Hola, hola!, para celebrar el lanzamiento de la nueva temporada de dragones les dejo la segunda entrega de este conjunto de One-shots.
Lo dedico a mi amiga Dragoviking porque ella fue la ganadora del Hewie en el concurso que organicé, así que aquí está explicación de tu collar, amiga.
Cabe mencionar que esta entrega contiene muchas escenas del capi 44 de mi fic de CEATC, en realidad las escenas eran de este capi y saqué algunas para explicar un poco lo del Hewie en aquel fic, espero que les guste, aunque la explicación en sí se dará hasta la próxima entrega.
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Las reliquias de un jefe Parte 2
Hewie, El emblema Hooligan
"La mente y el corazón"
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El día de quejas era uno de los más esperados por el pueblo, pero de los más tediosos para el jefe.
Horas y horas de escuchar reclamos y molestias que el dolor de cabeza podía llegar a ser insoportable, sin embargo, desde varias semanas atrás, el pueblo esperaba ese día que se había postergado debido a las reparaciones de la isla después del ataque de los berserkers porque a partir de ese momento y oficialmente el jefe no estaría solo al escuchar al pueblo, sino que lo acompañaría su esposa, la Lady Astrid en su nuevo y bonito trono.
Astrid resopló nerviosa, algo no muy común en ella, después de todo ese día marcaba un cambio en Berk y en su vida.
-¿Lista? –preguntó Hiccup al tomarle la mano y dirigirla al trono antes de que las puertas se abrieran para que la gente empezara a pasar.
La rubia asintió y tomó lugar en su nuevo espacio. Se colocó en una postura un poco más cómoda para que escuchar, incluso usó un cojín de respaldo que Valka le proporcionó, miró a su esposo y le sonrió confianzuda.
-Siempre. –respondió orgullosa.
Hiccup aprovechó y también se sentó a su lado, había una pequeña diferencia en los tronos, el de Hiccup era ligeramente más grande, pero el de Astrid tenía más ornamentos.
Hiccup dibujó una sonrisa, señaló a Fishlegs quien esperaba en la puerta para dar oportunidad a que las personas entraran.
Fue un día muy agotador la verdad, pero entre dos personas fue mucho más sencillo lidiar con las problemáticas; los vikingos que requerían de asesoría salían con una agradable sensación debido a que la preocupación de los jefes se notaba y se presentía.
-Muchas gracias, jefes. –la pareja de ancianos Valkirson hizo una pequeña reverencia, al ser más longevos tenían las tradiciones más arraigadas en Berk y a veces era más complicados convencerlos.
-No tienen nada qué agradecer. Revisaremos el techo de su casa mañana en la mañana. –simpatizó Astrid al escribir sus promesas y pendientes.
-Les prometemos que ya no entrará agua en las goteras. –aseguró Hiccup, coincidiendo con su esposa.
-¿Y cuánto costará reparar? –preguntó el anciano, preocupado, pues al ser más grande en edad no podía trabajar como de costumbre.
Los jefes se miraron, no habían considerado eso; tampoco podían hacerlo de a gratis porque simplemente debían darle cierta remuneración a los que trabajarían.
-¿Qué puede intercambiar? Recordemos que en Berk trabajamos más sencillamente con el trueque. –alentó Hiccup.
-Pues, las ovejas pero… las tenemos contadas para trabajar; y acabamos de trasquilarlas. –se apuró la mujer, apoyándose en su bastón.
-Entonces recomiendo que dé una porción de lana a los trabajadores que enviaremos, el trabajo es sencillo, no hará falta demasiado trueque, sería algo significativo. –apoyó Astrid, guiñándoles un ojo, al notar que la pareja era humilde en riqueza y corazón.
Los solicitantes agradecieron y entregaron una pequeña canasta a la jefa, como antigua tradición de darle algo al jefe como agradecimiento por escuchar su petición, aunque en esta ocasión había algo más de por medio.
-Es un pequeño detalle, no habíamos tenido oportunidad de darles nada por sus nupcias, es para su mesa, no es mucho pero…
-Es perfecto. –dijeron al unísono, sonriendo, recibiendo gustosos el regalo.
-Me encanta la miel, y el pan también. –simpatizó Hiccup, viendo de reojo dentro de la canasta, para después ponerla en la mesa donde otros vikingos habían dado pequeños pero significantes presentes como agradecimiento por escuchar sus palabras.
La pareja vio al matrimonio regente que destilaba amor y afecto entre ellos, del mismo modo que su responsabilidad como Jefes de la isla.
-Son una pareja hermosa, se nota su amor. –admiró la anciana, reconociendo no sólo el amor, sino que también el compromiso que tenían con Berk.
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Muchos años atrás
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Las islas apenas empezaban a brotar de la superficie. La lava de los volcanes se enfriaba poco a poco y permitía que el suelo estuviera firme y fértil para poder ser habitado con el paso del tiempo.
Criaturas cuidaban de dichas creaciones naturales para prepararlas y que los hombres y las mujeres las reclamaran como suyas. Los pioneros iban de tierra en tierra hasta encontrar una que les satisficiera, por eso mismo, una vez que los hombres que empezaban a llamarse "vikingos" llegaban a las islas, las criaturas se marchaban y regresaban al Asgard.
Pero esa isla maravillosa aún no había sido descubierta por los vikingos. Era límpida de pie humano. Era tierra de dragones con espinas, de hermosos colores que disfrutaban verse en el reflejo de los lagos de la isla; aunque no eran los únicos que disfrutaban del agua cristalina, también lo hacían las aún desconocidas Valquirias.
