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Por el delito de querer
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Shoyo.
¿Qué cuándo comenzó a gustarme Kageyama?
Esa es una muy buena pregunta.
¿Cuándo comenzó a ti a gustarte la pizza?
No lo recuerdas.
Solo sabes que insistías en ir todos los fines de semana a ese local del centro. Ese donde las hacían con una masa deliciosa y con orillas crujientes. Te gustó tanto que repetiste hasta comerte tres porciones más. Pero luego siempre estaba tu madre al pendiente diciendo que te ibas a empanzar y que debías ser mas moderado. Que ibas a retorcerte en la noche sintiendo como el estómago procesaba toda esa salsa de tomate y te obligaba ir al baño incontables veces.
Pero cuando llegara de nuevo el domingo, ahí ibas a estar de nuevo.
Esperando con ojos brillosos que asentaran la bandeja de metal, con la pizza encima, en medio de la mesa, calientita y humosa. Y no te iba a importar que te miraran todo grasiento y con salsa de tomate en las mejillas regordetas o incluso en el cabello. No te iba a importar porque tú eras feliz comiendo –haciendo- lo que te gustaba. Amando esa comida. Que si bien existían muchas más que te gustaban, esa era tu favorita.
Comparar a la pizza con Kageyama no es la mejor analogía para usar pero es la analogía que me gusta porque él y yo somos unos simplones que no pensamos mucho las cosas a profundidad.
Por eso, quizá, es que nos entendemos bastante bien.
Y por eso, quizá, él me gusta tanto.
Kageyama es como la masa de la pizza y yo el tomate. Lo que viene después son todas nuestras cualidades o ingredientes, unas mejores en sabor y consistencia que otras. Como una rodaja de cebolla mal asada o un champiñón en conserva demasiado amargo. Si algo no nos gusta, lo quitamos.
Si algo no nos gusta, intentamos que funcione. Intentamos mejorar.
Intentamos que la pizza no pierda su sabor.
Intentamos.
Intentamos.
Cuando decidí irme a Brasil intenté que Tobio fuera un poco más caprichoso en cuanto al rumbo que tomaría nuestra relación de papel una vez que nos alejásemos.
—¿No me vas a extrañar? —pregunté muchísimas veces y Tobio nunca me daba una respuesta en concreto. En su lugar siempre se concentraba en besar mis ojos. Besar mi barbilla, besar mi nariz. Demasiadas fueron las veces en las que esa pregunta se quedó sin respuesta y ahora entiendo por qué.
—Si digo que voy a extrañarte vas a empezar a sentirte mal por mí, y no quiero eso. Tú eres quien va a brillar allá afuera, Shoyo.
—¿Y qué hay de ti?
Algo como encerrarnos en la bodega del gimnasio es algo que creí que nadie nunca notaría.
O quizá porque en verdad nos hacíamos a la idea de eso.
La interacción entre Kageyama y yo no cambió mucho cuando nos hicimos novios. Es decir, era común que la gente nos viera pegados como chicles además de que las riñas solo cesaron un poco pero cuando nadie nos veía, o cuando nos ofrecíamos a hacer la limpieza y cerrar el gimnasio y la sala de vóley, nos metíamos ahí a hacer absolutamente nada. A platicar de idioteces o en ocasiones, como esta, a tener profundos momentos reflexivos sobre nuestro futuro juntos una vez que el primero desplegara sus alas a cielos un poco más soleados.
O a veces solo bastaba con mirarnos. Perdernos en nuestro propio mundo y en nuestras propias voces, sin oír las de los demás.
Así era nuestro mundo a puertas cerradas.
Así era nuestro mundo de los sueños.
—¿Kageyama?
Esos sonidos vacíos son memorias interminables y a la vez demasiados chantajistas.
No hay ningún momento en el que su mente no esté llena de él ni de cada uno de los recuerdos que compartieron juntos.
Incluso ahora, cuando el partido ha terminado y el marcador les ha da la victoria siente como si no estuviera del todo conectado a la cancha.
Hay demasiado ruido, demasiados focos, demasiadas cosas en las que concentrarse pero no puede evitar lucir un poco apesadumbrado. No quiere acaparar tanto la atención como en ocasiones pasadas en parte porque Miya-san no ha parado de decir que de vez en cuando él debe ser el centro del maldito mundo y porque a Shoyo aún le cuesta –solo un poquito- decir una oración completa y coordinada sin que suene como un trabalenguas.
—Es insoportable ¿no? —Shoyo, quien estuviera atento a las caras graciosas de Bokuto en tanto la periodista no deja de alabar su increíble habilidad a cerca de sus poderosos rectos, pega un saltito cuando Sakusa Kiyoomi se aproxima a él como intentando consentir una conversación con él.
