H.O.P.E
(Hold On, Pain Ends)
...•••...
¿Algunas vez has pensado en el mejor día de tu vida?
Kuroo ya ni siquiera puede recordar lo que es la felicidad.
A veces piensa que lo hace, cuando la ve, una ilusión tan hermosa y perfecta que casi cree que es real, y es que si tan sólo dejara de doler por un segundo cuando cree que están juntos, fácilmente podría confundir todo el dolor de los últimos meses con una pesadilla que ya duró demasiado.
Sin embargo, ya lleva tiempo en una noche oscura y sin fin de la que no puede escapar, y curiosamente, aunque vive en una pesadilla interminable, dormir suele ser su última escapatoria, si es que logra hacerlo.
«Estoy muriendo, Kuroo»
«Lo superaremos Tsukki, te juro que lo haremos»
Y es que fue faltando a una promesa que Kuroo comprendió por primera vez como el mundo no giraba alrededor del amor, y que la vida te quita lo que más amas sin dudarlo ni un segundo. Así es como Kei fue arrebatado de sus manos, y así es como comenzó su camino al oscuro hoyo de dolor y desesperación en el que ahora estaba metido.
...•••...
Hablar de su historia de amor ya ni siquiera es relevante. Como todas las grandes parejas sobre las que se escriben canciones, lo de ellos fue legendario, y por primera vez en siglos, diferente.
Seguro ya han escuchado la divertida historia de esa chica rubia que tiró un vaso con agua al rostro de un gato enamorado. Del baile en honor al rey donde ambos se conocieron. De la música que se compuso en honor a ambos gracias a que juntos atraían la mirada de todos; tan diferentes pero tan similares al mismo tiempo.
Altos, rubia y pelinegro. Cuerpos delgados, humor ácido y un gusto por los dulces que siempre era acompañado con un amargo café negro. Sí, su historia puede ser escuchada en miles de versiones, con varios comienzos, varias rupturas y siempre un felices para siempre.
Nada más falso que la realidad.
Nada más falso que el catastrófico final con el que Kuroo seguía lidiando meses después. Agonizante en vida, con heridas invisibles que solo unos elegantes y delicados dedos podrían curar. Unos dedos que estaban fríos la última vez que los tocó, escalofriantemente tiesos e inmóviles.
Pero la historia no termina ahí, y eso es lo peor de todo.
...•••...
¿Crees en la magia?
Una pregunta prohibida si se tiene en cuenta la cantidad de hechos inexplicables que el pueblo ha estado sufriendo los últimos meses. Es obra de Dios, dicen los creyentes. Del demonio, murmuran los que temen.
Pero Kuroo sabe, es el amor y nada más que eso.
Le dijeron, le advirtieron que no lo hiciera, que tentar a aquellos que contaban con el poder de revivir a los muertos estaba prohibido, que las consecuencias eran catastróficas, que no debía meterse en asuntos que no podría controlar. ¿Pero puedes culparlo por no escuchar? Cuando se ama, cuando tu vida tiene sentido gracias a una persona que ya no está, haces hasta lo imposible por volverlo a ver, es lo mínimo a intentar.
Sin embargo las cosas no fueron como él esperó. No pudo volver a sentir su calidez, no pudo volver a rozar esos suaves labios sabor a fresa, ni estrechar entre sus brazos el esbelto cuerpo de largas piernas que alguna vez fue tan suyo como el suyo de ella. No había nada que le confirmara que ella estaba ahí otra vez, que era real, que seguía siendo esa seria chica con sonrisa desdeñosa de la que había caído enamorado hace apenas dos años en un baile de luna azul(1) en celebración al cumpleaños del rey. Y es que, realmente, ella no estaba ahí.
Pero nos estamos adelantando.
...•••...
—¡No puedo dejar que continúe así, Akaashi! ¡Sólo míralo! Está muerto en vida... no duerme, no come, no ha salido de aquí desde...
