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Aclaraciones:
Universo: Semi-Au
Pareja: Hiccstrid
Rated: T
Inspirada en la canción: "Amarra un listón amarillo al viejo roble"; y en la bella historia de mis bisabuelos.
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Drann
-Lazo-
La guerra había mermado toda esperanza de salir victoriosos.
Su tierra ya no era un lugar pacífico, los pobladores ya no salían a disfrutar de las puestas de sol o de los amaneceres como era costumbre para ellos. Ahora estaban con miedo y con cautela de vivir, pues todo cuando gozaban en cualquier momento les era arrebatado.
La vida había cambiado abruptamente desde que Drago custodiaba el archipiélago tratando de controlarlo; pero así como había dolor, también había esperanza, con las personas que enfrentaban esa obstinación.
El peso de la guerra era mucho, tanto que los pobladores de ese lugar tenían que irse para enlistarse a la guerra contra el cruel dictador, por lo que esa noche era la última que podrían disfrutar de la calidez de sus hogares hasta que derrotaran el mal que asechaba a los vikingos.
-¿Todo bien? –preguntó el joven castaño mientras se abrochaba el pantalón y ponía de nuevo sus botas.
La bella rubia se mordió el labio, asintiendo y reprimiendo las ganas de llorar. Pero no lo haría, ella era fuerte y no haría ese espectáculo frente a su esposo… esposo.
Ese mismo atardecer se habían casado, sólo sus más leales amigos y familiares más cercanos que fungieron como testigos de su unión vikinga. Celebraron un poco antes de retirarse a sus respectivos hogares y después, bien entrada la noche, los recién casados se fueron a un claro en medio del bosque para gozar de su intimidad libremente.
-Sí. –logró decir con el nudo en su garganta.
Las emociones eran muchas, por una parte, se había casado y habían consumado su amor, entregándose física y espiritualmente de manera mutua, pero por otro lado estaba también el sufrimiento de la separación.
-¿Te sientes bien? –preguntó de nuevo el joven.
La fémina quiso llorar otra vez, no entendía por qué. Tal vez estaba preocupado o tal vez le dijo eso porque escuchó a su amigo Snotlout aconsejarle a él que le preguntara eso después del acto. –Sí, Hiccup, estoy bien. –le tranquilizó después de darle un beso.
El mencionado se acercó a abrazarla y besó con ternura su frente, tal vez si era preocupación genuina.
-Es sólo que son muchas emociones en poco tiempo. –sinceró con la voz entrecortada.
-Shh… lo sé Astrid, lo sé mi lady. –besó su frente otra vez, abrazándola mientras se recargaban en ese árbol. –Me hubiera gustado que todo fuera diferente, que los sucesos hubieran ocurrido de otra forma. Debimos casarnos hace tiempo, con nuestros padres, habríamos pedido prestado el Gran Salón al jefe… debimos cumplir muchos sueños.
A lo lejos sus dragones jugaban ajenos a la escena triste que protagonizaban.
-Quiero ir contigo. –susurró, hipeando.
El castaño sólo la abrazó, él también quería eso, pero… no la expondría.
-Yo no quiero eso, no quiero que te hagan daño, ¿recuerdas lo último que supimos? ¿Lo que hizo en la isla de Verdien?
Un escalofrío recorrió su espalda sólo por memorar los acontecimientos de la isla sitiada, donde masacraron a las mujeres por orden de Drago.
-Además, la isla debe estar bien resguardada, los jefes sólo confían en ti para liderar la armada. –le animó besando tiernamente sus manos. –Y yo también.
Se besaron de nuevo, con la misma intensidad y desesperación de un par de horas atrás. Era increíble la cantidad de emociones y sensaciones que podían disfrutar recíprocamente.
-Tu padre me matará, cuando sepa que nos casamos sin avisarle. –dijo el castaño entre besos.
-Él tiene la culpa por no haberse retirado del punto de reunión en Berserk. –le tranquilizó, rodeando con sus brazos el cuello de él, sin embargo, el sonido de un cuerno acompañado de la primera luz del día interrumpió la atmosfera que habían creado.
Sólo significaba una cosa.
