Vita brevis

Capítulo 1

La Push era un lugar del que apenas tenía recuerdos y los pocos que poseía los había intentado enterrar en el cajón más profundo y alejado de mi mente. Aquella zona con un espeso bosque, playas frías y acantilados escarpados habían sido teñidas con un velo de tristeza tras la fuga de mi padre con mi hermano mayor hacía ya más de 15 años.

Después de eso mamá decidió que lo mejor sería marcharnos del lugar lo más pronto posible, pero cada vez que teníamos las cosas empaquetadas y listas para dar el paso y largarnos lejos ella daba marcha atrás e insistía en quedarnos un poco más por si se decidían a volver, claramente aquello no sucedió y al cabo de dos años nos fuimos de aquel lugar tan tormentoso. La policía de Forks estaba bajo aviso de lo sucedido, pero al igual que nosotras no hallaron ninguna prueba concluyente, con lo cual, el caso de la desaparición de mi padre y mi hermano fueron archivados y guardados en una caja de cartón en algún despacho de la comisaría de policía. Fue como si la Tierra se los hubiese tragado.

Los siguientes años estuvieron marcados por las depresiones de mi madre y sus idas y venidas con el alcohol, finalmente y con la ayuda de terapias de grupo, psicólogos y mucha, muchísima, paciencia y fuerza de voluntad, mi madre y yo conseguimos salir de aquel pozo que parecía no tener fondo. Mi madre consiguió un puesto estable como administradora en un pequeño hotel en la ciudad de Bellingham, al norte, casi limitando con Alaska y desde ahí rehicimos nuestra vida con tranquilidad.

El drama llamó de nuevo a la puerta el pasado septiembre, cuando tras salir de una de las clases en la Universidad Estatal de Montana, llamó mi madre para informarme que le habían realizado una prueba hacía una semana en el hospital. El resultado había sido desolador, tenía un cáncer en los pulmones que había desarrollado metástasis en el hígado y en el estómago. En el mejor de los casos los médicos le habían dado dos meses de vida. No llegó ni a uno. Me di de baja en la universidad y me fui a casa para pasar sus últimos días con ella e intentar que me enseñase los secretos sobre la vida que había aprendido ella.

Tras su muerte, unas semanas más tarde, descubrí con las tramitaciones que mi madre en el testamento había solicitado como última voluntad que esparciese sus cenizas en el bosque de la reserva Quileute, pero las sorpresas no se detenían ahí, además, la casa en la que un día habíamos vivido no había sido vendida y ahora pasaba a ser parte de mi pequeño patrimonio.

Así que por esa razón me encontraba ahora en pleno noviembre, con una maleta, la urna con las cenizas de mi madre y mi pequeño coche frente a una vieja y destartalada casa color ocre que parecía que no iba a aguanta un invierno más. Tenía un gran trabajo por delante si quería venderla el verano siguiente.

Resoplé al fijarme en el estado del jardín, la maleza del bosque que comunicaba con el patio trasero había avanzado tanto que se había comido todo el patio que un día mi hermano y yo usábamos para jugar. Negué con la cabeza tratando de alejarme de aquellos pensamientos.

Cuando salí del coche el conocido frío y húmedo aire de la reserva me acarició el rostro, dándome la bienvenida, un escalofrío recorrió mi espina dorsal cuando el aire con olor a pino inundó mis pulmones, con un suspiro me acerqué a los escalones que conducían al pequeño porche de madera y cuando apoyé todo mi peso al comenzar a subir, me hundí. Tras unas cuantas maldiciones conseguí sacar el pie agujero, pero no solo el porche había sido dañado, unas cuantas astillas de madera se habían clavado en mi tobillo al descubierto. Fantástico. Tendría que acercarme a alguna tienda para comprar algo con lo que desinfectar la herida.


