"Quédatelas.

Quédate con esas palabras, porque yo no las acepto."

Cada tanto Tobio borra y reescribe ese mensaje de texto como si añadirle un punto o cambiarle una palabra pudiera expresar todo su dolor.

Lo escribe y lo borra al instante cientos de veces. Lo borra y cierra la aplicación solo para volver a abrirla un par de segundos después con una ansiedad que, en lugar de decrecer, aumenta.

Shoyo está en línea pero apenas lo ve unos segundos pues en breve ya no lo está. Kageyama maldice por lo bajo notando que incluso desactivó la opción de ver su última conexión además de que ha quitado su foto de perfil.

Esa donde salían ellos dos haciendo el símbolo de amor y paz cuando estuvieron juntos en Brasil.

Recuerda esos días, coincidiendo porque a Tobio lo había seleccionado para los juegos Olímpicos de Río y Shoyo no había perdido la oportunidad de ir a verlo aunque fuese unos minutos durante o después de su horario de trabajo. Esa era una de las mil fotos que se habían tomado pero era la única que habían decido mostrar de manera pública porque en las demás salían besándose, tomados de la mano, o mirándose con amor.

Y Shoyo tenía a toda su familia y a sus amigos en sus contactos como para mostrar algo como eso por lo que había decidido usar esa. Y aunque eso tiene ya bastantes años la había conservado como símbolo de su fuerte conexión con él.

Pero ahora ya no está.

La ha quitado así como ha cerrado temporalmente sus redes sociales. Al menos Instagram lo ha pasado a calidad de privado.

Así, en cuestión de segundos, las cosas se habían arruinado.

Tobio quiere apostar por ilusionarse y pensar que Shoyo también está lidiando en estos momentos con mandarle un mensaje del que seguramente se arrepiente y termina borrando así como él.

Sí, bueno, son demasiado simplones como para que él no crea que exista esa posibilidad.

Pero al final del día no ha hecho nada.

Tobio no ha enviado el dichoso texto porque está más concentrado en entregar su pasaporte y terminar de documentar para tomar su vuelo.

No había querido que el impulso lo llevase a tomar una decisión pues...ya saben, impulsiva pero ahora más que nunca está perdiendo la cabeza. Y también siente que lo está perdiendo a él. A Shoyo.

Un mes y un poco más ha sido realmente un suplicio en vida sin él.

Tanto así que tan pronto ha cumplido con su rehabilitación –que en realidad su accidente no era de gravedad pero aún así le exigían tomarla- ha decidido moverse y hacer algo. Su plan inicial, desde luego, era buscar a Shoyo pero terminó convenciéndose de que la respuesta no la iba a tener ni él ni el pelirrojo. Y no es que tampoco la fuese a tener Oikawa Tooru pero había determinado ir a Argentina con un propósito más alto que solo el de ir a verlo y obtener algún tipo de confesión o consejo de su parte.

Pero primero tenía que convencerse de algo. Así que permitiéndose ser tan impulsivo como quiere, tanto como para ignorar los reclamos de su equipo y embarcarse en un avión hasta Argentina, aquello debería ser suficiente para que lo sancionen o lo suspendan de los próximos partidos o de la temporada próxima. Incluso su posición como titular podría verse afectada además de lo que sea que tiene el mundo preparado para él.

Todos esos sueños los está arriesgando demasiado, dejándolos suspendidos en un hilo fino pero es un riesgo que está decidido a tomar ahora.

No pasó todas esas noches del mes solo quejándose del molesto cabestrillo, ni de los molestosos días que pasaba en el hospital cuando se ya se sentía perfectamente bien, solo porque sí. Si dormía algo era un milagro. Podría ser un poco bruto para las matemáticas o para ciertas cosas que requirieran una concentración especial pero Tobio estaba siendo tan objetivo como todo el mundo.

Como ese sector de la sociedad que, cuando está a punto de un ascenso porque está haciendo exageradamente bien las cosas en su vida laboral-profesional, al mismo tiempo su vida personal estaba pendiendo de un hilo.

Y Tobio no quiere eso.

No quiere una vida en donde Shoyo no esté.

No porque sea dependiente de él, al contrario, sino porque sabe que una vida sin él no va a ser vida de ninguna forma ni en ningún lado.