-Es hora, mi lady. Iré a defender nuestro hogar. –le susurró, poniéndose de pie.
Astrid lo acompañó en el acto, sintiendo que su corazón iba a estallar por la angustia que le causaba la separación.
-Vuelve a mí. –rogó, acunando su rostro. –Tienes que volver.
-Lo haré, lo prometo. –besó su frente. –Y cuando lo haga, será porque la guerra terminó y volveré para estar juntos y formar nuestra familia. –le prometió, deleitándose con las caricias de ella.
La rubia reprimió el llanto una vez más.
-¿Y si me olvidas? –preguntó temerosa, pues era bien sabido que la guerra cambiaba a las personas y en su mayoría tenían aventuras sentimentales.
-Astrid, puede tardar meses, años… no sé cuándo pueda regresar, incluso es una posibilidad que yo pueda morir y…
-No, no hables de eso, no es una posibilidad. –le advirtió, dándole un golpe.
Hiccup besó sus manos otra vez, deseaba albergar el máximo de recuerdos.
-También alguien más puede cortejarte, podrías casarte si así lo deseas. –ofreció triste esa opción. –Los acuerdos de la guerra dijeron que si un hombre está lejos por más de tres años están oficialmente divorciados.
-Tú eres mi esposo, Hiccup. Un acuerdo que otras personas dijeron no va a cambiar lo que pasó, ni va a cambiar lo que siento por ti. –le advirtió molesta de que él incluso le hablara de tal posibilidad.
-El tiempo cambia a las personas.
-Me has prometido que vas a volver, no puedes retractarte así de simple y por un miedo que no llegará. Yo te esperaré, pase lo que pase. Así sea una anciana, seguiré esperando por ti. –le prometió.
La determinación de su amada era convincente.
-No quiero que nos pase lo que sucedió con Annek y Gill. –confesó.
La rubia conoció esa historia, todo Berk la conoció. Aquellos enamorados que se juraron amor eterno, pero cuando él se fue a la guerra, volviendo meses más tarde con un anillo en mano se enteró que ella se había enamorado y casado con otro; olvidando lo que habían sentido, prometido y vivido.
-No somos ellos. –reclamó.
-Pero el tiempo…
-A la basura ese tiempo.
El temor de Hiccup era mucho, Astrid era una mujer tan bella y hermosa además de fuerte, de buena familia y asombrosa habilidad en la guerra. Tenía decenas de pretendientes, y eso le daba miedo, que en su soledad buscara refugio en otros brazos que no fueran los de él.
-Hiccup, ayer me casé contigo, hice un pacto… me entregué a ti y tú me tomaste. ¿No es suficiente prueba?
Haddock llevó un travieso mechón rubio detrás de su oreja. –No deseo tener una sorpresa cuando regrese, saber que estás enamorada de alguien más. Gill se deprimió tanto que prefirió regresar a la guerra y morir allá, si tan sólo él hubiera tenido una señal de ella, ni siquiera habría regresado, ahorrándose la vergüenza.
Esas palabras le dieron una idea, llamó a Toothless, su dragón y tomó un pedazo de la correa de su alforja.
-Toma… -le entregó el lazo rojo. –Átalo a este árbol. –señaló el único testigo que había presenciado lo que ocurrió esa noche entre ellos dos.
Astrid no entendía. -¿Para qué?
-Si regreso…
-Cuando regreses. –le corrigió, haciendo sonreír a Hiccup.
-Cuando regrese veré esta señal. –mencionó indicando el lazo rojo. –Si está atado al árbol significa que sigues enamorada de mí, e iré a tu casa para empezar nuestra vida juntos. Si no veo este listón significa que eres feliz y con alguien más. Pasaré de largo y me iré para evitarnos un momento incómodo.
-¿Cómo puedes decir eso? Hiccup, mi amor por ti es verdadero.
-Lo sé, lo sé, lo sé. HOY es verdadero, durante esta noche fue real y el más hermoso recuerdo que tendré; esta noche fue maravillosa, más de lo que he podido llegar a soñar… pero este momento es todo lo que tenemos seguro. No sabemos qué pueda pasar mañana. Y yo sé que al irme, todo va a cambiar entre tú y yo. –sonaba desesperado.
