Moonlight

Aquella noche ninguno durmió, pero el insomnio les pegó de manera muy diferente.

Kei dio vueltas una y otra vez sobre la cama, aventó las cobijas y luego las volvió a subir. No podía creer que un mal educado le hubiera quitado el sueño de esa manera, e incluso peor, que no pudiera sacárselo de la mente. Y su aroma... la piel se le erizaba de solo recordarlo.

Para cuando salió el sol, sus labios estaban rojos y a punto de sangrar por la fuerza con la que los había mordido todo ese tiempo. Se sentía acalorado y sabía que era su último día con la mente más o menos clara antes de que sus hormonas lo hicieran desaparecer del ojo público por al menos cinco días.

Mientras más pronto comenzará su día, más temprano podría retirarse, así que se levantó y estiró, sintiendo el familiar cosquilleo recorrer su piel. Comenzó a cambiarse incluso antes de que su ayudante de recámara entrara a la hora acostumbrada.

Cuando Yachi llegó no pudo más que disculparse una y otra vez por no haberle ayudado desde el principio, y Kei no intentó silenciarla porque sabía que era en vano decirle que no había problema. La chica estaba demasiado comprometida con su trabajo y él apreciaba aquello. Cuando las disculpas cesaron, su típica conversación matutina comenzó, aunque no de la forma en que el rubio hubiera querido.

— Su cuello está rojo su majestad...— murmuró la rubia en voz baja, sabiendo lo que eso significaba.

Kei frunció el ceño y puso una mano sobre la piel que Yachi alcanzaba a ver, intentando ocultarla.

—El blanco me hace ver pálido ¿no has dicho eso antes? Busca ropa blanca para que no se note tanto, hoy tengo que recibir al duque de Fukurodani y al segundo príncipe de Nekoma. No necesito restregarles en la cara que yo... que soy... — Kei casi tiene veintiún años, pero aún le cuesta decirlo en voz alta tras todos los problemas que eso le ha causado.

—Un omega. — terminó la dulce muchacha con compresión. Ella mejor que nadie sabía lo capaz que era su rey más allá de su condición, así que le respetaba casi como a un ser divino. — El duque Bokuto y el príncipe Kuroo llegaron ayer juntos, cerca de las 10 de la noche. Debido a la hora y que usted pidió descansar, uno de sus caballeros les ayudó a instalarse y avisó a su hermano.

—Sí, me enteré que están aquí.

La voz de Kei fue filosa, contaba también con un tinte amargo porque las ojeras que podía ver bajo sus ojos eran gracias a la repentina llegada de uno de ellos.

Yachi abrió los ojos sorprendida y nuevamente comenzó a disculparse.

— ¡Per-perdone que lo hayan molestado ayer su majestad! Se dieron órdenes es estrictas... y t-tan noche...

Kei tomó su mano, sabiendo que esa era una forma eficiente para dejarla sin palabras, y que así guardara silencio para que él pudiera hablar sin tener que mandarla a callar.

— No es culpa de nadie. Dejémoslo así.

Yachi asintió, su rostro seguía rojo pero volvía a sonreír un poco.

—Lo ideal sería que los reciba antes del desayuno para que puedan compartir la comida con usted— le sugirió, además debido a que el rey había estado indispuesto el día anterior, ella sabía que se había preparado su comida favorita para los 3 menús del día y la hora del té.

— ¿Los viste? Me refiero a cuando llegaron.

Yachi asintió y sonrió, la imagen de esos dos muchachos riendo y bromeando entre ellos con genuina camaradería era muy linda. Sabía que ninguno era para ella, pero con suerte uno de los dos un día sería su rey y podría servirle con el mismo fervor que a Tsukishima.

—Son muy guapos, y muy diferentes el uno del otro. Pero parecen llevarse muy bien. Aunque Atsumu también es muy guapo. — añadió apresurada, pues aún no sabía que Tsukishima ya lo había descartado por completo.

—Ayúdame con esto— Kei no comentó más al respecto, y Yachi comenzó a atar los lazos de satén que iban sobre la camisa del rubio.

Se veía etéreo. Aún si el blanco le hacía lucir más pálido, el sonrojo en sus mejillas debido a su próximo celo, solo le otorgaba una imagen como salida de un cuento de hadas. Alto, rubio y con un cuerpo delgado, de piel lechosa y suave, como el terciopelo. Había rumores en todos lados de que, aún sin sus hormonas de omega, Tsukishima Kei podría conquistar al rey o príncipe que se propusiese. Una suerte que el rubio jamás se hubiera interesado en ello o ya tendría uno o dos reinos bajo sus pies.

