Glow.

Desde pequeña, Kohaku siempre estuvo enamorada de la cultura japonesa a pesar de haber vivido toda su vida en Estados Unidos.

Sus padres eran estadounidenses, pero su abuelo paterno era japonés y cuando él murió sus padres hicieron el entierro en Japón y quedaron tan fascinados con el país que se quedaron a vivir allí por un par de años, años en los que nació su hermana mayor Ruri y luego ella, ambas con nombres japoneses.

No obstante, su madre enfermó de cáncer y su padre insistió en volver a Estados Unidos ya que allí se encuentran los mejores centros oncológicos del mundo, y la hermana menor de su madre, su tía Lillian (que se estaba convirtiendo en una cantante muy famosa a nivel nacional en ese entonces a pesar de ser tan joven) se ofreció a invertir toda su incipiente fortuna de ser necesario en tratamiento para su querida hermana.

Por desgracia, nada de lo que hicieron fue suficiente, y su madre murió cuando Kohaku aun era una niña pequeña.

Su padre se dedicó por completo a su trabajo, volviéndose un hombre frío y malhumorado. Su tía Lillian dejó de rechazar hacer giras y se fue a un viaje por todo el mundo, lo que solo aumentó más y más su popularidad. Ruri se enfrascó por completo en sus estudios y no tuvo más amigos que un chico que conoció por internet, pasando todo el tiempo que no estaba en la escuela encerrada estudiando o hablando con ese chico. Y Kohaku… bueno, ella se unió al club de kendo en su escuela.

Como siempre le gustó considerarse a sí misma japonesa aunque no recordaba nada de sus primeros dos años de vida en Japón, y quería un club con el cual distraerse para no pensar en su dolorosa situación familiar, se unió al club de kendo y rápidamente quedó fascinada por la gran disciplina que requería la práctica y la historia detrás del deporte, los samuráis y como el kendo no era solo un deporte, sino un estilo de vida al que podías entregarte por completo.

Se enamoró por completo del kendo, entrenaba todos los días y en un par de años se volvió mejor que incluso los instructores, pero ella quería más. Quería inspirar en otros este amor, esta diligencia, este estilo de vida ¡quería su propio dojo!

Pero no importa lo buena que fuera, cuando veía las competencias entre japoneses, siempre sentía que no era suficiente.

Así que, cuando tenía quince años, ideó un plan y comenzó a ahorrar.

Iba a mudarse a Japón, se entrenaría allí, alcanzaría al menos el sexto dan, el rokudan, y tal vez así se sienta digna y empiece a enseñar en su propio dojo.

Existían seis grados básicos en kendo, llamados kyu, siendo el sexto kyu el más bajo y el primer kyu el más alto, y ya obtuvo el primero según las reglas de su dojo allí en Estados Unidos, pero sería más complicado ganar un dan, y ella quería ganar su primer dan en Japón. Los dan eran los grados intermedios y avanzados que se podían obtener después de meses o años de entrenamiento y estudio y estaban regulados por la Federación Internacional de Kendo, existían ocho grados, siendo el primer dan el más bajo y el octavo dan el más alto. El problema es que debías tener al menos cuarenta y seis años sí querías obtener el octavo dan, y no estaba segura de tener tanta paciencia, así que se esforzaría por alcanzar al menos el quinto o sexto dan antes de empezar a enseñar en su dojo.

Y una vez alcanzará el nivel necesario, volvería a Estados Unidos y esparciría el amor por el kendo a más jóvenes como ella mediante sus estudios, y haría un dojo de tan alto nivel que finalmente Japón tendría rivales más dignos a la hora de competir en el campeonato mundial de Kendo, y así el kendo podría volverse más internacional y no solo tan exclusivo de Japón.

¡Muchas más personas alrededor del mundo aprenderían a amar el kendo!

Ese era su sueño, y estaba decidida con todo su ser a lograrlo. No importa cuántos años le tomé cumplirlo. No importa cuánto de su vida deba sacrificar.

Durante tres años, trabajó en todo lo que podía sin descuidar sus entrenamientos y el mantener buenas notas en la escuela para que eso no sea una mancha en su experiencia de vida. También había que estudiar mucho para alcanzar los grados dan, y no podía bajar la guardia en ese aspecto. Ahorró cada centavo ganado y lo poco que su padre le daba como mesada ya que según él siempre había un motivo para castigarla y quitarle o reducirle dinero, pero no dejó que eso la molestará, hasta se sentía mejor ganar todo por su cuenta. Trabajó duro y se esforzó al máximo por su objetivo, por su sueño.

