Capítulo 1

Desconocida

1 marzo 2013.

La más fría.

Mi único objetivo en aquel instante era averiguar cuál de aquellas botellas de agua estaba más fría, y hacerme con ella antes de que el señor canoso que esperaba tras de mí y su insoportable nieta que no dejaba de llorar, pudiese quitármela. Daba igual la calidad, no me importaba el precio, solo quería beber, humedecer mi garganta que se secaba por segundos por culpa de aquel insoportable calor que azotaba todo el estado de Arizona, y que en aquella tienda se veía aumentada por el efecto invernadero que provocaban las cristaleras que la rodeaban.

Eran las 2 del medio día de un caluroso primer día de marzo, algo realmente extraño en ese mes, y aquel viaje estaba a punto de acabar con mi vida. No, juro que no exagero. Estaba acostumbrada al calor de mi ciudad, pero un viaje en un coche descapotable desde Utah hasta Phoenix, suponía diez horas completas de trayecto por carreteras que atravesaban grandes, enormes, inmensas zonas desérticas en las que solo encontrabas tierra, arbustos y de vez en cuando, solo muy de vez en cuando, algún punto urbanizado.

Ya habíamos recorrido cinco de aquellas horas, en las que solo pudimos detenernos en lugares como en el que nos encontrábamos en aquel instante; tiendas de gasolineras en las que todo eran miradas de desconfianza, y ese olor extraño que solo tienen los lugares apartados de cualquier resquicio de civilización.

Ni siquiera llegaba a comprender como aquellos productos conseguían llegar a un lugar tan recóndito como aquél. ¿Qué repartidor en su sano juicio llevaría viandas a aquella tienda? El último pueblo que dejamos atrás estaba a casi cuatro horas de allí, ¿Cómo iba a trabajar aquel dependiente? ¿Hacía un trayecto de cuatro horas de ida y cuatro horas de vuelta para trabajar en aquella sucia y maloliente tienda? Mejor no pensarlo, el aspecto que mostraba aquel tipo y esa mirada de depravado sexual, era más que suficiente para salir de allí lo antes posible. Además de dejar de escuchar a la insoportable niña que no paraba de llorar. Así que me limité a pagar mi botella de agua de dos litros, la más fría por supuesto, y abandoné la tienda con la sana intención de regresar al coche. Pero, al parecer, no era lo que Sam pretendía.

—¿Has dejado el coche solo? —le pregunté tan rápido como pude al verlo entrar en la tienda.

—Sí, tranquila está a salvo, le he llenado el depósito de gasolina. ¿Has comprado algo más?

—No, no creo que haya nada más en buen estado a parte de esta botella de agua, que ni siquiera está fría del todo —musité bajando el volumen de mi voz—. Venga, vámonos Me da miedo el dependiente.

—Espera, tengo…tengo que comentarte algo —su rostro, aquella mirada de corderito y su ya tan típico gesto de tocarse la oreja derecha, indicaba que algo pretendía, que algo quería y necesitaba de mi beneplácito para llevarlo a cabo.

—¿Qué le has hecho al coche? —fue lo primero que se me pasó por la mente. Habíamos emprendido ese viaje hasta Utah en mi coche, en mi preciado y especial coche y la leve idea de que le hubiera sucedido algo en mi ausencia conseguía enervarme por completo.

—Tranquila, el carro está bien —respondió quitándole importancia—. Es otra cosa, es un acto de caridad.

—¿Un acto de qué?

—Quinn —se aclaró la garganta—, verás, mientras estabas aquí dentro, he conocido a una chica. Está ahí fuera —señaló hacia la zona de la gasolinera—. Mira, está allí.

No tardé en asomarme para descubrir a aquella chica de la que hablaba.

—¿Qué sucede con ella? —en principio no parecía ser nada especial, más que una simple chica sentada y buscando algo en el interior de una bolsa de viaje junto a una funda de guitarra que permanecía a su lado.

—Pobre —inquirió tratando de darme algo de pena—, al parecer viene desde Utah también, y va a Phoenix. Pero lo hace en autobús.

—¿Y? ¿Qué sucede? —volví a preguntarle al tiempo que me introducía de nuevo en la tienda, odiando de nuevo aquel nauseabundo olor que inundaba el local.

—Ha perdido el siguiente autobús y ahora tendrá que esperar a otro, que pasará por aquí dentro de 5 horas.

—Pues qué mala suerte —respondí apática— ¿Nos marchamos? No quiero que se nos haga de noche en mitad del desierto.

—Quinn, tenemos que ayudar a esa chica. No podemos permitir que pase tantas horas así. ¿No te da pena?

