Fast Car. Tracy Chapman.

Capítulo 2

Desconocida

(Parte II)

You got a fast car

I want a ticket to anywhere

Maybe we make a deal

Maybe together we can get somewhere

Creo que fue la primera vez en mi vida que alguien conseguía cambiar mi estado de humor en apenas un par de minutos. Que digo un par de minutos, apenas serían unos segundos los que necesitó para que todo ese rencor que se apoderaba de mi cuando me enfadaba, quedase reducido a nada.

Y eso me desconcertó por completo.

Una desconocida lo consiguió. Una chica con los pantalones repletos de rasguños, un par de zapatillas polvorientas, y una piel bronceada que lucía perfecta. De melena larga que caía desordenada sobre su hombro izquierdo, mientras perdía la mirada en el infinito, y sus manos tocaban, o, mejor dicho, acariciaban las cuerdas de su guitarra.

Si me llegan a decir que alguien como ella no solo iba a ser capaz de hacer una versión de una de mis canciones favoritas, no me habría sorprendido tanto. Lo inquietante fue que aquella chica no solo lograba tocar la guitarra, sino que también cantaba de una manera que había conseguido que incluso me gustase más la canción en su voz, que en la versión original de Tracy. Y eso ya era todo un logro.

Eran las 15:43 pm de aquel 1 de marzo, y seguíamos bajo el castigador sol, en mitad del desierto que transcurría entre Utah y Phoenix. A mitad de camino, a escasas 4 horas de mi ciudad, de la tranquilidad de mi apartamento. Sin embargo, y por primera vez en todo aquel viaje, me sentía tranquila, y casi me había olvidado por completo de todo lo vivido y el mal humor que se había apoderado de mí desde que salimos de Utah.

Y todo gracias a ella.

You got a fast car

Is it fast enough so we can fly away?

Fue el final de aquella delicia, porque realmente escucharla cantar era una delicia, pero no fue la única canción que nos regaló en aquel descanso obligatorio.

Fueron varias, y todas y cada una de ellas mejoraba a la anterior. Las hacía de una forma tan especial, tan única, que era imposible no agradecerle el gesto de mantenernos entretenidos. Llegó un momento en que ni siquiera el sol, que ya comenzaba a descender, conseguía sacar mi mirada de sus manos. De cómo a pesar de sus dedos pequeños, repletos de anillos de plata y un puñado de pulseras en sus muñecas, las cuerdas de su guitarra sonaban perfectamente.

—Wow, eres realmente buena —fue Sam el primero en hablar tras la última de las improvisadas actuaciones. Y lo hizo él porque yo no sabía que hacer o decir —¿Te dedicas a esto?

—Nunca te dedicas a la música, es la música la que se dedica a atraparte —respondió con una sonrisa—. Pero si te refieres a si vivo de la música, pues digamos que sí.

—No me extraña. Eres muy buena, de veras —volvía a hablar Sam.

—Gracias —respondía ella—. Mmm. ¿No va siendo hora de darle de beber al coche? —añadió al vernos perfectamente sentados, sin intención alguna de abandonar aquel sucio porche.

—Cierto. Voy a ver si consigo algo de agua. ¿Hay algún baño dentro?

—Hay agua en ese pilón —dije con algo de confusión. Pensé que la idea de llevar el coche hasta aquella zona, aparte de la sombra, era precisamente por la cercanía del agua que contenía aquel pilón o alberca.

—Sí, pero está bastante sucia y bueno, si puedo sacarla de algún grifo será mejor para tu coche.

—Pues yo no pienso entrar en el baño —respondí—. No mientras esa rata siga ahí.

—Ya voy yo —volvió a hablar Sam, que rápidamente se hacía con la botella casi vacía de agua y se adentraba en la casa, dejándonos de nuevo a solas. Pero esta vez, al contrario que la primera, no me sentí incomoda por quedarme con aquella desconocida. De hecho, casi que lo agradecía. Después de conseguir que mi mal humor desapareciera por completo, no podía más que al menos, disculparme de alguna forma por mi actitud. Tratarla con educación era lo mínimo que podía hacer.

—Así que eres cantante —murmuré con algo de dudas. Dudas que siempre me atacaban cuando era yo quien debía empezar una conversación.