Y cuando cumplió dieciocho años y se graduó, finalmente les anunció a su padre y a su hermana lo que tenía planeado hacer.

Su padre no estuvo de acuerdo. Pelearon, se gritaron, le dijo que nunca lo lograría y que regresaría arrastrándose de regreso a la casa para pedirle dinero cuando se hallará en la absoluta miseria por negarse a seguir bajo su ala o ir a la universidad. Al borde del llanto, ella le gritó que nunca volvería poner un pie en esa fría y solitaria casa y que compraría los boletos para marcharse a Japón ese mismo día. En medio de todo eso, su pobre hermana no dejó de llorar, pero no tuvo tiempo para confortarla, no cuando ella misma estaba a un pelo de quebrarse, y simplemente subió a hacer sus maletas y comprar sus boletos.

Partió la próxima semana. Su padre no volvió a hablarle después de su discusión, pero al menos pudo disculparse con su hermana y despedirse adecuadamente de ella, prometiendo llamarla constantemente y mantenerla al tanto de su situación.

¿Y cuál era su situación actual? Difícil, muy difícil.

Definitivamente no iba tan mal como a su padre le gustaría que le fuera, pero no iba tan bien como había esperado.

No la malentiendan, su entrenamiento iba perfectamente, logró alcanzar el primer dan en su primer año en Japón, se necesitaba al menos un año de entrenamiento para ganar el segundo después de eso y lo hizo, y se necesitaban al menos dos años de entrenamiento para ganar el tercero después de haber ganado el segundo y también lo hizo. Y ahora estaba en camino de ganar su cuarto dan. Se supone que debía tener al menos tres años de entrenamiento para lograrlo después de ganar el tercer dan, pero… honestamente dudaba poder lograrlo en el mínimo de tiempo esta vez. Y no sabía qué tan duro sería a la hora de ganar el quinto.

Pero no era por falta de pasión, no era que estuviera cansada del kendo o pensando en renunciar a su sueño.

Tenía las cinco virtudes de la espada grabadas en el alma. La justicia, el honor, la valentía, la cortesía y la humildad regían su vida. Se llevaba bien con sus compañeros, siempre tenía a alguien dispuesto a entrenar con ella en el dojo. Aunque estudiar no era lo suyo, no la aburría para nada saber más de la historia y las técnicas de su forma de vida, analizar su filosofía y honrar la memoria de los samuráis era algo que realmente disfrutaba. Su sensei era un hombre bueno y paciente, y apoyaba totalmente su sueño aunque sin dejar de recordarle lo difícil que sería, esperando que triunfe pero sin hacerle el camino más fácil.

Por ese lado todo marchaba bien, casi perfecto, pero por otros lados…

Desde el primer día vivir en Japón fue difícil. Aunque amaba el país y su cultura, aunque había nacido allí, todavía vivió toda su vida en Estados Unidos y le costó mucho acostumbrarse a las personas tan diferentes, al modo de vivir tan diferente, a todo tan diferente.

Y claro, tenía problemas con el dinero.

Ahorrar para tener tu propio Dojo de lujo no era fácil cuando tenías que pagar clases mensuales, renta, productos para el día a día, materiales para su aprendizaje y su entrenamiento y los ocasionales viajes para aprender de otros talentosos instructores por recomendación de su sensei. Y todo cada vez era más y más caro, los precios solo subían y subían y sus ahorros en vez de aumentar estaban disminuyendo cada año más y más.

Tenía un trabajo fijo de pocas horas que pagaba bien, pero no lo suficiente, así que todo el tiempo estaba pasando de un trabajo de medio tiempo a otro, pues siempre había algo que se interponía y no podía conservar más trabajos que no fuera el fijo. Ya sea problemas con los horarios, exigirle demasiado e interponerse en sus entrenamientos, simplemente no ser para ella porque por alguna razón muchos la contrataban con la impresión de que era una especie de florecilla delicada, o bien acababan despidiéndola por culpa de su insoportable jefe en ese maldito trabajo fijo que no podía dejar porque por alguna razón era el único que le convenía sea cual sea su horario, sea cual sea el viaje que tuviera que hacer y que al fin y al cabo pagaba lo justo y necesario para sobrevivir mientras entrenaba, aunque no para permitirle ahorrar para sus ambiciosos sueños.