Shoyo quiere llorar de felicidad. No se lo ha dicho a nadie pero uno de sus más caprichosos sueños –además de conseguir el maldito combo de los caparazones azules en el Mario Kart cada que juego Multijugador con Tobio para así destrozarlo y hacerlo enfadar- es ser cercano al novato de las muñecas torcidas.
Muchos se inclinarían más por Miya Atsumu, por Ushijima o por alguna de ese grupo de raritos con habilidades monstruosas y acaparantes pero no él.
Que Sakusa Kiyoomi te hable es similar a que el Papa te bendiga, y no está exagerando.
—¿Sakusa-san? —apenas dice Shoyo, sintiéndose hasta orgulloso de no balbucear como tonto.
Que sí, ya lleva un poco más de un mes conviviendo con los BJ pero de todos sus demás compañeros, es el novato prometedor de los chacales con quien más le ha costado entablar una conversación seria.
O más bien una conversación que dure más de diez segundos.
—A ese idiota me refiero —Shoyo se distrae un poco, siguiendo la mirada de Sakusa hasta donde está Miya parloteando como una cotorra mientras sonríe y su ego se eleva por las nubes seguramente porque quien está dándole la entrevista no ha reparado, ni ha sopesado las consecuencias, ni un poco en estar alabando sus habilidades como si Miya fuese la imagen de la modestia.
A Shoyo le da un poco de envidia verlo tan desenvuelto. No puede evitar que el pensamiento que tiene de Oikawa, sobre ser alguien que se contonearía hasta por el mínimo elogio también, atraviese su mente.
Piensa que si él y Miya un día coincidieran podría suceder dos tipos de escenarios: O se aman al instante o definitivamente harían todo lo posible por aplastar al otro porque dos divas en el mismo planeta, o al menos en el mismo radio, es algo inaceptable.
—Supongo que es su sello personal —Shoyo se encoge de hombros sintiéndose pequeñito de pronto a lado de él. No es como que Sakusa le intimide como lo hace Ushijima cada vez que lo tiene cerca, es más bien la emoción de tenerlo cerca lo que lo hace rascarse la mejilla y ser un poco menos efusivo para ir a su ritmo.
Algo así como si Nicolás Romero viene y te da un abrazo.
El día que eso suceda va a darle un colapso.
—No sabía que ser insoportable fuera algo de lo que alardear—Shoyo ríe bajito sosteniendo su termo mientras entre los dos cuchichean cerca de donde Bokuto y Miya están siendo entrevistados.
A unos metros más alejados de ellos está también el entrenador, el capitán y Oliver siendo un poco más modestos respondiendo un par de preguntas en una entrevista más colectiva. Nada escandalosos como lo están siendo sus compañeros que parece que nunca se van a callar.
—¿Uh, Tomas-san no está aceptando entrevistas? —Sakusa deja de prestar demasiada atención a Miya y a ese molestoso coqueteo que tiene con la periodista y dirige sus ojos a su derecha, ahí donde Adriah se muestra un poco más serio y modesto rechazando a las personas del medio que quieren acercarse a él con, debe decir, muchísima insistencia.
Incluso más que con Miya y Bokuto. Entrecierra un poco los ojos como si comprendiera algo que los demás no.
A Shoyo ese gesto no se le pasa por alto pero no hace el intento por preguntar.
—Está en todo su derecho a rechazarlas —responde Sakusa, alisándose un poco mejor la sudadera que le cae apenas por los hombros por la forma en la que la trae puesta.
—¿Eso significa que estoy en todo mi derecho también de entrar ahí y arrastrar a ese par de idiotas por las orejas? —cuando Inunaki se une a la conversación Shoyo ya se está imaginando el posible desenlace y le causa demasiada gracia que incluso está haciéndole gestos, aún sin saber la respuesta de Sakusa, para que lo haga de todos modos.
—Te doy un gel antibacterial y dos cubre bocas si vas y lo haces —ofrece Sakusa, resoluto.
—Hecho.
Shoyo es el primero en partirse de la risa pero también el primero en apartarse un poco del alboroto cuando la vibración de su teléfono le aturde aunque no tanto como lo hace el nombre que hay en la pantalla.
Sakusa, aun su lado antes de verlo alejarse, desvía sin querer la mirada hacia él pero Hinata habla más rápido encubriendo su propia mentira con una mala estabilidad en sus palabras. Sin embargo Sakura no dice nada, solo lo sigue con la mirada hasta verlo perderse por los pasillos hacia los vestidores.
—No llamaste —es lo primero que recibe Hinata de parte de Kageyama a través del altavoz.
Algo así como un reclamo haciendo énfasis en lo que supone el armador es más importante pues tiene debajo de los ojos un par de bolsas negras de las que Hoshiumi-san se estaría burlando apenas lo viera. Por supuesto no quiere que suene así ni tampoco quiere hacerle sentir a Shoyo su enfado sobre por qué no le marcó apenas llegó a Tokio pero es que ha dado más vueltas a la cama que lo poco que ha podido dormir tras la llamada con Miya.
