí —señaló a través de la ventana mojada un enorme árbol de gran copa. —Pasemos la tarde bajo sus hojas.
—No creo que deje de llover en todo el día —replico Arthur cruzándose de brazos.
—Da igual, vayamos.
Antonio le suplicó con la mirada.
—No tengo ganas de mojarme… —murmuró apagado a sabiendas de que acabaría cediendo.
—Vamos… —le dio unos toquecitos con el dedo en los mofletes como si molestara a algún animalillo. —Venga…
—¿Puedes ser más molesto? —preguntó irónico.
—¿Quieres comprobarlo? —alzó las cejas divertido.
Arthur bufó y empezó a caminar.
—Vamos, anda.
Antonio sonrió satisfecho y le alcanzó, cogiéndole la mano. Una vez llegaron a la entrada principal del palacio, corrieron atravesando los jardines sin descanso hasta llegar a la cima de la colina donde nacía el árbol. Antonio se dejó caer sobre la hierba, recuperando todo el aire que su cuerpo le reclamaba. Arthur llegó a duras penas, apoyando las manos en el tronco y luego en sus rodillas, tratando de decidir si lo que le cubría la frente era sudor o el agua de la lluvia.
—Te odio… te odio mucho —dijo entrecortadamente mientras jadeaba. Por toda respuesta sus oídos se llenaron con la risa cantarina de Antonio. —Me siento como un anciano… —comentó mientras se sentaba a su lado.
Tragó saliva. La verdad es que lo era. De hecho, quizás Antonio, al creer que vivían en aquella época, también poseía aquella vitalidad adolescente que hacía su cuerpo más resistente y rápido. Lo que daría él por volver a sentirse así.
Cuando hubo recuperado el aliento, Antonio retrepó retrocediendo hasta que su espalda tocó el tronco.
—Ven —le hizo un gesto con la mano. —Puedes echarte aquí si quieres.
Aunque no lo indicó, Arthur intuyó que se trataba de su regazo. Con un leve rubor en las mejillas se movió hasta tumbarse de manera que su cabeza quedara acomodada en el confortable regazo que Antonio le ofrecía.
—¿Estás cómodo? —preguntó mirándole desde arriba.
—Sí.
Mentira. Se sentía un poco vulnerable en aquella posición y la cercanía con España no ayudaba mucho, pero trató de relajarse.
Allí arriba quedaba muy lejos el bullicio del mundo. La gran copa les protegía de la lluvia, aunque su sonido resultaba muy reconfortante. A Antonio le gustaba aquella extraña sensación de encontrar un sitio agradable en el que poder refugiarse de alguna inconveniencia. Pasó los dedos por las briznas de hierba, acariciándolas, y observó el Hampton Court Palace, impronunciable para él, dónde María había decidido retirarse para pasar la luna de miel con Felipe.
—Dentro de poco Felipe volverá a los Países Bajos —comentó haciendo que Arthur abriera los ojos. —A pesar de que ahora tenemos un acceso más fácil, todo indica a que dentro de poco me voy a ver envuelto en algo más que revueltas —si había alguna emoción específica en su tono, Arthur no supo adivinársela.
—¿Y qué puedes hacer tú?
—Nada, claro. Como siempre.
Una ráfaga de aire sacudió las hojas, levantando un sonoro susurro. Antonio suspiró.
—Con Carlos no tendríamos este problema, pero dentro de poco abdicará y los holandeses nunca han visto a Felipe como su rey. Es muy distante, no habla su lengua y, claro, luego está el problema de los calvinistas… —arrugó el ceño, callándose al notar que su ánimo decaía.
A Arthur se le echaron encima una avalancha de malos recuerdos. Cuántos problemas le había traído la religión. Vistos desde una perspectiva actual todo aquello le parecía una tontería, claro. Estuvo a punto de decirle: pues déjales que crean lo que quieran, pero supo contenerse a tiempo.
—¿Vas a irte con él?
Antonio le miró y guardó unos segundos de silencio.
—En un principio le dije que sí, pero ahora no lo tengo tan claro…
Ninguno de los dos supo qué más decir y se limitaron a disfrutar de la soledad y el recogimiento de aquel lugar. Arthur había cerrado los ojos de nuevo, sintiéndose cansado por la noche en vela. Las poderosas manos del sueño estaban arrastrando su cuerpo por segundos y él se dejó caer sin ninguna resistencia, pero algo le mantenía despierto. Luchó por mantenerse consciente a pesar de la extenuación y se prometió que aquella noche dormiría largo y tendido.
Se sobresaltó levemente cuando sintió las yemas de los dedos de Antonio danzar lentamente sobre su frente, acariciando los cabellos de su flequillo. El pulso se le aceleró un poco.
—Me acuerdo cuando llegué a Inglaterra y bajé del barco. Qué nervioso estaba. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi y me sentía desolado por la situación del matrimonio con Enrique. —hizo una pausa. —Me preguntaba cómo estarías, si a ti también te habría afectado o si estarías enfadado por tener que volver a enredarte con la sangre de mi monarquía…
Te busqué entre los rostros de los que habían ido a recibirnos. Cuánto más rato pasaba más creía que sí te había encontrado pero no te había reconocido. Pelo rubio, ojos verdes, tez muy blanca, cejas pobladas… me lo estaba repitiendo cuando por fin te encontré. Sentí mi corazón saltar desbocado. ¿Eras tú? Habías crecido, más de lo que esperaba, parecías más fuerte, más alto, más decidido. Menos niño.
Antonio apartó la mano dejando de acariciarle.
—Y, me acuerdo que lo primero que pensé fue: qué atractivo —rio avergonzado llevando la vista a otro lugar.
Arthur no pudo evitar sonreír y abrir los ojos. Tenía las mejillas como dos candiles.
—¿De verdad pensaste eso?
—Te lo juro —dijo sin vacilación, mirándole directamente. —Siempre me habías llamado mucho la atención… tan distinto a los demás, tan individual y receloso, evitando al resto.
—¿Cómo un ermitaño?
Antonio rio.
—No quería decir eso. Aunque un poco sí, ya que lo dices —esquivó la mano de Arthur que se había alzado rápida como una cobra para picarle en el costado. —Hay que saber aceptar las críticas, Arturo.
A Arthur le recorrió un agradable escalofrío por la espina dorsal al escuchar aquello. Antonio solía llamarle por su nombre en español cuando quería cabrearle. Y siempre lo conseguía. En ese momento, sin embargo, le provocó otro tipo de emociones más embarazosas.
Alzó la mano hacia su rostro sonriente, acariciándole la mejilla para acabar rozando sus labios con el pulgar. Reprimió el impulso de morderse el labio y se incorporó lentamente, quedando a su altura. La mirada de Antonio se había vuelto seria y brillante al adivinar sus intenciones. Se inclinó sobre él y le besó con ternura, disfrutando del momento.
Antonio llevó la mano a los cabellos dorados, agarrándolos con suavidad e indicándole que profundizara el beso. Chocó su lengua con la de él en un lento vaivén notando la humedad de su boca, la calidez que empezaba a crecer en su estómago extendiéndose a todas las partes del cuerpo.
Arthur se acomodó en una mejor postura y rozó su cintura, agarrándola con firmeza. Escuchaba el sonido de su propia respiración comenzando a acelerarse y los silenciosos movimientos de su cuerpo que se iba acercando poco a poco al de Antonio, tratando de sentirlo más cerca.
—Espera, espera… —susurró Antonio separándose un poco de él e indicando las ventanas del palacio, por muy lejos que estuvieran.
—Me da igual —contestó como si nada y fue a besarlo otra vez, pero fue interrumpido por la palma de Antonio, que se había posado en sus labios, deteniéndole.
—Y a mí también, pero Felipe…
Inglaterra sintió ganas de golpear a aquel actor en la cara.
—Lo entiendo —se alejó un poco de él y se colocó a su lado, apoyando la espalda en el tronco.
Ahora que el silencio se había interpuesto entre ambos, la vergüenza acudió a sus rostros, haciéndoles conscientes de sus actos.
—Aunque, supongo que harías esto con Austria… —murmuró por lo bajo.
—En realidad hacía mucho más…
Arthur le miró con sorpresa y se encontró con una sonrisa divertida. Antonio se puso en pie y se estiró. Luego le tendió la mano.
—¿Nos vamos?
Al volver, Antonio se excusó pues tenía una charla pendiente con Felipe y debía acudir a sus aposentos. Arthur aprovechó el tiempo que tenía hasta la cena y se retiró a su cuarto para dormir. Trató de despejar la mente y dejarse arrastrar por el cansancio, pero no lo conseguía. Aún sentía la llama encendida en su cuerpo de aquella escena interrumpida pero el pensamiento que no lograba alejar de su cabeza era uno muy distinto.
Se sentía tan estúpido. Recordaba aquel día, lo tenía grabado a fuego y, sin embargo, no recordaba nada de lo que le había contado Antonio. Nada. Giró hasta quedarse tumbado boca abajo. En aquel momento estaba tan enfadado consigo mismo y con el mundo. Primero, Arturo moría provocando que un matrimonio a todas luces perfecto desembocara en el casamiento de Catalina con Enrique y, luego, a pesar de que había habido amor durante los primeros años, nadie pudo impedir la espiral de locura en la que acabó todo aquello…
Cuando le contaron que nuevamente iba a contraer nupcias con España, ya no sabía qué esperar. Estaba aterrorizado. Muerto de envidia por la grandeza de España en aquel momento, carcomido por la rabia de tener que estar en alerta por la cercanía con el Papa. Aquel día ni siquiera miró a Antonio a la cara. No pudo hacerlo porque le odiaba. Aunque nada de aquello fuera culpa suya, le odiaba.
Si no hubiera sido un necio y se hubiera acercado a él en aquellos breves años, ¿hubiera sido algo diferente? Dándole vueltas a aquella pregunta terminó por hundirse en las aguas del sueño.
Durante la cena se reunieron solo los reyes con los amigos más cercanos de la corte en una sala más pequeña. Arthur apenas había probado bocado y se mantenía recostado de mala manera en el asiento, tratando de mantenerse despierto. A su lado, Antonio comía y reía charlando con la persona sentada a su izquierda. El ambiente era mucho más distendido y los comensales disfrutaban con parsimonia de su comida, menos copiosa que la del almuerzo.
Arthur tomó otro trago de vino dulce, sintiendo que se le subía a la cabeza. Le estaban empezando a arder las mejillas. Nunca se manejaba bien con el alcohol y, aunque aguantaba mejor con la cerveza, el vino le provocaba una somnolencia muy molesta. Alcanzó a coger un ramillete de uvas para entretenerse en comerlas cuando, de repente, observó que Antonio le miraba fijamente. Dio un respingo y se incorporó colocando la espalda recta, los hombros firmes y la cabeza alta.
Antonio rio.
—¡Tranquilo, Arthur, llevas todo el día muerto de sueño!
Sintió el rojo de las mejillas extendiéndose por las orejas y agachó la cabeza, avergonzado. Antonio se acercó al racimo y le robó una de las uvas con la boca. Arthur sonrió y las dejó sobre la mesa, cogiendo nuevamente la copa de vino. Cuando fue a llevársela a los labios, la mano de Antonio apareció como de la nada, cogiéndola con toda la suavidad del mundo y bebiendo un largo trago hasta dejarla vacía.
—Qué gracioso… —murmuró con molestia. Notaba la boca pastosa. —Venga, dame la copa… —fue a cogerla pero sus movimientos eran lentos y pesados.
Antonio alzaba la copa levemente por encima de la cabeza de Arthur mientras le miraba asombrado.
—¿Estás borracho?
Arthur hipó sin querer, respondiendo a la pregunta. Antonio compuso una fina sonrisa, y miró hacia otro lado para controlar la risa que amenazaba con estallar en su pecho. Las manos de Arthur agarraron sus ropas, acercándose a él, quedando cerca de su cara.
—Vamos, me vengaré mañana, Spain…
Antonio le observó de una manera extraña, aun con la copa en alto. Llevó la mano libre al hombro de Arthur, agarrándolo con suavidad, descendiendo la mano lentamente por su brazo. Se mantenía callado y, por un momento, Arthur creyó que estaba un tanto azorado.
—Arturo…
Cuando oyó la manera en la que susurraba su nombre, tuvo un momento de lucidez. No pudo apartar la vista de sus ojos verdes. De repente, fue consciente de la cercanía, de sus manos agarrándole del pecho, atrayéndole hacia él, del dulce contacto de España en su brazo, de la calidez que le transmitía su cuerpo, de…
—No digas mi nombre así, por favor… —más bien fue una súplica que una orden. Fue agachando la cabeza, incapaz de permitir ver a Antonio su rostro teñido por la vergüenza.
Arthur sintió el leve movimiento de Antonio, que se inclinó para susurrarle al oído.
—Arturo…
Agarrotó los dedos de las manos, agarrándose con fuerza a los ropajes de España. La intensidad con la que su corazón latía parecía que lo iba a hacer saltar del pecho. Cuando fue a abrir la boca, la sala se deshizo en exclamaciones de asombro y júbilo al contemplar la entrada de un músico que los monarcas habían llamado para amenizar la velada.
Se trataba de un joven larguirucho y confiado vestido con ropas negras intercaladas de llamativos colores. En sus manos reposaba un laúd, al que cogía cómo si conociera al milímetro cada curva que lo formaba.
Tanto él como Antonio se separaron. Antonio volvió muy rápido a la normalidad, uniéndose a la curiosidad de los demás por escuchar el repertorio de aquella noche, pero a Arthur le costó un poco más.
El joven comenzó a tocar una alegre pero hermosa melodía bajo la atenta mirada de los comensales. Sus dedos se deslizaban rápidos pero seguros cómo una familia de cisnes sobre un lago. Las conversaciones se reanudaron pronto, pero Antonio permaneció callado, con la vista fija en el artista hasta que cerró los ojos también para disfrutar más de la música.
Arthur observó su perfil disimuladamente, reparando en la fineza de su rostro. Si había un Dios, Arthur admiraba el esmero con el que le había hecho. Antonio era hermoso. En sus largas y oscuras pestañas y en sus nobles rasgos encontraba la paz cada vez que descansaba los ojos sobre él. Su sonrisa podía paralizar el corazón de las mujeres e inspirar el de los hombres. Sus ojos verdes reflejaban toda la luz que existía en el mundo, la esperanza eterna que nunca muere, la dicha de la vida. Aquellos eran los valores que llevaba por bandera.
Ya se había dado cuenta mucho tiempo atrás de que podría pasar horas mirándole, embelesado, obnubilado, hechizado. El sólo aleteo de sus pestañas bastaba para robarle el aliento. Supuso que sería una tontería confesarle todo aquello a Antonio pero, a pesar de todo, se quedó con unas ganas irremediables de hacérselo saber y de contarle que a él también le había resultado hermoso cuando lo tuvo frente a frente en aquella playa de Inglaterra. Tan hermoso, quizás, que apenas pudo dirigirle la palabra en lo que les quedó de matrimonio.
Escuchó los aplausos tras el cese de la música. El artista se inclinó con una mueca de soberbia, cómo si se alimentara de las alabanzas de su público. Antonio se puso de pie, echando el asiento atrás y, con paso seguro y elegante, bordeó el extremo de la mesa y se acercó al músico, poniéndole una amigable mano en el hombro y dirigiéndole una sonrisa al decirle unas palabras al oído. El joven agachó la cabeza en asentimiento y le otorgó el laúd, alejándose hasta alcanzar la mesa para convertirse en un espectador más.
—Gracias.
Carraspeo un poco y observó el laúd por unos instantes, sin llegar a emitir sonido alguno. En pocos segundos comenzó a tocar, empezando por unos graves y saltando luego a unos suaves agudos, una melodía familiar pero extraña, de un tono bello y tristísimo. Las notas volaron sueltas durante un rato y, en el momento indicado, la voz de Antonio se alzó también, uniéndose a ella como un pájaro.
Cantó a la belleza de la vida, a los colores que transformaban las estaciones y que insuflaban de magia los bosques. Cantó a la alegría de la infancia, al amor de la madre y la dicha del matrimonio. Entonó versos de dolor, traición y venganza. Exclamó desolado por la injusticia de la muerte, el anhelo de la inmortalidad y la potestad de Dios. Habló del amor y de los placeres, de las caricias de las amantes, de los besos de las esposas, de los ojos claros de las doncellas y del calor que se comparte en el lecho.
Contó la historia de la tragedia de dos jóvenes, la imposibilidad de amarse a pesar de la pasión. La lucha continua contra los padres, los enemigos y los celos. Los besos que compartieron en una lejana colina, el anillo que él le regala a ella. Y, finalmente, la muerte que llega y los separa cómo dos pétalos de una rosa marchita, llevándose a uno y, un segundo después, a otro.
Las últimas notas se dispersaron en el aire cómo el aliento. En el silencio sólo se escuchaba ya el gimoteo de las mujeres, derramando lágrimas desconsoladas y silenciosas.
Arthur dejó salir el aire que había estado conteniendo. Tenía las mejillas húmedas y los ojos empañados. Hacía cientos de años que no escuchaba versos tan hermosos como aquellos. Antonio devolvió el laúd al músico, que aún permanecía asombrado y que lo reverenció como si fuera un maestro y, tal como se había levantado, igual de tranquilo volvió a sentarse. Cogió un pañuelo de suave tejido y tomó el rostro de Inglaterra, secándole las lágrimas con delicadeza.
—He decidido quedarme aquí, Arthur. No voy a ir con Felipe a los Países Bajos.
Había pasado una larga y extenuante semana. Desde aquella noche en la que había salido a tomar copas con Inglaterra, no había vuelto a oír noticias suyas. No había aparecido en las reuniones ni había informado del porqué de su ausencia; no contestaba a llamadas, emails, faxes, mensajes ni cartas; cuando había querido preguntar con toda la discreción del mundo a sus superiores, estos le habían dado evasivas y ni Estados Unidos ni Japón ni ninguno de sus hermanos tenían la más remota idea de dónde estaba.
No estaban preocupados, claro. Pensaban que, cómo muchos de ellos hacían, se había retirado un tiempo a descansar a algún rincón paradisiaco del mundo y que no quería ser molestado. Pero ellos no conocían la oscura verdad detrás de todo aquello y Francia se había estado rebanando los sesos decidiendo si era mejor dejar la situación como estaba y esperar o actuar, porque todo aquel asunto le olía muy, muy mal.
Se dirigía a la última reunión que tendrían en Bruselas por un tiempo y ya había dejado empaquetado todo su equipaje en la habitación del hotel. Había decidido no coger el coche aquel día porque sabía que no iba a estar pendiente y lo último que quería en aquel momento era sufrir un accidente. Si era verdad que estaba ocurriendo algo extraño ejecutado a manos de Inglaterra, él era el único que sabía la verdad.
Mientras caminaba taciturno y silencioso apenas reparaba en el tráfico o en la gente. Su mente trataba de buscar una y otra vez alguna pista, algo que se le hubiera escapado, algún hilo del que tirar. O, al menos, alguna idea para decidir qué rumbo tomar en aquella situación. Romano le había preguntado ya otras dos veces sobre el paradero de España y, puede que no fuera así, pero seguro que alguien no tardaría en sumar dos más dos y darse cuenta de la posible relación entre el desvanecimiento de Antonio y el de Arthur.
Fue uno de los primeros en llegar y tomó su habitual asiento, rodeado de diplomáticos, embajadores, altos dignatarios, juristas, personalidades implicadas en la cooperación internacional y, como no, multitud de países. Se frotó la cara con la mano pasándola por el pelo, sintiéndose especialmente tosco. Apenas había dormido desde la desaparición de ambos y, la noche anterior, no recordaba haber cerrado los ojos durante más de dos horas. Estaba agotado.
El discurso comenzó pero a él le llego como el zumbido de una molesta abeja. No tenía ni idea de lo que estaban diciendo. Creía que se desplomaría de un momento a otro y fue apoyando los brazos con cuidado sobre la mesa, agachando el cuerpo para dejar que la cabeza reposara sobre ellos. Por fin podría dormir.
—¿Francia? ¿Estás bien…?
Lo primero que vio al abrir los ojos fue el techo más hortera y feo que había visto en mucho tiempo. Cayó en la cuenta de que estaba en un hospital, consecuentemente.
—Mierda, qué ha pasado… —se incorporó con dificultad aunque comprobó con alivio que el cansancio acumulado había desaparecido.
—Te has desmayado, Francia —algunos compañeros del cuerpo diplomático estaban con él. —¿Tienes algún problema, es que no te estás cuidando bien?
Francis trató de que en su cara no se reflejara la vergüenza. Que a sus años le pasara aquello y que encima pensaran que tenía algún problema siniestro que lo había llevado a esa situación…
—No, no, estoy bien. Será que me he llevado un poco al límite. Últimamente me quedaba hasta tarde trabajando, una mala manía que tengo —rio quitándole importancia.
—Gracias a Dios que ha sido sólo eso, pero tengo que pedirte que entiendas…
…no. Ojalá comprendas mis motivos una vez llegue el momento.
Francis no escuchó lo que aquel hombre le dijo. En sus oídos resonaba la voz de Inglaterra, aquella noche en la puerta del hotel, cuando le miró de aquella forma tan extraña.
—No puede ser… —se llevó la mano a la boca involuntariamente.
Arthur le había abrazado, algo más inusual que la nieve en verano y le había dejado aquellas palabras tan enigmáticas que su mente ebria había borrado de su memoria. Sintió el ritmo de su corazón acelerarse. Aunque no quisiera creerlo, la idea ya estaba plantada en su cerebro, ahí, constante, una semilla que extendía sus ramas penetrando imparable por cada rincón de su mente.
—No, no, no… —se destapó y se levantó de un salto, poniéndose las zapatillas como pudo y tropezándose en el intento, cayendo en los brazos de los otros dos diplomáticos.
—¿Qué hora es? Rápido, ¡llamad a Romano! Digo, ¡a Italia del Sur! —miró su reloj deshaciéndose de los brazos de los preocupados hombres que le miraban como a un desvariado.
Salió al pasillo pero volvió al momento a la habitación, vistiéndose primero. Se estaba abrochando el cinturón cuando observó a los hombres, paralizados.
—¡¿Es que tengo que repetirlo?! ¡Vamos, daos prisa!
Aquella voz los puso en marcha y en seguida se pusieron a recoger todo aquello, a preparar el coche y a realizar la llamada. Le daría tiempo. En ese momento tenían que estar terminando la última reunión. Llegaría si se daba prisa.
Volvió a perder la partida. Se había viciado al último juego del móvil que había descargado, un multijugador en el que habían formado un grupillo de países. Se notaba que el que más horas pasaba jugando era Estados Unidos, y Romano no supo cómo explicarse de dónde sacaba el tiempo.
En realidad podría estar ya tan tranquilo en su casa, pero Francia lo había citado allí. Todos habían abandonado el edificio, la vida nocturna inundaba las calles y él se encontraba solo en una sala de reuniones, ajeno a lo que fuera que Francis tenía que decirle. A pesar de que se había mostrado reticente y de que había tenido que cancelar el vuelo a Roma, el francés había prometido recompensarle si le hacía caso, recalcando la importancia extrema de aquello que venía a decirle.
—Ugh.
Justo cuando se estaba lamentando de la decisión, Francis apareció por la puerta como un huracán, con las ropas mal arregladas, el pelo despeinado y con una cara de loco que le hizo levantarse de la silla.
—¡Maldita sea, ¿pero a ti qué te pasa?! ¡¿Quieres matarme de un susto o qué!?
Francis le ignoró, apoyándose en la mesa para tomar aire y pensar en cómo iba a hablarle de aquel tema.
—Bueno, si ni siquiera te has molestado en arreglarte será porque es algo serio… —volvió a sentarse aún con una ceja alzada. —O eso espero —Francis le miró entre los mechones rubios con una especie de sonrisa, aunque no supo muy bien si aquello le terminaba de tranquilizar.
Se puso a recorrer la mesa con rapidez pasando la mano por debajo, agachándose y mirando las patas. Cerró las ventanas bajo la protesta de Romano por el calor y echó las cortinas. Por último cerró la puerta y echó la llave.
—Estamos totalmente solos, ¿verdad? —dijo con seriedad.
—Sí… oye, me estás asustando. Bueno, asustando no pero parece que se te haya ido un poco la pinza…
Francis relajó su semblante y suspiró formando una sonrisa resignada.
—Ojalá fuera eso. Pero me temo que no.
Se acercó a la mesa y tomó un asiento frente a Romano, moviendo la silla. A pesar de que había tenido tiempo para pensar en el coche, aún no sabía cómo explicarle todo aquello sin que pareciera una locura o sin que reaccionara mal.
—Es sobre España.
La seriedad con la que había dicho aquello hizo que el semblante de Romano se tornara sombrío.
—Sabía que escondías algo, lo sabía…
—Espera, espera. Prometo contártelo todo, ¿vale? Pero antes prométeme que vas a dejarme hablar hasta el final.
Romano tomó aire sonoramente, tragándose la mala leche y el orgullo de querer contestarle.
—Vale.
—Bien —se pasó las manos por la cara apartándose los mechones sueltos. —A ver… eh… ¿te acuerdas de la fiesta, no? ¿La fiesta de Inglaterra?
Romano asintió. Francis fue contándole los hechos con la veracidad más absoluta, tratando de recordar las palabras exactas de sus conversaciones con Inglaterra, las localizaciones y horarios, la sospecha que tuvo al principio por no poder contactar con España. La cara de Romano iba dejando traslucir cada vez más confusión.
—Hasta que me acordé hoy de lo que me dijo. Y de lo que me quiso decir, sobre todo —se levantó estando ya más calmado y se llevó una mano a la nuca. —Mira, Romano, yo no sé si lo tiene allí y no le deja salir por cualquier tontería o por algo más serio, no tengo ni idea. Y no sé qué hacer, si acaba siendo una especie de broma habremos actuado como unos tontos pero, si es verdad que está pasando algo serio…
Romano se quedó sentado. Llevó la mirada al suelo, aún sin entender muy bien por qué aquella situación estaba pasando.
—Pero… esto no puede ser, ¿no? No somos psicópatas, somos gente corriente a pesar de todo y no hacemos estas locuras, quiero decir —se levantó aflojándose un poco la corbata con el dedo —, aunque sea Inglaterra de quién estamos hablando, ¿qué motivo tendría para secuestras a España? Dios mío, secuestrar… —se pasó las manos por la cara con incredulidad. —Esto no tiene sentido, Francis, es un disparate.
Francis le lanzó un móvil que cogió al vuelo.
—Llámalo.
—¿A quién? ¿A Antonio o…?
—A cualquiera de los dos. No importa. No te lo van a coger. Es más, la vocecilla te dirá que ni están disponibles.
—¿Los dos? Había llamado a España en estos días y también me decía eso, pero…
—Romano, los superiores de España no saben dónde está —se acercó agarrándole de los hombros con firmeza —. Los superiores de Arthur no saben dónde está. Nadie les ha visto, nadie se ha puesto en contacto con ellos y pondría la mano en el fuego a que si seguimos sin buscarlos seguirán sin aparecer.
—Entonces, ¿estamos hablando de verdad de un secuestro? —bajó la voz como si temiera que alguien más le oyera.
—Qué otra cosa podría ser…
—¿Y qué vamos a hacer? Deberíamos reunir a todos y-
—No, Romano, ¿por qué crees que te he llamado sólo a ti? Esto no lo puede saber nadie.
—¡¿Pero por qué no?! ¡Tiene a España, no sabemos qué está haciendo con él ni para qué lo quiere!
—Porque sabes cómo son, sabes cómo somos. A la mínima que podemos utilizamos cualquier excusa para atacarnos, no podemos decirles a los superiores de dos países que uno ha secuestrado al otro, ni mucho menos a los demás. ¡Tomaran bandos como si fuera una guerra! Los que quieren ver a Inglaterra hundido tendrán su cabeza en una bandeja de plata, al final todo se volverá política —suspiró, suavizando su tono —. Pero a nosotros eso no nos importa. Te he llamado a ti porque sé que valoras a Antonio como amigo, no cómo un arma que nos podamos arrojar.
Romano se mantuvo en silencio asimilando la información. La última vez que había visto a España fue en aquella fiesta y desde entonces no había contestado a ninguna de sus llamadas. ¿Cómo podría haberse imaginado que aún se encontraba en aquel castillo?
—Pero qué podemos hacer nosotros dos, Francia. Tenemos que volver, ¿no?
—Eso había pensado, ir allí directamente y desvelar de una vez por todas este maldito misterio.
—Vale, vámonos entonces —fue a coger su chaqueta pero Francis se lo impidió.
—No, tengo que ir solo.
—¿Por qué? —replicó a punto de perder las maneras.
—Somos los únicos que sabemos lo de España, si vamos los dos y no regresamos…
—Por Dios, Francia, ¿pero te estás oyendo?
—Si me pasa algo a mí, entonces sí, convoca a los demás, díselo a todo el mundo. Necesito tener el apoyo de que otra persona podrá arreglarlo todo si yo fallo.
—Está bien —aceptó de mala gana —. Pero no te va a pasar nada, ya lo verás. Sea lo que sea que esté haciendo Inglaterra, estoy seguro de que no le tocaría un pelo a España. No está tan loco.
Acumulando sueño nuevamente, Francis cogió un avión a Londres. Le había dado a Romano un móvil con el que ambos podrían comunicarse y le había dicho que le daba permiso para contarlo todo si no le contestaba en las próximas veinticuatro horas.
Había optado por alquilar un coche y emprender el camino que más o menos recordaba hasta aquel palacio, aunque hubo de pararse de vez en cuando y preguntar a aquellos que habían decidido dar un paseo por el campo. Cada vez se iba alejando más del núcleo urbano. Salió de la carretera para tomar un camino arenoso en el que estaban marcadas las huellas de las ruedas de otros coches.
Mentiría si dijera que no estaba nervioso. El corazón no paraba de darle botes en el pecho haciendo que retumbara en sus oídos. Bajó un poco la ventanilla para que le diera el aire fresco de aquel día nublado e intentó mantener la calma cuando al fin divisó la bifurcación del camino que conducía a la puerta de entrada.
Aquel sitio era enorme e incluía gran parte de los bosques dentro de sus dominios. No se había fijado mucho la primera vez, pero recordaba que la puerta era alta y estilizada y que, como la otra vez, quizá se la encontraría abierta. Aunque ya se había preparado en su mente para escalar si fuera necesario. Se le pasó entonces por la cabeza que también habría sido una buena idea traer unas tenazas o algo…
Bajó de velocidad y vio a lo lejos la puerta cerrada y un par de hombres custodiándola. Sin embargo, lo que más le extrañó fueron las ropas que vestían. Detuvo el vehículo a un par de metros de la puerta, cogió el móvil por si acaso y se maldijo por no tener a mano ningún objeto que le pudiera servir si las cosa se ponía fea. Salió y se encaminó hacia ellos con una diplomática sonrisa.
—Buenos días, caballeros.
A pesar del tono conciliador ambos se pusieron en tensión.
—¿Sabéis si Inglaterra se encuentra dentro? La República Francesa tiene algunos asuntos que concretar con él y, por lo que me han dicho, se encontraba aquí.
Los guardias se miraron y el que tenía más pinta de bruto habló.
—Sí, está aquí.
Hubo un pequeño silencio ya que Francis esperaba que, consecuentemente, lo invitaran a pasar.
—¿Podría verlo?
—Inglaterra ha expresado que por el momento no desea recibir ninguna visita.
—Y tampoco nos ha dicho que esperásemos la llegada de Francia… —añadió el otro más enclenque alzando una de las cejas.
Francis carraspeó.
—Oh, perdón, se trata de un error. No tenía programada mi llegada pero se trata de un asunto urgente. Y confidencial, me temo. En cuanto lo resolvamos podré irme.
Los guardias adoptaron un gesto más tosco, estaba claro que su presencia allí no era bien recibida.
—Lo siento, pero tendrá que hablar con él otro día. Nosotros sólo cumplimos órdenes.
Y dando por zanjada la conversación, volvieron a sus rígidas posturas y miradas al frente. Francis reprimió las ganas suspirar y mantuvo la sonrisa.
—La otra vez que vine no os vi, ¿sois nuevos?
—Sí —tardó en contestar el guardia enclenque.
—¿Lleváis muchos años siendo guardias? Siempre he creído que es uno de los oficios más aburridos del mundo… —amplió su sonrisa dirigiéndose solamente a él.
—Bueno, no llevamos mucho, desde uno o dos días después de Halloween… —sonrió tímidamente.
—¿Y antes dónde trabajabais?
—En la Compañía de Teatro de… —se interrumpió cuando sintió la pesada mirada de su compañero sobre él. Tragó saliva y abrió los ojos con sorpresa. Comenzó a titubear.
—Mire —el otro guardia se adelantó unos pasos hasta ponerse en frente de Francia, más cerca de lo que debería. —Estamos haciendo nuestro trabajo, si quiere saber más sobre el oficio vaya a interrogar a otros, ya veo que tiene usted mucho tiempo libre.
Francis alzó las manos y se alejó con tranquilidad.
—Vale, vale, tenéis razón… muy bien, gracias de todos modos —dio unos pocos pasos pero volvió a detenerse, mirándolos de reojo. —Por cierto, ¿está España aquí también?
Los guardias se miraron interrogándose el uno al otro. Pareció que unos susurros nerviosos salieron del guardia enclenque y el otro le mandó callar en el momento. Este titubeó, como si intentara ganar tiempo.
—No importa, ya me enteraré yo.
Aquella había sido su respuesta.
Dio un rodeo por la extensión que ocupaba el gigantesco complejo arquitectónico. Siempre que se acercaba al cerco o a un trozo de bosque cercano a la vivienda divisaba otro llamativo guardia que vestía como si fuera de otro siglo. Finalmente desistió en su intento por colarse y volvió a Londres, alojándose en un modesto hostal.
Llamó a Romano y le contó lo ocurrido. Quedaron en verse al día siguiente para preparar un plan.
Felipe había marchado a los Países Bajos. Tras una temporada de noviazgo sin terminar de aclimatarse ni a las costumbres inglesas ni a su idioma, partió para atender asuntos más delicados que ponían en riesgo el poder territorial de España. Bajo recomendación de Arthur, Antonio no fue a despedirse al puerto y se quedó en el palacio con él y con María.
Desde que el monarca abandonó el palacio, la mujer se había ido apagando más y más con el pasar de los días. Perdió el apetito y dejó los platos con el mismo aspecto que tenían cuando los dejaban en la mesa. Los bufones no la entretenían, la música le chirriaba y la poesía le sonaba vacía. Apenas salía de sus aposentos y mucho menos conseguía dormir más de dos horas seguidas sin despertarse pensando que Felipe había regresado, que la estaba esperando en el puerto y que tenía que ir a verle.