Esas hermosas, fuertes y habilidosas guerreras se bañaban en los lagos, relajándose un poco mientras les fuese permitido estar allí.
-Regresaré a casa. –musitó una de las valquirias que terminaba de bañarse. –Creo que la isla está lista para que los vikingos la encuentren.
La otra valquiria de cabellos largos color oro bufó molesta. –Sí para que la encuentren, contaminen el agua, talen los árboles y empiecen a atacar los dragones que no les han hecho nada.
-Cálmate Nissa. –reprendió su compañera, empezando a vestirse. –Sabes que nuestra encomienda es preparar las islas. Es divertido estar aquí, pero nuestro lugar es en el Asgard, con los nuestros.
-Lo sé, Tamsin. Lo sé. Pero hay algo que me llama a quedarme, algo que me invita a estar aquí y a disfrutar de este lugar. –se sentó en una piedra, nostálgica por su pronta salida.
-Pues que nuestro señor no te escuche hablar así. De lo contrario puede quitarte las alas y tu don. –advirtió preocupada, exprimiendo su cabello.
Nissa suspiró. –Sí, también tienes razón en eso. Me daré un último baño y regresaré contigo. Adelántate si así lo deseas, iré en un rato más.
Tamsin, la de cabellera café y ojos verdes, asintió, se colocó sus alas de hermoso cisne y regresó a su lugar de origen.
-No tardes.
Nissa se zambulló nuevamente en el agua de ese lago, quería marcar recuerdos vívidos para conmemorar una vez que estuviera lejos de esa isla a la que le había tomado cariño y a la que le había dado tanto, además del secreto que ocultaba en lo más profundo de su interior terrenal, mismo secreto que probablemente sólo los más curiosos vikingos encontrarían.
Salió del agua y empezó a sacudirse un poco. Caminó hasta donde había dejado sus plumas y ropajes, pero se asustó al ver que no estaban.
-No…-susurró, sabía lo que eso podía significar. Lo había escuchado de sus amigas Olrun, Alvit y Svanhvit.
No quería que le pasara eso. Se sintió prisionera de inmediato. Ya no tendría su libertad, ni su don; todo por ser descuidada.
-¿Buscas esto? –preguntó una voz enfrente de ella. Alzó su mirada, con algo de pudor porque estaba desnuda aún y descubrió a un hombre. Castaño, de complexión fornida además de hermosos y cautivantes ojos verdes.
Al dejarse impactar por esa mirada algo cambió en Nissa, cambió para siempre; y sin saberlo, fue sumamente feliz en ese momento.
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Cuando las personas desalojaron el Gran Salón, Hiccup y Astrid se levantaron de sus respectivos lugares y se estiraron un poco, bebieron algo de agua para refrescar sus gargantas secas y finalmente Astrid vio las anotaciones que había realizado durante el día.
-Hice una lista de prioridades a atender esta semana. Mírala y dime qué te parece. –pidió al extenderle el diario donde empezarían a recolectar la evidencia de cada sesión de quejas y peticiones.
El castaño agradeció el gesto, pero cerró el libro, lo puso cuidadosamente en atril más cercano y se aproximó a su esposa para después rodearla entre sus brazos.
-Confío ciegamente en ti, tienes más madera de jefe que yo. –le susurró bromista tras darle un dulce beso en su cuello.
-Sólo quiero hacer bien mi trabajo, soy tu esposa y al jefa de Berk. Espero no decepcionarte.
-Jamás lo harás.
Ambos se mordieron los labios, a esperas de comenzar con un necesitado beso, después de toda la mañana y parte de la tarde sin poderse siquiera tocar, estaban a punto de iniciar con esa apasionada sesión cuando escucharon que el Gran Salón se abrió de nueva cuenta.
Siguieron abrazados, pero no alcanzaron a besarse.
-¿Siempre nos van a interrumpir? –masculló Astrid, molesta, pues esas irrupciones parecían hechas a propósito, después de su boda habían tenido pocos momentos de intimidad.
-No, claro que no. Sólo en estas semanas, no creo que tengamos tan mala suerte. –pensó ingenuamente sin saber lo que les deparaba el destino. -¿Sí, qué se te ofrece Gobber?
-¿Interrumpo algo? –preguntó el herrero al notar la posición de los jóvenes.
-No/sí. –respondieron al unísono, pero después se miraron nerviosamente entre ellos.
-¿En qué te podemos ayudar? –Hiccup se retiró un poco mientras se acercaba a su mentor.
El herrero sonrió por verlos, por ver a los hijos de sus amigos tan felices y realizados, si por él fuera le daría en ese mismo momento el encargo de Stoick, pero como su amigo había dejado claro cierta secuencia para que Hiccup obtuviera el Hewie, decidió obedecer y calmar los impulsos de su corazón.
-Un permiso, me gustaría salir de Berk por unos días. –dijo con reserva, tallándose el bigote.
-¿A… a dónde vas? –preguntó Hiccup, interesado.
-Pues… en realidad… voy a la isla sanadora. Me hacen falta hierbas para mi digestión, he estado estreñido durante una semana. –mintió tras escuchar sus tripas gruñir.
Los jefes se incomodaron un poco por la claridad de ideas del herrero.
Hiccup carraspeó. –Pues…adelante. Puedes ir, sólo recuerda que el archipiélago ha tenido algunos ataques, ve con Grump y si quieres que Fishlegs te acompañe para que te ayude a recolectar, o quien tú quieras. –otorgó el jefe.