Y aparte de los problemas con el dinero, también tenía problemas con su vida personal.

Amaba el kendo, verdaderamente era un estilo de vida y le daba una paz inmensa, una gran felicidad y sensación de bienestar que no podía hallar en ningún otro lado, pero cuando no estaba entrenando ni trabajando para entrenar y ahorrar para dedicarse más completamente al kendo, la verdad es que… se sentía un poco sola.

Tenía veinticuatro años y ni un solo amigo que no viera solamente en el dojo, ni nada más que hacer que trabajar, estudiar y entrenar.

Hacía todo por el kendo y eso la hacía feliz, de verdad, pero aun así… había momentos en los que, aunque sea por un rato, le gustaría tener algo más que hacer, algo más que disfrutar, algo más en lo que pensar.

Los entrenamientos en el dojo eran tres veces a la semana, su trabajo fijo era todos los días pero por pocas horas, tenía sus horarios para entrenar por su cuenta y estudiar para prepararse para los exámenes que venían con los grados dan, y los ocasionales trabajos de medio tiempo o estar buscando trabajos de medio tiempo también le quitaban muchas horas. Pero siempre acababa con al menos un día casi completamente libre a la semana después de un par de horas en su trabajo fijo. Y ahí se preguntaba… ¿qué demonios se suponía que debía hacer?

Su hermana Ruri se había casado con ese chico con el que siempre hablaba por internet, se conocieron y se enamoraron prácticamente al instante. Ya tenían un hijo y todo, y era la cosita más adorable que había visto en la vida, lo adoraba, aunque solo lo había visto una vez. Y al estar tan ocupada con su esposo, su hijo y su trabajo como editora y escritora, Ruri apenas tenía tiempo para llamarla, y hace casi dos años que no se veían en persona.

No hablaba con su padre, él seguía molesto porque se haya marchado a otro país tan imprudentemente por un "sueño infantil y estúpido" y aunque le dolía y se arrepentía de no intentar hacer las paces con él, no quería ser la primera en dar su brazo a torcer.

Al menos tenía a su tía Lillian relativamente cerca.

Ella se volvió una cantante mundialmente reconocida muy, muy, de verdad muy famosa y hasta logró comprar un pase para ir al espacio por una semana, y allí conoció al hombre del cual se enamoró.

"La cantante y el astronauta", los medios de todo el mundo amaron ese título y se estuvo hablando de eso en todo el mundo por meses, más cuando los dos excéntricos tortolitos decidieron casarse solo en el primer año de haber comenzado a salir y a los pocos meses ya adoptaron a una pequeña niña.

El astronauta del que su tía se enamoró era japonés, y ella decidió asentarse con él en Tokio, así que vivía a solo una hora de viaje de ella y venía a visitarla bastante seguido con su linda hija adoptiva llamada Suika, a la cual Kohaku adoraba absolutamente.

También adoraba al esposo de su tía, Ishigami Byakuya era un gran hombre, muy divertido y despreocupado, aunque sabio y francamente entrañable, imposible de no querer. No era raro que su tía se enamorara de él tan rápido.

El único problema de Byakuya era su hijo adoptivo: Ishigami Senku.

Oh, Ishigami Senku, probablemente el hombre más famoso y amado en el mundo. ¿Quién no conocía su nombre actualmente?

Fue llamado la mente más brillante que había nacido en el último siglo. El desgraciado con solo veinte años inventó una nanotecnología capaz de revertir las células humanas a su estado original no importa que tan dañadas estén o incluso sí no estaban allí en su totalidad, cosa que podía curar casi cualquier herida y casi cualquier enfermedad. El día en el que lo anunció al mundo casi no pudieron creer que algo tan bueno realmente existía, y cuando lo probó todo el mundo cayó a sus pies.

Ahora mismo estaba trabajando en masificar su invento, hacerlo accesible a todos los hospitales del mundo, y eso solo lo hacía más amado, ya le habían dado tantos premios que no cabrían ni en un avión entero.

¿Cuál era el problema con Ishigami Senku, entonces?

Lo mal que le pagaba a su secretaria, por supuesto.

Y sí. Sí, ella era su secretaria.