Había pasado cerca de una hora cuando terminé de inspeccionar la casa a conciencia y de colocar mis cosas en la habitación de mi hermano, gran parte de la casa estaba para tirar hasta los cimientos y levantarla de nuevo, pero algo se podía salvar, uno de los dos baños funcionaba, pero el agua caliente no, la cocina parecía estar en buen estado, en cambio la que un día fue mi habitación tenía una enorme mancha de humedad en la pared que daba a la ventana y con la habitación de mis padres pasaba lo mismo y eso sin contar con la horrible mancha que había en el techo del salón que parecía anunciar la presencia de goteras. Buscar un empleo era el primer punto antes de comenzar las reformas si no quería endeudarme...pero por lo pronto debería ir a comprar algo para mi tobillo.


Conduje por las estrechas carreteras hasta llegar a First Beach, recordaba vagamente que ahí había una pequeña tienda que tenía lo básico para no tener que ir a un centro comercial alejado de la reserva y que mi madre y yo solíamos acudir ahí casi siempre, ¿se acordarían de mi?

Aparqué en el pequeño estacionamiento que proporcionaba la tienda y me bajé lista para comprar el alcohol y las vendas. Abrí la pequeña puerta de madera blanca y una campanita sonó anunciando mi entrada.

Lo primero que conseguí atisbar fue a tres chicos junto al mostrador zampando unos cuantos bollos entre risas.

—¡Tío! Te acabas de comer tres de golpe, ¡Emily los había hecho para mi!—decía uno de los chicos que estaban de espaldas al mostrador.

—¡Eh! ¡En esta familia se comparte todo! Por cierto, Jake, ¿cómo está Nessie?—preguntó el chico del mostrador.

El tal Jake no contestó y si lo hizo fue en un susurro apenas audible, no estaba bien escuchar conversaciones ajenas así que empecé a buscar entre los estantes lo que necesitaba, cuando encontré lo que necesitaba para el tobillo añadí a la compra algo de fruta, tomate en bote y un poco de pasta y arroz.

Con todas las cosas en mis manos fui hasta el mostrador, los chicos seguían ahí riéndose de algún chiste privado, pero se hicieron a un lado para dejarme pasar, murmuré un suave gracias y deposité todas las cosas sobre la barra para que el chico de la tienda pudiese hacer su labor.

—¿Eres nueva en la reserva?—preguntó uno de los chicos que me habían dejado pasar, era el que aparentemente había traído los bollos puesto que tenía unos cuantos aún entre las manos. Tenía los rasgos típicos de los nativos de la zona, como los otros dos jóvenes, tez de un bonito color rojizo, cabello negro y ojos algo rasgados.

—Si, he llegado hace un par de horas.—contesté al chico con una sonrisa—Soy Clarisse.

—Seth, y estos son Jake—señaló el chico a su lado, que tenía una sonrisa preciosa— y Embry.

Dirigí mi mirada hacia el recién presentado Embry, en ese momento estaba metiendo todas las cosas en una bolsa de papel.

—¿Podrías sacar el alcohol y las vendas si no te importa?—le dije al joven de pelo negro.

—Claro, sin problema—me contestó levantando su mirada de la bolsa para dirigirme una sonrisa, sus ojos, de color negro me atraparon por unos instantes antes de darle las gracias. A mi lado uno de los chicos comenzó a reírse por lo bajo, y seguidamente se oyó un sonoro golpe. Desvié mi mirada hacia los dos.

—¡Jacob!—se quejó Seth mientras se frotaba la nuca.

—¿Qué es lo que te ha pasado?—preguntó Embry mientras sacaba las vendas y el alcohol.

—Oh, bueno, metí el pie donde no debía y me he debido cortar con las astillas de madera—me encogí de hombros—No ha sido nada.

—¡Pero si tienes todo el tobillo lleno de sangre!—exclamó Seth mientras se zampaba uno de los bollos.

—Bueno, tampoco te pasas, es que la sangre es bastante escandalosa—repuse quitando hierro al asunto.

—Déjame ver—di un respingo al oír la voz de Embry tan cerca.

—No, no, de verdad.—me aparté de su lado—No es nada.

