NOTAS PREVIAS: Bueno, gracias a la review de Kalrathia, una de las mejores escritoras que existen en FF (Y no es peloteo, es totalmente cierto, compruébenlo ustedes mismas), aquí tienen el segundo capítulo. Hacía años (AÑOS) que no escribía, de modo que me siento oxidada y torpe, pero aún tengo la esperanza de que las cosas mejoren con la práctica.

Anyway, aún espolvoreo por ahí detalles históricos para aquellos a quienes les gusten. Pensaba explicar estos detalles al final del capítulo en anotaciones pero entonces se convertiría en una especie de pequeña enciclopedia y no es esa mi intención. Sí que dejaré las traducciones del ruso y del alemán y quizá comente alguna cosilla. Me siento muy vaga pero lo intentaré.

Sobre el capítulo anterior, en realidad se trata de la conferencia de Potsdam en la que se reunieron Stalin, Churchill (los primeros días) y Truman. Ivan toma el papel de Stalin, un poco absurdamente porque en el fic es en realidad general del NKVD. Pero esto, amigos, es Hetalia. Donde los países son personas, así que imagination~~.

WARNING: Violencia, dominación, lenguaje explícito, mención al nazismo, yaoi DEMASIADO light.

DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen, sino a Hidekaz Himaruya.


Capítulo 2. KÖNIGSBERG

Hacía ya varias jornadas que el ruso no se dignaba a aparecer por su acogedora morada. Si no fuera porque su inventiva para mortificarlo se había ido volviendo cada vez más ingeniosa, refinada y retorcida, habría echado incluso de menos su insidiosa presencia. Había perdido la noción del tiempo que llevaba allí; ni siquiera estaba seguro de que le trajesen la comida una vez al día, de modo que, en ausencia del más mínimo resquicio de luz, había desistido de llevar la cuenta del tiempo que llevaba encerrado entre las estrechas cuatro paredes de su celda.

La oscuridad extrema en la que se hallaba sumido era incluso peor que las leves torturas a las que lo sometía aquel lunático de voz incoherentemente amable. De hecho, su voz era lo único que podía percibir con claridad en la negrura de su celda, pero, a pesar de la turbadora dulzura de las palabras de su carcelero, prefería aquellas crueldades suyas a la soledad con que el ruso lo castigaba durante horas y a veces, estaba casi seguro, días.

«¿Sabes que si permaneces a oscuras el tiempo suficiente puedes acabar ciego?»

Esa fue una de las primeras cosas que le dijo. No podía verlo, pero habría apostado lo poco que le quedaba de dignidad a que el ruso lo decía con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Su tono lo delataba.

Al principio, lo único que hacía era quedarse allí, cerca de él. Podía notar su presencia, oía su respiración pausada, percibía su calor corporal en el frío de su calabozo y se sorprendía a sí mismo pensando que debería temerle y que, sin embargo, se sentía estúpida y desesperadamente reconfortado cada vez que volvía. Sabía de lo que era capaz el ruso, sabía que podía tener arranques de genio devastadores, pues así lo había comprobado en sus propias carnes aquel día fatídico en Königsberg, el día en que tuvo la mala suerte de encontrarse con él.

Con el transcurso del tiempo, el soviético empezó a formularle preguntas en alemán a las que él jamás respondía. ¿Cuál es tu nombre completo? ¿Cuál era tu rango en el ejército? ¿A cuántos rusos había matado? ¿Había participado en alguna masacre de civiles inocentes? (Esta le parecía hipócrita viniendo de alguien que había tomado parte en la aniquilación de miles de civiles en Prusia Oriental, pero se guardó convenientemente su parecer). ¿Había participado en el asedio a Leningrado? Esta última cuestión en particular el ruso la pronunció con una ira que no se molestó en ocultar. Fue una de las pocas preguntas a las que Gilbert se atrevió a contestar. Nein. Y, en el momento en que aquel monosílabo salía de sus labios cuarteados por la sed, se arrepintió de haberlo hecho.

Fue la primera vez que el ruso lo tocó (la segunda en realidad, teniendo en cuenta el día en que se conocieron, aquel terrible y ya lejano 9 de abril). Su captor le propinó un puñetazo en la mandíbula con tanta fuerza que lo arrojó de espaldas al suelo y le hizo llegar a creer que le había desencajado los huesos de la cara. El poder de aquel corpulento bolchevique era colosal, acorde a su tamaño, y, desde luego, no estaba dispuesto a experimentarlo de nuevo. Y aunque hubiera querido responderle, tampoco habría podido. Era bastante obvio que no sabía una sola palabra de ruso. Jamás habría aprendido la lengua de un sucio untermensch.

Otro día trajo consigo una lámpara de gas y le forzó a mirar hacia la llama sin tocarle siquiera un solo cabello («quiero ver tus ojos inhumanos, nemet»). Solo una orden. Solo bastaron un par de palabras para que él le obedeciera como un cachorrito bien entrenado y terminara por quemarse las pupilas, que por lo demás eran hipersensibles a la luz directa. Se estuvo odiando por ello lo que duraron unas cuatro visitas más. Y es que el cabrón era bueno. Sabía lo que hacía. Y al prusiano cada vez le costaba más aparentar indiferencia por su propio destino y disimular la angustia creciente que ya le estaba carcomiendo sus pensamientos. No podía tenerlo allí encerrado en la maldita oscuridad hasta que enloqueciera. ¿Era ese acaso su plan?