En sus primeros años en Japón se le hizo difícil hallar un trabajo fijo que le permitiera rentar un departamento decente y seguir con sus entrenamientos. Siempre acababa teniendo problemas y la despedían o renunciaba, y justo en ese momento Lillian acababa de mudarse a Tokio con Byakuya y en una de sus visitas se enteró de su difícil situación.

Kohaku rechazó rotundamente que le diera dinero, por más que ella era increíblemente rica y no le era ninguna molestia, no quería que le hicieran más fácil el camino. Quería conseguir todo con su esfuerzo por su honor, eso era lo que regía el kendo para ella.

Lillian respetó eso y en cambio le ofreció un trabajo con su nuevo y talentoso hijastro, que estaba necesitando una secretaria que manejara cuestiones administrativas y fuera rápida y eficaz en todo lo que él necesitará.

Administración no era realmente lo suyo, pero siempre fue buena en matemáticas y todo eso, así que no creía que manejar cuentas y todo fuera tan difícil. Y no, una vez comenzó a trabajar, se dio cuenta de que de hecho esa era la parte más fácil. Lo difícil era el "todo lo que Ishigami Senku necesitara".

El científico-médico-empresario súper talentoso y brillante que tanto alababan los medios y el público en general tenía problema encontrando una asistente personal. Había despedido a incontables hombres y mujeres que trataron de cumplir sus expectativas y fracasaron miserablemente al instante. Y de hecho esa fue la razón por la que Kohaku aceptó que su tía la recomendara para ese trabajo, porque no aceptaría que le pusieran las cosas fáciles, quería un reto, quería ganar todo por su cuenta.

Pero no espero que ese reto fuera tan exigente.

Ishigami Senku podía ser la persona favorita de todo el mundo ¡pero el hombre era un maldito tirano!

Su café debía estar siempre listo en la oficina, ya sea que llegará a las cinco de la mañana o a las once de la tarde. Sí no encontraba su café ya hecho, caliente y endulzado como le gustaba, estaría de malhumor por el resto del día y el trabajo se duplicaría. Siempre que le ordenaba fotocopiar algo parecía pensar que eso no era lo suficientemente exigente para ella y le ordenaba hacer dos o tres cosas más mientras estaba en eso, ya sea hacer resúmenes de los documentos, hacer sus llamadas por él, reprogramar sus citas (las cuales siempre movía o cancelaba) o hacerle más café, entre muchas otras cosas. ¡Siempre había más trabajo que hacer según ese bastardo!

Ya habría renunciado sí todo lo demás no fuera tan perfecto para su estilo de vida. Pocas horas. Normalmente era desde las cinco o seis de la mañana hasta el mediodía, y los viernes, sábados y domingos era solo desde las ocho a las doce. Además su jefe siempre parecía perfectamente bien con que ella viaje o no pueda ir algunos días, tampoco le importaba que se fuera más temprano siempre y cuando ya hubiera cumplido con todas las tareas que le asignó hasta ese momento y nunca le disminuía el salario. Pero eso no cambiaba el hecho de que consideraba su paga menor a lo que debería con todo lo que él le pedía hacer.

Eran pocas horas, cierto, pero él sin duda aprovechaba esas pocas horas al máximo, sacándole el máximo potencial, consumiendo todo su tiempo exclusivamente en él y solo él. No le quedaba casi nada de tiempo para convivir con sus compañeros de trabajo, y eso que eran súper amigables, en especial un chico muy guapo llamado Titan, pero desgraciadamente parecía que sería transferido a otra planta pronto.

Por supuesto, no tuvo tiempo para citas ni nada remotamente parecido. Nunca le interesó mucho, y tampoco creía que fuera la máxima prioridad en su vida, pero ahora que tenía veinticuatro años y se daba cuenta de que nunca besó a nadie ni tuvo ninguna cita o ningún novio… era un poco triste pensar en eso, sobre todo porque tenía el presentimiento de que no iba a cambiar pronto.

¿Tal vez debería renunciar a su trabajo con Ishigami Senku y buscar otro trabajo fijo que pague mejor? Podía cambiar sus horarios en el dojo y no habría ningún problema pero… otra cosa buena que tenía trabajar para ese científico-médico-empresario-tirano era la estabilidad que tenía allí.

La habían despedido de muchos trabajos, pero sabía que Ishigami-sensei nunca la despediría, no cuando su pasatiempo favorito era fastidiar su existencia, además de que ella era la única asistente que pudo encontrar lo suficientemente capaz para llenar sus expectativas en velocidad de trabajo eficiente.