—¿Qué quieres que haga yo? ¿Le traigo el autobús a rastras?

—No, pero puedes ofrecerle un lugar en el coche —fue directo, tanto que incluso me costó sorprenderme y reaccionar. Por supuesto de forma negativa, como siempre solía hacer.

—¿Mi coche? ¿Quieres que la llevemos nosotros? —cuestioné con sarcasmo.

—Sería un acto de caridad, eso que tanto demandáis en la iglesia. Y esa chica lo está pasando mal. He estado hablando con ella y lleva desde las 5 de la madrugada viajando. ¿Vamos a dejarla ahí cuando nosotros mismos vamos hacia Phoenix?

—Sammuel, ni lo pienses —zanjé la cuestión, al menos eso era lo que intenté, pero Sam no estaba por la labor de que aquello quedase así, y terminó por tocar donde más me dolía.

Sammuel Evans, ese era su nombre. Sam para los amigos, Evans para los amigos que no le tenían demasiado afecto, y Sammuel cuando querías acabar algún tipo de disputa con él. Así tenía que tratar al que había sido mi amigo desde la infancia, y que ahora trabajaba conmigo.

—Ok, está bien. Dejemos que esa chica espere cinco horas ahí sentada, y que el dependiente la encuentre a solas. Por su aspecto y por cómo te mira, juraría que no está acostumbrado a ver muchas chicas por aquí, y menos a solas. O quizás alguien acepte a llevarla y no vaya con buenas intenciones.

—¿Qué estás insinuando? —interrumpí—¿Que, si esa chica se va con cualquier loco, es por mi culpa?

—Yo no digo más —respondió perdiéndose entre los mugrosos estantes de la tienda—. Vamos, ve al coche No creo que sea buena idea dejarlo solo en un lugar como éste, lleno de mala gente y pervertidos que viven en mitad del desierto —susurró tratando de asustarme.

Por supuesto no lo había hecho. La única razón por la que Sam querría trasladar a aquella chica, era probablemente porque le había gustado y quería conocerla de una forma más íntima. Así que, sin pensarlo, sujeté con fuerzas mi botella de agua y caminé hacia el coche, lanzando varias miradas hacia la banqueta con la noble intención de saber cómo era el rostro de aquella chica que había cautivado a Sam.

Pero no, algo iba mal, algo estaba fallando, porque la primera vez que aquella chica me miró y yo la miré, supe que no era el tipo de chicas que le gustaban a Sammuel Evans. De hecho, era el tipo de chicas que solía desprestigiar en el instituto.

No tenía ni idea de cómo era aquella chica, de su personalidad o carisma, pero en los escasos minutos en los que estuvimos en aquella gasolinera, Sam tampoco habría podido averiguar demasiado, por lo que las dudas se hacían cada vez más confusas. Como sus miradas.

Pequeña, de cuerpo menudo y aspecto bastante descuidado a juzgar por como lucía su pelo desordenado, y los jeans con agujeros en zonas en las que no era habitual encontrarlos. Lo único que se salvaba de ella era la simple y básica camiseta sin mangas que vestía, nada más.

—¿Nos marchamos? —ver aparecer a Sam fue la mejor solución para dejar de observar a aquella chica, y evitar que las cosas se complicaran en mi conciencia. Pero como ya intuía, Sam no estaba por la labor de hacer que aquello fuese algo tan sencillo, como una simple parada de un viaje que se saldaba con una botella de agua y un par de bolsas de frutos secos que había comprado.

No me respondió, me lanzó una mirada de desaprobación y dirigió sus pasos hacia la chica, con la que comenzó a entablar una breve conversación y, por supuesto, a llenarme de curiosidad.

Traté de ignorarlo y me decidí a ocupar mi lugar en el asiento del copiloto, dando el primero de los sorbos de la botella de agua, pero mis ojos no podían evitar buscar a la extraña pareja que de vez en cuando, me buscaban con la mirada en mitad de aquella breve conversación.

No pude averiguar de qué hablaban, solo pude comprobar como Sam le dejaba dos de aquellas bolsitas de frutos secos que había comprado, y una lata de algún tipo de refresco. Y con el rostro desencajado, se despedía de ella para regresar al coche.

—No me mires así —dije al ver como trataba de hacerme sentir culpable—. No la conozco, no sabemos quién es ni qué pretende.

—No seas cínica, Quinn, solo es una chica que necesita un poco de ayuda y tú no quieres ofrecérsela.

—¡Basta Sam! —me enfadé— Es mi coche. ¿Ok? Quiero llegar a Phoenix de una vez y acabar con esta tortura de viaje absurdo que hemos hecho.