Pero de repente su sádico carcelero dejó de acudir a sus preceptivas citas. Supo enseguida que no era él quien se aproximaba a su celda, porque a aquellas alturas ya conocía de sobra el sonido de sus pasos. «El gigante con pies de barro». Se habría reído, pero sabía que no era una buena idea, no solo porque sus carceleros podrían hacerle daño, sino también porque, en su frágil estado, lo más seguro era que las risas se convirtieran en inaceptables sollozos y acabara hundiéndose del todo hasta perder la cordura.

De modo que el ruso se había olvidado de él. Ahora era un desconocido el que abría la puerta y le arrojaba la comida encima de malos modos. Cuando se trataba de un trozo de pan duro no le importaba demasiado, pero a veces era un cuenco de madera lleno de sopa insípida, y entonces maldecía a la Madre Rusia y a todos sus vástagos por aquella hospitalidad que le dedicaban. Con el agua sucedía lo mismo. Al final tenía que quitarse los harapos que lo cubrían para exprimirlos y poder lamer hasta la última gota de agua o de sopa con que lo habían empapado. Si al menos el cuenco fuese de loza, hacía tiempo que habría acabado con su sufrimiento. Pero no, ni siquiera ese consuelo le dejaban.

Si volvía a ver a aquel russky, le suplicaría que lo matase.

No lo hizo.

2

—¿Me has echado de menos, cachorrito blanco?

La silueta del soviético se recortaba, a contraluz, en el vano de la entrada de la celda debido a la luminosidad que se colaba desde el exterior. Instintivamente, Gilbert se tapó los ojos con un brazo tanto para rehuir la luz que irritaba sus ojos acostumbrados a la oscuridad, como para ocultar al propio ruso recién llegado.

Por supuesto que no se había olvidado de él. Cómo iba a hacerlo.

Se encogió sobre sí mismo y trató de que no se le notara el temblor que, muy a su pesar, empezó a sacudir su cuerpo. Rezó para que él no se percatara.

Da nyet —respondió el prusiano entre dientes, sin apartar el brazo de su rostro y, sin embargo, el otro hombre oyó con claridad su respuesta.

La conmoción que le produjeron las carcajadas del ruso al oír su réplica le cortó la respiración. Nunca se habría imaginado que aquel tipo implacable supiera reír. Incluso su temblor remitió un poco.

—Bien, bien. Veo que has aprendido algo útil en mi ausencia.

Ivan avanzó unos pasos hacia su prisionero y se detuvo justo a su lado. Al sentir que el gigante se cernía sobre él, Gilbert se cubrió la cabeza esta vez con ambos brazos y gritó con las pocas fuerzas que aún albergaba tras la intensa carestía de alimentos que ya casi se había prolongado por cuatro meses:

—¡Por favor, no me hagas daño! ¡Te lo suplico!

Sabía que las dos únicas veces que le había hablado en alemán habían acabado con él por los suelos, tratando de proteger su integridad y sus dientes, así que estaba preparado para recibir la somanta de palos correspondiente. Pero su anticipación fue en vano, porque los golpes nunca llegaron. El ruso se limitó a agarrarle de un brazo y a levantarlo del suelo como quien alzaba a un chiquillo.

—Esto es una puta pocilga —dijo tan solo, arrugando la nariz mientras arrastraba al otro hombre hacia la puerta con una facilidad asombrosa—. Y me aburro de observarte en la penumbra. Me pierdo los matices de tus... reacciones.

Gilbert enmudeció una vez más. «Lo más seguro es no responderle. Lo más sensato es seguirle la corriente...», se repetía sin cesar, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no caer al suelo como un fardo inútil.

—Ahora te vas a dar un baño y quizá luego juguemos a algo, si es que tengo ganas —le informó el soviético con una sonrisa llena de dulzura—. Acabo de llegar de un viaje interminable en tren desde Berlín y estoy tan aburrido que sería capaz de matarte de un solo golpe por divertirme, pero sería estúpido por mi parte deshacerme tan pronto de mi juguete favorito.

El madito bolchevique tenía un nivel más que aceptable de alemán, así que no podía fingir que no comprendía lo que le decía.

Da... —le contestó el prusiano estremeciéndose cuando salieron por fin de la celda sin ventilación.

—Voy a enseñarte otra cosa útil en ruso. Te aseguro que usarás esta expresión más que ninguna otra. ¡есть! Repítelo, vamos.

Yest —susurró Gilbert intentando emular la pronunciación.

—No está mal para un alemán —dijo resoplando y encogiéndose de hombros—. En el ejército significa «¡Sí, señor!». Así que ya sabes. Tu nueva palabra de cabecera para cuando te dirijas a mí.

—есть.

—Conejito listo. Estoy muy orgulloso de ti. —Ivan le palmoteó en la espalda con tanto brío que su desnutrido prisionero cayó al suelo medio desmadejado y solo cuando le propinó una patada en la espalda con su gruesa bota para la nieve, pudo levantarse y continuar su camino, cojeando, tragándose las lágrimas de humillación, de ira y de dolor.

Por ahora le seguiría la corriente. Más que nada porque estaba a punto de desmoronarse y no quería darle la satisfacción de perder el sentido y caer a sus pies. Pero como le dejara la más mínima oportunidad de recuperarse... entonces que se atuviera a las consecuencias.

