No esperaba verlo ahí.

O al menos no tan pronto.

Aunque pronto es un término muy subjetivo para quien cree que una semana es un año.

Tendría que ser lo opuesto.

Tendría que sentir como si solo hubiesen pasado días desde que dejó la escuela. Era esa la sensación nostálgica que esperaba sentir en cuanto le informaron que una de las actividades de la semana sería visitar Karasuno como parte de un programa educativo en el que los exalumnos fueran a sus respectivas instituciones para dar una pequeña plática con todo el aliciente deportivo que pudiesen aportar a los sueños de los chicos del club.

A Shoyo le pareció una idea fabulosa aunque su rostro y su mente en realidad no estuviesen muy coordinados cuando Samson les dio la noticia.

—Habría más emociones en un funeral —opinó Sakusa desde el sofá, apartando solo un poco la mirada de su ritual de limarse las uñas, hace unos días.

Y es que Shoyo tendría que haber sido más efusivo o debió ponerse a gritar como la bestia tonta que es tan pronto oyó aquello.

Su semblante, sin embargo, fue más moderado de lo normal. Foster, desde luego, no opinó mucho al respecto pues aquello era un hecho pero para el resto del equipo, quienes estaban acostumbrados a una mota naranja demasiado alegre ir de allá para acá, la reacción dio mucho que desear. Incluso Meian, el capitán, se vio influenciado por esa reacción tan rara intentando conversar con él un poco luego de eso.

Shoyo agradeció el gesto, desde luego. No solo de él, sino de todos.

—¿Qué? ¿Nos vas a decir que ir a tu escuela te trae recuerdos amargos? ¿Algo así como que deshonraron la bodega del gimnasio como dos chiquillos vírgenes tu y él armador de los Adlers?

Para nadie era sorpresa que el chico que le gustaba era Kageyama. Solo un ciego no se daría cuenta, o al menos eso fue lo que Hitoka le dijo hace un par de días por teléfono.

Y aunque aquél comentario de Sakusa tenía todo para ser objeto de comparación con las respuestas típicas que daría Miya —como si el alma de Atsumu se hubiese apoderado de él—, la verdad es que ni siquiera el propio armador había añadido un comentario en respuesta a eso. Durante esos días cualquiera pensaría que Atsumu y Shoyo eran como siameses o como un viejo matrimonio a punto del divorcio donde ambos tienen un semblante similar al de un cadáver.

De Shoyo era justificado. Es decir, no le duró mucho el secreto, porque Sakusa casi se lo sacó a punta de punzadas, sobre su ruptura Kageyama. Que sí, pobrecito el pobre desgraciado de los Adlers pero en el equipo poco importaba él. Y mientras Sakusa se volvía algo así como la mamá de los pollitos, el cambio de ánimos de Miya se volvió un tema recurrente sobre el cual murmurar.

—¿Eres su maldito siamés o qué? —cuando Sakusa se dirige a él mientras descienden del autobús, luego de varias horas de viaje hasta Miyagi, la primera parada de su tour nostálgico como si fueran parte del elenco de una película juvenil, Miya apenas y le mira. Tendría que estar lanzando ya un primer comentario irritable pero su mirada está clavada en la ventana del autobús, ahí donde Shoyo está acompañado de un animado Bokuto que hace lo que sea para distraerlo con algún mal chiste—. Ey.

—Estás muy hablador últimamente, Omi-Omi —Sakusa ignora el comentario, pasando de él, convenciéndose de que no le importa oyendo un "mierda" venir a su espalda cuando él es el penúltimo en descender. Que vamos, no le pagan lo suficiente para hacerla de niñera pero le causa demasiada irritación que Miya se vuelva precisamente como un extensión de Shoyo como si recepcionara su desánimo.

Aunque puede imaginar por qué.

—¿Sucede algo con Hinata? —pregunta Tomas, quien a pesar de no ser de los convocados para la actividad como tal, ahí está porque es algo así como parte del club de las desgracias y las buenas noticias.

—Sucede todo con Hinata, mejor dicho —responde Inunaki, quien a su vez tampoco debería estar ahí pero que ha aprovechado el viaje como descanso.

Un segundo mierda se escapa los labios de Miya y esta vez sí que siente la pesada mirada de Sakusa sobre sí. Y aunque intenta evadirla el primer signo de frustración que libera abiertamente, la noche previa al día en concreto, es un golpe a la pared del jardín de la posada. Un golpe que nadie oye porque ha preferido salir a caminar por los alrededores esperando con muchas ganas que uno oso lo coma.

Ah, y también unas perras ganas de golpear a Kageyama tan pronto lo tenga en frente el día que se lo tope.