-Lo importante es que vayas seguro. –finalizó Astrid.
Gobber sonrió, agradecido. –Partiré en la mañana, espero no tardar.
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Asgard era indescriptible. No había testigos que pudieran plasmar en simples palabras lo que se vivía y disfrutaba a diario. Por lo que vivir allí era uno de los honores más grandes que puede haber, aunado a eso mismo, cada quien jugaba un papel importante en cada rincón.
Habían pasado días desde que Nissa había vuelto a su hogar. Todo era igual, excepto su corazón. Estaba intranquilo, alterado, como si algo le pareciera fuera de lo normal.
Se escabulló de todo y regresó a lo que era el lago donde había perdido el medallón. Quería volver a nadar en esa porción de agua que tanto le gustaba, y aunque lo negara con todo su ser, deseaba desesperadamente volver a ver a ese vikingo que la había hecho enfurecer al creer que se quedaría con sus alas.
La rutina fue la misma de siempre. Estaba bañándose y dejó a propósito sus vestimentas para que alguien las encontrara. Se hundió en el agua justo después de escuchar la pisadas de alguien.
Sonrió, era ese vikingo de seguro, quería fastidiarlo de nuevo como antes, ya que probablemente él había tenido el medallón. Cuando salió del agua para ver quién había tomado sus alas se llevó una gran sorpresa, pues no era el vikingo de los ojos verdes y mirada cálida, era otro hombre. Era atractivo, sí, pero tenía unos ojos negros como la noche que daban miedo, e incluso algunas cicatrices por su cuello. La piel de animal o dragón que cubría su cuerpo parecía ser fina y ni hablar de la gélida mirada con toque perverso que la observaba con malicia.
-Supongo que ya no ocuparás estas alas, según las leyendas y lo que se cuenta de las valquirias que se bañan en los lagos, ahora estarás destinada a ser mi mujer. –alardeó.
Nissa se asustó y temió por su vida. El hombre rompió en ese momento las hermosas alas de cisne, significando que era suya oficialmente, que no podría regresar a su hogar, que no podría volar; y por si fuera poco, tampoco encontró su medallón.
-Nunca te perdonaré esto. –masculló rabiosa. Su oportunidad de volver a Asgard se había terminado, su don seguramente ya no lo tenía y estaría obligada a estar con ese varón, era una de sus reglas más contundentes, mismas que cumpliría a pesar de su propia resistencia.
El vikingo sonrió altaneramente.
-Además… creo que la gran fortuna y bendición de los dioses recaerá en mí…
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Gobber se despidió de los jefes y dejó la herrería cerrada temporalmente, aunque Hiccup atendería medio día el local.
Sin embargo, en lugar de ir a la isla sanadora como le comunicó al jefe y a su esposa, se dirigió al sur, muy hacia el sur.
Tras un día de volar visualizó la capital de Luk Tuk, su destino secreto.
-Llegamos Grump, buen chico. Ahora, vayamos con Axel Riket, el Rey del Archipiélago, tenemos una de las últimas voluntades del jefe Stoick.
Tras pedirle un último movimiento al dragón, éste sobrevoló hasta la entrada de una de las construcciones más grandes de la isla.
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Habían pasado años desde que Nissa se casó con ese hombre llamado Avind. Mentiría si dijera que su vida era terrible. En realidad no lo era tanto, sin embargo tampoco era feliz. Su esposo era algo "considerado" en ocasiones, pero vivía recordándole que ella era su "prisionera" o su "propiedad" e incluso algunas veces la llamaba "su esclava", y la verdad es que la mayoría de los que vivían en esa aldea conocían la historia de la valquiria, compadeciéndose en ocasiones por ella, pero admirando al vikingo que la forzó a ser suya.
Su matrimonio dio frutos de inmediato, tuvieron una bellísima hija a la que Nissa nombró Liv, porque según ella la pequeña era la única razón para vivir.
Sin embargo, a pesar de ser ahora mortal, y tener la oportunidad de habitar en las tierras que ella misma ayudó a forjar, no era suficiente.
Viajaban de una isla a otra, buscando lugares más cómodos para vivir. Nómadas a fin de cuentas hasta que un día regresaron al lugar donde se conocieron, esa isla que tanto le gustaba a ella y en donde perdió su don, una isla de la cual desconocía el nombre oficial, pero que todos los viajeros la conocían como "Bog", debido a que la niebla los ocultaba bastante bien, aspecto que aprovechaban para usar ese lugar donde escondían motines que llegaban a tener.
A un par de semanas de llegar allí, para Nissa fue inevitable ir al lago, adoraba nadar allí, pero también era riesgoso. Como de costumbre pidió permiso a su esposo quien accedió, la pequeña Liv se quedó con unas amiguitas del pueblo quienes le enseñaban a coser y otro tipo de actividades femeninas en lo que ella aprovechó para ir a la cala.
Una vez que estuvo allí, intentó relajarse, se sumergió en el agua y trató de recordar la última vez que sonrió sin la necesidad de que fuera su hija la razón de tal gesto.
Lloró, lloró por no ser lo que estaba destinada a vivir.
Lloró por su hogar, por sus amigas, por no tener el valor de pedir ayuda, por haber regresado a ese lugar cuando sus amigas le habían advertido que no debía hacerlo.