Astrid estaba por reclamarle, tampoco quería que sus últimos momentos juntos fueran desaprovechados por una discusión; sin embargo el cuerno de batalla volvió a retumbar en la isla.
-Es la segunda llamada. –murmuró con tristeza.
Astrid se perdió en su mirada verde. Una mirada llena de amor hacia ella y también llena de desesperación. No le daría a Hiccup otro peso para cargar en esa odisea contra Drago.
Asintió con la mejor sonrisa que pudiera darle.
-Está bien. Cuando regreses verás la señal. –le prometió, sellando la promesa con un beso.
-Gracias, mi lady. Te amo, te amo, te amo. –le gritó mientras la tomaba de la cintura y la elevaba un poco.
-Y yo a ti, chico dragón.
Otro beso no se hizo esperar, seguido de caricias, de abrazos desesperados. Deseaban albergar el máximo de recuerdos posibles para sobrevivir a la tortura que se iban a enfrentar al estar lejos uno del otro.
Hiccup recargó a Astrid contra la áspera corteza.
-Debo irme. –susurró entre besos.
La rubia negó mientras besaba su cuello y aflojaba sus pantaloncillos.
-Aún tenemos tiempo antes de la última llamada… por favor Hiccup… una noche no es suficiente para recordarte. –lo sedujo mientras pasaba sus manos por su cabello, apretándolo más. –Tómame una vez más, por favor, te necesito, necesito sentirte y necesito demostrarte que te amo.
No tuvo que pedir más, fue suficiente para que él la besara de nuevo, mientras la recargaba contra el árbol bajo el que juró poner el listón rojo.
La acarició con desesperación, muy diferente a como la hacía tocado horas atrás, ahora esa impotencia de no tener la posibilidad de estar juntos por los deberes que tenían con la isla les empezaba a molestar, pero así era, así debía ser, sólo así podrían protegerse a sí mismos y a su isla.
Sin embargo, durante ese breve momento que le robaron a la vida, ningún pensamiento volvió a molestarlos hasta que terminaron de amarse una vez más.
…
Una hora después, la última llamada a los soldados se escuchó en los muelles de la isla, llevando a los valientes guerreros a la defensa de lo que creían que era correcto.
-Él te ama. –le animó Ruffnut, una buena amiga quien también sufría por ver a sus esposo y a su hermano gemelo partir. –Volverá, volverán con nosotros.
La rubia asintió, creyendo firmemente esas palabras, aunque por dentro se sentía destrozada mientras veía al dragón negro y a su jinete.
Los dragones y los navíos se perdieron en el horizonte y de ellos no se supo nada en meses, los cuales se tornaron en años agónicos de desesperación para todos quienes esperaban en casa.
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La guerra había mermado toda esperanza de salir victoriosos y aún así, consiguieron el triunfo.
Su tierra ya volvía un lugar pacífico, los pobladores volvían salían como era costumbre para ellos, incluso algunos salían sin miedo por primera vez en sus vidas.
Los amaneceres tenían nuevos matices y los atardeceres se tornaron con colores más vivos.
La vida había cambiado abruptamente desde que Drago fue derrotado un par de meses atrás.
Pero las noticias viajaban lento debido a la poca afluencia de viajeros. Desmantelar toda la organización de él fue tardado, pero ahora, de nuevo allí, con las personas que se fueron lejos para llevar paz al archipiélago, la esperanza de Berk volvía a vislumbrarse.
Pero así como había alegría, había dolor. El jefe de la isla había muerto cruelmente poco antes de obtener la victoria. Otro más tomó su lugar cuando fue nombrado por el mismo líder antiguo, y ahora regresaban con sus familias, a sus hogares, a su vida.
- ¡Por fin regresamos! –expresó su primo, impaciente.
-Ruff estará feliz de verte, también a su hermano. –opinó el castaño.
-¿Bromeas? ¡Quiero conocer a mi hijo! –dijo desesperado.
Hiccup había olvidado ese detalle, su amiga estaba embarazada de su primo poco antes de irse, apenas se enteraron y él decidió ir a pelear para darle un mundo mejor a su bebé.
