Disclaimer: Los personajes de Saint Seiya The Lost Canvas son propiedad intelectual de Shiori Teshirogi y Masami Kurumada. Fic sin fines de lucro.

Aviso: Este fic participa en la actividad 'Infinitas Posibilidades', del grupo en Facebook: La Biblioteca de Acuario.

Situación No. 2:X personaje hace algo que decepciona a alguien importante para él/ella】.

NdA: Otra vez voy a usar a Gateguard, Hakurei y Sage para cumplir el reto ¡Es que no puedo evitarlo, tengo muchas ideas sobre ellos! xD Y prefiero abordarlas y escribirlas antes de que esta racha de inspiración se vaya. Así que, ¡Espero que les guste! ヾ(・ω・ヾ)


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The one who dies first.

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—¡Me gustan estos nuevos percheros para el uso público del Santuario! —exclamó Arkon, con una sonrisa malvada que dejaba ver sus dientes como una resplandeciente cuchilla de marfil.

—Cuando el patriarca Itia me libere, te juro que el que terminará en forma de perchero será otro —le aseguró Gateguard, con voz casi gutural, ante la mirada divertida del joven Sagitta.

—Pues a mí sí me gusta ser un perchero —opinó Hakurei, para el poco agrado de su compañero de cabellos rojizos.

—Hakurei, en serio, cállate —Gateguard sentía que, si lo escuchaba decir algo más, terminaría por desertar del Santuario por asesinato.

Sagitta soltó una carcajada tal que resonó a los alrededores, mientras el joven Altair fruncía el entrecejo.

—Mira, Gateguard, déjame recordarte que no todo lo que sale de tu boca es precisamente ilustre —bufó el gemelo mayor—. Para empezar, te recuerdo que terminamos así por tu culpa.

—Tiene un punto —opinó Francisca, quitándose el casco dorado y colocándoselo a Hakurei, quien lo miró con una pregunta clavada en los ojos— Debo aprovechar que estás de perchero y el casco estaba pesándome un poco —explicó.

—¡Oye, esa es una buena idea! —exclamó Arkon, como si de una revelación de los cielos se tratase. Los otros tres lo observaron sin entender.

—¿De qué hablas? —Gateguard fue el primero en exponer su incomprensión y quizá no debió hacerlo.

—De esto —Arkon se quitó la tiara de la armadura y la agitó delante de la mirada fastidiada de Gateguard—. Mira, mira ¿Sabes qué es esto? —preguntó en un tono cantarín.

—¿La corona del premio al perdedor? —respondió el caballero de Aries, en tono sarcástico y burlón.

—Depende... —Sagitta la extendió hacia la cabeza de Gateguard— Aquí tiene, su majestad. Esta corona de plata, como a usted le gusta.

—No te atrevas —masculló el santo de Aries, mirándolo con ojos inyectados de odio. Ojos cuyo brillo asesino hizo titubear al de Sagitta, sin embargo ¿tendría sentido dar vuelta atrás?

—De algo me habré de morir —dijo como si nada y se la colocó.

El joven de cabellos rojos intentó removerse, pero el cosmos del patriarca Itia que mantenía prisioneros a Hakurei y Gateguard se lo impidió. Su imposibilidad de moverse sólo provocó que los otros echaran a reír, entre ellos el de Altar, incluso aunque él también estuviese con la incapacidad de moverse.

¿Cómo habían terminado así?

—¡Espera! ¡Hacen falta unas flores! —comentó entre risotadas, Arkon. Gateguard gruñó como tigre amenazando a su presa.

—¡Ni siquiera lo pienses, Sagitta!

Habían conseguido enredarse en esa situación por una de las tantas discusiones que últimamente envolvían a Gateguard y Hakurei, la razón, bastante sencilla (y para el gemelo mayor, carente de sentido): la armadura de Cáncer.

Gateguard no se había guardado su repertorio de comentarios venenosos por la que él aseguraba, había sido la decisión más estúpida desde que a Pandora se le ocurrió abrir la caja que contenía todos los males del mundo.

¡Pues yo no quise abrir la caja de Pandora de Cáncer y ya! —había exclamado Hakurei, con toda la naturalidad del mundo.

Y Gateguard no tuvo reparo en recalcarle que la estupidez de esa decisión era proporcional a la estupidez del dueño de aquella decisión.

Hakurei era paciente hasta cierto grado, pero por alguna extraña razón, el santo de Aries tenía la facilidad de alcanzar ese límite y mandar a la paciencia del gemelo de Cáncer a perderse por el Yomotsu y forzarlo a él a ceder a sus instintos asesinos básicos.

Y así estuvieron a punto de comenzar una pelea, hasta que Itia, harto del ajetreo de sus discípulos, había utilizado su telequinesis y los había inmovilizado en un segundo. Gateguard había terminado con el puño a unos cuantos centímetros del rostro de Hakurei, mientras el otro tenía la rodilla a punto de clavarla en el costado izquierdo del de Aries.

Gateguard —lo había llamado Itia, en un tono cansado—, ¿Cuál es la única cosa que te pedí que no hicieras?

Su pupilo miró al cielo como si no hubiera oído nada más que el canto de los pájaros. El patriarca le dio un ultimátum con sólo posar su mirada profunda sobre él.

Que no peleara contra Hakurei —respondió desganado y entre dientes.

¿Y qué fue lo que hiciste?

Me puse a entrenar.

¿Y qué más?

—…

—…

—… y me peleé con Hakurei.

El santo de plata envuelto en el asunto apenas había podido contener una carcajada, hasta que Itia volteó a mirarlo a él con la misma severidad abrazadora.