No quiere agobiarlo pero es que parece que se esfuerza porque así parezca pues apenas Shoyo le ha contestado aquello es lo único que ha salido de su boca, de lo cual se arrepiente luego de unos segundos porque ahora de la boca de Shoyo no sale absolutamente nada.
—¿Por qué, Kageyama? —el armador siente el pecho desecho de pronto. No es una voz rota lo que lo recibe como si fuera una bofetada, es una voz más bien decepcionada, y eso lo hace sentir peor—. ¿Por qué le dijiste a Atsumu-san que tú y yo estamos saliendo?
Ahora es "Atsumu", piensa Kageyama.
Atsumu y no Miya.
Tanto como ahora él es Kageyama y no Tobio.
No sabe qué responder porque él tiene tan claro la imprudencia de haber hecho eso de lo que Shoyo le acusa ahora como también tiene claro que no se lamenta ni un poco de habérselo dicho a Miya pero es que antes de pensar en eso debió pensar en su reacción. En la de Shoyo.
Debió pensar en la luz de sus ojos, un poco más opaca de lo normal, viajando a través del silencio del vestíbulo del departamento y de esa sensación pesarosa luego de pedirle, explícitamente, que no dijera a nadie sobre su relación. La conversación, sin embargo, no llegó a más. No porque Tobio no quisiera tenerla sino porque Hinata prefirió atrapar sus labios de una forma desesperada, como si necesitara llevarse un poco de su aliento durante las horas de viaje a Tokio para soportar cualquier cosa que pudiese abrumarlo.
O quizá sí, quizá Shoyo está llegando ya a un nivel en el que ya no solo está logrando ser el señuelo perfecto en la cancha sino también en su día a día, teniendo demasiada influencia en él.
Pensar en eso, sin embargo, es juzgarlo demasiado.
Pensar que está dominando cualquier camino y está dirigiéndolo a tomar decisiones que no quiere está mal. Pensar en eso también es absurdo porque lo que ha dicho, lo que Shoyo le reclama ahora, está seguro que se salió de la jurisdicción de él mismo.
—Kageyama.
—¿Vas a romper conmigo? —a Shoyo se le mueren las palabras en la garganta. No hay un tono particularmente desecho o triste en la pregunta de Tobio, algo así como un indicio de la voz rota debido a una posibilidad tenebrosa.
No quiere pensar que lo subestima.
No quiere pensar que está preguntando eso debido a que siente que lo conoce.
No quiere pensar que está diciendo eso por lo sucedido en Brasil, cuando fue tan infantil como para romper con él la primera vez, luego de no saber como afrontar una crisis nerviosa.
—¿Qué?
—Hiciste lo mismo esa vez, Shoyo. Lo mismo hace tiempo en Brasil—Hinata pasa saliva con fuerza angustiándose un poco de su propia reacción.
Está tan serio como se escucha que está también Kageyama pero ninguno de los dos puede juzgar el semblante del otro. No pueden juzgar con solo oír la respiración descompensada de uno ni la pesadez que emana del otro así como no se puede juzgar a una persona alegre y siempre sonriente de encerrarse en su mundo apenas siente la seguridad de sus privadas cuatro paredes, pesando que es débil ante la vida.
Que es una forma cobarde de huir de sus responsabilidades.
La vida no tendría que ser una responsabilidad en primer lugar.
Tendría que ser vida. Vida para ser vivida y nada más.
Algo como la tristeza, las dudas y la angustia siempre están disfrazadas.
Y puede que Shoyo está haciendo un esfuerzo ahora por mostrarse entero luego de terminar su conversación con él pero los ojos no mienten.
—¿Hinata? —cuando Inunaki se acerca al asiento que comparte con él en el camión Sakusa, quien oportunamente viene detrás de él, le toca el hombro, mandándolo a sentar a otro lado, dejando que el asiento a lado de la pequeña calabacita quede vacío.
Shoyo no se permitiría llorar frente a nadie más porque no quiere ser una carga para nadie.
Suficientes esperanzas y recursos ha puesto la gente que creyó en él al mandarlo a Brasil como para que ahora llore por algo que no tiene nada que ver con su desempeño. Que sí, una cosa no tiene que ver con la otra pero es algo más bien como que no quiere hablar con nadie ahora y aunque no sabe -pues no se ha dado cuenta hasta que arranca el camión- por qué nadie se ha sentado en el lugar libre a su lado, lo prefiere así.
Incluso cuando luego de las dos primeras lágrimas sabe que ya es imposible detener el llanto, lo hace de la manera más silenciosa posible encajando la vista en la ventana durante todo el viaje de regreso al hotel.