Eso era todo aquello, un estúpido y absurdo viaje que hicimos solo y exclusivamente por un motivo; ver una mesa de billar que íbamos a comprar por Internet a través de un vendedor particular. Santana se había obcecado con tener una de aquellas mesas en el bar, y Sam la encontró en una página Web. Decidimos que tendríamos que verla en vivo y en directo antes de reembolsar los 1.300 dólares que pedía el dueño de la misma. Realmente fue un acierto, porque la mesa no estaba tal y como aparecían en las imágenes que mostraba el vendedor, y al final tuvimos que regresar con las manos vacías, como si en Phoenix no hubiese tiendas donde comprar una estúpida mesa de billar.

—Por supuesto —murmuró abrochándose el cinturón—, pues vámonos de una vez.

Si creía que iba a convencerme con aquel tono, estaba completamente equivocado. Pero lo que no sabía era que la culpa si me estaba golpeando, y la conciencia me pesaba al ver como aquella chica optaba por colgar la bolsa de viaje en uno de sus hombros, y en su mano derecha sostenía la guitarra para comenzar a caminar directa hacia la carretera.

Esperé curiosa ver aparecer ese autobús que estaba segura no iba a llegar, o quizás algún coche que la recogiese, pero no. El objetivo de aquella chica no era más que el de comenzar a caminar por el andén.

—¿Está loca? —susurré tras incorporarnos a la carretera.

—Necesita llegar antes de medianoche, va a hacer autostop —respondió Sam que había oído perfectamente mi pregunta, aunque yo creí que ni siquiera había hablado.

—¡Joder! —maldije tensando la mandíbula. Pasar junto a aquella chica montada en mi coche mientras caminaba soportando el sofocante calor, no fue la mejor de las opciones para bajar mis remordimientos de conciencia, y la culpa que Sam se había encargado de provocarme.

—¿Qué pasa?

—Para. Detén el maldito coche y que suba —murmuré enfadada.

Ni lo pensó. Sam se detuvo solo a unos metros por delante del camino de aquella chica y lanzó una mirada hacia atrás, realizando varios aspavientos para llamar su atención.

Pude verla correr hacia nosotros por el espejo retrovisor y, rápidamente, me deshice del cinturón para bajarme y permitirle la entrada al coche desde mi asiento.

—Hey. Sube, la jefa ha cambiado de opinión y quiere que vengas con nosotros —espetó Sam con una enorme sonrisa.

No me dio tiempo a salir del coche por completo cuando la vi acomodarse en el sillón, saltando a través de la parte trasera del coche, algo que yo personalmente odiaba que hicieran. Si tenía tres puertas, lo lógico era esperar a que uno de los que ocupasen los asientos delanteros, le permitiese la entrada. Pero no, ella decidió hacer lo que todo el mundo desea hacer en un coche descapotable, y que yo no permitía jamás en el mío.

No era un Ferrari, ni un Mercedes, mi coche era un Chevrolet Camaro de 1967. Una autentica reliquia, un regalo que cuidaba con todo mi cariño.

—Gracias.

Una sonrisa. No hubo nada más acompañando a aquella palabra que la chica me regaló, mientras yo trataba de fulminarla con la mirada por la acción que acababa de hacer.

Ni siquiera respondí. Me volví a sentar en mi asiento y obligué a Sam a que reanudara la marcha lo antes posible.

—Tranquila, es buena persona, pero no soporta que salten sobre su coche —inquirió Sam excusándose por mi actitud.

—¡Oh! Lo, lo siento —escuché detrás de mi asiento—. Lo siento.

—Quinn, te está pidiendo disculpas.

—Sam —lo miré desafiante— ¿Quieres mirar a la carretera y dejarme en paz?

Si pensaban que no me había dado cuenta de sus miradas, estaban equivocados.

Pude ser testigo de cómo Sam le guiñaba el ojo a través del espejo retrovisor y como la chica, tratando de entender mi actitud, conseguía relajarse justo detrás de mi asiento.

—¿De verdad pretendías ir andando hasta Phoenix? —fue Sam quien comenzó aquella conversación.

—Eh sí, aunque tenía la esperanza de que alguien se detuviera y me llevase —respondía ella al tiempo que, con gracia, recogía su pelo en una coleta, evitando que el viento lo desordenara aún más.

Por suerte, mis gafas de sol conseguían evitar que ella se percatase de mi obsesiva mirada a través del espejo retrovisor, tratando de averiguar si aquella desconocida era peligrosa, o tal como decía Sam, solo alguien que necesitaba un golpe de suerte para llegar a tiempo a Phoenix antes de que llegase la madrugada.