Aún si su traslado se concreta o si surge una nueva oportunidad en un nuevo equipo lejos de la ciudad del Sol Naciente no quiere aceptar nada hasta primero tener la certeza de que Shoyo va a continuar a su lado.

—¿Y si es lo que él quiere? ¿Y si ya se murió el amor?

No, nada de eso.

Kageyama lo sabe más que nadie.

Y es él mismo quien le aclara cada una de esas cosas al único miembro de su familia que sabe a cerca de su relación con Shoyo. Aunque haberle explicado a Miwa como sucedieron las cosas terminó siendo una pérdida de tiempo pues ella misma había aclarado –al final de su relato- que precisamente no necesitaba hacer eso. Aclararle nada.

—¿Te crees que me tragaba eso de que eran muy amigos? —dijo Miwa a través de la pantalla de su teléfono. Su madre había sido la primera en aparecer por ahí, durando con ella sus casi buenas dos horas de plática acerca de lo mal que es saltarse sus comidas y de que si necesita unos días debería pedirlos al director técnico. Desde luego el nombre de Hinata Shoyo no se asomó en lo más mínimo hasta que ella se fue dándole el paso a Miwa para poder hablar un rato con su aun lisiado hermano—. Los descubrí muchas veces despidiéndose con un beso, ¿sabes?

Kageyama, en lugar de sonrojarse, solo baja la cabeza. Y es ahí cuando siente que los hombros le tiemblan y la nariz le pica.

Es ese el miedo real de Shoyo.

Ese miedo que también es de él con respecto a los suyos.

Miwa no dice nada más y Tobio siente que debe disculparse.

—Ni se te ocurra disculparte.

—¿Eh?

—Quiero decir, ¿qué tiene de malo que te guste Shoyo-kun? Es tu vida, no la de nadie más. E incluso si mamá se opone, ¿Qué no tienes suficiente dinero para valerte por ti mismo y estar con quien sea que te haga feliz?

Sí, ¿qué tiene de malo?

Pero mientras su hermana le da todo su apoyo y su aceptación, Kageyama piensa que el problema no sería tan grande si ellos no fueran tan grandes a su vez.

—Ustedes no son el problema.

Escuchar a Miwa decir eso le reconforta, y le llena de energías renovadas durante la última noche en el hospital.

Mientras piensa en ella, bajando del avión, finalmente pisando el país de las mejores empanadas según Hoshiumi-san, también piensa en las oportunidades.

¿Está yendo ahí en busca de una?

En parte puede que sí pero también está ahí para conseguir un poco de paz mental personal y porque, enserio que sí, quiere entenderlo un poco más. Quiere entender un poco más ese mundo devora sueños y devora amores, y quiere buscar una solución.

Quiere compartir un poco de ese dolor porque si no hay dolor es como si estuviese muerto en vida.

Quiere despedazarse pero también quiere volver a unirse pedazo a pedazo. Y, cuando lo consiga, quiere tomar los pedazos de Hinata y unirlos con paciencia y amor.

—Que ni se te ocurra publicar una imagen o activar tu ubicación actual en el teléfono si no quieres que te lleguen encima como perros todos —Kageyama asiente oyendo a Miwa del otro lado de la línea quien estuviera siendo su guía personal a pesar de estar del otro lado del mundo. La escucha bostezar, y aunque está a punto de decirle que cree que ya es suficiente con todas las indicaciones que le ha dado para llegar a su destino y que puede irse a dormir, ella le interrumpe de nuevo—. Enserio debes querer mucho al pequeñín para estar haciendo esto.

—Mucho —responde casi de inmediato porque aquello no es una duda. Amarse no es el problema. Es mostrarlo al mundo lo que sí lo es.

Hace apenas un par de semanas Shoyo no podía dejar de reír con todos esos videos sobre realities que estaba viendo en la aplicación de su tableta. Se veía tan fresco y tan renovado que Tobio, ilusamente, creyó que todo ese decaimiento en su rostro solo tendría que haber sido algo ocasionado por un cambio de ánimos o porque simplemente Shoyo estaba más estresado de lo normal.

Incluso compartieron un poco de esa alma de niños, que en realidad nunca los ha abandonado, al instalarse en la sala de su departamento creando un fuerte hecho con almohadones y sábanas extendidas por toda la sala, como si hubiesen vuelto a tener seis.