Tú tampoco estás libre de todo cargo, Hakurei —le aseguró el Patriarca con los mismos ojos aterradores.

Pero él empezó, Patriarca —se excusó, fastidiado.

Y tú respondiste —puntualizó el de Libra—. Como castigo se quedarán inmovilizados aquí hasta que superen sus diferencias porque ya estoy harto de su alboroto y no quiero que su comportamiento provoque que Athena se replantee sus responsabilidades con la humanidad —suspiró y destensó sus hombros—. Cuando los pájaros no vuelan se ponen a cantar, así que háganlo.

Y dicho eso, el Patriarca Itia se había marchado, dejándolos ahí a mitad de una de las arenas de entrenamiento. De eso ya habían pasado un par de días, pero ni Gateguard ni Hakurei habían dado el brazo a torcer, el primero porque no iba aceptar a rebajarse a pedirle disculpas al gemelo de Cáncer, y el segundo más que pensar en esto o aquello, sólo se preguntaba cómo funcionaba esa metáfora de los pájaros que cantan que había utilizado su maestro.

Y desde que estuviesen ahí no habían parado de ser la comidilla de sus compañeros, los cuales los habían bautizado con varios apodos y les habían hecho de todo; les pintaron algunos bigotes, les colocaron diversas prendas por encima de las que ya traían, decían que su performance era el arte moderno de la escultura y que las estatuas estaban pasadas de moda. Aeras y Arkon habían practicado tiro al blanco colocándoles manzanas o pequeños pedazos de madera cuadrados sobre sus cabezas y Hakurei (quien había sido la diana de Arkon) casi termina con la coleta de cabello rajada. En las noches habían encendido una fogata y habían bailado alrededor de ellos, ofreciéndoles algo así como una ofrenda y los proclamaron los dioses de la insensatez.

Y otra infinidad de cosas más. Hasta habían arrojado migajas de pan a sus alrededores sólo para que las palomas se amontonaran sobre ellos.

—¿Sabes? Sigo sin entender cuál es tu maldito problema con los Santos de Plata, hasta parece que nos envidias —comentó Arkon, ya nada temeroso de las amenazas de Gateguard.

—No nos envidia —soltó Hakurei con simpleza—. Nos tiene miedo.

—¿En serio? —Sagitta meneó las manos delante del joven pelirrojo—. ¡Uy! ¡Mírame, soy un Santo de Plata!

El de Aries rodó los ojos.

—¡No hagas eso, lo asustas! —siguió el juego Francisca, con una sonrisa traviesa en su rostro.

Gateguard no soportó más y encendió su cosmos. La presión de este fracturó el suelo y logró arrojar algo lejos a Sagitta. Para Francisca fue más fácil evadir el golpe de cosmos porque su velocidad era la misma que la del pupilo del Patriarca. Gracias a eso, se apresuró a ir con el herido para asegurarse de que estuviera bien.

—¡Oye, no tenías que hacer eso! —le reclamó Hakurei—, ¡Sólo estaba bromeando!

—A nadie le hacen falta sus estúpidas bromas —respondió tajante Gateguard.

—Así como a nadie le hacen falta tus comentarios —puntualizó el de Altar—. A nadie le importa que yo no haya aceptado la armadura de Cáncer ¿Por qué tú estás obsesionado con eso?

—¡Ja! ¿Estás seguro de lo que dices? —el de Aries lo miró retador—. ¿Qué me dices de Sage? ¿Crees que le hace muy feliz el hecho de que se ganó el puesto de Caballero Dorado sólo porque tú lo rechazaste?

—¡Sage no me ha dicho que eso le molesta! —renegó Hakurei, otra vez a punto de perder la que (comúnmente) solía ser su infinita paciencia.

—Obvio, ¿Para qué ridiculizarse más? —Gateguard suspiró, harto de tener que dar explicaciones que, para él, no eran necesarias por ser tan obvias—. ¿Qué sentirías tú si tus méritos consistieran en las oportunidades que tu hermano decidió desechar? Sage sólo terminó siendo el Caballero Dorado de repuesto.

—¡Repite eso y te arranco la lengua! —amenazó el de Altar, afilando su cosmos.

—Aunque lo hagas eso no evitará que continúe siendo la verdad— le aseguró Gateguard, también tensando su propio cosmos.

Los dos se miraron fijamente, ya casi dispuestos a romper la telequinesis con la que su maestro los tenía aprisionados, sino fuera porque el sujeto principal de su conversación se avecinó a la distancia tarareando una canción y cargando un pocillo negro de un asa y unos cuantos platos en su otra mano.

—Hora de comer —dijo Sage, colocando el pocillo en el suelo e ignorando los gruñidos que Hakurei y Gateguard se arrojaban mutuamente—. Hoy hay estofado de coles.

—¡Ay! ¡Qué bien! —exclamó el gemelo mayor, cambiando repentinamente de semblante al haber notado que su querido hermano estaba ahí con su habitualmente deliciosa comida—. ¡Estaba muriéndome de hambre!

—Gracias Sage —secundó Gateguard, sin dejar de mirar retadoramente a Hakurei—. Pero no me hace falta, no tengo hambre —afirmó, con una sonrisa pretenciosa arqueándose en sus labios.

—¡Oye! ¿Por qué no quieres comer la comida de mi hermano? —el porte alegre de Altar cambió drásticamente al oírlo.

Sage los ignoró y continuó sirviendo el estofado en el par de platos que había traído consigo mientras seguía tarareando la misma canción.