Ni siquiera sabía dónde se encontraban. En algún lugar en Rusia, eso estaba claro, pero aquel maldito país era casi tan grande como su propio ego. Según sus cálculos debían de estar ya en pleno verano, y a pesar de ello, el frío que hacía por aquellos pasillos desnudos por los que lo arrastraba el ruso era inconcebiblemente insoportable. Sobre todo para los exiguos jirones de tela con los que lo habían vestido.

El ruso se detuvo ante una puerta y, sin molestarse en llamar, gritó unas cuantas palabras en su idioma y una mujer salió de inmediato de la sala. Intercambiaron unas cuantas palabras en un ruso rápido y perentorio y la mujer hizo un gesto respetuoso y marcial. Quizás no estuviera mal saber ruso después de todo. Al menos ahora sabría qué pensaban hacer con él. Aquellos rojos podían tener un ejército descabezado, sin sus mejores oficiales, sin una cadena de mandos como Dios mandaba, pero aún así les habían derrotado. Por aplastante superioridad numérica, sí, pero eso no disminuía el dolor del fracaso, más bien al contrario. La camarada soviética lo tomó de un brazo y sin mirarlo siquiera lo instó a caminar a su lado con un tirón seco y brusco. Gilbert miró de reojo al hombre que lo había entregado a aquella mujer y que se quedó atrás, ahora solo, con aspecto ligeramente divertido.

—La camarada Arlovskaya te tratará bien, nemet —le aseguró con un gesto burlón y displicente de la mano mientras se alejaban—. ¡No te preocupes! Las mujeres rusas no son como las alemanas, créeme.

«Por supuesto que no, asqueroso comunista». Nunca olvidaría a aquellas muchachas y aquellas matronas de las afueras, sus ojos abiertos de par en par en una mueca de horror congelado, sus sesos, esparcidos sobre la tierra, sus faldas, hasta la cintura.

Al menos no parecía que por el momento tuviera planes inminentes de acabar con su agonía.

El prusiano observó a su nueva celadora y evaluó las posibilidades de escapar. La conclusión a la que llegó en apenas unos segundos fue que era inviable. Él apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie y aquella mujer era robusta y casi tan alta como él. Iba vestida con un uniforme soviético verde de un rango intermedio que él desconocía. Su cabello era rubio dorado y lo llevaba pulcramente recogido en la nuca, a medias cubierto con una gorra cuartelera con la consabida estrella roja. Si no fuera por las insignias, aquella mujer podría haber pasado fácilmente por una preciosa alemana de facciones delicadas y a la vez inflexibles. Claro que en Alemania apenas había visto a mujeres en uniforme. Algunas entre las SS, pero ni siquiera entre sus filas eran habituales.

Su mirada se perdió en la parte superior del uniforme de la mujer y notó con claridad que se sonrojaba al distinguir la curva del busto generoso de aquella hosca rusa a través de la tela de su chaqueta militar.

«Oh, vamos, ¿llevas cuatro meses como un animal enjaulado y esto es lo primero que se te viene a la cabeza?»

Era, de hecho, demasiado hermosa para los estándares rusos, y eso que las rusas, eso él debía reconocerlo, eran mujeres bellísimas. ¿La habría seleccionado su captor a propósito?

Kamerad Arlovskaya —dijo él en alemán, en un intento de congraciarse con ella—, ¿a dónde me lleva, por favor?

Por toda respuesta, ella apretó el paso, torció el gesto con disgusto y en apenas unos segundos salieron al exterior, donde brillaba un sol de justicia que lo hizo recular y hasta gemir de dolor.

—¡Espera! No puedo exponerme así al sol después de…

Ella le tiró con tanta fuerza del brazo que hasta la tela del hombro se le desgarró. Se quejó de dolor inútilmente, pero por supuesto la rusa no sabía alemán y, aunque lo supiera, no iba a apiadarse de él. Notaba la aversión de la mujer hacia él con una nitidez casi palpable.

Por lo visto estaban en una especie de campamento militar. Se detuvieron junto a lo que parecían unos barracones y unos cuantos cubos de agua al lado de un abrevadero para caballos, y al fin comprendió lo que pensaban hacer con él. Habría apostado su desposeída Cruz de Hierro a que no se habrían molestado en calentar el agua para él. ¿Un pequeño detalle de humanidad hacia un insignificante «perro nazi» que tenían en su poder? De nada servía que les repitiera que él no era nazi, que nunca lo había sido; ellos se lo seguían llamando indistintamente. La mujer le espetó algo en ruso y le señaló los cubos con insistencia para luego señalarlo a él y a su ropa. Sus gélidos y clarísimos ojos apenas se detuvieron en él más de lo necesario. Sentía repugnancia por él. Era consciente de ello. Y no la culpaba. En aquel momento no se soportaba ni siquiera a sí mismo.

—¿Quieres que me duche y enjabone aquí, fräulein? ¿Delante de todo el mundo? ¿Con el agua de los caballos?

Ella volvió a señalarle la ropa con impaciencia. A su alrededor había unos cuantos hombres uniformados que habían dejado de hacer lo que estaban haciendo y reprimían la risa y otros que, directamente, se reían a carcajadas de aquel prisionero alemán que ya tiritaba bajo aquel sol ruso que apenas calentaba. Todo en aquel puto país era demasiado frío. El prusiano apretó los labios con rabia y se dijo que había cosas infinitamente peores que aquello.