No sabe qué le duele más.
Si que Tobio no se lamente ni un poco de lo que hizo o de él sentir que tiene razón.
—Sueles hacer eso cuando estás molesto.
—Ya no soy un niño.
—Ni yo tampoco. No para jugar a las escondidas.
A las escondidas, dice.
Hinata se seca la última lágrima antes de descender del autobús sintiéndose un poco des coordinado con su cuerpo. Como si no se sintiera él de pronto. Eso es lo que sucede casi siempre que discute con Tobio, y casi siempre es por la misma cosa. Aunque desconoce si Tobio se percata si quiera del motivo.
Shoyo nunca se lo ha dicho explícitamente pero él tampoco lo tiene claro del todo.
En el pasado, donde sus versiones más jóvenes estuviesen afrontando una discusión cualquiera, Shoyo sería el primero en detenerse. No es que no tuviera el coraje para seguir afrontando las cosas que vienen junto a eso que llaman amarse intensamente, sino que no sabe por qué o en qué momento comenzó a percatarse de las miradas de la gente y a preocuparse de ellas.
Todo se intensificó cuando llegó a Brasil.
La cultura es la culpable, nunca el amor. Algo así dijo el Gran Rey durante su compañía.
¿Qué sabía él que Shoyo estuviese pasando por alto?
Era mayor, desde luego, pero parecía que poseía un tipo de madurez de la que él aún no podía gozar. Ni él ni Kageyama.
Cuando se armó de valor para contarle sobre él y Tobio, la habitación estaba dando vueltas y Oikawa Tooru estaba encima de él con el rostro mas rojo de lo normal. Ahí, en la misma cama en la que semanas después haría, por primera vez, el amor con el aún joven armador de los Adlers.
—¿Él te dijo? ¿Miya-san te dijo de lo que hablamos?
—¿Eso importa?
La conversación con Tobio se repite cada tanto, alineando cada una de sus emociones negativas en formación para que Shoyo pueda elegir con cual sentirse peor una vez llega a su habitación, alcanza la cama y se tira sobre ella, abrazando una almohada fría que no huele a él. Que no huele a ese shampoo que es una mezcla de menta y azafrán pero que aun así abraza, para luego hundirse en ella, pensando que sí.
Alternadamente piensa en él y piensa en el Gran Rey, y en lo mucho que se parecen pero también lo mucho en lo que difieren.
¿Y cuando él le dijo sobre Tooru?
¿No se suponía que se tenían la suficiente confianza como para decirse cualquier cosa que les molestara?
Pero Kageyama, desde siempre, ha sido un impulsivo.
No le queda duda que algo como eso no ha cambiado ni con los años pues aunque fue Miya quien le confesó haber tenido una pequeña discusión con Kageyama mientras él dormía en el asiento del copiloto del auto, la verdad es que Shoyo no tenía la necesidad de creerle incluso si hubiese inventado algo más.
Él había escuchado todo.
Y puede que Miya lo supiera también.
Aun así Miya es de ese tipo de gente que no se muerde la lengua cuando dice las cosas.
Algo así como el Gran Rey repitiendo en Brasil su nombre, autodenominándose Kageyama, pensando que el estado de ebriedad haría lo suyo, lo haría confundirlo y lo haría prácticamente ceder ante él.
¿Qué tendría de malo de todos modos?
Días antes había roto con Tobio, y él ni siquiera le había clavado el visto adecuadamente.
Él era libre.
Ser bueno en algo significaba ser libre.
Y él era bueno mintiéndole a Tobio cada que él preguntaba si se sentía bien estando tan lejos de Japón así como desde siempre mintió a cerca de que nunca se sintió inferior por ser bajito y no nacer con eso con lo que nacen los prodigios.
—"No soy un genio"
Cuando eso se volvió una realidad aplastante lo entendió.
Y cuando Oikawa Tooru le contó un poco sobre su vida también lo entendió a él.
Y también entendió un poco mejor porque Kageyama le admiraba tanto pues el joven armador de Karasuno nunca fue alguien tan alzado como el resto de gente hacía creer.
La gente siempre tiende a hablar de lo que uno logra pero nunca de lo que uno ha pasado. Y Hinata, que siempre quiso sobresalir de entre las filas de la gente seleccionada por el destino para no aspirar a nada, se sintió conmovido y a la vez se sintió conectado con alguien quien no creyó había pasado por algo similar a él.
—Tú me ves tranquilo, chibi, pero no sabes por lo que he pasado.
Esa fuerza, esa habilidad, esa capacidad de ejecutar jugadas tan increíbles no se consiguen solo porque sí.
Para llegar así hay que sacrificar mucho.
