PRÓLOGO

Tenía catorce cuando su padre había muerto en batalla. Su madre no había vuelto a ser la misma jamás, las risas se habían terminado, la exploración de flores y animales en los jardines con él y Van quedaron en el olvido, la palabra NO y MATRIMONIO comenzaron a ser usadas de manera frecuente cuando hablaba con su madre o cuando los tres se sentaban a compartir alimentos.

Definitivamente, nada volvería a ser igual para Folken.

Por fortuna, Van había sido la luz de sus ojos desde que había nacido, amaba profundamente a ese pequeño revoltoso, era una suerte que hubiera comenzado a leerle historias y leyendas antes de la hora de la siesta y antes de la hora de dormir, o que hubiera logrado que sus padres y sus profesores le permitieran tener una hora entera cada día para jugar con el pequeño niño en los jardines, de lo contrario, la muerte de su padre lo habría afectado aún más.

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Faltaba poco para su quinceavo cumpleaños.

Su madre lo había visitado en sus aposentos durante la noche, hablándole de temas incómodos, el desfloramiento de una doncella, los cambios que sufriría su cuerpo, las dificultades para concebir a un heredero o más hijos incluso al ser mitad humano y mitad ryuujin, el recordatorio de usar palabras amables cuando estuviera con su cónyuge a la cual conocería al día siguiente y también un recordatorio de cuanto era amado por su madre, cuan orgullosa estaba de él… y cuanto lamentaba tener que someterlo a un matrimonio arreglado. Él la disculpó, desde que su padre muriera, había sido consciente de lo que se avecinaría para él, a decir verdad, luego de conocer a Merle y sobrevivir al torbellino que suponía esa niña gato, estaba completamente seguro de que podría lidiar con la mujer que se le designara como esposa.

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La visita de las princesas de Asturia había sido algo que realmente no se había imaginado.

Millerna, la más joven, había pasado a absorber mucho del tiempo que él destinaba a su hermano, al ser ambos de la misma edad, la pequeña niña rubia parecía haberse encaprichado a forzar a Van a jugar con ella y su madre, intentando enseñarle incluso a su hijo menor a comportarse con las damas, había decidido que el tiempo que Van pasara con Millerna, no podría pasarlo ya con él.

Marlene era una joven interesante, físicamente agraciada, atenta y amable, observadora y bastante paciente. Ambos parecían compartir gustos musicales y en poesía pero nada más, Marlene hablaba embelesada sobre las justas entre caballeros, preguntándole continuamente si había justas en Fanelia, si él podría participar en una algún día, él simplemente se mostraba cordial con ella, no tardó mucho en comprender que tal vez tendría que organizar una o dos de aquellas competencias para mantenerla tranquila y contenta una vez se hubieran casado. Marlene era también bastante responsable, parecía una joven sencilla a pesar de todo, le gustaba leer aunque, su preferencia en libros no era algo que compartieran, a ella solo le interesaban las novelas románticas, él en cambio estaba más interesado en ensayos, tratados, informes sobre usos, costumbres, flora, fauna y leyendas de su tierra y de los reinos vecinos, así como de los reinos lejanos, por si fuera poco, no había nada que le pareciera más interesante que la mecánica oculta tras los movimientos de los melefs de su tierra.

Por último, estaba Eries. La segunda princesa era tímida, completamente contraria a sus hermanas, bastante más retraída que las otras dos, solo existían dos maneras de hacerla hablar, rigurosa etiqueta o literatura. Sorprendentemente, aquella niña de carácter afáble había resultado ser completamente compatible con él, ambos disfrutaban leyendo todo tipo de cosas interesantes, leyendas, política, comercio, estudios, y todos guardaban información importante de cada tema como si no hubiera otra cosa que aprender en el mundo, Folken había lamentado bastante que ella fuera la segunda y no la primera, sabía que podría llegar a amar a Marlene con el tiempo, pero esta joven, estaba seguro de que sería una excelente reina, estaba seguro de que con tantos intereses en común, podría amarla más rápido y con más fuerza incluso que a su hermana.