Por eso cuando llega la mañana, y llegan a Karasuno, no puede evitar sentir que la sangre le hierve cuando Shoyo y Tobio se topan de frente y sus mundos se detienen.

¿Por qué nadie les avisó que Kageyama también sería invitado?

Sí, bueno, era lógico, él y Shoyo habían asistido a la misma preparatoria pero ¿sí sabía el mundo que estar juntos en un mismo sitio, a como están las cosas actualmente, es potencialmente para tener un final desastroso?

Sin embargo Shoyo se comportó a la altura de lo esperado.

Llegó al gimnasio e hizo lo que tenía que hacer. Saludó a sus antiguos profesores e hizo eso por lo que todos estaban ansiosos por ver.

Volar.

Volar alto y hacer resplandecer esas plumas que aún hoy siguen más fuertes que nunca.

Y Kageyama hizo lo mismo.

—Es un imbécil niño obediente —se le escapa de los labios a Miya viendo como Shoyo y Kageyama se integran a un partido de práctica en el que cada uno es el pilar fundamental de su equipo temporal con los jugadores actuales de la plantilla de Karasuno. Los intestinos se le quieren salir cuando por insistencia del público, luego del primer partido, son orillados a estar, luego de quien sabe cuántos años, de nuevo del mismo lado de la red.

Shoyo no lo sabe, y es posible que el imbécil de Tobio tampoco, pero Miya ve como a ambos les brillan los ojos tan pronto sopesan la idea.

Y quiere vomitar.

Quiere ir ahí y separarlos porque no es posible que eso le esté afectando más de lo que debería.

Se llaman con la mirada, incluso Shoyo dibuja una sonrisa pequeña cuando su palma arde al rematar la perfecta colocación de Kageyama, como si la hubiese esperado por años. Y todo en Tobio también sonríe. Ambos brillan y los comentarios son de júbilo.

Pero él...Él solo quiere salir de ahí.

Quiere, de ser posible, volver al autobús y excusarse de que se siente un poco mal, que le dio diarrea o le duele una maldita uña para no seguir siendo espectador de como ese par, a pesar del distanciamiento que han tenido desde su ruptura, apenas se vuelven a ver lucen tan enamorados como en un inicio.

Él también debió ser claro consigo mismo también desde el comienzo, piensa.

Debió asegurarse de que sus sentimientos por Shoyo no crecieran a ese nivel en el que todo le sabe como a veneno ahora. Debió asegurarse de mantener que esa manera juguetona de portarse con él, así como las ganas de fastidiar a Tobio por mero entretenimiento, siguieran así y no se le saliera de las manos.

—Hinata va a quedarse un rato más con el armador de los Adlers. Llamará al chofer para que pase a recogerlo cuando termine —las palabras de Inunaki son como remates asesinos en su espalda pero cuando voltea, saliéndose de la fila india de todos luego de despedirse y caminar hacia el autobús, los ve.

A Shoyo y a Tobio riendo frente a sus nuevos kohais.

Los ve darse miraditas.

Los ve elogiarse el uno al otro.

Los ve, incluso, cuando ya están arriba del autobús y ellos solo se quedan ahí, mirarse de refilón como si hubiesen esperado a estar solos para sentirse seguros.

Haber obtenido el permiso del entrenador fue algo relativamente sencillo, aunque mientras camina a lado de Tobio se pregunta qué fue lo que lo empujó a aceptar su invitación. No es que no le emocionara la idea de pasearse por un rato por la ciudad que le vio crecer y de paso enamorarse pero la realidad se le antoja de lo más irreal a medida que avanza con él a lado.

Es decir, en esas mismas calles se habían prometido tantas cosas durante su último año, meses antes de él partir a Brasil. Habían discutido hasta hartarse del otro como también se habían rendido a los besos tiernos y a las noches calurosas pidiéndose perdón.

Pensar que están de vuelta en la misma calle de arena donde solían separarse para cada quien tomar un rumbo distinto le sacude las emociones, aunque sabe disimularlas bien.

No se suponía que estuviera con él ahí así como no se suponía que tuviera que topárselo el día de hoy pero incluso siente que supo sobrellevar la conmoción de verlo entrar acompañado de un par de miembros de los Adlers, entre los cuales no destacaba ni Hoshiumi ni Ushijima ya que según Tobio tenían actividades diferentes.

Que sí, casi se le sale el corazón también y puede hasta decir que el aliento se le detuvo, pero supo controlarse hasta que llegó el momento de apartar las palabras y pasar a los hechos. Una vez más estaban ahí, siendo empujados por el mismo piso que los impulsó muchas veces hacia el cielo aunque con la distancia marcada de estar luchando uno contra otro del otro lado de la cancha.