Daba igual lo que fuese, lo cierto es que, durante casi una hora, me dediqué a observarla y a mantener silencio, escuchando la extraña conversación que poco a poco fue cediendo para convertirse en un tranquilo viaje a través de aquella ruta.

Solo hablé por un motivo que empezaba a preocuparme; mi vejiga.

No había sido buena idea tomarme más de la mitad de la botella de agua que había comprado en la mugrosa tienda. Por lo visto, mi cuerpo no necesitaba tanta agua en tan poco tiempo, y la naturaleza dictó que la única forma de deshacerme de ella, era de la manera más común y natural que existía.

—¿Sabes si hay alguna gasolinera cerca?

—¿Una gasolinera? —repitió Sam— Pues no lo sé. ¿Por?

—Necesito una gasolinera.

—¿Para qué? Tenemos suficiente gasolina y he comprado frutos secos. Si tienes hambre, cómelos.

—No, no tengo hambre.

— Entonces. ¿Qué sucede?

—Creo que he bebido demasiada agua —murmuré mostrándole la botella que apenas contenía un cuarto de litro del líquido elemento.

—¿Te estás…?

—Sí —interrumpí antes de que terminara la pregunta.

—¿Sucede algo? —de nuevo la voz de la chica se dejaba oír detrás de mi asiento.

—No, nada, solo que Quinn se está…

—Haciendo pis —volví a interrumpir. Sam jamás utilizaba el vocabulario adecuado y menos aún para un tema como aquel.

—¡Ah! ¿Y por qué no paramos y lo haces ahí? —señaló hacia el desierto, al menos eso es lo que pude ver tras volver a espiarla por el espejo retrovisor.

—¿En el desierto? ¿Estás loca?

—No creo que vayas a crear mucha expectación —respondía sonriente—. De hecho, ni siquiera tendrás que esperar cola para utilizarlo.

Volvían a equivocarse si pensaban que me iba a reír por aquella ocurrente broma.

—Quinn. ¿Quieres que pare en el andén?

—No —respondí a Sam, ignorando el comentario de la desconocida—. Solo quiero que sigas el camino y pares en la primera gasolinera que veas. ¿Ok?

—Ok. Si eres capaz de aguantar

Por supuesto que iba a aguantar, o al menos eso era lo que pretendía. Pero aquella carretera parecía no tener fin, y mis miradas hacia el desierto que nos rodeaba no conseguían más que ponerme histérica y provocar que la necesidad aumentase a cotas insospechadas en la mitad de tiempo.

Tanto que Sam comenzó a notar mis gestos nerviosos, y sus miradas hacia mí eran cada vez más y más descaradas.

—¿Estás bien? —cuestionó extrañado.

—¿Cómo va a estar bien? —interrumpió la chica que parecía pendiente de nuestra conversación— Es imposible que esté bien si tiene ganas de hacer sus cosas.

—¿Podéis dejar de preocuparos por mí? —musité frustrada.

—Nos preocupamos por tu coche, Quinn —bromeó Sam—. No quiero que luego me eches la culpa de que la has llenado de…

—¡Hey! —volvía a interrumpir la chica— Mirad, hay una casa allí.

Mi salvación. Juro que en aquel instante me entraron ganas incluso de abrazar a aquella desconocida y olvidarme de que, probablemente, llevaba varios días sin ducharse.

Lancé mi mirada hacia donde señalaba, y efectivamente, a lo lejos aparecía una casa a escasos metros de la carretera y del carril que ocupábamos en ese momento.

—Para. ¿Ok? —ordené sin perder de vista la casa, tratando de asimilar que era real y no una de esas ilusiones ópticas que se tienen cuando el sol golpea directamente sobre tu cabeza. Porque esa era otra de las razones que me estaban provocando aquel mal humor.

Sam se había obsesionado con hacer todo el viaje de vuelta sin la capota del coche, con la excusa de aprovechar "los suaves rayos del sol", por supuesto con el sarcasmo llenando cada una de aquellas palabras.

—No parece que haya mucha gente —dije al comprobar el defectuoso estado de la fachada.

Era de madera. De madera pintada de blanco, pero completamente ennegrecida por la suciedad. Un pequeño porche de entrada daba la bienvenida a aquella casa con cúmulos de yerba creciendo entre los tablones, y polvo acumulado en cada esquina.

—¡Vamos a comprobarlo! —espetó la desconocida, que sin dudarlo volvía a salir del coche de la misma forma en que había entrado, saltando a través de la parte trasera.

Tuve que mirar a Sam un par de veces para asegurarme de lo que estaba haciendo, y lo único que recibí de él, fue la señal que me indicaba que yo debería hacer lo mismo.

Y lo hice, por supuesto.

—No responde nadie —murmuró la chica tras dar varios golpes en la puerta.