Sus lágrimas se mezclaron con el agua del lago y finalmente se diluyeron para ser parte de él. Prometió que no se tardaría, prometió que iría por su hija, su hija era la única razón que la mantenía con Arvind, de lo contrario se habría marchado en busca de una manera de volver a Asgard, pero aunque pudiera lograrlo, Liv no la acompañaría.
La impotencia la atiborraba de ansiedad cada que intentaba pensar en dejar a su esposo, pero su hija era como ancla a sus deseos, así que mejor se resignaba y trataba de estar conforme con lo que tenía.
Salió del agua, se secó y se quedó sentada, aún tenía una hora antes de regresar, por lo que intentaría relajarse un poco y permitirse pensar en otras cosas, hasta que escuchó unas pisadas venir de entre los altos arbustos.
Se enderezó para ver quién era, pues esa cala no era conocida, sin embargo vio un castaño embobado frente a ella.
-Yo te conozco… -exclamó el incrédulo vikingo.
Nissa se aturdió un poco. Ella lo reconoció en el primer momento en que lo vio.
-No, creo que no. –se defendió, incapaz de controlar lo que empezaba a sentir sólo con verlo.
-Sí. No olvidaría una valquiria como tú. –se encogió de hombros, acercándose con extrema confianza, sonriéndole amablemente. –Es más, después de verte bañándote hace algunos años regresé a esta misma cala y… me encontré esto. –sacó un medallón de entre sus ropas. –He vuelto una vez al mes desde entonces para tratar de encontrarte y dártelo.
Nissa emitió un grito ahogado. Ese era el medallón con el cual podía entrar a Asgard, pero vio que no era de oro como lo recordaba, ahora tanto el emblema como la cadena que lo rodeaba se estaba oxidando y pudriendo; significado que nunca más podría volver a su hogar y que ella ya no era considerada deidad, todo por el egoísmo de Arvind.
-¿Es tuyo, verdad?, dice Nissa, ¿así te llamas?
-Sí… es mío. Gracias por regresarlo. –atónita extendió su temblorosa mano, incapaz de creer en la sinceridad de ese hombre.
El de ojos verdes le sonrió con confianza, entregándolo.
-De nada. Ese día que lo encontré vi también esta pluma de cisne, recuerdo que era de tus alas. –la entregó de igual manera al sacarla de un morral que llevaba.
Ese pequeño objeto inundó de sentimiento el corazón de Nissa. Ese hombre que tenía frente a ella era tan diferente al que le obligó a casarse con ella. Vio la bondad de él y sintió en su pecho algo nuevo, algo que no había experimentado nunca.
-Gracias… em… creo que desconozco tu nombre.
El vikingo sonrió y encogió sus hombros. –Mannet, me llamo Mannet Hewie Haddock.
Nissa sonrió encantada por conocerlo.
-Un placer.
-No mi lady, el placer es todo mío; además también te debo una disculpa, no debí verte bañándote hace años, ni tampoco ahora.
La rubia sonrió enternecida al ver cómo es que el varón se rascaba la cabeza y se sonrojaba graciosamente.
Cabe mencionar que esa no fue la única vez que se vieron. Desde ese momento ambos se hicieron grandes amigos, viéndose continuamente en esa cala en la que años atrás se conocieron.
Cada uno fue aprendiendo del otro hasta que se llegaron a enamorar. No era un amor pasional ni de deseo, era algo más profundo. No de esos en los que hay estabilidad, era por el contrario, era un sentimiento que los tenía locos, pero esa relación que hasta ese momento había sido pura e inocente debía terminar, pues ambos tenían responsabilidades; por un lado Mannet debía ir con los suyos a explorar nuevos territorios, aún no encontraban un lugar para quedarse y dejar de ser nómadas; por otro estaba Nissa que seguía siendo una mujer casada, sin mencionar la hija de la valquiria, la cual estaba en peligro inminente sin la protección de su madre.
Sin embargo cuando los primeros abrazos y tímidas caricias aparecieron inconscientemente y allí fue cuando la culpa los empezó a carcomer.
-Sí sabes que no es correcto esto, ¿verdad? –empezó Nissa, recargada en el tronco caído donde usualmente solían hablar. Había llegado el día que habían postergado por tantos y tantos meses, el día en que debían darle un nombre a esas charlas que disfrutaban con culpa. –Mi esposo me pregunta a dónde voy cada tercer día.
Mannet le besó la frente, habían pasado esos momentos en los que atravesaban cierto contacto físico.
-Pues no se siente mal.
-Lo sé, pero no es lo correcto; él puede tomar represalias contra Liv, sabes que ella es casi mi vida entera, no podría seguir viviendo si algo le pasa. –comentó angustiada.
-No hemos hecho nada malo, ¿o sí?
Nissa se ruborizó, apartándose de su cálido abrazo.
-No, pero ese es el problema…
Mannet alzó una ceja, confundido al notar que ella se ponía de pie, siguiéndola en el acto.
-No ha pasado nada. –coincidió la rubia, acariciando su cabello, mirando al piso, nerviosa. –El problema es que deseo que pase.
Mannet habría dicho la peor de las blasfemias si se hubiera sorprendido por lo que Nissa dijo. Sonrió galante, pero a la vez resignado.
Tanto el vikingo como la valquiria debían continuar con sus vidas y caminos, aunque algo dentro de ellos se rompiera.
-Sabes que respetaré tu matrimonio. –susurró Mannet al abrazar a la rubia. –Y a ti y a tu adorada hija.
Ésta asintió sobre su pecho.
-Y te amo más por eso, por ser como eres. Eres un gran líder, un gran hombre…–murmuró, sorprendiéndose porque era la primera vez que abiertamente le decía que lo amaba.
