XXII

Tobías caminaba por los oscuros pasillos, ya había pasado la hora de queda y el chico aún no estaba dentro de su sala común, esperaba no encontrarse con la estúpida gata de Flich o tendría serios problemas.

El por qué se le hizo tan tarde era simple, se había escondido en un aula experimentar con pociones. No le gustaba la ayuda de nadie y mucho menos que se metieran con su trabajo. Pudo haberse ido al salón de pociones pero eso significaría se atrapado por el imbécil de su padre y eso es lo que menos quería. Su abuelo le había conseguido un laboratorio portátil y era perfecto, con un simple toque y la pequeña valija se abría dejando ver los implementos para realizar sus creaciones.

Su madre no había estado de acuerdo, pero al final el chico la convenció, prometiendo usarla solo cuando fuera necesario… de acuerdo estaba rompiendo su promesa pero tenía tantas ansias de hacer algún descubrimiento que su promesa salió volando por la ventana.

De no haber sido porque escucho ruidos en el pasillo, nunca se hubiera dado cuenta de la hora que era. Había podido guardar todo a tiempo. Con la poción sin nombre embotellada y aferrada a su puño. Salió corriendo alejándose lo más que podía de las mazmorras y poco a poco se dirigió a su torre.

Todavía le faltaba un buen tramo, y tenía que ser muy sigiloso, sabía que Snape tenía rondas esa noche, y para nada del mundo dejaría que le descubriera a esas horas.

Estaba por doblar una esquina cuando escucho lo que más temía, la estúpida gata maulló al otro lado del pasillo, corrió regresando sobre sus pasos, y se metió al primer aula que encontró abierto. Cerró la puerta con su peso y escucho a Flich acercarse.

-Tranquila señora Norris, ya atraparemos a ese granuja y lo colgaremos de los pulgares-Tobías trago en seco, imaginando la escena.

Cuando alfan dejo de escuchar ruidos afuera dejo escapar el aire que sus pulmones habían retenido. Su corazón se empezó a normalizar y se dejó caer en el frio suelo. La luz de la luna ilumino la habitación, haciendo de esta un camino a un objeto que era cubierto por una enorme manta gris. Se acercó con cuidado y dejo al descubierto el objeto.

Era un espejo simplemente hermoso, con el marco dorado y dos soportes, parecía tener mucho detalle bien trabajado, era tan alto que casi rozaba el techo. Alcanzo a ver una inscripción grabada, la pócima la coloco delicadamente en el suelo y saco de su bolsillo una pequeña libreta, la abrió y procedió a copiar el escrito. Luego la volteo para que el reflejo diera el resultado, y lo siguiente que leyó lo dejo levemente sorprendido "Esto no es tu cara, sino de tu corazón el deseo"

Dentro del espejo noto un movimiento asuntado al chico y al levantar el rostro sus ojos se agrandaron. La imagen era en si simple, su madre a un lado de él, sonriéndole y acariciando su cabello. Se giró solo para asegurar que su madre no se encontraba en la misma habitación.

Poso su vista nuevamente al espejo y luego vislumbro al hombre cuya similitud era imposible no ver. Severus Snape le miraba con orgullo, y una sonrisa en su rostro. Vio como el reflejo de su padre le colocaba una mano en el hombro, y alcanzo a ver un anillo en su dedo, luego miro el reflejo de su madre y ella igual poseía un anillo, señal de que ambos adultos estaban casados.

Sintió un extraño hormigueo en su estómago.

Si, ese era su más grande deseo, ver a sus padres juntos. Ser una verdadera familia. Que su padre estuviera orgulloso de él…. Pero la cruel realidad es que su padre lo odiaba, tanto así que no deseaba que su propio hijo, sangre de su sangre estuviera en el mismo colegio donde él trabajaba.

Se acercó más al espejo, tocando el frio vidrio, deseando poder adentrarse a ese mundo y sentir un verdadero abrazo de su padre, el cual, en su reflejo el adulto se arrodillo y abrazaba a su yo reflejado.

Lagrimas empezaron a caer de sus ojos, no entendía porque su padre lo detestaba tanto. La furia nuevamente se asomó en sus ojos…

No.

Severus Jodidamente Snape se podía ir al puto drenaje. No lo necesitaba. Tenía a su abuelo, a su madre, tenía a Lucius, a su tía Annette y a su abuela postiza Conchita. No necesitaba más.

No necesitaba la aceptación de ese hombre, estaba orgulloso por sí mismo de ser un Ravenclaw y no un presuntuoso Slytherin, feliz de que nadie en la escuela-salvo lo más cercanos- supiera de quien era hijo.

No. Él era Tobías Bonachera Prince, Heredero a la casa Prince, futuro cabeza de familia. Haría que su apellido resplandeciera, que todo el mundo conociera quien era él y que nunca lo compararan con el idiota de Snape.

El Severus del espejo le miro con tristeza pero con comprensión, y se alejó hasta desaparecer de su vista. Aurora seguía sonriéndole a su hijo, así siempre había sido. Solo su madre y él contra las adversidades.

No necesitaba más.

¿Verdad?

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Lucius se levantó más temprano de lo normal, al menos eso pensaba Magnus ya que el apenas se levanta para irse a bañar cuando noto la cama vacía del rubio. La mochila ya no estaba, así que asumía que el rubio ya estaba esperándolos en la sala común o comedor.

Cuando ya todos estuvieron listos, los niños se dirigieron al gran comedor, Lucius ya les esperaba ahí, aunque parecía más estar moviendo la comida de su palto que realmente comerla. Dan noto las ojeras del bi-color pero decidió hablar de algún otro tema.

Silenciosamente el rubio le agradeció, ya que no quería contestar ninguna pregunta. Tobías comida lo más rápido posible mientras escuchaba la charla de las chicas. No comprendía del todo el tema pero asentía con la cabeza, ganándose una mirada divertida por parte de Padma.

Hermione, Neville y Harry y se acomodaron en la mesa nada más llegar, el comedor seguía algo vacío así que no tenían ningún molesto compañero de casa mirándoles o diciéndoles cosas.

El pequeño rubio dirigió una mirada a la mesa de las serpientes, al otro extremo otro niño rubio comía de forma mecánica, parecía aturdido e igual con ojeras debajo de sus ojos.

Draco Lucius Malfoy sintiéndose observado levanto la mirada para toparse con la de Mercuri. Ambos sentían que el tiempo se detenía para luego mirarse con odio y apartar las miradas bruscamente.