Le quité el alcohol y las vendas de la mano y me agaché para quitarme la zapatilla y el calcetín ensangrentado. Retiré las pocas astillas que estaban todavía y rasgué el envoltorio de una venda.

—Toma—levanté la mirada para ver como Embry me tendía un botellín de agua para limpiar la herida. Asentí a modo de agradecimiento. Limpié la herida con el agua y seguidamente rocié la venda con alcohol, siseé entre dientes cuando el escozor se deslizó por mi tobillo, después envolví la herida con la venda y me puse la zapatilla que estaba algo húmeda por la sangre que había derramado.

—Listo, ¿qué te debo Embry?—rebusqué en los bolsillos de mis vaqueros intentando alcanzar la cartera para pagarle.

—Invita la casa, por la recién llegada a la reserva—se volvió hacia el mostrador y cogió la bosa de papel con el resto de las cosas y me las dio.

—De eso nada.—negué con la cabeza mientras le tendía un billete de veinte dólares—Además que técnicamente no soy nueva, nueva. He venido para reparar la casa de mis padres y ponerla a la venta y después me iré de nuevo.—le comenté mientras él recogía el billete.

—No pareces de aquí, la verdad—comentó Seth que ya se había acabado los bollos, ¿pero? ¿cuánto comía?

Miré mis manos pálidas y las comparé con su tono rojizo, desde luego parecía una forastera.

—Me parezco demasiado a mi madre, lo único que mantengo de mi sangre quileute es el pelo oscuro de mi padre...—comenté mientras agarraba un mechón de mi cabello negro—Bueno, una última cosa...¿sabéis de algún sitio donde pueda comprar herramientas?

—Yo tengo bastantes en mi casa...y Jake creo que también, si quieres podemos prestártelas—comentó Seth con una sonrisa—Solo tienes que decirnos cual es tú casa y pasaremos a dejártelas.

—Humpf...esto si... gracias, no quiero abusar de vuestra hospitalidad...—me rasqué la nuca algo incómoda—No sé cual es la calle, pero enfrente de mi casa hay una casa pequeña rojiza con una rampa para acceder al porche...—murmuré.

—Esa casa es la mía.—me dijo Jacob con una sonrisa, yo únicamente me limité a sonrojarme porque entonces sabrían perfectamente la historia que traía a cuestas—Te acercaremos las cosas mañana sin problemas, Embry ¿por qué no nos ayudas a llevarlas mañana? Las herramientas pesan bastante...—una sonrisa burlona revoloteó por el rosto rojizo de Jacob, ahí había una broma de la que yo no era partícipe.

—Genial, si, muchas gracias, lo único que por la mañana no estaré porque iré al pueblo a buscar algo de empleo...¿tal vez a la tarde?

—Claro, sin problemas, a la tarde nos acercamos por tu casa—finalizó Embry.—Hasta mañana—se despidió.

Les dediqué una sonrisa y me dirigí hasta el coche con la bolsa, la deposité en el asiento del copiloto y me despedí con la mano desde el interior del coche cuando me alejaba de la tienda.


A la mañana siguiente fui a Forks para buscar empleo, la mayoría de las tiendas no querían a nadie nuevo para ayudarles, pero cuando ya iba a dar por terminada mi búsqueda por ese día, me encontré con un cartel que rezaba "se necesita personal". Rápidamente entré en el local, era estrecho y anguloso y estaba lleno de estanterías vacías y cajas por el suelo con montones de libros, claramente acababa de abrir el negocio, una libreria, al fondo había un joven revolviendo ente las cajas.

—Hola—saludé, el hombre levantó la mirada y yo casi me quedé sin respiración ¡vaya...! —Yo...yo he visto el cartel de la puerta...si, eso—noté como las mejillas me ardían.

Aquel hombre era la persona más guapa que había visto en años, tenía el cabello castaño y el rostro pálido, con una barbilla angulosa y una nariz recta, perfecta...Sus ojos ambarinos me observaron un breve segundo antes de contestarme con demasiada brusquedad.