El ojiverde le acarició su espalda.
-Ojalá te hubiera obligado a casarte conmigo cuando te vi por primera vez. –bromeó ligeramente.
-Todo habría sido mejor. –murmuró al borde del llanto. Se aferró al pecho de él. –Pero… pese a todo el dolor de mi corazón, seguir con esto sólo nos dañara más. Debo cuidar a mi hija y tú… tú eres un explorador nato, debes seguir con tus expediciones; encontrar esa porción de tierra que tú y tu familia han buscado por tanto tiempo para que puedan habitar y fundar su isla.
-No quiero nada de eso sin ti. –le murmuró cerca de su oído. –No imagino un mundo sin ti.
Después de eso no hizo falta más sutilezas se miraron, se pidieron permiso y finalmente, después de meses de verse y de reconocer que se amaban, se besaron.
Un beso lento, tímido, lleno de miedo por la situación de la muchacha, pero rebosante de amor a la vez. Disfrutaron de cada caricia mientras durara. Intentaron guardar el máximo de recuerdos ante algo que probablemente no volvería a ocurrir.
Pero de repente la culpa representada en forma de la imagen de su esposo apareció en su mente; no fue lo que le preocupó, sino las represalias que podía tomar contra su hija.
Se separó abruptamente, empujando al castaño.
-¿Beso mal? –preguntó apurado.
Nissa ni tuvo tiempo de enternecerse por la actitud de su amado.
-No… no es eso… es… es Arvind; puede hacerle algo a Liv, no podría vivir con la culpa.
Mannet le tomó la mano, rogando que no se fuera, pero la rubia, pese a todos sus deseos se zafó con desesperación.
-Jamás dejaré de pensar en ti, pero tú mereces mucho más que este tipo de encuentros.
-No sabes lo feliz que me hacen.
-¡No es suficiente para ti! –gritó al borde del llanto. –Te haré daño, yo le debo lealtad a Arvind. Aunque lo odie por quitarme la libertad, estoy obligada a obedecerle, es uno de mis más sagrados códigos, y los estoy rompiendo por ti.
A cada palabra la rubia se iba alejando, empezaba a llorar y el vikingo se aferraba a la idea de no dejarla ir. Tardó años encontrarla de nuevo después de haberla visto por primera vez, no la dejaría escapar.
-Adiós Mannet. –la valquiria se despidió en un gritito ahogado, estaba a punto de dar media vuelta cuando Mannet la detuvo con la voz.
-¡No te vayas! –exclamó sin moverse de su lugar, pero misteriosamente la valquiria tampoco pudo hacerlo. Pensó que era la emoción, pero de repente una idea loca pasó por su corazón.
-¿Qué dijiste? –preguntó aturdida, poniendo atención a las palabras. Era claro que no deseaba irse, pero tenía que hacerlo para honrar los lineamientos que le habían otorgado; sin embargo algo en la orden de Mannet le llamó la atención.
-No te vayas. –repitió, pero la valquiria ni siquiera pudo moverse, como si algo la obligara a obedecer.
-Mannet. –le llamó en voz baja, tratando de entender por qué debía quedarse y obedecer la indicación del castaño.
-No quiero que te vayas todavía. –repitió acercándose a ella sin entender porqué no se movía pese a toda la terquedad que había en ella.
Ambos se miraron con duda.
-Ordéname otra cosa. –pidió al empezar a emocionarse por notar ciertas reacciones involuntarias en ella misma.
El castaño alzó una ceja, curioso; pero volvió a repetir su petición.
-Vuelve conmigo. –pidió suplicante.
Una fuerza superior le hizo obedecer, regresar a los brazos abiertos de su amado y refugiarse en ellos.
-¿Qué sucede? –preguntó Mannet al notar esa acción.
-Siento que debo obedecerte… -susurró sorprendida. –La lealtad que creía tener para Arvind, no le corresponde a él, sino a ti. Tú fuiste quien me vio primero al bañarme, tú fuiste quien se quedó mi medallón, tú, tú, tú… tú eres quien recogió una de mis plumas. –habló desesperadamente. –Tú eres quien… quien tiene autoridad sobre mí.
El castaño no podía creer lo que la valquiria rubia le decía, ¿sería cierto?
-¿No estás mintiendo? ¿No sólo son tus ideas?
La rubia negó con fuerza.
-No, no es así. Por eso no siento nada por Arvind, por eso me cuesta tanto obedecer, porque nada dentro de mí siente responsabilidad por él… por eso las bendiciones que le deben recaer a su vida son sólo las que le dan el resto de las personas que conocemos cuando él les cuenta nuestra historia, creen que de esa manera agradaran a los dioses. –dijo feliz de entender el rumbo que había tenido su vida. –Por eso cuando estaba en Asgard después de haberte visto no me sentía feliz, no me sentía completa, no me sentía bien, porque ese no era mi lugar, mi lugar estaba contigo, a tu lado. –dijo emocionada, acunando el rostro del joven, quien seguía impactado por el cambio tan radical.
-Eso significa que…
-Significa que ante los dioses yo soy tuya, Mannet. Sólo tuya. –le susurró a punto de besarlo, sin embargo el castaño estaba como piedra, incrédulo completamente.
-¿Se… segura?
Ella asintió con efusividad.
Mannet sólo sonrió feliz, trató de mirar hacia el cielo en busca de alguna señal que le negara lo contrario, pero el sol resplandeciente sólo le hacía sonreír y contagiarse de esa alegría que tenían por descubrir que sus destinos estaban entrelazados.
