Prologo.

Mis ojos estaban enrojecidos, y no era por las lágrimas que dejé sobre la almohada durante toda la noche. Estaban rojos por la presión que sentía dentro de mí, colapsando cada arteria, cada vena de mi frágil cuerpo. Obligando a mis músculos a mantenerse completamente rígidos, y evitándome recibir el estímulo necesario para realizar la estúpida y sencilla acción de colocarme aquellos radiantes zapatos de tacón, que pacientemente esperaban frente a mí.

—Déjame que te ayude —musitó mi madre, que ya había dejado de mirarse en el espejo para dedicarme un poco de su atención. No mucha. No es algo de mi agrado sentir la continua mirada de desaprobación que siempre me regala, aunque en ese momento, puedo asegurar que en sus ojos vi algo completamente distinto a lo que ya estaba acostumbrada. Algo de orgullo y, sobre todo, satisfacción.

—¿Te aprietan demasiado? —cuestionó al ver como mi pie derecho se resistía a introducirse por completo en aquel estrecho zapato.

—No, mamá —musité empujando con fuerza—. Están bien.

Era la única respuesta sensata que podía acertar a dar en aquel instante, en el que la presión del vestido en mi estómago me cortaba la respiración y, probablemente, también estaría cortando la circulación de mis piernas.

—¿Estás nerviosa? —volvía a hablar observando como los zapatos quedaban perfectos en mis pies.

—Debo estarlo. ¿No? —respondí con una serenidad que incluso me sorprendió a mí misma.

—Sí, dicen que las novias están más guapas de lo habitual gracias a los nervios, sin embargo, yo te veo nerviosa pero no más guapa.

—No es agradable escuchar eso cuando hay cinco fotógrafos esperándome —refunfuñé.

—No digo que no estés guapa, Quinn, digo que no estás más guapa de lo habitual —aclaró mientras se alejaba hacia el tocador de mi habitación—. Tienes cara de asustada, más que de nerviosa. No veo tu sonrisa y para colmo, tus ojos están hinchados. ¿Te pusiste el tratamiento que te recomendó la maquilladora?

—Pues no estoy asustada. Sonreiré cuando tenga que sonreír y mis ojos —tomé aire—, mis ojos volverán a su estado normal cuando recupere el sueño. No te preocupes, saldré ahí y seré la mejor novia, y la más guapa y todas esas cosas que tan orgullosa te hacen sentir.

—Así me gusta —respondía con satisfacción—. Voy a avisar para que vengan a traerte el ramo y lo demás.

Por fin se marchaba. Apenas faltaba media hora para salir al exterior del jardín que con tanto esmero habían cuidado los jardineros, y yo deseaba con todas mis fuerzas que mi madre saliese de mi habitación, y me dejase a solas.

—Ok. ¡Mamá! —acerté a detenerla antes de que me abandonara—. ¿Puedes pedirle a Brody que venga?

—¿Para qué quieres a Brody? Estará ocupado recibiendo a los invitados.

—Me gustaría que me acompañase —respondí un tanto impaciente.

—¿No prefieres que venga Santana? Este no es lugar ni momento para chicos.

—Mamá, quiero que venga mi hermano, no creo que sea algo tan descabellado —resoplé acercándome al tocador—. Quiero verle.

—Está bien, ahora le digo que venga —respondió desconfiada—, y por favor, arréglate esos ojos, pareces una niña pequeña que ha estado llorando toda la noche.

Fueron probablemente las palabras más certeras que mi madre atinó a decir en aquel momento, o quizás en toda su vida. "Una niña pequeña que ha estado llorando toda la noche", y no le faltaba razón.

Mirándome en aquel espejo solo veía a una niña pequeña a la que le habían quitado el regalo más preciado. Su libertad. Daba igual que luciese el vestido más hermoso con el que tantas veces soñé. Allí solo había una niña pequeña que lo único que podía hacer en aquel instante era llorar y llorar, pero que también era consciente de que esa opción destruiría por completo el maquillaje que ya cubría mi rostro, y que para nada conseguía hacerme ver hermosa, como debía estar una novia antes de casarse. Mi aspecto dejaba mucho que desear para una ocasión como aquella. No había nada de mí que me representase en aquel reflejo, al menos no a la chica que descubrí en mi interior durante aquellos últimos meses.

Volvía a ser una niña de 27 años que perdía su identidad, que se reflejaba en el espejo pero que ni por asomo era yo, sino una marioneta, alguien sin vida propia que caminaba, hablaba y actuaba solo para cumplir las expectativas de los demás. Y esa misma sensación conseguía que mi piel se volviese cada vez más pálida, y me obligase a buscar rápidamente una de las ventanas de mi habitación.

El aire que procedía desde el exterior no era suficiente para calmar mi sensación de asfixia. Ni mi cama repleta de peluches, ni los cuadros que dibujé de pequeña, ni tan siquiera mi adorada casita de muñecas conseguía hacerme sentir bien. Solo quería salir de allí, o quizás desaparecer para siempre. Acabar con aquello de una maldita vez, aunque sabía que no iba a ser capaz. Al igual que no fui capaz de detenerlo antes de llegar a ese instante.

Habían pasado muchas semanas para poder terminar con aquello y no lo hice. Por supuesto, ya era tarde para echarse atrás.

Nadie de los que estaban allí afuera esperándome se merecían algo así. Ni mi padre, ni mi madre, ni mi hermano, ni mis amigos Y por supuesto, ni mi novio. Por mucho daño que nos hiciéramos, él no merecía pasar aquel mal trago.

El cargo de conciencia era superior a mi propia felicidad, de eso era completamente consciente. Para colmo estaba ella.

Caminar por mi habitación buscando algo que me sacara aquellos pensamientos autodestructivos, me llevó a detenerme junto a la mesilla de noche, donde la noche anterior, con todas aquellas lágrimas saliendo de mí, dejé el anillo. Aquel anillo con tres piedras engarzadas de colores. Amarillo, verde y rojo. El anillo más feo que jamás había visto, pero que más deseaba llevar puesto.

El día que llegó a mis manos quedaba tan lejos en mi memoria que parecía que habían pasado años, en vez de semanas. Aquel 4 de abril fue sin dudas el mejor cumpleaños que jamás había vivido, y aquel detalle, el mejor regalo de los muchos que recibí en toda mi vida.

Con delicadeza, como si fuese la joya más hermosa y preciada que iba a tener entre mis manos, lo coloqué en mi dedo índice de mi mano derecha y me detuve a observarlo con anhelo, añorando volver a revivir aquellos momentos, aquella locura que llegó a mi vida para volver todo del revés, y demostrarme que la vida se puede cambiar con una simple sonrisa.

Por desgracia todo se había esfumado. Ya no podía oler su perfume, ni escuchar su sonrisa. Pero si podía seguir recordándola, y eso sí me hacía bien. Volver a imaginar como comenzó todo, volver a trasladarme a aquel soleado día de marzo en las afueras de Utah y recordar cada detalle de la tienda de aquella maloliente gasolinera, como si estuviese allí, como si el tiempo se hubiera detenido.