Y no le quedó ninguna duda que tanto él como Tooru perdieron más de lo que hoy rebosa de sus manos. Aún así Oikawa se ve, significativamente, mucho mejor que él pues el miedo y la inseguridad que hoy atormenta a Shoyo no provienen de sus capacidades actuales dentro de la cancha.
Más bien provienen una vez que pone un pie fuera de ella.
Aún así significó mucho poder contarle sobre las noches solitarias y los llantos perdidos en esas cuatro paredes. Significó mucho poder escucharlo a él decir que nada de lo que hoy goza ha sido regalado. Significó mucho encontrar a alguien parecido a él en ese sentido. En el sentido en el que las personas como ellos tienen que esforzarse diez veces más que las personas que nacen como Tobio.
—Soy Kageyama.
—No. No lo es.
Sin embargo que su esfuerzo y el de Kageyama sean distintos no lo hace capaz de pensar de un modo egoísta. Porque así como él y Tooru lidiaron con sus propias tormentas, Tobio también lo hizo.
Él estuvo ahí en medio de muchas. Él estuvo ahí sosteniéndolo para que no cayera. Él estuvo ahí cuando la tempestad azotó su ventana y ésta quiso tragarse a Tobio para no regresárselo nunca más.
Él estuvo ahí prometiéndole un lugar al cual regresar incluso si Shoyo no tenía nada de lo que valerse aún.
Y Kageyama le había aceptado aún así.
Incompleto.
Tan incompleto como lo estuvo él.
Tan incompleto como es sentirse ahora oliendo una almohada que no huele a él.
—¿Hay algo mal con la pizza, Hinata? —Ese escenario fatalista lo está matando, así que no le sorprende que sea Inunaki, de nuevo, quien se percate del semblante tan raro que hace apenas le da una mordida a su rebanada. De toda la lista de opciones para salir a cenar tenían que escoger esa ¿Enserio? —¿Seguro que ordenaste bien las cosas, Bokuto? —vuelve a añadir el líbero, dándole un codazo sin discreción al escandaloso rematador quien ni siquiera se detiene a pensar que aquello sea un error pues ya está como poseído revisando de nuevo el pedido.
—Toma —Tomas es quien extiende una servilleta a Hinata, quien la acepta solo porque debe ser un desastre con lágrimas gordas a punto de deslizarse por sus mejillas en estos momentos.
Genial, lo que faltaba.
Montar una maldita escena en una pizzería.
Lo único que agradece, además del gesto amable que los chicos están teniendo con él, es que tanto el capitán como Oliver no estén presentes.
Desde luego que tienen la misma alma de niños inquietos que ellos pero seguramente por ser los mayores es que deciden darles su espacio con mayor frecuencia además de que con Tomas e Inunaki debería bastar como para contener a Bokuto y a Miya en caso de que se les ocurra hacer una de sus ya conocidas escenas a pesar de que, en estos momentos, Miya esté más callado que de costumbre.
—¿Qué está mal?
Dios, esa comida le sentaría mal a cualquiera si tuvieran en frente el semblante serio y rígido de Kiyoomi. Que sí, todos son de personalidades excéntricas pero no está demás decir que Sakusa emana ese tipo de presencia que te dan ganas de salir corriendo tan pronto ponen sus témpanos oscuros sobre ti aunque ciertamente hay algo en sus ojos en este momento que Shoyo no puede distinguir del todo.
No es una mirada de esas que le da a Miya, a veces con irónica repugnancia.
Es como la de alguien emancipando a otro a través de un camino que se traza como peligroso.
Antes de que Shoyo hable, sin embargo, Sakusa ya está culpando al primer hombre que se le cruza por la mente. O más bien al que cree que siempre tiene la culpa de todas las desgracias del equipo.
—Eh, Omi-Omi, ¿por qué me miras así?
—Tú lo trajiste ayer ¿no? —Miya, quien fuera un incitador y un fiel partidario de meterse en los conflictos que no le importan, calla de pronto bajo la mirada fulminante e irreversible del azabache—. Desde ayer está raro y aunque hoy no afectó en su juego, no está saltando y gritando como un maldito lunático como de costumbre.
A Shoyo se le ponen acuosos los ojos, incapaz de darles la cara.
¿Qué pensaba?
¿En verdad pensó que nadie se daría cuenta?
A su juicio estaba haciendo un trabajo impecable en no verse afectado por lo que estaba sucediendo con Tobio pero ahora viene Sakusa y da tal declaración como si sus intentos no hubiesen sido suficientes en ningún punto. Como si hubiese obtenido el resultado contrario a pasar desapercibido. ¡Para él todo le estaba saliendo de puta madre! ¡Su plan era infalible!
Pero no es eso por lo que quiere llorar en realidad.
Es decir, debe verse tan mal como para alguien como Sakusa se haya dado cuenta ¿no es así?