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En cuanto llegó a la isla escondió a Grump en el bosque. A pesar de que Axel sabía de los dragones, no era muy empático con las costumbres que Berk empezaba a implementar, debido a eso Gobber no quiso arriesgarse, después de todo el dragón no daría problemas, sólo dormiría.
Caminó por el centro de la capital, era vasta, grande y la increíble arquitectura de piedra no era comparada con lo rústico de Berk, se detuvo a admirar la forja e incluso anotó algunas ideas para remodelar su área de trabajo.
Prosiguió caminando hasta llegar a la fortaleza principal, donde se suponía debía estar el rey Axel Riket.
-¿Asunto? –lo detuvo un soldado en la entrada.
Gobber alzó una ceja, levantó una carta que tenía el sello del archipiélago. –Tengo una junta con el Rey Axel Riket. –declaró con el manifiesto.
Los soldados se miraron entre ellos, asintieron y le permitieron pasar por el puente.
Uno de los soldados lo dirigió hacia el interior de la fortaleza, pasando por la tirolesa hasta que llegaron una tipo sala de juntas, acogedora pero vigilada por varios soldados.
-Espere aquí, el rey ya fue avisado que llegó.
Gobber tomó asiento mientras esperaba al monarca. Decidió echar un vistazo más al morral que llevaba, hasta que las puertas se anunciaron la llegada del rey.
El herrero se puso de pie y realizó una corta reverencia.
-Su majestad.
El rey vikingo sonrió gustoso de saludar a un fiel súbdito.
-Me alegra que llegaras pronto, toma asiento. –invitó el rey. –En la última carta de Stoick me pedía que auxiliara a su hijo, el jefe Hiccup mientras que se adaptaba a su nuevo cargo, pero… en la última visita que hice a Berk, en la boda de él y Astrid me di cuenta que…
-Que no necesita ayuda. –irrumpió nostálgico. –Han pasado ocho meses desde mi amigo Stoick murió, yo también noté que no necesita ayuda para ser jefe.
-Pero aún así tendrá momentos de duda, cómo me hubiera gustado que mis hijos hubiesen sido así.
-Ellos murieron defendiendo al Archipiélago, debes estar orgullosos de ellos. –simpatizó el herrero.
-Lo estoy, pero… ahora sólo tengo a mi hija, no encuentro un prometido digno de ella, por un momento pensé que ella e Hiccup harían buena pareja pero después comprobé que realmente ama a su mujer. –se remordió por ese pensamiento fugaz.
-Sí, desde toda la vida. –se rio un poco por recordar todas las que esos muchachos pasaron.
-Son muy chicos, no saben de nada, no saben cómo ser buenos jefes. –recriminó.
-No, pero lo irán descubriendo, poco a poco ellos descubrirán lo que Stocik legó como mayor encomienda a un jefe: aprender a escuchar al corazón. –musitó de manera nostálgica, asegurando su reinado.
Al rey no le quedó más que acceder a las palabras de su visitante.
Gobber explicó cuál fue la encomienda que Stoick le dejó a él: animar a Hiccup en los momentos de dificultad, guiarlo para ser un buen jefe y entregarle ese Hewie, esas capas, esas cartas cuando él hubiese aprendido que un líder escucha a su pueblo, pero primero debe escuchar a su corazón.
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La felicidad que les causó descubrir esa verdad los hizo recostarse sobre el pasto al lado de esa cala.
Los besos y las caricias ahora no eran nada pudorosas, por el contrario, eran apasionadas con un toque de ternura, pero urgidas y necesitadas conforme el beso incrementaba.
Nissa empezó a aflojar las ropas de Mannet, pero él, al sentir sus intenciones la detuvo.
-No… no Niss. –a penas y logró respirar, ofendiendo a la valquiria.
-¿No quieres estar conmigo? –preguntó dolida.
El castaño se enderezó y se sentó, tratando de normalizar su respiración.
-Los dioses saben que es lo que más deseo. –expresó sincero. –Pero quiero estar contigo de la manera correcta.
La deidad no comprendió.
-Ya lo soy, descubrimos que…
-Descubriste que los dioses están de acuerdo con nuestra unión y que tu lealtad me pertenece, pero no eres mi esposa, sigues siendo de él.
-Jamás lo he sido. –reclamó molesta. -¿No lo entiendes? Yo… sólo soy tuya en corazón, si pueda cambiar el pasado...
-Pero no podemos.
Los dos se quedaron pensativos, después de todo ella seguía siendo esposa de él.
-Me voy a divorciar. Si un papel es lo que deseas, te lo daré. Anularé este matrimonio para poder estar contigo. –susurró segura.
Mannet sonrió feliz, ella le demostraba la lealtad una y otra vez, pero le negó dulcemente.
-Si te divorcias, Arvind no dejará que vuelvas a ver a Liv, sé que ella es tu vida, no dejaré que sufras por esto.
Nissa volvió a recordar ese detalle.
-Mejor que ese matrimonio sólo sea entre tú y yo, nadie más sabrá, sólo los dioses y nosotros, más adelante elegiremos qué hacer.
Esa decisión bastó momentáneamente para ellos.
-Estaremos bien.
Nissa le asintió, aceptó sus palabras.
-¿Nos casamos ahora? –preguntó emocionada.
Mannet quiso decir que sí, pero sabía que ella merecía mucho más, así que una idea fugaz apareció en su cabeza.