—No es que dude de la comida de Sage —respondió el pelirrojo tranquilamente—. Es sólo que todavía no tengo hambre, tú sabes, un Caballero Dorado no pierde energía tan fácilmente…

—¡¿Estás diciendo que por ser un Caballero de Plata soy más débil que tú?!

—¡Sólo expongo los hechos!

—¡Deja que el patriarca nos libere y ya veremos quien muerde el suelo!

—¡Eso quiero verlo!

Pajarito, pajarito, pajarito —canturreó Sage, cosa que los distrajo a ambos de su lucha verbal. Lo observaron con un plato en mano y la cuchara llena del estofado—. ¿Qué pajarito abrirá primero su piquito?

Gateguard observó a Sage como si viniera de otro mundo, incapaz de comprender lo que acababa de decir. Por otro lado, Hakurei se mantuvo en silencio un par de segundos y luego hecho a reír alegremente. Sage aprovechó que su gemelo no podía cerrar la boca de tanta risa y ágilmente introdujo la cuchara en la boca del mismo, así este se tranquilizó y comenzó a comer lo que su hermano le había dado.

—Siempre funciona —suspiró Sage con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿De qué hablas? —preguntó Gateguard, haciendo un gesto de asco.

—Cuando éramos niños, Hakurei detestaba comer verduras —comenzó a explicar Sage, mientras llenaba la cuchara y volvía alimentar a su hermano que obedecía tranquilamente y con provecho degustaba la comida preparada por su gemelo—. Nuestra madre cantaba esta pequeña canción para hacer reír a Hakurei y alimentarlo como has visto. Es un buen recuerdo que nos dejó antes de que ella falleciera y siempre funciona con mi hermano, es como un hechizo para él.

—Bueno —Gateguard suspiró con algo de cansancio y asintió—, igual sabes que no funcionará conmigo.

—¿Oh? —Sage lo miró con un semblante sombrío—. En realidad, sólo estoy siendo gentil. No necesito que me des tu permiso para alimentarte, ni siquiera necesito que abras la boca para ello, fácilmente puedo teletransportar la comida directamente a tu estómago, pero te aseguro que no será una agradable sensación —Gateguard hizo el intento de renegar, pero Sage lo interrumpió—. Y sí, tengo el consentimiento del Patriarca, por si te lo preguntas. Así que mejor, flojito y cooperando.

El de Aries hizo un gesto de fastidio, pero terminó doblegándose a la voluntad del gemelo menor.

—Está bien.

—No tendría que utilizar métodos de niños con ustedes si se comportaran como los adultos que se supone que son. Ni siquiera tendría que alimentarlos en la boca, pero bueno, la irreflexión no discrimina rangos ni edades —concluyó Sage, fastidiado.

Gateguard puso cara de niño regañado y Hakurei por el contrario, pinto su rostro de una expresión burlesca igual de pueril que la de su compañero de castigo. Sage volvió a suspirar. El resto de la comida la pasaron en silencio.

El sol comenzaba a esconderse en el horizonte, pintando el cielo de colores anaranjados y violetas. Arkon se había marchado, quitándole a Gateguard bruscamente la tiara de su preciosa armadura de plata. Lo miró fastidiado, pero él también admitía que no debió aprovecharse tanto de la postura en la que se hallaba el de Aries. Francisca por otro lado, también le quitó su casco a Hakurei y les acarició de forma traviesa la cabeza a ambas estatuas. Luego hizo un gesto de despedida y también se fue.

Sage comenzó una pequeña fogata para que la noche no fuera tan inclemente con su hermano y Gateguard.

—Parece que después de un par de días, hasta los demás Caballeros ya se hastiaron de fastidiarlos —comentó Sage, moviendo con un palo la madera al centro del fuego para que este se alimentara mejor de ella—. Ustedes siguen siendo los únicos tercos que continúan sin hacer las paces. El Patriarca Itia debe estar cansado.

—Si Hakurei aceptara con mayor seriedad sus responsabilidades en el Santuario, el Patriarca Itia no estaría tan cansado —se excusó Gateguard, quien, pese a seguir molesto, no podía ocultar el cansancio en sus ojos.

—¿Eso qué diablos tiene que ver en esto? —le preguntó Hakurei, fastidiado por la redundancia de Gateguard respecto al tema.

—Porque si hubieses aceptado la armadura dorada —Gateguard pese al sueño que sentía, lo miró con cierto deje de rencor que no pasó desapercibido por el de Altar—. Ya te hubiera nombrado Patriarca y él hubiera podido retirarse tranquilamente.

—¡Eso no tiene nada qué ver! —Hakurei apretó los puños como pudo, a manera de frenar las ansias que tenía de golpear a su amigo—. ¡De cualquier forma me nombró su representante! ¡Yo voy a sucederlo incluso sin ser un Caballero de Oro!

—¡Sí, pero al rechazar la armadura dorada, sólo atrasaste el proceso! —Gateguard hasta sintió que explotaría de la frustración—. El Patriarca siempre, y recalco, siempre, elige a su sucesor de entre los Caballeros Dorados. ¡Él esperaba que tú ganaras la armadura y deseaba que tú fueras su sucesor! —en ese momento, el rostro de Aries se contrajo en un mohín de molestia pura—. Pero como rechazaste a Cáncer, no le diste más opción que darte la armadura de Altar. Esa armadura, por lo que he oído, conlleva una gran responsabilidad, pero mientras el Patriarca no muera, todavía tiene oportunidad de elegir a otro sucesor de entre los Caballeros Dorados y Altar sólo es la última opción —Gateguard lo miró fijamente—. ¿Sabes por qué?