La única sonrisa que se advertía en el rostro de la reina era cuando pasaba una mano con ternura por su vientre hinchado, añorando la llegada del tan deseado heredero. Sabía que aquello haría feliz a Felipe y al resto de la Corte, no podía esperar a que llegara el día del alumbramiento. Aquello era lo único que impedía que se consumiera como una vela.
Antonio se encontraba aquel día en los jardines, observando con resignación el cielo encapotado sentado en uno de los graciosos bancos que había dispuestos alrededor de una suntuosa fuente. Por su cabeza, igualmente encapotada, corrían los pensamientos cruzados del alivio y los remordimientos. Dios sabía lo mucho que le hacía falta alejarse por un tiempo de los asuntos de Estado e incluso Felipe se había mostrado comprensivo con su decisión, como si aquello fuera otra señal divina de que estaba haciendo lo correcto.
Sin embargo, no podía evitar pensar en que aquello había sido un acto egoísta. Había dejado a Felipe solo. Aun considerándolo muy capaz, la nación debía estar con el monarca en su mayoría, sobre todo en los momentos más importantes y decisivos. Sabiendo cómo estaba la situación en los Países Bajos, quizás su presencia allí hubiera servido para afianzar el gobierno español sobre esas tierras…
Y podía engañarse con los motivos, pero sabía que la razón por la que había decidido quedarse era Inglaterra. La verdad era que él tampoco estaba muy seguro de en qué momento se dio cuenta de que prefería quedarse por más tiempo en aquel país. El clima era lejos de ser perfecto, no se entendía con el idioma y la gente se mostraba fría y reacia a su presencia. Ni siquiera podía hablar en español sin recibir algunas miradas de reproche. Lo único que sabía es que la idea de marcharse le apenaba, y la razón de aquella tristeza era Inglaterra.
Alargó el brazo tomando una florecilla amarilla y le dio vueltas al tallo. Contra todo pronóstico habían congeniado y no quería arruinar aquella relación entre ambos que acababa de comenzar. Era un conocimiento universal el que las relaciones entre naciones eran tan frágiles cómo un hilo de cristal. Al final del día, la mayor parte no dependía de ellos, sino de sus gobernantes. La situación entre ambos era delicada y en cualquier momento el matrimonio podría fallar, surgir la guerra y lo que fuera que siguiese… ¿podría ignorar todo lo que había pasado y oponerse a Inglaterra? ¿Sería capaz de apuntarle con su hacha…?
—¿Mm? —algo pequeño y ligero le dio en la cabeza.
Al volverse vio a Inglaterra apoyado en una ventanita no muy alta. Tenía una sonrisa casi infantil en sus labios. Antonio sonrió.
—Bella dama, ¿acaso quiere que la corteje? —moduló el tono de su voz a la de un socarrón galán.
—Si me cortejaras con esa florecilla menudo galán de pacotilla estarías hecho —sonrió de lado, guardándose la carcajada para sus adentros.
—Mi lady, os mostráis muy envanecida para lo poco que me ofrecéis.
—¿Y qué es lo que queréis, mi lord?
—Si tuviera que decirlo aquí en el jardín y a voces creo que estaría en problemas.
Arthur reprimió las ganas de sonreír y ladeó la cabeza sonrojándose. Cogió todos los papelitos que tenía y comenzó a tirárselos sin piedad.
—¡Preparaos para el asedio!
Antonio comenzó a reír y se cubrió como pudo esquivando la lluvia de trocitos de papel doblados que le estaba cayendo. Se refugió bajo la ventana, cubierto por una cornisa suficientemente gruesa como para que ya no pudiera ver a Inglaterra si se asomaba.
—¿Te rindes ya? Se me ha caído un mito…
La voz jocosa de Arthur retumbó en sus oídos como una humillación.
—No me rindo. Los españoles jamás nos rendimos.
—Me parece que ahora sí —aguantó la risa, esperando poder ver la expresión de su cara.
Antonio salió de su refugió y volvió a colocarse en el sitio en el que estaba, con los brazos en cruz.
—Ya puedes atacar —dijo elevando las comisuras de los labios.
—Sube y te atacaré.
—¿En serio?
—Con todo lo que tengo —con una sonrisa ladina abandonó la ventana.
Antonio echó a correr alegremente hacía la puerta de entrada, pero poco a poco fue aminorando la velocidad. Se llevó la mano a la cara, notando la sonrisa que se le había quedado en la boca.
—Vale, tómalo con calma…
Se masajeó la boca como si aquello fuera a ayudarle de alguna forma. Se permitía pasarlo bien con Inglaterra y disfrutar de su compañía pero solo a condición de que no se dejara llevar. Dentro de poco dejaría atrás los últimos rasgos juveniles de su cuerpo adolescente. Desde que había comenzado a acumular territorio y riquezas su apariencia había ido cambiando. Tenía más fuerza, más vitalidad, su cuerpo había ganado en musculatura e incluso creció un par de centímetros. Su presencia era más latente, sabía que el aura invisible que le envolvía atraía tanto a las personas como al resto de países. Y se estaba volviendo un adulto.
Y se estaba volviendo un adulto. Chasqueó la lengua. Había dos cosas que le disgustaban especialmente: que le dijeran lo que no podía hacer y tener demasiadas responsabilidades. Pero los siglos empezaban a pesar en su espalda y cada vez él se cargaba con más preocupaciones y ya no era él solo quien dependía de sí mismo y de sus decisiones, había muchas personas, muchos países que podían sufrir las consecuencias de sus actos directamente, como el árbol que se cae y arrastra al que tiene al lado.
Si se dejara llevar estaría siendo un egoísta.
Cuando subió hacia el pasillo que tenía la ventanita lo encontró vacío.
—¿Arthur? —llamó no muy alto, pues no quería molestar a la gente que pudiera encontrarse en las habitaciones. —Pero dónde se ha metido…
Pensó que podría estar escondido esperando a darle un susto y se puso en tensión. Se asomó por la ventana y tampoco vio a nadie. Iba a darse la vuelta cuando unas manos taparon sus ojos.
—Ataque sorpresa. ¿Te rindes ahora? —le susurró.
Antonio sonrió y le tomó las manos con delicadeza.
—Que sí…
—Y con esto Inglaterra derrota al Imperio Español. Ya me puedes ir dando alguna islita o algo cómo botín de guerra…
Antonio se dio la vuelta sin soltarle las manos y se quedó callado porque no tenía nada que decir. Miró sus manos y las acarició con los pulgares con ternura. Luego las besó.
—¿Qué isla quieres?
Arthur alzó las cejas sorprendido. El tono de voz de España se había apagado. Era más serio y contenido, distinto a su habitual voz enérgica.
—Ah, si vas a darme un botín de guerra entonces prefiero pensar en algo mejor…
—No te valen las flores, no te valen las islas… no sé yo si me conviene seguir cortejando a alguien tan insaciable —sonrió de medio lado colocándole un mechón rubio tras la oreja. Acarició su mejilla al retirar la mano.
Arthur desvió la mirada un momento.
—¿Soy insaciable? —pareció preguntárselo más así mismo que a Antonio. Frunció los labios. —Siempre he querido las cosas que otros tenían. Me gustaría decir que no estoy orgulloso de eso, pero es lo que soy y no me arrepiento.
Antonio le dio un ligero apretón y Arthur volvió a mirarle.
—Desde pequeño he sido muy envidioso de mis hermanos. Me sentía bien si conseguía quitarles lo que tenían, y todavía hoy me pasa. Cuando anunciaron nuestro compromiso… —dudó un momento de si debía continuar. —Me sentí muy feliz porque sabía que al tenerte yo no serías de ningún otro.
Quería decirle que en esa época también le envidiaba porque codiciaba todo lo que poseía. Se moría por ser como él. Se moría por esperar su momento, el momento en el que todos se arrodillarían ante él como la nueva gran fuerza mundial. Cuando miraba a España sentía una mezcla de deseo y avaricia que le volvía loco. Aunque nunca se lo había confesado, claro. Ante el enemigo no se admitía la debilidad.
—Supongo que tú también pensaste eso de mí, ¿verdad? —murmuró irónico. Soltó sus manos y volvió a apoyarse en la ventana como antes, observando el extenso jardín.
Antonio sonrió de lado.
—¿De verdad quieres saber lo que pensé?
Arthur le miró con interés mal disimulado.
—Si quieres decírmelo…
Antonio se mantuvo en silencio unos segundos mientras observaba por el rabillo del ojo cómo Inglaterra fingía que no le importaba la respuesta. Reprimió la carcajada y siguió callado.
—Cuando quieras —Arthur dio unos palmaditas en el poyete de la ventana.
—Mm… —comenzó a mesarse la barbilla.
—Te voy a matar.
Antonio soltó una carcajada.
—Pues la verdad es que no me acuerdo.
Arthur se deshizo a golpes con él y Antonio no pudo parar de reír.
—¡Idiota! —se cruzó de brazos y volvió a apoyarse en la ventana sin mirarle.
—Qué exagerado, si no he hecho nada.
Arthur no le contestó.
—Qué más da lo que pensara… —murmuró mirándose las manos entrelazadas. —Lo que importa es lo que piense ahora, ¿no?
Tardó un poco pero Arthur terminó por contestar con un sí no muy audible.
—…pero, no me importa que pensaras eso. Lo entiendo. Es nuestra naturaleza. Las personas pueden redimirse del pecado de la avaricia, pero nosotros siempre actuaremos más como perros que como humanos —se rascó la nuca mirando al techo. —Es un poco triste, pero hace ya muchos siglos que mantengo esa filosofía —continuó. —¿Somos más humanos o…?
—O divinos —concluyó Inglaterra.
Antonio le miró con una pequeña sonrisa.
—Bueno, iba a compararnos con los animales…
—Yo siempre he pensado lo contrario, Antonio. Que a pesar de todo y de que muchas veces parezca que apenas tenemos poder sobre lo que pasa en el mundo, somos lo más parecido que ellos tienen a un dios.
Antonio observó el semblante serio de Inglaterra. Aunque hablaran de un tema así, no mostraba pesimismo. Era como si aceptara que aquella era la única verdad con la que poder entender su existencia.
—Sabes, nosotros, Francia, Austria, Italia, yo mismo… siempre habíamos pensado que había algo que te impedía disfrutar de la vida —Arthur le miró con atención. —Parecías distinto a los demás porque no te relacionabas y nos mirabas desde la distancia. Nunca te veíamos sonreír ni pasarlo bien, pero la verdad es que, simplemente, tienes otra forma de entender la vida —imitó su postura, apoyándose en la ventana. —Que seas más reservado y no estés siempre sonriendo no significa que no seas feliz, ¿verdad?
Arthur bajó la mirada.
—Vaya… —sonrió de una manera extraña, como si no supiera cómo contestar. —¿De verdad piensas eso?
—Sí… es algo de lo que me he ido dando cuenta —sonrió.
Arthur frunció el ceño y suspiró. Durante toda su vida había aceptado esa línea invisible que lo separaba del resto de países. No era sólo la geografía, su carácter quizás no era el más propicio y la gente solía juzgarle mal de buenas a primeras. Recordaba haber hecho el esfuerzo siendo más joven por parecer jovial o alegre o abierto, pero se sentía tan falso. Con los siglos prefirió abrazar por completo su forma de ser. Si los demás no se acercaban a él tenía que ser problema de ellos, no suyo. ¿Verdad?
—Es que… no sé qué decir —evitó mirarle, volviendo a esbozar aquella extraña sonrisa.
Qué iba a decir. Que después de siglos y siglos de esperar que alguien le entendiera y le aceptara por fin había llegado aquel momento. Y había sido España. Justamente el que menos esperaba que le entendiera. La dicha hecha persona. El que nunca había tenido que esforzarse por caer bien, al que se le acercaban porque sí, el que siempre inspiraba confianza y nunca tenía que forzarse a sonreír.
—Eh, no pienses mucho en ello —le pellizcó la mejilla con suavidad. —Solo era una observación, no quiero que te lo tomes a mal. Si estoy equivocado, yo…
—No, no, al contrario, Antonio. Es justo lo que siempre he querido que pensaras de mí. Que no soy ni un ermitaño, ni un amargado ni alguien al que le moleste la compañía de los demás porque sí…
Tomó aire conscientemente. Qué vulnerable se sentía en aquel momento. No pensaba que Antonio pudiera llegar a ver a través de él de aquella forma ni sabía si le gustaba que supiera aquellas cosas. Después de todo, él tenía todo aquello más que superado, pero recordaba que en aquella época, en aquellos siglos, era algo que le molestaba profundamente. Su pequeña mente adolescente se sentía mal consigo misma por eso, y parecía que algún resto de aquello había quedado por ahí.
—Me hace feliz, de verdad —dijo muy serio.
Antonio sonrió.
—¿Ves? Cualquier otro sonreiría. Pero tú no. Y no pasa nada, porque ahora entiendo mejor cómo te comunicas, y que a veces te cuesta más que a otras personas.
Arthur se ruborizó.
—Bueno, ¿podemos dejar ya de hablar de mí? —dijo desviando la mirada.
Antonio rió y le dio con el hombro.
—Vale, vale, has superado el límite de emociones diarias…
Esta vez fue Arthur quien le dio en el hombro y ambos rieron.
—Tienes razón —Antonio se estiró alejándose de la ventana. —Hemos hablado tanto de sentimientos que parecemos mujeres, es hora de hacer algo más varonil.
Arthur pasó por alto aquel comentario ocultando una mueca.
—¿Cómo qué?
—Saca tu espada.
—¿Estás listo?
Oyó la voz de España, risueño como siempre, y casi acabó riéndose por la comparación entre su entusiasmo y las pocas ganas que él tenía de hacer aquello. No es que Inglaterra no supiera defenderse ni tuviera manejo con la espada, pero en las últimas décadas se había dedicado a disfrutar de otros pasatiempos y había dejado la esgrima bastante olvidada. Casi parecía que toda aquella historia con España le estaba sirviendo para darse cuenta de que se había vuelto un debilucho. O peor que eso, un viejo.
Hizo una mueca al pensarlo.
—No, nada de viejo —murmuró sacudiendo la cabeza. Cómo odiaba aquella palabra.
—¿No me digas que te estás acobardando?
En el mismo momento en que escuchó eso le lanzó una mirada asesina, pero el efecto que consiguió en él fue una sonora carcajada. Ya estaba. Si perdía contra España no sabría bajo qué piedra esconderse, no estaba dispuesto a pasar por aquella humillación. Entre el ajedrez, la caza y la esgrima estaba quedando como un inútil, y lo peor de todo es que Antonio ni siquiera sospechaba nada, de verdad creía que podía ser tan poco mañoso en todas aquellas actividades.
—Más bien te estoy dando tiempo para que te prepares. Ya sabes que no estoy falto de cortesía —trató de ganar tiempo y aprovechó para recordar viejas técnicas y movimientos.
—Ni de modestia… —el tono de España se volvió burlón.
Arthur alzó su espada y comenzó a andar con lentitud dibujando un círculo. Antonio le imitó siguiendo su mismo ritmo y apuntándole también, dejando entre ambos cierta distancia.
—Cuanta palabrería. ¿Vences a tus oponentes matándolos de aburrimiento? —Arthur fingió un suspiro. Reprimió las ganas de sonreír al observar la reacción de Antonio. Un leve fruncimiento de ceño, la mirada al suelo y la lengua empujando uno de los laterales de la boca. Lo estaba calentando.
—A otros sí, pero contigo no me va a hacer falta, fíjate —rozó el metal con el de su oponente en una caricia lenta y silenciosa.
Inglaterra se mordió el labio. Pero cómo podía tener el ego tan subido en esa época… le estaban creciendo unas ganas de bajarle los humos que no podía con ellas. Tenía que ganar ese combate como fuera.
—No sabes lo bien que me lo voy a pasar luego…
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—Cuando por segunda vez en el día tengas que rendirte.
Aunque Antonio quiso mantener un rostro imperturbable, se notaba que ese comentario le había herido en el orgullo.
—¿Ah, sí…? —preguntó entre dientes.
Habían dado ya un par de vueltas en círculo. Se habían colocado en un lugar apartado y de terreno arenoso donde no serían molestados. No se oía nada a lo lejos.
—Y no solo eso. En el futuro te rendirás otra vez. Y otra, y otra, y otra… —al mismo tiempo que decía aquellas palabras ya se estaba arrepintiendo. Se estaba dejando llevar por su historia y los recuerdos del pasado. Iba a añadir algo para suavizar el comentario pero España atacó, pillándolo por sorpresa.
Se defendió del golpe como mejor pudo, aunque si hubiera reaccionado un poco más tarde habría perdido el combate nada más empezar. En un momento enfocó toda su concentración en la espada de España, esquivando las estocadas, defendiéndose y tratando de prever sus movimientos. Cabrearlo había sido un error. Había pensado que quizás así se dejaría guiar por impulsos y aquello le haría menos cuidadoso, dándole ventaja para atacarle. Sin embargo, había ocurrido justo lo contrario.
Antonio se entendía mejor en la lucha a distancia que en el cuerpo a cuerpo. Su gigantesca y fiel alabarda le había propiciado muchas victorias, arrasando como un demonio en el campo de batalla con lo que fuera que se encontrara por el camino. A pesar de todo, mostraba bastante destreza con la espada y el enfado del momento guiaba sus pasos con certeza y velocidad. No dejaba descansar a Arthur en ningún momento y este se estaba limitando más a defenderse que a otra cosa.
Arthur se deshizo de él cuando fue a echársele encima, empujándole con la espada. Antonio tenía más fuerza física así que no entendía como había logrado echarlo para atrás. Notaba los cabellos del flequillo pegárseles a la frente, que ya estaba comenzando a sudar. Respiró varias veces esperando que Antonio se le echara otra vez encima, pero no ocurrió. Se quedó en frente suya, con la espada en alto. Había detenido el combate.
—Ya no te veo tan convencido de tus palabras… —dijo con la respiración agitada pero manteniendo la sonrisa.
Arthur se mordió el interior de la boca. ¿Por qué se sentía tan mal? Era como volver a revivir aquella humillante etapa en la que no era más que un patético niño con ansías de poder. Y envidia. Y odio. Y rencor. Por el mundo, por todo, por él mismo… y por España. Se quitó el sudor de la frente con la manga del brazo.
España que le quitaba todo. Magnánimo España que reunía a todos los países bajo su poder y lo justificaba como un buen católico. Aquellos pensamientos le inundaron. Los sintió en el corazón como si fueran ciertos en ese mismo momento, como si el tiempo hubiera vuelto atrás para recordarle un mal trago por el que nunca quería volver a pasar. Ahora podía demostrar que no era el niño enclenque y envidioso que por tanto tiempo había sido.
Con un grito se lanzó hacia él, empujándole con la espada como anteriormente había hecho Antonio. Este parecía no esperárselo pero acabó reaccionando con suficiente tiempo como para echarse a un lado y esquivarle. Arthur se giró y en un segundo volvió a atacar, dejando que su mano recordara todos aquellos movimientos que le habían llevado a la victoria. Apenas estaba siendo consciente de la fuerza que imprimía.
El rostro de Antonio perdió la confianza que mostraba hasta hacía poco y se limitó a defenderse como podía, atacando sólo cuando de verdad veía que la oportunidad lo merecía. Su respiración se avivó y sintió que estaba empapado en sudor. Se notó un poco desorientado y que perdía la estabilidad del suelo. Empezó a oír el mar. Sacudió la cabeza. Estaba escuchando las olas del mar. Estaba oliendo la sal.
El cielo se oscureció. Ante él la imagen había cambiado. Había pasado de luchar con Arthur en el castillo a estar en un barco, bajo una terrible tormenta y observando únicamente los feroces ojos verdes que le miraban con rabia, con odio. Con superioridad. Una arrogancia que hacía que su sangre se tornara en un fuego negro y candente, que le quemaba las entrañas. Atacó con más fuerza.
Arrojó voces con cada estocada, dejando que la violencia guiara su mano. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué estaba tan enfadado con Inglaterra? ¿Por qué sentía unas ganas irrefrenables de matarlo con sus propias manos…? Era aquello que sentía cuando era más nación que humano. La razón lo abandonaba y se volvía un animal, una bestia que no veía más allá de sus propios intereses y de su sed de poder.
—¡Agh!
Arthur cayó de rodillas y el sonido de la espada al caer en la arena trajo a Antonio de vuelta a la realidad.
Al principio se asustó. Lo primero que vio fue la sangre derramada sobre la arena. ¿Era la suya? Se miró la camisa blanca, aún con las manos temblándole. No, él estaba bien. Era de Inglaterra.
—Fuck…
De la palma de la mano hasta el codo se advertía un corte entre la sangre palpitante. Fue a agacharse pero algo le detuvo. Era una sensación extraña. Casi no se sentía ni en su propio cuerpo. Aún tenía la espada en la mano. La levantó sin prisa, como si disfrutara del momento. Dejó la punta a la altura de la cabeza de Arthur, que abrió los ojos con sorpresa al alzar la cara y encontrarse con semejante imagen.
Desde ahí España parecía enorme. Indestructible.
—Yo… —murmuró con una vocecilla.
—¿Te rindes? —su voz sonó fría como la de los muertos. Impersonal, no parecía ni ser consciente de aquello.
—S-sí. Me rindo España, has ganado…
El pecho de Antonio aún subía y bajaba, recuperándose del esfuerzo. Bajó la espada con lentitud. La sombra que envolvía su mirada se disipó y en ese mismo instante, pareció caer en la cuenta de sus actos. Dejó que la espada cayera al suelo.
—Dios mío…
Se arrodilló tomándole el brazo con cuidado.
—¿Estás bien? ¿Te duele mucho? Te juro que no sé lo que me ha pasado…
Antonio se mostraba angustiado como pocas veces lo había visto. Las manos le temblaban y tenía la mirada de un pecador que buscaba inútilmente que le perdonaran.
—Vamos, venga, voy a curarte. Déjame que te coja…
Arthur se apoyó en él sin dejar de sujetarse el brazo. Hacía años que no pasaba tanto miedo.
Finalmente las nubes se habían decidido a llover. El castillo parecía en silencio, o al menos esa era la impresión desde el lugar en el que estaban. Antonio le había llevado a una pequeña biblioteca que Arthur solía frecuentar. Era acogedora y reconfortante, un lugar en el que había pasado tantas horas que ni siquiera sabría dar una aproximación. Ambos se sentaron muy cerca, el uno frente al otro y sin terciar una palabra. Antonio le curaba sin prisa pero sin pausa, con la delicadeza de una enfermera y el cariño de un padre que desinfecta las heridas de su descuidado retoño.
Arthur le observó en silencio, omitiendo cualquier queja hacia sus cuidados. La cara de Antonio era un poema. No había relajado el gesto ni por un momento, seguía con ese deje acongojado y la tristeza permanente en la mirada. Eso sí, sus manos habían dejado de temblar. Le tomaba la mano con suavidad, retirando la sangre y limpiando la herida con tal dedicación que hasta hacía que se sintiera mal por ello.
Era la primera vez que veía a España así. Sí le había visto en el pasado, sin embargo, en aquel oscuro estado. Había empujado su suerte hasta los límites y su pequeño intento de provocarle había acabado en algo que ni siquiera entendía muy bien. Suponía que había despertado algún recuerdo indeseable y que Antonio no había podido lidiar con ello. Eran tantas las veces que había luchado con él que no pudo adivinar cuál había sido la memoria desencadenante de aquello…
—¿Te hago daño? —preguntó nervioso.
Arthur sacudió tranquilamente la cabeza.
—No podrías ni aunque quisieras —susurró con dulzura.
Al decir aquello, Antonio desvió la vista, mirando al suelo y ocultando la cara.
—Te juro por lo más sagrado que lo último que quería era esto.
El dolor era tan palpable en su voz que Arthur no supo ni cómo contestar. ¿Debía quedarse callado y dejar que se le pasara? Si le decía que no estaba enfadado no le creería y probablemente entraran en un bucle. Observó los cabellos castaños y esperó a que dijera algo más, pero continuó callado. Suspiró.
—Se te da muy bien esto. ¿Es que te interesa la medicina? —trató de preguntarlo con la mayor naturalidad para quitar hierro al asunto, pero Antonio permaneció imperturbable.
Sin contestar, retomó la tarea y comenzó a coserle la herida, que al final no había resultado ser tan profunda. Arthur se mordió la lengua para no quejarse y le dejó hacer. Jamás, ni en sus sueños más extravagantes, se habría imaginado que Antonio se mostraría tan arrepentido por hacerle daño. Aquella situación le parecía irreal y lejana, pero el dolor de la aguja volvía a recordarle que aquello estaba pasando en realidad. ¿De verdad se arrepentía tanto Antonio?
Sintió una gota resbalar por su muñeca. ¿Una gotera? Miró al techo. Había empezado a llover y el castillo era viejo, así que era muy probable. Sin embargo, un repentino sollozo le sorprendió.
—Lo siento —Antonio se limpió las lágrimas con la manga, pero estas seguían cayendo, mojándole la palma de la mano.
—Antonio… —fue a acercarse pero este se levantó con brusquedad y se marchó de allí, dejándolo solo.
Antonio no se había presentado a cenar. Desde que saliera de la biblioteca sin dar explicaciones no había podido encontrarlo por ninguna parte. Aunque visto lo visto, había llegado a la conclusión de que era mejor dejarlo solo. Aún no entendía del todo por qué le había afectado tanto pero sí entendía que el verle así le dolía.
Salió a dar un paseo por los jardines ya que la lluvia había dejado el olor tan característico a tierra mojada que le encantaba. Las últimas luces del día se estaban yendo poco a poco. El aire era fresco y le revolvía suavemente los mechones del flequillo. Respiró profundamente, cerrando los ojos, dejando de pensar por un momento en dónde estaba y en lo que estaba haciendo. Hacía tiempo que no salía del castillo y se sentía un poco cansado. Quizás pudiera sacar tiempo para ir a Londres, aunque fuera solo por unas horas. Quería llamar la atención lo menos posible, no podría dejar que nadie lo reconociera.
—Señor —un guardia se le acercó con sigilo, mostrándose erguido y recto ante su presencia.
—Dime, ¿tienes algo que contarme? —preguntó desinteresado mientras observaba las rosas.
—Ha venido Francia, señor.
Abrió los ojos con sorpresa. En un segundo el pulso se le aceleró y perdió toda la calma.
—¿Está aquí? —preguntó y tragó saliva.
—No, señor. Vino hace unas horas, pero ya se marchó.
La respuesta le dejó parcialmente aliviado pero había ocurrido lo que más se temía.
—Preguntó si usted estaba aquí… y también si estaba España.
Cerró los ojos y tomó aire. Ya estaba. Por fin había llegado aquel momento. Se pasó la lengua por los labios y sacudió la cabeza.
—Muy bien, si sucede alguna otra cosa mantenme informado.
El guardia se retiró. Arthur se llevó la mano a la cara, mesándose la mandíbula. Debía mantenerse tranquilo. Había llegado demasiado lejos como para dejarse atemorizar ahora, no perdería contra Francia. Ni contra nadie. No dejaría que le quitaran a España.
Volvió a entrar en el castillo y fue en dirección a los aposentos de Antonio. Pasó por delante de los de María sin reparar en la puerta ligeramente abierta. Se detuvo al escuchar la familiar voz de Antonio.
—No sé qué hacer.
Arthur se pegó a la madera con cautela, modulando su respiración.
—Ha sido un accidente, Antonio. No te martirices. Dios sabe que no era tu intención —el tono amable y maternal de la reina trataba de calmarlo sin éxito.
—No, no es eso… —parecía que le costaba hablar, la voz la tenía apagada. Sonaba pequeña como la de un niño asustado.
—¿Entonces…?
—Yo… —cada vez que intentaba explicarse el silencio le sucedía.
—Puedes contármelo, Antonio, no pienso juzgarte. Venga, dime, ¿de qué tienes miedo?
Escuchó la profunda espiración que salió de su cuerpo y nuevamente esperó a que rompiera el silencio.
—…de todo, María.
—No te entiendo…
—Ya no sé si estoy haciendo lo correcto… esta mañana me había preguntado qué pasaría si, si todo esto no saliera bien y el matrimonio se rompiera, o si hubiera una guerra… si sería capaz de apuntar mi hacha hacia Inglaterra.
Antonio se detuvo. Arthur se cruzó de brazos apretando el agarre, haciéndose daño en la herida.
—Pensé que sería un egoísta si dejaba que mis intereses se interpusieran entre los de la nación y la monarquía. Que sería algo deleznable y deshonroso, algo que yo nunca haría… pero, después de haberle visto ahí en el suelo… al darme cuenta de que le había hecho daño, de que su sangre había sido derramada por mi mano… —pareció soltar una pequeña risa amarga. —¿Sabes lo que pensé? En todo lo que daría porque aquello no hubiera pasado. En que en ese momento lo que menos me importaba era ser un egoísta. El Imperio, Felipe, España, Inglaterra, no me importaba nada… lo único que quería era ver que Arthur… ver que estaba bien, protegido y a salvo. Y jurar a Dios que pisaría las cabezas de nuestros enemigos —el tono en el que había dicho aquello tiñó de oscuridad sus palabras. Había sonado como una verdadera promesa.
El silenció les envolvió de nuevo. Arthur no sabía cómo sentirse. El corazón no paraba de golpearle el pecho, haciéndole daño.
—Me he dejado llevar y era lo último que quería —dijo resignado. —He sido un arrogante al creer que podría separarme de estos sentimientos. Qué me asegura que en un futuro no acabe arriesgando lo que sea por él… ¿Cómo podría afirmar ahora que no voy a sufrir por él, cuando está tan claro?
Arthur se quedó sin aliento. Tenía los ojos húmedos. Tragó saliva varias veces para evitarse las ganas de llorar, se le estaba haciendo un nudo en la garganta. Quería entrar y decirle que no tenía de qué preocuparse, que le quería y… que le quería. Se llevó una mano a la cara. ¿Qué le quería? No, aquello no era amor. Llamarlo amor sería una locura. Todo aquello era una locura y cada vez se hundían más…
Con sigilo abandonó la puerta y deshizo sus pasos, dirigiéndose a su cuarto para pasar el resto de una noche en la que seguro no dormiría.
Al día siguiente, Arthur se despertó de un sobresalto. Al final había acabado durmiéndose durante un par de horas, las últimas de oscuridad, y creía haber soñado con que Francia venía a llevarse a Antonio por la fuerza…
Miró su herida y sonrió al recordar el cariño con el que Antonio la había vendado. Acarició por encima la venda imaginando que era su mano. Saber que había alguien que lo cuidaba y se preocupaba por él era tan agradable como extraño… quería agradecerle. Recordaba las palabras que había escuchado la otra noche y sonreía como un tonto. No podía parar. ¿De verdad sentía aquello por él? ¿Por un idiota cínico y asocial con problemas de bebida?
Podría sonar duro consigo mismo, pero no había dicho ninguna mentira. Antonio siempre le había parecido una luz brillante y acogedora. Era increíble haber visto siglo tras siglo cómo los demás países lo menospreciaban, le insultaban o lo despreciaban pero, una vez hacía acto de presencia, todos caían rendidos ante su encanto y su sonrisa. Odiar a España era algo muy difícil. No imposible, pero sí difícil.
Se levantó con un sonoro bostezo y se asomó por la ventana para ser recibido por la frialdad limpia y clara de la mañana. Se había dormido con el sonido de gotas sueltas golpeando el cristal, pero aquel día el cielo amanecía despejado. No creía que fuera a llover. Se vistió y salió en dirección a la cocina para llevarse algo a la boca, pero al doblar la esquina se encontró frente a frente con Antonio, casi chocándose con él.
—Buenos días —dijo radiante. Le cogió la mano y comenzó a andar con él. —¿Qué tal estás? ¿Has dormido bien? Yo he tenido un sueño muy raro con un dragón… —se puso a hacer gestos y a imitar voces, tal como si estuviera contando una historia fantástica a un grupo de incrédulos. Los ojos le brillaban.
Arthur sonrió con ternura. Parecía tan enérgico como siempre, no se parecía en nada al Antonio sollozante de la otra noche. Y él lo prefería así.
—¿Qué podríamos hacer hoy? Parece que va a hacer buen tiempo, ¿damos un paseo con los caballos? Tengo ganas de cazar algo… ¡Ah! —comenzó a zarandear el brazo de Arthur.
—¿Qué ocurre?
—Esta noche he visto un… un ser de esos con los que hablas. Tenía alas y todo.
—¿Un hada? —preguntó sonriendo emocionado.
—¡Sí! Iba a acostarme cuando escuché como si algo llamara a mi ventana. Bueno, al principio pensé que estaban tirando piedras pero me pareció imposible dada la altura. Así que abrí y me encontré con una luz diminuta, muy, muy pequeña. Entró volando y casi se me para el corazón del susto —apretó el brazo de Inglaterra mientras soltaba una carcajada. —Me senté en la cama y lo observé sin saber muy bien qué hacer, y al final la luz acabó posándose encima de la cómoda, sobre un pañuelillo de seda que tenía por ahí. Me acerqué y lo vi acurrucado, como durmiendo. Supongo que sólo quería algún sitio donde dormir seco —sonrió alzando las cejas.
—Eso parece. Quizás fuera un hada de la buena suerte. Son muy pequeñas. Aunque sin verla no sabría decirte…
—En cualquier caso dejé la ventana abierta y cuando desperté por la mañana ya se había ido —suspiró. —Es increíble que existan estas cosas…
—Lo que es increíble es que puedas verlas. Jamás pensé que alguien como tú pudiera…
—¿Por qué?
—Siempre me decías que no creías en esas tonterías…
—¿Ah, sí? No lo recuerdo…
Arthur se calló al darse cuenta de que había metido la pata. El que siempre le decía aquellas cosas era el Antonio pre accidente. Tenía una vívida memoria de él, Francia y Prusia riéndose por lo bajini de sus "seres fantásticos" en una de las reuniones. Menuda gracia.
—Lo del paseo a caballo suena muy bien. Podríamos llevarnos comida y desayunar por ahí —cambió de tema.
—¿Te parece si también me llevo el laúd?
—Sí… —se sonrojó un poco. En realidad la idea le encantaba. Sólo de pensar en escucharle cantar ya se ponía un poco nervioso.
—¿Seguro? No quiero hacerte llorar… —dijo burlón.
—¡No voy a llorar! Lo de la otra noche fue el alcohol… —se cruzó de brazos mirando a otro lado.
Antonio rio y volvió a cogerle el brazo.
—¿Sabes? María me dijo que iba a abrir cinco albergues de caridad en Londres. Al parecer las lluvias siguen causando estragos… oye, Arthur, me gustaría ir a visitarlos…
Arthur paró en seco. La voz de Antonio había sonado con tono de petición, no de súplica. Si de verdad quería salir de allí no habría forma de impedirlo.