Al ver que tardaba más de la cuenta, la camarada Arlovskaya perdió la paciencia y lo abofeteó con gesto cansino, como quien hacía aquello a diario, para luego arrancarle de encima la prenda superior y acercarle uno de los barreños con el pie. Uno de los rusos la vitoreó y lanzó un silbido y las risas se multiplicaron a su alrededor. Si al menos hubiera sido hacía meses, no tendría nada de lo que avergonzarse, pero tras haber perdido parte de la masa muscular de la que tan orgulloso había estado, los huesos de sus caderas y las costillas sobresalían y destacaban, terribles, bajo aquella piel suya demasiado clara. Se agachó para tomar la pastilla de jabón y acabar con ello cuanto antes, pero la mujer se lo impidió y chasqueó la lengua mientras meneaba la cabeza. Luego, señaló inequívocamente hacia sus pantalones y hasta creyó detectar un leve atisbo de diversión en los ojos de la inexpresiva soviética. El prusiano, por su parte, maldijo la blancura superlativa de su piel, pues su rubor, que ya empezaba a manifestarse, sería nítidamente visible en kilómetros a la redonda.

Bueno, haría falta mucho más que eso para quebrantar su voluntad.

Se deshizo de los pantalones aparentando dignidad y echó una furtiva ojeada a su alrededor, esperando encontrarse al ruso por algún sitio, siendo testigo de su humillación pública. Por alguna razón, que él lo estuviera mirando lo afectaba mucho más que las exclamaciones burlonas que se extendían por todo el campamento ante su desamparada desnudez.

La mujer le acercó un cubo, lo alzó sobre su cabeza, y, con una media sonrisa, mirándole de arriba abajo con detenimiento, le confió en un alemán de marcadísimo acento:

—Los hombres pierden mucho desnudos. Y tú sin tu uniforme nazi no eres nadie, ¿da?

A continuación, con aspecto desganado, le volcó el cubo de agua helada sobre la cabeza.

3

—¡Oberleutnant Gilbert Beilschmidt! Tenga usted por seguro, señor, que de no estar en esta situación desesperada y de no ser usted un militar de carrera bastante competente, ¡le montaba un consejo de guerra en este mismo instante!

El prusiano ni siquiera sabía por qué estaba allí en posición de firmes ante aquel sujeto al que despreciaba y cuyo único mérito era haber sido el mayor exponente del Partido en Prusia Oriental. Una especie de Hitler a pequeña escala con libertad casi total para tiranizar la provincia más lejana y vulnerable del Reich. Él, desde luego, como miembro de la Wehrmacht no le debía obediencia directa, pero buscarse más problemas innecesarios en mitad de aquella vorágine caótica desatada ya desde aquel maldito enero de 1945 no habría sido muy inteligente por su parte.

—No se crea que porque le hayan concedido la Cruz de Hierro de primera clase podrá salirse con la suya. ¿Quién se cree usted que es? ¿Acaso una especie de héroe, teniente Beilschmidt?

«De héroe no. De soldado», pensó el militar. «Salvar vidas de civiles inocentes es lo que tiene que hacer un buen soldado, escoria nazi de despacho».

Claro que era lo suficientemente listo para morderse la lengua en los momentos más adecuados. Aunque lo cierto era que en ocasiones no podía evitar dar rienda suelta a sus sentimientos y temía que aquella fuera a ser una de esas veces.

—¡Vamos, vamos! ¡Hable! Me saca de mis casillas.

Gilbert apretó los labios y contó mentalmente hasta tres.

—Con el debido respeto, Gauleiter Koch, hice lo que debía hacer según el código de honor militar.

—¡Contravino una orden directa del Führer!

La contraorden en cuestión, en realidad, había partido del propio Erich Koch, que no quería evacuar a los más de 170.000 berlineses que se habían ido refugiando en Prusia Oriental para huir de los bombardeos incesantes en la capital. Goebbels quería recuperar a aquellos civiles, pero el Gauleiter de Prusia logró salirse con la suya al menos parcialmente y 55.000 mujeres y niños pudieron huir de Königsberg antes de la «visita» del Ejército Rojo.

—¿Resistir hasta el fin? —inquirió el prusiano levantando una ceja con ironía—. No he incumplido esa orden. Yo pienso quedarme aquí hasta el hundimiento del castillo y morir en batalla.

—¿Está diciendo que vamos a perder esta guerra, Oberleutnant Beilschmidt?

—Estoy diciendo que voy a cumplir con mis órdenes.

Durante los últimos meses aquel hipócrita no había parado de exhortar a sus ciudadanos para que resistieran, gritando por doquier: «La victoria es nuestra. ¡Königsberg será la tumba de los bolcheviques!». Mientras él, por supuesto, ponía a su familia a salvo y huía de la ciudad el mismo 28 de enero para refugiarse en un bunker cercano a Pillau. Koch ignoró, conscientemente o no, la crítica velada del teniente hacia él y se quedó mirándolo con una mueca de profundo desagrado.

—¿Considera que sacar a todos esos civiles de la ciudad es cumplir con su deber? Necesitamos hasta el último hombre para defender esta maldita ciudad de esas bestias asiáticas.