—Mierda —susurré—. Ok. Pues vamos, seguro que hay otro lugar donde pueda… ¿Qué haces? —me sorprendí al ver como abría la puerta y se adentraba sin temor alguno en la casa. Volví a mirar a Sam, pero ni siquiera me estaba observando cuando de nuevo, traté de averiguar qué hacía en el interior de aquella casa— ¿Dónde vas? Vamos, sal de ahí —ordené.

—No hay nadie, rubia —respondió dejándome estupefacta. Me había llamado rubia, como si me conociera desde siempre, como si fuese una de mis amigas y tuviese la confianza necesaria para hacerlo. Algo que, evidentemente, yo no le había dado.

—¿Qué? ¿Cómo me has llamado?

—Oye… Esto está abandonado —ignoró mis preguntas, probablemente siendo consciente de mi malestar por aquel pequeño gesto de confianza—. Has tenido suerte, parece que hay un baño aquí —señaló hacia una de las puertas que aparecían en el salón de aquella casa. Salón por llamarlo de alguna forma.

Di un paso al interior y me encontré con una completa locura. Una enorme estancia con algunos muebles destrozados y llenos de polvo, un par de estanterías esparcidas en el suelo, cubiertas de una blanquecina capa de tierra y una lámpara medio descolgada del techo que parecía que no iba a aguantar demasiado en aquella posición.

—¿Estás segura de que se puede utilizar? —pregunté acercándome a la puerta, desde donde la chica ya observaba el interior.

—Eh. Bueno, yo prefiero el desierto, pero tú no eres yo y quizás aquí si puedas hacerlo.

Si el salón era un completo caos, aquel baño no dejaba de ser menos. El polvo y la tierra aparecían por todos lados, además de un par de cajas rotas que se amontonaban sobre una oxidada ducha, y por supuesto el retrete, al que ni siquiera me atrevía a mirar.

—Esto es un asco —mascullé adentrándome en la pequeña habitación—. Ni siquiera veo el suelo.

—No creo que sea necesario ver el suelo. Eh ¡Oye! ¿Te dan miedo las ratas?

—¿Qué dices de ratas? —la miré incrédula.

—No, nada. Solo que estoy viendo una cola sobresalir de ese montón de cajas y me temo que es de rata —señaló hacia la ducha.

Ni siquiera miré. Salí del baño con dos rápidas zancadas y me posicioné en mitad del salón.

—¿Hay una rata ahí? —volvía a cuestionarla confusa— Es broma. ¿Verdad?

—Pues no, no bromeo. Lo que no sé es si está viva o muerta —respondía tratando de aguantar la risa.

—¿De qué te ríes? No tiene gracia. Las ratas transmiten multitud de enfermedades y…

—Sí, si ya lo sé, rubia —me interrumpió al tiempo que se giraba sobre sí misma y caminaba hacia el fondo de aquella casa— Por eso precisamente te he preguntado si te dan miedo.

—Hey. No vuelvas a llamarme rubia —alcé la voz para que pudiera oírme—. Tengo nombre. ¿Ok?

—Oh, cierto —volvía a dejarse ver tras una de las puertas—. Quizás deberías venir, hay un jardín enorme aquí atrás y puede que aquí si encuentres un lugar donde hacer tus necesidades.

No entendía por qué, pero su manera de hablar me estaba desquiciando tanto que deseaba marcharme de allí y dejarla en aquel siniestro lugar, en mitad de aquel desierto y con aquella inmensa, al menos así lo era en mi mente, rata que vivía en el baño de aquella casa.

—Me llamo Quinn —escupí al llegar a su lado, dispuesta a descubrir el inmenso jardín que aparecía tras una pequeña puerta, situada en lo que parecía era la cocina. Y digo parecía porque allí solo quedaban un par de sillas rotas y una encimera con decenas de periódicos y panfletos de publicidad.

—Encantada —respondió ofreciéndome la mano, con una enorme sonrisa dibujando su rostro—. Yo me llamo Rachel, Rachel Berry. No he tenido la oportunidad de presentarme oficialmente contigo, así que no sabía si debía o no llamarte por tu nombre.

No soy maleducada, de hecho, llevo toda mi vida siguiendo el protocolo que mis padres y mis profesores me enseñaron desde pequeña para vivir en el mundo en el que me había tocado vivir. Tenía una educación exquisita, pero en aquel instante fui la persona más grosera de cuántas había conocido, y ni siquiera la miré. Y, por supuesto, no acepté su mano para presentarme. Simplemente dirigí mis pasos hacia el jardín y me detuve en el porche, observando como el caos allí era mucho más exagerado que en el interior de la casa.