—No lo digas, Bokuto-san —Keiji lo silenció al poner un dedo sobre sus labios. Tetsurō había hecho una mueca de dolor incluso antes de que las palabras que confirmaban la muerte de Kei fueran formuladas—. Kuroo, sabemos que nos estás escuchando. Por favor, sólo queremos ayudar... si hay algo que podamos hacer...
—¡Lo hay!
Eso finalmente llamó la atención de ambos, uno lo miró entre curioso y preocupado, y el otro esperanzado. Una chispa de sentimientos en sus ojos por primera vez en semanas.
Bokuto sonrió con una felicidad que no le llegó a los ojos, creyendo ver un atisbo de la persona que Kuroo era antes en ese simple gesto. Ya dudaba de su propia idea, pero si eso era lo que su amigo necesitaba para volver a vivir, entonces haría hasta lo imposible por lograrlo. Akaashi lo entendió segundos después, abriendo los ojos alarmado. Ya habían discutido esa opción antes y habían decidido dejarlo en un rotundo no.
—Hay una pócima...
—¡Magia negra, Bokuto! Ya hablamos de esto, no es seguro y ni siquiera sabemos si funcionará, además...
—Déjalo que hable, Akaashi... por favor —las palabras sonaron rotas, apenas entendibles.
Kuroo vagamente se preguntó cuánto tiempo llevaba sin hablar, pero eso ahora no importaba, por primera vez volvía a sentir que sus latidos en ese mundo no eran un desperdicio.
Akaashi sólo suspiró y asintió, comenzando a preparar un poco de té, mientras Bokuto hablaba tan rápido como podía, explicándole la única opción poco conocida que había logrado averiguar para que volviera a verla aunque sea una última vez.
¿Y qué hay de la magia negra? ¿Crees en ella?
Porque deberías.
...•••...
«¡Por favor princesa, dime qué puedo hacer para disminuir el dolor!»
«Una promesa, es lo único que quiero de ti, Tetsurō, sólo una última promesa.»
La idea de Bokuto era descabellada, estúpida incluso. Inexistente.
Pero de pronto, fue lo único a lo que Kuroo pudo aferrarse para seguir respirando. Como un náufrago que encontró una boya flotando en el mar. Además del respiro que suponía a sus pulmones, también estaba la esperanza de que la costa estaba cerca... de que ella estaba cerca.
Akashi estaba preocupado. El plan ya no era algo que sólo provocara la obsesión de Kuroo, sino también la de Bokuto. Desesperado como estaba por recuperar a su amigo, el búho estaba feliz de pasar tiempo con él aun si esas horas eran gastadas en provocar una violación a la naturaleza, en lograr la ira de aquellos seres a quienes habían aprendido a temer desde que eran unos niños.
—No pueden revivir a los muertos —le decía al mayor de todos ellos entre bajos susurros, acompañando la desalentadora frase con caricias y amor, intentando recordarle a Bokuto que él seguía ahí, que estaban juntos, y que debían buscar otra forma de ayudar a Kuroo. Una más sana, una que no fuera a destrozarlo aún más. O al menos, una que tuviera probabilidades de funcionar.
Pero Kuroo más o menos había vuelto a ser el mismo de antes, o al menos eso era lo que Bokuto se forzaba a creer.
Volvía a hablar, a comer. Volvía a salir con él, a ver a la luz del sol y pasar horas en la noche observando la luna. Aún le faltaba dormir y volver a reír, llenar el ambiente con esas bromas provocadoras y hablar de lo perfecta que era ella. Pero con haber recuperado al menos un poco a su amigo, Bokuto era feliz.
Y si Bokuto era feliz, entonces Akaashi también encontraba en sí mismo la capacidad de intentar serlo por él y seguir adelante. Así que a veces rezaba. Por favor, que funcione. Al menos una vez y puedan despedirse como nunca lo hicieron, pero que funcione. Amén.