—Yo no los saqué de la ciudad, señor.

—Puso de su parte para que huyeran. O no hizo nada por evitarlo. Yo, como comandante de la Volkssturm no puedo aceptar el peligro que usted ha ocasionado con su... con su patética conmiseración.

—Esos hombres, mujeres y niños no eran más que bocas que alimentar y únicamente serían un estorbo para nuestras tropas.

No mencionaría que serían carnaza fácil y servida en bandeja para la venganza de los soviéticos. Eso era obvio, pero ¿qué le importaba a aquel maldito cobarde que se había llevado su mercedes a Pillau para huir del continente en cuanto se le presentara la más mínima ocasión?

—Le arrancaría ahora mismo sus galones y llamaría a la Feldgendarmerie para que lo pusieran bajo custodia. Y si no lo hago es para no perder mi valioso tiempo dando explicaciones a sus superiores. Pero tendré unas palabras con el general Lasch, que no le quepa duda.

—Bien, señor, ¿puedo retirarme? Tengo una fortaleza que defender.

—Retírese de mi vista, sí. Y espero que no tenga que volver a verle si no es matando ratas rusas. ¡Heil Hitler!

Gilbert se cuadró y vaciló antes de responder Sieg Heil en un susurro y desaparecer de allí a toda prisa.

Después de hablar con aquel hombrecillo del bigote, se sentía sucio y agotado. Probablemente ahora el tipo tomaría su avión y volvería a huir de la ciudad sitiada. Desde el 23 de enero ya no salían trenes hacia Berlín, aunque la mayoría de los miembros del Partido habían conseguido huir dejando atrás la condena segura que suponía esperar a los rusos. Los ciudadanos prusianos, por el contrario, tenían que huir por la carretera y en mitad de las heladas como podían, arrastrando tras ellos sus maletas y a sus hijos. Algunos refugiados se subían a bordo de los Opel Blitz de la Wehrmacht, que los llevarían hasta el único puerto que se había librado de la ocupación y a embarcar en un barco providencial que los salvara de la barbarie. Así había hecho Gilbert con su propia prometida, que, ante su insistencia y sus súplicas para que abandonara la ciudad, acabó por hacerle caso.

—Nos reuniremos de nuevo cuando esta pesadilla termine, pequeña.

La sonrisa alegre y desolada de ella al oírle decir aquello se le grabó a fuego en la mente y un terrible presentimiento le aceleró el corazón.

Gilbertchen, mein liebling. Sobrevive, por favor —le dijo ella antes de darle un intenso aunque casto beso en los labios y subir por la escala del enorme trasatlántico que estaba a punto de zarpar. El nombre del buque era el Wilhelm Gustloff.

Gilbert acarició con los dedos trémulos la culata de su Luger y trató de no sucumbir de nuevo a la angustia que le producía recordar el nombre de aquel barco. Ya no tenía nada por lo que luchar. De hecho, no sabía que hacía allí, todavía en pie, ofreciendo su vida por un Reich que en algún momento se había vuelto un gigantesco manicomio de perturbados que había arrasado con toda humanidad y esperanza de salvación.

Él caería con Königsberg. Podría haber optado por la salida fácil, la del cianuro, aquella de la que hablaban todos en la condenada ciudad. Pero él tenía un deber que cumplir. Se aseguraría de que siete de las ocho balas de su Luger fueran a parar a siete soviéticos. Hasta entonces, no pensaba quedarse sobrio ni un segundo más de lo que le restaba de vida.

El 26 de enero de 1945 Königsberg fue alcanzada por vez primera por el fuego de artillería ruso. Medio año antes, la RAF británica ya había contribuido a la destrucción del orgullo teutónico medieval, reduciendo a escombros el casco antiguo de la ciudad. Ahora era el turno de los soviéticos. Rodearon por completo la ciudad en aquel invierno excepcionalmente gélido en que se llegaron a alcanzar 20ºC bajo cero y, de repente, contra todo pronóstico, los rusos detuvieron su ataque, quizás por atribuir a los alemanes un mayor número de efectivos de los que en verdad poseían. El ejército alemán siguió reforzando las defensas, pero solo era un modo de retrasar lo inevitable.

Durante aquellos dos meses de espera agónica, Gilbert fue capaz de animar a sus hombres a pesar de que la moral era ya irrecuperable. Después de los trabajos de fortificación les permitía beber toda la cerveza que quedaba de Ponarth, al sur de Königsberg. Oír risas en tal ambiente de derrotismo a veces resultaba tan reconfortante como exasperante. Balas y cerveza. Con eso recibirían a los rusos. Al menos todo terminaría más tarde o más temprano. Un fin con horror era muy preferible a un horror sin fin y pensar en ello a veces era mejor que aparentar una alegría histérica y ebria frente a sus viejos camaradas.

El asalto final duró tres días.

El 9 de abril miles de prusianos depusieron las armas y levantaron los brazos amparándose en la volátil esperanza de que los rusos respetaran sus vidas. Muchos fueron ejecutados in situ, otros muchos se suicidaron con sus propias pistolas, mientras que, en algunos sectores de la ciudad en ruinas, grupos enteros eran tomados cautivos.