—Igual yo lo noté —dice Tomas y solo hasta que Shoyo lo escucha es que se percata en lo equivocado que está.
En lo equivocado que estuvo desde el inicio. Equivocado pensando en que qué tendría que importarle al resto si él no se encontraba emocionalmente bien. Si no afectara su juego a los demás no tendría que importarle.
Pero no es solo Sakusa.
Ahora también es Tomas, quien se ha levantado de su asiento compartido con Sakusa y Miya, haciéndose un pequeño espacio entre Shoyo y lo que queda del asiento que comparte con Inunaki y Bokuto, acomodando una mano en su hombro para no caerse.
Y a su lado Bokuto está diciendo un par de chistes tontos al mismo tiempo que hace un semblante preocupado viendo como su pequeño estudiante de toda la vida no se está riendo de ninguno.
Viendo como también Inunaki intenta apartarlo diciéndole que no es momento para bromear.
Viendo incluso a Miya recitando unas cuantas palabras a Sakusa como si quisiera obtener su voto de confianza ante lo que él cree que hizo porque si bien para el rematador de cabello rizado no es obvio, para Shoyo sí.
Eso de que Miya está como medio loquito buscando siempre la aprobación y la atención de Sakusa como si le gustara.
—Dime de una vez qué le hiciste a la calabaza para que esté así.
—¡Omi-Omi, te juro que no he hecho nada malo para que...!
—Me gusta un chico.
El mundo se detiene tal y como aquella vez en Brasil.
Tal como aquella vez cuando el silencio de Pedro se prolongó tanto que Shoyo tuvo una especie de crisis al no saber qué más decir.
Detesta ser asertivo con la reacción de la gente así mismo como detesta que de su boca broten tales afirmaciones similar a las veces en las que se sintió intimidado y a la vez inspirado para decir cosas como: "No hemos perdido", con tal determinación y hambre de reto.
Como si un interruptor se activara sin medir en las consecuencias porque de sopesar el después quizá no tendría el valor suficiente para decir las cosas de frente.
Pero esta declaración no es como aquellas. No es una declaración de guerra ni una incitación para que el contrincante no tenga piedad con él pues no tiene miedo de recibir el saque más fuerte de quien sea.
Esta es una declaración de lo más profundo de su corazón. De la parte más frágil y la más real. La más real que tiene miedo a amar con todas sus letras.
El silencio que se crea luego de decir eso se siente sofocante y de nuevo está experimentando esa sensación de abandono sin siquiera esperar el veredicto del resto. Quiere salir corriendo de ahí. Quiere regresar al hotel y hundirse en el aroma que le recuerda a Kageyama aunque difícilmente pueda mirarlo ahora a la cara.
¿Qué le va a decir?
¿No ha sido él el primero en reclamar?
¿Por qué sintió que era un momento adecuado para soltar tal cosa delante de los demás?
Asume tu culpa, Shoyo.
Asúmela como asumiste que nada te detendría.
—L-lo siento...—Y, sin embargo, se disculpa.
Se disculpa por querer a alguien.
Se disculpa con ellos y se disculpa también consigo mismo por no ser tan seguro con algo que, se supone, no tendría que ocultar. Pero pensar en un escenario en el que Tobio y él tengan que abandonarse solo por el hecho de quererse es una realidad muy cruel.
Si la gente se entera...Si la gente comienza hablar de ellos...Estando tan cerca la posibilidad de que Tobio se vaya al extranjero y de él seguir creciendo profesionalmente... ¿Por qué una cosa tiene que estar ligada a la otra en primer lugar? No lo entiende. No entiende porque el acto de simplemente querer tiene que ser un crimen cuando lo único que están haciendo es amar a alguien.
—¿Por qué te disculpas? —Tomas, quien está en primera fila a un lado de él, le mira con ojos conmovidos y un poco entristecidos. Apenas y se conocen pero parece que compartieran algo más que solo el uniforme—. Nos estás diciendo que te gusta alguien ¿Por qué te disculpas por eso?
La imagen de Heitor y Nice no tendría que ser una especie de tormento cada que piensa en ellos y lo relaciona con su situación actual.
Pero es que no tiene mayor explicación a lo que siente.
A lo que siente que debe ser lo correcto.
De todos modos la conversación, luego de las palabras de Tomas, se siente un poco incómoda.
Ninguno dice nada más, salvo Bokuto desde luego quien abraza a Hinata incluso más que de costumbre mientras esperan al resto en la acera para dar una última vuelta antes de volver al hotel.
Nadie dice nada.
Y a Shoyo lo está matando la posibilidad de saber que ha jodido todo en cuestión de nada.
—¿Vas a ir a verlo, no es así? —a Shoyo se le retuerce el estómago cuando al abrir su puerta, porque está tan desconectado de la vida justo ahora que se le ha olvidado espiar por la mirilla de la misma, ve a Sakusa aún con su atuendo de civil luego de regresar todos en silencio como si fuesen una maldita caravana fúnebre.