Rachel se quedó en mitad de aquella cocina y tras dejar escapar un sonoro resoplido, abandonó la estancia.

—Espero que encuentres un buen lugar y, por supuesto, que no tengas que esperar tu turno.

Tensé la mandíbula al escuchar el sarcástico comentario de la chica, y a pesar de insistir en dejar claro que no soy así, que no soy ese tipo de persona que no acepta ni admite algún tipo de bromas, mi sentido del humor aquel día dejaba bastante que desear. Más si añadimos la imperiosa necesidad de hacer pis que tenía en aquel instante y que me tenía en una continua alerta.

Lancé una nueva mirada al jardín, y tras observarlo con detenimiento, encontré una zona que parecía ser perfecta para llevar a cabo mi acción. Pero fue entonces cuando caí en la cuenta de que estaba en mitad del campo y que no había acertado a llevarme nada con lo que asearme después de realizar mis necesidades.

—Un jodido pañuelo, Quinn, un jodido pañuelo —mascullé mientras regresaba al exterior de la casa, dispuesta a encontrar en mi bolso el dichoso pañuelo de papel que iba a cubrir por completo mis necesidades, pero lo que vieron mis ojos al salir al exterior consiguió que todo aquello quedase en un segundo plano.

—¿¡Qué ha pasado!? —bajé los tres escalones del porche de una zancada al descubrir a Sam observando el motor del coche, y a Rachel a su lado, apartando con sus manos la incesante humareda que salía del mismo.

—No tengo ni idea, ha empezado a echar humo de repente.

—¡No me jodas, Sam! ¿Qué diablos le pasa?

—¡No lo sé! —volvía a repetir—. Supongo que se habrá recalentado. O que se yo.

—¿Qué no sabes? ¡no me jodas! —exclamé histérica— Es mi coche, Sam. Como le haya pasado algo te juro que

—¿Me juras qué? —me recriminó enfadado— Quinn, te estoy diciendo que no he hecho nada. Ha empezado a salir humo y ya. ¿Qué quieres que le haga?

—Tiene razón —interrumpió Rachel—. Cuando he salido estaba bien y de pronto zas, todo se ha llenado de humo.

—Dios… dios —me lamenté— Voy a llamar a Brody, él sabrá que le sucede.

—No seas histérica, Quinn —volvía a hablar Sam—. Estoy seguro que es el agua, se habrá quedado sin nada y por eso sale humo, nada más.

Ni lo escuché. Mi mente solo estaba puesta en marcar el número de mi hermano en el teléfono, y rezar porque pudiera atenderme sin que mi padre lo escuchara.

Sam no era muy bien recibido por mi familia, y a Brody no es que le cayese demasiado bien. Que supieran que estaba con él en mitad del desierto, no era la mejor de las noticias que podrían recibir.

—¡Brody! ¿Me escuchas?

—¿Qué te pasa, Quinn? —me contestó tras escuchar el tono alterado de mi voz.

—Oye Es el coche, está echando humo por la zona del motor y no tengo ni idea de lo que hacer.

—¿Humo? ¿Cómo que humo? ¿Está ardiendo?

—No, ¡no, no! O eso creo, por ahora solo veo humo y

—¿Dime dónde estás y voy?

—Eh No Brody —lo calmé—. No puedes venir, estoy a cinco horas de Phoenix, en la U.S 89.

—¿Qué? ¿Y qué haces ahí? —cuestionó extrañado.

—Estoy… Vengo —tartamudeé—Vengo de Utah, estoy con Sam y una amiga —miré a Rachel, que instintivamente comenzó a sonreír sin apartar la mirada del coche.

—Pues pásame con Evans —contestó Brody algo molesto.

—Ok —balbuceé— Sam, es Brody, dice que quiere hablar contigo —le expliqué entregándole el teléfono.

No pude oír nada más y casi que lo prefería.

Mi hermano era un obseso de los coches. De hecho, aquel flamante Chevrolet Camaro del 67 era obra suya, y continuamente estaba dándome explicaciones de cómo tratarlo o qué hacer con según qué situaciones. Si no fuera porque era mi hermano pequeño y lo adoraba, no consentiría que me tratase así cada vez que algo le sucedía al coche.

No supe de lo que hablaban hasta que no vi como Sam cortaba la llamada y volvía a mirarme con el cejo fruncido.

—¿Qué? —cuestioné al entregarme el teléfono.

—¿Por qué no le habías dicho que íbamos de viaje?

—¿Por qué tengo que decirle nada? —me excusé— Soy mayor. ¿Recuerdas?