—Ya hemos encontrado lo que necesitábamos. Lo siento.—su voz aterciopelada aterrizó sobre mi persona como un balde de agua helada.

—Claro, si, no pasa nada, seguiré buscando. Gracias de todos modos.—me di la vuelta y salí del local con el ceño fruncido, vaya tipo más desagradable.

La mañana y parte de la tarde no dio ningún resultado fructífero en mi búsqueda de empleo, así que cuando llegué a mi casa los chicos ya se encontraban ahí con varias cajas hasta arriba de herramientas, eso debía de pesar una barbaridad. Aparqué frente a la casa y me bajé del coche mientras me ponía la capucha de mi sudadera de la universidad, había comenzado a llover con suavidad, muy típico del norte.

—Hola chicos—les saludé cuando llegué a su altura—Siento haberos hecho esperar un poco pero...

—¿Dónde has estado?—me interrumpió Embry con la nariz arrugada y el ceño fruncido, sus manos comenzaron a temblar levemente. Parecía enfadado.

—He estado buscando empleo como ya os dije...—dije haciendo una mueca, ¿qué bicho le había picado?

Seth se acercó por detrás a Embry y le dio un codazo juguetón.

—Alguien se ha levantado con malas pulgas de la siesta, ¿verdad?—bromeó—Tiene un mal despertar, no se lo tomes en cuenta—Seth me guiñó un ojo y yo me relajé un poco.

—¿Te ha gustado Forks, era como lo recordabas?—cambió de tema Jacob mientras recogía una de las cajas del suelo y me seguía hasta la entrada.

—Cuidado con el escalón—les avisé—Si, bueno, no solíamos ir mucho mi madre y yo, pero ha estado bien, es un poco como gris...no sé, además la gente no parece demasiado amable...—torcí el gesto al acordarme del chico de la librería.

—Es que como en la reserva...—comentó Seth con una carcajada.

Yo asentí con vehemencia.

—Desde luego, he ido a buscar trabajo y había un tipo que acababa de abrir una librería, ¿sabes? —me giré hacia ellos mientras les indicaba donde poner las cajas en el salón—Y según he entrado me ha dicho que ya no estaban buscando a nadie...ha sido muy desagradable, estaba claro que no quería que estuviese ahí, aunque claramente necesitaba personal, porque estaba solo.

—Igual le conocemos...—comentó Embry mientras colocaba una de las cajas.

—Era así como muy pálido, más que yo, que ya es decir. Y tenía unos ojos muy extraños, como dorados o ambarinos, nunca había visto a alguien tan...—me detuve antes de halagarle—...raro.

El cuerpo de Embry comenzó a temblar de nuevo, ¿tendría frío? Debía ser eso porque solo llevaba una camiseta negra que se ceñía al cuerpo y unos pantalones pirata.

—Bueno, Clarisse, te dejamos esto por aquí, si necesitas que te echemos una mano con las reformas avísanos, ¿si?—Jacob cogió a Embry del brazo y se lo llevó casi arrastras fuera de la casa. Seth por su parte se dejó caer en el destartalado sofá del salón con un suspiro.

—¡Seth!—se oyó desde fuera. Este se levantó de un brinco.

—¿Qué? ¡Ah, si! ¡Ahora voy!—gritó de vuelta—¡Nos vemos Clarisse!

Y de ese modo Seth salió al trote de mi casa y se internó en el bosque junto al resto de los chicos. Sacudí la cabeza mientras me agachaba para revolver entre las cajas. A lo lejos oí el aullido de un lobo. Me estremecí.


N/A: Hasta aquí el primer capítulo. No sé cuando podré actualizar, porque estoy ahora en época de exámenes, y con esto del COVID-19 las cosas de la universidad están siendo demasiado raras...pero bueno...Espero que lo hayáis disfrutado! ¡Cuidaos muchísimo!

Abrazos!

María