-No, mañana al atardecer. Te traeré un presente, y también… será sencillo, pero…
-Será más que suficiente.
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La misión de Gobber terminó con el rey Axel, él volvió a Berk sin demorarse más de lo esperado.
Los días, semanas y meses transcurrieron con normalidad. Astrid se adaptó de inmediato a su nuevo rol como jefa y como comandante de la armada y las milicias de Berk, mientras que Hiccup seguía con su buen juicio para dirigir la isla.
-Bien, creo que eso fue todo por esta semana. Mañana es nuestro día de descanso y el lunes empezaremos con lo nuestro. –comentó Astrid al ponerse de pie y estirar un poco sus brazos. Esperaba que Hiccup le dijera algo pero seguía viendo un mapa de Berk. Se acercó colocó sus manos sobre los hombros de él, causándole un pequeño escalofrío.
-Mi lady, me asustaste. –se giró un poco para verla e incluso dejar que ella se sentara sobre sus piernas.
-Te decía que mañana es tú día de descanso y…
Hiccup se llevó una mano a la frente, completamente fastidiado.
-Quedé de ir a ver los avances en el nuevo puente. –se quejó. –Incluso dije que irías tú.
Astrid pensó en quejarse, había anotado esa visita para dos días después.
-La teníamos programada para el miércoles. –expresó molesta porque no le preguntaron. –Hiccup, recuerda que te ayudo con la logística de las acciones en Berk.
-Lo sé, Astrid. Lo sé, y en verdad haces un muy buen trabajo; pero vinieron y fue cuano fuiste a revisar a los centinelas…
-Está bien, babe. –Astrid le acunó el rostro, uniendo sus frentes.
-¿No te molesta? Habíamos quedado de estar en la cala. –recordó el jefe.
-Sí, es verdad, podríamos ir más tarde. No me molesta, sólo con una condición. –determinó la rubia.
-¿Cuál? –preguntó curioso.
-Que aceptes que te gusta ser el jefe de Berk. –susurró chiflada.
Hiccup la miró extrañado por tal petición.
-¿Qué?
La rubia le lanzó una mirada juguetona. –Ya lo oíste. Antes de que fueras nombrado vivías quejándote de cómo sería tu vida, incluso deseabas quedarte en la Orilla del Dragón para no tener responsabilidades, pero ahora que eres el líder de todos los hooligans, antepones al pueblo en muchas cosas, incluso antes de mí. –alzó una ceja, sin estar dispuesta a perder esa batalla.
-Astrid…
La jefa siguió sonriendo a la espera de su respuesta. Tras unos segundos de duelo visual, Hiccup suspiró y se rindió.
-Sí, me gusta ser el jefe, es como si una parte de mi corazón estuviera destinado a Berk. Es como si mi corazón estuviera dividido.
La rubia se mordió el labio, para ella, lo que había dicho el castaño había sido muy emocionante, así que no lo pensó más y lo besó con desesperación.
-Eso sólo te vuelve mejor persona. –la rubia palpó su pecho, animosa. –Te vuelve un gran jinete, un gran líder… y gran esposo. Sólo sigue escuchando ese corazón.
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Al día siguiente, en la tarde, Mannet y Nissa se vieron en la cala donde se habían prometido encontrarse.
No había testigos.
No había nadie que oficiara esa unión.
Pero estaban ellos. Ellos mismos dijeron sus votos en presencia de la naturaleza y de los dioses.
-Tengo sólo una pequeña pulsera, la hice para ti. –se ruborizó. –Sé que un anillo sería muy obvio por tu matrimonio con Arvind y…
-Un matrimonio que no es verdadero. –aclaró rápidamente, no le gustaba que pensara que sí lo era.
-Lo sé, pero no podemos evidenciarnos, no hasta que termine el bote donde Liv, tú y yo podremos irnos lejos de aquí, a otra isla.
Nissa le sonrió enternecida. –No necesito nada, estar juntos es más que suficiente. –le aseguró, sujetando fuertemente sus manos.
Pero Mannet no se quedó conforme, sacó de entre sus ropas la pulsera que estaba envuelta en un pedazo de tela ante la mirada emocionada de la valquiria, ahora que lo pensaba, nunca nadie le había regalado nada desinteresadamente.
-¿Has visto a los Nadders cuando se cortejan? –preguntó Mannet.
Nissa le negó, seguía absorta por la pulsera de hierro que le había colocado en su mano.
-Los Nadders vuelan juntos por varios días, se toman de las garras, hacen piruetas y si uno de los dos, la hembra o el macho, se sueltan es que sintieron que no eran el uno para el otro. –explicó mientras abrochaba la pulsera alrededor de su muñeca. –Estos dos dragones de tu pulsera van a estar unidos siempre. Tú eres uno y yo el otro, siempre será así, siempre seremos Mannet y Nissa, siempre.
La valquiria humedeció sus ojos, inconscientemente dejó caer dos lágrimas que cayeron en su mano.
Mágicamente, al instante, esas lágrimas se trasformaron en dos piedras brillantes.
-¿Pero cómo? –preguntó Mannet anonadado.
-Ese es el don que me dieron. Cada valquiria posee un don, el mío es transformar mis lágrimas, o mis sentimientos en algo valioso. Mis lágrimas se convierten en joyas, el cabello que me llego a cortar se vuelven fibras de oro.. es una metáfora extraña. –se apenó.
Pero para Mannet sólo la hizo valorarla mucho más.