«Lo que quieras Kei, sabes que sólo tienes que pedirlo y lo tendrás.»
«No me seguirás. Y cállate, déjame terminar de hablar. No hasta que sea tu momento. En esta vida o en la otra, en el limbo, el cielo o el infierno. No me seguirás antes de tiempo; porque escúchame bien gato tonto, eso no te lo perdonaría jamás.»
Y no funcionó.
Al menos no como estaba planeado, y eso fue lo peor de todo.
...•••...
—Dice que sólo necesitamos una última cosa para que esté listo. Mañana es luna nueva, cuando la oscuridad es total se debe poner el último ingrediente.
Kuroo asintió, dispuesto a entregar hasta su alma si era necesario sólo para volver a verla.
—Lo que sea Bokuto, ¿qué se necesita?
Kōtarō mordió su labio inferior con fuerza, casi hasta hacerlo sangrar. Le había preguntado a su contacto si podía ser cualquier otra cosa menos esa, y éste le había dicho que sólo "eso" era lo único que la haría funcionar. Lo único con un vínculo lo suficientemente fuerte para volverlos a unir.
—Se necesita una pertenencia, algo que hubiera sido de Tsukki, y a lo que le hubiera tenido un fuerte apego emocional.
Kuroo sintió como su corazón se volvía a hacer trizas ante esas palabras, y se preguntó cuántas veces tendría que soportar esa asfixiante sensación mientras seguía viviendo día a día con las ganas de romper una última promesa. El estar tan cerca de poder volver a verla para que la ilusión le fuera arrancada con una simple oración fue como si alguien volviera a sumergir su cabeza en el agua. Sus ojos se humedecieron al instante, mientras las familiares y desesperantes ganas de vomitar se instalaban una vez más en su estómago.
—Su hermano se lo llevó todo cuando ella murió —susurró con una emoción que no había mostrado en mucho tiempo, la más pura ira que Bokuto haya visto jamás—. Dejaron de reconocerla como hija cuando aceptó casarse conmigo, el hijo del duque que compró las tierras que eran de su familia desde haces siglos. Pero en cuanto murió vinieron por sus cosas y me dejaron sin nada Kou... ni siquiera su libro favorito.
Kuroo se sentó, recargando los codos en sus rodillas y llevando la palma de sus manos hasta sus ojos para limpiar las saladas lágrimas que comenzaban a salir. Ya ni siquiera podía contar las veces que había llorado en ese tiempo, pero no importaba, sus lágrimas jamás serían suficientes para hacerle justicia al dolor de perder a la maravillosa persona que había sido Tsukishima Kei, condesa menor de una pequeña familia que aunque la amaba, había querido casarla con el rey Ushijima.
—No bro ... lo que quiero decir...—Bokuto no supo cómo continuar. Se acercó a darle suaves y empáticas palmadas en los hombros mientras se decía a sí mismo que si Kuroo estaba así de roto, entonces no le haría más daño perder lo único que le quedaba de ella—, el anillo. Se necesita el anillo.
Kuroo se quedó quieto al instante, el dolor en su pecho siendo momentáneamente reemplazado por la sensación del frío metal de oro blanco quemándole la piel. Lentamente llevó una mano a la cadena de plata que rodeaba su cuello, acariciando los eslabones con cariño y delicadeza, como en su momento había acariciado la pálida piel de su princesa.
Tragó en seco, sacando la fina pieza de joyería de entre su ropa. La piedra preciosa que el anillo tenía brilló al instante, aun si la iluminación del cuarto dejaba mucho que desear.
Era un anillo de compromiso precioso. Mandado a hacer única y exclusivamente para ella. Tal vez no tan caro como el que Ushijima había presentado en su momento, pero si algo que sólo él y el rey podrían pagar. Sin embargo, Kuroo entendía que no era el valor monetario lo que ese brujo, hechicero o lo que fuera con quien estaba pactando quería, sino el apego emocional que existía ante una pieza tan pequeña y exquisita.