—No, no sé por qué —Hakurei estaba alcanzando los límites de su fastidio—. ¿Te molestaría explicarme, papá? —preguntó en tono sarcástico.

—Es porque el Patriarca no puede ser un Caballero de Plata —Hakurei hubiera gritado una verborrea digna de un simposio en donde le hubiera explicado a Gateguard que el rango no importaba, sino fuera porque él no había sido quien respondió aquello.

Había sido Sage.

—¿Qué dices, hermano? —Altar lo miró sorprendido—. No me digas que la lengua de serpiente esta ya te lavó el cerebro con la pavada de que los rangos importan —le dijo, incluso algo temeroso, aunque trató de pretender que estaba más molesto que otra cosa.

—No, Gateguard no tiene nada que ver en esto —el semblante del gemelo menor se veía un poco cansado—. Es sólo la verdad, es una regla general que el sucesor del Patriarca debe ser un Caballero Dorado. No porque un Caballero de Plata o Bronce no tenga las capacidades para serlo, se trata del rango; sólo los Caballeros Dorados son capaces de inspirar la fuerza que se necesita para enfrentarse a una guerra. Si un Caballero de menor rango estuviese a la cabeza, podría causar discordia entre los Santos de Athena al dudarse de sus capacidades en batalla. El Patriarca siempre debe ser elegido de entre los doce mejores. Sólo eso inspirará la confianza necesaria en los demás para seguirle.

—Pero… La armadura no determina la fuerza y voluntad de una persona y eso aquí todos lo sabemos —le dijo Hakurei a Sage, con los ojos entrecerrados y ya también algo cansados.

—Es cierto —esta vez, Gateguard retomó la palabra—. Pero somos seres humanos limitados por los sentimientos que nos otorga la mortalidad, entre ellos la estupidez, la discordia, el miedo. Es por eso por lo que incluso dentro del Santuario existen jerarquías, Hakurei; ¿Qué es lo que les da confianza a otros de lanzarse a la guerra? La seguridad de que existe alguien más fuerte que ellos compartiendo un mismo propósito, sentir que alguien será capaz de tenderles una mano en el campo de batalla, que alguien podrá pelear por sus mismos sueños cuando ellos hayan caído, que alguien más fuerte estará ahí y continuará hasta el final.

Se escuchó a un grillo cantar a la distancia. Los tonos violetas cada vez poblaban con más fuerza el cielo.

—Las armaduras de Oro cumplen esa función: inspiran —continuó Sage—. En ellas están vaciadas las responsabilidades más pesadas del Santuario; son los Santos de Oro los pilares que ayudan a Athena y al Patriarca a sostener este lugar sagrado —el gemelo menor sonrió casi irónico al decir eso. Pretendía no ofenderse o sentirse mal por la plática que comenzaba a crecer entre ellos, pero sabía que todos en el Santuario esperaban a que Hakurei fuera el vencedor y se convirtiera en uno de oro, su hermano siempre inspiraría más valentía y confianza que él. Ni hablar, tenía a todo un personaje como gemelo, mientras que él siempre se había limitado a seguir las reglas y tener un comportamiento más tranquilo.

Hakurei se quedó en silencio.

—¿Nunca has escuchado a alguno de tus compañeros decir "¡Con este Caballero de Oro de nuestro lado, ganaremos la batalla!"? —le preguntó el de Aries, mirándolo fijamente, pese a sus parpados cansados—. Porque yo sí lo hice, lo escuché muchas veces en mis misiones de aprendiz. Eso los hacía sentirse seguros a todos.

—Yo también solía escuchar comentarios así y también me dejaba llevar por la seguridad que ofrecían —confesó Sage.

Altar bajó la mirada, incapaz de contradecirlos; él había oído comentarios semejantes alguna vez en su vida.

—Y ¿Sabes? No fue nada fácil, Hakurei —Gateguard probablemente ya estaba lo suficiente cansado que por esa razón ya no se molestaba en mantenerse con el mismo porte pedante que mantenía de costumbre y, por el contrario, había adoptado uno más sincero—. Cuando yo llegué a este Santuario no sabía ni dar un golpe sin hacer que mis puños dejaran de temblar. Mientras tanto, tú y Sage fueron capaces de contrarrestar los ataques de dos soldados armados el día en que llegaron aquí.

En ese momento, tanto Altar como Cáncer se miraron mutuamente. Gateguard suspiró.

—Si el Patriarca me hubiera hecho la misma prueba que les hizo a ustedes, yo no hubiera sido capaz de regresar el golpe y eso él lo sabía, por eso no lo hizo conmigo. Él sabía que yo era débil, ni siquiera hubiera podido asegurar que yo llegaría a poseer una armadura dorada. Por el contrario, con ustedes no pudo dudarlo ni un segundo, y si ambos no tienen el rango de Oro es sólo porque no puede haber dos Caballeros de Cáncer.

Los gemelos se quedaron en silencio: estaba sorprendidos por el derroche de sinceridad y sensibilidad en las palabras de Gateguard. ¿Sería acaso que la normal pedantería que el muchacho solía demostrar era sólo una mascarada para un nido de inseguridades que escondía detrás de su rostro imperturbable?

Hakurei no pudo evitar suspirar, algo cansado, con sueño y aceptando también que oír eso le dejaba un poco de inseguridad y dudas.