—Podríamos ir los dos juntos, ¿qué te parece? Querría ir a ayudar un día o dos en lo que fuera… —volvió a apretarle el brazo atrayéndolo hacía él.
—Pues… no es una mala idea, no…
—¿Me lo prometes entonces? —Antonio le miró con una delgada sonrisa, sus ojos se mantuvieron serios.
—Sí, claro. Aunque no sé cuándo estarán terminados. Ya sabes lo que puede retrasar el mal tiempo, una obra de días puede durar meses —esbozó una media sonrisa.
—Bueno, no me importa esperar. Ojalá que la cocinera no se enfade porque nos llevemos unas cuantas cosillas... a ver, quiero queso y uvas, pero también deberíamos coger pan y una botella de vino… —se relamió los labios.
—Sabes que la gula es un pecado capital, ¿verdad?
Antonio le empujó suavemente.
—Entonces España entera caerá al infierno.
La luz del sol era tenue y el aire fresco. Tras haber ido a la cocina y haber huido de las quejas de la cocinera jefa, montaron en los caballos y cabalgaron hacía el bosque, adentrándose en él por un caminillo más o menos marcado, buscando algún lugar lejano pero agradable donde no pudieran ser molestados. Finalmente optaron por asentarse en una colina inundada de brillante hierba aún salpicada por el rocío.
Pusieron una tela a modo de asiento y se colocaron encima, abriendo la botella de vino.
—No se te subirá a la cabeza, ¿verdad?
Arthur enrojeció agachando la cabeza.
—¿Disfrutas haciéndome estas preguntas?
—Oh, sí. Me encanta ver tu cara —rio.
—Idiota…
Empezaron a comer en silencio. Habían traído un poco de todo porque cada uno había querido algo distinto y al final no se habían puesto de acuerdo. La vista que tenían desde allí era hermosa, con la arboleda extendiéndose a lo lejos y el cielo que había adquirido ya el azul profundo de la mañana completamente despejado, salpicado apenas por una pequeña nube.
Antonio cerró los ojos, disfrutando de la brisa y dio otro sorbo al vino. La verdad era que el vino siempre le acababa poniendo un poco melancólico, no sabía por qué. Era dado a abrumarse por los problemas cuando se embriagaba con él y muchos le advertían del cambio que pegaba. Pero aquella vez se prometía controlarse, bebería solo a sorbitos y de higos a brevas. Alcanzó un racimo de uvas y vio que Arthur le miraba.
—¿Qué pasa? —se sonrojó un poco.
Arthur esbozó una pequeña sonrisa y ocultó la cara mirando al suelo.
—Nada —dio un largo trago al vino. Había dicho aquello con un tinte de diversión que le dejó intrigado.
—¿Es que así no se comen las uvas en tú país o qué?
Arthur casi se atragantó con el vino y tuvo que darse varias veces en el pecho, luchando por que entrara el aire en sus pulmones pero también por dejar salir la risa que le había provocado aquello.
—Venga, no te rías de mí —le lanzó una uva.
—¿Cómo te crees que se comen las uvas aquí? —preguntó con el rastro de la risa.
—No sé, cómo sois tan raros igual hacéis un ritual antes o algo.
—Pues yo creo que es más raro ponerse delante de un toro y rezar para que no te mate —le devolvió la uva, dándole en la cabeza.
—Es una buena forma de demostrar la valentía.
—O la estupidez —alzó una ceja.
—¿Te gustaría probar? —dio otro sorbo.
—¿Ponerme delante de una mole de carne con cuernos con más mala hostia que el diablo? Sí, claro, ¿dónde me tengo que apuntar?
—En resumidas cuentas, que te da miedo.
—Deja que me beba la botella de vino y me pondré delante, te lo aseguro…
Antonio rio.
—Estás muy gracioso cuando te emborrachas. Pareces un cachorrillo…
—Vaya, gracias, eso no hiere para nada mi orgullo.
—De nada, hombre —volvió a reír.
Arthur se recostó y comió un poco más. Estuvieron hablando un rato de María, de Flandes, de algunos personajes de la Corte: cotilleos varios que hacían reír a España y poner su mejor cara de maruja de pueblo. Arthur se llevaba la mano a la cara incrédulo cada vez que le iba a contar alguno y este ya lo sabía, y con más detalles y todo.
—¿Es que te pasas las horas charlando con el servicio cuando no te veo?
Antonio bebió.
—Un poco. Así practico mi inglés.
—Anda, dime algo.
Antonio carraspeó.
—A ver… —de repente cambió su expresión jovial a una más calmada y le miró de reojo, como si sopesara algo. Volvió a carraspear y tomó algo más de vino. Titubeó un poco —Creo que es así… Let him kiss me with the kisses of his mouth, for your love is more delightful than wine. Pleasing is the fragrance of your perfumes; your name is like perfume poured out. No wonder the young women love you! Take me away with you, let us hurry! Let the king bring me into his chambers…
Cuando hubo terminado y miró a Arthur, enrojeció hasta las orejas. El rubio se estaba aguantando la risa como podía, tapándose la boca con la mano y mirando hacia el suelo. Antonio permaneció callado hasta que Arthur no pudo aguantarlo más y soltó la carcajada.
—Mira Antonio, porque sé de lo que estás hablando, te juro que sino no tendría ni idea de- —paró en seco al darse cuenta de algo. Precisamente aquel fragmento era el comienzo del Cantar de los Cantares, uno de los libros del Antiguo Testamento…
Tragó saliva. La cara de Antonio se había puesto roja como pocas veces había visto y le miraba como un niño pequeño que acabara de confesarse a su primer amor, con incertidumbre, vergüenza y, probablemente, sintiéndose como un tonto. Se incorporó tan rápido que casi se echó el vino encima, solo le faltaba eso. Comenzó a notar que las mejillas le ardían, ¿cómo había podido ser tan zoquete?
¿Y qué decía ahora? ¿Qué se decía a eso? Se notaba imberbe como un muchacho, la voz no le salía de la garganta.
—Te lo diré en español para que me entiendas —Antonio le cogió de la pechera firmemente y fue empujando su cuerpo, colocándose sobre él con lentitud. Arthur quedó tumbado y Antonio quedó sobre él, a tan sólo unos centímetros, mirándole con una intensidad llameante desde sus pupilas verdes. Ya se notaba el calor del alcohol pintando su cara de un candente rojo. —Oh, si él me besara con besos de su boca… porque mejores son tus amores que el vino… atráeme, en pos de ti correré, nos gozaremos y alegraremos en ti; me acordaré de tus amores más que del vino… —susurró sobre sus labios. Bajó la mirada hacia su boca y le besó.
Arthur dejó caer la copa de vino en el césped y abrazó su cuerpo, pegando su cadera con la suya, atrayéndolo hacia la calidez de su abrazo. Sí que era verdad que el vino sabía más dulce de su boca. Acarició su espalda, adivinando el esculpido cuerpo que se formaba bajo los ropajes. Rozó su lengua y abrió las piernas para que se colocara mejor. El Cantar resonaba en su cabeza como si el mismísimo Salomón le estuviera susurrando las palabras, como si le invitara a gozar de la belleza de aquel que tenía más próximo, a disfrutar de su piel, de su cabello, de sus pestañas, de él entero. A comerlo como si fuera un fruto, a degustarlo como una pieza de música.
Le empujó suavemente para ponerse encima, dando la vuelta. Antonio se dejó hacer y suspiró cuando Arthur comenzó a besarle el cuello y a dejar la calidez de sus labios y su marca en su piel. Sintió el suave aire que salía de su boca hacerle cosquillas en la oreja, revolverle los finos cabellos castaños. La mano de Arthur se paseó con una exquisita parsimonia desde su torso hasta su entrepierna, haciendo que su corazón latiera más deprisa.
Antonio gimió, dejando salir una voz tan débil que ni siquiera parecía él. Su rostro se contrajo en placer, abría la boca como si necesitara aire, pero solo necesitaba que continuara. El deseo que tenía dentro era imparable, quería que Arthur apagara su fuego, que le diera fin a aquel deseo que le invadía cada vez que estaba con él a solas. Sus labios volvieron a encontrarse con los suyos y bebió de ellos como si fuera lo último que iba a probar.
Agarró los cabellos rubios con fuerza y le tocó el también, oyendo cómo Arthur exhalaba. Había sonado casi como una liberación.
—Antonio… —susurró antes de morderle la oreja.
Agarró más fuerte sus cabellos. Lo quería todo de él. Quería que Arthur le tomara allí mismo, acariciar su cuerpo y verle sin ningún velo ni mentira. Quería verle de verdad tal y cómo era y que él le viera también, tan solo como Antonio, tan solo como un hombre que se estaba consumiendo por el deseo y aguantaba a duras penas sin sus afectos.
Le abrazó con fuerza, queriendo tenerle tan cerca como pudiera. Creía que el corazón se le iba a salir del pecho. Arthur se separó un poco, mirándole desde arriba. Antonio se sintió cohibido, pero no desvió la mirada.
—Estoy ardiendo —jadeó.
—Pues quítate esto —comenzó a desvestirlo, deshaciendo los botones de la chaquetilla.
Ninguno de los dos pudo evitar la sonrisa tonta de la vergüenza. Los dedos de Antonio estaban temblorosos, a pesar de todo consiguió desabrochar todos y quitarle la molesta prenda. Arthur se deshizo entonces de la camisa, dejando su piel expuesta.
—Dios… me encanta —Antonio mordió su hombro, acariciándole la espalda.
—¿Te encanta mi hombro? —alzó una ceja, divertido.
—Tu piel —le devolvió la sonrisa y luego le besó el lugar donde había mordido. Le tomó del rostro y se puso encima de él nuevamente, a horcajadas. —Y tu faz. Y tus ojos. Y todo… —volvió a besarle, esta vez con más ternura y cuidado, disfrutando de la suavidad de sus labios. —Me gusta tanto de ti que hasta me asusto y por las noches pienso si no me habré vuelto loco… —susurró. Tomó su mano con delicadeza y acarició los vendajes, besándole la muñeca.
Arthur se sintió un poco mareado. El vino le había empezado a hacer efecto, pero creía que las palabras de España habían tenido un impacto incluso mayor. Se sentía como en una burbuja que había ascendido a lo más alto del cielo, o como si viajara encima de una nube… cada vez que escuchaba a Antonio hablar así de él se volvía un niño pequeño, sólo quería enterrarse en su calor y no salir jamás de él… sólo quería que aquello no se acabara nunca…
—¿De verdad es esto lo que quieres, Antonio? —preguntó en voz baja, como si estuviera en un sueño.
Antonio sonrió y le tomó el rostro con cariño, notando la piel caliente.
—No sé en cuántos idiomas más voy a tener que decírtelo… —dijo casi riendo.
Arthur colocó la mano encima de la suya. Sonrió.
—Estoy tan feliz que parezco un idiota…
Antonio rio.
—No eres idiota. Es normal que te sientas así…
—¿Y también es normal estar mareado?
—Bueno, eso seguramente sea por el vino… venga, échate si quieres.
Arthur le hizo caso y se dejó caer con suavidad. Notaba el rocío mojarle la espalda y darle fresco. Se pasó el dorso de la mano por la frente, que tenía empapada. El cielo parecía ir mucho más rápido de lo normal, ¿de verdad había bebido tanto? Pero qué más daba todo, se sentía tan feliz que probablemente podría morirse en ese mismo instante y dejaría el mundo sin ningún arrepentimiento. Aún quedaban restos del tacto de Antonio en su cuerpo, agradables como el jugo dulce de una fruta…
La melodía de cuerdas se coló por sus oídos. Era el laúd. Antonio estaba tocando la misma melodía de la otra noche y había empezado a cantar. Maldijo para sus adentros. El muy cabrón iba a hacerle llorar otra vez.
Cuando volvió a abrir los ojos no estaba seguro de si habían pasado cinco minutos o media hora. Seguía escuchando las cuerdas del laúd vibrar, esta vez solas sin el acompañamiento de una voz. Se incorporó reprimiendo un bostezo. Antonio estaba sentado un poco más adelante, de espaldas a él, inmerso en la música. Arthur rebuscó en la cesta hasta dar con uno de los melocotones que habían traído y se acercó a él con sigilo. Cuando llegó a su lado, pasó la piel áspera de la fruta por su cara y se retiró rápidamente.
—Ah, hijo de puta —Antonio dejó de tocar y empezó a reír llevándose la mano a la mejilla. —Odio que me hagan eso…
—¿Quién más lo hace? —preguntó de pie mientras buscaba su camisa y le daba un mordisco a la fruta.
—Romano… el muy canijo siempre encuentra formas de fastidiarme —sonrió con ternura. —Un día me lo hizo cinco veces, yo ya no sabía ni por dónde me venía… —rio y se sujetó las rodillas.
Arthur le miró con un deje de tristeza.
—Le echas mucho de menos, ¿no?
—Mm… sí, un poco. Bueno, mucho. A veces me preocupo demasiado pensando qué andará haciendo, si será feliz, si estará bien sin mí… —Antonio apoyó la barbilla en las rodillas con una expresión seria y calmada. —Quizá pueda ir a verle pronto, aunque sea sólo una visita rápida…
Arthur se rascó la nuca y se dio la vuelta para no tener que mirarle.
—T-te importa mucho por lo que veo… seguro que está contento por eso.
—¿Tú crees? Siendo sinceros es muy arisco, cómo un gato mojado. Y cuando se enfada parece una mujer despechada —rio. —De hecho, si voy a verle seguro que no se lo toma a bien…
—Entonces por qué te preocupas tanto por él… —murmuró y no estuvo seguro de que lo hubiera escuchado.
—Porque… me necesita, supongo. Es un buen chico pero no sabe expresar sus sentimientos al mundo y eso en el fondo le acaba metiendo en malentendidos. Su abuelo prefirió a su hermano y nunca nadie le ha dado una verdadera oportunidad. Claro, al principio pensé que normal que le pasara eso, con el genio que tiene a saber quién le aguantaba pero, con el tiempo descubrí que era mucho más que eso. Quiero verle crecer y triunfar, que haga muchos amigos y se lo pase bien y que sepa defenderse. Y quiero estar ahí cuando todo eso ocurra.
Arthur apretó la tela de la camisa mordiéndose el interior de la boca. El cariño de Antonio por aquel chiquillo era tan palpable que hasta un ciego lo habría visto claro como la luz de la mañana. Siempre había sido así y era consciente de ello pero no podía evitar morirse de celos al escucharlo. Sólo reconocer que existía aquella parte de Antonio que nunca sería suya le hacía daño.
—Le quiero.
Su corazón dio un vuelco. Apretó la camisa con más fuerza si cabía. En su pecho podría haber ardido el sol si quisiera. Se estaba quemando de pura rabia. Tragó saliva.
—Cómo le quieres… —volvió a decirlo en el mismo tono de voz, como si tuviera miedo de oír la respuesta.
—Mis sentimientos por Romano son tan complejos que no sabría definirlos. De lo único que estoy seguro es que quiero verle feliz y protegerlo en todos los medios que Dios me permita…
Arthur se giró con lentitud y le miró a los ojos.
—¿Soy un egoísta por querer tu corazón sólo para mí?
Una ráfaga de aire pasó, revolviéndoles el pelo. Antonio sonrió.
—No. Es insaciable porque tú eres así. No puedo juzgarte porque lo quieras todo…
Arthur se agachó junto a él colocándose de rodillas en el suelo, apoyando la cabeza en su hombro.
—Seguro que en tu corazón también tienes a otras personas que son importantes para ti. Es lo normal.
Era cierto. Había muchos que le importaban, humanos y naciones a los que estaba profundamente unido por un vínculo que Antonio tampoco podría romper.
—¿Crees que yo no estoy celoso de ellos?
Arthur le miró con un poco de sorpresa. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza la posibilidad.
—De otros matrimonios que has tenido… o de Portugal —se le ensombreció el rostro al pronunciarlo. —O de Francia.
—¿Francia?
—Por mucho que te moleste también estáis unidos. Él te comprende mucho mejor que yo, ¿cómo crees que me siento al pensarlo? —los ojos verdes le brillaban.
—Pero no es lo mismo, con Romano…
—¿Y si en el futuro encuentras a tu Romano?
Arthur abrió los ojos con sorpresa. Claro que lo había encontrado, y el daño que le había dejado era inconmensurable. Tampoco había podido dejar de quererle.
—Entonces me joderé y dejaré que los celos me coman como un loco —se llevó la mano al pelo agarrándose el flequillo con frustración. —Es imposible que intentemos controlar el corazón del otro, Inglaterra. Yo no quiero tu corazón entero, solo quiero la parte que dejes para mí, aunque solo sea un trozo. Con eso me basta.
Antonio entrelazó los dedos con los suyos.
—Aunque no te prometo comportarme siempre como un santo —rio. —Puede que alguna vez si te veo charlando con una joven hermosa tenga que interrumpir la conversación.
Arthur rio suavemente.
—Lo mismo te digo, pero haré el esfuerzo por no dejarme llevar por las bajas pasiones…
Antonio le acarició la mejilla.
—Aun con todo lo que te he dicho, no quiero que dudes de mis sentimientos, por favor. No te mentiría en esto si no lo sintiera de verdad.
Arthur sintió que le quitaban un peso de encima. Si tenía el afecto de España no era necesario que se lo quitara a los demás, debía entenderlo. Si además, con solo eso él ya estaba inmensamente feliz. Suspiró.
—¿Por qué lo sabes todo? —preguntó sonriendo de medio lado.
Antonio abrió los ojos sin esperarse aquello.
—Vaya, eso nunca me lo han dicho. La gente siempre dice cosas buenas de mí pero nunca he escuchado la palabra perspicaz al describirme… —rodó los ojos sonriendo.
—Se equivocan.
Antonio comenzó a ruborizarse y apartó la mirada.
—Por cierto, ¿cómo está tu herida? —atrajo la mano hacia él. —Voy a cambiarte el vendaje —fue a la cesta y volvió con él y un ungüento.
—Al final no me respondiste nunca.
—¿Mm?
—A lo de que se te daba muy bien todo esto…
—¡Ah, sí! Bueno, sé lo que cualquier buen soldado debería saber. Sabía curar algunas lesiones superficiales y otras no tan superficiales, pero cuando Romano vino a casa y empezó a parecer más una pelota con chichones que un niño comencé a coger práctica con estas cosas…
Arthur sonrió. A Estados Unidos le pasaba lo mismo, aunque él se iba dando contra todo y al final lo que salía mal parado era la persona o el animal con el que se había chocado.
—…y también fue un consejo que me dio Francia. De pequeños siempre tratábamos las heridas del otro pero mi resultado siempre era un poco tosco y no era de su agrado. Dios, cómo me regañaba, parecía una madre…
Comenzó a vendarle con la venda nueva y limpia.
—Echo de menos esos días. Siempre lo he considerado un amigo y la verdad es que espero que las tensiones terminen lo antes posible…
—Bueno no es tu culpa que quiera meter mano en los Países Bajos, ¿no?
—Todos tenemos parte de culpa en este mundo. Al asumirlo, también asumimos la responsabilidad de nuestros actos. Eso nos hace madurar. Y esto —cortó la venda con los dientes, —también me lo dijo él.
Arthur abrió y cerró la mano varias veces.
—Por cierto, hoy se me ha ocurrido una idea. Como María está un poco alicaída desde la marcha de Felipe había pensado en maneras de animarla. ¿Qué te parece si hacemos una mascarada? Así tendrá una excusa para bailar y beber un poco. Y nosotros también —le guiñó un ojo.
—¿Una mascarada…?
—Sería muy divertido… —puso su mejor sonrisa. —Aunque, bueno, si no sabes bailar entiendo que no quieras…
—¿Quién te ha dicho eso? ¿También fue Francia?
Antonio rio negando con la cabeza.
—Sí que sé bailar, maldita sea… haremos el dichoso baile de máscaras y te lo demostraré.
Antonio alzó el rostro, emocionado.
—¡Bien! No sabes las ganas que tenía de echarme un buen baile…
—Me alegra que te esté gustando Inglaterra… —murmuró algo avergonzado.
Antonio se rascó la nuca.
—También ha sido una sorpresa para mí… pero lo que de verdad me gusta es poder pasar tiempo contigo. Y conocerte.
Evitaron la mirada del otro y el silencio se asentó. Antonio fue a añadir algo más pero oyó un ruido. Acto seguido tapó la boca de Inglaterra, que quedó perplejo.
—Shh… mira… —susurró y apuntó con la mirada a unos matorrales que se movían sospechosamente.
Con el sigilo de un felino se arrastró con cuidado hasta donde reposaba su arco. Tomó una de las flechas con suma lentitud y la colocó, buscando la mejor puntería. Arthur apareció tras él y le colocó una mano en el hombro con suavidad.
—No lo mates.
Antonio le miró interrogante.
—No es necesario —volvió a susurrar el rubio.
Antonio parpadeó un par de veces y bajó el brazo.
—Hazlo tú —le tendió el arco y la flecha, colocándoselos.
—¿Qué? No, espera, Antonio…
—Vamos —susurró con tranquilidad. —Puedes hacerlo.
—Pero no quiero.
Se colocó detrás de él y le tomó los brazos ayudándole a tensarlo y apuntar.
—Dispara.
—Pero-
—Es natural, Arthur. No es nada malo —le sonrió. —Verás cómo aciertas.
Arthur tragó saliva. Soltó la flecha y atravesó certero el corazón del conejo. Antonio le sacudió los hombros con alegría.
—Se te da fenomenal, ¿por qué lo tenías tan escondido?
Arthur se sonrojó. Por fin pensaba que era bueno en algo…
—No importa, se lo llevaremos a la cocinera a ver si nos perdona —soltó una risotada mientras fue a buscarlo.
Iban a llegar a eso de la hora de comer aunque no sabían si acudir porque no tenían mucha hambre. Pararon en los establos para dejar los caballos. Apenas había unos cuantos. Aquellos estaban reservados para Inglaterra y España, Antonio sólo había traído a Bucéfalo mientras que Arthur tenía tres o cuatro de distintas razas, pero siempre acababa cogiendo el mismo.
Antonio le acarició el lomo sonriendo. Pobre Bucéfalo, pensó. ¿Echaría de menos España? Quizás ni siquiera hubiera notado la diferencia… pensando en eso le llegó un recuerdo extraño del sueño que había tenido días atrás. Había caído en la cuenta de las palabras que le dijeron los dos Antonio. Uno que si la cruz, otro que si el cuadro… poco a poco aquella extraña sensación que sentía en la realidad se había ido desvaneciendo pero, aun así, aquellos sueños y esa perturbadora visión que había tenido durante la lucha con Inglaterra lo habían dejado un poco desconcertado.
Suspiró.
—En fin, por mirar no pasa nada —sonrió quitándole importancia, pensando que la cruz se encontraría en alguna de las patas.
Fue a ver las delanteras, primero la izquierda y luego la derecha, examinando el pelaje y levantándolo con los dedos para ver si al menos se encontraba escondida y era pequeñita, ya que no se apreciaba nada a simple vista.
—Bueno, seguramente está en las de atrás…
Repitió la misma acción pero no encontró nada. Volvió a las delanteras y aquella vez tardó un poco más en revisarlas, examinando minuciosamente cada lugar, incluso debajo de los cascos aunque aquello fuera una locura. Regresó a las traseras. Nada. Su respiración se había ido acelerando y notaba el pulso un poco desbocado. No había ni una cruz. Ni una sola. Aunque él no lo recordaba estaba seguro de que la encontraría. Sabía que fiarse de las palabras de alguien de su sueño era una estupidez pero…
No. Que aquella marca no estuviera no significaba nada. Nada… pero Bucéfalo nunca se asustaba, de eso estaba seguro. Estaba empezando a desvariar, ¿era aquel el mismo caballo? Volvió a acariciarlo. Sí que lo recordaba un poco diferente… o quizá no.
—Bucéfalo —llamó en voz baja. El caballo no pareció inmutarse.
Tragó saliva. Aquello estaba siendo una pérdida de tiempo… Dejó los establos y se encontró con Inglaterra a la entrada. Llevaron el conejo a la cocinera, que no se mostró muy impresionada ni agradecida, luego decidieron saltarse la comida, llevarse la botella de vino y retirarse a aquella sala de estar dónde les gustaba pasar el tiempo a solas, apreciando que en ese momento no hubiera nadie que pudiera ocuparla.
Se sirvieron sendas copas y tomaron cada uno un libro de la estantería, sentándose uno en una de las sillas y el otro en el alfeizar interior de la ventana. Antonio de vez en cuando interrumpía el silencio preguntando por lo que deberían organizar para la fiesta, qué se debería servir, cómo podrían ir, a lo que Arthur le chistaba o le decía que era una cotorra. Antonio reía.
—Pero es que no sé qué máscara ponerme…
—Dios mío, Antonio, si todos tuviéramos tus mismas preocupaciones que vidas tan felices llevaríamos…
Antonio volvió a reír.
—No te creas tan maduro, te he visto sonrojarte más veces que a una joven el día de su boda.
Arthur le miró por encima del libro dejando sobresalir los ojos entrecerrados. Antonio le sacó la lengua.
—Vale… —volvió a las páginas del libro pero en lo que quedó de día no pudo quitarse de la cabeza el pensamiento del caballo.
En la cena se sentaron uno a cada lado de María, explicándole lo que habían organizado y, descubrieron para su sorpresa, que la reina aceptaba de buen agrado una celebración. Decidió que se haría en honor al futuro heredero y se puso manos a la obra, encargando a las doncellas y sirvientes los preparativos de una gran fiesta que se haría en el gran salón y que tenía que estar preparada en un par de días.
Después de aquello, Arthur acompañó a Antonio a sus aposentos como ya había hecho otras tantas veces. No sabía por qué había cogido esa costumbre, pero a Antonio no parecía molestarle.
Antonio tomó su mano con naturalidad y examinó las vendas.
—¿Te sigue doliendo la herida?
—Apenas la noto ya…
Antonio sonrió. Llegando a la habitación se detuvo a pocos pasos, ya que algo a su lado le había llamado la atención. El cuadró volvía a estar ahí.
—Bueno, como te gustaba tanto pensé en ponerlo otra vez… —comentó Arthur cruzándose de brazos. —A mí no me termina de convencer pero cada uno tiene sus gustos.
Antonio frunció el ceño. Aquel no era el mismo cuadro. No sabría decir qué había cambiado pero estaba seguro. ¿Los barcos? No. ¿El color, la luz, las banderas…?
—¿Por qué pones esa cara? ¿Es que ya no te gusta?
Antonio sacudió la cabeza.
—No, perdona, sí que me sigue gustando. No sé por qué, creo que me gusta el realismo con el que lo reflejó el pintor. Casi pareciera que estuvo ahí… —dijo sonriendo. —En fin, recuérdame que no tome más vino, tengo tanto sueño que seguro que hoy caigo rendido en cuanto cierre los ojos. Y no te creas que me he olvidado de lo del baile, estoy deseando ver cómo te desenvuelves.
Arthur le dio con el hombro.
—No te pongas tan altas las expectativas o acabarás decepcionado. De esa forma si solo soy bueno y no formidable me acusarás de torpe —sonrió de medio lado.
—Tonto —le dio en la nariz y sonrió. —Solo quiero que llegue el baile para tener una excusa y bailar contigo.
Arthur enrojeció hasta las orejas.
—Buenas noches.
Cuando cerró la puerta tuvo la sensación de que Inglaterra se había quedado en el mismo sitio tratando de procesar todavía lo que le había dicho. Rio para sus adentros, pero rápidamente se puso a desvestirse y a acostarse, buscando dormirse lo más pronto posible. Esperaba que aquel día también soñara con los dos Antonio y toda aquella extravagante escena que le hacía sentir tan raro. Trató de relajarse y despejar la mente. Poco a poco dejó de pensar y cayó dormido…
…estaba allí de nuevo, casi corriendo por el pasillo de los oscuros espejos. Fue el primero en hablar al encontrarse con los otros dos.
—No es el caballo. Tampoco es el cuadro. Ni el caballo ni el cuadro son los mismos y no sé qué hacer —se cruzó de brazos nervioso como pocas veces lo había estado.
—Lo sabía. Esto me olía raro desde el principio… —dijo el Antonio actual cruzándose de brazos también.
—¿Estás seguro? —preguntó el del espejo.
Antonio asintió varias veces.
—Bucéfalo no tenía ninguna marca. Y teníais razón, él nunca se asusta, es imposible en primer lugar que me tirara del caballo, no sé cómo pude ser tan estúpido —frunció el ceño, tornando a un tono de reproche.
—¿Y el cuadro?
—Lo ha vuelto a poner, pero ese no es el mismo que vi. No sé qué ha pasado pero el otro tenía algo que ya no está y no sé qué era. Ahora cuando lo veo sólo me deja la sensación de malestar, nada más.
Hubo un silencio en el cual los tres aparecieron pensativos. Antonio sacudió la cabeza.
—Y además el otro día tuve un duelo de espadas y-
—Lo sabemos —dijo el del espejo.
—Yo tampoco sé qué fue eso. Pero me dio muy mal rollo —dijo pasándose la mano por uno de los brazos de arriba abajo. —Tienes que preguntarle a Inglaterra, él es el único que puede tener respuestas.
—Exacto.
—Por favor, ¿os estáis escuchando? Si le digo a Inglaterra algo de esto pensará que estoy loco. No habrá vuelta atrás. No quiero tirar todo lo que tengo con él por la borda sólo porque haya perdido un poco la razón…
—Antonio —el actual se puso serio y le encaró de frente. —Si no solucionas esto acabarás arrepintiéndote, estoy seguro. Siempre he sido un emocional y me he dejado guiar por el corazón aunque supiera que me iba a tragar un marrón de diez pares de cojones, pero no me recordaba tan ciego como para pensar que todo esto es normal y que no hay nada detrás.
—Espera —intervino desde el espejo, —mírale. Es sólo un niño. ¿Qué sabía yo de la vida en ese entonces…? Me creía tan invencible… seguro que aquello fue un castigo por mi soberbia y arrogancia cuando… cuando…
—No soy un niño —la voz de Antonio se oscureció.
El actual le cogió de los hombros, asustándole.
—Sí, eres un niño que no tiene ni idea de lo que se le viene encima. Hazme caso. Todo lo que tienes, todo lo que crees que posees y que controlas un día desaparecerá. Pum. Y lo peor de todo es que aquellos a los que considerabas amigos y familia serán los mismos que te metan la puñalada —los ojos le brillaron con un deje de peligro. —Y encima —dijo susurrándole, —y encima te acercas a Inglaterra, al peor de todos, el que puede hacerte más daño… niñato, no sabes dónde te has metido. Te tragará y te escupirá en cuanto se canse de ti y te lo haya quitado todo —se relamió los labios secos y fue suavizando su agarre. —Creía que había cambiado. De verdad que lo creía. Incluso… —no llegó a terminar la frase.
El Antonio del espejo mantuvo la mirada baja.
—Me voy —le soltó y caminó por el largo pasillo como una fiera dentro de una jaula.
Antonio aún tenía la respiración acelerada.
—Nunca me ha gustado ese lado de mí. La gente dice que doy miedo —el Antonio del espejo elevó las comisuras de la boca, pero sus ojos no sonrieron.
—¿Se puede saber por qué se ha puesto así…? —empezó a colocarse bien las ropas.
—Creo que siente lo mismo que tú hacia Inglaterra… es normal que crea que le ha traicionado.
—Entonces, ¿qué debería hacer? Estoy… estoy completamente perdido. Quizás debiera volver a España y olvidarme de todo, hablar con Felipe…
—¿De verdad harías eso?
Antonio tragó saliva. Sabía que no. Y tampoco es que pudiera hacerlo. No podía romper un matrimonio tan importante así como así solo por sus intereses.
—Pero, ¿por qué no os fiais de Inglaterra? ¿Por qué? No lo entiendo.
—Porque el Inglaterra que él y yo recordamos es uno muy distinto a este… bueno, si no recuerdo mal dijo que era insaciable, ah —hizo una mueca de desprecio. —Jamás había visto a alguien tan orgulloso de ser un lobo hambriento.
—Ninguno de nosotros es perfecto, la avaricia es tan sólo uno de los pecados que-
—Hay cosas que no son fáciles de perdonar —cerró los ojos. Dicho esto, se retiró con lentitud hacia el fondo del espejo, desapareciendo.
Aquella noche Antonio se quedó solo y tuvo que retirarse él mismo de aquel sitio. No soñó con nada más.
Los días pasaron sin ningún tipo de incidente. Antonio había tratado de olvidarse de aquel sentimiento de malestar e intentaba disfrutar de la realidad y de su tiempo con Arthur. La mayor parte del día la pasaban juntos: salían a cazar, a montar a caballo, jugaban a diversos pasatiempos, leían, tocaban música, salían a bañarse al río y a merendar sentados en el césped… aunque a veces también cogían una botella de vino y volvían al bosque, a beber y a observar las estrellas mientras hablaban sin importarles las horas que pasaran.
A pesar de lo mucho que reía y de lo agotado que estaba al llegar la noche, no podía evitar tener aquellos sueños nuevamente, pesadillas más bien en las que dos partes de él mismo intentaban convencerle sin éxito de los peligros a los que se estaba exponiendo. Él había decidido no hacerles más caso. Estaba seguro de que si los ignoraba con el tiempo desaparecerían, aunque cada día desconfiaba un poco más de aquello.
Conocía ya cada palmo del castillo como si se hubiera criado allí. Se había hecho amigo de cada persona del servicio, aunque con los miembros de la Corte no logró ser tan persuasivo. El rechazo de los ingleses a cualquier tipo de contacto español era aún aparente y no se libraba a veces de algún juego de palabras con la piratería cuando pasaba por al lado de alguno de ellos. En general se sentía cómodo allí, no como en casa, pero sí más cómodo de lo que hubiera podido imaginar.
María y Arthur eran los dos pilares en los que se apoyaba cada día. Aunque, a veces, escribía cartas a Romano, y también había caído alguna para Austria. Se las daba a un criado que decía conocer a un mensajero. Con toda la buena fe, pero no sin cierta reticencia, le daba también una bolsita relativamente pesada para pagar al que llevaría la carta, que iría a caballo y que tendría que traerle también la correspondencia. El criado se podía quedar con un par de monedas y tendría otras pocas más al entregarle las respuestas.
En los días lluviosos dibujaba y escribía poesía. No se consideraba maestro ni en lo uno ni en lo otro, pero disfrutaba tanto de ellas como si lo fuera y además le ayudaban a pasar el rato. Otras veces dedicaba horas a la lectura de densos volúmenes en inglés, pidiendo muy de vez en cuando ayuda a Arthur. Este, a la décima o undécima vez que le veía venir para preguntarle, le ofrecía leérselo a trocitos con la correspondiente traducción. Entonces ambos se sentaban frente al fuego los días más fríos, uno al lado del otro, y Antonio le escuchaba callado para sorpresa del rubio.