—Quinn, si le llegas a decir que vas de viaje en el coche, me habría avisado de que necesitaba una pequeña revisión —me recriminó—. De verdad, no entiendo que pensáis las chicas que son los coches. ¿Se cuidan solos? Se le pone gasolina y ya. ¿Verdad?

—Déjame en paz —espeté molesta por el tono sarcástico que estaba utilizando para dejarme en evidencia. Si había algo que realmente me enfadaba era que me ridiculizasen, y más aún delante de desconocidos. Aunque aquella desconocida fuese una chica como yo y en ese instante, juraría que también se sentía ofendida por el comentario generalizado de Sammuel.

—¿Qué le sucede al coche? —interrumpió la chica, quizás evitando que terminase más molesta aún.

—Nada, tendremos que esperar una hora a que se enfríe, y echarle agua —explicó mientras buscaba la botella de agua en el interior del coche—. Si es que tenemos agua —añadió al ver la escasez del líquido en el recipiente.

—Genial —susurré—. Una hora bajo el sol.

—No te quejes, es tu culpa —me increpó Sam.

Se acabó. No lo soportaba más. En aquel instante no solo estaba histérica por el hecho de tener que esperar una hora a que el coche estuviese de nuevo a punto, y no saliese ardiendo, sino que también lo estaba por él. Definitivamente, había sido la peor decisión de mi vida el hacer aquel estúpido viaje en el que, como siempre, habíamos terminado durmiendo juntos. Y, como siempre, yo terminaba completamente arrepentida por haberlo hecho.

Apenas tardé un par de segundos en reaccionar, y lo hice de la mejor manera posible para no estropear aún más aquella tensa situación; me marché.

Ascendí de nuevo hasta el interior de la casa y la crucé, acelerando mis zancadas al pasar junto al baño y su inquilina, la rata, para buscar el lugar perfecto donde desahogarme de la presión que ya sentía mi vejiga. Por supuesto, no había un lugar perfecto en aquel jardín abandonado, pero el cobijo de un viejo carro oxidado junto a uno de los árboles, que conseguían sobrevivir al calor extremo de aquel clima, podría considerarse como lugar adecuado para tal acción.

Tras aliviar mi pobre cuerpo terminé por sentarme en el porche que daba al jardín, el único lugar libre de animales salvajes donde podía encontrar algo de sombra en aquella hora, y que, sin previo aviso, también ocupó la desconocida que nos acompañaba en aquella tortura.

Pude ver como Rachel dudaba al llegar junto a mí, y se dejaba caer manteniendo las distancias conmigo, utilizando la vieja baranda de madera para apoyar su espalda.

No hablé. Mi orgullo en aquel instante era superior a cualquier acto protocolario, como podría ser un simple saludo. Pero ella no era como yo, de eso me di cuenta casi desde el primer segundo en el que la vi en aquella gasolinera.

—Tiene carácter tu novio —susurró tratando de comenzar una conversación que yo no estaba dispuesta a mantener, pero que, sin embargo, me obligaba a contestar.

—¿Mi novio? ¿Sam? —la miré incrédula.

—¿No lo es?

—Pues no —fui directa—. Ni en broma —volví la mirada al frente.

—Oh. Ok. Lo siento. Tal y como os habláis, parecéis novios. Además, sois los dos así, tan rubios, tan…

—Pues no —interrumpí—. Solo es mi amigo, nada más.

—Ok, mejor.

—¿Mejor? —cuestioné al notar como la sonrisa ocupaba parte de su rostro.

—Sí, quiero decir. Es bueno que seáis amigos, aunque también estaría bien si fueseis novios —aclaró—. Todo está bien.

—Tampoco creo que sea asunto tuyo lo que Sam o yo seamos. ¿No crees?

—Cierto —masculló con algo de burla en su tono—. Veo que tú también vas sobrada de carácter —añadió.

—¿Has venido a tocarme las narices? Porque te aseguro que ahora mismo no aguanto nada de nadie. ¿Ok? —espeté desafiándola, o al menos esa era la intención. Algo estuvo a punto de distraerme lo suficiente como para eliminar mi mal humor. No pude percibirlo en la gasolinera, ni después cuando nos colamos en la casa abandonada. Solo allí, cuando tomó asiento, pude percibir como en la parte baja de su espalda, se dejaban ver unas sinuosas líneas que debían dar forma a un tatuaje de unas dimensiones considerables.

Y no es que nunca hubiese visto un tatuaje, por supuesto, pero no por qué en ese instante me llamó tanto la atención.

—No, no, tranquila —respondía incomoda sacándome de mi breve embelesamiento—. No he venido a molestarte, de hecho, voy a ver que encuentro por ahí dentro —esgrimió abandonando su improvisado asiento sobre el polvoriento porche.