—Gateguard, yo…

—No digas nada —le interrumpió tajante el Santo de Aries—. No quiero que sientas compasión de mí, lo detestaría. Sólo estoy puntualizando el hecho de que para unos ganarnos el rango de Oro fue más difícil que para otros —observó a Sage y este último bajó la mirada, sintiéndose un poco miserable por el hecho de que él sólo era Santo Dorado gracias a que Hakurei había rechazado el puesto. Finalmente, su único mérito se debía a que su gemelo se había dejado vencer en su enfrentamiento por Cáncer y él sabía que la prueba para convertirse en Caballero Dorado tanto de Gateguard como las de los otros, había sido más difícil que eso, sin contar con la complicidad de un gemelo.

—Todos aquí han tenido sus propias luchas, Gateguard —le dijo Hakurei, con el entrecejo fruncido.

—Y dime ¿Cuál ha sido la tuya? —el chico pelirrojo lo miró con frialdad—. Hasta donde sé, lo único que has hecho ha sido tratar al Santuario como tu patio de juegos; siempre haciendo lo que se te pegue en gana. Tuviste el honor de ser entrenado por el propio Patriarca y rechazaste la armadura que él te daba; fue como beber el agua que él te hubiera ofrecido y luego escupirla en su cara —dictaminó con la cólera matizando el tono de su voz.

Altar apretó tanto la mandíbula que sintió sus dientes chirrear. No golpeaba a Gateguard sólo porque estaban inmovilizados bajo el cosmos de Itia.

—¡Estoy seguro de que el Patriarca no lo ve así! —gritó Hakurei, exhausto—. ¡Él es más sabio que eso! Esa es sólo una estúpida visión que alguien con tu limitada experiencia tendría. El Patriarca entiende que incluso dentro del Santuario existe el libre albedrío; jamás hubiera podido obligarme a portar una armadura dorada y entrenarme con ese único propósito hubiera sido pretencioso. ¡Yo no he desertado de mis responsabilidades como Santo de Athena; sólo no quise portar a Cáncer y ya!

—¡¿Y por qué rayos no quisiste aceptarla?! —Gateguard le daba vueltas al asunto porque se le hacía incomprensible. Si para Hakurei portar una armadura dorada a una plateada era lo mismo ¿Entonces por que no aceptar la que le ofrecían desde el principio?

—¡No lo sé, simplemente no lo sé! —expresó Hakurei, ahíto de todo ese alboroto—, ¡De cualquier forma a Sage se le ve mejor!

—¡ENTONCES LO HUBIERAS DEJADO PELEAR POR ELLA, AL IGUAL QUE HICIERON TODOS LOS DEMÁS! —estalló Gateguard, por fin—. ¡¿Qué no te das cuenta de que, al no querer mostrar tus habilidades, también impediste que Sage mostrara las suyas?!

El rostro del Santo de Aries había adoptado un tono colorado debido a la rabia con la que había expresado aquellas palabras. Sin lugar a dudas, estaban alcanzado límites no antes conocidos.

Por su lado, Hakurei lo miró intensamente, pero sin saber que palabras poner en su boca para alegar sobre ese hecho, pero lo que más le dolía es que aquella pregunta le hacía sentir incapaz de voltear a ver a su gemelo, el cuál tampoco decía una sola palabra al respecto y eso no ayudaba en nada.

Y así, el silencio que se había instalado tras aquel estallido, se prolongó por segundos y terminó por ser una respuesta en sí mismo.

—Lo sabía —musitó Gateguard, después de un rato. Alzó la mirada al cielo, ahora más cansado que nunca. No sabía en qué momento Itia los liberaría de aquel castigo, pero luego de todo lo que habían hablado, le hubiera gustado teletransportarse lejos de ahí. Ahora que había tenido la oportunidad de expresar sus verdaderos sentimientos detrás de todo su descontento, se sentía patético, con lo poco habituado que estaba a abrirse de tal forma.

Luego de unos minutos, Sage se levantó tranquilamente del suelo y se sacudió la tierra de su atuendo.

—Ya iré a dormir —dijo, dándoles la espalda a ambos.

La noche ya se había asentado en el firmamento.

Antes de que comenzara a andar, la voz de su hermano mayor lo detuvo.

—¡Espera, Sage! —el tono de Hakurei sonaba algo dolido—. Dime… —suspiró—, Te… ¿Te molestó lo que pasó en nuestro enfrentamiento?

Un ligero viento se cruzó con ellos y agitó las llamas de la fogata que estaba calentándolos, al mismo tiempo que agitó las cabelleras de los tres jóvenes ahí.

—¿Sage? —llamó Hakurei, al no obtener respuesta. Gateguard estaba a la expectativa—, Herma-

—¿Y eso qué importa? —lo interrumpió su gemelo—. Lo hecho, hecho está, no se puede deshacer y lo que sienta sobre eso ya no importa.

—¡Pero Sage, a mí me importa! —insistió el gemelo mayor.

—Estoy bien, Hakurei —Altar notó que Sage lo llamó por su nombre en lugar de simplemente referirse hacia él como "hermano", lo que habitualmente hacía. Ese detalle le apretó un poco el corazón.

Cáncer volvió la mirada por encima del hombro. Alcanzó a sonreírle, aunque había algo de cansancio y resignación en sus labios.

—De cualquier forma —continuó—, ser un Santo de Oro es algo por lo que se debe esforzar todos los días; incluso si ya me han dado la armadura, no puedo darla por garantizada. Debo seguir trabajando duro para proteger mi lugar en el Santuario y mostrar mis cualidades.