—Eh, no precisamente —respondía un tanto sorprendida por mi interés, al menos eso es lo que mostraba.

—¿No has dicho que vives de la música? —pregunté confusa.

—Sí, pero no me considero cantante. Yo solo disfruto de la música y canto, pero no es una profesión para mí.

—Ya —susurré—. Eres como esos artistas que no se consideran artistas, solo dejan que el arte los utilice como plataforma para expresarse. ¿No es cierto?

Sonrió y me alegré, porque mi comentario estaba lleno de humor, aunque mi tono de voz nunca era el indicado para crear esa sensación de broma, y por norma general, nadie solía entenderlos como tal. Pero aquella chica si lo hizo.

—Una artista incomprendida —me replicó divertida—. ¿Y tú a qué te dedicas?

—¿Yo? Pues soy periodista.

—Oh, periodista —repitió con algo de sorpresa en su rostro—. ¿Y para quien trabajas? Lo digo para saber si puedo o no contarte cosas de mi vida —ironizó.

—Puedes estar tranquila. Soy periodista, pero no ejerzo como tal. De hecho, soy empresaria, tengo un negocio con una amiga —respondí evitando dar demasiados detalles. Mi corta vida como empresaria estaba siendo un completo fracaso, y no quería ni por asomo que aquella desconocida supiese mucho más de mi decepcionante negocio.

—Interesante. ¿Eres de Phoenix?

—Sí, nací y vivo en Phoenix —lancé la vista al frente—. ¿Y tú? ¿De dónde eres?

—Nací en Lima, Ohio, pero como ya crees que soy una de esas artistas que se consideran parte del arte —bromeó—, pues te diré que no vivo en Lima, sino que pertenezco al mundo. —Traté de contenerme, pero me fue imposible y la sonrisa también terminó apoderándose de mí— Lo cierto es que no vivo en ningún lado.

—¿No tienes hogar? —pregunté sin delicadeza, y justamente en el mismo instante en el que las palabras salieron de mí, me arrepentí de ello. Su aspecto físico, completamente desaliñado, bien podría haberme respondido a esa pregunta sin palabras. Pero había algo en ella que no cuadraba con la de alguien que pudiese vivir en la calle, sin hogar.

—No, ahora mismo no tengo un lugar fijo en el que vivir —me respondió sin apenas darle importancia al hecho.

—Vaya, lo siento… ¿Y hacia dónde vas?

—Mi intención es asentarme en Los Ángeles —volvió a hablar. — Que no tenga un lugar en el que vivir ahora, no significa que no vaya a tenerlo en el futuro.

—Oh, si claro. Por supuesto. Así que Los Ángeles. Bonita elección. ¿Algún motivo en especial que te lleve allí?

—El azar.

—¿Al azar? —pregunté curiosa.

—Sí, hace 2 años busqué un mapa del país y dejé caer una moneda sobre él, cayó sobre California y gran parte de la moneda ocupaba Los Ángeles. Así que decidí que ese iba a ser mi hogar. Al menos hasta que me canse.

—¿Hasta qué te canses?

—Sí, supongo. No me veo viviendo eternamente en un mismo lugar.

—¿Y por qué te decidiste a ir a los Ángeles ahora y no cuando lanzaste esa moneda?

—Llevo dos años de camino hacia Los Ángeles —respondía de nuevo con una enorme sonrisa, pero aquella respuesta me llenó de confusión. Aun más de lo que ya estaba.

—¿Cómo? No, no entiendo.

—Salí hace dos años de Lima. Y ya por fin, me queda poco para llegar a mi objetivo.

—¿Dos años? Espera. ¿Llevas dos años viajando para llegar a California? ¿Desde Ohio? —cuestioné incrédula— Pero si apenas se tarda unas horas.

—Depende de la ruta —intervino rápidamente—, y del vehículo que utilices para viajar. ¿No crees?

—No, no entiendo. Solo tienes que cruzar el país, da igual si en coche, autobús, tren o avión. Como mucho, tardas dos o tres días.

—Lo sé, solo que yo he decidido cruzar el país de norte a sur y de oeste a este solo por carretera —volvía a sonreír—. Además, viviendo al menos durante 20 días en todos los estados.

No la creí, y supongo que mi cara me delató.