Como si el azabache hubiese ido a su habitación y hubiese regresado por el pasillo del piso donde están sus habitaciones hasta la de él.
—¿Sakusa-san?
—Al chico ese que te tiene loquito.
Hinata no ha dicho el nombre de Kageyama ni recuerda que se le haya salido durante un momento de fragilidad pero tendría que ser muy idiota para no pensar que todos ya lo han asumido. Aún así que sea Sakura quien esté frente a su puerta le descoloca completamente. Lo esperaría de Miya o de Bokuto, incluso un poco de Inunaki pero lo que han hecho Tomas y él en las últimas horas, la atención que le han prestado a él y a toda esa desafortunada situación, le sobrecoge demasiado.
Están en el mismo equipo, tienen la misma edad, y aun así se siente como si Sakusa Kiyoomi fuese alguien más maduro que él, aunque sus gestos dicen otra cosa.
Si Shoyo fuera solo un poco más despistado no sentiría que lo que está haciendo su senpai es lo que haría alguien...preocupado. A su modo, evidentemente.
Aun así, aunque le gustaría emocionarse por recibir ese tipo de atención por alguien a quien admira, Shoyo solo le aparta la mirada cuando alude a Kageyama, sintiendo también como todos lo acontecido durante la cena vuelve a él a modo de avalancha.
No quiere ni mirarlo a los ojos.
Tiene tanto miedo de la reacción de la gente así como del silencio que se crea cuando el tema se presta para dejarle sin aliento.
—Es de mala educación no mirar a la gente ¿sabes? —Shoyo asiente, volviendo los ojos hacia él con cierta precaución—. Toma. Te lo envía Tomas, está teniendo una video llamada con alguien y me obligó a que te los diera —lo oye mientras le extiende un par de sobres que Shoyo asume, por como huelen, son de alguna especie de té de hierbas—. No tengo idea para qué son pero Tomas dice que ayudan a dormir y para que te relajes.
—A-ah, gracias —las acepta modesto percibiendo que los segundos pasan y Sakusa sigue sin moverse de su sitio lo cual lo pone más ansioso. ¿Va a decirle algo sobre lo que ocurrió en la cena? ¿Sería prudente justo ahora suplicarle con su vida para que no diga nada ni al capitán ni al entrenador? —. Umm... ¿Pasa algo más...? — ¿Por qué demonios las cosas importantes tienen que ser interrumpidas por las inoportunas llamadas? Shoyo está a punto de silenciar su teléfono o incluso apagarlo cuando deja a Sakura un momento en el umbral de la puerta, disculpándose claramente, para ir hasta su cama y coger su teléfono.
No hace falta ser muy listo, puesto que hasta Bokuto podría darse cuenta si se concentra un poquito más de lo debido, para darse cuenta de qué tipo de cara hace Hinata cada que ve el nombre de esa persona.
Aunque puede que Sakura esté yendo un poco más adelante que el resto de inadaptados que tiene por compañeros pues él es algo así como un maniático de la limpieza muy observador. Y es ese mismo gesto que hace Hinata cuando termina de leer el nombre del contacto en su pantalla el mismo gesto que hizo durante la tarde al terminar el partido.
Si le pagaran por lo observador que es y por darse cuenta de las cosas antes que cualquiera ya estaría jubilado.
—¿Hay algo más que se le ofrezca, Sakusa-san?
—¿Me estás corriendo? —Shoyo no se siente intimidado, más bien le da un poco de gracia la manera en la que él busca la forma de hacerlo, lo que le provoca la primera mueca arrogante del día al azabache—. Es él ¿no? La persona que te gusta.
Qué extraño, piensa Shoyo.
Podría reconocer el tono repulsivo con el que Sakusa siempre se expresa para casi todo lo que dice en cualquier lado pero el tono que emplea ahora es sumamente honesto. Y si Shoyo no estuviese lleno de ideas fatalistas en este momento diría que está buscando consolarlo de alguna forma. O más bien buscando que se sienta seguro de hablar con él.
—Sí, bueno, no me incumbe la vida de ninguno de ustedes pero toma —una vez más Shoyo recibe algo de sus manos, esta vez solo usando la izquierda pues con la derecha sostiene su teléfono que no deja de sonar pero al que termina desviando las llamadas—. Dile a ese niño que se desinfecte las manos antes y después de verte. Y que me voy a enterar si no lo hace —Shoyo quiere liberar una risa pero solo le alcanza para torcer una mueca de lo más suave cuando sostiene entre sus manos un pequeño botecito de desinfectante, seguramente en esa presentación por ser de un kit viajero.
No le alcanza a decir las gracias pero no es como que necesitara hacerlo.