La primera vez que vio a Ivan le pareció una especie de lucifer de cabello clarísimo y ojos muertos, todo él pálido, todo él irradiando una ira glacial que casi dolía físicamente. Ante aquella visión irreal, Gilbert se llegó a quedar paralizado durante unos instantes. Se acallaron para él las ráfagas de disparos de las ametralladoras, los gritos de los moribundos y los alaridos de las enfermeras, y tan solo le llegaban las órdenes ininteligibles que le estaba dirigiendo aquel ruso aterrador cubierto de galones ensangrentados.

Cuando volvió en sí, se dio cuenta de que el soviético se hallaba a escasos pasos de él y que lo estaba apuntando con un revólver Nagant directamente a la cabeza. Gilbert percibió entonces, y solo entonces, el doloroso azul plateado de sus ojos llenos de odio, y como en un acto reflejo, se introdujo el cañón de su propia Luger en la boca.

Se le nubló la vista y creyó perder el conocimiento cuando el golpe en la cabeza con la culata del Nagant lo derribó de manera fulminante. Trató de enfocar la mirada y comprendió que tras el golpe le habían arrebatado la pistola y que ya no existía escapatoria posible para él. La propaganda nazi se hizo eco en su cabeza: «¡Victoria o Siberia! ¡Victoria o...!». Siberia… Cualquier cosa menos aquello. Había visto con sus propios ojos el campo de concentración de Stutthof y si los infames Gulags eran la mitad de infernales que aquel, prefería que le volaran los sesos justo allí y justo en aquel mismo momento.

Quiso incorporarse, pero el golpe lo había dejado aturdido. Oyó que el soviético discutía con los otros hombres en ruso y a juzgar por su tono perentorio y autoritario, él debía de ser el líder del grupo.

«Están decidiendo si van a matarme o no», pensó con una extraña serenidad de ánimo. «Pues bien, que pongan fin a todo este sinsentido, por Dios».

Al cabo de un rato cesó el intercambio de pareceres y observó por el rabillo del ojo que el hombre se detenía justo delante de él.

—Levántate, nazi de mierda.

Su voz sonaba, a diferencia de la que había empleado hacía unos momentos, como una melodía suave y hasta relajante. Inquietamente delicada. Gilbert no hizo el menor movimiento, pero murmuró algo entre dientes que su enemigo no llegó a captar. Entonces el hombre hincó una rodilla en suelo junto a él y le asió de los cabellos con fuerza hasta levantarle el rostro.

—No te he entendido, nazi de mierda, ¿podrías repetírmelo de nuevo?

El prusiano sacudió la cabeza y se hizo daño a sí mismo debido a la fuerza con que el soviético lo mantenía inmovilizado.

—De rodillas. ¡Ahora!

Gilbert apoyó las manos titubeantes sobre el suelo y se arrodilló con esfuerzo. Unas gotas de sangre cayeron sobre el dorso de su mano y, sorprendido, pensó que debía de ser su propia sangre, del anterior culatazo del revólver. El hombre de ojos muertos se había vuelto a poner en pie al ver que le obedecía.

—¡Mírame!

Al menos le estaba hablando en su idioma. Quizás pudieran llegar a entenderse. Ante aquel último pensamiento estuvo a punto de soltar una carcajada histérica, aunque por fortuna se contuvo a tiempo.

Volvió a obedecerle y desde el suelo, de rodillas como estaba, alzó la cabeza y clavó en él su mirada desafiante, con osadía, con sus ojos del color de la sangre relucientes ante la valentía con que había decidido enfrentarse a su verdugo. Ivan, por su parte, le devolvió la mirada desde arriba durante un rato tan largo que llegó a impacientar a alguno de los hombres. Gilbert notó que algo cambiaba en los ojos gélidos del ruso y sonrió para sus adentros.

—Tienes unos ojos preciosos, nazi de mierda —comentó repentinamente Ivan, sobresaltándole por lo inesperado de su tono y de su mensaje—. Del color de mi ejército, de mi bandera y de la sangre que ahora mismo te corre por la mejilla.

Las risas de los soviéticos, y, sobre todo, aquella respuesta condescendiente y aquella sonrisa bondadosa fueron más de lo que pudo soportar el prusiano, que terminó por confesar al fin imprudentemente lo que había dicho poco antes y que el ruso no había oído:

—¡Ya te lo he dicho, no soy nazi, escoria comunista!

De no haberse cubierto la cabeza a tiempo con los brazos y haberse acurrucado en sí mismo, se habría quedado sin dientes. De lo que no se había librado era de unas cuantas hemorragias y de algún que otro hueso roto. Lo cierto es que cuando el ruso dejó de patearle con las botas en la cabeza, en los brazos y en la espalda tras unos segundos que se le antojaron eternos, sus propios hombres se sintieron incómodos ante tal arrebato de violencia de su general. Le dolían tanto las costillas que apenas podía respirar y, entre convulsiones de dolor, escupió al suelo un reguero de sangre.

—En marcha, soldadito prusiano. Veremos si sigues siendo tan valiente dentro de unos días —le sonrió el soviético con fiereza y agregó:—. Y por cierto, no me vuelvas a ladrar jamás en tu idioma, ¿da?

Hizo un gesto displicente con la mano y sus hombres se apresuraron a tomarlo como prisionero.

4

Tras la humillación infligida en el campamento al aire libre, volvió a pensar, para consolarse, que había cosas mucho peores que se rieran de la desnudez de uno. Al menos parecía que el maldito ruso no lo había estado observando con un destello burlón de sus diamantinos y crueles ojos de hielo. Frunció el ceño enfadado consigo mismo por pensar en los ojos de su enemigo en términos... halagadores.