Eso, claro, hasta que impulsados por el calor del momento volvieron a pararse del mismo lado.

—No me equivoqué —Shoyo voltea a verlo, apartando sus ojos del pequeño Matsuri que los ha devorado en medio del bosque alrededor de un pequeño templo.

—¿Eh?

—Cuando dije que podrías volar más alto.

Volar.

Volar en lugar de saltar.

Aquél comentario es ideal para contestar con uno a cerca de que todo esfuerzo es recompensado siempre que se tiene trazado un objetivo. Shoyo tiene un par de opciones de respuesta a ese tipo de comentarios en donde elogian su capacidad de salto pero sabe que a lo que se refiere Tobio en este momento no es a eso.

Es como si le dijera que está orgulloso de que siga brillando a pesar de todo.

A pesar de él o de lo que sea que el mundo le arrebate de a poco.

Shoyo cree que viven de simulaciones, y cree que ese escenario de manzanas acarameladas, kimonos coloridos y peces dorados que ve a través de sus canicas ambarinas es una de ellas. No se siente real pero por consiguiente se siente mágico.

Y mágico le gusta más.

Su mano pica pues reconoce que la escena a su alrededor hace tiempo fue acompañada por la calidez y el peso de otra mano sujetando la suya. Apretándola mientras correteaban entre los puestos de comida y se hacían paso entre la multitud de personas para poder alcanzar un lugar desde el cual ver el espectáculo de fuegos artificiales. Shoyo tiene breves y fugaces haces de recuerdos coloridos de esa vez a medida que siguen caminando y en su garganta se atoran todas las palabras que quiere decir.

—No debería estar aquí contigo —sin embargo eso es lo único que sale de sus labios.

Eso y un gemido triste que es el resultado de su arrepentimiento por decir eso pero no se retracta ni intenta corregirlo. Parte de lo que ha dicho es cierto. No tendría que estar ahí con él.

—¿Por qué aceptaste entonces?

Shoyo no sabe qué responder. Quizá porque no hay respuesta para cuando quieres algo y haces todo por obtenerlo. La respuesta más cercana sería eso: Querer algo y no pensar en los demás.

Hace casi dos meses que no se frecuentan y si es que da la casualidad de que coinciden, es porque tanto águilas como chacales se encuentran juntos en un mismo sitio como un todo. O son invitados a los mismos eventos o son solicitados en la misma cancha.

Las llamadas cesaron.

Los mensajes también.

Por ello, cuando Kageyama suelta las siguientes palabras se siente como un arsenal de armas disparando o cercenando su corazón a la vez.

—No es vivir si no es contigo Shoyo.

Shoyo se detiene a la orilla del lago, encima del puente cóncavo de madera por el que están pasando. Se detiene como un alma desolada y en pena, acrecentando la amargura y la tristeza. Siendo devorado por las primeras horas de la noche como si quisiera quedarse ahí eternamente obviando todo lo que sucede a su alrededor y restándole importancia.

A todo menos a Tobio.

Kageyama se detiene solo un par de pasos adelante, lo suficiente para que sea uno o dos metros la distancia que los separa solamente.

—¿Para eso viniste? ¿Para decirme esto?

—Vine porque tengo una responsabilidad que asumir con mi equipo, así como tú con el tuyo —esa no es la respuesta que Hinata quiere oír—. Pero aún si no coincidíamos hoy, te habría ido a buscar a donde sea que estuvieras.

Shoyo baja la cabeza, encontrando atractivo el silencio únicamente los primeros segundos pues luego del minuto se siente asfixiado.

Han dejado la alegre vida del Matsuri unos metros atrás por lo que no hay lugar donde Shoyo pueda esconderse o hacia dónde dirigir su mirada fingiendo que algo lo distrae. No se le antoja decir nada porque está seguro que lo que sea que salga de su boca será usado en su contra. Se conoce a sí mismo demasiado bien como para no saber que lo único que quiere ahora es correr a sus brazos y esconderse ahí un buen rato o lo que le queda de vida.

Pero incluso si pudiera alguien siempre está mirando.

Alguien siempre está observando.

Alguien siempre estará ahí para juzgar.

Y ese alguien siempre será él.

Él teniendo tanto miedo a cerca de algo que debería hacerlo feliz. A cerca de algo que lo hizo feliz hace tiempo.

Ir allí con Tobio, pasearse por las calles y callejones de tierra de Miyagi, llegar hasta el templo y sentir que están un poco más cerca del cielo le da la sensación de que todo este tiempo ha estado equivocado. Pero también le da la sensación que nunca va a ser verdaderamente libre si él mismo obstruye con piedras el camino que quiere tomar.

¿Qué si se equivoca?

¿No de eso se trata vivir la vida?