A esa edad, desde luego, Tobio aún no se enteraba de que terminaría enamorado de un chico. Los comentarios acerca de una relación de dos chicos nunca le pareció trascendental quizá porque vivir en un pueblito como lo era Miyagi era costumbre oír siempre lo tradicional.

A él nunca le importó.

Y parecía que a Hinata tampoco.

Como tampoco les importó tener que informar a la gente sobre ello.

—Tobio —la voz de Miwa lo trae a la realidad durante su trayecto silencioso dentro del taxi que ocupa—. ¿Qué vas a hacer si algo sale mal?

¿Que qué va a hacer? Tiene algo en mente pero para eso ha ido hasta ahí.

Para abrir esa puerta. Esa oportunidad a algo tal como Shoyo se abrió las suyas, tan distinto a él. A Kageyama no es que todo le llegara fácil pero si hace retrospectiva puede mirar al Shoyo de hace años dibujando un semblante abatido por no ser invitado a ningún campamento de entrenamiento. Y, sin embargo, él abrió una puerta. Él creo una oportunidad para sí mismo.

Pico piedra desde abajo, aceptando primero la humillación de ser llamado recoge-pelotas para luego ocupar ese título con orgullo. Como si eso que cualquiera hubiese visto como algo ridículo y como un golpe a su voluntad, él la hubiese convertido en eso, una oportunidad.

Ahí estaba de nuevo...Convirtiendo el menos a más.

—Si todo sale mal...Voy a crear una oportunidad.

Cuando dice eso el abismo entre Oikawa Tooru y él ya no se siente tan lejano a pesar de que en realidad los separen una gran escalera cuesta arriba, ahí en medio del Barrio de San Juan. La mirada que Oikawa le dedica a sus acompañantes es, como siempre, risueña, pero cuando se despide de ellos y enfoca en él, ésta desaparece. Tobio cree que es un gran avance el que no esté gritando su nombre o que no esté haciendo un gesto de repulsión o molestia como los que solía dedicarle antes.

Quizá porque lo esperaba.

Y cómo no.

Tobio hizo lo impensable al contactarlo por IG. Miwa, desde luego, tuvo que enseñarle a cómo enviar un mensaje porque aunque sí tuviera una cuenta en aquella red social, pocas veces publicaba algo.

Tras enviar el mensaje creyó que no respondería. Creyó que lo bloquearía. Pero no fue así.

—Así que yo soy el Jefe Final, ¿no es así, Tobio-chan? —Kageyama odiaba ser llamado así pero que el nombrecito viniera de él en realidad ya no le sorprende. Oikawa Tooru siempre ha sido así de encimoso e incitador con él.

Desde luego que tener una plática con él conllevaría a tener que soportar sus comentarios. Pero qué más daba. No estaba ahí por él, estaba ahí por Shoyo.

Por eso no le había importado tener que quedar con él tan pronto pisara su territorio. Que sí, todavía tiene vestigios del jet-lag en toda la cara y aunque Oikawa no tendría que ser amistoso con él pues se supone que lo odia, todavía se toma su tiempo para pasearse por la ciudad a su lado –ya que Tobio solo está con una mochila a la espalda y nada más porque no planea quedarse ahí más que dos días- por las cálidas y lentas calles de San Juan como si significara poco para él que hubiese amanecido un día atrás y estuviese dispuesto a pasear dando una buena cara por toda la provincia.

Si fuera un poco más listo se daría cuenta que lo que hace Tooru no es otra cosa que darle un bocado de su mundo. Un bocado del mundo que podría ser la idealización de una confrontación próxima. Un confrontación entre el imaginario y bastante restringido mundo con el real, el palpable y el que es listo para ser vivido. Sea Argentina o sea cualquier otro lugar en el mundo, Tobio tiene que lidiar con eso si quiere dar el siguiente paso junto a Hinata.

Si quiere pararse ante el ojo que juzga el mundo y sostener su mano como si no le importara.

Dándole la seguridad y el apoyo que necesita.

Así, mientras dan una vuelta rápida mientras Tobio lidia, como todo un campeón, con el clima seco al que no está acostumbrado, llegan a una plaza que aloja varias estatuas con una vegetación alta de la que Tobio no ha visto más que en libros.