De vez en cuando volvían a acudirle las ganas de salir del castillo pero tenía que conformarse con lo vasto de aquellas tierras colindantes. Unos días no encontraba nada pero, otros, notaba de repente el movimiento de las hojas un poco artificioso y se fijaba con atención para sobresaltarse al momento cuando saltaba cualquier criatura, provocando la aguda risa de Inglaterra. Poco a poco se iba acostumbrando a aquellas criaturas mágicas e incluso había empezado a reconocer algunas. Mientras paseaban a caballo, Arthur le iba explicando sin titubear en ningún momento todo lo que conocía de ellas.
—De pequeño estaba muy solo, eran lo único que podía hacerme un poco de compañía… —dijo como si fuera otro dato más.
Antonio sonreía con ternura. Arthur cada día le contaba cosas distintas de su infancia, de su personalidad o de lo que pensaba. Hasta una persona tan sencilla como él podía apreciar el cambio que se había dado en su relación. Arthur trataba al resto con un deje de frialdad que le impedía establecer ninguna conexión con nadie, parecía que siempre se quisiera quedar al margen, no dejaba ningún resquicio en su comportamiento por el que alguien pudiera asomarse y ver realmente cómo era. Sin embargo, cuando Antonio estaba con él sentía, o al menos quería creer, que Arthur le había depositado la suficiente confianza como para saber que cualquier cosa que le contara estaría a salvo con él.
Muchas veces se asombraba de las ideas que tenía. A veces coincidían y pensaba que eran más cercanos de lo que creía. En otras se mostraban completamente opuestos y acababan discutiendo siendo al final que ninguno daba su brazo a torcer. A las pocas horas uno de los dos se resignaba y aparecía con una sonrisa y una disculpa, y entonces todo volvía a la normalidad.
Antonio despertó con la garganta seca y muerto de calor. Se había tapado demasiado por la noche. Abrió la ventana y observó el amanecer y a los criados correteando de un lado para otro como hormiguitas. Apoyó la cabeza en las manos y se quedó en esa postura un par de minutos, dejando que el viento fresco de la mañana le refrescara. ¿Tengo algo que hacer hoy?, pensó bostezando. Quizás podría meterse de nuevo en la cama, aunque primero podría ir a comer algo…
Se reprendió. Aunque Felipe no estuviera allí no podía comportarse como un crío, no tenía mucho que hacer pero tampoco podía estar todo el día ganduleando. Debía hacer compañía a María y… cayó en la cuenta de que el baile era aquel día. Sonrió. Cerró la ventana y llamó a los criados para que trajeran un barreño de agua fría. Mientras esperaba fue desvistiéndose con tanta emoción que casi se cayó encima de la cama. Llamaron a la puerta y fue a abrir completamente desnudo.
—Antonio-
Antonio cerró de un portazo.
—¡Lo siento Arthur no sabía que eras tú! —se mordió el labio.
—¿Pero qué te pasa? ¡Me has dado en la nariz! Auch…
—¿En serio? —abrió un poquito la puerta.
Arthur se destapó la nariz y sonrió.
—Qué bromista, y eso que acabamos de empezar el día.
—¿Pero qué te pasa, por qué te escondes? —fue a empujar la puerta.
—No creo que quieras entrar… —se rascó la nuca.
—¿Por qué?
Aparecieron detrás de él los criados cargando con el barreño de agua y otras cosas.
—Eh, ah, yo… bueno, sí, tienes razón, pasad, pasad.
—Que si quieres nos podemos bañar juntos.
Esta vez fue Arthur quién cerró la puerta con la cara roja de vergüenza.
—Entrad cuando me haya ido —ordenó a los criados llevándose la mano a la cara.
—María, ¿estás bien?
A la hora de comer, Antonio se había sentado al lado de la reina. Esta, que se había mostrado muy emocionada a lo largo de aquellos días por la fiesta, apenas había probado bocado.
—Sí, estoy bien, gracias por preocuparte…
—Sabes que traes un niño de camino, por el bien de ambos tienes que comer —el tono comprensivo de Antonio no varió pero su semblante se mostró un poco más serio.
La reina suspiró.
—Me encuentro un poco fatigada, eso es todo —se llevó una mano al vientre y con la otra comenzó a masajearse la frente. —Ojalá Felipe… —sacudió la cabeza. —Nada.
—María... —insistió en que continuara.
—Ojalá estuviera aquí —dijo con más énfasis.
Antonio sonrió con tristeza.
—Desde el día en que se fue me paso horas pensando en él, mirando su retrato… es tan hermoso, Antonio, y no le merezco. Yo soy vieja y ya no le podré dar tantos hijos. Aunque no me lo diga, los hombres prefieren a una esposa joven y bella —bebió un largo trago de vino.
Antonio se relamió los labios, pensando en sus palabras.
—María, eres más que eso. Ahora eres la madre de su hijo, la mujer que le dará un heredero. Eso es mucho más importante. Eres la mujer a la que tiene más estima de toda Inglaterra —aunque no le había mentido tampoco es que aquello significara algo. El rey no tenía amigos, jamás llegaría a sentir lo mismo que ella sentía hacia él, pero estaba seguro de que el cariño del esposo estaba ahí.
Aquellas palabras parecieron reconfortarla. Sacudió enérgicamente la cabeza, poniéndose erguida.
—Tienes razón. Tienes toda la razón.
Antonio sonrió.
—Bien. Ahora come, por favor —le señaló el plato intacto con la mano y sintió una oleada de alivio cuando la reina le hizo caso.
Oteó la larga sala para saber si estaba Arthur sentado por alguna parte.
—¿Sabes si ha venido Arthur a comer?
—No lo he visto desde esta mañana —dijo con la boca llena.
Antonio entrelazó las manos y apoyó la barbilla en ellas. Dejó divagar su mente y pronto las cercanas conversaciones se convirtieron en ruido de fondo. ¿Se habría enfadado por el comentario de aquella mañana? Negó con la cabeza, por muy tiquismiquis que fuera Inglaterra no creía que le hubiera ofendido aquello. Aunque quizás sí, quién sabe. Había sido una ocurrencia inocente. Bañarse con Arthur… Se le vino a la cabeza la imagen del rubio metido en el barreño con la espalda expuesta, dejando la piel nívea totalmente desnuda.
Sacudió la cabeza varias veces. No, no, no podía pensar en esas cosas. Bueno, un poco sí, pero no mucho.
—¿Te pasa algo, Antonio? —María alzó una ceja, extrañada.
—No, no, nada, no te preocupes —sonrió para quitarle importancia.
Creía que se había ruborizado un poco. Siguió comiendo pero la imagen no paraba de colarse una y otra vez en su cabeza. Dejó el cuchillo y arrugó el mantel. Chasqueó la lengua. Se permitió pensar solo en aquella imagen. De por sí no tenía nada malo. Solo era su espalda y su nuca, y los cabellos rubios apenas cubriéndola. Qué cara tendría… ¿Tendría los ojos cerrados o abiertos? ¿Le estaría esperando o rechazaría su contacto si llegara a…?
Se pellizcó el brazo para distraerse con el dolor. No, pensar en él de aquella forma no era lo correcto. Quería respetarlo y quizás aquello no le gustara. Sintió mucha vergüenza de repente y no pudo evitar que se le colorease la cara. Comenzó a abanicarse con la mano.
—No hace un día particularmente caluroso hoy… —comentó María mientras alcanzaba su copa.
—Ya sabes que los del sur tenemos la sangre caliente —rio al mismo tiempo que se preguntaba por qué había dicho semejante tontería. Alcanzó la copa y bebió también. —Luego vamos a misa, ¿no?
Tras la misa, había dejado que la reina fuera a sus aposentos a prepararse para el baile. Parecía más animada, lo que le dejó aliviado. Iba andando por el pasillo cuando apareció Arthur por la esquina, sobresaltándole. Llevaba una máscara negra y elegante que le cubría la zona de los ojos.
—¿Acaso vamos de cuervo?
Arthur abrió la boca entre indignado y divertido.
—Muy gracioso —fue a darse la vuelta pero Antonio le tomó del brazo y lo llevó hasta la pared, pegándose a él.
Le besó, agarrándole de los cabellos rubios.
—Sabes que no puedes hacer esto cada vez que quieras arreglar algo que has dicho, ¿verdad? —dijo Arthur pasándole los brazos por la cintura y atrayéndolo hacia él.
—¿Por qué? A mí me parece que funciona…
Arthur le dio un toque en la frente y sacó algo de sus ropajes.
—¿Para mí? —Antonio se colocó la máscara negra, idéntica a la que el otro llevaba. —Me trae recuerdos de los bailes de Italia… espero que aquí los pasos no sean muy diferentes.
—Recuerda, si te equivocas no solo yo me reiré de ti sino que también lo hará el resto de la corte.
Antonio le miró frunciendo el ceño con una sonrisa.
—Ya veremos de quién se ríen.
Fueron hacia el gran salón dónde los nobles y las damas charlaban animadamente. Antonio tomó una copa de una de las mesas y le pasó otra a Arthur. Todos los que estaban allí reunidos aparecían emperifollados en fastuosos trajes y brillante vestiduras, tocados estrafalarios y finísimas máscaras en cuyos detalles se podían apreciar la delicadeza de las manos del artesano. En comparación a aquellos disfraces mitológicos y abstractos las sencillas máscaras negras que portaban casi parecían una muestra de lo poco que se habían esmerado en tratar de parecer algo que no eran.
—Mira, ese va de estrella —Arthur señaló a un hombre joven ataviado de blanco, celeste y centelleante rojo, con plumas del mismo color en el sombrero.
—¿Y esa? —señaló a una mujer ya anciana y de nariz ganchuda.
—Es la Divina Belleza.
Antonio fue a beber pero apartó la copa para reírse, tapándose la boca con la mano.
—Vamos, no seas crío… —le dio un codazo.
—¡Tú también te estás riendo!
—No es verdad —bebió para ocultar una fina sonrisa.
—Sí es verdad —le pellizcó la mejilla. —¿De qué vamos nosotros?
—Yo voy de Antonio y tú vas de Arthur.
—Ah, ¿sí? —Antonio alzó una de las cejas. —¿Y en qué estoy pensando ahora mismo? —se cruzó de brazos, sonriendo.
—Mm… —comenzó a mesarse la barbilla y a mirar al techo. —En mí.
Antonio rio. Se puso un poco nervioso.
—En ese baño que me ofreciste esta mañana, quizás.
Antonio dejó de reír y carraspeó.
—Eh, bueno… —bebió tan rápido que se terminó la copa.
—Espera, espera, no lo estaba diciendo en serio. ¿De verdad estabas pensando en eso? —enrojeció hasta las orejas y elevó sin querer el tono de voz.
—¡Shh! Maldita sea, Arthur, para qué dices nada si luego no quieres saberlo —se llevó la mano a la cara, cubriéndose el rostro —Dios… —a pesar de todo tenía una sonrisa.
Arthur se llevó la mano a la boca y evitó mirarle, fijando su vista en el sitio central del salón que se extendía ante ellos, dónde debía llegar la reina y sentarse para que diera comienzo la fiesta.
—La verdad es que he estado pensando en ese maldito baño todo el día —admitió con vergüenza.
Arthur hundió más la cabeza y esta vez fue él quien se cubrió el rostro. El pequeño silencio que se había asentado entre ellos dos fue interrumpido por la llegada de la reina, cuyo atuendo se asemejaba al de un pavo real. Se sentó con gran porte y dio inicio al baile. El salón entero aplaudió y rodeados por ese sonido entraron los actores, vestidos de formas aún más extravagantes.
Realizaron una cómica pantomima. Antonio y Arthur reían de manera discreta ante las bromas que realizaban pero no se comentaron nada el uno al otro, algo que Antonio lamentó a la hora en la que recitaron los poemas, ya que no entendía ni una palabra. Luego cantaron y bailaron. Finalmente, los actores invitaron al resto de asistentes a participar en el baile y la música comenzó a sonar. La reina se quedó en el sitio y el resto se fue colocando en parejas, trasladándose hacia el centro.
Antonio le ofreció la mano y Arthur aceptó. La música era sosegada y tranquila, siguiendo un ritmo lento que invitaba a esmerarse más en la ejecución de los pasos que en la velocidad.
—¿Quién va a ser el hombre? —preguntó Antonio divertido.
—Si tienes que preguntarlo ya sabes la respuesta.
—¿Quedaría muy mal si te abofeteara en este momento?
Arthur reprimió la risa y agachó la cabeza. El baile comenzó, uno al lado del otro, sosteniéndose la mano. Empezaron por pequeños pasos adelante y luego hacia atrás y luego giraron, realizando elegantes movimientos con los brazos, imitando la delicadeza y la esbeltez de los pavos reales.
—Odio la pavana —le susurró Antonio en uno de los giros.
Compartieron una sonrisa cómplice. Unieron las manos para dar la vuelta completando un círculo invisible a pasitos pequeños. La pieza terminó y se reverenciaron.
—Bueno, no has estado mal —le comentó jocoso.
—Si no supiera hacer a derechas ni una pavana María no me dejaría salir a la Corte…
Antonio rio.
Acto seguido bailaron una gallarda, cogiéndose las manos y dando saltitos en el sitio con un pie y con el otro. Se separaron; mientras uno saltaba el otro esperaba su turno y, en una de esas, a Arthur se le torció el gesto en una mueca exagerada y Antonio tuvo que aguantarse la risa y seguir. Terminaron el baile y se reverenciaron. Arthur se le acercó, tomándolo del codo para susurrarle.
—¿Qué te ha pasado? —le dijo el castaño con una sonrisa.
—Me he jodido el tobillo —admitió sonriendo. Habían empezado a entrar en calor y tenían las mejillas coloradas.
—¿Pero puedes seguir bailando? —preguntó más serio.
Arthur asintió suspirando para sí mismo y sintiéndose un torpe. Tuvieron que separarse nuevamente, pues seguía una piva.
—Este me encanta —dijo Antonio en silencio, moviendo solo los labios.
El ritmo de la música era más enérgico y pronto el salón entero se llenó de movimiento. Vio que unas parejas chocaron con otras y rio, tapándose la boca. Se tomaron de la mano y dieron vueltas una y otra vez, primero uno levantaba el brazo y hacía girar al otro y así hasta que se tomaban de las dos manos y giraban juntos. Antonio colocó la mano al lado de su cadera, fingiendo que llevaba falda y que tenía que levantársela cada vez que giraban. Arthur rodó los ojos, avergonzándose.
Escucharon las risas de las parejas a su alrededor, que habían posado la mirado en ellos.
—Me habías dicho que hiciera de mujer —le comentó guiñándole el ojo.
—Cállate… —sacudió la cabeza mordiéndose el labio para evitar sonreír.
Continuaron girando. Las risas de las mujeres inundaban el salón. La reina daba palmadas acompañando la música con una gran sonrisa en la boca. Antonio suspiró aliviado al verla feliz. Nuevamente terminó la música, las parejas se reverenciaron y se tomaron un tiempo para recuperar el aliento.
—Por ahora me estás dejando impresionado, Arthur.
—¿Por ahora? ¿Estás esperando a que meta la pata o qué?
—Admite que sería gracioso.
Arthur le tomó de las muñecas y se acercó a él.
—El que decía que no era mala persona... —sonrió de lado.
Comenzó a sonar la música.
—Creo que voy a ir a por otra copa.
—¿Y la volta?
Antonio alzó las cejas, sorprendido.
—No voy a bailar la volta contigo, Arthur —dijo como si fuera algo de sentido común.
—Pero si no llevas falda… aunque por un momento he pensado que querías que así fuera.
Antonio sonrió.
—Es el baile favorito de María, mira, va a bailar con uno de sus consejeros —Arthur le indicó a la reina, que se había levantado del trono y se dirigía hacia el centro del salón.
Antonio suspiró.
—Bueno, vale, bailemos la volta.
Ambos volvieron al sitio y se prepararon.
—Si Austria me viera bailar esto se escandalizaría…
—Qué pena que ahora estés casado conmigo —le besó con levedad en los nudillos, componiendo una media sonrisa.
Los bailarines comenzaron siguiendo unos pasos parecidos a los de la gallarda. Arthur y Antonio se miraron conteniendo la risa y, cuando llegó el momento, la sala entera se llenó de júbilo. Los hombres levantaron a las mujeres, haciéndolas volar en el aire, elevándolas por el busque del corsé. Arthur le tomó de la cintura y Antonio apoyó las manos en sus hombros, dejando salir la carcajada. Volvieron a los pasos tranquilos y nuevamente las numerosas capas de las faldas saltaron por el aire, dejando ver ciertas partes de la anatomía femenina que hacían que los que estaban sentados y reprobaban el baile negaran con la cabeza o soltaran ciertos comentarios despectivos en la oreja de sus simpatizantes.
Antonio no podía parar de reír y estaba rojo hasta las orejas por el calor y los saltos. Continuaron hasta el final y observaron cómo casi a la mitad María volvía sofocada a sentarse en el trono, pues no pudo aguantar el baile entero. Cuando la música finalizó, Arthur aún tenía las manos en sus caderas.
—Estoy un poco mareado —dijo Antonio suspirando.
—Espera aquí, te voy a traer esa copa.
Antonio se volvió para mirarle. La calidez de las manos de Arthur en su cuerpo aún estaba presente y se sintió un poco ridículo al descubrirse deseando que el baile hubiera durado más. Se retiró un poco de la pista para no estorbar a los del siguiente baile pero un enmascarado se interpuso ante él.
—¿Bailáis?
Se trataba de un hombre joven y rubio, más alto que él. En su voz intuyó un acento extranjero aunque no estaba muy seguro. Llevaba un traje de un gusto exquisito y una elaborada máscara negra de plumas. Sus ojos azules le resultaron tremendamente familiares. Antonio volvió a mirar a Arthur, pero no lo encontró. Supuso que se encontraba escondido tras el resto de invitados que habían ido a la mesa a saciar su sed.
—Claro —le dio la mano y ambos se colocaron en el centro. Volvió a sonar una pavana.
El desconocido se mantuvo callado, ejecutando los pasos con una precisión tan minuciosa como desquiciante. Antonio abrió los ojos con sorpresa sin querer ocultarlo. Casi parecía que aquel individuo quisiera exhibirse ante el resto de la sala como el mejor bailarín.
—¿Tanto os asombra mí baile?
—Desde luego, parecéis un pavo real —no pudo evitar reírse y, temiendo que se ofendiera, quedó gratamente sorprendido cuando el de ojos azules rio también, abandonando la exactitud de sus pasos. —Perdonad, tengo la boca demasiado grande y no pienso lo que digo.
—Uno nunca debería disculparse por decir la verdad.
—Vuestro acento me suena… ¿de dónde sois? Por un momento había creído que eráis inglés.
El hombre carraspeó algo incómodo.
—De Francia.
A Antonio se le cambió la expresión al instante.
—Ah…
—¿He dicho algo que no debía?
—Un amigo… —se interrumpió, sacudiendo la cabeza. Permaneció unos momentos callado, como si tratara de buscar la palabra exacta. Finalmente sonrió. —Un bastardo al que le tengo mucho aprecio es de allí.
El rubio rió sonoramente.
—Ya veo.
La pavana terminó y cesó la música. El rubio cambió las manos de posición colocándolas sobre el cuerpo de Antonio como si fuera una pluma.
—¿Qué hacéis? —Antonio alzó una ceja, curioso.
—¿No os sabéis este?
Francis le tomó las manos y las colocó también sobre su cuerpo. Mientras otra canción comenzaba, ellos empezaron a bailar algo totalmente distinto.
—Sí que lo recordáis… —el hombre sonrió con dulzura.
Antonio se miró los pies, confuso.
—Es extraño. No conozco el baile pero recuerdo los pasos… es un baile muy raro, me acordaría si lo hubiera aprendido en alguna parte —sonrió algo confundido.
—Siempre solíamos bailar así, ¿te acuerdas? —susurró.
Antonio se apartó un poco, pero no dejó de moverse. Lentamente viró el rostro hacia dónde se suponía que estaba Inglaterra y allí lo encontró, lívido como si hubiera visto a un fantasma.
—¿Francis…? —preguntó a pesar de que ya sabía la respuesta. El susodicho asintió levemente. Antonio parpadeó varias veces, sin creérselo. —¡¿Qué haces aquí, estás loco?! —exclamó para que solo le oyera él. Inmediatamente apartó las manos de su cuerpo y se alejó un poco más.
—Antonio, por favor —le sujetó de la muñeca con firmeza. —No pienso irme de aquí hasta que me escuches.
La respiración de Antonio se había acelerado. Los sentimientos contradictorios se le agolpaban en el pecho sin éxito de que reinara ninguno. Miró a ambos lados para asegurarse de que nadie se había dado cuenta de su presencia allí.
—Está bien.
Francis se giró con intención de hablar en el balcón pero Antonio dio un tirón.
—Lo que tengas que decirme, puedes hacerlo aquí.
Francis suspiró.
—No es algo fácil de explicar, ¿podemos tener un poco de intimidad? —insistió con seriedad.
Antonio sabía que cuando ponía aquella mirada suplicante era porque lo que tenía que decir de verdad valía la pena. Además, había realizado un viaje largo y arriesgado sólo para llegar hasta él. Quizás quisiera decirle que estaba cansado y que cesaba en sus intereses sobre Italia o los Países Bajos… no. Tampoco era tan estúpido como para creer eso. Sea lo que fuere, tenía la sensación de que se trataba de algo más personal. Algo que no tenía nada que ver con su condición de reinos.
—Está bien —asintió algo más convencido y comenzó a seguirle.
—¡Qué pare la música!
Los dos se detuvieron en el acto cuando oyeron el rugido de Inglaterra por encima de todo el ruido que, en ese mismo instante, se convirtió en un denso silencio.
—Puedes burlar a mis guardias y a mi pueblo pero no a mí, Francia.
La multitud emitió una mezcla de reacciones entre asombro e incredulidad. La reina se levantó, expectante.
—Suelta a Antonio —la orden fue gélida y no admitía desobediencia alguna.
Francis se giró lentamente y soltó la mano de Antonio, que también dio la vuelta. Sin embargo, se mantuvo a su lado.
—Ya lo he hecho. ¿Y ahora? —aunque su voz y su cuerpo transmitían la confianza de tenerlo todo bajo control, los ojos azules de Francis se entrecerraron levemente con furia contenida.
Arthur no dijo nada y puso la vista en Antonio, que respiraba con nerviosismo. Era imposible adivinar la emoción de su rostro.
—¿A qué has venido? —le preguntó cruzándose de brazos.
Francis se mordió el interior de la boca y le miró como si no pudiera creerse lo que estaba viendo.
—¿De verdad quieres que lo diga o te sigo el juego?
Arthur chasqueó la lengua. Trató de pensar con rapidez en todos los posibles finales a los que podría conducir aquella situación… y en las consecuencias. Volvió la mirada hacia Antonio, pero este observaba a Francia, preocupado. Inglaterra dio un paso hacia delante, conciliador.
—Francis —bajó el tono de voz, extendiendo una mano abierta —, creo que podríamos hablar de esto los dos de manera más-
—¡No! Esto se acaba aquí y ahora.
Arthur tragó saliva. El silencio volvió a llenar la sala durante unos instantes.
—¿Es que no te das cuenta de la locura en la que has caído? ¡¿Tan ciego estás?!
Arthur cerró los ojos, llevándose la mano a la frente y masajeándola. Aquello era el fin. Estaba perdiendo el control.
—¿…y qué más daría si me he vuelto loco? —aunque era una pregunta no parecía habérsela hecho a nadie en particular. —Por fin he conseguido lo que quería —miró a Antonio calmado, con una suave sonrisa en los labios. —Y no voy a renunciar a ello.
Francis abrió los ojos, atónito.
—Antonio, ven —pidió con amabilidad Arthur y le ofreció la mano.
—Francis… —Antonio susurró. Miró al francés como si esperara que una explicación saliera de sus labios, pero este se mantuvo en silencio. Cuando fue a marcharse de su lado Francis le agarró del brazo.
—Siempre hemos sido nosotros dos, Antonio. Tú nunca abandonarías mi lado para irte con Inglaterra. Nunca lo hiciste —recalcó con tristeza.
La calma que Antonio había mostrado durante toda aquella escena se desvaneció y dejó paso al reproche.
—¿Y qué esperas? Estamos en guerra, tenemos que temer que un día nos puedan atacar desde Escocia y no le quitas el ojo a Romano —al decir aquello último se le oscureció la mirada. —Ni siquiera sé a qué has venido. Y tampoco me lo vas a decir… —se deshizo de su agarre con brusquedad y tomó la mano de Inglaterra entrelazando los dedos con los suyos y colocándose a su lado.
Francis sacudió la cabeza y se agarró los mechones rubios con frustración.
—Esto no puede estar pasando…
Arthur tragó saliva. Sabía que todo aquello estaba mal. Sabía que él estaba mal. Antonio lo descubriría todo un día y jamás le perdonaría. Tendría que vivir con aquel pecado durante el resto de su existencia, que a saber cuántos siglos más se alargaría. Estaba arrastrando a Francis en aquel embrollo, y también se lo recordaría día sí y día también… y Dios sabía que seguramente se lo habría contado a alguien más.
Pero Antonio estaba ahí, a su lado, tomando su mano con fuerza, con cariño, con una confianza que nunca pensó que sentiría por su parte. Y sonreía. Arthur depositó un beso en sus dedos, conmovido. El corazón le latía veloz.
—Vete, Francia. No pienso discutir más —dijo con autoridad.
Francis los miró a los dos con una amalgama de sentimientos confusa y espesa. Aquella escena que estaba viendo frente a él se parecía más a un sueño que a la realidad. Aquel Antonio se parecía más a un sueño que a la realidad. Y, entonces, algo encajó en su mente. Tomó aire profundamente y se irguió, mirando con tranquilidad a Inglaterra.
—¿Sabes lo que me dijo Antonio antes de la fiesta?
El corazón de Arthur se saltó un latido. Tensó la mandíbula, temiéndose cualquier palabra que saliera de sus labios.
—¿Pero qué estás diciendo? —Antonio intervino con confusión.
Francis se relamió los labios secos y se cruzó de brazos.
—¿Sabes lo que el muy idiota me dijo?
La respiración agitada de Arthur resonaba en el silencio de la sala. Comenzó a sacudir levemente la cabeza de un lado a otro.
—No quiero saberlo —murmuró.
Francis sonrió con tristeza.
—Sabes lo que te voy a decir, ¿verdad?
Arthur se agarró el estómago con la mano libre. De pronto se sentía mareado y algo parecido a la náusea comenzó a despertarle por dentro.
—Te lo estoy suplicando —volvió a murmurar.
Una leve sonrisa cruzó su rostro por un segundo. Con los dedos de la mano podía contar las veces que Arthur Kirkland le había suplicado por algo. O por alguien.
—Me dijo-
—No.
Francis dio un paso al frente y Antonio dio otro sin soltar la mano de Arthur.
—Me dijo que había estado todo el día feliz como un tonto porque sabía que por la noche te vería, porque hacía ya varios meses que le gustabas.
Arthur soltó el aire que tenía y parpadeó un par de veces. Su rostro se había descompuesto y, aunque movía la boca, no parecía saber qué decir. Se limitó a negar con la cabeza todo el rato. Se estaba mareando y al caer hacia atrás se apoyó en la mesa con el brazo libre. Notaba la frente sudorosa.
—¿Estás bien? —Antonio le miró desde arriba, preguntándole con preocupación.
—Dame un momento.
—Esto es increíble —Francis sacudió la cabeza y se llevó las manos a la cara. —Termina con esto, Arthur.
—¡¿Con qué?! —Antonio rugió y en un par de pasos se colocó frente a frente con Francis, que había retrocedido. Antonio le agarró de la pechera con las dos manos y apretó hasta que se le pusieron blancas. —¿Con qué se supone que tiene que acabar? —preguntó apretando los dientes.
Francis observó aquella mirada oscura de un verde venenoso que tan pocas veces mostraba. Sabía lo peligroso que era y que tendría que cuidar sus palabras. Ni siquiera Antonio era consciente de lo que podía hacer si se dejaba llevar por su rabia. Tragó saliva.
—Con la mentira. Te está engañando, Antonio.
—¿En qué me está engañando?
—Por favor, Antonio, ven conmigo, es la única forma…
Frunció el ceño y arrugas se formaron en su frente.
—Dime la verdad ahora.
—Es muy peligroso… —susurró con impotencia. —La sabrás si vienes conmigo.
Antonio negó con la cabeza varias veces como un animal enfurecido.
—Dímela.
—¿Es que no has notado nada extraño? ¿¡No hay ni una sola cosa que te parezca fuera de lugar!?
Los ojos de Antonio se abrieron con sorpresa. Dejó que la ira se escapara de su cuerpo y pronto volvió a ser el mismo de siempre. Mientras suavizaba el agarré cayó en la cuenta de que casi había estado ahogándole. El cuadro. Bucéfalo. Aquellos sueños… los ojos de Francis parecían sinceros. No había manera de que le pudiera estar mintiendo, no había manera. Sin embargo, Arthur… volvió la mirada hacia él, que ya se había recuperado, aunque mantenía el agarre del borde de la mesa para mantener el equilibrio.
Parecía asustado. Dios sabía que amaba sus ojos y que eran hermosos hasta decir basta, pero nunca nadie había descrito la mirada de Inglaterra como sincera.
—Antonio, por favor… —Arthur no añadió nada más.
Antonio volvió a mirar a Francis y le soltó por completo. Se relamió los labios y volvió a colocarse al lado de Inglaterra.
—Este es mi lugar, Francia.
Francis hizo una mueca de desesperanza.
—Muy bien, no me dejas alternativa.
Con rapidez sacó un puñal de su cinto y agarró a una de las sirvientas por la espalda, colocando la hoja del arma en la blanca piel del cuello.
—¡No! —exclamaron los dos.
La muchacha gritó y se revolvió sin éxito.
—¡Déjala Francis! —pidió Antonio.
—¡No, por favor, ayuda! ¡Ayúdame! —miró a Inglaterra aterrada.
—¡Tranquila, tranquila, esto no es de verdad!
—Sí lo es —la hoja se hundió levemente causando que cayera un hilillo de sangre.
La chica gritó aún más fuerte y el resto de personas comenzaron a agitarse.
—¡Por favor, esto no estaba en el contrato! ¡Es de verdad, va a matarme de verdad, dejad de actuar! ¡Ayudadme!
—Eso es —Francis suavizó el agarre.
—¡Quietos! —Inglaterra puso las manos en alto. —¡Guardias, prendedle!
Del fondo de la sala comenzó a andar hacia Francia la guardia de la reina, enarbolando espadas. Francis les lanzó a la chica y aprovechó ese momento para huir por el balcón. Por el rabillo del ojo, Arthur vio como Antonio se marchaba rápidamente de la habitación.
—No le sigáis, cuidad de ella.
—¡Pienso denunciarte! ¡Estás loco!
Arthur se fue hacia ella y la tomó por el cuello con fuerza, acercándose a su cara.
—Como no cierres la puta boca te juro que te mato con mis propias manos —la soltó de cualquier forma y cayó en los brazos de los demás. —Y buena suerte con eso de denunciarme.
—Antonio.
Vio como el pomo trataba de girar inútilmente. Había cerrado la puerta con llave.
—Vamos, Antonio, déjame entrar por favor…
Tragó saliva para humedecerse la garganta, que se le había quedado seca tras llorar. Sorbió por la nariz y se limpió los restos de lágrimas con las muñecas. Volvió a sorber. Arthur le suplicaba sin alzar la voz, tocando la puerta de vez en cuando. Hacía ya una media hora desde que Antonio se había encerrado y a cada minuto que pasaba se asombraba más de la paciencia que mostraba Arthur al otro lado de la puerta. Le oyó suspirar.
—¿Qué tengo que hacer para que me abras…?
Decirme la verdad…, pensó con amargura. Sintió un pinchazo en el corazón al oírle preguntar con aquella voz tan vulnerable e impropia de él. Y, aun así, no podía abrirle la puerta. Aquella escena había terminado por confirmar las sospechas que tenía de que algo no andaba bien. Desde que se cayó del caballo, Arthur le había estado ocultando cosas, pero no entendía el por qué ni la conexión entre las mismas.
¿Por qué recordaba esos pasos…?. Juraría que jamás había bailado así y, sin embargo, Francis le había dicho que siempre bailaban de aquella manera. Apretó los dientes. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Estaría perdiendo la cabeza…?
—Antonio… te diré toda la verdad. Abre, por favor.
Dirigió una mirada a la puerta. Se le vinieron a la cabeza los Antonio del sueño preguntándole si de verdad se iba a fiar de él, llamándole idiota. Soltó el aire con lentitud y apoyó las manos sobre la cama. Se dijo que no se dejaría embaucar. Era Inglaterra después de todo. Se había dejado llevar y había dejado que sus sentimientos le volvieran tierno e infantil. A menudo confiaba en demasía, ya se lo habían dicho unas cuantas veces. Él era el tipo de presa perfecto para Inglaterra. Bien podría estar ocultándole planes secretos sobre invasiones o guerras y él se había pasado los días haciendo el tonto en sus brazos. Frunció el ceño y se obligó a ponerse serio.
—Por fin —Arthur sonrió aliviado pero se contuvo al escudriñar el frío rostro de España. —¿Puedo pasar?
—Sí —musitó y volvió a sentarse a los pies de la cama.
Arthur cruzó el umbral retorciéndose las manos. La puerta se cerró tras él suavemente. Observó a España, frío y serio, mirando al suelo en silencio. Pensó que aquello había acabado. Su idilio con España había llegado a su fin después de tantos buenos ratos. Aunque sintió una inmensa tristeza al principio, de repente sonrió, feliz. Aquellos momentos no desaparecerían, todo lo demás sí, pero sus recuerdos no. Nadie podría arrebatárselos.
—¿Vas a decir algo? De lo contrario puedes irte por dónde has venido.
El tono cortante de Antonio le devolvió a la cruda realidad. Arthur se arrodilló frente a él.
—¿Qué quieres que te diga? —susurró.
—La jodida verdad, maldita sea… Arthur, es lo único que quiero —Antonio sacudió la cabeza, tragándose el sollozo que quería arrancarle a llorar otra vez. —¿Sabes lo confundido que estoy ahora mismo? Que venga Francia y me diga… y me diga que… —Antonio trató de tranquilizarse, no quería que le viera vulnerable. En aquel momento no confiaba en ninguna palabra que saliera de su boca. —Ese caballo no es Bucéfalo. No es mi caballo.
—¿Qué? —Arthur sacudió la cabeza con una de las sonrisas falsas que Antonio ya se conocía.
—Mi caballo tenía la marca de una cruz blanca en una de las patas. Me traía buena suerte —enfatizó alzando el tono de voz. —Ese caballo que tienes ahí no es el mío. Es imposible que me tirara, estoy seguro.