¿De equivocarse para volverlo a intentar?

—Shoyo... —su nombre susurrado en su voz lo desarma y lo arma a la vez. Pero es una voz que duele a pesar de todo.

—No hagas esto, Kageyama —a Hinata le arde la garganta de tan solo decir eso y de llamarlo de ese modo. Como si la intimidad y la confianza que se tenían ya no existiera.

Un nombre solo debería ser eso, un nombre. Pero nadie sabe lo que significa el nombre de uno de ellos en la boca del otro. Lo que significa. Lo que expresa.

Hay como trescientas formas de llamar a Tobio y todas van desde el nombre más ridículo para molestarlo simplemente como alguna combinación de palabras que represente un insulto para enfadarlo de verdad pero decirle únicamente Kageyama es similar a llamarlo extraño.

Aun así, Tobio no lo llama Hinata porque hacerlo significaría acentuar la distancia y aceptar que no hay esperanza. O al menos esa es la sensación que daría.

—Shoyo... —pero que siga diciendo su nombre con tal matiz le está matando.

No. No se supone que esté ahí con él. No se supone que se retracte de lo que ya decidió.

—Basta ya —consiguiendo algo de esa rigidez que poco a poco se desvanece logra mirarlo. No sabe si los ojos le arden porque quiere llorar o porque siente llamas de enfado en ellos—. ¿Qué se supone que haces? Creí que había sido claro esa vez —dice, con el tono de voz molesto, refiriéndose a la vez del hospital.

—Tú lo fuiste pero yo no recuerdo haber estado de acuerdo en nada —Shoyo se estremece un poquito. Tanto por las palabras como por el modo en el que se las dice.

—No necesitaba que estuvieras de acuerdo —Shoyo se siente pequeño de pronto. Incluso su voz se siente diminuta—. Solo hice lo que consideré que era mejor para los dos —ahora es Tobio quien gasta una risa bañada de ironía y amargura.

—¿Bien para los dos? —cuando Kageyama da dos pasos hacia él Shoyo retrocede seis—. ¿Por qué crees que puedes controlar la manera en la que otros te ven, Hinata?

Qué expresión, piensa Hinata. El Rey es Kitagawa Daichi en carne y hueso siendo tan aterrador como lo fue alguna vez hace años.

No.

No es ese Rey.

Es el Rey que él coronó, destronado, afligido, arrodillándose frente a un súbdito cuando debería ser al revés. ¿Pero qué poca fe se tiene así mismo Hinata ahora? Aunque no es poca fe, tiene demasiado miedo.

Y siente demasiado dolor ahora que Tobio le ha llamado así. Pero es eso, una llamada de atención. La primera alerta. El primer aviso de que debe escapar de ahí.

Pero no puede.

La pregunta de Tobio ha quedado en el aire y no se desvanece fácilmente. Es un golpe crudo de realidad lo que se le plantea ahora mismo. Y es que tiene razón. ¿Acaso cree que por mantener distancia con Tobio todos los comentarios que ya hay alrededor de él se van a acabar? ¿Acaso cree que la gente va a parar de opinar sobre la vida de alguien solo porque cree que son buenos ciudadanos? El ser humano es así de destructivo con los suyos.

Hoy pueden ser ellos pero mañana puede ser algún amigo cercano pasando por una situación similar.

¿Qué va a hacer él entonces? ¿Va a aconsejar que el camino más fácil es no enfrentar los problemas y es mejor deshacer los sueños?

El rostro de los chicos del club de Karasuno se instala en su mente. El de cada uno de ellos y también el de cada uno de sus ex compañeros, el de cada uno de sus senpais, el de cada uno de sus amigos y maestros.

Él decidió perseguir un sueño sin detenerse a mirar al resto...¿Entonces por qué...?

—¿Por qué hablas del futuro cuando ni siquiera ha sucedido, Shoyo?

Que Tobio esté sujetando su rostro ahora sin ningún impedimento para que lo bese de manera feroz no significa que lo vaya a hacer. No hace falta decirle nada o preguntarle a él cómo se encuentra con todo esto. Sus ojos se lo dicen todo. Son parecidos a los suyos cuando están tristes pero los de Tobio ahora poseen cierto aire feroz.

Cierto aire invencible.

Cierto aire con ganas de pararse en cualquier cancha y tomar su mano aún si eso implica el comienzo del final del camino hacia un sueño.

Porque es eso, ambos están en lo mejor de su vida y tienen la ventaja de la juventud en todo su cuerpo. Una puerta cerrada implica abrir otra. Incluso si otras más se cierran en toda la cara, significa ir más allá.

Comprar la pared entera si es preciso para abrir su propia puerta.