—No me digas que nunca has visto una maldita palmera —el joven armador tuerce los labios ante la acusación.

El centro, pese a que es lunes al mediodía, luce como un lugar tranquilo. Apenas oye un par de bocinas de automóviles y los programas televisados por los televisores que hay en una calle donde hay muchos bares y restaurantes.

Todo transcurre con una calma que haría que cualquiera pensara que San Juan y Buenos Aires, están en países diferentes.

Pensar que una ciudad así de calmada pegara con la personalidad divosa de Oikawa es un poco extraño. Y solo hasta que se percata de que está siendo muy observado por él es que se detiene a pensar que le parece increíble que esté ahí. Del otro lado del mundo como si fuera sencillo.

Lo es si solo te vas un par de días y sabes que vas a regresar a casa.

Con Shoyo, sin embargo, fue distinto.

La hora de caminar termina cuando Tooru finalmente lo dirige al casco histórico del centro donde solo hay varios andenes para peatones y también muchas áreas verdes y espacios recreativos y de descanso para poder sentarse un rato, un lugar para poder perderte entre borrones en movimiento que son la gente caminando o simplemente para ir pensar.

Ya no se oyen bocinas, ya no se oye una ciudad a prisa.

Estando así, en silencio, uno puede adquirir otra perspectiva de la realidad. Una realidad distinta a la que enseñan los comerciales de comida donde salen cuatro integrantes de una familia normal. O de la realidad que se oye en voces de líderes del mundo.

—¿Vas a hablar o voy a tener que ser yo quien te saque las palabras a punta de golpes, Tobio-chan? Porque mi tiempo es sagrado y tú estás haciendo que lo pierda—Kageyama no contesta, solo está ahí, apartado a una distancia pequeña de la banca donde está Tooru, quien luce tan adecuado para ser inmortalizado en un cuadro con él teniendo el lago de fondo. Tobio, desde luego, no tendría que ver ahí aunque ahora él esté más cerca de la masa de agua viendo a un par de patos pasar por ahí—. Pasar tanto tiempo con Ushiwaka te ha vuelto como él, de seguro —lo oye sintiendo que se refiere a su incapacidad de hablar, o más bien a sus ganas de no hacerlo.

Hoshiumi apenas y ha tenido tiempo suficiente para enseñarle un par de palabras en español pero ahí está Oikawa devolviendo el saludo a cuanto pasa por ahí y lo reconoce, e inevitablemente su mente viaja hasta Shoyo y su fluido portugués. Y también es inevitable colocarlos a ambos en el mismo escalón, como si Oikawa y Shoyo fueran iguales de alguna manera.

Si años atrás alguien hubiese hecho ese análisis, se habría reído. Está seguro que Shoyo también lo hubiese hecho.

"¿Yo? ¿Parecido al Gran Rey?"

Pero la realidad es que Shoyo encontró su propia grandeza lejos de él y solo, solo un poquito, cerca de Oikawa.

Por eso cuando Tooru empieza a hablar siente que cada palabra es un golpe en el pecho.

—Tobio, me parece que a pesar de que ahora pareces un mastodonte te sigue haciendo falta crecer en cerebro. Agradece al cielo que dentro de nuestro círculo de conocidos no somos tan malparidos como exponer la relación de unos con otros.

—¿Exponer?

Sí, y lo siguiente que expone Oikawa es algo que poco a poco Tobio ha estado descubriendo en los últimos meses quizá porque nunca le puso demasiada atención a cómo funcionaba el mundo y qué tipo de paradigmas existían como para ser señalados y juzgados.

—¿Lo puedes creer? Seguimos en la época de las cavernas —cuando Oikawa suelta esa risa lejos de prejuicios, Tobio se siente un poco más en confianza. Solo un poco—. Como sea. Lo que tú tienes se llama brutez...o ser despistado. Mejor dejémoslo en esa última palabra, es más bonita. Y eso es muy común en subnormales amantes del vóley como tú. Gracias al cielo tú estás despertando de esa idiotez. Ushiwaka, por ejemplo, morirá siendo estúpido y creo que hasta virgen—Tobio no está seguro si aquello es un comentario con el fin de dar risa pero de igual forma Tooru no le da tiempo ni siquiera para responder—. Lo que tiene el renacuajo se llama miedo.

