Vita brevis

Prefacio

Iba a morir y, sin embargo, era un destino que había aceptado de manera voluntaria y consciente. Por supuesto, no era una decisión que me encantase, pero en la vida había que hacer sacrificios, ¿no?. Mi muerte era un mal menor. Mejor yo que todas las personas que habían terminado siendo mi hogar en este último año tan convulso y lleno de cambios.

Estoy completamente segura de que se debían de haber percatado de mi ausencia ya, y conociendo a los chicos de La Push, estarían entrando en el bucle enfermizo de cólera y ansiedad que los llevaría convertirse en esos lobos que ahora eran mi familia. Solo esperaba que tarde o temprano me perdonasen y que terminasen entendiendo que esto era la mejor opción para todos, jamás me perdonaría si algo les ocurriese. Miré mi pulsera trenzada de cuero por un momento antes de retirarla de mi muñeca con lentitud, tal vez su corazón consiguiese sanar sin mi...era lo único que lamentaba de todo esto, que él iba a sufrir. Sostuve la pulsera en mi mano unos segundos más y con pena la deposité sobre la vieja almohada raída que me habían concedido. No me permití llorar por mucho que lo desease, no les concedería esa pequeña victoria.

Justo en ese instante llamaron a la puerta del pequeño cubículo en el que me encontraba, al menos mis asesinos tenían modales. Irónico. Me levanté del catre haciendo un horrendo ruido de muelles desgastados y abrí la puerta con un tirón. Un pelo rubio y unos ojos rojos me recibieron con crueldad.

—Clarisse, Aro te espera.