Pero solo necesitan sentir que no es en vano. Que arriesgarse va a significar que van a seguir caminando juntos y solo van a tener que desviarse un poquito del camino inicial para conseguir cosas aún mejores. Que su sueño no se va a derrumbar.

Ese sueño de compartir una vida entera a lado del otro.

—"Remataré cualquier balón que venga hacia mí" —Shoyo engrandece los ojos ante la frase que tantas veces ha repetido en distintos puntos de su vida pero no como una frase ególatra. Más bien como una frase para sí mismo, dándose la motivación que necesita aun cuando nadie ha querido dársela—. Eso dijiste hace tiempo —cuando Tobio toma sus manos es como si quemaran pero al mismo tiempo como si las necesitara—...¿No podemos hacerlo igual con la vida? Enfrentar todo de la manera que queramos, incluso si no es la correcta...—Kageyama hace una pausa, y como quien es cuidadoso, está sufriendo, y ama a la vez, lleva sus manos a sus labios, besando sus nudillos mientras el cielo se rompe en colores cuando los fuegos artificiales se pronuncian alto—. Haré lo que sea. Haré que te sientas seguro, no te dejaré solo. Aceptaré cualquier cosa que venga si es contigo, Shoyo.

¿Desde cuándo es así?

¿Qué tanto más va a demostrarle Tobio que ha madurado en cosa de meses mientras él solo se ha estado escondiendo?

—¿De-Desde cuando dices cosas de este tipo?

—Desde que me di cuenta de mi error.

Su error dice.

Incluso cuando llegan a la posada donde se están quedando, a pesar de que la madre de Shoyo —quien sigue en Miyagi— les ofreció la casa, todo se siente como si fuera un sueño.

No están tomados de la mano ni tampoco hay una respuesta clara para el error del que habla Kageyama.

¿El error de qué?

¿El error de dejarlo ir?

Si ese fuera su error, Hinata estaría sufriendo. Y aunque lo está, Shoyo sabe que el error es de él. Así como también debió ser un error el permitirle a Tobio acompañarlo hasta la morada exponiendo a que los vieran pues de otra forma Miya no habría montando una escena y Tobio no tendría la mejilla enrojecida luego del golpe recibido por parte de él tras verlos llegar juntos como si la imagen no le gustara ni un poco.

Cuando Shoyo, quien apenas reacciona apropiadamente para acercarse a Kageyama y levantarlo del suelo, siente la presencia de Sakusa, las palabras se le atoran en la garganta. Incluso Shoyo se arriesga a pensar que con la sudadera a medio colocar sobre sus hombros, además de estar parado en el umbral de la puerta principal de la posada, luce como un Alto Señor de una casa antigua y Atsumu como si fuera parte de su salvaguardia personal.

Aunque es claro que ese golpe al armador de los Adlers es más por su irritable genio que por orden de alguien.

Cuando está por lanzar el segundo golpe a Tobio, preso de un enojo injustificado de solo verlo a un lado de Shoyo, Sakusa lo detiene solo recurriendo a la letalidad de sus pozos negros sobre él.

—Voy a hacer que te manden a la banca en el próximo partido si no te calmas —y aunque los ojos de Miya están encendidos como un bosque ardiendo, se contiene.

Y a su vez se pregunta por qué está actuando así. Como si fuera un colegial. Como si se remontara a sus años de secundaria cada que peleaba con Osamu por obtener algo que a los dos les gustaba pero que evidentemente no querían compartir.

Es una sensación extraña pero el disgusto que siente es un poco más profundo que eso.

Aun así obedece a Sakura porque cuando está con él por un momento, solo por un momento, puede olvidarse de Shoyo un poco. Aunque esa otra sensación se le antoja deshonesta. Como si estuviese jugando a dos bandos o como si quisiera tirar de ambas cuerdas sin soltar una primero. Afortunadamente a Sakusa puede importarle menos, o eso es lo que cree.

—Miya ¿te volviste loco? ¡El entrenador está ahí dentro! ¡Te puede sancionar por esto! —cuando Inunaki se suma a las voces que siente son como aguijones, Atsumu se pierde dentro de la posada dando tremendos pasos que se oyen solo hasta que ya está lejos del alcance de los demás—. Voy a ver que se calme —incide el líbero obteniendo el beneplácito de Sakusa con apenas una mirada de refilón, arrastrando hacia adentro a Bokuto también quien ha salido corriendo debido a la conmoción, dejándole como única compañía a Tomas.

—¿Y bien? ¿Cuál es la excusa ahora? —Shoyo, aun aturdido por la sorpresiva y violenta bienvenida de Miya para con Tobio, lo ayuda a terminar de levantarse, mirando con ligera precaución al frente.