...•••...

Kuroo no se sorprendió cuando uno de los sirvientes que trajo con él desde el reino de su padre le avisó que se fuera alistando, que el rey Tsukishima ya se había levantado y los estaría recibiendo antes del desayuno.

Mientras él se cambiaba Bokuto llegó a su habitación no mucho después, engalanado en uno de sus mejores trajes de día. El azul y dorado le daban un aire de caballero ideal, y sus ojos brillaban gracias a los mismos colores. Se veía muy guapo, Kuroo tenía que admitirlo.

— ¡Hey, bro! ¡No te enamores de mí!— le dijo en broma, sentándose sobre la cama con confianza mientras esperaba a que Kuroo terminara de alistarse con ayuda de sus sirvientes.

A diferencia de Bokuto, toda la ropa que Kuroo usaría ese día era negra, vestía de manera elegante y todo era confeccionado con una tela que solo la realeza se podría permitir, pero de un sencillo negro al fin y al cabo. Sin embargo, verlo te quitaba el aliento. Toda su imagen decía peligro y misterio, "aléjate que romperé tu corazón" o "tal vez ni siquiera te mire".

—Eso quisieras bro. Pero mis pensamientos ya tienen dueño.

— ¿Oya? ¿Cuándo pasó eso?

Tetsuro le dio una sonrisa que podía significar muchas cosas y se levantó con todo el porte de un príncipe. Su ayudante ni siquiera intentó peinarlo, no había tiempo para intentar controlar su cabello si quería llegar a desayunar. Su padre seguramente le reprobaría por aparecer así ante un rey, pero a Kuroo no podía importarle menos, solo era cabello.

Además, el rubio ya lo había visto así, y para ser justos él también ya había visto al lindo omega con el cabello despeinado, aunque no en las condiciones que le hubiera gustado imaginar.

—Tienes esa mirada en los ojos bro. ¡Y no me has contestado!

—Ayer conocí a alguien, me interrumpió mientras tocaba el piano de madrugada. —las pupilas se le dilataron de solo recordar su olor, pero las manos le cosquillearon gracias al deseo de acariciarlo con suavidad. Era contraproducente, pero su instinto le decía que todo con ese rubio lo era.

Bokuto estaba a punto de contestar, ya había tomado aire para gritar emocionado, pero la puerta abriéndose le interrumpió de golpe y el búho tosió.

—Su majestad los espera. — anuncio un mensajero, y sin esperar respuesta se retiró.

Bokuto y Kuroo no tuvieron más opción que seguirlo, después de todo él era quien debía llevarlos a uno de los tres salones de audiencia que había en el palacio. Mejor llegar con él que perderse como Kuroo más o menos había hecho la noche anterior.

Una vez que llegaron nadie los anunció al entrar, lo cual fue extraño considerando que el protocolo en la corte solía ser estricto. Sin embargo, una vez dentro del lujoso salón del trono notaron que fue porque no había nadie a quien ser anunciados. El trono estaba vacío, aunque luego se dieron cuenta de que la única persona ahí era un chico de cabello negro y complexión delgada que miraba por la ventana, él no se volteo a verlos cuando llegaron.

Kuroo en seguida supo que era un beta con genes muy lindos, pues era realmente atractivo. Bokuto por otro lado sintió como su mundo daba una vuelta de 180 grados, y sin pensarlo se acercó a él. Nunca nadie le había gustado después de darle solo una mirada, ni siquiera la más guapa de las señoritas en Fukurodani; pero este muchacho que ahora lo miraba era precioso. Difícilmente podía alejar su mirada de él, y si tenía que batirse a duelo con Kuroo por su corazón, que así fuera.

—Su majestad— le confundió, y haciendo alarde de todos su modales se inclinó ante él y tomo su mano para besarla, sonriéndole a un muy sorprendido pelinegro— Había escuchado que su cabello era tan rubio como los rayos del sol, pero el cambio de color le queda hermoso, y yo diría que hasta mejor.

Una suave risa interrumpió el despliegue de sus encantos, y aunque le confundió un poco, ese dulce sonido solo hizo que le gustara aún más.

—Temo que el Duque de Fukurodani se ha confundido. — Explicó esa belleza, su voz era suave y fluida, con un pequeño acento que delataba sus raíces del norte— su majestad Tsukishima llegará en un momento. Mi nombre es Akaashi Keiji, y solo soy uno de los acompañantes del rey.