—Mucho mejor —balbucee al verla entrar en el interior de la casa, y quedarme de nuevo a solas, apartando de mi mente la curiosidad tras ver la mitad de aquel tatuaje. Aunque aquella soledad apenas duró un par de minutos. Justo los que transcurrieron hasta que escuché de nuevo el motor de mi coche y verlo aparecer por uno de los laterales del jardín, por donde Sam ya lo trasladaba.

—No me mires así —volvía a recriminarme tras detener el coche y bajarse de él—. Rachel me ha dicho que aquí hay más sombra y puede que haya agua en ese pilón. Será mejor para el coche y para mí —se excusó—. Así que aquí lo dejo.

—Haz lo que quieras —respondí tratando de no prestarle demasiada atención. Realmente prefería tener el coche al alcance de mi vista, y si estaba protegido por la sombra, mucho mejor.

Me ignoró.

Sam abandonó el coche y sin pensarlo comenzó a merodear por aquel jardín, deteniéndose en las cajas que se amontonaban en uno de los laterales, en el viejo carro oxidado junto a uno de los árboles, e incluso se dedicó a observar el fondo de lo que parecía ser un pozo abandonado. Y que, a juzgar por su apariencia, debía estar seco.

—Hey. Has traído el coche.

La voz de Rachel sonó tan alta y clara detrás de mí, que incluso llegué a dar un pequeño salto provocado por el susto. No la había escuchado llegar, y solo pude verla pasar junto a mi lado y bajar hacia el jardín dando un salto desde el porche.

Ni siquiera me miró al hacerlo, y no la culpé. Mis respuestas y mi mala educación no merecían nada de su parte.

—Sí —respondía Sam—. Aquí estará mejor y nosotros podremos resguardarnos del sol, aunque me temo que hay poco que se pueda aprovechar en este lugar —añadió lanzando una piedra al interior del pozo—. Al menos tenemos agua de ese pilón, porque el pozo está seco.

—Tienes razón. He estado mirando en el interior y no hay nada que merezca la pena. Así que tendremos que esperar a que esa preciosidad esté disponible de nuevo —soltó mirándome de reojo antes de señalar a mi coche, y por un segundo creí que aquel piropo me lo estaba lanzando a mí. Mi gesto de gruñona empedernida debió ponerla en alerta, porque la desconocida volvió a buscar la conversación con Sam.

—Pues sí, en media hora le pongo agua de ese pilón y nos marchamos de aquí. Pero mientras deberíamos hacer algo para que el aburrimiento y el calor no nos convierta en asesinos. —Esa vez fue Sam quien me buscó con la mirada, pero yo fui más rápida que él y lo ignoré.

—¿Ves? En eso sí que puedo ser útil —le respondió sonriente Rachel, que sin dudarlo se acercó al coche y sacó la guitarra del interior—¿Os apetece cantar un rato? La música siempre ayuda.

—¿Sabes cantar? —se interesó Sam.

—¿Por qué crees que llevo una guitarra? —bromeó, y mi estúpido amigo le devolvió la sonrisa, mientras ella no dudaba en regresar al porche, y tomar asiento donde minutos antes yo prácticamente la obligué a abandonarlo.

—¿Te importa si toco algo? —me preguntó buscando mi aprobación, y yo volví a gruñir.

—¿A mí? ¿Por qué me iba a importar? Haz lo que quieras

—Bueno, no me gustaría que estos minutos de espera, se conviertan en una tortura para ti. No quiero molestarte

—No me molestas —la interrumpí tratando de sonar más relajada—. Haz lo que quieras.

—Ok. Pues vamos a entretenernos un poco, porque ahí dentro no hay nada divertido, solo ratas.

—¿Qué vas a cantar? —preguntó Sam, que tampoco perdió la oportunidad de aprovechar la sombra que ofrecía el porche y se sentó junto a ella.

—No sé. ¿Qué quieres que toque?

—A mí me da igual. Me gusta todo.

—¿Y a ti, Quinn? ¿Qué te gusta?

—Me da igual, toca lo que quieras.

—Tracy Chapman —replicó Sam llamando la atención de la desconocida, y la mía, por supuesto—. Le encanta. Llevamos todo el viaje escuchándola solo porque ella está obsesionada— añadió regalándome una pequeña burla. Gesto que, por supuesto, yo le devolví con mi peor mirada.

—¿Te gusta Tracy Chapman? —me preguntó ella ignorando el cruce de miradas que mantenía con Sam—. Ok. Pues hagamos feliz a la preciosa dueña del coche —espetó sonriente sin darme tiempo a responder, mientras me regalaba un guiño de ojos—, y rindamos tributo a la señorita Chapman.