Kuroo aún podía recordar cómo la brillante pieza de metal se veía alrededor del dedo anular de la hermosa rubia que había estado a punto de ser su esposa. Como hacía brillar la tersa y suave piel de su mano.
Y estuvo a punto de negarse. De renunciar a todo y atesorar el resto de su insignificante vida un pedazo de metal precioso, pero ¿qué sentido tenía?
Sin ella, sin su sonrisa insolente, sin sus comentarios desdeñosos y sin esa sonrisa de superioridad que nadie podía refutarle porque todos sabían que sí, que ella era más lista, seguir un día más pretendiendo que vivía mientras se aferraba a un anillo, a lo último que le quedaba como recuerdo, no tenía sentido.
Apretó los ojos, consciente de la patética imagen que daba; las lágrimas empapaban su mejilla, su cuerpo temblaba sin control mientras apenas y era capaz de mantenerse erguido sobre la silla. Casi quiso sonreír al usar esa palabra para describirse a sí mismo, y fue entonces que lo decidió. Daría lo que fuera por volver a escuchar a Tsukishima Kei, su prometida, decirle lo patético que era gracias a su falta de habilidad para controlar sus emociones.
—Tómalo Bokuto... —susurró mientras arrancaba la fina cadena de alrededor de su cuello—. Pero por favor... tráela de regreso.
«Eres patético Kuroo. Ya métete de una vez en la cabeza que hasta el último de mis días te amaré gato tonto.»
«¿Incluso si dejo de ser así de atractivo?»
«Ya lo hago.»
«¡Hey!»
...•••...
No se puede revivir a los muertos. No lo intentes, no lo pienses, ni siquiera creas que es posible. Un cuerpo humano es frágil. Muere con facilidad, se deshace de la misma forma.
Si lo intentas, si eres lo suficientemente iluso para apostar por ello, prepárate para las consecuencias. Porque cuando menos te lo esperes, eres tú quien puede morir.
...•••...
Dos días después Bokuto volvió. Una botella de cristal entre sus dedos, temblando. Pero una sonrisa triunfal en sus labios. Akaashi lo seguía detrás, agitado y desconfiado. Desde que habían recibido esa botella con lo que fuera que había en su interior, sentía que alguien los perseguía.
Kuroo por otro lado, la tomó entre sus manos, admirando el bonito color del líquido en su interior. Nunca había visto algo igual.
Una sonrisa en sus labios por primera vez desde que ella se fue, y aunque el dolor en su pecho no se iba, finalmente sintió el fantasma de esos delicados dedos comenzar a sanarlo.
—Quiero hacer esto solo —les dijo con toda la paciencia que pudo reunir. Apenas capaz de contenerse para no empujarlos fuera de la puerta y finalmente darle un trago a ése líquido.
Akaashi asintió, decidiendo que no iba a ser parte de aquello por más tiempo. Le hizo un gesto de despedida y tomó a Bokuto del brazo para sacarlo de ahí a pesar de sus suplicas por quedarse y apoyarlo en eso.
Kuroo les agradeció con una mirada antes de cerrar la puerta y atrancarla de todas las formas posibles.
«Kei, te extraño.»
...•••...
Dicen que la forma más triste y dolorosa de morir es simplemente vivir cada uno de tus días sin una razón.
Kuroo finalmente entendió el significado de esa frase.
Kei no volvió a sus brazos como hubiera deseado, no revivió de entre los muertos como llevaba días soñando, ni corrió a él para besarlo.
Simplemente se quedó ahí, parado frente a él. Luego desapareció.
El cuerpo de Kuroo se quedó desmayado por horas antes de lograr entenderlo en sueños. Se recuperó de los días que llevaba sin dormir sin poder evitarlo.
La cantidad del líquido que bebía era proporcional al tiempo que lo vería. Y aunque quería beberlo todo de golpe, lo cual seguramente le daría toda una noche, no iba a terminarse aquella poción tan pronto.