Decidió entonces que, si no podía pasar tiempo con Van como antes, el tiempo que no tuviera que pasar con Marlene o en sus estudios, podría compartirlo con aquella joven, le parecía realmente fabuloso tener alguien con quien charlar de todo lo que le interesaba, aun si era dos años más joven que él, también estaba completamente seguro de que, si no podía escoger con cual de ellas habría de casarse, podría tratarla como a una hermana y que Van lo perdonara, algo le decía que podría consentirla más que a su verdadero hermano y a Merle.

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Las princesas partieron, estaba feliz y aliviado, había conocido a dos personas extraordinarias y había cumplido exitosamente con las expectativas de su madre, Marlene estaba completamente convencida de querer desposarlo… era una lástima que Eries se mostrara más interesada que su hermana, nunca había sido su intención enamorarla a ella también, claro que Eries era joven, si hacía las cosas bien, ese afecto podría convertirse en un amor filial en lugar de romántico, todo estaría en su sitio entonces, él protegería a su madre, a su hermano y al reino, sería un buen esposo, sería un buen padre y sería un buen hermano político para las dos princesas más jóvenes de Asturia.

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Todo su entrenamiento, toda su determinación, todas las razones por las cuales debía ascender al trono no habían sido suficientes, las palabras de Van compadeciéndose por el dragón habían sonado en sus oídos apenas un par de segundos, distrayéndolo, haciéndolo bajar la guardia y echando todo a perder, su lástima por la criatura le había costado un brazo y posiblemente su vida. Morir desangrado no era un final tan malo a decir verdad, morir sabiendo el enorme peso que estaba dejando sobre los hombros de Van, en cambio, era hiel amarga corriendo despacio por su garganta, tener la certeza de que su hermano tendría que pasar por lo mismo en diez años más estaba destruyendo su corazón, como un puñal afilado que no dejaba de acometer contra él una y otra vez, la culpa de que sería su hermano quien pagara por su momento de flaqueza, era sin duda su mayor arrepentimiento al morir, ¿podría descansar en paz? ¿su padre y sus ancestros lo recibirían o estaría maldito? ¿tendría que vagar por aquellas tierras hasta que Van hubiera muerto? No lo sabía, pero su muerte no podría haber sido más abrumadora que ver al dragón dándole la espalda y su cerebro nublarse con todo tipo de ideas fatalistas y terribles.

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-¿Dónde estoy? ¿Estoy muerto?

Lo primero que escuchó, fue una risa cínica y siniestra, su vista estaba ligeramente nublada, le dolía cada músculo del cuerpo y tenía la horrenda sensación de que algo no estaba del todo bien.

Cuando sus ojos lograron enfocar, pudo notar perfectamente las luces cegadoras sobre él, los rostros extraños y deformes que lo miraban desde muy cerca para su gusto, intentó alejarlos con su mano derecha, recordando demasiado tarde que había perdido la mano de la espada… y mirando la aberración que ahora ocupaba su lugar.

¡Estaba maldito! ¡Su padre y sus ancestros lo habían maldito de una forma peor a la que había imaginado! ¡No era un espíritu errante en lo que lo habían convertido, sino en una aberración!

Gritó asustado, avergonzado, iracundo. Quería pedir ayuda, ¿pero a quién?, quería llorar e implorar que lo mataran, ¿pero quien lo escucharía? Estaba seguro de que si no moría pronto, enloquecería sin remedio, entonces lo matarían como a un perro sin honor y todo, absolutamente todo, habría terminado.

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Los años pasaban más rápido de lo que le hubiera gustado, tenía problemas para dormir más d horas, había sido reeducado en una "universidad" en Zaibach, había sido reconocido por su intelecto y había pasado a ser uno de los perros que servían al emperador Dornkik.

Sus sentimientos habían quedado enterrados en lo más profundo de su ser, ocultos a todos, consciente como estaba de la cantidad de enemigos que había hecho dentro de aquella nación, todos a su alrededor deseaban acercarse al emperador como él lo había hecho, ser reconocido como él lo había sido, inventar cosas tan ridículamente maravillosas como las que él había inventado. Folken Lacour de Fanel había muerto de manera efectiva en el Valle de los dragones cinco años atrás, dejando en su lugar a alguien más… o eso quería pensar, sus únicos momentos de duda era cuando estaba con las gemelas que había protegido y adoptado, educándolas, guiándolas y asegurándose de que fueran lo suficientemente fuertes para que nada ni nadie volviera a lastimarlas. Naria y Eria podrían recuperar su libertad en un par de años más, cuando fueran completamente autosuficientes, con ellas podría despedirse definitivamente de su humanidad, lo único que debía conservar de su antiguo ser era la necesidad de dejar a su paso un mundo mejor, un mundo en el que Van no tuviera que sufrir de nuevo, un mundo en el que ningún niño o joven tuviera que luchar, ni perder su vida cazando un dragón.