En algunas cartas se supo que fue un varón, pero esas cartas ahora estaban obsoletas desde años atrás.
¿Cómo sería Berk?
¿Cómo estaban las islas ahora?
¿Lo aceptarían a él?
Miró a su dragón que se mostraba animado por llegar, pero la guerra cobró factura. Toothless había perdido la aleta de su cola y él… él había perdido parte de su pierna izquierda.
¿Lo aceptarían así? ¿Un lisiado?
¿Y qué había de Astrid?
Más de tres años lejos de ella, su rostro seguía vívido en su memoria, su aroma estaba impregnado en su piel pese al tiempo lejos, pero las caricias se hacían más lejanas a cada segundo, casi no tenía la facilidad de recordar… pero… lo que si recordaba era la promesa que había hecho, ¿si ella había hecho una nueva vida?
Astrid era la fuerza que lo mantuvo vivo desde el segundo que dejó Berk. Fue su soporte durante las cruentas noches después del ataque donde casi pierde la vida después de haber perdido la pierna. Ella fue su esperanza, pero también sabía que las esperanzas eran también efímeras, y quizás esas esperanzas estaban terminando para tornarse la realidad que amenazaba con golpearlo si no eran las que él había imaginado.
-¡Me tengo que adelantar! –gritó Snotlout, dirigiendo a Hookfang rumbo a la explanada principal de Berk.
Los hombres que los seguían también estaban ansiosos, el del dragón negro sólo les asintió, dando oportunidad de que hicieran lo mismo y pudieran adelantarse con las familias que dejaron desamparadas años atrás y que ahora, por fin, podían estar a salvo de la codicia.
Hiccup se detuvo un momento en el aire, detrás de la multitud de hombres que se adelantaron. Él tenía que ver a Astrid, ver a su madre, a sus amigos, dormir en su cómoda cama, pero antes de todo eso, debía estar seguro que tenía un lugar en todo eso.
-Vamos a la cala, amigo.
El dragón obedeció mientras el cuerno en el resto de la isla, aunciando buenas noticias para las personas que esperaban impacientes la llegada de los héroes del archipiélago.
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Los gritos de felicidad y regocijo se escucharon por toda la costa mientras los héroes eran recibidos con una lluvia de flores y los dragones con dotes de pescados.
Snotlout bajó corriendo de su dragón cuando vio a su esposa dirigirse hacia él con un varoncito de unos dos años y medio de edad. Tan parecido a él, ¡Sí!, no habría duda de que él era el orgulloso padre.
-¡Mi hijo! –lo alzó por los aires, abrazándolo fuertemente mientras Ruffnut también dejaba escapar todas las lágrimas que contuvo dentro de ella, las mismas que se apaciguaron cuando nació su pequeño hijo.
Abrazó y golpeó a su consanguíneo también, regañándolo por ser imprudente, pues ahora portaba un parche en su ojo izquierdo, que aunque él estaba fascinado con tal incorporación a su atuendo, su vida no dejó de estar en peligro por haber salvado a sus amigos de un ataque.
El regordete Fishlegs no se quedó atrás y se reunió con su familia, con su bella esposa y esos niños que dejó atrás cuando desconoció el destino que le esperaba.
Finalmente, abriéndose paso en el resto de las personas, apareció Astrid. La mujer ansiosa buscaba desesperada a Hiccup.
Viró por todas las partes y vikingos que descendían de los barcos, pero no parecía por ningún lado.
-¡Astrid!
El regordete Fishlegs la abrazó, ella correspondió feliz de verlo, pero la angustia en sus ojos no dejaban de aparentar las expectativas de tenía por el reencuentro.
-¡Me da gusto verte! Expresó en medio del abrazó. -¿Dónde está? –preguntó desesperada.
El rubio la miró con culpa, él no quería decirle lo que había pasado con Hiccup.
-Se fue al bosque. –escuchó la voz de Snotlout detrás de ellos, mientras que él sólo cargaba orgullosamente al vástago que acababa de conocer.
Asintió, tomando su respuesta para procesarla. Dejó a todos con la duda, pero ella tenía que ir a verlo, tenía que ver a Hiccup. Habían pasado años desde la última vez que se vieron y aunque las cartas ayudaron un poco a menguar, también los hacían añorar más lo que no podían tener.