De pronto tenía un nuevo objetivo, algo que lo movía una vez más.
...•••...
«No.»
«Kuroo, deja de ser tan patético y ponte a vivir.»
«Me hiciste una promesa, Tetsurō.»
«Sé el maldito caballero del que me enamoré y preocúpate por tu gente y la vida que les das como duque de sus tierras.»
«Tetsurō... por favor, sigue adelante.»
«Te amo, y siempre te amaré.»
...•••...
Así pasaron tres largos meses. Meses en los que atesoró una botella de vidrio como si fuera el secreto más grande del mundo. En los que aprendió a vivir y a moverse solamente por la motivación de llegar con nuevos logros y hazañas en su historial para hablar con ella, todo en un vano intento de convencerla para que lo dejara olvidar la promesa que le hizo un día antes de encontrarla sin vida en la habitación que le pertenecía dentro de su mansión.
Y ahora ahí estaba, con una larga noche por delante, la que con suerte sería la última de su vida.
Tsukishima no había cedido en lo absoluto, pero esta vez tenía que hacerlo. Lo que quedaba de poción en la botella sólo le daría una hora... la última hora que podría volver a verla antes de ir a reunirse con ella como iguales.
Por primera vez en meses se sentía emocionado, confiado de que finalmente ella cedería.
Sin dudarlo más bebió el líquido que quedaba, cayendo dormido al instante mientras la agraviada figura de Kei se aparecía frente a él.
Segundos después abrió los ojos, casi sonriendo con esa sonrisa que sabía que molestaba a la rubia, como un gato a punto de hacer una travesura.
Tsukishima sólo caminó hacia él, admirando la botella vacía en el suelo antes de suspirar.
Acomodó los rubios mechones de su cabello detrás de su oreja, sentándose sobre el mullido colchón antes de volver su vista a Kuroo, dándole una mirada compasiva que el otro sólo había visto en ella una vez con anterioridad, cuando aún estaba viva.
—Finalmente se terminó, ¿verdad?
—¿Estaremos juntos para siempre, Kei?
—Siempre estaré contigo, y siempre esperaré por ti.
A Kuroo se le secó la boca ante tales palabras. No...
—Por favor princesa... no hagas esto.
Tsukishima sólo suspiró, llevando una mano hacia la mejilla del mayor para acariciarla aunque éste no pudo sentir sus dedos. Una silenciosa lágrima cayó, y eso fue algo que finalmente pudo tocar. Ella era una simple memoria que volvía una y otra vez gracias a la magia prohibida, pero sentía y recordaba, como si aún estuviera ahí. Y en el fondo deseaba aún estarlo.
Fue entonces que Kuroo lo notó.
—Llevas el anillo...
—Gracias por regresármelo.
—Me alegra que lo tengas, te pertenece... así como yo te pertenezco.
Kei se permitió sonreír, más complaciente que de costumbre al ser esta la última vez. El corazón de Kuroo volvió a latir sólo por un momento.
—No intentes hacerte el gato abandonado, no te va a funcionar.
Kuroo suspiró y se quedó en silencio por unos segundos, sin saber qué decir. Aquello era frustrante... si de verdad iba a ser la última vez, debía aprovechar cada maldito segundo, y en cambio ahí estaba, mirándola embelesado como la primera vez.
—"Muerte que has sorbido la miel de sus labios, no tienes poder sobre su belleza".
—Deja de citar a Shakespeare, puedes ser aún más cursi que ese escritor barato.
—Se está haciendo muy famoso en Londres... me hubiera encantado llevarte.
—Ve, y cuando nos volvamos a ver, ya me dirás que yo tenía razón.
—¿Será mucho tiempo?
—Espero que sí Tetsurō... espero que sí.
