Vie jul. 31, 2020.
01:51 P.M.
Pigmentos en todos lados
Color anaranjado fresco, las hojas de Octubre amarillentas,
tapaban el sendero como escarchas al tope de un lienzo en blanco.
Color azulado, proveniente del cielo abrumadoramente claro que
contemplaba al sujeto nacido de un almacén de químicos.
El sol y su brillantez que contrastaba la fría corriente de otoño.
Su caminar era apresurado. No obstante, él lograba crear un balance
para apreciar las carreteras, los edificios, las esculturas y los detalles
de los ciudadanos de Gótica.
Había arribado a su escondite mejor trabajado, lejos de su amado Manicomio.
Repleto de desechos de lo que fueron sus días de prestigioso ingeniero.
Inmediatamente se asomó a su colección del mismo modelo de Champán,
que le hacía recordar el gozo que preciaba cuando estuvo sentado en el
modesto comedor de la Mansión Wayne, brindando por su adorado Caballero
de la Noche en una tarde de tragedia. Por nada del mundo, iba a ser capaz
de cambiar su gusto por el mencionado espumoso que saciaba cálidamente su
garganta: «Recordar es Vivir», pensó. Estuvo recorriendo de manera infinita al propio
escaparate marrón caoba, para tratar de curar su eterna sensación de abandono
causada y perdonada por aquel que llevaba su otra mitad.
Llegar.
Bebida tras bebida como si fuese agua.
Desplomarse al no ver su alma gemela cerca de su regazo.
Un chiste que tenía de todo menos gracia.
Una melodía que era preferida por el joven Wayne comenzó a sonar.
El hombre fanático de las chaquetas moradas que arrastran el piso
se apresuró para servirse esta vez un vaso de Whisky cuando sucedió
lo inevitable. Los segundos pasaban y su visión era bloqueada por
innumerables destellos blancos semejantes a una cámara fotográfica.
Lo mareaba hasta agarrarse su destrozada piel de la cara para abrigarse.
Su vista que vislumbraba los muebles que lo rodeaban. Todo el lugar, al
igual que su alma, le habían salpicado un color gris, desprendiendo
un ambiente con panorama descolorido.
Sus manos ocultas en los guantes de cuero temblaban.
Sus orbes se llenaban de lamentos, pero los mantuvo en cautiverio al reírse
histéricamente, cerrando con mayor fuerza sus ojos. El Valeska se advertía a
sus adentros, de que si dejaba sus amargas lágrimas caer, no había vuelta atrás.
Transcurrieron las semanas.
Nuevamente, el Príncipe del Crimen disfrutaba de su libertad.
En consecuencia, estaba el pavor de las carreteras de la ciudad.
Procurando continuar con el siguiente paso de su brillante plan.
Retumbó su teléfono, avisando una llamada entrante.
Fue un milagro que, inmerso en la niebla que proporcionaba el alcohol,
pudiera responder.
—Lo siento, Jeremiah. —
La voz de un olvidado cómplice traspasó el auricular.
Justo fue cuando la compresión le cayó como balde de agua fría.
Sobre su cabeza y escurriéndose por sus hombros.
Dicho diluvio que cargaba su más abismal temor,
hacía que la realidad estrellase lo que quedaba de su sombrío corazón,
y la falta de colores en su escenario solo confirmaban lo que ese
desamparado criminal le acababa de decir.
Bruce había muerto.
Su otra mitad ya no existía en este mundo.
— Fabiana