—Pues yo...

—No te estoy hablando a ti, calabaza —su gesto y sus ojos firmemente agudos se dirigen a Kageyama que lejos de estar rabioso está plantado como si no hubiese pasado nada. A Shoyo le recuerda un poco a la vez en la que se presentó ante Pedro con formalidad como su novio en Brasil—. ¿Sabes? Detesto a la gente que deja las cosas a medias o dejan todo a la suerte o a la eternidad de los años —comienza, y aunque no es como si arrastrara las palabras o le costara hablar Shoyo no puede creer que Sakusa Kiyoomi, quien no presume de ser demasiado hablador o amigable con el resto, esté soltando algo más que palabras o insultos—. Siempre van a salir heridos por cosas tan absurdas como el amor y eso así que no tiene sentido que se vean tan malditamente depresivos los dos si eso es algo que ya sabían que pasaría —hace una pausa—. Pueden arrepentirse todo lo que quieran si es que no intentan buscar una solución o si no lo intentan todo pero estoy seguro que ese no es su caso.

Como diciendo que no vale la pena todo lo estúpido que han sido en perseguir y alejar al otro como si fuera un juego de ver quien resiste más.

Sakusa lo sabe, y ha tenido el ejemplo de ello de su senpai hace años. El llorar por sentirse frustrado por haber hecho de todo para que fuera un asunto de suerte el que terminara lesionado. Pero al menos lo había intentado todo. No había dejado nada a medias, ni un entrenamiento ni una comida a medio enfriar.

A veces solo es cuestión de eso...De suerte. De amanecer pensando "¿Qué tal nos irá hoy?"

De dejar de pensar y preocuparse por el futuro sin estar viviendo el presente.

Esas palabras eran las que necesitaba pero Shoyo aun siente que necesita una sacudida más.

Cuando Sakusa se pierde dentro de la posada y Tomas apenas consigue un poco de un poco de pomada para la inflamación de Tobio, él se va dejándolo con el corazón aleteando y la cara roja.

No lo ha besado pero hay otras formas en las que Tobio demuestra que el que se vaya en silencio, sintiendo la mirada de Shoyo en su espalda hasta que deja de mirarlo por la calle debajo de la farola que alumbra su cabello, no significa que se esté rindiendo.

Le está dando el espacio que necesita.

El motivo para razonar.

Durante toda esa noche no consigue dormir más que un par de horas. Algo lamentable porque a la mañana siguiente tienen ocupadas las primeras horas desde temprano en diversas actividades pero cuando terminan todas Shoyo pide un tiempo a solas.

Un tiempo a solas para visitar a su madre y de paso a Natsu.

Un tiempo a solas para probar su comida caliente bajo el calor del tonkatsu.

Un tiempo a solas para despedirse de ella y recibir toda su energía en ese abrazo inmenso que le da.

Está atardeciendo, y pronto tendrá que regresar al lugar donde se están quedando para organizar su maleta y regresar al ruido de la ciudad, y de paso a la realidad.

—¡Ah! ¡Ninja Shoyo!

Debe ser un chiste.

¡O más bien debe ser un suertudo aún en ese estado de depresión!

—Ni-Nicolás Romero... —dice su nombre en un susurro pero quien le ha llamado por ese curioso apodo obtenido en Brasil no es él. Es un niño que se parece mucho a él.

—¡Ah, hola!

Decir que no se siente idiotizado y fascinado al punto de olvidar sus problemas existenciales sería mentir. Es decir...¡Es Nicolás Romero quien le está saludando! Pocas veces en la vida te va a pasar algo así, y aunque siendo él un miembro de los Black Jackals sería mucho más fácil coincidir con él en algún sitio para platicar o conversar, Shoyo siente que aún está a años luz de ser un monstruo como él.

Es decir, todo mundo lo admira. Y él no se queda atrás.

Así que verlo acercarse a él, coincidiendo en ese pueblito, en ese sitio que es un club deportivo para niños —mismo al que no sabe cómo demonios llegó—, se le hace irreal. ¿En serio no es el sueño el que lo está dominando y hacerle tener espejismos?

Cuando Nicolás llega con quien Shoyo asume es su pequeño hijo, el título de la sonrisa más radiante que el Sol se le adjudica a él pues todo lo que hay en Nicolás es un aura alegre con todo y la edad.

—Ah, enserio eres tú. Creí que mi hijo había visto mal.

—¿Qué es...? —Shoyo sacude la cabeza, despertando de su despiste, sintiendo las manos húmedas de lo nervioso que está—. Qui-Quiero decir, Romero-san, ¿qué está haciendo aquí?