—Miedo...

—Sí, y déjame decirte que la mayoría de sus miedos se desencadenan debido a su relación contigo —así como el comentario anterior, esta vez Tooru es demasiado contundente con este. Y no sabe si es cosa del reflejo de la luz la razón por la que sus ojos se ensombrezcan un poco dándole un aspecto que casi rivaliza con el enojo. Tobio aún no lo tiene claro pero parte de haber ido hasta ahí tiene que ver con esa extraña relación entre él y Shoyo. Y porque lo que le dijo Miya sigue palpitando en su mente cada tanto—. Tiene miedo de las repercusiones que habrá si el mundo se entera de que ustedes dos están saliendo. Ustedes, que están en este momento en boca de todo el mundo porque, ya sabes, son raritos pero unos monstruos en la cancha. No es un escándalo cualquiera lo que se va a armar si se llega a revelar su relación. Va a ser algo así como el cataclismo...—Oikawa lo medita, fingiendo bastante bien ser sarcástico pero a la vez puntual—. Bueno, no tan así. El cataclismo va a ser cuando yo les haga pedazos a los dos o me consiga un novio buenísimo. Eso sí será la bomba y espero hacer una fiesta a lo grande. Fiesta a la cual no voy a invitarte ni aunque me ruegues. Dile eso también a Ushiwaka cuando vuelvas a Japón.

—¿Por qué...? —Tooru lo mira, incrédulo.

—¿Por qué? Porque estoy por encima de todos ustedes, por supuesto, y porque yo soy el Rey. El Gran Rey y porque...

—No. Eso no —Tobio guarda silencio antes de añadir algo que no termina de comprender bien—. ¿Por qué...no nos aceptarían?

Oikawa, quien fuera algo así como el padre de la ironía, amante de la poesía, de fastidiar a idiotas como Kageyama y Ushijima, y del mundo entero, lo mira con ojos entrecerrados. Como dos rendijas que analizan antes de dar una respuesta certera.

Una respuesta como esas de las que el mundo no quiere escuchar pero que son reales.

Tan reales como que Tobio está haciendo un gesto desagradable al fruncir las cejas, la boca y la nariz, viéndose delante de él como la concepción de la frustración real.

Seguramente o es nada parecido a lo que sintió cuando obtuvo el rechazo en Kitagawa Daichi. No es solo el peso de su equipo en su contra lo que está sintiendo justo ahora, es el peso del mundo entero dándole la espalda a él y a Shoyo.

—Porque la gente tiene el concepto de que una relación romántica debe ser entre un hombre y una mujer. Algo fuera de eso es visto como antinatural. Si me lo preguntas, es una idiotez. Pero bueno, intenta cambiar sus pensamientos medievales de la noche a la mañana —Tobio no responde, solo se queda ahí, sintiendo la frustración y el coraje a flor de piel.

Tooru suelta un poco de aire por la boca intentando no dejarse llevar por su coraje también. Su coraje por sentir que Tobio no es, ni una pequeña parte, todo lo que Shoyo necesita para sentirse seguro.

Su mente lo traslada al pasado.

A Brasil.

Y a esa noche de borrachera que los terminó por tumbar, muy cerca uno del otro, a la cama del más pequeño en su departamento.

En ese entonces no sabía si era costumbre del pequeño camarón el llorar frente a otros. O solo lo hacía porque creía que podía comprender la mitad de su dolor.

La mitad que es todo lo difícil que es sobrellevar el dejar tu zona de confort, el calor de tu hogar. Y la comprensión detrás de todos esos logros que les han costado más que al resto. Que nadie les ha regalado nada por lástima o porque uno sea más bonito que otro.

Tooru no puede evitar que el resto de la conversación se desvíe un poco porque si Tobio no está ahí para cuestionarle sobre él y Hinata, el armador del equipo argentino sí tiene un par de cosas que decirle.