Aquella chica me estaba diciendo que había pasado los dos últimos años de su vida recorriendo el país, viviendo mínimo veinte días en cada uno de los 52 estados que conforman los Estados Unidos.

—¿Qué? —me cuestionó sonriente mientras sus manos seguían haciendo sonar la guitarra con sutileza.

—¿De veras? —pregunté incrédula. — ¿Llevas recorriendo el país durante dos años?

—Sí —respondía de nuevo con aquella dejadez, como si fuese lo más normal de mundo.

—¿Y tú equipaje?

—En tu coche —señaló hacia la bolsa de viaje que llevaba y que no ocupaba más que alguno de los bolsos que yo utilizaba para ir de compras.

—¿Me estás diciendo que llevas dos años viajando por todo el país con una guitarra y un bolso? —insistí buscando algún resquicio de humor en su mirada. No lo hallé.

—Eh sí, así es —volvía a mostrarse tranquila—. Te recomiendo que lo hagas, es toda una experiencia.

Y tan experiencia, pensé volviendo la mirada hacia mi coche. Realmente me parecía surrealista, tanto que no terminé de creerla por completo, y la leve idea de habernos cruzado con alguien que no estaba bien mentalmente, comenzó a rondar por mi cabeza. ¿Cómo iba a vivir alguien viajando durante dos años con una simple bolsa de viaje y una guitarra? ¿No comía? ¿De dónde sacaba el dinero para el transporte? No podía creerla, me resultaba imposible creerla.

—Por cierto. ¿Has aliviado ya tu necesidad? —cuestionó lanzando una mirada al frente.

—Si —respondí—. Por eso estoy aquí sentada.

—Bien, me alegro que hayas podido hacerlo sin inconvenientes. ¿Sabes dónde está Hillsville? —volvió a hablar tras notar mi silencio.

—Pues no.

—Es un pequeño pueblo de Virginia, casi en la frontera con Carolina del Norte. Allí me sucedió algo que has conseguido hacerme recordar con tu imperiosa necesidad de hacer pis.

—Oh, vaya —murmuré sin saber muy bien que decir.

—Me detuve en un bar, en las afueras del pueblo, ya sabes uno de esos bares de paso donde solo se detienen viajeros —comenzó a explicar mientras sus dedos rozaban con delicadeza las cuerdas de la guitarra, llenando el ambiente con una casi imperceptible melodía—. Entré para comer algo antes de regresar al autobús que me llevaba a Charlotte, en Carolina del Norte. Y después de ello, pregunté por el servicio, porque me sucedía lo mismo que a ti. No podía aguantar más y tenía un viaje bastante largo por delante —comenzó a sonreír—. El camarero me indicó dónde estaban, y yo fui. Había un pequeño pasillo en el bar, y justo en la puerta dos mujeres esperando para entrar en el servicio. Así que me tocó guardar cola y esperar mi turno. Nada extraño, ¿verdad? Digo, es lo normal cuando vas a acudir a un baño en un lugar público. Y tampoco me resultó extraño ver como aquellas mujeres hacían uso del baño como si nada. Una entraba, salía, y otra volvía a entrar, y salía como si nada, como si todo fuese normal — me miró divertida, y yo traté de seguir su explicación tratando de entender a donde quería llegar—. Todo era normal, hasta que llegó mi turno.

—¿Y? —pregunté impaciente tras notar como guardaba silencio por algunos segundos.

—Cuando llegó mi turno, entré y descubrí que un pasillo me llevaba a otra puerta —volvió a relatar—, y esa puerta daba a un pequeño escampado de tierra y al fondo, había un retrete cubierto por un par de paneles metálicos y un techo. Nada más.

—¿Nada más?

—El retrete estaba al aire libre, en un lugar que bien podría parecerse a este jardín —lanzó una mirada hacia al frente—, pero con algo más de frío —volvió a sonreír buscando mi complicidad, pero yo no supe responderle de tal manera. Mi confusión por la historia me hizo guardar silencio esperando alguna explicación que me hiciera comprender donde estaba la gracia de lo que contaba—. ¿No te resulta extraño?

—¿Qué usaras un retrete en un bar de carretera? Pues, la verdad es que…

—Era un retrete en un desierto —me interrumpió divertida—. Tuve que entrar en un bar, pagar un almuerzo y hacer cola, para usar un retrete en mitad del campo —me sonrió. Pero yo seguía completamente desconcertada por sus palabras. —Por eso te dije que tenías suerte de no tener que esperar tu turno —añadió recordándome como había bromeado con ello cuando íbamos en el coche—. Aquí al menos no hay nadie esperando.