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No supo cómo, no supo en qué momento, solo estaba convencido de que todo se había retorcido sin más.

El emperador no buscaba un futuro donde todos fueran felices y estuvieran a salvo.

Su hermano lo odiaba con toda la razón del mundo.

Su tierra, al menos la capital donde él había crecido, había sido reducida a cenizas en contra de su voluntad.

El trabajo de su vida estaba reclamando más vidas de las que quería admitir.

Sus alas se habían vuelto negras poco a poco, estaba enfermo, sospechaba que era a causa de su manipulación del destino, pero no podía verificarlo.

Sus preciosas Naria y Eria jamás serían libres, jamás serían felices, jamás volverían a tener una oportunidad, habían dado su vida por él y por un ideal estúpido e inalcanzable y era su culpa.

Retomó su viejo rencor contra Zaibach y el emperador, ese que había sentido por meses luego de despertar con la garra metálica en lugar de su brazo derecho. Juró que haría todo por acabar con el emperador y su sueño vil, juró que esta estúpida guerra terminaría cuanto antes, y su muerte valdría algo.

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Hablar con Van había sido, sin duda, un trago amargo. Su pequeño hermano se había comprendido en un hombre, la luz de sus ojos ya no sonreía de alegría al verlo, esos ojos, tan similares a los suyos hablaban de odio, de venganza, decepción y desprecio, pero por sobre todo aquello, hablaban de dolor y soledad. Su pequeño Van, ese niño amable y empático que lo había idolatrado en su infancia, ese niño que había crecido completamente feliz e inocente bajo su atenta mirada, se había quebrado. El dolor, el miedo y la pérdida que la muerte de cada miembro de su familia había traído consigo, la responsabilidad de un reino destruido, la angustia de enfrentarse a un fantasma y de ser cazado como un animal… dolía ver en aquellos ojos todos los tormentos por los que su pequeño hermano había pasado los últimos diez años, también le explicaba porqué su hermano había salido bien librado de cada batalla, el destino se había empeñado en tratarlo como la hoja de una espada puesta al fuego, golpeada una y otra vez para luego enfriarla y volver a empezar. Era cruel, era doloroso… y no había nada que pudiera hacer para enmendarlo, absolutamente nada… y esa certeza dolía más que todo lo que había perdido.

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Su llegada a Asturia había sido extraña, la mujer que había llegado a dar instrucciones sobre cómo tratarlo, la que le había permitido entrar a pedir asilo político para luego hablar directamente con el Regente, parecía ser su vieja amiga Eries… solo que, la Eries que él conocía era pequeña y menuda, con su cabello corto y bastante dificultad para hablar en público si no se le daba antes un guión… claro que, si diez años habían podido cambiar a su hermano, era obvio que podrían cambiar a Eries.

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Había evitado en lo posible toparse con Eries, ¿era cobardía? Más allá de eso, estaba completamente avergonzado de sí mismo, de no haberle avisado que seguía con vida, de haber atentado contra la integridad de su reino y de manipular personas que parecían cercanas a ella… estaba tan avergonzado, que había preferido simular que no la veía, ni escuchaba, ni notaba.

Al menos, hasta la noche en el jardín.

Había pedido permiso a sus carceleros para ir a tomar algo de aire a los jardines, necesitaba respirar, necesitaba mirar las estrellas y entretenerse con algo, sabía que el sueño tardaría todavía algunas horas en reclamarlo y no estaba de ánimos para hacer otras cosas, por fortuna, el capitán de su guardia particular le había concedido una hora o algo así, al parecer, no era el único que necesitaba darse un respiro.