La estrepita risa de Kuroo fue lo siguiente en escucharse, resonando en las paredes del salón que hicieron un suave eco por lo vacío que estaba. Bokuto se sonrojó y Akaashi sonrió con comprensión. No era la primera vez que el rubio le hacía esa broma a alguien, lo sorprendente era que solo uno de ellos hubiera caído.

No alcanzó a explicarles lo que pasaba, ni a disculparse en nombre de su majestad. En ese momento las puertas volvieron a abrirse y poco a poco el salón se fue llenando de la corte que habitaba en ese palacio. Todos tenían cara de tener hambre, así que seguro el protocolo sería rápido y sin mucha ceremonia; además solo había un asunto que atender esa mañana. Entraron caballeros, nobles y varios artistas que habían viajado ahí por la temporada de cerezos. Todos platicaba en voz baja entre ellos, hasta que un mensajero diferente al que fue por Bokuto y Kuroo aclaró su garganta para llamar la atención de los presentes y anunciar la entrada del monarca.

Tsukishima entró con una expresión aburrida plasmada en el rostro, y fue fácil adivinar que su humor no era el mejor. Aun así fue amable como se le había enseñado y saludó a la audiencia con una inclinación de cabeza. Atsumu le besó cundo este pasaba a su lado antes de dejarlo seguir avanzando, pero nadie se sorprendió, era algo que venía haciendo desde que llegó al reino.

'Lame bolas' pensó Kuroo divertido, sobre todo el ver que la expresión del rubio no cambiaba ni un poco.

Con serenidad Kei se sentó en el trono vacío que esperaba por él, listo para escuchar las noticias matutinas antes de proceder con el desayuno. Tenía hambre, pero no estaba muy seguro de si quería algo, o a alguien. Tragó en seco e intentó aguantar la respiración, podía sentir el aroma de Kuroo rodearle suavemente, incluso sobre las feromonas que Atsumu llevaba soltando por días en el palacio.

—Su majestad Tsukishima— habló Akaashi en seguida. Bokuto seguía junto a él y la cara de confusión no se le quitaba, así que el pelinegro intentó ayudarle con la situación— ante usted se encuentra el duque de Fukurodani Bokuto Kotaro, y el segundo príncipe de Nekoma Kuroo Tetsuro— les presentó, y los aludidos dieron un paso conforme Akaashi los nombró.

Hubo una profunda reverencia por parte de Bokuto, a quien se le hacía realmente difícil quitar la vista de Akaashi, y otra tan pequeña como la de la noche anterior por parte de Kuroo. En seguida la sala comenzó a murmurar por la falta de modales de príncipe de Nekoma.

— El duque Bokuto me decía sobre cómo su cabello podría ser comparado con...

Pero Kei no lo escuchaba. Había evitado mirarlo desde que entró, y finalmente se había dignado a poner los ojos en Kuroo, aunque ahora no podía alejar la mirada. El de Nekoma lo notó y le dio una sonrisa torcida en respuesta. Sus ojos se atraían como imanes, dorado y caoba fundiéndose en una mezcla imposible e intensa.

— Bienvenidos. — murmuró Tsukishima una vez que recordó debía dar una respuesta. — Es un placer recibirlos, siéntase cómodos en esta corte —el rubio pudo ver a su hermano asentir contento entre los nobles ahí presentes, satisfecho con que no se hubiera quedado callado y estoico— esperemos encuentren su visita agradable.

Después no pudo hablar más, la mirada que le dio el de Nekoma le recordó como un balde de agua fría para qué estaban ellos dos ahí. Maldición.

—Pasemos al desayuno.

...•••...

Bokuto lo intentó, en serio que sí. Recordaba el deber que su padre le había puedo sobre los hombros, la obligación de crear alianzas por medio del matrimonio y fortalecer la soberanía de su nación. Habló con Tsukishima, a quien tenía del lado izquierdo en la silla principal del comedor, le contó de su país y pregunto por el del rubio. Le hizo vagos cumplidos y asintió a las escuetas respuestas que tuvo. Incluso liberó un poco de sus hormonas, aunque estas fueron rápidamente sobrepasadas por las que Kuroo emitió en respuesta.

Lo intentó, pero no tanto como debió haberlo hecho. Akaashi estaba sentado del lado derecho de Bokuto, en su lugar de costumbre, y además de las silenciosas miradas que Tsukishima y él se daban de vez en cuando, todo de él terminaba acaparando a Bokuto.