Ella había sido fuerte, muy fuerte a decir verdad. Se encargó de la armada de Berk, la defensa de la isla, se enteró de la muerte de su padre, y la nostalgia, esa maldita nostalgia que se apoderaba de ella cada noche.
Sí, ella había sido fuerte.
Ella era fuerte.
Pero también era una mujer que extrañaba sentirse querida y apoyada.
Ese temor a recibir noticias negativas por medio de las cartas, o a sufrir en carne propia el dolor de perder a Hiccup.
Apoyó a las viudas cuando se enteraron de la muerte de sus valientes esposos que ahora eran habitantes del Valhala. Sí se mostraba entera y con un temple digno de una guerrera, pero por las noches ella era vulnerable y a menudo rompía en llanto ante la so sobra de la ignorancia acerca del paradero de su esposo.
Cada noche fallaba en las promesas que le había hecho a Hiccup, no era tan fuerte como pensó.
Especialmente unas semanas después de que él se fue, cuando pensó que podía estar embarazada, pero no había sido así, eso sólo le hizo añorar algo más de él.
Así que por cada lágrima que derramó, por cada suspiro que ahogó, se estableció más propósitos que poco a poco fue logrando. Todo ese cúmulo de sensaciones se tornaron en una espera.
Y en ese momento era increíble que tras tanta espera los últimos minutos fueran los más desesperantes.
Las traviesas lágrimas se amontonaron de nuevo, era vergonzoso para ella comportarse como una simple pueblerina asustada por no saber qué hacer en la vida; sin embargo, ahora podía darse ese lujo.
Al principio lidió con el dolor, éste fue un fiel compañero que no la dejó sola, que le hacía refugiarse bajo el arduo trabajo diario en la isla y por las noches la abrazaba como su cómoda manta que la tapaba tratando de darle un calor que no había vuelto a sentir desde que se entregó a Hiccup en el claro por primera, y de momento, una única vez.
Ella había cumplido al parte de su promesa.
El listón rojo esperaba en los altos árboles de la cala, pero… esa promesa era para darle seguridad Hiccup. Eso la hizo reflexionar acerca de la seguridad que ella debía tener, lo que frenó un poco su andar.
¿Y si él conoció a alguien?
Durante esos años nunca pensó en esa posibilidad, ahora de la nada aparecía ese pensamiento destructivo y tóxico que le aceleró el corazón.
No, eso no. Sacudió su cabeza para espabilar cualquier idea que arruinara el reencuentro con él.
Corrió y corrió, hasta que entró a la cala, por fin.
Allí estaba, de espaldas a ella, lo reconocería, claro que sí. Aunque ahora tenía un poco más de barba y hasta juraba que estaba más alto, él seguía siendo el amor de su vida.
Caminó con pausa hasta él.
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El corazón se le había acelerado de pronto, y ahora agonizaba casi al grado de arderle el pecho.
Iba con los ojos cerrados. No quería ver el árbol sin el listón rojo, pero era un miedo que debía enfrentar.
La última carta que había enviado no tuvo ninguna contestación, y de eso habían pasado largos meses de incertidumbre.
Sintió que Toothless descendió y con un gruñido le dio a entender que estaban en la cala a la que habían acordado.
Hiccup abrió los ojos, pero mantenía la mirada baja sin enfocar.
¿Dudaba de Astrid?
No, claro que no. Sabía que su amor era sincero y duradero. Pero la guerra y la lejanía pudo haber enfriado los sentimientos que se tenían, y aunque el amor de Hiccup latía con fuerza, la duda le empezaba a carcomer.
-Amigo, gruñe si el listón sigue en ese árbol. –le pidió suplicante, incapaz de hacerlo por sí mismo. –Si no hay nada, no digas nada.
El dragón miró hacia donde su jinete le había indicado y abrió los ojos, buscando por todas partes, pero no fue así, el Furia Nocturna no logró ver un listón rojo.
El corazón de Hiccup palpitó de más.
-Vámonos, Toothless. Ya no merecemos estar aquí. –casi empezó a sollozar.