Había tantos recuerdos girando en su cabeza, la mayoría eran acerca de su familia, de las cosas que habría hecho si nunca hubiera fallado el rito del dragón… no pudo evitar comenzar a silbar la nana con que su padre había arrullado a Van por dos años, sabía que era la misma con que lo había arrullado a él, pero su recuerdo estaba ligado a ese pequeño niño de ojos negros al cual había deseado proteger por sobre todas las cosas desde que nació.

El sonido tenue de unos pasos acercándose y deteniéndose cerca suyo lo regresaron al presente, obligando a interrumpir la melodía que no había dejado de escuchar en sus recuerdos.

-¿Es hora de volver a…? ¡oh!

No era el capitán, no era un soldado, era una mujer joven de brillantes ojos amatistas, cabellos rubios y piel de porcelana envuelta en ropas de dormir… Eries.

No sabía que decirle, no sabía cómo exactamente disculparse con ella. Completamente derrotado, bajó la mirada al suelo y volteó hacia otro lado, dándole la espalda, el efecto fue inmediato.

-¡Folken!

Estaba molesta, no, estaba completamente enojada, su tono podía parecer frío y controlado, pero estaba bastante seguro de que estaba furiosa contra él, y si era sincero, tenía todo el derecho de estarlo.

-¿Vas a responderme o seguirás haciendo como que no existo?

Quería pedirle perdón, al mismo tiempo quería que un rayo lo fulminara en ese momento o que ella decidiera que no valía la pena perder su preciado tiempo con él y se fuera, lamentablemente, el destino no es complaciente con nadie.

-¿QUÉ DEMONIOS PASA CONTIGO? ¡MALDICIÓN! ¡PRIMERO ERES GENTIL Y AMABLE! ¡LUEGO TE MUERES CAZANDO UN DRAGÓN! ¡DESPUÉS REGRESAS DE LA TUMBA PARA DARNOS ÓRDENES EN EL NOMBRE DE ZAIBACH! ¡Y AHORA ME IGNORAS! ¡MALDITA SEA, FOLKEN!

No esperaba esa reacción, no de la dulce y tímida Eries que recordaba, no pudo evitar voltear a verla, su atención completamente cautiva por aquel desplante que no hacía más que demostrarle que él todavía le importaba, ¿cómo era eso posible?

-Quise ir a despedirte con Marlene, supliqué que me permitieran ir, pero, yo no… yo…

-Lo lamento, princesa Eries, pero no soy el Folken al cual buscas.

La vio hacer todo lo que pudo por recomponerse, limpiándose los ojos y tomando aire, desubicándolo.

-No, no lo eres, tú no eres el hombre que conocí hace diez años, eres lo que quedó, solo una sombra detestable que no deja de perseguirme ni siquiera despierta.

-No… no intentaba dar esa impresión… me disculpo, princesa.

-Nunca me miras cuando nos cruzamos, llevas tres o cuatro días en mi casa y cada vez que nos cruzamos bajas la mirada y simulas que no existo, ¡¿qué te hice?!

No debía importarle lo que ella pensara, no debía importarle ser despreciado, de hecho esperaba ser odiado, esperaba escuchar a la gente planeando su muerte a sus espaldas, y aún así venía a toparse con que la razón del malestar de Eries era que no estaba recibiendo ningún tipo de atención por parte de él, debería estar agradecida, debería sentirse libre de ir y venir, si él no hubiera cometido tantas equivocaciones las cosas serían de un modo distinto…

-Estaba avergonzado -Admitió el faneliano bajando la mirada un segundo o dos, antes de volver a mirarla directo a los ojos.

-¿Tú estabas…?

-Al principio, cuando llegamos y saliste corriendo con los guardias… no, no supe, no estaba seguro de que fueras tú, habías crecido tanto, ¡habías cambiado tanto!, tu rostro, tu voz, tu cabello, tus ropas, tu postura… esa seguridad al estar rodeada de gente y la determinación en tus órdenes… no estaba seguro de quien eras, entonces, cuando bajé del Escaflowne y te vi una vez más… estaba completamente avergonzado, por un segundo o dos me pareció ver a la pequeña de trece años que había ido a visitarme hace tanto tiempo… en otra vida… ¿cómo podía devolverte la mirada luego de todo lo que hice?

El silencio cayó sobre ambos de nuevo, esta vez ninguno retiró la mirada.

Lo que había empezado con un reclamo, de algún modo se había convertido en una conversación casual.