Estaban atrapados en una rueda de necesidad mutua recubierta de desprecio y cansancio el uno del otro, y no sabía cuánto más podría durar esta extraña relación jefe-empleada.

-Oye, leona.- y claro, también odiaba ese horrible apodo que le había dado en su primer día de trabajo allí. -¿Por qué aún no me ha llegado la respuesta de ese ingeniero respecto al reactor que quiero instalar el próximo mes? Dije que necesitaba la respuesta en la brevedad posible ¿acaso finalmente te estás volviendo obsoleta en tu trabajo?- sonrió burlonamente desde su escritorio a pocos metros del suyo propio mientras bebía su quinto café en esa mañana.

-Ishigami-sensei.- dejó de teclear en su portátil y lo miró con cansancio. –Usted me pidió cancelar esa cita la semana pasada.- negó con la cabeza y volvió a su trabajo organizando el presupuesto de su último proyecto energético.

-¿Lo hice?- rascó su oreja con el meñique, perfectamente indiferente de algo que podría costarle el éxito a su próximo proyecto para la planta principal mientras ella continuaba tecleando.

-Sí, señor. Suika llegó a visitarlo y canceló todas sus citas de ese día.- contestó mientras seguía tecleando. Eso fue dulce, a su manera, pero increíblemente irresponsable.

-Ah, ya veo. En ese caso llama al ingeniero, discúlpate en mi nombre y programa una cita dentro de esta semana.-

-Ya tiene esta semana repleta señor.- continuó tecleando.

-Cancela lo que se pueda cancelar y pon esa cita en su lugar. Confió en tu juicio.- ante eso, Kohaku finalmente dejó de teclear.

-S-sí, señor…- volteó a verlo, notando que ahora estaba desarmando un mini-motor de quién sabe qué cosa con sus lentes protectores puestos ante las chispas que saltaban de vez en cuando.

Mierda, este era otro problema con este trabajo.

Se llevó una mano al pecho y suspiró temblorosamente, intentando calmar los latidos de su corazón resonando fuertemente por debajo de la palma de su mano.

A veces casi podía confirmar como declaración jurada que su jefe la odiaba, pero otras veces… hasta sentía que él podía llegar a apreciarla como más que una simple asistente a la cual esclavizar, aunque sea un poco… aunque sea en una mísera cantidad.

La verdad es que no era tan malo. Realmente era un hombre generoso y digno de admirar, tan dispuesto a ayudar a todo el mundo, salvar miles de millones de vida, revolucionar la tecnología para bien. Se merecía todos esos premios y todo ese amor que le tenía la población, tal vez hasta merecía más, teniendo en cuenta que había una gran cantidad de personas que lo consideraban un farsante con segundas intenciones ocultas o que lo llamaban "frío, despiadado, sin emociones, casi inhumano". Y por más que fuera casi un esclavista, la verdad es que no era cierto que no tenía cierto grado de calidez en su alma.

Y no solo lo decía por su contribución a la salud pública, la disminución de la contaminación y el ahorro energético, sino porque también había tenido la oportunidad de verlo interactuar con su familia y amigos cercanos. A primera vista le pareció distante y apático, como lo era con todos, pero rápidamente se dio cuenta del gran cariño y respeto que tenía hacia su padre, de lo agradecido que estaba con Lillian por hacerlo feliz y como hacía un esfuerzo por llevarse bien con ella y su burbujeante personalidad, y sobre todo notaba lo mucho que adoraba a Suika y como no dudaría en hacer todo a un lado sí ella lo necesitaba.

Él era… a veces él era tan…

-¿Qué pasa con esa cara de fascinación, leona? Ponte a trabajar y tráeme otro café, ya que estás tan dispuesta a perder el tiempo.-

…Tan bastardo miserable, tiránico e insoportable.

-Claro, Ishigami-sensei, lo que usted diga.- suspiró, sabiendo que no le quedaba de otra más que soportarlo en lo que lograba su sueño, porque iba a lograrlo no importa cuánto le cueste.

Y apenas se sintiera digna, se marcharía de regreso a Estados Unidos con renovadas ganas de vivir como siempre soñó.

Fin.

¿O no?

Nop, esto probablemente tenga una continuación xD Pero por ahora disfruten esta primera parte uwu

Ojala q esto les haya gustado! Los personajes pertenecen a Inagaki y Boichi!

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Me despido!

CELESTE kaomy fueraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!