Por otro lado, justo frente a ellos, Kuroo y Atsumu se sentaban del lado derecho del omega. La habitación olía a ellos y el rubio no sabía cuál aroma lo mareaba más. Aún si el desayuno era su favorito, no pudo más que probar unos cuantos bocados; era tan delicioso y estaba ya tan afectado que cada cucharada casi le hacía gemir de lo rico que estaba.

Atsumu fue quien llevó la conversación, si es que a eso se le podía llamar así. Kuroo se mofaba cada tanto, y Kei emitía monosílabos para no reírse de los inteligentes comentarios mordaces que el de Nekoma hacía. Realmente no quería darle el gusto, aún si notaba como ambos estaban pendientes del otro.

Su corazón latía acelerado y le molestaba, sobre todo porque en la mirada de Kuroo podía notar que él sabía lo que le provocaba. Se encontró a si mismo pensando que quería quitarle esa expresión de la cara, ya fuera con un comentario, un golpe o… hasta un beso.

Relamió sus labios sin darse cuenta, pero al notar lo que había pasado por su mente rápidamente se levantó de la mesa y salió de ahí.

...•••...

Los jardines del palacio eran uno de los orgullos de Akiteru, quien se había encargado de mantenerlos majestuosos aun cuando el parlamento recortó el presupuesto para ello. Hasta su hermano, quien nunca alababa la belleza de nada que no fuera útil, a veces admitía lo agradable que era pasear por ahí. Tanto así que ahora, cuando se enojaba o necesitaba estar a solas, salía a perderse entre los arboles de cerezo y sus sombras.

Pequeños pétalos rosados comenzaban a caer, y enojado como estaba, Kei recordó un burdo poema en el que comparaban el color de la flor con sus mejillas sonrojadas. Justo como las tenía ahora. Apretó un pétalo entre sus manos y respiró para calmarse; realmente lo último que necesitaba ahora mismo era autosabotearse.

Los minutos pasaron y él comenzaba a sentirse mejor. Tal vez podría retomar la compostura y presentarse una vez más, hacerles ver que nada había pasado a la hora del desayuno, y retirarse con toda su dignidad por el periodo que duraría su celo. Solo necesitaba no mirar a Kuroo; con Atsumu podía lidiar, pero no entendía qué demonios tenía el jodido Kuroo Tetsuro para acabar con su control aún si solo habían cruzado unas cuantas palabras entre ellos.

Era guapo, sí. Tenía un aroma increíble que le nublaba la mente, ¿y? en el mundo habría también otros alfas con feromonas así de fuertes. Bueno, también había demostrado ser listo con unas cuantas frases, pero Kei no debía ser lo suficientemente estúpido (e ingenuo) para dejarse encandilar por aquello; y su talento en la música…

— ¿Por qué no logro sacarte de mi cabeza?— se preguntó en voz alta.

Se sentía tan patético, y estaba tan centrado en ello que aún no había notado dos cosas: una, que posiblemente había encontrado aquello a lo que no quería renunciar al casarse y ser un rey. Y dos, que por accidente uno de sus invitados que paseaba cerca había escuchado su comentario, guiado por su voz y dando así con su paradero.

Kuroo se quedó sin aliento al verlo. Kei estaba recargado contra el tronco de un árbol aun en ese traje blanco que le daba un aura imposible, pequeños pétalos caían alrededor y pensó que ni todas las canciones escritas en su honor (sobre todo las de piano que comenzaban a nacer en su mente) le harían justicia.

— ¿Te refieres a mí? — preguntó coqueto, o al menos eso intentó porque tropezó al comenzar a acercarse y cualquier atisbo de galantería se perdió por la forma graciosa en que casi cayó.

— ¿Quién eres tú? — fue la tranquila respuesta de Kei. Ojala hubiera hecho la pregunta con seriedad, pero el corazón se le acelero en cuanto escuchó su voz.

—Oh vamos, Tsukki.

— ¿Desde cuándo me llamas con tanta familiaridad? — había una falsa indignación en su voz.

Kuroo volvió a sonreír, pues en cambio él había notado como el rubio finalmente daba un paso hacia donde estaba. Era difícil contenerse y no saltarle encima, las feromonas del omega solo eran más fuertes que la noche anterior y las manos le cosquilleaban en su deseo de tocarlo. Sin embargo, había algo más, algo que hacia su pecho hincharse ante el deseo de protegerlo, incluso de sí mismo y sus instintos de alfa. Todo en él le llamaba, ¿Qué clase de hechizo era ese?