Ella lo había extrañado más de lo que él podría haberla extrañado a ella, a decir verdad, y era extraño darse cuenta.

¿Acaso seguía sintiendo algo por él?

Los títulos habían quedado relegados, la curiosidad de ella mostrándose a flor de piel, lo había hecho reír incluso, por más que había intentado contener la risa, había sido completamente imposible.

-Cómo dije, no es que pretendiera evitarte, solo estaba avergonzado.

-Bueno, yo SI he estado evitando estar encerrada contigo y varios otros nobles en ese salón en particular, un consejero debe tener la cabeza fría y el corazón bajo llave para no perder de vista su propósito.

-Harías bien en enseñar eso a los lores, son más viscerales de lo que recordaba.

Ambos sonrieron ante aquella última aseveración. Por alguna razón, se sentía más ligero ahora, por unos segundos había sido como volver en el tiempo, los dos escondidos en un jardín, charlando tranquilamente, solo faltaba un libro de historias en sus manos y que ella no dejara de mirarlo como lo estaba haciendo justo ahora, de la misma forma en que lo veía diez años atrás.

Eries se levantó en ese preciso momento, su respiración un poco más laboriosa ahora, ¿Se habría enfermado súbitamente?

-¡Folken!

Él volteó a verla confundido, en verdad no estaba seguro de qué estaba pasando justo ahora, era como si el tiempo se hubiera congelado y dado marcha atrás, como si él volviera a tener quince y ella trece… y luego habían regresado al presente en un abrir y cerrar de ojos.

-Es tarde, no soy más una princesa, pero soy una mujer soltera, comprenderás que estar aquí, a estas horas contigo…

-Lo comprendo a la perfección, no te preocupes.

-¿Podrías no volver a ignorarme cuando nos crucemos? ¿por favor?

Sonrió complacido, un poco extrañado y preguntándose si no sería aquella una broma cruel del destino, luego de todo lo que había pasado, ¿cómo era posible que no lo odiara? ¿qué eran justo ahora? ¿amigos? ¿conocidos? ¿colegas?

-De acuerdo, te saludaré como dicta el protocolo de ahora en más, princesa…

-¡Eries! Solo Eries… ni tú ni yo somos más príncipes, ni tú ni yo pertenecemos a la línea de sucesión al trono de ningún reino, así que…

-¡Eries, entonces!

Parecía ligeramente desconcertada, sus ojos brillaban como estrellas, hacer más observaciones era difícil a causa de lo escasa de la luz en ese preciso momento, en aquel apartado rincón del palacio. Quizás fuera mejor así.

-¡Buenas noches, Folken! -Dijo Eries dando un paso atrás.

-¡Buenas noches, Eries!

La miró alejarse entre las plantas cuidadosamente acomodadas a ambos lados de los diferentes caminos primorosamente formados, no pudo evitar soltar un suspiro, luego retomó la melodía que había estado silbando antes de que ella apareciera ahí para apaciguar su alma. Ya no eran imágenes de su familia las que venían a la mente, ahora en cambio, sus recuerdos estaban llenos de una princesa escondida con él detrás de un libro, a la sombra de algún árbol en los viejos jardines de Fanelia.

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Notas de la Autora:

Lo confieso, lo admito, no podía dejar el tema por la paz, necesitaba más de estos dos, claro que, no necesitaba una cosa cualquiera, no no no, necesito un lemon, vamos, que hay que complacer un poco más a estos dos en lugar de solo sugerir y bueno, ¿por qué no hacerlo desde el punto de vista de Folken esta vez?

Si no han leído Eries, que es la historia principal de la cual ha salido este complemento, vayan, vayan y recuerden, los capítulos de este fanfic van a tener el mismo título que el capítulo del que se haya desprendido... salvo por este, ¿pueden adivinar de que capítulo se desprende este prólogo?

Y bueno, si lo que venían a buscar era se**, puedo prometerles que habrá en los siguientes capítulos, que serán tres. Sip, ya lo decidí, este fic corto contará con cuatro capítulos... o bien un prólogo y tres capítulos, como lo quieran ver.

Un saludito a todos los que estén leyendo esto, cuídense mucho, quédense en casa y no se preocupen, no tendrán que esperar demasiado por el capítulo que sigue.

SARABA