—Antonio, a veces las criaturas se asustan por algún motivo, hasta el más manso de los caballos podría…
—¿Y la cruz? ¿Dónde está?
Los ojos verdes de Antonio brillaron de aquella forma rara y peligrosa que todo el mundo temía. Realmente parecía capaz de todo cuando miraba de esa manera. Arthur apartó la mirada, incapaz de enfrentarse a esos ojos, por mucho que le molestara admitirlo. No importaba los siglos que pasaran, aquello era algo que no cambiaría. Guardó silencio por unos momentos y tomó aire, reflexionando. Él quería seguir con la mentira, sabía que podía llegar más lejos, sabía que podría estar más tiempo con él si jugaba bien sus cartas.
—El caballo… —volvió a mirarle, tratando de mostrarse lo más honesto posible. —El caballo no es Bucéfalo.
Antonio dejó escapar el aire que había estado conteniendo y su expresión se relajó.
—Entonces, ¿me mentiste?
—No. Bueno, déjame que te explique. Cuando te caíste Bucéfalo cayó también y se lastimó gravemente una de las patas. Aunque intentamos curarlo, estaba claro que lo único que nos quedaba por hacer era sacrificarle. Como sabía el cariño que le profesabas y no quería que te llevaras un disgusto nada más despertar, estuve buscando como un loco otro ejemplar que se le pareciera… y, como un idiota, supuse que te engañaría y daría el pego.
Antonio, que le había escuchado atentamente, escudriño su rostro. Le tomó con ambas manos las mejillas y le miró a los ojos con intensidad. Arthur volvió a apartar la mirada.
—¡Mientes! —Antonio le soltó y volvió a ponerse furioso.
—¡Es la verdad! —trató de tomarle las manos sin éxito, pues se las apartó con desprecio.
—¡¿Y el cuadro?! ¡¿Qué pasa con el cuadro?!
Arthur le miró confuso.
—¡Es distinto, no es el mismo! ¡¿Por qué lo cambiaste?! —exclamó levantándose.
Arthur tragó saliva.
—¿Te estás oyendo? Estás hablando como un loco, Spain, cuadros, caballos…
—Ah, ¿ahora soy Spain? Dime la verdad, por tu honor, si es que aquí tenéis de eso.
Ni aunque hubiera escupido en el suelo habrían sonado sus palabras con más desprecio. Arthur frunció el ceño. No había pasado por alto ese comentario, pero debía calmarse. Cerró los ojos por unos instantes, tratando de pensar. Luego habló con tranquilidad.
—El cuadro no es el mismo, tienes razón.
Antonio sacudió la cabeza con una sonrisa amarga, cruzándose de brazos.
—¡Escúchame, por favor! —le tomó de los hombros y, aun sintiendo la diferencia de fuerza que había entre ambos, le obligó a sentarse en la cama. —Me deshice del primero y, como quería darte una sorpresa, le encargué a un pintor de la corte que resultaba conocerlo que hiciera una réplica como mejor pudiera. Se inspiró en una batalla inglesa de hace no sé cuántos siglos y por eso los barcos, la localización y las banderas parecen distintos. ¿Satisfecho?
El silencio se instaló entre ellos dos volviéndose denso y exasperante. Ninguno de los dos rompió el contacto visual hasta que Antonio se decidió a hablar.
—¿Me estás diciendo la verdad?
Arthur se obligó a mirarle, abriendo los ojos de manera exagerada. Dudó durante unos segundos sobre la respuesta, pero finalmente contestó.
—Sí.
—Una de las cosas que no puedo tolerar es que me mientan. ¿Seguro que no me estás mintiendo?
Arthur le tomó del mentón con fuerza y se acercó a un palmo de su cara.
—Seguro como que el cielo es azul y que mañana saldrá el sol —Arthur le soltó y se separó de él.
Antonio suspiró en silencio y cerró los ojos unos momentos. Abrió la boca como para decir algo, pero finalmente se quedó en nada. Parecía triste. Alzó el rostro para verle y Arthur intuyó que por su mente pasaban miles de pensamientos que quería decirle pero que no haría. Se levantó de la cama y le abrazó. Arthur correspondió a su abrazo, estrechándole junto a él.
—Lo siento —le susurró Antonio en su oreja.
—No. Perdóname por mentirte, no tendría que haberlo hecho. Está claro que Francia ha logrado su cometido… doblaré la seguridad, por eso no te preocupes. No volverá a molestarnos.
Antonio tragó saliva recordando los ojos azules de su amigo y no dijo nada más.
Aquella noche, Antonio volvió a caer al pasillo de los espejos interminables. Al llegar junto a ellos, los otros dos Antonio le miraron en silencio. No habría sabido decir cuál de los dos parecía más decepcionado.
—Eres idiota —el Antonio que se encontraba de pie murmuró. Aunque no le pareció un insulto porque lo dijo con más pena que enfado.
—No tenías que haber cedido, debías haber salido por tu propio pie de este maldito castillo… —el del espejo ni siquiera le miró directamente. Parecía que cada uno hablaba consigo mismo.
—Sé que no me dice la verdad —admitió desganado.
Ambos le miraron al instante.
—¿Y aun así te vas a quedar?
Antonio tensó la mandíbula y desvió la mirada, guardando silencio.
El Antonio que estaba de pie suspiró, cruzándose de brazos.
—Así que este es el final. No sé por qué, pero guardaba la esperanza de que despertaras…
Antonio quiso decir algo. Sabía que se estaba equivocando, no hacía falta que se lo dijeran, él mismo lo había empezado a pensar. Quedarse era un error. Se sentía casi como un preso en aquel lugar y había perdido la cuenta de las veces que Arthur le había puesto excusas para que no salieran de allí. Se preguntaba si los propios guardias le retendrían si algún día decidía irse por cuenta propia… sacudió la cabeza.
—Le quieres, chico.
Antonio abrió los ojos, sorprendido. Escucharlo de la voz de otra persona hizo que se avergonzara un poco.
—Pero piensa ¿es el mismo amor que sientes por Romano? ¿El mismo que sientes por Francis? —la mirada del Antonio que estaba de pie era fría y acusadora.
—No… —murmuró— Es completamente distinto.
—Crees que sin él el orbe perdería su sentido y la vida se marchitaría como una flor… —el Antonio del espejo le miró con pena, apoyándose en el marco del espejo. —Te crees que no puedes vivir sin él, pero no es verdad —insistió.
—Antonio, nuestras vidas son así. Cambiantes. No puedes aferrarte nunca a nadie…
—No… lo digo en serio. Si algo pasara ahora y tuviera que separarme de él… —no quiso terminar la frase.
Se sintió vulnerable y patético. ¿Por qué le había dado todo ese poder y por qué a él precisamente…? De pronto, el suelo tembló como si estuviera a punto de partirse en trozos.
—Nunca pierdo la fe, Antonio. Sé que despertarás.
En el momento en que ambos pronunciaron aquella frase, la oscuridad se volvió luz y el pasillo se llenó de un blanco cegador que hizo que Antonio se tapara los ojos con los brazos. Oyó los miles de espejos quebrarse y los cristales estallar en pedazos mientras el suelo se abría y caía infinitamente por una nada vacía e inmaculada, a la vez cálida y reconfortante. Se relajó y dejó que el vacío le envolviera como un abrazo, meciéndolo como olas de mar. Observó el blanco infinito y extendió la mano. Se sentía tan frágil como el cristal de aquellos espejos, sabía que ahora podría romperse con la misma facilidad en cualquier momento; le había entregado su corazón al rey de las mentiras.
—No, no… mire, no me está entendiendo. Pues le digo que no puede saberlo, es un asunto privado, ¡pri-va-do! Que no me escucha… —dio una calada y volvió a dejar el cigarrillo en el cenicero —. Mire, ¿quiere trabajar para nosotros o no? Le digo que hay cientos de compañías esperando y… no, entiéndame usted, ¿es que nunca le han pedido privacidad para uno de sus trabajos? Hola —le saludó con la mano libre y sonrió con malicia al ver el cabello despeinado del rubio —. Así me gusta, ¿y cuánto cobra…? —Romano abrió los ojos y casi se le cayó el cigarrillo de los labios. Había empezado a abrir la cartera y al verla tan vacía en comparación con la cantidad de pasta que le pedía aquel tipo se puso de un mal humor instantáneo —. Mire, ya lo llamo mejor luego si eso… sí, sí, ya sé que soy un gilipollas y lo que usted diga, ¿no tiene muchos clientes, verdad? Será hijo de-
—¡Romano! —Francis le quitó el teléfono de las manos y colgó. —Y ya te he dicho que no fumes aquí —le quitó el cigarro de la boca y lo apagó en el cenicero con gusto. —A ver ahora cómo ventilo esto, con el frío que hace fuera…
—Y luego dicen que el de la mala hostia soy yo.
—Y es verdad, tranquilo que de eso no te libras —se sentó en la silla de su despacho y se quitó la bufanda de marca. —Puedo soportar el frío, pero el viento…
—¿En serio estás así por el viento? Estamos en diciembre, Francia.
—Francis.
—Bueno te llamaré como me dé la gana, que aún no hay confianza.
—Que no hay confianza, dice. Si quieres dentro de unos veinte siglos me haces el favor…
—Cambiando de tema, mira esto. Me lo han mandado hoy y lo he impreso. Se nos ha acabado el cartucho de tinta, a todo esto.
—Mira, Romano, si esto fuera una empresa de verdad nos arruinamos, te lo estoy diciendo. ¿A dónde va a parar todo el dinero? ¿No te estarás abriendo una cuenta en Suiza o algo?
A Romano se le empezó a inflamar la vena del cuello y por no darle de hostias con los papeles y porque ya no había más tinta y no podría volverlos a imprimir, decidió tragarse el orgullo por tercera o cuarta vez en su vida y actuar como un adulto, que el tema ya era bastante serio como para tomárselo a broma.
Francis sacó unas gafas de ver y se las puso. Su semblante se tornó serio. Examinó minuciosamente las fotos mientras Romano se colocaba tras él, apoyando la mano en el respaldo de la silla. Francis le miró de reojo.
—¿Qué pasa, has visto algo?
—Te huele el aliento a tabaco.
Romano se retiró haciendo un sonido de exasperación para nada disimulado y volvió a su silla, se cruzó de brazos y puso los pies sobre la mesa, esperándole. Francis tuvo que aguantarse la carcajada. Una vez hubo terminado de ver las fotos, las metió en una carpeta y se quitó las gafas. Tenía una sonrisa, pero sus ojos estaban cansados.
—Al menos parece feliz.
—Parece, tú lo has dicho, Francis.
—Gracias.
Romano ignoró el comentario.
—Cada vez que pienso en ese bastardo de Inglaterra…
—¿Qué harías si lo vieras? ¿De verdad le pegarías?
Romano calló y enrojeció un poco.
—Hace unos siglos puede que sí, pero ya no. No soy un niñato.
—Bueno hace unos siglos te habrías escondido a espaldas de España, creo que incluso pasó de verdad alguna vez… —Francis soltó una suave carcajada y unas pequeñas arruguillas se formaron alrededor de sus ojos.
—Bastardo, te estás confundiendo, seguramente fue mi hermano…
—Ya, ya… —Francis suspiró. —Cuando vea a Inglaterra le pegaré un puñetazo.
Romano abrió los ojos con sorpresa.
—Creía que íbamos a hacer esto sin violencia… —su voz pareció volverse un poco más infantil.
—Y quiero mantenerlo, pero cuando llegue el momento… no puedo prometerte nada, Romano. Además, entre él y yo un puñetazo es más un saludo amistoso que otra cosa.
Ambos guardaron silencio por unos momentos. Romano miró por la ventana, al cielo cubierto de nubes azul oscuro. Los días eran más cortos, ya no había tantas horas de sol. Y la factura de la luz había subido. Frunció el ceño. Observó el cuchitril que se habían alquilado Francis y él. En los últimos meses habían estado trabajando en su tiempo libre recopilando información sobre Inglaterra, el castillo, la vigilancia… y planeando un golpe definitivo con el que salvar a España.
Desde el plan fallido de Francia, la seguridad se había vuelto de hierro. No habían encontrado ninguna forma de acceder al castillo sin ser descubiertos. Sus fotos habían sido distribuidas a todo el personal, que había aumentado considerablemente, y los guardas se habían extendido por una superficie mayor; ya no solo guardaban la entrada y los muros, sino los alrededores, varios kilómetros antes de llegar al castillo. En cuanto vieran un coche o una persona, la información llegaría a oídos de Inglaterra y les sería imposible infiltrarse.
Romano suspiró.
—Es muy difícil, Francis. No sé si podremos conseguirlo.
—Vamos, no seas tan derrotista, de peores hemos salido.
—Pero… cuando viste a Inglaterra, ¿cómo estaba? ¿Trataba bien a España?
—Ya te lo he dicho, está locamente enamorado, literalmente. ¿Qué persona en su sano juicio haría eso?
—¿Pero es amor, Francis? ¿O era algo territorial…?
—No, Romano, no creo que lo secuestrara porque quisiera invadir España. Tampoco se le había ido tanto la pinza —rio —. Mira, Inglaterra es… un tipo muy raro. Es difícil comprenderlo, a él y sus acciones, porque es un todo o nada. Y ahora mismo lo está dando todo, por eso nosotros no podemos ser menos. Me ha dado así de repente un déjà vu de la Guerra de Sucesión…
—Qué gracioso —parecía que ambos iban a seguir con sus tareas pero Romano volvió a preguntar —. Pero Francis, eso en verdad no es amor, ¿no?
Francis le miró por encima de las gafas con curiosidad.
—Te lo pregunto porque eres el que más sabe del tema, así que lúcete con la respuesta.
Francis sonrió. Se quitó las gafas, mordiendo la patilla mientras reflexionaba.
—Sé que Inglaterra quiere a España y, por lo que pude ver, España también quiere a Inglaterra… pero tener a una persona secuestrada no es amor, no. Es raro. Ya te he dicho que Inglaterra es raro.
—Pero Francis —Romano le miró con intensidad —, ¿qué pasará entonces cuando Antonio descubra la verdad?
La expresión de Romano era de preocupación. Los dos habían pensado en lo que pasaría al final de aquella historia, pero Francis no tenía ninguna duda. Aquello lo destrozaría. Destrozaría a cualquiera.
—No lo sé, Romano. No quiero que Antonio sufra, pero imagínate. No creo que cuando se entere se ponga a dar saltos de alegría y haga como si nada hubiera pasado. Además, Antonio odia la mentira —bajó la mirada, como si recordara el pasado —. Es lo que más odia, en realidad.
Tras unos segundos de silencio, Francis sacudió la cabeza, desordenándose aún más los rubios cabellos.
—Venga, ¡volvamos al trabajo! Se acerca Navidad y estoy seguro de que la guardia estará baja. Yo voy a llamar al tío de los trajes, tú sigue buscando alguna empresa que nos proteja… y ten un poco de paciencia esta vez, por favor. Yo lo pagaré.
En cuanto hubo oído eso se puso manos a la obra.
—Me estoy congelando… —se abrazó así mismo dándose calor con los brazos. —¿Cuánto te queda? Ese de ahí parece perfecto…
Arthur lo miró durante unos instantes, más serio que de costumbre. Sacudió la cabeza y siguió caminando.
—No, ese no…
—Pero si son todos iguales… —insistió Antonio.
Arthur hizo caso omiso. Caminaron por el bosque nevado, sacando los pies una y otra vez con dificultad de la espesa capa de nieve que lo había cubierto durante aquellos días. Antonio exhaló entreteniéndose con el vaho que soltaba. Su boca parecía una pequeña chimenea y no pudo evitar pensar en lo calentito que estaría si en su lugar se hubiera quedado en el castillo frente al fuego y arropado con pieles.
Pero era Navidad. Y Arthur se tomaba muy en serio la Navidad. A medida que la fecha se iba acercando, Inglaterra le había explicado todas las costumbres de su país durante aquella época. Los cuarenta días de ayuno de huevos, carne y queso antes del veinticinco, que se romperían con un gran festín por la noche, donde se comía como aperitivo un típico pudin de ciruelas, algo que no le había entusiasmado oír, ya que detestaba particularmente su sabor… se continuaba con la cabeza de un gran jabalí como plato principal, rellena de carne picada con mostaza, hierbas y frutas, sazonado con varias especias y decorado con una manzana en la boca. También eran comunes los pasteles de carne de cordero con especias y fruta deshidratada.
Solo de pensarlo se le hacía la boca agua, le parecía que se había pasado toda una vida sin probar la carne. Aquella noche sería la víspera de Navidad y después del veinticinco aún quedaban fechas importantes: los doce días posteriores ningún hombre libre debía trabajar pues así lo había decidido hacía cientos de años el primer monarca de la nación, Alfredo el Grande. A Arthur le brillaban los ojos al hablar de él.
—Este —murmuró.
Arthur alzó el hacha y comenzó a talar. Antonio se fijó en los golpes secos y certeros. Cualquiera diría que con aquel cuerpo esbelto y delicado no tendría la fuerza necesaria para blandir el hacha. Pero se equivocaba. Arthur parecía tan concentrado en su tarea como si se tratara de un ritual.
—Creía que los criados habían traído suficiente leña para el invierno… —dijo Antonio con una sonrisa.
Arthur jadeó y comenzó a explicarle entre hachazos lo que significaba aquello.
—Todos los años, los doces días que siguen al veinticinco, cogemos un tronco y lo dejamos arder. El último día guardamos un poco de lo que quede, ya sea las cenizas o unas pocas astillas, y lo usamos para que arda al siguiente año…
Hubo un pequeño silencio mientras Antonio lo asimilaba.
—¿Y eso lo hacéis porque…?
Arthur paró durante un momento y le miró con una media sonrisa divertida. Volvió a girarse y continuó.
—No tiene explicación. Es una tradición, se cree que trae buena suerte…
Antonio sonrió. Qué extrañas se le hacían aquellas costumbres. Aunque suponía que Inglaterra pensaría lo mismo si fuera a España. De repente oyó la hoja atascarse. Arthur puso el pie en el tronco y trató de tirar sin éxito del mango.
—Déjame a mí, tengo un amor especial por las hachas —tomó el mango y esperó a que Inglaterra se alejara. Puso el pie en el tronco y tiró con todas sus fuerzas, sacando el hacha. Aprovechó para dar los últimos golpes y conseguir el leño. —Bueno, ya tenemos tu preciado trozo de madera, ¿podemos volver ya al castillo?
Arthur cogió el tronco pero a duras penas logró alzarlo un palmo por encima del suelo. Las chimeneas del castillo eran enormes y el tronco debía ser lo suficientemente grande como para arder por doce días con sus noches. Sintió que el peso se aliviaba de forma repentina; Antonio se puso en frente suya dándole la espalda, cargándose un extremo del tronco al hombro.
—Vamos —le oyó decir.
Arthur enrojeció. Comenzaron a caminar con un poco de dificultad debido a la nieve. No se habían alejado mucho del castillo, aun así todavía tenían que salir del bosque. Arthur tenía las mejillas rojas por el frío y la vergüenza, no le gustaba sentirse más débil que Antonio. Para empeorar las cosas, hacía un mes y medio o así que despertó un día y casi le dio un ataque al corazón al verse en el espejo. Había rejuvenecido. No es que antes tuviera la apariencia de un viejo decrépito, pero ahora se asemejaba más a un adolescente que a un joven adulto.
—Yo te veo igual que siempre —Antonio le dijo con una sonrisa, lo cual fue un alivio porque no habría sabido cómo explicar aquello.
Pero no estaba igual que siempre. Había perdido unos cuantos centímetros de estatura, unos pocos kilos, su rostro se había aniñado, le parecía verse los ojos más grandes y los rasgos menos perfilados, incluso su voz se había hecho un poco más aguda. Ahora estaba delgado, suave como un niño, sin músculos curtidos por las guerras ni marcas de cansancio en la mirada. Tampoco le dolía ya la espalda y podía correr, cazar, y luchar con una vitalidad que creía ya olvidada. Aquello sí que le había gustado. Pero cuando miraba a España ya no veía a un adolescente, sino a alguien que tenía su misma edad y le superaba en todo. Suspiró.
Miró a su alrededor distraído, fijándose en el paisaje nevado del bosque. Creía haber encontrado la explicación a aquel cambio en que, simplemente, había empezado a creerse aquella extraña realidad que había inventado. Cada vez salía menos del castillo, pensaba menos en el mundo de afuera y se olvidaba de sus deberes. Apenas hablaba con nadie que no estuviera metido en aquella mentira y se encontraba más a menudo de lo que le gustaba confundiendo la realidad y la ficción, hablando de cosas y de personas como si realmente estuviera viviendo en ese siglo.
Una rama cedió y un puñado de nieve le cayó encima. Sacudió la cabeza desordenándose los cabellos rubios.
—¡Ey, no muevas tanto el tronco o nos vamos a caer! —dijo Antonio riendo y sujetando el leño con más fuerza.
—Lo siento —Arthur volvió a enrojecer. No entendía cómo se podía sentir tan torpe, le faltaba la mala uva que había desarrollado más durante su etapa adulta.
Antonio giró la cabeza por un momento, guiñándole un ojo. Arthur sonrió.
Cuando llegaron al castillo los criados le ayudaron con el peso y las sirvientas rieron con facilidad ante la escena.
—Creo que les damos pena —dijo Antonio sacudiéndose los hombros para quitarse los restos de madera.
—Pues yo creo que nos encuentran adorables —dijo la última palabra con resentimiento.
La verdad es que parecían un par de chiquillos. Cada vez que se veía con Antonio en un espejo no podía dejar de pensarlo. Todo el mundo quería volver a ser un adolescente hasta que la oportunidad se presentaba de verdad. Luego todos se preguntaban en qué estaban pensando.
—Martha, dime la habitación más calentita a la que podemos ir ahora mismo —le pidió Antonio con amabilidad a una sirvienta.
La chica sonrió e hizo un comentario antes de indicárselo. Arthur rodó los ojos.
—Vamos —dijo tomándole de la mano y llevándose al moreno de allí. Quería estar un rato a solas con él.
El castillo estaba un poco frío para su gusto y algo solitario. Gran parte de los sirvientes se encontraban en sus casas, disfrutando de aquel tiempo con sus familias y él, acostumbrado ya a los gruesos muros de piedra y a los tapices que lo cubrían, no podía dejar de compararlos a una buena calefacción central. Sin embargo, cada vez que pasaban por una ventana y veía a lo lejos el paisaje nevado, un sentimiento reconfortante le inundaba el pecho.
Cayó en la cuenta de lo silencioso que estaba Antonio. Normalmente no habría dejado de parlotear mientras lo llevaba de un sitio a otro, le diera igual o no que lo estuviera escuchando. Desde el día en que discutieron lo había notado un poco distinto, aunque no sabría decir en qué modo. Un poco más reservado sí, pero, por otro lado, muy amable, dulce, protector… Nunca antes lo había tratado así. Él también se había vuelto más blando con Antonio. Trataba de controlar su genio y le toleraba muchas cosas que no haría con cualquier otra persona, a veces hasta se tragaba los comentarios sarcásticos que acudían a su lengua sin pensarlo, solo porque quería mantener aquella aura de convivencia que habían creado.
Cuando entraron a la habitación, Antonio soltó su mano y fue corriendo ante el fuego, soltando una expresión de alegría.
—Exagerado —le dijo Arthur desabotonándose el chaleco. Quería quedarse en camisa.
—El calor trae alegría, con este frío normal que estéis todos así…
Aunque no lo había dicho con malicia, Arthur alzó una ceja, esperando su explicación.
—Vamos Arthur, ya sabes que los ingleses no sois la alegría de la huerta…
Rodó los ojos y se tragó el orgullo. No iba a defender lo indefendible, hasta él creía que a veces la gente era un poco seca y probablemente algo tendría que ver con el clima. Se sentó en un arcaico sofá y se quitó la prenda, dejándola en cualquier parte. Cerró los ojos, disfrutando del calor.
—Entonces, ¿van a poner el tronco en la chimenea del salón?
Inglaterra hizo un ruido de afirmación.
—Pero antes van a decorarlo con lazos y cintas y otras cosas, supongo… —se sintió tan relajado que empezó a darle un poco de sueño, pero abrió los ojos al sentir la cabeza de Antonio sobre su regazo. Este le tomó una de las manos, poniéndola sobre su pecho. Le miraba divertido.
—¿Mejor? —le preguntó Arthur.
—Mejor que un rey —dijo mostrando las perfectas filas de dientes.
Arthur se llevó su mano a los labios, apenas rozándola.
—Sí que están frías. Pronto te acostumbrarás al clima de la isla.
Antonio desvió la mirada hacia el fuego sin cambiar de expresión.
—¿No te trajiste tu hacha en el barco? —preguntó curioso.
El fuego brilló en los ojos de Antonio.
—No —dijo con tono burlón. —Suponía que aquí no me haría falta, ¿o me equivoco? —volvió a mirarle con diversión. —Quizás querías jugar a la guerra conmigo.
—Prefiero conservar mis extremidades intactas, gracias —dijo sonriendo de lado.
Tras unos instantes de silencio, Antonio volvió a mirarle, esta vez con tristeza.
—¿Cómo está María?
Arthur miró hacia la puerta. Tras haber armado un gran revuelo creyendo que se había puesto de parto, finalmente la reina no dio a luz a ningún hijo. Su vientre hinchado se desinfló y cualquier gota de felicidad que pudo haber albergado su pobre espíritu se había evaporado. A Antonio no lo quería ni ver, decía que le recordaba demasiado a Felipe. Cada vez que se acordaba de su rey, se derrumbaba como una chiquilla por el rechazo de su primer amor.
—Mejor —mintió.
Antonio soltó su mano y llevó el índice a una de las comisuras de la boca de Inglaterra, elevándola ligeramente.
—¿Sabes que sé perfectamente cuando sonríes de verdad y cuando no? —lo dijo sin ningún tinte de acritud o de reproche, en apenas un murmuro.
—No lo sé… nunca nadie me ha ganado al juego de las mentiras —dijo burlón para quitarle hierro al asunto.
—En un reino de mentiras… tú serías el rey.
Arthur le miró imperturbable y trató de adivinar en qué sentido se lo decía, sin mucho éxito. Para algunas cosas Antonio era un libro abierto, y para otras un auténtico enigma.
—Y yo tu más fiel vasallo —añadió finalmente con una sonrisa.
La ligera presión en el corazón de Inglaterra se desvaneció. Antonio deslizó con lentitud el pulgar por sus labios, agarrándolo del mentón. Se quedó jugando allí por un momento y adentró el pulgar en su boca con sutileza. Arthur cerró los ojos, dejando que hiciera lo que quisiera y Antonio se mordió el labio inferior sin siquiera darse cuenta.
Se incorporó y se sentó a horcajadas encima de él, metiendo las manos en su pelo, pegándose a su cuerpo, besándole el cuello… la piel de Inglaterra era suave y cálida y reaccionaba a cualquier caricia enrojeciendo al momento, siendo imposible ocultar lo que le hiciera. Sintió las manos de Arthur tocando su cuerpo, bajando de sus caderas a su trasero, apretándolo contra él.
Antonio le tomó de la mandíbula y atacó su boca, deleitándose en rozar su lengua mientras con la mano libre levantaba la camisa, acariciando la piel del abdomen. Cuando parecía que ascendería, decidió ir abajo y, desabrochando unos pocos botones del pantalón, se coló bajo las ropas buscando su miembro. Cuando lo encontró y comenzó a acariciarlo, oyó la respiración de Inglaterra acelerarse. Las manos de Arthur se hicieron apremiantes e impacientes y se metieron en sus pantalones, empujando su cuerpo una y otra vez contra el suyo.
Arthur le besaba con fuerza, con calor, con un deje de posesión que todavía no sabía si le gustaba o no, pero que no le distraía de seguir acariciando su miembro, cada vez más rápido, cada vez más frenético, como solo un hombre sabía que podía complacer a otro. Se apartó de su boca para ver la expresión de su rostro, contraído de placer. Si ya le parecía hermoso, en aquel momento con los labios entreabiertos y los suaves gemidos escapando de su voz como súplicas, parecía un auténtico ángel.
Volvió a sentir las manos de Arthur empujándole contra él, apretándole con fuerza. Antonio se pegó a su torso hasta que no quedó ni un espacio. Gimió el también, sintiéndose húmedo y necesitado, el sexo duro y doliente apretado contra la ropa que no se había quitado, deseando enterrarlo en cualquier sitio. El cuerpo de Arthur le parecía delicado pero sus manos, sus labios y aquel fuego le parecieron propios de alguien más experto. Se sentía como arcilla en sus manos, totalmente expuesto ante sus gestos.
—Antonio… —gimió ronco.
Antonio jadeó. Unos segundos más tarde se derramó sobre su mano y Antonio sintió el líquido caliente recorrerle los dedos. Arthur enterró el rostro en su cuello y su aliento cálido le quemó la piel. Antonio estaba tan excitado al verle así… su corazón le latía con fuerza en el pecho. Le gustaba desfogarse como a todo el mundo, pero más placer le daba el saber complacer a un amante. Y parecía que con Arthur lo había conseguido.
—Dios… —murmuró contra su cuello.
—¿No decías que no creías en él?
Le vio sonreír y contuvo la risa.
—Quizás acabes por convertirme, quién sabe… —atrajo su rostro y le besó. —Uf, cómo estás… —miró hacia abajo y se encontró con la erección de Antonio, dura como la piedra del castillo. La acarició por encima con suma lentitud, relamiéndose los labios. Cuando elevó la mirada hacia Antonio, tenía una expresión que le puso cachondo otra vez. —¿Quieres que me ocupe?
—Sí… —susurró.
—Pídemelo en inglés.
Antonio parpadeó varias veces y frunció el ceño.
—Ni aunque pasara tres siglos sin salir de Londres sabría hacerlo, Arthur.
—Venga ya, llevas meses aquí, algo habrás aprendido.
Antonio se levantó dejándolo en el sofá y se dirigió hacia la puerta.
—¿A dónde vas?
—Creo que cualquiera de las sirvientas estará encantada de dar un paseo conmigo…
Antes de que pudiera terminar la frase, Arthur le acorraló contra la puerta, cerrándola de un portazo al tiempo que Antonio fue a abrirla. Antonio se giró y se lo encontró de frente, a unos pocos centímetros de distancia. No pudo evitar sonreír.
—Era una broma —dijo Arthur.
—Lo siento, es que eso del humor inglés… —alzó las cejas. Arthur podía ser realmente expresivo cuando quería y la cara que tenían en ese momento no tenía precio.
Antonio se sintió como un preso entre la puerta y su cuerpo a pesar de que Arthur fuera uno o dos centímetros más bajo que él. Volvió a sentir su mano sobre la entrepierna, acariciándole de aquella forma tan torturadora… tragó saliva.
—Please…
En el mismo momento en que lo dijo, Arthur no pudo contenerse. Volvió a besarle, empujándole contra la puerta y tomándole de las muñecas, pegándolas contra la superficie.
—Quiero ver lo que haces con la boca… —le susurró Antonio sobre los labios.
Arthur esbozó una media sonrisa y se puso de rodillas. La sala se fue llenando poco a poco con los gemidos de Antonio, que los trataba de contener en vano, con una resistencia encantadora. Arthur sintió los dedos enredándose en su cabello, agarrándole, tirando, marcando un ritmo con el de sus caderas. Comenzó a llamarlo como nunca lo habían llamado, suplicando su nombre, pidiéndolo, necesitándolo.
—Ya no… —creyó oírle decir entre la voz entrecortada de gemidos. —Joder…
Sintió la semilla entrando en su boca, deslizándose por su barbilla. Antonio le tenía sujeto por el pelo con una fuerza que hasta le dolía. Pero le daba igual. Estaba amargo y caliente y tenía la boca llena de él. Miró hacia arriba y vio sus ojos cerrados, su expresión teñida de dolor y placer, la nuez que subía y bajaba en su cuello por la respiración acelerada… tragó y se lo sacó de la boca.
Antonio se dejó caer con lentitud hasta el suelo, apoyándose en la puerta, quedando en frente el uno del otro. Su respiración se iba acompasando y tenía una sonrisa satisfecha en el rostro. Volvió a alzar la mano hacia el rostro de Inglaterra, retirándole con el pulgar los restos que habían quedado. Parecía que quería decir algo, pero se mantuvo callado mirándole con unos ojos salvajes.
—¿Qué? —le inquirió Arthur con una sonrisa ladina.
Siguió debatiéndose entre decirlo o no y acentúo la sonrisa, mirando al suelo.
—Que te ha encantado, ¿no?
Antonio le dio en el hombro y soltó una carcajada, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—Sí, sí, me ha encantado… —le puso las manos en los hombros tumbándolo en el suelo, poniéndose encima. Le tomó del mentón, mordiéndose el labio —Tienes la boca de una ramera de Salomón… y miras con la misma lascivia.
—Creo que eso no me lo han dicho nunca… —dijo divertido.
Antonio volvió a besarle, saboreándose en su boca.
Por la noche, el gran salón del castillo se había convertido en una de las fiestas más grandes que Antonio había visto. Las puertas habían quedado abiertas a todos los que quisieran pasarse por allí y cenar del inmenso y variado banquete que habían preparado. Además, la velada transcurrió entre risas y música, con bufones, trovadores, payasos, acróbatas, traga fuegos y las gentes, ya fueran nobles, realeza o plebeyos, cantaban villancicos que narraban la historia de la natividad.
Antonio lo veía todo desde la mesa, con una sonrisa tonta en los labios y el estómago calentito por el vino, hasta que Arthur le instó a participar, ya que se veía que se moría de ganas. Le faltó poco tiempo para rodear la mesa y unirse al baile, las bromas y el jaleo. Arthur tomó la copa, llevándosela a los labios, pero no bebió. Se quedó observando la escena, algo adormilado. ¿Acaso era aquello un sueño? Le parecía un sueño… ¿Qué pasaría cuando Antonio despertara? ¿Se borraría aquella sonrisa de su cara?
Bebió hasta terminarse la copa. Apoyó la frente en la mano, agarrándose los cabellos sueltos del flequillo. ¿Y si lo encerraba? Antonio en cadenas… no pudo evitar acordarse de su anterior encuentro aquel día. Hipó. Estaba bebiendo demasiado… tenía que olvidarse de las cadenas para siempre. Pensar en ello era malo. A pesar de todo, admitía que había una parte de él a la que la idea no le desagradaba lo más mínimo.
Pero ya verás cuando despierte de esta pesadilla y te clave un puñal en el cuello de pura rabia…. Gruñó como un perro y tiró la copa a otro lado de la mesa. Se había imaginado tantos escenarios… al principio eran normales, incluso favorecedores. De alguna forma, Antonio le perdonaba. Otras veces, le agradecía pero se marchaba. Luego vinieron los finales tristes, en los que le perjuraba que lo amaba pero no podían seguir juntos. Se marchaba por la puerta sin mirar atrás… y él se quedaba destrozado.