—¿Sabes? Ese es tu error, Tobio —sin el kun Kageyama siente que la conversación se torna unos dos o tres tonos más seria—. Asumir que lo sabes todo de él. ¿Le has preguntado, tan siquiera, cómo se sintió al regresar a Japón? ¿Le has preguntado acerca de sus sueños a futuro? ¿Te has puesto, por un momento, en los zapatos de alguien más? —el tono de voz de Tooru cambia según la gravedad de las preguntas o más bien de los sucesos culpables enlistados. Es un ataque, un ataque silencioso—. Imagino que no. ¿Sabes? Quedarte callado como un niño obediente no te hace mejor, te hace peor —ríe, y es una risa amarga que lo punza tanto a él como a su joven aprendiz aunque de aprendiz, siente, que ya no tiene nada.

Eso le fastidia. Porque tal parece que Tobio solo es una apariencia vacía que no se termina de completar. La prueba está en que ha ido hasta ahí, a Argentina, a buscarlo como quien busca un consejo de alguien a quien admira.

Admiración mis pelotas, piensa Tooru, irritado, volteando a mirar al grupo de patos al que Tobio hace rato prestaba atención pero que ahora ya no.

—Lo besé una vez —el semblante ensombrecido y censurado de Kageyama se desprende dándole paso a uno contrariado. ¿Qué acaba de decir?

—¿Qué...?

¿Qué le va a decir?

Nunca lo había visto a Hinata tan desinhibido como en esa ocasión. Por lo general la personalidad de Oikawa se adaptaba con facilidad a donde quiera que fuese. Él era así de alegre y proactivo así que era normal que algo de su luz hubiese deslumbrado un poco al más pequeño.

Sin embargo, verlo tan borracho y con la lengua tan suelta a decir exactamente lo que pasaba por su cabeza se le hizo hasta tierno. El problema vino cuando, a pesar de querer gastarle una broma a Tobio y a él por igual, confesó tanto y lloró tanto que Tooru no pudo continuar y no sentir algo de pena y hasta empatía por él. Tendría más sentido que sintiera algo así como lástima si se tratara de Kageyama, con quien había convivido más tiempo pero con Hinata parecía que la afinidad era natural.

No solo en sus personalidades tan excéntricas sino que parecían haber tenido muchas batallas consigo mismo antes de llegar a donde estaban.

Shoyo no dejó de llorar ni un momento incluso cuando lo besó. Pero fue un beso demasiado frívolo como para sentir que fuera uno como tal. No hubo respuesta. Solo llanto y más llanto. Y aunque luego se sintió terriblemente mal por usar la imagen de Kageyama y su reciente ruptura, para chantajearlo un poquito, de Shoyo solo obtuvo un golpe de realidad.

—Soy Kageyama, ¿qué no ves? —cuando quiso quitarle los pantalones, Shoyo rió en medio del llanto, y con una calma y una risa entristecida, apartó su mano.

—No...Mi Tobio no sabría ni como quitarme los pantalones.

—Bueno, entonces tu Tobio no tiene que enterarse de que... —la risa desapareció y en su lugar, aunque Oikawa esperaba una bofetada, lo único que obtuvo fue una mirada cristalina e incuestionable. No estaba enfadado. No había algo que le dijera que estuviese molesto con él pero tampoco había una abertura por la cual Tooru pudiera colarse.

Ahí lo entendió.

Shoyo estaba tan lleno de Tobio como a la inversa.

—¿Sí sabes que soy mejor que él, no? —aun así quiso insistir. Insistir hasta que Shoyo terminó por sonreír, y esa sonrisa en lugar de hacerle sentir que tenía razón en su comentario anterior, le terminó apuñalando—. Que Tobio aún no llega a ese punto de madurez en el que te de seguridad si un día el mundo te da la espalda.

—Ya sé...—ese tono tan bajo, ese tono cerúleo sobre las sábanas y su cabello, esas mejillas sonrojadas por el alcohol aún en su sistema...Y ninguna de esas cosas, ni siquiera combinadas, hicieron ceder a Shoyo o le hicieron sentir menos amor por Kageyama—. Es cierto, Oikawa-san. Con Tobio no me siento seguro a veces pero...me siento feliz. Y feliz quiero morir. Morir si es con él.

Kageyama no sabe cuántas veces Shoyo lloró a escondidas o a solas. No sabe cuántas veces quiso marcharse de ahí y regresar a casa. No sabe todo lo que le costó llegar a la cima.

Lo único que sabe es que lo ama.