Sakusa no las pide así como tampoco espera algo a cambio luego de que simplemente se va y lo deja ahí con una sensación renovada.
Sus miedos e inseguridades siguen ahí pero cuando entra la cuarta llamada de Tobio, Shoyo solo sostiene el teléfono con firmeza y responde al primer tono, apoyándose en la puerta de su habitación luego de cerrarla.
—Shoyo.
—Tobio.
Ya es Tobio de nuevo.
Y Hinata se siente un poco mal por haberse referido por su apellido -hace unas horas- y no por su nombre cuando se supone ya han superado la barrera de la cordialidad y los nervios que sentían antes al tratarse de una forma más informal. Desde que tiene memoria, desde que inició su relación más bien, Tobio nunca se ha vuelto a referir a él como Hinata.
Y aunque puede que llamarlo de ese modo haya sido por proferirle un pequeño castigo o para hacerle sentir su molestia, no puede evitar no volver a llamarlo de ese modo. Así como no puede evitar sentir que todo el peso que el mundo quiere poner sobre él se desvanece apenas escucha su voz.
—Creí que no contestarías —el rematador de los BJ piensa en consentir una sonrisa casi irónica pero de inmediato rechaza la idea. Está lo suficientemente frustrado y cansado como para iniciar una discusión. Sin obviar que se quedó sin cenar pues el apetito se le esfumó del mismo modo que se esfuma, en ocasiones, las ganas de intentar algo más.
—Y yo creí que tú no seguirías insistiendo —comenta permitiendo que una sonrisa pequeña se filtre por ese desconsolado semblante que seguramente no termina de abandonarlo del todo.
No puede verlo pero Hinata está seguro que ese sonidito que hace Kageyama con la boca es porque también está sonriendo como un bobo. O porque simplemente está feliz de oír un poco su voz.
—Insistiré las veces que sean si es por ti —la piruleta que Shoyo se ha metido a la boca se detiene en su mejilla izquierda, haciendo que el sabor y la sensación fresca se extienda por toda su boca. Pareciera que la discusión de hace unas horas ni siquiera hubiese existido en primer lugar pero aún así Hinata tiene los pies sobre la tierra. Incluso piensa que más de lo que Tobio los tiene—. ¿Por qué no contestabas?
—Estaba hablando con Sakusa-san —Shoyo se coloca el teléfono entre el espacio de su cuello y su oreja, dejando libres sus manos para alcanzar una tacita, de las que proporciona el hotel donde se están quedando, y verter con cuidado el agua caliente de la cafetera para luego sacudir un poco los sobrecitos de té antes de abrirlos.
—¿Te llevas bien con tu equipo? —Si con bien se refiere a que aceptaron, a medias, la confesión acerca de que le gustan los chicos entonces sí. Obviamente es un pensamiento que se reserva solo para él aunque el tiempo que le toma en responder es suficiente para que Tobio se percate de ello y hable antes que él—. ¿Pasó algo?
—Tú y yo tenemos una conversación pendiente ¿sabes? —salta al punto de inmediato aunque también lo usa de excusa para evadir tener que contestar a su pregunta.
Toma el teléfono con su mano izquierda mientras que con la derecha ya está sumergiendo el sobre de té esperando que la infusión se complete. Tobio no insiste a pesar de que hace unos segundos ha dicho que sí pero prefiere tenerlo frente a frente a tener que afrontar la realidad de la que Hinata quiere hablarle por teléfono.
—La próxima semana es feriado. ¿Quieres que vaya o que...?
—¿Tú quieres verme? —lanza la pregunta quemándose un poquito la lengua luego de aventurarse a tomar el primer sorbo como todo un campeón.
—Sabes que te voy a recibir siempre con los brazos abiertos —Shoyo ríe bajito ante la oportunidad de una ocurrente respuesta.
—¿Y si llego con un hacha? —y ahora es Kageyama quien no puede evitar reír. Y para Shoyo ese es algo valioso.
—Aún si llegas con eso, mis brazos siempre estarán para ti.
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Continuará.
A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo.
No me manoseen ;-;
Notas:
Espero que la poca gente que lea esta continuación de Honne sienta mi tristeza porque si algo me duele en el alma es contar cosas tristes (?) Más si es de alguien de Shoyo, que es mi calabacita personal :c En fin, había planeado que Tooru apareciera en este capítulo pero decidí reservarlo para el mero climax (Se que se le pudo haber ido la vida con lo que pasó en Brasil pero tranquilas jajaja no se me mueran aún?)
En su lugar decidí meter a los BJ que son unas cositas hermosas y que Sakusa es como la mamá de los polluelos aunque sea de los más jóvenes de ahí.
Bueno, ahora sí me largo.
Espero que hayan disfrutado el capítulo.
Rooss-out.
