Creer en la brujería
Disclaimer: todo pertenece a George R. r. Martin, excepto Barbara.
Esta historia participa en la segunda ronda de La primera edición del certamen de los originales.
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Barbara está pensando en volver. Está a punto de parir y se siente pesada, agotada y malhumorada. No deja de pensar en las comodidades del castillo, en la vida que podría ofrecerle al bebé allí.
Al principio solo es un pensamiento juguetón, pero según pasan los días cada vez le da más vueltas. Una parte de ella no desea volver. No quiere tragarse su orgullo y pedirle a su padre que la acoja. No quiere darle el gusto de decirle que no, o peor, de decirle que sí y restregárselo toda la vida. Sin embargo, otra parte de ella está asustada. No es solo que eche de menos el lujo, es que va a tener un bebé y no sabe qué hacer. Quiere los consejos de su madre. Los necesita. La necesita a ella. Las mujeres del pueblo le dan consejos, pero no es lo mismo, aunque los agradece, claro.
Lo que más le preocupa es su bebé. Por una parte siente que le está negando una vida más lujosa de la que tendrá en Piedrasviejas. Por otro lado tiene miedo de entregarlo a una vida de bastardo con lo que eso puede significar, más teniendo en cuenta cómo es su padre.
Unos gritos provenientes de fuera de la posada la sacan de su ensimismamiento. Son cinco chiquillos que al grito de "bruja" van persiguiendo a una enana con la piel y el pelo blanquísimos.
Barbara observa con horror que los niños no solo la persiguen, sino que además le están tirando piedras. Inmediatamente les grita para que paren. Los conoce desde que llegó al pueblo. Son una pandilla de granujas, pero normalmente un par de gritos bastan para espantarlos y esta vez no es la excepción. Se van corriendo y Barbara se acerca a la mujer.
–¿Estás bien? –pregunta.
–Sí, no te preocupes. Estoy acostumbrada. Luego, cuando me necesitan, todos acuden a mí, pero cuando no necesitan nada me temen y me insultan; y por supuesto si vienen a mí lo ocultarán por siempre. La gente oculta muchas cosas. Claro que tú eso lo sabes mejor que nadie.
Barbara decide ignorar eso último. Tiene que volver a la posada, que ha dejado desatendida, así que se despide. Está a punto de darse la vuelta cuando la oye:
–Te libraste de las riendas. No volverás a ellas.
No sabe qué contestar. Nunca ha creído en brujerías. Ni siquiera está segura de creer en los dioses. Vuelve a la posada y se olvida de la mujer, aunque lo dicho por ella resulta ser cierto. Al final Barbara no vuelve a Seto de Piedra.
En lugar de eso se queda en Piedrasviejas y tiene a su hija. Jenny. Las mujeres del pueblo la ayudan y la idea de volver con sus padres se le va por completo de la cabeza, así como la extraña mujer que profetizó que no se iría.
No obstante, la mujer vuelve. Esta vez entra en la posada sonriente. Jenny está en la puerta tarareando una canción. A su hija le encanta la música.
–He oído su canción –saluda.
–Sí, es la canción de los siete –responde Barbara.
–No es esa canción. Ella no la cantará. La compondrá un niño nacido del fuego y de la muerte.
A Barbara no le gusta esa conversación. Algo en la mujer le da escalofríos. A Jenny, por su parte, parece agradarle.
La mujer habla un rato con la niña y luego se marcha tras haber pagado su bebida. Barbara desea no verla más. Hay algo en ella que no le gusta. Mas hay un tercer encuentro.
Esta vez Barbara no está en la posada. Está muy enferma. Jenny está con una vecina cuando la mujer entra. Barbara no quiere verla, pero no tiene fuerzas para pedirle que se vaya.
–Te mueres.
–No hace falta ser bruja para saberlo.
–Sabía que no volverías. Siempre que te veía eras libre.
–¿Me has visto mucho?
–Sí, a ti y a la niña. He visto su corona y he oído su canción. He visto las libélulas y los dragones. Tú no tuviste un dragón, pero ella sí.
Barbara sonríe. Es un pensamiento agradable imaginarse a su hija con una corona y un príncipe dragón.
–Yo estaré con ella.
–¿Será bruja?
–No será bruja ni reina y a la vez las dos cosas será.
–¿Será feliz?
–Sí.
Barbara sigue sin creer en la magia, pero en eso último se permite creer. Muere minutos después con una sonrisa en los labios. Al menos su Jenny será feliz.