Finalmente, estaban aquellos que hacían que un escalofrío le recorriera la columna. Venganza. Una reacción física, violencia, sangre… nunca habría un perdón. Nadie perdonaría esto. Arthur arrastró los brazos por el mantel para volver a coger la copa. Necesitaba vino más que nadie en esa sala, de eso estaba seguro. Volvió a echarse de una de las jarras hasta que el recipiente casi rebosó y se lo bebió entero, manchándose por el camino el jubón. Como era oscuro no le dio importancia y, en el momento en que pensó aquello, supo que ya había bebido suficiente.
Seguro que el aliento le apestaba a alcohol. Estaba manchado y se sentía sucio, mareado. Debía de cambiarse de ropa antes de que Antonio lo viera, no quería hacer el ridículo… se levantó y comprobó con alivio que no estaba tan borracho como creía. A medida que se iba alejando del gentío, el ruido y la música se amortiguaron, dando un descanso a sus pobres oídos. Comenzó a desabotonarse antes de llegar a sus aposentos.
Cuando entró, chasqueó la lengua al comprobar que el fuego se estaba extinguiendo. Antes de cambiarse volvió a echar leña y lo azuzó un poco, sonriendo complacido cuando las llamas volvieron a refulgir con fuerza. Dejó la prenda manchada encima de la cama y se quedó mirando el espejo. Se acercó a él, aún con la cabeza embotada, y se quedó delante, observándose. Se pasó la mano por el cuello, examinando los restos de la boca de Antonio. Unos restos que tardarían un par de días en irse. Por suerte, en aquella época el cuello no era una parte que pasara mucho tiempo descubierta, precisamente.
Se tocó el abdomen y se puso de perfil. Sí que parecía un chaval… suspiró. Cualquiera que le viera así se asustaría. Se imaginó a la reina al verle, a los diplomáticos, a cualquier otro país, incluso a los vecinos de su piso de Londres… no solo estaba mintiendo a Antonio, también se estaba mintiendo así mismo. Tenía asuntos que atender, lugares a donde ir, pero cada día encontraba más y más difícil salir de allí, romper el sueño. No, no quería romper el sueño… pero tampoco quería quedarse atrapado. Solo quería revivir esa época, aquellos pocos años…
Se apoyó en el espejo, empujándolo y echando el peso de su cuerpo hacia delante. Quizás debía ser él mismo quien le desvelara todo a Antonio. Antes de que el pobre perdiera la cabeza o se acabara enterando de cualquier otra forma absurda. Parecía que después de lo del caballo y el cuadro no había cometido más errores pero quién sabía lo que podía pasar. Y al final era lo más honorable, claro, si es que a esas alturas le importaba el honor después de la que había montado…
Se cambió de prenda y salió de allí, volviendo a zambullirse en la jauría de vino y cerveza. Se sentó y observó el centro de la sala, donde todos bailaban, pero no encontró a Antonio.
—¿Dónde se encuentra España? —le preguntó a un comensal que se sentaba a su otro lado.
—Se ha marchado, señor.
Arthur alzó una ceja.
—¿A dónde?
—Le hemos visto salir por la puerta principal hará unos diez minutos…
Arthur se puso lívido. Sin decir nada se levantó y cruzó la sala a grandes zancadas por uno de los laterales, evitando el gentío que se acumulaba en la parte central. A cada segundo que pasaba se notaba más impaciente hasta que poco le importó ya empezar a correr. Atravesó la gran puerta abierta y miró de un lado a otro. ¿Al bosque? ¿A los jardines?
Comenzó a andar en línea recta, pensando que mejor sería peinar la zona de los jardines, aunque Dios sabía cuánto tardaría en hacer eso. Siempre podía pedir la ayuda de la guardia, pero por ese momento quería mantener la cabeza fría y una poca de esperanza. A pesar de todo, mientras recorría con la mirada cada rincón de los setos, los arbustos, los arbolillos y las extensiones de flores, una vocecilla le retumbaba en la cabeza, repitiéndole sin parar que Antonio le había abandonado.
Tomó más aire de lo normal. No le había abandonado, estaba seguro. No así.
—Por favor —murmuró.
Te lo mereces.
—Lo sé.
Comenzó a correr otra vez y se metió por el laberinto de setos que conducía a una pequeña plaza con una fuente. Lo recorrió en menos de dos minutos, sabiéndoselo ya de memoria. Se estaba lamentando por perder el tiempo cuando podía haber ido directamente al bosque pero llegó a la placita y suspiró, aliviado, al ver a Antonio allí sentado.
Estaba oscuro y parecía una noche sin luna, pero supo distinguir su figura entre las sombras. Se encontraba sentado en la fuente, vuelto, mirando el agua. Arthur se sintió un poco estúpido por calmarse tan rápido al comprobar que no había huido.
—¿Te has cansado de la fiesta? —preguntó burlón.
Antonio no dijo nada. Cuando giró la cara, estaba serio. Aquella expresión no le favorecía o, al menos, a Inglaterra se le hacía extraño verle así.
—Creo que he bebido demasiado… —murmuró.
—Yo no te veo tan mal —se acercó a él, sentándose a su lado.
A pesar de que le miraba, Antonio prefirió seguir jugueteando con el agua, creando dibujos invisibles en la superficie con las yemas de los dedos. El ambiente estaba cargado y espeso e Inglaterra no tenía las suficientes habilidades sociales como para cortarlo satisfactoriamente.
—Eh… ¿qué te ocurre? —preguntó con un poco de miedo.
Antonio le miró aún sin cambiar de expresión. Estaba siendo totalmente honesto con él, sin fingir ningún tipo de cortesía.
—¿Me quieres?
Arthur abrió los ojos de par en par. No se esperaba aquella pregunta tan repentina. Incapaz de soportar aquellos ojos verdes, desvió la mirada paseándola por el triste paisaje que tenía alrededor. La noche no podía ser más oscura, definitivamente. Tragó saliva, pensando unos momentos.
—¿Sientes al menos algún cariño por mí? ¿Estás contento con nuestra alianza? ¿Te sirvo de alguna utilidad…?
—Para —Arthur le tomó de la mano frunciendo el ceño. —No me gusta oírte hablar así. ¿A qué vienen estas preguntas?
Antonio se levantó y dio unos pasos dándole la espalda, cruzándose de brazos.
—Te quiero, Arthur.
Hubo una milésima de segundo durante la que creyó haber oído mal, pero la duda enseguida se disipó. Estaban solos en la noche, sin ningún otro ruido más que el suave arrullo del agua de la fuente. Su corazón empezó a latir con fuerza y sintió el palpitar en las sienes. Los segundos anduvieron despacio, tortuosamente lentos. Tragó saliva para humedecerse la garganta seca. Tenía el corazón en la boca.
—Ya sé que no debemos decirlo. Pero me moriría si tuviera que seguir guardando silencio ante algo tan evidente… es una tontería no decir nada si ya lo sabes todo, de todas maneras.
—Yo…
Te estoy mintiendo. Sacudió la cabeza. ¿Realmente podía decirle que lo quería después de que lo hubiera metido en todo aquello? Habría tenido derecho a hacerlo si en el momento en que había despertado hubiera llamado al médico, pero ahora… agarró el borde del banco de la fuente con fuerza. Le quería. Le quería. ¿Por qué no salían las malditas palabras?
—Antonio —se levantó. —Yo…
Por el amor de Dios, quería estrangularse así mismo. Sintió los ojos húmedos. Tenía ganas de llorar. Arthur se dejó caer al suelo, de rodillas.
—Perdóname… —sollozó.
Comenzó a llorar sin poder detenerse. Toda la culpabilidad que no había sentido había florecido de repente en su pecho. Era doloroso, como espinas de rosa clavándose en su corazón. Agachó el cuerpo enterrando la cabeza en los brazos.
—Eh, ¡eh! —Antonio se había arrodillado frente a él, tomándole de los hombros con manos gentiles. —Arthur.
No pudo alzar el rostro. No quería verle. Ni quería que él le viera así.
—Arthur, para, por favor, no puedo verte llorar de esta forma… dime qué hago, ¿qué puedo hacer?
Antonio rodeó su cuerpo en un abrazo, atrayéndole. Le puso la mano en los cabellos rubios, dejando que llorara sobre su pecho. Arthur le abrazó también y lloró durante unos minutos. Los dos compartieron el silencio. A pesar de la nieve, el frío y las ráfagas de viento, por un momento todo aquello les pareció indiferente.
Cuando Arthur se calmó y las lágrimas cesaron, se quedó abrazado a Antonio en silencio, recuperando el ritmo normal de su respiración. Sus mejillas se secaron y pronto empezó a notar otra vez el frío. Se quedó observando el cielo, apoyado en el hombro de Antonio. La luna apareció como un mal truco de magia por entre las nubes oscuras. No sabía por qué no la había visto antes.
La fuente se iluminó un poco y vio las cosas con más claridad. El calor de Antonio era tan reconfortante. Le pareció que si se quedaba allí entre sus brazos jamás le volvería a pasar nada malo, él le protegería.
—Sí que te sienta mal el alcohol.
Oyó la risa encantadora de Antonio y no pudo hacer más que acompañarle. Él sí que sabía tratar a las personas en cualquier situación. Le abrazó más fuerte, sintiendo los músculos de su espalda. El vaho salió de su boca y voló hacia el cielo, perdiéndose en meros segundos. Comenzó a temblar ligeramente. El efecto del alcohol lo estaba abandonando, llevándose la calidez de su propio cuerpo con él.
—A-Antonio…
—¿Te llevo dentro?
—Sí, por favor… —susurró.
Ambos se levantaron. Antonio le guió, tomándole de la mano. Al parecer Antonio también debía de haber paseado unas cuantas veces por allí porque salió del laberinto sin tener que indicarle nada. Arthur le observó mientras caminaban. Sentía las mejillas rojas y frías, así como la nariz. El cabello de Antonio era de un precioso castaño, sus hombros eran anchos, su espalda fuerte…
Tuvo cuidado al subir los peldaños hacia la entrada principal. En el salón las cosas seguían igual. Antonio bordeó la sala, cruzándola sin detenerse. Solo se paró un momento.
—Quédate aquí.
Fue a la mesa y volvió con una botella de vino bajo el brazo. Luego tomó la mano de Inglaterra nuevamente y salió de la estancia.
—¿Vamos a tus aposentos?
—Sí —contestó Arthur.
El silencio los envolvió cuando llegaron a la habitación. Arthur se fue corriendo delante de la chimenea mientras Antonio cerraba la puerta.
—Thank fucking God…
—Esa boca —le regañó con una sonrisa.
—No me jodas que eso si lo entiendes. Me parece que sabes más de lo que aparentas… siempre me lo ha parecido, en realidad.
Antonio no dijo nada. Dejó la botella encima de la cómoda y se quitó el jubón para quedarse en camisa. Mientras desabrochaba los botones, se quedó mirando la delicada figura de Arthur, que se abrazaba así mismo para encontrar un poco más de calor. Antonio se relamió los labios sin ser consciente de ello. ¿Por qué sería que le atraía tanto lo diferente que era? Quería acariciarle el cabello rubio y dejar marcas por toda su piel de porcelana. Pero lo que más quería era una respuesta a su pregunta.
Se acercó con lentitud y le abrazó por detrás, apoyando la cabeza en su hombro. Tomó un mechón y se lo colocó tras la oreja con delicadeza. Miró al fuego unos segundos antes de volver a preguntarle.
—¿Me quieres? —susurró en su oído. Se oyó así mismo vulnerable, pequeño. Con un poco de miedo. —No- —suspiró, como si no supiera encontrar las palabras. —No quiero hacerte llorar, ¿vale? Si contestar a esto es tan difícil para ti, solo dímelo, ¿vale? No importa…
Pero sí le importaba. No tenía que mirarle para saberlo, el temblor en el tono de su voz lo delataba. Arthur guardó silencio y cerró los ojos. Su mente se debatía entre las respuestas… sabía por qué le estaba preguntando aquello. Era la confirmación de que no estaban jugando, de que aquello era algo serio. Pero si le decía que le quería, aunque fuera la única verdad en toda aquella historia, ya no habría vuelta atrás. Habían llegado al punto de no retorno.
Antonio apartó la mirada y dejó de abrazarle. Fue retirando los brazos, apartándose. Prefería mirar al suelo antes que mirarle a él. Arthur se dio la vuelta y se acercó, tomándole del rostro con las manos.
—Mírame —le pidió Arthur con amabilidad.
Antonio apenas frunció el ceño, sintiendo cómo le ardían las mejillas. Estaba tremendamente avergonzado. Arthur movió su rostro hasta que por fin alzó la vista.
—No soy una persona dada a las confesiones. Me cuesta decir esas palabras como si me las tuvieran que arrancar una a una como muelas. No sé por qué —suspiró con una tierna sonrisa en la boca. —Pero cada vez que te miro, solo sé que no quiero dejarte ir. Nunca. Me haces feliz y quiero hacerte feliz también. Todos los días pienso en formas de hacerte sonreír.
Antonio sonrió, llevando una de sus manos a las de la Inglaterra, poniéndola encima.
—Pero, si es tan importante para ti… —se acercó un poco más, hasta que apenas hubo espacio entre sus rostros. —Te amo con todo mi corazón.
Los ojos de Antonio brillaron por un momento. Parecía que alguien había cortado el aire y que se había quedado sin respiración, pero no, consiguió volver a respirar normalmente. Comenzó a mirar a todos lados, nervioso. Sonrió. De pronto cualquier cosa parecía más interesante: el techo, las paredes, sus zapatos…
—Todo mi corazón es tuyo — Arthur susurró.
Antonio amplió su sonrisa, mostrando las filas de dientes. Parecía no poder evitarlo.
—Para —pidió avergonzado.
—Ahora no puedo detenerme.
Antonio rió y se pegó a él, besándole.
—Dios… —suspiró agradecido.
Dios…. Arthur miró al techo. Mírame. Estrechó a Antonio entre sus brazos. Tragó saliva. Inspiró y exhaló, depositando un beso en el cabello castaño. Arthur no sabía qué pasaría en el futuro, pero en aquel momento se sentía tan feliz que la emoción apenas le cabía en el pecho. Notó cómo Antonio se separaba suavemente.
—Vamos a abrir esa botella de vino —dijo riendo.
Se acomodaron en la alfombra enfrente de la chimenea, echados sobre cojines. Pasaron el rato bebiendo y charlando. Arthur le había explicado que era común contar historias de fantasmas en la víspera de Navidad, ya que se creía que el velo entre los dos mundos era más fino aquel día y que los espíritus podían caminar sobre la Tierra. Antonio le pidió que le contara una y, aunque aún no se había creado en aquel siglo, le relató una de sus favoritas: Cuento de Navidad, de Charles Dickens. Haciendo modificaciones de acuerdo a la época, por supuesto.
La cara de Antonio pasó del terror a la emoción con la facilidad de un niño y, finalmente, a la sonrisa típica de los finales felices en la conclusión. Arthur apenas había probado gota del vino pero Antonio sí acabó tomándose casi la botella entera. Se le cerraban los ojos con facilidad y Arthur le quitó la botella con cuidado y lo tomó en brazos, notando la diferencia de peso entre ambos. Lo dejó en la cama y le quitó los zapatos.
Cuando hubo terminado con él, se desprendió también de sus ropas y se puso la prenda de cama. Dejó la chimenea encendida, de la que ya apenas quedaban unas pocas llamas bailarinas, y se metió bajo las mantas de la cama. Apenas se hubo tapado, sintió la pierna de Antonio por encima de las suyas y él pegado a su cuerpo. Antonio puso una mano en su rostro, atrayéndolo, y empezó a besarle el cuello.
Por más que Arthur quería dejarlo seguir, le tomó de las muñecas y se giró, mirándole de frente.
—Vamos a dormir.
—Por favor, Arthur, quiero que me tomes… —volvió a deshacerse del agarre y bajó la mano, atrayendo su cintura a la suya, buscando su miembro.
—No me lo pongas más difícil, por favor… —casi le suplicó. Tener a Antonio borracho y suplicante era muy tentador.
Antonio puso cara de niño enfadado.
—Como quieras… —se dio la vuelta, airado.
Arthur esbozó una sonrisa y se pegó a su espalda, echándole un brazo por encima y abrazándose a él. Le dio un beso en la nuca.
—Buenas noches —susurró.
Antonio sonrió.
—Buenas noches.
Cuando abrió los ojos a la mañana siguiente, lo primero que vio fue a Arthur de espaldas. Estaba frente a la cómoda, abotonándose el jubón. Abrió uno de los cajones, tomando una capa gruesa cubierta de pelaje. Parecía tan calentita como elegante. A juzgar por la luz que entraba desde la ventana y el poco ajetreo que oía, habría dicho que era realmente temprano, seguramente hacía poco que el sol había salido. En su mente somnolienta se preguntó con extrañeza por qué Arthur se había despertado tan temprano. Y por qué había abandonado el lecho, pudiendo haberse quedado allí con él, dándole calor.
A pesar de que no hizo ningún ruido, Arthur se dio la vuelta, como si supiera que se había despertado.
—Buenos días —susurró con una pequeña sonrisa.
Antonio se cubrió un poco con la manta, tapándose la boca y la nariz. De repente se sentía un poco pudoroso.
—Buenos días. ¿A dónde vas?
Arthur se acercó a la cama y se sentó junto a su cuerpo. Le dio un beso en la frente.
—Te espero en el bosque por la zona en la que estuvimos el otro día en quince minutos.
Antonio frunció el ceño con confusión. Sin destaparse giró el cuello y observó por el ventanuco el paisaje blanco.
—Pero si está nevando. Y es Navidad, ¿para qué quieres ir al bosque…?
Arthur suspiró. Sacar a Antonio de la cama era casi tan difícil como meterle en ella.
—Es una sorpresa —dijo levantándose.
—No me digas que quieres ir a coger otro tronco.
Arthur rio ya desde la puerta.
—No, no quiero otro maldito tronco… tú ven, te estaré esperando —le echó una mirada más para asegurarse de que le estaba haciendo caso. —No tardes o me enfadaré —dijo con retintín y se marchó.
Antonio gruñó bajo las mantas. ¿Qué se le habría pasado por la cabeza ahora? Volvió a mirar por la ventana. Las cosas que hacía por amor.
Media hora más tarde subía por la colina nevada en dirección al bosque con frío, aunque se había abrigado bien. Vio a Arthur a lo lejos junto a un hombre vestido de negro, los dos con las narices y las mejillas rojas, aguantando la nieve que caía como podían. Antonio sonrió. Podía notar desde lejos la expresión resentida de Arthur por haber tardado, pero la puntualidad no estaba en su sangre.
—¿Qué es todo esto?
Arthur espero a que se colocara enfrente de él y saludara en un vasto inglés al cura.
—Nos vamos a casar.
Antonio parpadeó un par de veces, sorprendido. Alzó la mano para que pudiera ver el anillo que llevaba.
—¿Otra vez? —rio.
Arthur le tomó de las manos. Sonreía con ternura, los pequeños hoyuelos marcados en sus mejillas rosadas. Su rostro se tornó solemne.
—Así se prometían amor los celtas cientos de años atrás… en algunas partes las gentes aún lo hacen así. Padre —miró al anciano, indicándole que podía proceder.
Las arrugadas y temblorosas manos se volvieron firmes cuando ató el lazo de cintas rojas y verdes alrededor de sus manos en un símbolo de eternidad. Antonio miró a Arthur y le pareció que no lo había visto tan serio en la vida.
—Mediante esta unión podremos estar juntos durante un año. Si al final de este decidimos separarnos podremos hacerlo sin problemas.
—Qué práctico —dijo alzando las cejas.
—Para los de nuestra condición, no creo que haya una mejor forma…
Antonio le miró y asintió.
—Pero, sobre todo, es mi manera de decirte que voy completamente en serio. No estoy jugando ni pasando el rato…
A Antonio se le azoraron las mejillas.
—Me gustaría decir unos votos.
El clérigo asintió.
—Antonio… eres sangre de mi sangre y hueso de mi hueso. Te doy mi cuerpo para que los dos seamos uno solo. Te doy mi espíritu para que nuestra vida esté completa —le apretó las manos con firmeza. —No puedes poseerme, pues me pertenezco a mí mismo, pero mientras los dos queramos, te daré lo que es mío para dar. No puedes mandarme, pues soy una persona libre, pero te serviré en lo que necesites y la miel será más dulce de mi mano.
Antonio tragó saliva, sintiendo su corazón bombear la sangre más rápido de lo normal. Le devolvió el apretón de manos, sonriendo.
—¿Aceptas los votos y está unión? —le preguntó a Arthur.
—Sí —contestó con determinación.
—Y vos, ¿aceptáis los votos de esta persona y prometéis honrar esta unión hasta que la vida os haga de nuevo la misma pregunta?
Antonio miró directamente a las pupilas de Arthur, sintiéndose seguro.
—Sí, los aceptó —dijo en voz baja.
El cura terminó de consagrar la espontánea ceremonia y pidió permiso para volver al castillo. Arthur se lo dio y los dos se quedaron en silencio mientras observaban la figura negra desaparecer a lo lejos.
—Así que tenemos un año… —dijo Antonio divertido.
—Y si a la mitad te cansas de mí puedes abandonarme fácilmente.
Antonio le dio en el hombro. Luego le tomó de la mano.
—Vamos al castillo.
Mientras bajaban por la nieve se mantuvieron en silencio hasta que Antonio se acercó un poco más a él, tomándole del brazo.
—Gracias.
Los doce días transcurrieron entre bailes y fiestas. El día de Año Nuevo intercambiaron regalos, como era la costumbre. Arthur le dio a Antonio la cinta que habían usado durante su compromiso y lo guió hasta el bosque para enseñarle los escondrijos de otras tantas hadas que conocía. Por su parte, Antonio esperó hasta llegar al castillo para mostrar su regalo. Se trataba de una canción para laúd que había estado componiendo. Se habían sentado en el jardín, frente a la fuente del laberinto para tener un poco más de intimidad.
El tiempo había mejorado y la nieve se estaba derritiendo. Apenas quedaban ya trazos blancos sobre el paisaje, que se había vuelto húmedo y mojado.
El doceavo día Antonio se despertó muy temprano sin ninguna razón aparente. Por más que dio vueltas en la cama para tratar de reconciliar el sueño, una pequeña bola de nervios se había instalado en su estómago. Aquella noche todo volvería a la normalidad. Tras una mascarada durante la cual se realizarían varios teatros para entretener a la corte, las doce tocarían en el reloj, los hombres libres volverían al trabajo y enseguida se retirarían los adornos de Navidad bajo la creencia de que dejarlos durante más tiempo traía mala suerte.
Era el fin de un ciclo, pensó. Se encontraba a la espera de que algo pasara, expectante, nervioso, impaciente. Por alguna razón creyó que para él algo también terminaba, pero no entendía por qué. Se destapó y se levantó con rapidez, abriendo la ventana y asomándose. Había niebla. Apenas podía distinguir el bosque espeso y las montañas lejanas, los colores se fundían de manera enigmática. Antonio contuvo el aliento. Bajó la mano a su vientre, por la zona de los intestinos. Definitivamente estaba sintiendo algo, pero no sabía el qué.
Se vistió de negro, bajó a las cocinas en la ligera penumbra y se bebió una jarra de agua entera. No desayunó nada, prefirió abrigarse, tomar su arco y sus flechas y despertar a Bucéfalo. Lo miró con pena mientras le ponía la montura.
—Quizás debería dejar de llamarte así… te buscaré otro nombre.
El caballo le miró por un momento y volvió a mover su ojo negro hacia otro lado. Antonio paseó sin rumbo hasta meterse en el bosque. A pesar de que había partido con intenciones de cazar, el ambiente no le pareció propicio. El bosque era silencioso a excepción del piar de algunos pajarillos de vez en cuando. Notaba la nariz fría y temió resfriarse. Su mente voló a España sin pensarlo y se preguntó cuánto tiempo hacía desde que había visto un sol cálido y deslumbrante, sin nubes de por medio ni lluvias. Ni frío.
Cerró los ojos por un momento, imaginándolo. Sin quererlo también pensó en Romano, en Veneciano, en Francis y Portugal, y otros tantos amigos… se preguntó cómo estaría Austria, si pensaría en él de vez en cuando. Abrió los ojos. Las cartas no le llegaban de vuelta, no obtenía respuesta de ninguno. Y Felipe… a veces recibía misivas suyas en las que ponía excusas para no volver. La guerra le mantenía ocupado, decía. Y era verdad, pero bien sabía que tampoco tenía intenciones de contentar a María y quedarse al menos un par de meses en Inglaterra.
Suspiró. Él también deseaba irse a veces, pocas, pero lo había pensado. Navidad en Inglaterra había resultado una grata sorpresa, pero a él le gustaba quedarse en Castilla y celebrarla allí. No podía ser un niño eternamente, eso lo sabía. Si su responsabilidad en ese momento era quedarse y dar un poco de estabilidad a la ya dificultosa unión lo haría de buen grado. Donde creía que encontraría un infierno, había hallado varios tesoros y estaba agradecido por ello. Sin embargo…
Una liebre cruzó veloz a unos metros y lo sacó de sus ensoñaciones. Sus brazos apenas se movieron un centímetro con la intención de coger el arco y la flecha, pero se detuvieron enseguida. Aquel día no tenía ganas de cazar. Soltó un gruñido de frustración. No soportaba sentirse triste. Por un momento tuvo miedo de que se le estuviera pegando el carácter de los ingleses. Ahora que lo pensaba no le parecía tan descabellado que empezara a adaptarse al humor de la isla si llegara a pasar demasiado tiempo en ella.
Estuvo un rato más dando vueltas y pensando en ilusiones hasta que decidió volver al castillo. Al acercarse contempló desde la cima de una colina que ya había movimiento a las puertas. Varios carromatos se apiñaban en frente mientras hileras de personas entraban y salían con bártulos. A medida que se acercaba pudo averiguar que se trataba de atrezo y material de teatro para las funciones de aquella noche. Iba a bordear el castillo para dejar el caballo en las caballerizas cuando se dio cuenta de que a uno de los muchachos se le había caído algo.
—¡Chico! ¡Eh, chico! —se bajó y en un santiamén recogió lo que suponía era un elemento del decorado, ofreciéndoselo —. Se te había caído.
El muchacho miraba al suelo y se mostraba vacilante. Una remendada gorra le tapaba el rostro por completo.
—Gracias, señor —lo tomó bruscamente y se dio la vuelta.
—Vaya, chico, ¿hablas mi idioma? —Antonio sonrió ampliamente. Parecía que dos luceros le hubieran iluminado los ojos.
Antes de que el titubeante muchacho dijera nada, apareció un hombre más alto que Antonio llevándoselo del hombro.
—Espere, por favor, déjeme hablar un momento con el joven, si es tan amable.
—Lo siento, si nos quedamos quietos luego nos reprenderán… —contestó el más alto en perfecto inglés y desaparecieron entre el resto de actores y trabajadores.
Antonio hizo un puchero. Bueno, ya podría hablar con él después de la función.
Dejó al que no era Bucéfalo en las cuadras, se quitó el arco y el carcaj, tomó el laúd y se encerró en su cuarto, tumbándose en la cama y arrancando notas y melodías a las cuerdas. Volvió a tocar la canción que había compuesto para Arthur un par de veces, tratando de buscar arreglos. Fruncía el ceño, tocaba el mismo compás, dejaba unos segundos de silencio y volvía a tocar. No le había puesto letra, había pensado que la protagonista debía ser la melodía. En ella había derramado sus sentimientos por Arthur y no quería mancharlos con metáforas trilladas y mala poesía.
Cuando le empezaron a doler los dedos, dejó el instrumento a un lado. El cielo se había encapotado y llevaba ya varias horas lloviendo. Tomó uno de los libros que había cogido prestados de la biblioteca y se quedó leyendo un par de historias de Los cuentos de Canterbury, un tomo que le había recomendado Arthur para que practicara con el idioma. Cuando se cansaba lo intercambiaba por La Divina Comedia, un manuscrito que se encontraba en italiano y con el que apenas tenía problemas salvo por una palabra o dos que de vez en cuando desconocía.
Oyó llamar a su puerta.
—¿Quién es?
—Arthur.
Antonio sonrió. El imaginárselo de pie esperando en la puerta le daba ternura.
—¿Qué quieres?
Oyó el bufido tras la puerta. Se tapó la cara con el libro, tratando de no reírse.
—Quiero pasar.
Antonio esperó un momento.
—¿Y qué me das a cambio?
—Déjame pasar y lo verás.
Antonio cerró el libro y lo dejó al lado.
—Adelante.
Arthur pasó con una media sonrisa en la boca. Cerró la puerta y trepó sobre la cama hasta echarse a su lado.
—Te traigo ciruelas.
Antonio se echó la mano a la frente mientras oía la suave risa de Arthur colándose por sus oídos.
—No, bueno, no te traigo ciruelas, solo algo un poco mejor —se señaló así mismo.
—¿Solo un poco?
Antonio se inclinó para besarle pero Arthur se apartó.
—Au, espera. Me estoy hincando algo… ah, Los cuentos de Canterbury. ¿Por dónde vas? —abrió el libro ojeando las páginas, ignorando completamente el beso de Antonio.
—Por el que un caballero tiene que descubrir lo que más desean las mujeres.
—Ese es uno de mis favoritos —Arthur sonrió de esa manera tan inocente y escasa de ver. Se le notaba la voz emocionada.
Antonio le miró con cariño. Sabía que si pudiera se alimentaría solo de libros.
—Verás cuando llegues al final.
—¿Por qué? —Antonio alzó una ceja, curioso.
—No te lo puedo contar, sino no tiene gracia.
Casi antes de que terminara la frase vio como Antonio le quitaba el libro de las manos y volvía a dejarlo por otro lado sin dejar de mirarle. Antonio volvió a inclinarse para besarlo. Arthur cerró los ojos, pero esta vez fue Antonio quien se apartó.
—Espera, ¿sabes que me he encontrado hoy con un chico que hablaba español?
Arthur frunció el ceño.
—¿Cuándo? ¿Y dónde?
—Esta mañana en las puertas del castillo. Era uno de los que trabajan en las funciones y estaba llevando cosas adentro para esta noche…
—¿Y de qué hablasteis?
—Nada, apenas pude preguntarle algo porque se lo llevaron adentro… pero esta noche lo buscaré. Dios sabe que muero de ganas por oír mi lengua en boca de otros.
Arthur se incorporó, un poco arreboladas las mejillas.
—Yo también puedo hablarte en español.
Antonio le miró tratando de contener la sonrisa.
—Es que tienes mucho acento… —por mucho que lo susurrara no sonó menos ofensivo a oídos de Inglaterra.
—¿Acento yo? Pero si has pasado meses aquí y no sabes ni construir una frase, patán —cogió un cojín y empezó a darle sin fuerza.
Antonio rio.
—Lo sé, lo sé. ¡Es que no soy bueno con los idiomas! —dijo tratando de tomar los brazos de Arthur.
—¿Y el italiano qué? ¿Y el francés?
—Venga, Arthur, son cosas distintas.
—Claro, claro… —Arthur se detuvo, mirándole divertido.
—Léeme tú, por favor —Antonio puso ojos de cachorrillo. —Ahora quiero saber cómo acaba la historia.
Arthur se tumbó junto a él y dejó que apoyara la cabeza en su pecho. Lo rodeó con un brazo y leyó el resto de la historia mientras afuera continuaba la llovizna.
Contra todo pronóstico, María decidió presentarse aquella noche en el gran salón donde se celebraba el último festejo de la natividad. Estaba deslumbrante, solo el rostro apagado por la tristeza delataba que no estaba bien. A pesar de todo, se sentó en el trono y rio con las comedias y los bufones, aplaudiendo los ingeniosos versos y el trabajo de los actores.
Todos los presentes ocultaban sus rostros con elegantes máscaras. María había decidido no ponerse nada y dejar que las gentes y la corte vieran sus ojeras y su palidez, parecía que aquello no le importaba en absoluto. También saludo a Antonio cuando lo vio pero no le dirigió la palabra. Siempre que lo miraba acababa bajando la vista con pesadumbre.
Antonio y Arthur habían llegado un poco más tarde ya que no tenían mucha prisa en abandonar la comodidad del dormitorio. En un principio iban a ponerse máscaras pero decidieron desechar la idea. Aquella noche se irían a dormir temprano y por la mañana celebrarían una gran cacería, al menos eso había prometido Arthur.
Cuando las comedias terminaron y, tras una larga ovación, Antonio se levantó para ver si divisaba al joven de aquella mañana pero no lo vio. No había sido uno de los actores, lo más probable es que estuviera en otra sala descansando tras haber preparado los escenarios y complacido las demandas de sus superiores. De vez en cuando lanzaba una mirada de reojo a Arthur, que se había quedado a su izquierda. Desde que empezó la noche había estado bebiendo y Antonio había perdido ya la cuenta de las veces que se apartaba disimuladamente para que el sirviente le rellenara la copa.
Suspiró. Aquella sensación molesta que había tenido al despertarse no había desaparecido de su estómago. Al contrario que Arthur, había preferido no tomar nada aquella noche por si acaso.
—¿Crees que el chico estará en otra parte? —se cruzó de brazos.
Arthur le rodeó la cintura.
—¿No era ninguno de los actores?
Antonio negó con la cabeza con un sonidito.
—En fin, no importa… oye, Arthur, ¿cómo están los albergues que María mandó construir?
—Casi acabados. Ya sabes que con las nieves es difícil trabajar…
—… ¿seguro?
Arthur desvió la mirada hacía él, alzando una ceja. Antonio se apartó un poco, alejándose de su brazo.
—Ayer estuve hablando con un mozo de las caballerizas. Me dijo que estaban terminados.
Arthur le miró y no pudo evitar que las emociones afloraran en su rostro.
—Espera —se acercó un poco a él. — El pobre chico está equivocado, Antonio. Si quieres la mismísima María puede confirmártelo… —hizo un ademán de tomarle de la mano para llevarlo junto a ella, pero Antonio se alejó un poco más.
—También le pregunté a otras personas —tragó saliva. —Pero todas me dieron respuestas distintas.
Quedaron en silencio unos momentos. Antonio cerró la mano y se la llevó al pecho, mirando al suelo.
—¿Sabes? Al principio creía que la gente me evitaba porque no querían ni verme, pero creo que nadie ha hablado conmigo por otra razón.
—Antonio… —Arthur se llevó la mano a la nuca, sintiendo de nuevo la ola de culpabilidad. —¿Qué otra razón habría? No hablemos de esto, por favor.
—… ¿por qué me mientes, Arthur?
Arthur frunció el ceño. Sus ojos le miraron distintos, con un tinte de pena.