Hakurei entrecerró los ojos con algo de tristeza. Sabía que su hermano estaba siendo honesto y lo único que había de reproche en sus palabras eran más bien resquicios del deseo de que las cosas hubieran sucedido de otra forma y la decepción de que no fue así. Pero aquello no significaba que la voluntad de Sage se doblegaría.

—Está bien. Entiendo…

—Te veré mañana.

Luego de eso, la espalda recta de su gemelo poco a poco fue perdiéndose en la distancia.

Todo lo que habían hablado eran verdades incómodas. Ni Gateguard mentía, ni Sage ni Hakurei. Lo que habían expuesto era un pensamiento que podían comprender, pero al mismo tiempo, era difícil de aceptar. Por esa razón, Sage ni siquiera hizo el amago de pasar la noche con Hakurei como había hecho los días anteriores; no era que estuviese enojado con su gemelo, pero ahora que esos sentimientos habían salido a la luz, los habían dejado con la necesidad de darse su espacio.

Las verdades son una cosa que, pese a su lógica, no pueden explicar las emociones que provocan y que no necesariamente son racionales.

—Las decisiones que tomamos no son individuales —habló Gateguard, después de un rato en el que nadie había dicho nada y lo único que se había escuchado era el crepitar del fuego—. Pudiéramos creer que sus consecuencias sólo nos afectan a nosotros mismos, pero no es así. Las primeras víctimas de los resultados de nuestras decisiones son las personas más cercanas a nosotros.

—¿Por qué me dices esto, Gateguard? —preguntó Altar, ya cansado y con los parpados sintiéndose pesados en sus ojos. Sin embargo, pese a todo el hastío que sentía, aceptaba para sí mismo que le provocaba curiosidad que su amigo se hubiera tornado así de honesto con él y pese a que aquello no fuese del todo agradable, lo apreciaba.

—Para que lo pienses mejor la próxima vez que tengas que tomar una decisión —Aries suspiró—. Todo lo que nos rodea y lo que constituye este Santuario y el mundo en el que vivimos es el resultado de las decisiones que se han tomado. Una sola decisión puede cambiar el curso de muchas cosas.

Hakurei se quedó mirando el ciclo de vida del fuego; observando como las llamas en su interior subían creando flequillos luminiscentes que terminaban desvaneciéndose ante la oscuridad de la noche. Pensaba que, si una gota de fuego fuese movida y alimentada por el viento, aquello podría ser el inicio de un incendio. Así de inocentes pueden ser las resoluciones que se tornan mortales.

—Todavía no hay forma de saber si la decisión que tome fue equivocada o no —señaló Altar, en un susurro.

Gateguard suspiró. Sus ojos deseaban cerrarse y perderse en un mundo de ilusión creado por Morfeo, pero no podía dormir por la posición en la que se hallaba. Tanto el cómo Hakurei estaban agotados y el no haber podido descansar bien comenzaba a adormecerle la frialdad en sus palabras y más bien comenzaban a ser avivadas por sus sentimientos.

—Es cierto —dijo, después de un momento—. Somos incapaces de saber si el resultado de nuestras decisiones es el que esperábamos al tomarlas… —Se quedó mirando aquellos puntitos de luz salpicados en el firmamento nocturno—. Pero también se dice que son las estrellas quienes deciden quién será el indicado para nacer bajo su protección. Por eso, sólo existen doce armaduras doradas, aquellos quienes las vestirán y protegerán a Athena fueron seleccionados por las estrellas desde antes de que esas personas respiraran.

Hakurei lo observó en silencio. Se percibía cierta tristeza en la voz de su amigo.

—Quizá el hecho de que hayas rechazado la armadura de Cáncer significa que Sage era quien estaba destinado a portarla y que el Patriarca se equivocó al leer lo que deseaban las estrellas. Pero si no es así, entonces tú habrás rechazado el futuro que ellas te ofrecieron…

—Tal vez, pero confío de que se trata de la primera opción. Algo me dice que mi destino simplemente no es ser Caballero Dorado —el gemelo mayor esbozó una media sonrisa.

—Puedo decir lo mismo —confesó Gateguard. Hakurei lo miró sin comprender por entero a lo que se refería. Su amigo ladeó la mirada—. Escucha, si el Patriarca te escogió como Cáncer, pero tú lo rechazaste, nada impide que él haya podido equivocarse conmigo también, al darme la armadura.

—¿Y por qué crees que el Patriarca se equivocó contigo, Gateguard? —preguntó Altar, confundido.

Aries chasqueó la lengua y sonrió ante la ingenuidad de Hakurei.

Gateguard siempre supo que Itia veía esperanza en el lazo que los gemelos compartían. Incluso pese a todas las dificultades, siempre se eran leales el uno con el otro y el Patriarca pensaba que esa clase de lazos son los que el mundo necesitaba para entretejer la paz que cobijaría a la humanidad en contra de su propia maldad.

Pero los gemelos eran todo lo que Gateguard nunca sería: alegres, optimistas, llenos de amor y esperanza. Él no tenía nada de eso.

Al contrario, Gateguard sabía que, mientras Itia veía en Hakurei y Sage todo lo que se necesitaba para el futuro, en él veía todos los estragos del pasado: tristeza, resentimiento, reticencia, odio. ¿El Patriarca se había equivocado en darle la armadura de Aries a alguien como él? Claro que sí, lo hizo porque sintió empatía con él, porque su fuerza obtenida lo ameritaba, pero al mismo tiempo, ignorando a propósito el hecho de que, aunque Gateguard deseaba mejorar el mundo, también sentía una profunda desesperanza.

Y sabía que aquello podría terminar mal. Pero Itia decidió no verlo, pretender que Gateguard no se sentía igual de devastado que él.