—Lo mismo te pregunto —sí, bueno, Shoyo puede soltar una respuesta estúpida como que sus piernas lo llevaron justamente ahí como si fuera a obtener las respuestas más acertadas viendo a niños recibir los balones con la cara y corretear a otros tantos.

Fue un mero impulso en realidad.

Pensando sobre ello no puede evitar recordar la vez en que Tobio le platicó sobre cómo fue que terminó en el mismo lugar hace años, cuando recién él había decidido utilizar su propia fuerza para las batallas aéreas y Tobio se había negado gritándole en medio de un partido de práctica. Y, por coincidencia o destino, se había topado con Oikawa obteniendo de él bastante humillación pero a la vez una reflexión bastante acertada.

Que ahora Nicolás Romero esté ahí es como una señal del cielo...O quizá solo sí es una coincidencia. Cuando Nicolás le explica que están de visita con unos de los parientes de su esposa, a Shoyo le gusta pensar lo segundo, es que solo una coincidencia.

Pero cuando Shoyo explica rápidamente sus motivos de estar en Miyagi, Nicolás hace una mueca divertida como si recordara algo recién.

—Es cierto, Tobio también fue invitado ¿no es así? —Claro, piensa Shoyo. Están en el mismo equipo como para no saberlo—. Creí que estaría contigo. Siempre están juntos —Hinata siente fría las manos de pronto, y el color de su rostro, que poco a poco había podido recuperar debido a la emoción de estar hablando con el As de los Adlers, se desvanece en cosa de nada. Como si la mención de ellos dos como un todo, en labios de alguien más, le causara temor.

Que sí, Nicolás Romero representa, seguramente, la admiración de casi todo su equipo y el de muchos otros jugadores a nivel mundial pero justo ahora para él es la representación de todo eso a lo que Hinata le tiene tanto miedo.

El que sepa algo más de él o de Tobio.

Si su comentario es sin malicia, Shoyo no puede saberlo. Porque tan pronto se encierra en su burbuja de escenarios fatalistas ese es el único camino que reconoce que espera que suceda pero no es él ni Romero quien le trae de nuevo a la tierra de aquellos que se comen vivos a otros por el mero afán de hacer el mal así como también a la tierra donde aún prevalece la inocencia y el amor.

—¡Papá! ¡Papá! ¡Estás hablando mucho! ¡Quiero pedirle su autógrafo, por favor! —la carcajada limpia de Nicolás en compañía de los brillosos ojos de su hijo hacen que las preocupaciones de Shoyo desaparezcan en cosa de nada así como ahora siente que no puede pensar en nada ni tiene preparada una contestación a eso.

Es...Es la primera vez que alguien le pide algo así.

Y mientras Nicolás hace las presentaciones Shoyo no deja de mirar a su pequeño hijo. Atento a todo lo que dice. Tan interesado en él con la inocencia propia de esa edad. Con el semblante embriagado de felicidad por conocer a alguien a quien admira.

"Siempre hay alguien observándote", recuerda esas palabras, y de pronto su significado ya no es tan malo como cree.

Que sí, seguramente hay muchos ojos que esperan cualquier error para restregárselo en la cara pero también existen pares de ojos sin malicia como los de ese niño.

Siempre hay alguien observándote a pesar de que pienses que no. A pesar de que creas que no hay nada excepcional en ti, hay alguien quien sí lo ve. Y para ese alguien puedes ser el héroe que esperó hace tiempo. Con capa o sin capa, con súper fuerza o sin ella, con anécdotas increíbles pero también con un par de tragedias.

Ver al pequeño hijo de Nicolás le recuerda un poco a sí mismo admirando hace tiempo a la figura que lo llevó hoy a estar donde está. Seguramente ese niño pedaleando con fuerza la bicicleta no sabría que tendría que pasar por tanto. Y no sabría, de antemano, que a la edad de veintidós años tendría ese tipo de dificultades.

Quizá se sentiría decepcionado.

No por su esfuerzo con respecto al vóley sino por la influencia de los demás sobre él. La influencia abrumadora como para estar queriendo decidir en ser feliz únicamente a medias.

—¿Cómo se dice?

—¡Muchas gracias señor Ninja Shoyo! —Shoyo sonríe, conmovido viendo la poderosa reverencia que da el niño, y no puede evitar sentir que su rostro serio y apasionado le recuerda a Tobio. El recuerdo, sin embargo, lejos de sumar más emociones negativas, le gusta.

—Oh, puedes decirme solo Shoyo.