«¿Pero qué cojones me pasa?»

La camarada soviética había vuelto a escoltarlo de vuelta al interior del edificio principal y lo había conducido hasta un despacho apartado donde supuso que estaría esperándolo él. La mujer llamó a la puerta con los nudillos y desde dentro le dieron permiso para que abriera la puerta. Ella se despidió de él con una sonrisa y desapareció taconeando ruidosamente por un pasillo.

El ruso estaba sentado tras una mesa, dando cuenta de un plato de carne con patatas asadas y verduras, y ni siquiera levantó la vista cuando él entró y se quedó quieto y callado en mitad de la estancia. Continuó a lo suyo mientras ojeaba distraido unos papeles, y de vez en cuando se llevaba a la boca un pedazo de carne.

A Gilbert se le humedecieron los ojos al ver toda aquella suculenta, olorosa y apetitosa comida que no sería para él, y fue aún más consciente de lo débil que se encontraba por no haber comido decentemente en meses. Le temblaban las rodillas y supo que no podría aguantar mucho más tiempo en pie, y aunque había una silla desocupada ante la mesa del ruso, por nada del mundo se habría atrevido a sentarse sin su permiso expreso. De modo que esperó, y esperó... hasta que por fin su captor se aclaró la garganta y alzó la vista hacia él. El prusiano intentó mantenerse impasible.

—Estás temblando —advirtió Ivan tras una de aquellas miradas profundas e intensas que parecían tener el poder de traspasarlo de parte a parte—. ¿Por qué? ¿Tienes frío o me tienes pavor?

—Me han duchado con agua helada, señor.

—Lo sé. Es para que te vayas acostumbrando.

Gilbert se estremeció hasta la punta de los cabellos al oír el tono casual y natural que el ruso había empleado.

—S... sí, señor.

—¿Pero qué haces con esos trapos encima todavía? Esta mañana le di a la camarada Arlovskaya unas cuantas prendas para que te las pusieras.

—No quiero llevar encima nada que sea ruso —respondió Gilbert con temeraria altanería.

De forma un tanto infantil esperaba molestarle con su rebeldía, una de las pocas cosas que podía permitirse en aquella situación, pero el ruso parecía hallarse de buen humor aquella mañana y se limitó a sonreír fríamente. Observó que junto al plato de comida había una botella de vodka de la que apenas quedaban un par de tragos. Por lo que veía, el vodka lo volvía más tratable.

—¿Es por eso que te ha abofeteado en la cara?

Ante el desconcierto de Gilbert, Ivan se señaló su propia mejilla con aspecto aburrido y entonces comprendió que la mujer debía de haberle marcado con la palma de la mano.

—Le dije que no te tocara la cara. En la cara no —comentó el ruso como para sí—. Luego tendré unas palabras con ella.

—La culpa es mía, señor. Déjelo correr. Esto no es nada.

Ivan se mostró sorprendido.

—¿La defiendes? ¿A una de tus enemigos? Eres muy extraño, Gilbert Beilschmidt.

Al oír por vez primera su nombre completo de labios de aquel hombre, el corazón se le aceleró en el pecho y se maldijo internamente. Estaba seguro de que aquellos ojos increíbles que poseía el ruso notarían cualquier variación en su estado de ánimo y la mera idea lo aterraba. Que controlara hasta sus sentimientos.

—Solo soy respetuoso con las mujeres —replicó con voz insegura.

—Sí, ya he comprobado hace un rato que te gustan mucho las mujeres —comentó el soviético con una media sonrisa—. El pequeño soldadito prusiano se crece y se pone bien firme ante la arrebatadora belleza de una de nuestras camaradas —dijo haciendo un gesto obsceno y elocuente con los dedos.

Gilbert sintió que se sonrojaba salvajemente y miró hacia el suelo para rehuir el contacto visual con él.

—Eso no es cierto. Es solo que hacía mucho frío y... y... era imposible...

O sea, que sí lo había estado espiando. ¿Cómo iba a perderse aquel demonio una oportunidad de divertirse a su costa?

—Es una pena. Pero te aseguro que no volverás a tocar una mujer en lo que te queda de vida —anunció con sencillez y le sonrió una vez más con aquella dulzura exasperante.

—¿Es que va a matarme?

—Eres mi juguete, conejito blanco. Cuando me canse de ti, entonces y solo entonces, quizás te mate. Pero de momento me pareces muy... eh... entretenido.

—Por favor, señor...

—Puedes llamarme señor Braginski. ¿Por favor qué?

—Si le sobra un poco de... de esa comida, señor Braginski, por favor, eh... ¿podría...?

—¿Tienes hambre, conejito?

Gilbert asintió. Tenía tanta hambre que había mandado su orgullo a paseo. Haría cualquier cosa que le pidiera ese hombre por comerse sus sobras.

—¿No te han estado alimentando bien en mi ausencia? Oh, pobrecito. Ya decía yo que te notaba un poco desmejorado.

Entonces se irguió en la silla y arrastró el plato por la mesa en su dirección hasta dejarlo en el borde.

—Todo tuyo. Pero tendrás que comer de pie. Me gusta observarte.