—He estado evitando preguntarte. No he querido hablar de esto contigo porque ya lo habíamos zanjado, pero definitivamente hay algo, Arthur. No quieres que salga de aquí. Tiene que haber alguna razón —esta vez fue él quien se acercó, tomándole las muñecas. —Dímela y así podré comprenderte. Deja que confíe en ti plenamente.
Arthur observó su rostro angustiado. El tono de su voz le había parecido suplicante, ahora veía cuánto tiempo había estado guardándose sus dudas y sus temores.
—Puedes salir de aquí siempre que quieras, Antonio —susurró impasible, monótono.
Antonio le tomó de las solapas de la chaqueta, atrayéndolo suavemente hacia él.
—¿Por qué sigues mintiéndome? ¿Cuántas veces tengo que perdonarte? ¿Crees que soy un santo? —había murmurado las palabras con rabia, los bonitos ojos verdes húmedos.
Arthur miró a su alrededor. La música le parecía lejana, ajena. La gente bailaba y reía y giraba y todo se movía en perfecta armonía como el compás de un reloj. Su reina miraba el suelo, cabizbaja. Los guardias se erguían orgullosos y prestos. Los sirvientes iban de un lado para otro como pajarillos que saltan de rama en rama. Todos en sus puestos. Todo era como debía de ser, como debía estar.
Arthur cogió sus manos y le dio un beso en los nudillos, cerrando los ojos.
—¿Por qué no te quieres quedar aquí? —susurró.
Llevó los dedos al cabello de Antonio, acariciándolo, colocándole un mechón tras la oreja.
—Mira todo esto, Antonio.
Antonio le hizo caso y recorrió con los ojos el gran salón y sus gentes. El lugar donde había estado viviendo hacía ya casi un año, el sitio que se sabía casi como la palma de su mano…
—Si te dejo ir y sales afuera, este sueño se acabará.
Antonio le miró, confuso.
—Pero, si te quedas aquí, podemos hacer que este instante sea eterno. El tiempo no pasará por nosotros ni por ellos ni por este castillo, y no habrá nada que pueda separarnos. Esta vez no.
A pesar de lo dulce de su voz, a pesar del amor con el que le miraba, Antonio empezó a temblar. Por primera vez en tanto tiempo sentía el miedo, miedo de verdad, del que te deja frío y te hiela los huesos. Tragó saliva para recordarse así mismo el momento en el que estaba y que debía actuar. Sacudió la cabeza y empujó a Arthur con todas sus fuerzas. Gritó. Jamás dejaría que nadie le encerrara, nunca lo permitiría.
Huyó. No perdió un instante y entre la conmoción, el susto y la confusión, buscó el balcón con la mirada, abrió las ventanas y saltó, esperando que la caída desde un primer piso no le hiciera mucho daño. Gruñó cuando cayó sobre el césped, sintiendo dolor en varios sitios, pero se levantó igualmente. Dio gracias a Dios por que los tobillos hubieran salido ilesos y comenzó a correr sin ningún plan ni dirección, bordeando el gran laberinto, ignorando a su cabeza cuando le preguntaba con insistencia si ya habrían salido los guardias, si le estarían pisando los talones.
No quiso mirar atrás. Los jardines eran enormes y tardaría unos cuantos minutos en atravesarlos, llegar hasta el bosque y hacerse camino a través de la espesura de la noche sin perderse. Y cuando llegara a las puertas sería imposible saltar la valla o colarse por las rejas, tendría que hacer frente a los guardias. Lamentó muchísimo no haber cogido un cuchillo, un puñal o una espada, lo que fuera. Tendría suerte si al menos encontraba un palo robusto en el bosque.
El aire frío entraba en sus pulmones. Notaba el corazón latiendo como si quisiera salir, retumbando en el pecho de manera incesante, haciéndole daño. Le dolía la garganta, respiraba entre dientes. Los gemelos empezaron a quejarse por el esfuerzo sin ningún calentamiento previo. Las piernas le pesaban más minuto a minuto pero no podía detenerse. No podía o se quedaría allí para siempre. Eso lo sabía
Quiso llorar pero tampoco podía. Trató de concentrarse en llegar al bosque y terminar con aquella maldita extensión pero a lo lejos divisó dos figuras sobre una gran plaza de mosaico de piedra. Eran dos sombras esbeltas, negros como la noche, más altas que él. Mierda. ¿Cómo lo sabían? ¿Cómo habían llegado allí antes que él? Fue aminorando el ritmo, dándolo todo por perdido. Llegó hasta ellos andando, recuperando el aliento, y la luz de la luna le ayudó a comprobar una vez sobre la plaza que aquellos dos no eran guardias, sino invitados. Ambos vestían finas ropas y portaban máscaras negras.
—¿Quiénes sois? ¿Vais a interponeros en mi camino o me dejaréis pasar?
A pesar de las máscaras, Antonio pudo observar que estaban completamente sorprendidos. Bueno, él también lo estaría en una situación como esa, pensó. No era muy normal que hubieran salido a dar un paseo y acabaran encontrándose a un hombre corriendo como un loco. El más bajo tenía el pelo oscuro y no le sonaba de nada, pero el rubio, por alguna razón, le resultaba familiar…
—Espera, ¿Francis? —Antonio dio un paso al frente.
Nadie dijo nada durante unos segundos que parecieron eternos. Francis fue a acercársele pero Romano alzó una mano sin apartar la vista de Antonio. Agarró el pañuelo de Francis con fuerza, estrujándolo. Tenía la boca abierta. Subió la otra mano lentamente hacia su rostro y se retiró la máscara. Los dedos le temblaban intranquilos. Dejó caer la máscara al suelo y esperó, observando incrédulo la imagen de Antonio que tenía delante de él.
—No puede ser… —dijo en un jadeo. Se le había cortado la respiración.
Antonio los miró con confusión, entrecerrando los ojos para ver mejor en la noche. Hasta que se dio cuenta de algo. Posó la mirada en Romano. Abrió los ojos de par en par y se quedó quieto como un muerto, casi parecía que había dejado de respirar. Abrió y cerró los ojos varias veces para asegurarse de que su vista no lo engañaba. Dio unos pasos hacia delante con cautela, con temor, hasta quedar en frente del muchacho y, con suma delicadeza, fue subiendo las manos hacia su rostro hasta rozarlo. Sus yemas apenas le tocaron, comprobando sus rasgos. Negó con la cabeza ligeramente. Sus ojos se empañaron y esbozó una extraña sonrisa, mitad pena y mitad alegría.
—Romano —pronunció sin vacilar. —Romano.
El chico lo atrajo hacia él y lo abrazó sin poder evitar que las lágrimas cayeran por sus mejillas. Estaba estrechando a España entre sus brazos pero todo le resultaba extraño. Su jefe, su idiota jefe era más pequeño que él. Parecía un chiquillo. ¿Cuántas veces había soñado con ser más alto y más fuerte que él? Y en ese momento, sin embargo, deseaba con todas sus fuerzas no haber soñado eso nunca.
—Gracias al cielo… —Francis se unió a ellos con un suspiro de alivio, envolviéndolos con sus brazos.
Antonio alzó la mirada hacia el cielo. En el silencio de la noche y bajo el manto de estrellas se sintió tremendamente afortunado de tener amigos como aquellos. Hizo amago de apartarse, sin embargo. Una vez frente a ellos dijo lo evidente.
—Cuánto has crecido, Romano —a pesar de que quiso que sonara feliz no pudo evitar que su voz reflejara la confusión.
—Idiota… —Romano sonrió, enternecido.
—Sí que lo es, Romano —dijo Francis con una sonrisa. —Pero aún no se ha dado cuenta de nada, tenemos que llevárnoslo de aquí antes de que vengan los guardias.
—Por favor, no puedo esperar más. Necesito saber la verdad aquí y ahora —suplicó Antonio.
Ambos bajaron la vista al suelo.
—Antonio, ni siquiera sabemos cómo te puede afectar que te contemos… —Francis se detuvo al darse cuenta de la persona que se acercaba corriendo hacia ellos. Agarró el brazo de Romano con una mano y con la otra atrajo a España hacia él, poniéndolo enfrente suya.
Arthur terminó de alcanzarlos. Tomó aire varias veces antes de hablar.
—He venido solo —anunció.
Francis y Romano se miraron.
—Todo esto ha terminado, Inglaterra.
—Lo sé. Lo sé.
Francis pareció sorprenderse. Pensaba que seguiría ofreciendo resistencia.
—Podéis llevároslo, si es lo que queréis.
Romano dio un par de pasos al frente, deshaciéndose del agarre de Francis.
—¡Pues claro que queremos, maldito cabrón! Cómo no íbamos a… —de pronto paró en seco antes de llegar a él. —Dios mío, tú también… —se llevó la mano a la boca.
Francis se acercó sin soltar a Antonio, llevándolo a su lado. Abrió los ojos, pasmado ante la grotesca visión.
—¿Pero qué has hecho? —murmuró.
—¡Nada! —Arthur se defendió. —¡No he hecho nada, maldita sea! ¡Lleváoslo, quitadlo de mi vista! ¡No quiero volver a verlo en la vida! —miró a Antonio, herido por sus palabras. —Llevároslo como siempre habéis hecho —aunque estaba al borde de las lágrimas, no se permitiría derramar ninguna. No delante de ellos.
—Eso es injusto, Inglaterra. Nosotros no estamos haciendo nada malo… y no creo que tengas que hablar así de Antonio. ¿Es este tu famoso amor?
Arthur tragó saliva. Sentía que si seguía hablando iba a perder la poca razón que le quedaba.
—¿Qué sabrás tú? —preguntó con rabia bajando la vista al suelo. —¿O tú? —preguntó mirando a Romano. —¿Qué sabéis ninguno sobre lo que yo siento por él o él siente por mí? Solo Antonio lo sabe. Él y yo —quizás fuera su imaginación, pero por un segundo le pareció que Antonio quería correr hacia él.
Tras un pesado silencio, Arthur sacudió la cabeza. Se cruzó de brazos. Se mordió el interior de la boca.
—Idos. Fuera de mi vista —parecía que iba a volverse al castillo.
—¿Qué vas hacer? ¿No irás a quedarte aquí…? —para siempre, no quiso decir.
—Eso no te importa.
—Bastardo —intervino Romano, —no mereces ni siquiera que se preocupen por ti.
Arthur le miró con un odio muy distinto al que un país pueda sentir por otro. Aquella emoción era muy humana, sentimental. Nada tenía que ver con las tierras o el poder o algún rencor grabado a fuego en la historia. Apretó los puños, sintiendo las ganas que tenía de abalanzarse sobre él y desahogarse a golpes como una pobre bestia. Como si aquello fuera a solucionar algo.
—Me voy. Pero antes, dejadme despedirme de él, por favor.
Romano pareció incontenible por un momento.
—¡Bastante tienes con que hayamos guardado esto entre nosotros! No cedas, Francis —le miró sin un ápice de compasión.
Sin embargo, la compasión sí se mostró a través del rostro más maduro y ajado del rubio. Suspiró, cerrando los ojos y frunciendo el ceño. Antonio le miraba pero no supo decir si estaba de acuerdo con Romano o con él. Con extrema lentitud, fue levantando los dedos, aflojando el agarre sobre el brazo de Antonio hasta que lo hubo soltado del todo.
—Ve si quieres. Te esperamos aquí —le dijo con cariño a pesar del miedo que tenía de que algo saliera mal.
—¡Francis! —Romano se puso rojo de rabia. Le miraba como si hubiera cometido la más alta traición.
Antonio alzó la vista hacia Arthur, allí parado a unos cuantos pasos. Nunca lo había visto así. Estaba sombrío, con los ojos verdes afilados y fríos, sujetándose los brazos sobre el pecho, como si de esa forma pudiera defenderse de todos los peligros del mundo. Incluso a pesar de que le estaba mirando a él, no era una mirada cálida o comprensiva. Era abrasadora; dos dardos imperdonables.
Antonio se acercó a él y comprobó con alivio como a cada paso que daba, su postura se relajaba. Antonio le abrazó, apoyando la barbilla en el recodo de su cuello. Quería sentir sus brazos rodeando su cuerpo como tantas veces había hecho. El olor de su pelo le inundó y sintió una irremediable nostalgia por algo que todavía no había perdido. Las manos de Arthur lo atrajeron con dulzura y en ese momento supo que todas las palabras que había dicho no eran verdaderas. Lo último que quería era que se lo llevaran de su lado. Pero el orgulloso Arthur no lo admitiría. No pudo evitar sonreír, aunque fuera con pena.
—Antonio —susurró en su oído.
Antonio sintió que los cabellos de la nuca se le erizaban. La voz de Arthur se coló por sus oídos como un dulce veneno.
—Antes de que te vayas, quiero contarte la verdad. ¿Estás de acuerdo?
El corazón de Antonio comenzó a latir con fuerza.
—Sí —musitó.
Arthur lanzó una mirada envenenada a Francis y Romano. Sus ojos parecían los de una serpiente, verdes como la ortiga.
Arthur comenzó a susurrar su historia, la historia de ellos, solo audible para Antonio. Su voz parecía un lejano arrullo de una fuente, constante y tenue. Por varios minutos narró siglos y batallas, derrotas y victorias, peleas y pasiones. Deseos escondidos que nunca nadie supo y secretos que quiso contarle pero que nunca hizo. Hubo un momento en el que pareció que Antonio quiso apartarse de él, como si no pudiera soportar el peso de lo que le estaba diciendo, pero Arthur reafirmó su agarre y le atrajo sin parar de hablar, siempre susurrando.
Cuando hubo terminado, soltó poco a poco el cuerpo de Antonio y dejó que el aire corriera entre ellos.
—¿Recuerdas ahora?
Antonio apenas le miró, con los ojos llorosos y las mejillas rojas.
—Me acuerdo de todo… —dijo con un hilo de voz.
—El día de la fiesta-
No pudo seguir porque Antonio había levantado el brazo, cruzándole la cara con una bofetada que lo dejó en el suelo. Arthur le miró sorprendido, llevándose una mano a la mejilla, apoyándose en el suelo de mosaico. La oscuridad hizo que no pudiera ver la mirada que le dirigía Antonio desde arriba. Desde aquella perspectiva, parecía un gigante de piedra. Finalmente, se dio la vuelta. "Vámonos", dijo, y empezó a caminar sin esperar a que Francis y Romano lo siguieran.
Arthur creyó que Francis le echaba una mirada de reojo antes de marcharse los tres. Sin duda, le habría dado pena. Le habría dado pena a cualquiera. Le hubiera gustado decir que pocas veces en su vida se había sentido tan patético y miserable, pero mentiría. Siempre mentiría. Nunca podría parar de hacerlo. Él era el rey de las mentiras y como tal seguiría viviendo, aunque aquello significara engañarse así mismo.
Los zapatos de cuero y las puntas de tacón componían una extraña melodía que le resultaba reconfortante. Las reuniones terminaban y empezaban y los cuerpos de Estado de todo tipo de naciones recorrían el edificio como abejitas, parándose en los descansos a tomar café, fumando a las puertas de entrada o sacando medio cuerpo por la ventana, como preferían otros. Al menos aquellos observaban el horizonte metálico, reflejándose la luz del sol en las miles de ventanas de otros edificios más altos en los que, probablemente, otras personas se encontraran haciendo lo mismo que ellos.
Algunos encontrarían ese tipo de vida estresante y de poca o ninguna sustancia. Pero tenía sus cosas buenas, claro que sí. Con los años el café de maquina había mejorado. Carraspeó. Vamos, seguro que se le ocurriría algo más si seguía pensando. Era el pequeño descanso que tenía y lo estaba malgastando en pensamientos absurdos… negó con la cabeza. ¿Y si cogía el coche y se iba…? Bufó. Odiaba tentarse así mismo de esa forma. La mitad de las veces caía.
Habían pasado unos pocos meses pero todavía no se había terminado de acostumbrar nuevamente a aquella vida de trabajo. Claro que siempre había trabajado, pero encontraba especialmente poco estimulante el trabajo que le había tocado aquel siglo. La burocracia había existido siempre, y si no que se lo preguntaran a Felipe II. Pero no era lo mismo pasarse los días encerrados en edificios que más bien parecían jaulas a poder viajar simplemente de un lado para otro, aunque fuera en un caballo. Al menos eso le permitiría respirar.
Inspiró. ¿Qué estaba haciendo allí siquiera? Los médicos y sus amigos le habían recomendado apartarse por lo que quedaba de año de aquella vida y dedicarse a reposar. Nadie se lo reprocharía. El psicólogo no le había dado el visto bueno a su decisión y le había advertido que seguramente acabaría acudiendo a su consulta más veces por semana si seguía por ese camino. Pero es que no podía, no soportaba quedarse en casa. Ni en la de la playa, ni en la montaña, ni en el campo ni en el extrarradio. Cualquier cosa que tuviera cuatro paredes y un techo le daba pánico.
Casi se rio, al observar que se encontraba precisamente en ese sitio. Una triste sala con mobiliario aún más triste y más solo que un perro callejero. No quería ni fumar. Solo quería una cosa y le daban arcadas cada vez que lo pensaba. Decidió estirar las piernas y dar un paseo. Se saltaría la reunión a pesar de que a inicios de semana se había prometido así mismo cumplir con el horario de manera estricta. Y solo estaban a martes.
Cogió la chaqueta y salió de allí. La gente del pasillo lo miraba mal disimuladamente. Claro, es que no estaba saludando a nadie, y había muchos allí que conocía de hacía años. Se debatió por un momento entre hacer o no el esfuerzo de fingir una mínima cortesía pero optó por seguir pareciendo un amargado. Hasta ahora no se había dado cuento de lo cómodo que era, con esa actitud no se le acercaban ni las moscas.
Aun así, al final del día siempre se marchaba al bar o al pub en el que habían quedado y bebía con todos como si nada hubiera cambiado. Bebía una, bebía dos, y luego dejaba de contar para no avergonzarse a la mañana siguiente. Francis lo llamó.
—¿Dónde estás?
Ugh. Se dio asco así mismo por pensar así al oír la voz de Francis siendo que había sido el único en mover el culo para salvarlo. Junto a Romano, claro. Tardó en contestar y Francis le hizo la misma pregunta, insistente.
—Voy a dar un paseo.
—¿Solo?
Se llevó la mano a la cara y se frotó los ojos. Agradecía de todo corazón su ayuda, pero no podía soportar la madre en la que se había convertido desde aquel día. Romano todavía le daba un poco de libertad y fingía, malamente, que le importaba bien poco lo que hacía mientras tuviera cuidado. Pero Francis… tragaba porque sabía que el pobre lo hacía con las mejores intenciones, pero ya habían discutido un par de veces y dudaba que no saltaran otra vez en lo que quedaba de semana.
—Vente conmigo.
—Vale.
Antonio apretó el puño. Maldita sea, odiaba que hiciera eso. Francis no se podía saltar el trabajo así como así, y a pesar de todo no acudiría a la reunión solo por acompañarlo a dar un paseo. Porque le daba pena.
—No quiero que dejes de hacer tu trabajo solo porque estoy enfermo… —dijo entre dientes tratando de calmarse. Definitivamente, aquel humor de perros no era el suyo.
—No estás enfermo…
—Sí que lo estoy —una persona enferma quería lo que no debía. Era lo único que podía pensar.
Oyó a Francis suspirar al otro lado de la línea. Parecía cansado y con razón. Él tampoco se soportaba, no quería imaginar los otros.
—Espérame cinco minutos en la puerta, ¿vale? Vamos a fumarnos un cigarro.
—Si tú no fumas —sonrió ante la imagen.
—Tú espérame —colgó.
Cinco minutos después Francis salió por la puerta y se dirigió a él, poniéndole las manos sobre la yugular como si lo estrangulara, zarandeándolo.
—Para —Antonio rio y casi se le cayó el cigarrillo de la boca.
Francis se apartó, divertido.
—Estás cambiado, ya no tienes esa cara de niño —le dijo con media sonrisa.
—¿Te daba rabia verme tan jovencito, eh? —dio una calada.
—Me daba malas ideas, sí…
Antonio se atragantó con el humo y empezó a darse golpes en el pecho mientras soltaba una carcajada.
—¡Puto pervertido! —siguió riendo.
En los ojos divertidos de Francis pudo comprobar que se alegraba de verlo sonreír. Lo sabía, había estado muy mustio y todo el que lo había visto tras haber estado desaparecido juraba que era otra persona. Eso o su hermano Portugal. Antonio trataba de darle poca importancia, pero le dolía.
—Poco a poco vuelves a ser el mismo que eras antes —le dijo Francis adivinando sus pensamientos.
Antonio sonrió. Él también lo creía, pero le estaba costando. Poco a poco, como decía su psicólogo.
Al final acabaron dando ese paseo. Fueron a una cafetería y pidieron algo dulce. Aunque no tenía hambre, no quiso privarse de unos cuantos pastelillos. Francis le miró mal, diciéndole que iba engordar pero a él le dio igual. Sabía que el azúcar le pesaba más a su amigo que a él y además en ese momento ponerse gordo o no era el menor de sus problemas. Se pusieron a charlar de tonterías y de fútbol y sin darse cuenta su humor fue mejorando. Pasada la hora vieron entrar a los hermanos Italia y los saludaron. Veneciano alzó la mano alegremente y Romano agrió el gesto, sintiéndose descubierto.
—Vaya, vaya, otros dos que se han tomado el día libre… —comentó Francis socarrón.
—Si es que con razón nos va tan mal —Antonio dio otro sorbo al café.
—No deis lecciones que a saber desde qué hora estáis aquí —refunfuñó Romano cruzándose de brazos.
Trajeron dos sillas y se sentaron. Bajo unanimidad pidieron una de churros y Antonio tampoco se privó de un vaso de chocolate.
—Te odio —Francis le miró entrecerrando los ojos.
—Se te va a enfriar el té —le lanzó un guiño y los italianos rieron.
—Vamos, el hermano Francia está estupendo —Veneciano le puso una mano en el hombro tratando de animarle.
—Para la edad que tiene sí —añadió Romano y tanto él como España se partieron de risa.
Francis empezó a quejarse de lo malos que estaban siendo con él y de lo injusta que era la vida. "¡Ya os llegará a vosotros!", decía. La camarera se acercó a preguntar si necesitaban algo más y Veneciano empezó a cortejarla. Romano no se quedó atrás. Francis y España se miraron cómplices a lo largo de la mesa; era un auténtico espectáculo. Romano era más directo y apenas se cortaba, pero Veneciano decía los piropos con más ingenio y era increíble como las chicas se dejaban engatusar por su ternura.
—Venga, chicos, dejarla trabajar —intervino Francis con una sonrisa.
—No, si no me molestan —la chica parecía encantada con las atenciones de los italianos.
Antonio sonrió y miró por la ventana, observando como el día se había ido estropeando. Parecía que iba a llover. Pronto las conversaciones se volvieron ruido de fondo y su mente comenzó a vagar por una vasta extensión de verdes bosques, viejos castillos y bailes de máscaras… recordó lo fría que le resultaba la lluvia de Inglaterra. Cómo le calaba hasta los huesos. Pero, luego, resultaba de lo más reconfortante acomodarse frente a la chimenea con…
—¿Antonio? —Francis chasqueó los dedos frente a sus ojos.
Antonio estaba pálido. Se sentía culpable cada vez que se descubría pensando en aquello.
—Voy un momento al baño —se excusó ante la preocupada mirada de su amigo.
Entró, cerró la puerta y vomitó.
—Joder, qué mala idea lo de los churros…
Espero unos momentos para comprobar si su cuerpo había terminado de rechazar todo y salió de allí. Se lavó las manos y la boca y evitó mirarse en el espejo. Sabía muy bien el aspecto que tenía, no hacía falta que echara sal en la herida. Pensamientos optimistas, se recordó, y la voz del psicólogo acompañó la frase. Cuando salió de allí, ya habían pagado la cuenta por él. Antonio se quejó hasta el punto de rozar el enfado pero los demás le hicieron callar.
—Por cierto, ¿dónde estará Inglaterra? —se estaban poniendo las chaquetas cuando Veneciano preguntó.
Un pesado silencio se instaló. Francis y Romano se miraron y luego pusieron la vista de reojo en España. La cara que tenía era un poema.
—Eh… —Francis quería decir algo, pero no sabía el qué.
—Pues por ahí, a quién le importa.
—Hermano… —Veneciano se quejó. No le gustaba que fuera así.
Antonio se subió la cremallera de la chaqueta en silencio.
—¿Habéis traído paraguas? —preguntó desinteresado en el tema.
—Mierda, no pienso salir con el traje de Armani —Francis volvió a sentarse.
—Pues desnúdate, no sería la primera vez —Antonio soltó una carcajada y más se rio al ver la expresión de Romano al oírle decir aquello.
—¿Y pasar otra noche en el cuartelillo? Ni muerto, vamos.
—Está bien, quedaros aquí. Nosotros nos vamos, ¡ciao! —los Italia se despidieron y los vieron correr hacia la otra acera a través del cristal de la cafetería, tratando de taparse la cabeza con las chaquetas.
Durante unos segundos no dijeron nada. Se limitaron a ver la lluvia caer sobre la ciudad. El cielo se había cubierto de nubes azules.
—Tú tampoco sabes nada, ¿verdad? —murmuró
—Antonio-
—Por favor —le miró suplicante.
Francis suspiró.
—Sé exactamente lo mismo que tú: nada —dio un bandazo al aire con la mano.
Desde la noche en que lo vieron por última vez, Inglaterra no había aparecido. Nadie sabía nada pero, al menos, si alguien preguntaba a sus superiores simplemente decían que se estaba tomando un año sabático. Aquello disipó cualquier rumor que pudiera haber surgido y dejó a todos tranquilos, salvo a los que sabían la verdad, claro.
Desde que se subieron al coche, Francis y Romano le habían dicho que no se volviera a acercar a él. Tras la primera semana lo llamó. El móvil no dio señal de disponibilidad y lo dejó estar. Sin embargo, al final de la tercera semana lo llamó otra vez. Unas cuantas veces más. Todas tuvieron el mismo resultado. Durante el segundo mes se estuvo acercando discretamente hacia las personas que trabajaban con él, haciendo sutiles comentarios, pero todos le decían lo mismo. Nadie sabía nada, solo sabían la mentira del año sabático.
Ya no contaba los días ni las semanas y estaba mucho mejor. Los extraños sueños del pasado se convirtieron solo en extraños sueños que a veces incluían coches y móviles y elementos que pertenecían a su época. Descubrió con sorpresa que apenas tocaba ya su teléfono y prefería pasar horas leyendo un libro tumbado en el sofá. También se sorprendió cuando se dio cuenta de lo mucho que había echado de menos montar a caballo y, en los últimos días, había estado pensando en comprar uno y llamarlo Bucéfalo en honor a su antiguo corcel.
Aunque se había acostumbrado a la ciudad echaba de menos correr, cansarse y cazar. Quería lanzar flechas, practicar con la espada y dedicarse a la cetrería. Quería comprar muchos perros grandes que no le cabrían en su pequeño apartamento y anhelaba, oh, sí, anhelaba volver a rasgarse los dedos con las cuerdas de un laúd. No podía dejar de pensarlo. Como tampoco podía dejar de pensar en Arthur.
Cada noche antes de irse a dormir, se quedaba mirando al techo, pensando si el día de mañana lo vería. Se regañaba, dormía, y la noche siguiente repetía el proceso. Su psicólogo le decía que con el tiempo la costumbre se iría, pero cómo estaba tardando. Quizás tiempo fuera un año, quién sabía aquellas cosas. Un año entero pensando todos los días en él… sin duda le parecía suficiente para volverse loco.
—Me podrías regalar un traje de Armani…
Francis alzó una ceja.
—¿Para qué quieres uno?
—¿Y a ti qué te parece? Para comérmelo con patatas. Ya sabes que la economía no me da para caprichitos tontos.
—No te lo mereces solo por eso que has dicho. La estética es esencial para la vida. Verás…
Antonio sonrió y apoyó la barbilla en una mano, preparándose mentalmente para la charla que su amigo le iba a dar sobre algo que le importaba más bien poco. Al menos aquello borraría de su cabeza cierto rubio en el que no debía pensar.
Aunque fuera por decencia, se había dignado a acudir a la última reunión que tendrían aquella tarde. Era pequeñita, destinada a discutir unos asuntos agrícolas entre algunos países europeos. No tenían que votar nada, simplemente se limitarían a leer algunas medidas. Como no habría mucha gente no tendría que aguantar las miraditas extrañadas por su actitud. Además, Romano y Francis acudirían también.
Bostezó y pensó si tomarse un café de la máquina pero, como si le hubiera oído, su estómago hizo un ruido sospechoso. Lo último que quería era pasar la noche en el baño, así que pasó de largo la maquinita. Vio a unos cuantos conocidos, maletín en mano. Parecía que habían terminado la jornada e iban dirección a la planta baja, de donde él venía. Los saludó con la mano y una sonrisa discreta y todos le respondieron. No había sido tan efusivo como antaño pero al menos algo era algo.
La sala de reuniones era pequeña y acogedora y se encontraba al fondo. No tenía ganas de entrar antes de tiempo y se apoyó en la pared de al lado. La puerta estaba entre abierta y su curiosidad natural hizo que echara un vistazo. Cuando vio a Arthur se quedó helado. Sin perder un segundo volvió la cara y se quedó fuera, escondiéndose de él. ¿Habría visto bien? Quizás se lo habría imaginado, pero no iba a comprobarlo una segunda vez.
¿Pero qué hacía Inglaterra allí? No tenía sentido que hubiera decidido aparecer un día como otro cualquiera y en una reunión de pacotilla a final del día. Aunque no había sido mala idea, era mejor no atraer mucha atención a su vuelta y así tendría que afrontar menos preguntas de los curiosos que se atrevieran a indagar directamente sobre las causas de su repentina desaparición.
Tragó saliva para mojarse la garganta seca. Una repentina ola de calor le había invadido, humedeciéndole la frente. El corazón le latía a mil. ¿Qué estaba haciendo allí? Había perdido el contacto con la realidad por un momento. Se olvidó del sitio donde estaba, de la imagen que ofrecía. Apoyado en la pared, se agarraba inútilmente a la superficie plana, con la mirada al suelo y los labios apretados en una fina línea. Tenía que respirar. No podía olvidarse de respirar.
Sabía que la gente había empezado a pasar, pero no los veía. Solo veía sus zapatos entrando a la habitación. ¿Qué estaba haciendo? Iba a huir cuando alguien le agarró de los hombros con firmeza.
—Antonio —el dulce rostro de Romano se le apareció de frente, con un cariño inusual en su malhumorada voz. —Respira.
Antonio tardó unos segundos pero le hizo caso, cerrando los ojos y dejando que el aire pasara por su rígido cuerpo. Poco a poco entraba más y relajaba el estómago, la garganta.
—No puedo entrar, Romano. No puedo —sacudió la cabeza sin parar. —No puedo entrar —volvió a repetir sintiendo como los nervios volvían a cerrarse sobre su tráquea.
—¿Qué pasa? —Francis apareció al lado de Romano, con los ojos llenos de preocupación.
—Francis no puedo entrar, por favor —suplicó.
Francis echó un rápido vistazo dentro de la habitación y exhaló un pesado suspiró.
—Mierda… —murmuró entre dientes. Sabía que aquel momento llegaría tarde o temprano, pero ojalá hubiera llegado unos cuantos meses más tarde.
Francis tomó el sitio de Romano con suavidad, y le puso las manos en los hombros.
—Antonio, no pasa nada —trató de tranquilizarle.
Tenía miedo. Oía que Francis le hablaba, pero no entendía una sola palabra. ¿Qué?, su mente repetía. ¿Por qué no se estaba enterando de nada? Tragó saliva. ¿Qué pasaría si entraba y todo era distinto? ¿Y si él había cambiado? ¿Y si todo había terminado realmente y era como si nada hubiera existido? No, no podía ser tan cruel. Pero si se cruzaba con su mirada y en sus ojos solo veía indiferencia…
Otra mano le rozó el rostro. Alzó la vista y le dio un manotazo, alejándose.
—¡Ay!
Pelo rubio y ojos verdes… pero no era él. Bélgica le miró extrañada.
—¿Pero qué te ocurre, Antonio? —preguntó sin reproche alguno.
Antonio parpadeó varias veces, recuperando el ritmo normal de respiraciones. Ladeó la cabeza levemente, cansado.
—Bel… —suspiró su nombre. ¿Cómo se había convertido en alguien tan estúpido? Veía su rostro en todas partes… Francis y Romano vacilaban en abrir la boca o no, sin saber si arreglarían o empeorarían la situación. —Ven —alzó la mano, aun apoyado en la pared.
La chica le dio la mano y se sintió un poco sorprendida cuando Antonio la atrajo hacia él con ternura en un abrazo.
—Perdona. Creía que eras otra persona.
Los cuatro se quedaron así unos momentos, componiendo una extraña escena para aquellos que llegaban tarde y entraban por su lado. Omitieron cualquier tipo de explicación y entraron antes de que cerraran la puerta. Antonio la miró antes de que desapareciera por el marco, sabiendo que algún día tendría que invitarla a un café y contarle todo lo ocurrido. Francis y Romano le habían dicho que se fuera ya a su casa y que llamara al psicólogo para desahogarse con él.
Fue al baño, se aseguró de estar solo, entró en uno de los cubículos y cerró la puerta. Estando ya sentado y en silencio marcó el número, pero no llamó.
Arthur se tiró del nudo de la corbata para aflojarla un poco. A ese paso iba a quedar como un mamarracho, pero se sentía ahogado. Estaba nervioso, y eso que había acudido a la reunión medio colocado entre pastillas y tilas, no se estaba enterando de nada. Con mucho disimulo paseó la vista por la sala y el pequeño grupo de personas que se habían reunido, pero nadie parecía mirarle. Al principio la mayoría le había saludado con normalidad, y solo uno o dos le habían preguntado por su ausencia. Decía que había estado de vacaciones y, sin más, terminaba el interrogatorio. Qué fácil había sido todo, pensó.
Lo más difícil había sido armarse de valor para ir. Para volver a la rutina. Suspiró. La rutina le gustaba, la rutina le daba la falsa sensación de control sobre su vida que tanto necesitaba, lo que no le gustaba era enfrentarse a las consecuencias. Francis y Romano sí que le habían mirado, eso sí, sin decir una palabra. Ni siquiera se le habían acercado. Estaba seguro de que Francis le propondría ir a tomar algo una noche no dentro de mucho, pero la relación con Romano estaba herida de muerte. Sonrió para él mismo. Tampoco es que hubiera cambiado mucho la cosa.