Quizá para Itia, el haberle otorgado la armadura dorada a Gateguard, había sido un intento vano de querer creer en sí mismo.

—Sólo también lo percibo, igual que tú —cerró los ojos—. De cualquier forma, incluso si el maestro se equivocó o no, ahora soy el Caballero Dorado de Aries: eso significa que debo ser el primero en la línea de batalla. La primera orden que el Patriarca dé para iniciar esta Guerra Santa yo la acataré y ejecutaré. Seré yo quien deba morir primero.

—No hay forma de saber eso con certeza, Gateguard —expresó Hakurei, mirándolo con desaprobación—. No deberías apresurarte hacia la muerte, eso no es algo que ni el Patriarca ni Athena desean para ti.

Una imperceptible sonrisa se asomó tímida e irónica en los labios de Gateguard.

—Es mi deber y la decisión que tomé no sólo cuando decidí aceptar la armadura de Aries, si no desde que decidí venir al Santuario y entrenar para convertirme en Santo —el joven abrió los ojos—. Yo no veré el final de esta Guerra Santa, pero quiero asegurarme de que cuando ésta culmine, los ideales del Patriarca Itia continúen aquí y si él te considera necesario para ello, entonces no me defraudes más, Hakurei.

El caballero de Altar lo comprendió todo cuando lo escuchó decir eso. No pudo evitar mirarlo con algo de sorpresa, pero al mismo tiempo queriéndole golpear la nuca y reprenderlo por esa actitud tan pesimista y de autosacrificio que estaba mostrando, pero no pudo, y eso se debía, no sólo al castigo que ambos estaban cumpliendo, si no a que, finalmente todo tomaba sentido en su cabeza; los motivos de sus últimas discusiones, el descontento del mayor, la causa de que estuvieran cumpliendo una sanción varados a mitad del coliseo como unas estatuas miserables: El santo de Aries, a decir verdad, nunca le había impuesto ni criticado nada, siempre lo había dejado hacer lo que quisiera con su vida, no había sido sino hasta el momento en que decidió ser uno de plata que todo se había tambaleado entre ellos y ahora entendía el porqué.

—Siempre voy a dar lo mejor de mí para apoyar a Athena y al Patriarca. Lo mismo puedo decir de Sage o de los otros Caballeros —le expresó, con seriedad y algo de reproche—. No deberías dudar de nosotros tus compañeros, ni de nuestra voluntad y compromiso. Pero… —suspiró—, si reafirmártelo te hará que dejes de discutir conmigo, está bien, entonces te lo prometo.

Gateguard se quedó sin decir nada, sólo observó el paisaje a su alrededor. A veces pensaba que el silencio no podía existir y era sólo un invento de los humanos con motivo de poder escuchar al mundo: en ese momento, aunque él y Hakurei permanecieran callados, sintió como a través de sus oídos se deslizaba el cantar del viento, la melodía de los grillos, el crepitar del fuego y las risas de algunos de sus compañeros a la distancia.

El silencio era una ilusión y las palabras que no se han dicho lo disfrazaban. El silencio que el Patriarca había mantenido durante todos esos años sólo creaba la mentira de que él todavía confiaba en la humanidad.

Lo que Hakurei no comprendió es que Aries no dudaba de él o sus compañeros: dudaba de sí mismo y de las resoluciones de su maestro Itia. Gateguard sabía que si en algún momento, el Patriarca cambiaba de ideales, él no se la pensaría para seguirlo. Pero si estaba equivocado, necesitaría que hubiese alguien en ese Santuario que lo ayudase a recapacitar.

Quizá fuesen los gemelos, esos muchachos en los que Itia vio una esperanza que jamás encontró en él.

—Está bien, Hakurei. Recuerda tu promesa.

—Sí, sí —respondió rápido, ya ahíto de todo aquel melodrama—. La recordaré, ¡Así que ya no le des vueltas al asunto! —exclamó, fingiendo molestia. Luego abandonó su porte de fastidio y le regaló una sonrisa al joven frente a él. Gateguard sintió la necesidad de responder a ese amigable gesto con uno semejante, pero no pudo y si hizo el amago de intentarlo, ya no le dio tiempo porque al instante, ambos cayeron al suelo—. ¡Parece que nuestro castigo terminó! —exclamó feliz el gemelo de Sage.

—Finalmente —susurró Gateguard con una sonrisa.

—¡Bueno, será mejor que vaya a mi cabaña! —dijo Hakurei, tratando de levantarse, pero al segundo se dio cuenta de que su cuerpo no le respondía. Una expresión de ligero temor y desconcierto se apoderó de su rostro.

—¿Qué esperas? —le preguntó Aries con fastidio—. Estoy esperando a que te quites de encima para que yo también pueda irme a mi templo a descansar.

Una sonrisa nerviosa se asomó en los labios de Hakurei.

—Pues levántate y vete. No creo que yo esté tan pesado que no me puedas quitar de encima —dijo, tratando de comprobar algo, mientras miraba al suelo, incapaz siquiera de darse vuelta para caerse a un lado, ya que su propio pecho había quedado sobre las piernas de Gateguard.

—Te encanta fastidiarme, ¿verdad? —preguntó su compañero, mirándolo con el entrecejo fruncido. Hizo el intento de mover el pie para mandar a Hakurei a volar de una patada, pero hasta ese momento notó que sus extremidades estaban seriamente entumecidas—. Oh...

—Sí.

—Diablos.

—¿En cuánto tiempo crees que recuperemos la movilidad?

