Nunca doblegado

Disclaimer: Todo pertenece a George R. R. Martin.

Esta historia participa en el topic Rey de los Siete Reinos del foro Alas negras, palabras negras.

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Meria Martell declaró la guerra a los dragones. Lo hizo sin titubear, como lo hacía todo siempre. Miró fijamente a Rhaenys Targaryen sin ningún rastro de temor y recitó el lema de su casa con firmeza y seguridad. Nymor estuvo presente y la admiró por ello. Se sintió orgulloso de ser su hijo y deseó ser un gobernante tan fuerte como lo era su madre cuando algún día le llegara el momento de hacerse cargo de Dorne.

No obstante, ahora que el momento ha llegado no se siente igual. Los años han pasado y la guerra continúa. Los ahora reyes del resto de Poniente no están dispuestos a rendirse y el pueblo de Dorne está sufriendo las consecuencias.

Nymor sabe que tiene que tomar una decisión difícil. También sabe, aunque le duela admitirlo, que Dorne no va a ganar esa guerra, que quizá puedan resistir unos años más, pero que los Targaryen no van a rendirse y tarde o temprano acabarán conquistándolos. Sabe que la decisión es en realidad entre ponerle fin a la guerra de una manera limpia o prolongar el sufrimiento de su pueblo por quién sabe cuántos años más. Es la lucha de la lógica contra el orgullo.

Nymor se pregunta qué habría hecho su madre. Meria Martell siempre parecía saber qué debía hacer. Sin embargo, ahora ella no está. Solo está él. Su hija espera sentada al otro lado de la mesa. Nymor la mira. Sabe lo que ella opina y confía en su criterio. Un día será la princesa de Dorne y está seguro de que será a la vez firme y justa, como lo fue su madre y como intenta ser él.

Finalmente asiente en dirección a Deria. Le hará caso. Moja la pluma en el tintero y comienza a escribir la carta que sabe que pondrá fin a la larga guerra contra los dragones.

Al día siguiente Deria parte en dirección a Desembarco del Rey. Se marcha valiente y decidida, como su abuela. Se pregunta qué habría pensado ella de lo que Nymor ha hecho. Ojalá pudiera saber la respuesta. Quizá, si los septones tienen razón, algún día lo sabrá. Hasta entonces solo le queda decirse que ha hecho lo que ha considerado mejor para su pueblo. No ha conseguido la victoria, pero al menos ha evitado la derrota y Dorne, al igual que la casa Martell, ha permanecido nunca doblegado, nunca roto.