No se lo pensó dos veces y con las manos desnudas dio cuenta ansiosamente de lo que quedaba hasta el punto de atragantarse.

—Tranquilo o acabarás vomitando —se rio el ruso, que no le había quitado el ojo de encima en ningún momento.

—Gra...gracias.

Spasibo.

—¿Cómo?

—Otra palabra en ruso para tu uso y disfrute. Spasibo. Gracias.

Jest.

—Me maravilla lo listo que eres, conejito. Quizás seamos capaces de enseñarte a dar la patita y todo.

Ivan Braginski se levantó de la silla y rodeó la mesa para acercarse a su prisionero. Aquel hombre, por si fuera poco, era asombrosamente alto, por lo que el efecto de intimidación se duplicaba de forma exponencial a la cercanía con que obsequiara a la víctima escogida.

—Date la vuelta —le ordenó en tono autoritario.

Gilbert obedeció sin pensárselo mucho. Seguirle la corriente de momento no iba mal de todo. Incluso le había dado de comer.

—Muy bien. Ahora quítate esa camisa sucia de encima.

—Sí, señor —ahora ya no se sentía tan seguro, pero hizo lo que le pedía sin rechistar y quedó con el torso al aire por segunda vez aquella mañana.

Ivan se dedicó a examinar su espalda durante medio minuto en completo silencio; un silencio que quedó rotó por el respingo del propio Gilbert al notar de repente los dedos del ruso sobre su piel desnuda.

—Me encanta tu espalda —dijo en un susurro mientras la recorría con aquellos dedos cálidos y fuertes—. Es como un lienzo en blanco, virgen, a la espera de que alguien grabe su obra de arte sobre él —se rió con maldad—. Excitas mi imaginación como nadie, cachorrito blanco.

El prusiano no respondió a aquellas palabras inesperadas y se quedó inmóvil mientras los dedos del ruso tentaban ahora burlones las costillas que se le marcaban bajo la piel.

—¿Tiemblas de nuevo? ¿Vas a volver a utilizar la excusa del frío?

—Hace frío, joder... —replicó Gilbert con un hilo de voz.

—Desde luego, bienvenido al verano de Moscú. —Ivan se apartó por fin y le indicó un armario que había en una esquina del despacho—. Ahí tienes ropas rusas que te vas a poner ahora mismo. Y como no obedezcas, la bofetada de la camarada que tanto te gusta te parecerá el aleteo de una mariposa en comparación con lo que yo podría hacerte.

Mientras se vestía con las cálidas prendas que le había ofrecido el soviético se atrevió a tentar a la suerte una vez más y le preguntó:

—¿Voy a volver a esa celda otra vez? Porque si es así, por mí puede reventarme de nuevo a patadas o a lo que mejor le parezca. Pero le aseguro que no voy a volver a ese agujero.

Ivan soltó una carcajada.

—Ciertamente eres extraño, prusiano. Obedeces con facilidad, pero luego sacas una valentía que te podría acarrear la ruina. No, no vas a volver a esa celda.

El suspiro de alivio se cortó de raíz cuando oyó las dos últimas frases que el ruso pronunció con evidente deleite:

—Vas a un sitio mucho mejor. Mañana partimos para Siberia.


NOTAS FINALES:

—El asedio a Leningrado fue una de las catástrofes más dolorosas para la Rusia Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Los alemanes sitiaron la ciudad unos 900 días, desde el 9 de septiembre de 1941 al 18 de enero de 1944. Son notorios los casos de canibalismo que se dieron tras sus muros y los muertos llegaron a superar el millón de ciudadanos.

Untermensch: Subhombre o subhumano. Ampliamente usado en la propaganda nazi a la hora, sobre todo, de dirigirse a la raza eslava, a la que ellos consideraban inferior. Pensaban que, tras dominar Rusia, todos sus habitantes deberían ser gobernados y convertidos en sirvientes de la «raza superior» germánica.

Nemet: Forma de los rusos aplicada como gentilicio a los alemanes. Proviene de una palabra que significa «mudo» porque normalmente los alemanes no sabían una palabra de ruso.

Gigante con pies de barro: Una expresión aplicada a Rusia a la que aludían los alemanes con frecuencia ya desde antes de la Segunda Guerra. Se hablaba de que Rusia era un enemigo formidable pero mal organizado y con pocas posibilidades de tener éxito en sus campañas bélicas.

Da nyet: Respuesta en ruso usada para mostrarse de acuerdo en parte, pero para estar en desacuerdo en lo principal. En definitiva, se trata de un no pronunciado por un hablante indeciso pero que se inclina más por la negación. Sería una especie de «Más bien no».

—есть!: Sí, señor, en ruso. Pronunciado como «Yest».

—Oberleutnant: Rango del ejército germánico-alemán equivalente a teniente en España.

Gauleiter: Líder de zona del NSDAP o partido nazi.

Volkssturm: Milicias de civiles alemanes obligados a tomar las armas en las últimas etapas de la guerra. Eran varones cuyas edades iban desde los 16 a los 60 años y fueron lógica y generalmente masacrados.

Wilhelm Gustloff: Fue un trasatlántico convertido en buque de evacuación para civiles de la zona oriental de Alemania. Fue torpedeado por un submarino soviético con más de 10.000 personas a bordo, de las que murieron unas 9.000 en las aguas heladas del Báltico. Fue la peor catástrofe marina de la historia.