—Quizá unos minutos…

—No suena mal.

—… o unas cuantas horas.

—Perfecto —dijo en un tono sarcástico—. Sólo espero que no llueva.

Gateguard soltó una pequeña risa.

—No creo, el cielo está despejado —señaló.

—Al menos tenemos una noticia buena —dijo Hakurei, entrecerrando los ojos. Bostezó.

—Desde aquí se pueden ver con claridad las estrellas de Pegaso —continuó Gateguard con una sonrisa, mientras sus ojos se perdían en el firmamento.

—Genial —expresó Hakurei con lasitud, más dormido que despierto.

—¿Sabías que se dice que Pegaso ha sido el único Santo de Athena que logró dañar el cuerpo de Hades en la era mitológica? —continuó Gateguard sin prestarle atenció—, Cuenta la leyenda que, en medio del campo de batalla, el caballero logró despertar la fase divina de su armadura y entonces…

Hakurei se quedó dormido mientras escuchaba lo que su amigo le relataba. Estaba agotado, pero oírlo hablar con tranquilidad le había dado la paz que necesitaba para dormir, incluso si se encontrase a la intemperie. Sentía agradable esa sensación, porque le recordaba las veces en que cuando, todavía siendo niños, Sage y él compartían habitación y a menudo, se quedaba dormido mientras su hermano le leía libros de mitología. Era una sensación cómoda y familiar que no experimentaba en años desde que dejó de compartir cabaña con Sage cuando ambos crecieron, por lo que no pudo evitar sentirse cálido y con la confianza para entregarse al descanso.

Gracias a ello, soñó con el fin de la Guerra Santa y un futuro feliz en donde nadie tuviera que sacrificar su vida para que las demás personas vivieran, porque no era necesario entregarse a la batalla para hacer posible la felicidad de otros. A decir verdad, en ese mundo utópico, el simple hecho de vivir no representaba una amenaza para nadie.

A la mañana siguiente despertó dentro de su cabaña, sobre su camastro de paja. Se encontró con Gateguard durmiendo en una esquina, sentado y con los brazos cruzados. Posiblemente éste último apenas tuvo la fuerza necesaria para llevarlo hasta ese lugar, que por eso terminó pasando la noche ahí también, ya sin energía suficiente para regresar a Aries.

Se lo veía tan tranquilo durmiendo. Como si estuviera libre de todo dolor.

—Vamos a ver el fin de la Guerra Santa juntos amigo, ya lo verás —susurró con una sonrisa colándose a su rostro. Luego observó el sol del amanecer entrar tímidamente por la ventana, extendiendo su luz que iluminó parcialmente el rostro de su amigo.

Hakurei le hizo esa promesa con mucha de su propia esperanza vertida en ella, su propia manera de ser siempre lo impulsaba a mirar el futuro con ojos inocentes y llenos de paciencia. Pero fue esa ingenuidad la que no le permitió ver la desesperanza que habitó al Patriarca a Gateguard incluso si ellos estuviesen frente a sus ojos durante todos esos años.

Fue gracias a esa inocencia que jamás se hubiera imaginado que un par de semanas después, su amigo traicionaría al Santuario y perdería la vida en el proceso. Las promesas en ese momento sólo dolieron.

Al menos una cosa sí se cumplió: Gateguard fue el primero en acatar y ejecutar las ordenes del Patriarca para dar inicio a aquella triste Guerra Santa y gracias a eso, había sido el primero en morir.


NdA: Uff, me tomó varios días escribir esto. Honestamente, pensé que nunca acabaría y terminaría botándolo xD Especialmente porque ni siquiera tengo mi lap conmigo, con suerte consigo que mi hermano me preste la suya xp En fin.

La situación que escogí decía que un personaje x hacía algo que decepcionaba a otro importante para él/ella. Aquí tanto Hakurei, como Gateguard y Sage terminan haciendo cosas que los decepcionan mutuamente tanto como a sí mismos.

¿Saben? Siempre se me hizo extraño que Gateguard hiciera discriminación entre los rangos de Oro, Plata y Bronce porque él creía fielmente en Itia y sabía que el ideal de Itia —mismo que él deseaba hacer realidad con más fervor que nadie—, era vivir en un mundo sin discriminación, lo cuál termina volviéndolo contradictorio. Aunque creo que hay dos razones para eso:

1ra: Gateguard al principio trata de hacerse ver como la mente maestra detrás de todo el asunto, cuando en realidad su golpe de estado no había sido idea suya, sino de Itia. Gateguard jamás hubiera movido un dedo en contra de él, así que si Itia hubiera seguido con la Guerra Santa con normalidad, estoy segura que Gateguard hubiera cumplido su papel como todos los demás. Sin embargo, como no fue así, me parece curioso que no haya dicho desde el principio "todo esto es idea del patriarca". Supongo que porque quería dirigir la atención hacia sí mismo para que nadie interrumpiera a Itia durante su metamorfosis xD Y pues, en ese proceso se hizo ver más malo de lo que realmente es. (Al menos esa idea me da).

2da: Teshirogi lo hizo para resaltar las capacidades de la armadura de Altar, en plan: aquí tienen al único caballero en la historia que discrimina rangos, para que vean que Altar es bien chida, le va a quitar su cosmos por creerse mucho. xD Y creo que incluso, en ese proceso, no sólo dejó mal parado a Gateguard, sino al propio Sage, ya que el termina bastante eclipsado a comparación de Hakurei ahahskasad.

En fin, espero que les haya gustado. A mí me encanta darles más amor a estos personajes todos marginados. xD