—¡¿Enserio?! —el pequeño hijo de Nicolás sonríe amplio y está seguro que de él haber conocido al Pequeño Gigante de esa manera también se habría puesto así. Shoyo le devuelve la sonrisa, agachándose un poco para mirarlo. Tiene los ojos y la sonrisa de Nicolás, y la calidez y sencillez que todos deberían tener aun cuando se hagan mayores—. ¡Papá! ¡Papá! ¡¿Oíste?! —Nicolás, a su lado, sonríe solamente, pasando su mano sobre sus cabellos—. ¡Le diré a mamá! ¡Muchas gracias..., Shoyo! —cuando se despide corriendo a alcanzar a su madre seguramente en el estacionamiento, Shoyo libera demasiado aire para su sanidad. Solo hasta que Romero se acerca a él colocando su mano en su hombro, voltea, confundido.

—Seguramente mi hijo no es el único que te observa —lejos de sentirse intimidado por el comentario, como si se refiriera a los ojos del mundo sobre él, está seguro que el comentario de Nicolás va por otro camino. Uno más real y con los pies en la tierra a pesar de que parte de ese miedo que siente también lo sea—. No soy muy bueno para aconsejar pero seguramente no la has tenido fácil, ¿eh?

Las palabras de Romero son acertadas. Y aunque no es la primera persona que piensa eso de él tan pronto les dice que es un jugador profesional a pesar de que es pequeño, hay algo en las palabras de Nicolás que le reconfortan. O quizá Shoyo las siente así porque nunca ha tenido una figura paterna en todo este tiempo que lo guié.

—Así es, Señor —sincera con la voz baja, apretando un poco los labios. Qué ridículo se vería si se pone a llorar ahí. Es un adulto ya, por amor a Dios, pero está seguro que aunque lo hiciera Nicolás no le diría nada. Él tiene un aura alegre y amable como lo es Heitor. Le recuerda mucho a él.

—Lo imaginé. Hoshiumi no lo dice tampoco pero tu nombre se le escapa a veces lleno de admiración —Shoyo desconoce eso pero antes de que pueda añadir un comentario a cerca de lo que le parece que comparte el Nuevo Pequeño Gigante con él, Nicolás continúa—. Y también a Tobio —la sensación de miedo, sin embargo, no se produce esta vez, y está seguro que parte de eso es porque Nicolás le está dando la seguridad de que no se sienta así a su lado.

Una seguridad que le recuerda a Tobio hace apenas unas horas, tomando su mano.

Y a todas esas veces en las que lo hizo sin mirar a los demás cuando Shoyo lo único que hacía era lo opuesto.

—Seguramente tu camino no ha sido fácil, Shoyo, pero ha sido labrado por ti mismo. Tú abriste las oportunidades, no las oportunidades se abrieron a ti. Y tú te hiciste de tu propio nombre. Un nombre único que nadie más tiene y que nadie más comparte: Ninja Shoyo. Y así como eres el ídolo de mi hijo estoy seguro que lo eres de muchas personas más. No olvides quien logró todo eso.

Esa plática con Nicolás, tan corta como un suspiro, le dio la fuerza que necesitaba.

La fuerza para tomar todas sus inseguridades y despedirse de ellas al mismo tiempo que lo hizo de él con una sonrisa, agradeciendo sus palabras eternamente con un par de lágrimas acumuladas en las orillas de sus ojos.

La fuerza para pararse de nuevo frente a sus compañeros —al menos con los que estaban presentes en ese momento— y disculparse por todos los problemas que pudo haberles ocasionado y para poder subirse al autobús de regreso para afrontar la realidad como sea que venga.

Una realidad que se volvió más ligera cuando Tomas se sentó a su lado, compartiendo todo el trayecto del viaje juntos, pasándole el auricular derecho de sus audífonos mientras él se ocupaba de buscar una canción en particular en su teléfono y reproducirla.

A Shoyo el sonido del sintetizador en crescendo le transmite una buena vibra, además de que los gritos de las personas —porque es una versión en vivo seguramente— le hace sentir como si realmente quisiera unirse y dejar salir todo por medio de la garganta pero solo segundos antes de que empiece un coro de voces es que se anima a mirar a Tomas de nuevo y preguntar.

—¿De qué va la canción? —Tomas sonríe solamente antes de decir en sincronía con las primeras voces que se oyen.

—Es una canción a cerca de amar a alguien —De no aceptar completamente todo lo que la televisión, los medios, el periódico venden. De dejar de sentir miedo por la manipulación de un grupo de personas que lo único que ocupan es tener material para la nota de un chisme. De amor y nada más que amor—. O más bien de que solo deberías estar amando a quien te haga feliz sin importarte los demás.

A Shoyo finalmente lo despertó esa oleada de calor en el pecho.

Esa oleada de emoción, alegría y aceptación.

Esa autocrítica acerca de que finalmente está descubriendo...Descubriendo que amar a alguien como Tobio nunca tuvo nada de malo desde el comienzo.