Con o sin pasado.

Siendo idiota o siendo el más codiciado por los ojos del mundo.

Y lo mismo a la inversa. Hinata sabe de él lo que la gente cuenta o lo que la gente repite. Quizá sabe un poco más porque Kageyama le ha dado ese privilegio pero aún así ninguno ha soltado al otro.

Aún si ahora hay kilómetros de por medio que lo separan, hay un hilo tan fino atado a sus meñiques. No como el destino sino como la decisión de seguir así de unidos porque ellos así lo quieren. Con la decisión de no soltarse incluso si saben que no son enteramente perfectos o adecuados para el otro.

O si aparece alguien más que es un mejor partido.

Kageyama sabe que Shoyo es feliz a su lado, y él también lo es cuando está con el ahora rematador de los BJ. Lo que necesita ahora, ahora que todas las dudas parecen aclararse, es ser ese hombre adecuado para él. Completar la balanza y ya no solo ser quien le haga feliz, sino quien va a tomar su mano hasta el final sea el desenlace que les tenga que tocar vivir.

Cuando Tooru termina su relato, omitiendo demasiadas partes y dejando sobre la superficie del océano flotando únicamente el hecho más relativo como lo fue haberle dado un beso, de Tobio no obtiene, tampoco, la reacción que espera. Que sí, se ve cabreado pero en ningún momento parece estar poniendo en duda lo que Shoyo siente por él.

Y eso lo irrita. Lo irrita a él porque son tan parecidos en otros aspectos que hasta da asco.

O quizá él así lo siente.

Porque tanto Kageyama como Hinata no parecen dudar del otro.

—Son asquerosamente tal para cual —comenta aunque sus labios arden un poco y su garganta pica. Desde luego el viento no se va a comportar como él quiere, y también aplica para ellos y para el resto del mundo. Se supone que por eso deben seguir la dirección a la que este los empuje. Tienen que obedecerlo.

Pero Tobio no ha hecho ninguna de esas cosas pues está ahí con el semblante serio, remontándolo a sus años de secundaria cuando Tooru se sentía intimidado por ese par de ojos azules que sin decir nada decían todo.

—Sé que no pasó nada más —Oikawa suelta una risa amarga y una mirada fulminante, como si el orgullo le doliera.

—¿Por qué crees eso? ¿Porque crees que él es una persona decente?

—Porque creo que Oikawa-san también lo es.

Ah, que repulsivo.

Hablar como si lo conociera.

Aun así Oikawa no quiere discutir más. No tiene caso pelear por algo que está seguro, esta vez, no va a ganar. Lo único que le queda por decir es un comentario que aplaque su propia decepción y empareje la situación solo por diversión, algo que oculte esa amarga tristeza que siente muy dentro de él al no ser esa persona que Hinata Shoyo decidió amar.

—Sí, bueno, el enano no es tan atractivo como para que piense en quitártelo —dice, y aunque la media verdad le hace sentir pequeño el pecho, no añade más salvo una última cosa—.Te diré algo que me dijo alguien hace mucho tiempo. ¿Estás seguro de creer en algo cuando ni siquiera lo has intentado? —hace una pausa antes de añadir—. Tú y el pequeñín tienden a apresurarse y a sacar posibles escenarios en su cabeza cuando ni siquiera se plantean la idea de que puede que no sea tan catastrófico.

Si es esa la conversación que Tobio necesitaba, no lo sabe con certeza pero cuando se sube de nuevo a ese avión de vuelva a Japón está decidido a no aceptar que reglamenten su vida y a que esclavicen sus sentimientos ni tampoco los de Shoyo.

—¿Y qué vas a hacer ahora que regreses? —por eso cuando Miwa le vuelve a hacer aquella pregunta en la que debe plantearse un futuro, su respuesta sigue siendo la misma a la que le dio anteriormente.

Shoyo, durante mucho tiempo, estuvo alejado de las oportunidades. Fue entonces cuando él mismo propició que las oportunidades pasaran. Y eso es lo que distingue a las oportunidades de los milagros.

Incluso si se le cierran las puertas de muchas cosas, él va a abrir una.

—¿Tobio?

—Voy a abrir una puerta.

Porque los milagros suceden y ya.

Pero las oportunidades las hacen las personas.