-Yo también traje algo para ti. –Nissa se separó un poco. Sacó de sus ropas su medallón y le entregó la cadena a él. –Sé que tienes una reliquia familiar, allí guardas diminutas cosas que te recuerdan tu esencia. –le entregó la cadena, poniéndola alrededor de su cuello junto a su colgante que el día de anterior Nissa había sacado de sus ropas sin que el joven se percatara de tal travesura. –No es mucho, pero es lo que se me ocurrió, tampoco quería llamar mucho la atención en ti.
Mannet acarició cada eslabón diminuto de la cadena. –Es perfecto, es justo lo que necesitaba.
El oro se sentía liso y se palpaba como si fuera de mucha calidad, y claro que lo era. –Trencé algunas fibras de mi cabello y se convirtieron en oro, es algo extraño pero…
-Es perfecto, Nissa. Me encanta. Ahora podré colgar mi Hewie. –expresó alegre.
La rubia de cabellos largos le sonrió. –Sujetó el medallón y desenroscó la tapa como Mannet le había dicho. Al hacerlo sonrió por la plaquita lisa que estaba.
La sujetó y escribió en ella aquel consejo que siguió de ella misma "Sigue a tu corazón". La colocó con cuidado en el fondo, después acomodó las dos piedritas que se habían realizado de sus lágrimas (una azul y una roja). –Que nos representen a nosotros. –musitó mientras acomodaba el contenido. –Sé que haces muchas decisiones, por un lado estoy yo, sé que me amas, pero también sé que deseas ayudar a las personas de tu clan, eso me hace amarte y admirarte como nunca creí que sería posible; así que… Mannet Hewie Haddock, acepto ser tu esposa.
El mencionado sólo le sonrió feliz. –Encantado, y yo acepto ser tu esposo, Nissa Kragera Essen.
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Habían pasado algunos meses desde que los dragones habían desaparecido de Berk. Astrid se encontraba dirigiendo la isla, pero debido a su estado tenía que descansar en ciertos momentos del día.
Recordó con amor cada experiencia que vivió al lado de Hiccup, y de los dragones, en especial las decenas de promesas que se hicieron uno al otro la última noche que estuvieron juntos, sobretodo esa reliquia que sujetaba fuertemente para recordar lo que Hiccup le había dicho.
Valka le dijo que era un Hewie, y estuvo mucho tiempo observándolo, hasta que la curiosidad despertó con la palabra "misterio" que Valka le había comentado.
Observó el medallón, esperando que le compartiera algo que le mantuviera la esperanza quería recordar cada aspecto, hasta el más mínimo detalle, sin embargo tras analizarlo cuidadosamente sonrió con un brillo en su mirada.
Una idea fugaz, pero que si hilaba todas las señales que había escuchado y que Stoick le dijo en la carta, tal vez podrían tener sentido.
-Ya vi de qué se trata. -expresó para sí misma, tomando el medallón y también la pulsera que Hiccup le había dado antes de casarse.
Los colocó sobre la mesita que Hiccup había usado como escritorio y empezó a analizar la idea que le había dado el famoso Hewie.
La pulsera, o Armband como recientemente se había enterado que se llamaba tenía dos cabezas de dragón que se unían. Con cuidado se la quitó y observó una de las cabezas, notó que en la boca tenía un pequeño, en realidad imperceptible piquito, aunque parecía ser la parte de un broche.
Por alguna razón le recordaba un pequeño orificio en el medallón. Como si se tratara de una travesura los embonó, viendo que cabía perfectamente uno en el otro.
Trató de girar la pulsera pero estaba fija, no podía dar vuelta sobre su propio eje, estaba por desistir cuando notó que no era una llave, sino un complemento. La pulsera era el complemento del Hewie que ahora reposaba en sus manos.
Tomó la pulsera del otro extremo y la movió hacia el lado contrario como si de unas manecillas se trataran viendo a la perfección que el margen del medallón empezaba a dar vuelta como si se desenroscara.
Dio una vuelta, y otra, y otra más.
Y de repente esa reliquia se abrió. Con cuidado movió la rosquilla que había salido. En su lugar quedó una fina capa traslúcida que le recordó al ámbar del canto mortal que cubría el pequeño círculo, con dos piedras brillantes, una azul y una roja que le recordaron la esencia de ella y de Hiccup, porque extrañamente eran sus colores. Había un par de miniaturas más a las que no les prestó tanta atención, porque estaba concentrada en lo que decía la placa en el fondo de ese "hewie" que acababa de conocer. Sonrió cuando leyó ese simple y hermoso consejo.
Ese era el mensaje de un jefe a otro.
-Sigue a tu corazón... -leyó en un susurró. Acarició su abultado vientre y soltó una lágrima que llegó hasta ese relicario. -¿Quién habrá fabricado tal reliquia? –musitó tenuemente mientras admiraba sus posesiones y añoraba el medallón que le dio a Hiccup cuando se separaron.
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Notas de la autora:
Medio raro el final, pero esto de las reliquias se termina de explicar en el próximo capítulo, espero, para así pasar a otros objetos que andan por mi cabeza y mis fics.
¿Vieron el capi 2 de la nueva temporada 5 de dragones? LES JURO QUE ESTABA IMPRESIONADA POR LO DEL COLLAR QUE HICCUP LE DIO A ASTRID, justo como en mis fics, esa coincidencia me encantó.
En fin, gracias por leer y seguir este universo de dragones que me he creado a lo largo del tiempo.
**Amai do**
-Escribe con el corazón-
Publicado: 1 de septiembre de 2017