Él se iría, se iría muy lejos, para empezar una vida nueva como la que Astrid seguramente había iniciado sin él.
Pero también tenía que validar lo que su dragón le había dicho con su silencio.
Levantó la mirada, y comprobó que no había un listón rojo. Toothless hizo bien en no gruñir.
Era cierto.
-No puedo creerlo. –musitó al borde del llanto, incapaz de aceptar lo que sus verdes ojos veían.
En ese claro, en ese secreto oculto de Berk no había un árbol con un listón rojo amarrado alrededor de un árbol; en su lugar había cientos de listones entrelazados uno con uno, no sólo en el árbol en el que Hiccup señaló años atrás, sino que también en todos los árboles del derredor de la cala. Como si abrazaran el lago entre ramas rojas para darle más calor.
Estaba asombrado, no podía creer que hubiera tanta tela roja en Berk.
Sonrió como un idiota.
Un idiota enamorado.
-Puse un listón por día durante el primer año. –confesó una voz quebradiza. Hiccup se giró para verla detrás de él. –Después puse uno por semana, y durante el último año, uno por cada luna. –confesó, llorando con él. –Ya no había pigmentos rojos en la isla. –trató de sonreír.
Se acercaron lentamente, temiendo que fuera un sueño como el que muchas veces rogaron a los dioses que fueran reales. Pero ahora sí era cierto.
Estaban allí, frente a frente, corazón a corazón.
-Dijiste que si seguía enamorada de ti pusiera un listón rojo. –señaló el primer lazo que ató. –Esta es tu respuesta. No sólo estoy enamorada de ti, no imagino un mundo sin ti.
El castaño se acercó a la rubia y por fin, después de años agónicos la pudo abrazar. Aspirar ese aroma y sentir el calor de su piel contra la suya.
-Mi lady. –susurro mientras besaba su cuello.
-Mi chico dragón, has vuelto. –enredó sus dedos entre los castaños cabellos de él.
-Y aquí me quedaré, contigo. He vuelto a casa, a nuestro hogar.
Aún había muchas cosas que hablar y discutir, como que Toothless era el nuevo alfa de los dragones. Que Hiccup había perdido una pierna después de una pelea a muerte con el mismo Drago. Que el jefe de la isla lo nombró heredero debido a la lealtad de su familia. Que había otros males que acechaban el archipiélago.
Pero mientras una fiesta de bienvenida se llevaba a cabo en el Gran Salón, esos enamorados permanecieron en la Cala para demostrarse de nuevo lo mucho que se querían y lo mucho que se habían extrañado, en el lugar más pacífico de Berk, donde habían consumado su amor tiempo atrás y donde había muestras atadas a los árboles demostrando que una hermosa manera de amar era siendo paciente y leal a pesar de la distancia, de las dudas y de la guerra.
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Fin
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Notas de la autora:
Ya no sé cuantas veces he escrito que me tengan paciencia por lo de mi tesis. Quiero decirles que ya está lista desde diciembre y aunque no estoy tan preparada para mi ponencia, la fecha es lo único que falta. Se supone debía presentar en enero, pero mi sinodales han pospuesto la fecha por distintas razones, así que una vez más les pido paciencia para que pueda terminar mis historias, créanme que lo haré.
Y también espero que les haya gustado ese fic que se me ocurrió cuando escuché la canción. Como nota curiosa les cuento que empecé a cantarla por varios días hasta que mi mamá me contó que esa canción era la favorita de mi abuela porque algo así había ocurrido con sus papás, osea mis bisabuelos cuando eran prometidos justo antes de la Revolución Mexicana, aunque ellos no estuvieron tanto tiempo separados, ni nada de eso, pero mi imaginación empezó y siguió, y en fin, lo pensé más; ya saben cómo soy, me enamoré de su historia y se me ocurrió escribirla algo con base a la canción. Y de esa historia nació una niña llamada Hortensia, después una niña llamada María, y mucho después una niña introvertida llamada Dulce (Amai do, pa' la los soratistas y vikingos de fanfiction).
Gracias por leer!
**Amai do**
-Escribe con el corazón-
Publicado: 17 de marzo de 2019