Sin embargo, aún quedaba la prueba más grande… le aterrorizaba encontrarse con España. Un minuto antes de entrar a la sala estaba temblando, no podía contener los nervios. Sus manos se habían quedado frías y de algún modo sentía que no podía pensar en nada con claridad, cuando trataba de enfocarse en cualquier otra cosa no podía alcanzar la atención necesaria. Era como si estuviera esperando y esperando, pero no sabía realmente a qué. Se dio cuenta de que estaba dando toquecitos con la puntera del zapato a la mesa y paró. Se frotó los ojos con los dedos y se echó hacia delante sobre la mesa para intentar concentrarse, pero en su mente solo veía a Antonio.
La reunión finalizó y los países empezaron a abandonar la sala. Arthur recogió los papeles y suspiró, regañándose así mismo por no atender. Miró los documentos por encima y atisbó algunas palabras clave, quizás sí que debía leerlos… no tenía ganas de que se le empezara a acumular el trabajo. Y mucho menos quería tener discusiones con sus jefes para que empezaran a preguntarle dónde había estado. Si hacía bien su trabajo y no llamaba la atención, estaba seguro de que todo iría como la seda.
Oyó algunas risas y comentarios. Lo más probable es que la mayoría fueran luego a tomar algo. Él soñaba con llegar volando a la cama de su hotel y dormir hasta el mediodía. No había escatimado en gastos, se había dejado la pasta en pagarse unas habitaciones de lujo. Quería dormir como un bendito y, esta vez, pensaba tomarse el trabajo con calma, sin prisa pero sin pausa. Se había vuelto demasiado sumiso en los últimos años, quería recuperar un poco su orgullo como nación. Rió para sus adentros. Desde luego, a orgulloso no le ganaba nadie.
Cuando alzó la vista, vio que se había quedado solo. Ni se había dado cuenta. La puerta estaba cerrada. Se sentó y decidió leer en serio aquellos papeles. Los miró por encima, tres hojas impresas con medidas sobre la compra y venta de productos agrícolas entre países europeos. Durante su ausencia, algunas leyes se habían derogado y otras habían quedado intactas. Comenzó a leer, alzando la ceja cuando una no le parecía demasiado acertada. Rechinó los dientes y sacó un boli, rodeando otra que, definitivamente, discutiría con Alemania.
—What the… —sí que habían estado haciendo lo que habían querido mientras él no estaba.
Continuó leyendo el documento y al final acabó con más círculos de los que hubiera pensado. Con que así estaba la cosa. Llevó los brazos hacia el techo, estirándose como un felino. Se frotó un ojo, muerto de sueño y comenzó a guardar las cosas en el maletín.
—Hola.
La voz le asustó. Dio un grito ahogado y miró a su izquierda con el corazón encogido, arrugando con las manos los papeles.
—Por Dios, qué susto. Antonio no vuelvas-
En ese mismo momento cayó en la cuenta. Antonio, a su lado, le sonreía. Le había hecho gracia su reacción. Arthur se quedó paralizado, mirándole a los ojos. Tragó saliva. ¿Desde cuándo había estado allí? ¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo que hola…? Sacudió la cabeza. Las palabras no salían de su boca. Aunque tampoco sabía qué decir, se había quedado completamente en blanco. Notó que las mejillas comenzaban a arderle por la vergüenza, pero ni siquiera estaba seguro de por qué la sentía.
Al ver que no contestaba, Antonio bajó la mirada. Arthur retrocedió un poco y también miró al suelo, apretando los dientes. No se podía creer que hubiera acudido a él… Afuera oía el ruido de la noche con una perfecta claridad. Las luces de los establecimientos, de los semáforos, de las farolas, se colaban por las ventanas. Observó los zapatos de España. El material reflejaba la luz. Llevaba unos pantalones azul oscuro, apagado, desaturado, serio… sacudió la cabeza. ¿Y la camisa? Blanca, claro. Su mirada fue siguiendo la línea ascendente de la corbata, pero se obligó a bajar la vista nuevamente. El maletín: el maletín era… cómo describirlo…
—Arthur.
Cerró los ojos con fuerza, hundiendo la cabeza. Su nombre había retumbado como campanadas en sus oídos. Era extraño oír a Antonio llamándolo después de tanto tiempo. Tragó saliva. Solo quería salir de allí corriendo.
—Maldita sea, mírame —Antonio insistió.
Arthur escuchó en su voz el tono de súplica. Al menos le debía aquello, el mirarle, el enfrentarse a él, a lo que fuera que quisiera decirle, pero tenía tanto miedo.
—¿Qué quieres?
Su propia voz le sonó extraña. No era su habitual tono arrogante, ni de reproche, ni de superioridad. Realmente no sabía qué quería de él.
—¿Que qué quiero…? —murmuró con frustración. Antonio apretó los puños y miró al suelo, como si la respuesta se encontrara en sus zapatos. Caviló unos momentos. —…solo quería verte. Supongo —añadió al mirarle.
Aquello le pilló por sorpresa. Se cruzó de brazos, mirándose el pecho.
—Yo también quería verte… —costaba que las palabras salieran. Había ensayado muchas veces lo que quería decirle en aquella situación, pero lo había olvidado todo. A través del traje notaba su corazón palpitar con fuerza, retumbando en su antebrazo.
Sí, ahora era plenamente consciente de lo mucho que había querido verle. Había esperado impaciente ese día, preguntándose qué clase de expresión tendría, cómo reaccionaría. Volvió a observar su rostro y no pudo evitar que la tristeza le embargara. Dios… cómo te he echado de menos. Se agarró los brazos con fuerza, conteniendo las ganas de abrazarle. ¿En qué estaba pensando? No podía acercarse a él como lo hacía antes.
—Antonio, perdóname.
Se sintió estúpido en cuanto hubo cerrado la boca. Una simple disculpa no anularía todo el daño que había causado. Había cruzado la línea hasta tal punto que no creía que hubiera algo que pudiera decir que mejorase la situación. Quiso abofetearse así mismo.
—Quiero decir… —sacudió la cabeza e inspiró. —Perdóname.
No podía creerse lo estúpido que era. Lo estaba haciendo todo mal. Perdóname, eso sonaba como una orden, ¿no? ¿Qué otra forma había? No estaba escribiendo una estúpida carta, aquello tenía que ser de verdad pero, ¿cómo decirlo? ¿Cómo convencerle de lo culpable que se sentía? Nunca le creería, dijera lo que dijera.
—No, eso no es lo que quiero decir —movió las manos, nervioso. Se frotó la frente. ¿Cómo decirlo…? Cada noche ensayaba el mejor discurso de redención que podía haber creado y ahora no le salía ni una mera frase coherente. Estaba perdido. —Pégame, eso es, puedes pegarme si quieres. O pídeme lo que quieras, ¡lo haré! Ya sé que no hay nada que pueda compensarte, pero si hay alguna forma… —solo quería que la tierra se abriera y se lo tragase por mil años. Estaba seguro de que Antonio le iba a pegar, sí, pero de la vergüenza que estaría pasando.
Se asustó. Antonio había dado un puñetazo sobre la mesa. Al mirarle comprobó que sus palabras no le habían hecho ni pizca de gracia. Su rostro se debatía entre la pena y el enfado.
—¿Qué te pida lo que quiera? ¿Así que eso fue todo para ti? ¡¿Nada?! ¡Un juego! ¡Una broma con la que disculparte dándome cualquier cosa! ¡¿Cualquier cosa?! —Antonio se llevó la otra mano a la frente, tapándose los ojos. Había entrado a la sala prometiéndose así mismo que no perdería el control, pero…
—Antonio, yo… no sé cómo hacerlo. No sé cómo resarcirte, a menos que tú me lo digas.
Antonio se incorporó y dejó ver sus ojos húmedos, al borde de las lágrimas.
—¿En serio no sabes cómo? Eres la persona…
Arthur contuvo el aliento.
—Eres la persona más cruel que conozco, Arthur —Antonio se tapó los ojos, tratando de controlar sus emociones. —Has ganado. Lo has conseguido por completo, me has destrozado…
Arthur quiso acercarse, pero creyó que sería mejor no hacerlo. Seguramente le daba asco. Seguro que si fuera por él desaparecería de la faz de la Tierra en ese mismo instante, borrando cualquier trazo de su existencia. El pecho le dolía. Había sido plenamente consciente desde el principio del daño que le podía causar, se merecía el castigo. Si ya no podía hablar más con él, lo aceptaría. Si ya solo podía verlo desde la distancia, lo haría. Siempre lo había hecho, de todas formas. Pero ahora dolería más que nunca.
—Haz lo que quieras conmigo, Antonio, por favor… haz lo que quieras —se acercó más a él. Incluso pudo oler su familiar colonia. —Tómame en tus manos y destrózame, es todo lo que merezco. Hazme sufrir cómo yo lo he hecho, tortúrame, deshazte de mí cuando quieras… yo no seré más que un trapo que tires al suelo, podrás pisotearme siempre que quieras.
Antonio le miró. Estaban demasiado cerca. Pasó los ojos por sus manos, su camisa, sus labios… sus ojos. Desvió la vista hacia la ventana. Su mente se estaba llenando de él otra vez, no podía pensar en otra cosa. Sintió las manos de Arthur tomarle de los hombros con delicadeza.
—Todavía te quiero.
Antonio se quedó inmóvil por un momento. Parpadeó varias veces y miró al suelo. Su cabeza volvió a repetir aquel susurro. En el silencio, escuchaba los latidos de su corazón a toda velocidad.
—¿Qué…? —murmuró confuso.
Arthur se retiró con lentitud. Se alejó unos pasos, apoyando las manos en la silla.
—Dios… —en su voz había una nota de retorcida diversión. —¿Qué clase de loco soy para llamar a esto amor? En serio, no sé cuánto más bajo puedo caer. Te aseguro que es la primera vez que me ves así —hizo una pausa, apretando el agarre de la silla. Se humedeció los labios. —Pero así son las cosas —sacudió la cabeza, inclinándose. —Así son las cosas… tomé este camino sabiendo las consecuencias y voy a afrontarlas todas. Sí, no estoy bien de la cabeza. Soy una persona despreciable y cruel, como bien has dicho. Causo más mal que bien y aunque te quiero, no hago más que hacerte sufrir —Arthur le miró, iluminando la oscuridad de sus ojos un brillo febril. —Debo haberme vuelto loco.
—Entonces yo también me he vuelto loco.
Antonio caminó hacia él y le besó. Tardó en reaccionar, pero Arthur se apartó, dándole la espalda.
—¡No!
—¡Por qué! —Antonio dio un puñetazo en la pared. Sentía que la rabia subía y amenazaba con explotar. Apenas podía contenerla. Tenía ganas de quemarlo todo, de gritar, de cogerle por las solapas de la chaqueta y decirle todo lo que había callado durante meses. —¡Estás siendo injusto!
—¡¿Injusto?! —Arthur se dio la vuelta con la cara desencajada por la incredulidad. —¿En serio te parezco injusto? Solo estoy tratando de mantener un poco de cordura —afianzo los brazos cruzados, casi abrazándose así mismo.
—Es tarde para eso —Antonio esbozó una oscura sonrisa. Volvió a acercare a grandes zancadas y, esta vez sí, le tomó de la pechera y le empujó hasta que chocaron con la pared.
Arthur cerró los ojos.
—Si quieres que me vaya, solo dilo. Dilo ahora y me iré para siempre, te lo juro, nunca volverás a saber más de mí: no te hablaré, no te miraré, ni siquiera pronunciaré tu nombre… para mí habrás muerto —la cabeza le daba vueltas. Odiaba aquella sensación —Dímelo, ahora. Y no te molestaré más —su voz se rompió, quedando en un susurro.
No entendía cómo podía sentir tanta rabia y a la vez estar tan seguro de que quería al hombre que tenía en frente. Le quería tanto que dolía. Sentía gritar a todo su cuerpo. Sabía que se arrepentiría de todo lo que había dicho, pero ya no sabía qué más hacer.
Arthur le miró. Parpadeó varias veces, rápido. Su pecho subía y bajaba, tenía la respiración agitada. Tragó saliva.
—Ya te lo he dicho. Te quiero. No te voy a mentir más —a pesar de todo, su voz sonó calmada y tranquila, porque había dicho la verdad.
Antonio sacudió la cabeza y la apoyó en su pecho, aflojando las manos.
—Entonces, ¿por qué…?
Arthur le abrazó, atrayéndolo. Tenerle entre sus brazos era una de las cosas que más había añorado. Después de tantos meses separados, aquello le parecía casi imposible.
—Bésame… por favor.
Antonio alzó el rostro y Arthur no encontró la fuerza para resistirse por más tiempo. Besó sus labios con ternura y las manos de Antonio se colocaron sobre sus mejillas. Arthur se separó unos centímetros, y observó su rostro. Le tomó de las muñecas e intercambió el sitio con él. Sin dejar de agarrarle, pegó sus manos a la pared, atrapándole.
—¿Qué ocurre? —Antonio murmuró confuso, el rostro completamente ruborizado.
Arthur le miró con seguridad y un poco de malicia.
—Escúchame. Si vamos a seguir con esto, tenemos que hablar —esbozó una pequeña sonrisa.
Antonio sonrió también, divertido.
—Vale, está bien. Hablemos.
—Pero aquí no.
El chófer de Inglaterra los llevó con discreción al hotel donde Arthur había reservado habitación. El vehículo oficial se deslizaba silenciosamente por las calles y Antonio miraba por la ventana los carteles y las luces de los pubs y restaurantes, tratando de disimular que estaba un poco ansioso. Y tratando de acallar, además, las voces de la razón de Francis y Romano, que le reprocharían sin dudar un segundo lo que estaba haciendo. Miró de reojo y observó a Inglaterra sentado en el extremo del asiento, un vacío de cuero negro entre los dos.
Arthur hacía lo mismo, casi podía ver su reflejo calmado e imperturbable sobre el cristal. Confiaba en él. Tomó aire. Confiaba en Arthur. Unos dedos se apoyaron suavemente en su hombro. Antonio miró y Arthur le devolvió la misma expresión tranquila con una pequeña sonrisa. Silenciosamente había dejado la palma de su mano extendida sobre el espacio vacío. Antonio la tomó, sonriendo.
Cuando llegaron al hotel y salieron del coche, Antonio silbó.
—Esto es de lo mejorcito, Arthur.
—Me sentía particularmente derrochador.
Tras pasar por la recepción, subieron a una de las plantas más altas del edificio, donde una de las habitaciones más caras les esperaba.
—Ponte cómodo —tomó el abrigo de Antonio mientras ambos entraban a la habitación.
Antonio dio unas cuantas vueltas sobre sí mismo sin dejar de asentir. Luego le miró con una media sonrisa.
—Puta crisis.
Arthur soltó una carcajada y cerró la puerta.
—Te odio, en serio. Y yo pensaba que mi hotel era la hostia.
—Ha sido cosa de una vez, hazme caso. Normalmente no vengo a estos sitios. ¿Quieres tomar algo?
—Por qué no —mientras Arthur se acercaba al mueble bar, Antonio se alejó hasta el balcón y salió a disfrutar de las vistas. La imagen casi le dio vértigo. Apretó la barandilla con sus manos y fue súbitamente consciente de lo impaciente que se sentía. Tenía como un nudo apremiante en el estómago que no paraba de dar vueltas. ¿Qué hacía en la habitación de Arthur? Sacudió la cabeza. Estaba muy claro por qué había ido. Lanzó una rápida mirada por encima del hombro a la figura de Arthur, que estaba de espaldas. Cada vez que lo veía su corazón se aceleraba, no había forma de negar aquello.
Dio un golpe en la baranda con la palma de la mano y entró de nuevo en la habitación con mayor decisión. Arthur se giró ofreciéndole el vaso. Sin preguntar nada Antonio se dejó caer con gracia en el borde de la cama y Arthur le siguió, algo más cauteloso.
—Bueno, ¿podemos empezar la reunión? —preguntó Antonio dando un sorbo.
—Podemos, podemos… —Arthur suspiró y dio un trago más grande que el de Antonio.
—No estés tan nervioso —Antonio rozó su mejilla con las yemas de los dedos.
—Si haces eso solo lo vas a empeorar —Arthur sacudió la cabeza, sintiendo un poco de vergüenza.
—Está bien, está bien —Antonio alzó las manos. —Nada de tocar.
—Nada de tocar.
—Nada de tocar —volvió a repetir Antonio y tuvo que morderse el interior de la boca para no reírse. —En serio, habla, te escucho.
Arthur se puso un poco más serio y miró al techo, tomando aire y soltándolo de golpe.
—Vale, lo primero es lo primero, estoy increíblemente arrepentido de haber hecho toda esta locura. No entiendo cómo se me pasó por la cabeza, no entiendo por qué continué con la mentira y no estoy pidiendo que me perdones, solo quiero que sepas que desearía no haberlo hecho nunca —Arthur le miró.
—Vale. Estás perdonado.
Arthur se sorprendió.
—¿…en serio?
Antonio dio un largo trago a la copa.
—Mira Arthur llevo meses dándole vueltas al mismo tema, he tenido mucho tiempo para pensar. Al principio quería matarte, claro. Ya viste la bonita despedida que te di —Antonio le sonrió burlón.
Arthur se llevó la mano a la mejilla inconscientemente, recordando la monumental bofetada. Antonio se encogió de hombros.
—Pero… el tiempo pasaba y empezaba a hacerme preguntas. Y al final acababa pensando en las cosas que hacíamos y en aquel lugar. Te echaba de menos —movió su copa y se quedó mirando el fondo del vaso. —Me habría gustado que no hubieras hecho nada de esto, pero ya está ahí y ha pasado. Solo puedo perdonarte y seguir con mi vida o… —volvió a alzar los hombros. —Ya está, solo eso. Tú lo sabes, yo soy así, no puedo simplemente odiarte para siempre. Algún día nos veríamos en la máquina del café, se me escaparía un hola y se iría todo a la mierda.
Arthur rió. Sintió que un peso se levantaba de sus hombros.
—Tan solo dime que no lo volverás a hacer.
—Por Dios, Antonio… —Arthur se hundió hacia delante, apoyado sobre sus rodillas. Antonio se reía divertido mientras le acariciaba la espalda.
—Venga, venga —trató de animarle. —Oye, también hubo momentos divertidos.
—Deberías estar enfadado —Arthur se agarró el flequillo suspirando con una sonrisa de alivio.
—Bueno, si te sirve de consuelo Francis y Romano no lo van a olvidar en la vida.
—Extrañamente sí… prefiero alguna condena —Arthur giró la cara para mirarle. —Francis dijo que en aquella fiesta de Halloween yo ya te gustaba.
Antonio abrió los ojos con sorpresa. Sonrió y se terminó la copa.
—Arthur, cualquiera con dos ojos, menos tú, claro, lo hubiera visto.
Arthur se incorporó con el rostro rojo de vergüenza.
—O-oye, no era tan fácil. Tú abrazas a todo el mundo y eres cariñoso, por esa lógica podrías estar enamorado de cualquiera. En cambio yo, ¿cómo no te diste cuenta de que estaba enamorado de ti?
Antonio ladeó la cabeza como un perro.
—¿Estabas enamorado de mí? —la confusión se hizo patente en su rostro.
—Good God —había olvidado que Antonio también era denso como él solo. —Si podemos sacar alguna conclusión de esto es que somos un par de tontos.
—Desde luego —tomó la copa de Arthur y se levantó para llenar ambas. A sus espaldas escuchó a Inglaterra tumbarse sobre la cama y gruñir. Rió para sus adentros. Se dio la vuelta y le tendió la copa, haciendo que el rubio se incorporara.
—¿Mi turno?
—Of course.
Volvió a sentarse a su lado.
—Si tenemos que ser completamente honestos… por mi parte quiero darte las gracias —su voz sonaba más grave y tranquila.
—¿Agradecerme?
Antonio hizo una mueca al observar la extrañeza en el rostro de Arthur.
—Creo que hay momentos de nuestras vidas que nos gustaría volver a vivir. Y tú me has dado esa oportunidad. Había olvidado lo mucho que disfrutaba siendo tan… libre.
—Pero Antonio ninguno de nosotros hemos sido completamente libres…
—Lo sé, pero aun así, hemos perdido algo respecto a aquellas épocas. Creí que tú también lo sentías —alzó una ceja.
—Sé perfectamente de lo que hablas. Ahora que me lo has dicho, he de confesar que yo también he disfrutado de poder volver a aquellos años. Incluso —se echó hacia delante, — incluso hubo un tiempo en el que era difícil distinguir cuál era la realidad.
Hubo unos momentos de silencio entre los dos.
—¿Por eso no sabías cazar, jugar al ajedrez ni luchar con la espada?
Arthur se atragantó con la bebida mientras escuchaba las carcajadas de Antonio, que se tuvo que coger el estómago cuando vio su reacción. Arthur se levantó de inmediato tratando de aparentar que no habían ofendido su orgullo.
—Ten por seguro —alzó la voz cruzándose de brazos, —que de haber hecho esas cosas en la actualidad te habría ganado en todas y cada una de ellas.
Frunció el ceño cuando observó que Antonio seguía partiéndose a carcajada limpia revolviéndose en la cama.
—¡Oye!
Arthur se acercó y puso las rodillas a ambos lados de su cuerpo, colocándose encima de él. Antonio se detuvo en el acto.
—Oye —Arthur se acercó más inclinándose, apoyando la mano en el colchón y tomándole del mentón con la otra.
A Antonio le brillaron los ojos. Arthur apenas bajó la vista y notó su pecho subir y bajar con fuerza. Llevó la mano extendida hacia allí, rozando su camisa con los dedos.
—Quiero besarte.
—Pues hazlo.
Antonio esperó unos segundos y acabó dándose cuenta de que algo no iba bien. Era como si algo le detuviera.
—Yo… —Arthur se alejó un poco, dubitativo. —¿Y si solo te has enamorado de mí por la fantasía?
Antonio se incorporó apoyándose en los antebrazos.
—¿A qué te refieres?
—¿Y si lo que sientes también es una mentira, un producto de lo que has vivido?
Antonio abrió los ojos sorprendido como si no hubiera valorado aquella posibilidad antes.
—Pero…
—Piénsalo, Antonio. ¿Estás enamorado de mí o de aquella realidad?
—¡De ti, Arthur!
Arthur se bajó de la cama y empezó a dar vueltas.
—¿Pero cómo puedes saberlo? Yo no soy el mismo y tú tampoco. Ni las circunstancias ni la historia, si todo ha cambiado, ¿no puede ser que también hayan cambiado tus sentimientos? ¿Y que los estés confundiendo con añoranza…?
Antonio tragó saliva. No supo por qué se le vino a la mente la primera vez que despertó en el castillo de Inglaterra, aquel chico que parecía tan preocupado. ¿No habían sido ellos mismos? Reconoció que durante su estancia allí había dicho y pensado cosas que no se correspondían con lo que decía y pensaba ahora, pero aun así había algo de él. Y había algo de Arthur también. Antonio sacudió la cabeza.
—Puede que el que no sienta lo mismo seas tú y estés buscando una excusa para que sea yo el que te tenga que dar la patada.
Arthur se dio la vuelta y le miró incrédulo.
—Antonio, he sido más que claro con mis sentimientos. Dios, eres la persona con la que más me he abierto en años. ¿Crees que tengo la pinta de alguien al que le es fácil ser honesto con lo que siente? Ya te lo he dicho, no quiero mentir más. No te voy a mentir más.
Antonio se levantó.
—¿Entonces por qué lo haces tan difícil?
—Porque cometí un error demasiado grande como para que lo pasemos por alto.
—Yo te he perdonado.
—¡Pero yo no!
Antonio, que había tratado de acercarse a él, se quedó en el sitio.
—Es egoísta, ¿vale? Pero también es difícil para mí. No quiero… —tragó saliva, sintiendo las palabras pesadas como piedras. —No quiero que te quedes conmigo porque de alguna forma haya jugado con tu mente. No quiero eso —Antonio le miró dolido. —Y no podría estar contigo cada día pensando si de verdad esos sentimientos son tuyos o no.
El silencio se coló como una ráfaga desde el balcón. Antonio se puso las manos en las caderas, mordiéndose el labio. Parecía mirar a cualquier lugar de la habitación excepto a donde estaba Inglaterra. Tragó saliva, un poco nervioso.
—Te entiendo. Ya está, si es lo que quieres no te molestaré más.
—Espera —Arthur le tomó de la muñeca antes de que fuera a coger su abrigo. Se acercó a él y rodeó su mano con las suyas, acariciándola. —¿Por qué no esperamos un año?
—¿Un año?
—Sí, si esperamos un tiempo y seguimos con nuestras vidas, nos daremos cuenta de si todo esto era verdad o si solo formaba parte del sueño.
Antonio parpadeó un par de veces.
—Claro… tiene sentido.
—Haremos lo mismo de siempre, como si nada hubiera pasado, como si después de la fiesta de Halloween…
—…no hubiera hecho el gilipollas tirándome por las escaleras.
Arthur sonrió, asintiendo.
—Exacto.
Antonio inspiró y empezó a asentir.
—Vale, está bien —extendió la palma. —Trato hecho —miró con una sonrisa las cuatro esquinas de la sala. —¿Así que vas a pasar la noche solito en esta habitación?
Arthur rodó los ojos.
—Sí, me temo que sí…
Antonio le atrajo por la cintura y le besó con todas las ganas que se había estado aguantando. Sintió como las manos y la lengua de Arthur correspondían al momento, abalanzándose sobre su cuerpo, tomándole con fuerza. Se separaron durante un segundo, sin dejar casi espacio entre sus rostros. El aliento fluía de su boca a la otra.
—Pues piensa mucho en mí —Antonio sonrió, pensando que tendría la expresión de Inglaterra grabada en la memoria para siempre.
Se dio la vuelta y antes de que diera más de tres pasos Arthur volvió a tomarle de la mano para darle un beso más lento y profundo. Había colocado la mano en sus mejillas y le miraba con un deje de tristeza.
—Un año —susurró.
—Un año —y, por primera vez en mucho tiempo, pudo ver en aquellos ojos verdes el brillo claro de la verdad.
En la sala de reuniones, todos los invitados alzaron sus copas.
—No me digas que vas a hacer un brindis.
—Pues claro que voy a hacerlo.
—Pero cómo te gusta llamar la atención…
Todos rieron. Francis carraspeó y volvió a alzar su copa de champán.
—Por Antonio, una de las personas que más problemas me ha traído, y también de las que más alegrías me ha dado.
Las invitadas hicieron un corito como si lo que hubiera dicho fuera adorable.
—Y que podamos seguir celebrando tu cumpleaños muchos años más.
—¡Chín chín!
Los invitados se inclinaron sobre la mesa para chocar las copas y llegar a todos. Un poco de champán se derramó pero a nadie pareció importarle. Era una atmósfera festiva, con la triste habitación decorada para la ocasión, con guirnaldas, sombreritos, matasuegras y demás.
—¿Cuándo comemos la tarta? —apremió Antonio generando una carcajada general.
Como si hubiera adivinado el momento, de entre los invitados apareció Bélgica con una gran tarta blanca en las manos. Alguien apagó las luces y las velas simbólicas, que no representaban realmente la edad de Antonio, brillaron con intensidad, creando luces y sombras en el encantador rostro de la chica.
Comenzaron a cantar y a Antonio se le iluminó la cara sin poder evitarlo. Sabía que su cumpleaños no era exactamente propicio para una gran fiesta ya que era el 12 de febrero. Afuera hacía frío y estaba seguro de que las agendas de sus amigos estarían ocupadas con otros asuntos que atender, pero se sentía completamente agradecido por el entusiasmo que ponían.
Antonio sopló las velas y todos aplaudieron. Las luces volvieron y alguien puso de nuevo la música de fondo.
—¿Qué has pedido? —preguntó Romano mientras Francis comenzaba a cortar la tarta.
—¡Mierda!
—No puede ser… —Holanda murmuró cruzándose de brazos, sabiendo que Antonio no tenía remedio.
—¿No se te olvidó también el año pasado? —bromeó Portugal.
Antonio se rascó la cabeza, recordando. Su hermano tenía razón.
—Bueno, yo ya tengo todo lo que necesito.
—Sí claro, eso es lo que todo el mundo dice para quedar bien —comentó Francis sirviéndole un trozo.
—Dios, esta está más buena que la del año pasado…
—¿No puedes esperarte un poco? —Romano le regañó.
—Soy el cumpleañero, alguna ventaja tendré que tener.
La fiesta continuó durante las siguientes horas de la noche. Entre la comida, la bebida y el baile, los invitados fueron trayendo los regalos. Antonio soltó una exclamación de asombro al ver la cantidad de paquetes que se estaban acumulando encima de la mesa.
—Este año os habéis pasado, definitivamente…. ¿sabéis que no tengo dinero para regalaros lo mismo en vuestro cumpleaños, verdad?
Italia del Norte rio mientras su hermano se llevaba la mano a la cara.
—No te preocupes por eso, Antonio. Lo hacemos porque te queremos —dijo Bélgica con una sonrisa.
—Bueno, ¿puedo empezar?
Francis rio.
—Sí, antes de que te de un ataque.
Antonio sonrió mostrando las dos filas de dientes y se abalanzó por el primero, tratando de averiguar primero qué era.
—Es como ver a un niño… —murmuró Holanda con una pequeña sonrisa.
Los regalos abarcaron una amplia temática. Nadie se había puesto de acuerdo para un regalo en común, así que cada uno entregó algo más personal: Holanda una cachimba alta como ella sola y con varios brazos; Bélgica un álbum de fotos de los últimos años; Portugal un balón de fútbol firmado por su liga; Romano y Veneciano unas vacaciones de dos semanas en Italia; Hungría una cantidad ingente de dulces típicos de su país; Austria dos entradas para la ópera de Viena, una para él y otra para Antonio; Japón un típico yukata; Prusia un CD con canciones cantadas por él que había elegido porque le recordaban a Antonio; y Alemania le perdonó alguna deuda que tenía con la Unión Europea.
—Y ahora, el mío —Francis dejó una gran caja negra y elegante delante de él.
Antonio alzó las cejas, intrigado.
—Parece lencería.
—Más te vale que no, esas cosas las dejáis en privado —refunfuñó Romano mientras los demás reían.
Antonio deshizo el lazo y abrió la caja sin poder evitar que su sonrisa creciera.
—No puede ser… el puto traje de Armani —dio una gran carcajada.
Francis sacó la chaqueta de la caja.
—Blanco impoluto, si veo siquiera una mancha… bueno, no me adelantaré a los acontecimientos.
—Eso, eso, no nos adelantemos —dijo Antonio alzando las manos y levantándose de la silla.
Francis le puso la chaqueta por delante. Hungría silbó.
—Pareces muy refinado —añadió Austria.
—Eso sí, no me hago cargo de las mujeres y hombres que van a estar babeando cuando lo lleves puesto.
—No, no, ya me haré cargo yo.
Los invitados rieron y la fiesta continuó durante un rato más. Era ya entrada la noche y el cansancio se hizo presente en algunos rostros, teniendo en cuenta que al día siguiente había que ir a trabajar.
—Bueno, creo que ya es hora de ir cerrando el chiringuito —aunque Antonio se hubiera quedado más tiempo, no quería poner a los demás en un compromiso.
—¿Ya? Pero no puede ser, Antonio, si la fiesta acaba de empezar… —Romano se arrastraba por la mesa como arrastraba las palabras al hablar. Tenía una botella de vino en la mano y a Antonio le costó la misma vida aguantar la risa.
—Francis trae la cámara por el amor de Dios, necesito una foto de esto… —le dijo entre dientes notando como cada vez le era más difícil aguantarse.
—¿Qué? ¡Bastardo, qué estáis haciendo! Oye, ¿para qué es esa cámara?
Veneciano comenzó a reír al escuchar los improperios de su hermano mientras Francis le sacaba fotos. Poco a poco se fueron levantando todos para coger sus abrigos y abandonar el calorcito de la habitación por la noche de febrero, pero alguien llamó a la puerta.
Todos miraron a Antonio, sin saber muy bien quién sería a aquellas horas. Antonio sacudió la cabeza.
—¿Adelante?
La puerta se abrió.
—Arthur —murmuró sin querer.
Austria miró su reloj.
—La fiesta era hace cinco horas.
Todos rieron y comenzaron a saludarle. Tenía la nariz, las mejillas y las orejas rojas por el frío y el pelo un poco despeinado por el viento.
—Madre mía, es que es un desastre —comentó Francis en su oreja.
Antonio sonrió, sintiendo que su corazón empezaba a correr.
—¿Qué hace ese aquí? —preguntó Romano malhumorado.
Francis le chistó poniéndose un dedo sobre los labios.
—Antonio —se acercó a la mesa y le miró. Se le notaba un poco inseguro —Felicidades —extendió la mano entregándole un paquete cubierto de papel de regalo rojo.
—Gracias —Antonio lo tomó y fue consciente de la retahíla de pensamientos que desfilaban a toda velocidad por su cabeza. Había pasado alrededor de un año, pero… no había ido a su anterior cumpleaños, ¿por qué a este sí? Alzó la cabeza y le miró, sintiendo que los nervios se apoderaban de él.
—Vamos, ábrelo —Arthur sonrió y entonces supo que fuera lo que fuera sería algo bueno. Arthur no sonreía de aquella manera por cualquier cosa.
Fue el único regalo con el que abrió el papel adecuadamente, aunque lo hubiera hecho de manera inconsciente. Dejó el envoltorio a un lado y tomó aire disimuladamente, posando los dedos en la tapa de la caja. Vale. Que sea lo que Dios quiera. Levantó la tapa y se quedó quieto, rodeado por el repentino silencio de la sala. Tardó unos segundos en reconocerlo, pero lo tomó en su mano y lo recordó todo.
Tenía ganas de levantarse, gritar, saltar, decirle lo idiota que era, lo mucho que había esperado, lo cursi que había sido y cómo le quería. En lugar de eso se mordió el labio, sacudiendo levemente la cabeza y se obligó a mirarle.
—Gracias, Arthur. Lo acepto.
Los ojos verdes de Arthur se iluminaron.
—¿Lo aceptas?
Antonio asintió efusivamente.
—¿Lo aceptas tú?
—¿Pero de qué estáis hablando? —el habitual rostro inexpresivo de Holanda parecía confuso.
Bélgica le chistó enfadada.
—Esto es claramente…
—…una confesión —zanjó Hungría con una sonrisa.
—¡¿Qué?! —Francis apoyó las manos en la mesa con los ojos como platos, mirando a uno y a otro.
—¿Pero cuándo ha pasado esto? —Alemania le susurró a su hermano.
—Por favor, Ludwig, estaba delante de nuestros ojos.
—No mientas que tú también te acabas de enterar.
Ante la sorpresa de todo el mundo, Arthur tomó la mano de Antonio, que se levantó.
—Acepto —le atrajo hacia él y le besó.
La sala se convirtió en el patio de un colegio y todos se alzaron en vítores y risas. Era el comienzo de algo que nunca pensaron que verían en sus vidas, pero parecía que iba a salir muy bien.