—¿Entonces este es el adiós definitivo? —Tsukishima asintió, y Kuroo sólo pudo apretar los labios para no sollozar por milésima vez. Ahora ya había escuchado un "patético", suficientes veces para toda su vida, aunque no cambiaría ninguno por nada del mundo—. No me dejes Tsukki... por favor.
Kei le dio una sonrisa triste, y Kuroo se odió por haberla hecho esbozar ese gesto.
—Me diste mucha felicidad Kuroo. Conocí en ti a un hombre... excepcional, y fui feliz manteniéndote para mí; guardando tus mejores sonrisas, tus mejores facetas y demás cosas que te hacen el caballero del que me enamoré. Pero es hora...
—...de finalmente decir adiós —completó el otro.
Ambos se miraron por unos segundos, memorizando el rostro ajeno por última vez antes de separarse de forma indefinida.
—Por favor vive... por mí, por ti. No quiero volver a verte de la manera en que llegaste a mí esa primera noche... tan destrozado. Tan...
—Patético. Sigo destrozado, Tsukki...
—Sólo espera —le pidió la rubia, extendiendo su mano hacia la de él, pero sin llegar a tocarlo con un gesto que obviamente no sentiría—. El dolor desaparecerá.
—¿Me amas?
—Siempre.
—También te amo Kei... mi princesa malhumorada.
Ella hizo un mohín antes de suspirar, alegre de ver un atisbo del Kuroo que conoció y una fantasmal lágrima se deslizó por su mejilla, delatando lo mucho que ese adiós también le afectaba.
—Si tú lloras, yo lloraré.
—Ya estás llorando gato tonto.
Tsukishima sonrió, y Kuroo asintió satisfecho. Era un bálsamo para su destrozado corazón el saber que aún podía hacerla sonreír, aun si eso incluía un "gato tonto" como respuesta.
—Si me acuesto aquí —señaló el colchón con una mano—, ¿te acostarías conmigo y sólo nos olvidaríamos del mundo?
—Suena como uno de los mejores planes que has tenido —asintió Kei, acostándose sobre el colchón, un poco afligida porque las sábanas no hicieron ningún sonido bajo su peso, uno inexistente claramente.
Y el resto de la hora pasó así, disfrutándose el uno al otro, sin arrepentimiento, sólo con todo el amor que tenían para darse de forma mutua, antes de que Tsukishima, entre lágrimas y una cálida sonrisa que dejó a Kuroo aún más enamorado, dijera un último adiós antes de desaparecer para siempre.
—Te amo... —susurró Tetsurō al aire antes de cerrar los ojos y caer dormido, soñando con la sonrisa desdeñosa más hermosa que podía existir.
...•••...
Pero no, esto no termina aquí.
Durante toda la historia te advertí que no debes jugar con magia negra, ni las desiciones del destino.
Y es por eso que estamos aquí, en el funeral de Kuroo Tetsurō, mejor conocido como el gato soltero del norte, que dos años después de la muerte de su prometida, finalmente descansa en paz a su lado.
Acompañado de sus mejores amigos Bokuto y Akaashi, quienes le fueron fieles hasta el final, y no revelaron ni una sola palabra de los actos prohibidos que hizo el duque para reencontrarse con su amada Kei.
Pero que de igual manera fueron ejecutados por encubrirlo ante Dios y el rey.
Así que ya lo sabes.
La verdadera historia del amor sobre el que se escribieron canciones y poemas, que fue tan diferente y hablado por lo efímero que fue... y porque honestamente... ¿qué condesa rechaza al rey por un duque?
Agallas era lo que la señorita Kei tenía.
Y, esperemos, vivieron felices para siempre. En esta vida o en la que sigue... almas así están destinadas a estar juntas.
...•••...
(1) Se denomina luna azul (traducción del inglés blue moon) a la segunda luna llena ocurrida durante un mismo mes del calendario gregoriano (el usado habitualmente en Occidente), lo que sucede aproximadamente (en promedio) cada 2,5 años.