—Desde que me miraste como yo lo hice contigo.

—No sé de qué hablas. Solo nos hemos visto dos veces.

—Suficientes para saber que quiero verte el resto de mi vida. — se atrevió a decir, y ya que estaba sin filtro para sus palabras, continuó— personas como nosotros no tenemos el privilegio de enamorarnos, pero creo que podemos ser la excepción.

Tsukishima intentó burlarse, pero ningún comentario sarcástico salió de sus labios; de hecho su rostro traidor sonrió ligeramente por lo que escuchó. logró negar con la cabeza, incrédulo por el hecho de sentir esas palabras como algo verdadero. Era ridículo todo aquello.
Kuroo aprovechó y terminó con la distancia entre ellos, quería apegarse a él como solo dos amantes harían, pero aceptando que el rubio realmente le gustaba se quedó a una distancia prudente para no asustarlo. Aun así estaba lo suficientemente cerca para que el aroma de ambos comenzara a mezclarse.

—Que cursi. Te vas a morder la lengua.

—Me gustaría más que me la mordieras tú.

Kei le miró alarmado, jamás en su vida había recibido un comentario así. Debería indignarse ¿verdad? ¿Entonces porque realmente estaba tentado a hacerlo? Tomó aire para contestar, pero se dio cuenta de que eso era lo último que debió haber hecho. La esencia de Kuroo le caló hasta los huesos y de pronto su cuerpo se sintió como gelatina.

—Si…— fue su vaga respuesta mientras terminaba con el espacio entre ambos, sus cuerpos juntos quemaban de una manera deliciosa. Tsukishima supo, al menos como omega, que a quien quería era a Kuroo.

Este le miraba con la mirada oscurecida, juntando todo el autocontrol que era posible mientas le abrazaba con suavidad. Tuvo que reír un poco, jamás imaginó que la cercanía entre ambos terminaría por acelerar el celo del rubio. Lo que veía frente a él era hermoso, y aunque quería perder el control como Tsukishima lo estaba haciendo, se recodó a si mismo que era un caballero y que ni su futuro esposo ni él mismo podrían perdonar que se atreviera a tomar ventaja.

—Desde que te vi supe que pondrías a prueba todo lo que soy, pero jamás me imagine que tan pronto— murmuró para sí mismo mientras tomaba a Kei de la cintura y lo hacía caminar como si fueran en un paseo y él le estuviera escoltando.

Ya antes había escuchado varios de los feos rumores sobre el menor, y no era su deseo ayudar a crear más. Kei se presionaba contra él cada vez con más descaro, y sus feromonas…

Kuroo apretó los puños y continuó caminando y haciéndolo caminar aun si su instinto le gritaba que lo tomara en brazos estilo princesa y corriera a una habitación. Tuvo que comenzar a rezar en su cabeza, porque cada vez estaba menos seguro de poder lograrlo.

Cuando por fin entraron al palacio el primero en verlos fue el hermano de Tsukishima, quien esperaba a que Kei se calmara y volviera antes de la comida. Sin embargo, se puso pálido al notar la mirada de Kei y corrió hacia ellos. Tetsuro pudo ver como su mirada se iba al cuello del monarca en busca de alguna marca, y al menos ahí pudo sonreír con inocencia y cansancio. Se había portado bien.

—Akiteru, es él…— murmuró Kei mientras intentaba volver con el de Nekoma ahora que era llevado hacia su habitación y todo el protocolo por su celo comenzaba. — Ven… dile que venga. Kuroo ven. Tetsuro.

El murmullo de Tsukishima era suave, y Kuroo casi cayó ante el llamado del que sería su omega. Además, fue un buen detalle que el rubio omitiera ordenárselo como el rey que era.

Kuroo fue quien se aproximó, ignorando la forma en que Akiteru se acercó. También sabía que los guardias no tardarían en llegar, así que fue rápido.

—Llámame así la próxima vez que me veas, Moonshine— pidió con voz grave antes de tomarle el rostro entre sus manos y besar con suavidad sus labios. Ambos sintieron una corriente eléctrica recórreles todo el cuerpo, y un pesado vacío cuando Kuroo se alejó con un gruñido que demostraba cuanto le había costado dejarlo ir.

Kei quiso seguirlo, pero Akiteru lo detuvo y finalmente fue llevado a la seguridad de su habitación.

Esa fue la primera vez que Tsukishima le puso rostro a las fantasías que tuvo durante su celo, y Tetsuro fue el nombre que llamó cada vez que llegó al orgasmo.