—¿De veras vives viajando por el país? —ignoré el comentario tras varios segundos en silencio, y no dudé en preguntarle de nuevo, quizás esperando algún tipo de mofa o excusa.

—No vivo viajando, viajo para vivir —sentenció clavando sus ojos sobre mí. Y de nuevo, exactamente como me había sucedido cuando vi los trazos del tatuaje, me quedé embelesada en ella. Pero esa vez la culpa la tuvieron sus ojos. Sus ojos de color miel que pude distinguir gracias a la luz del sol que caía sobre nosotras, y que empezó a colarse por los tablones raídos del techo que nos protegía.

No me había fijado en ellos hasta ese mismo instante, y desde entonces, no pude dejar de hacerlo. Eran enormes, con un brillo exagerado y una expresión que lograba dejarte completamente a la deriva. Tanto que, si no llega a ser por él, podría haberme dejado hipnotizada allí mismo.

—¡Ok chicas, tenemos agua! —fue Sam, de nuevo, quien volvía a romper ese silencio entre nosotras.

—Bien —espetó ella siguiendo sus pasos, que ya se dirigía hacia el coche para verter el agua—. Me gustaría llegar antes de media noche a Phoenix.

—¿Para qué? —cuestioné acercándome a ambos— ¿Ahora tienes prisa?

—Prisas no, pero dependo de llegar a Phoenix para poder seguir viajando —respondía al tiempo que ayudaba a Sam a sostener el capó de mi coche—. Me espera un trabajo, y el plazo de inscripción se acaba esta noche. Así que más me vale llegar a tiempo.

—Oh. ¿Vas a trabajar?

—Por desgracia, tengo que hacerlo si quiero comer cada día —me respondió volviendo a sonreírme, y yo guardé silencio. Había algo que empezaba a llenarme de curiosidad en ella, básicamente porque no me creía en absoluto que llevase dos años viajando por el país con un bolso y una guitarra. Tratar de pillarla en un renuncio podría ser un pasatiempo perfecto para mi durante las horas que nos quedaban hasta llegar a Phoenix, pero aquella desconocida que decía llamarse Rachel no me lo iba a poner fácil.

—¡Perfecto! —volvió a exclamar Sam ignorando nuestra conversación— El coche está listo. ¿Nos vamos?

—Sí, vámonos ya —susurré sin desviar la mirada de Rachel.

—¿Tenéis que utilizar el baño una vez más? —bromeó ocupando el asiento del piloto.

—Yo no —respondí abriendo la puerta, y para mi sorpresa, Rachel esperó junto a mí a que le permitiese el paso al interior. Supuse que la breve conversación, y la pequeña reprimenda de Sam al recordarle que odiaba que se subieran a mi coche sin usar las puertas, le hizo cambiar de actitud.

Y yo lo agradecí.

—Yo tampoco —añadió ella con una enorme sonrisa, acomodándose ya en la parte trasera.

Y así, con aquella extraña sensación de no saber realmente si todo aquello era real o no, volvimos a recuperar la ruta que nos llevaba hasta Phoenix. Esperando que no surgiera ningún imprevisto más y rezando porque mi adorado coche se portase como un verdadero campeón, y llegase sano y salvo a su hogar.

Aquel trayecto se hacía mucho más liviano conforme el sol se iba perdiendo a nuestra derecha, provocando que el sofocante calor se convirtiese en una suave brisa templada, más lógica y natural de aquella época. Un trayecto en el que tuve que tomar el volante para conducir tras las dos horas seguidas en las que lo hizo Sam.

Estaba pactado así. No podíamos conducir más de dos horas continuadas sin intercambiar posiciones para hacer el viaje con una mayor atención, a pesar de que lo único que encontrábamos en aquella interminable carretera era desierto, desierto y más desierto.

Fueron varias las veces en las que Rachel se ofreció a conducir, liberándonos a Sam y a mí, pero me negué en rotundo. No porque no estuviese cansada, sino porque obviamente, no iba a permitir que una desconocida condujese mi coche. Y menos aun cuando ya conseguía divisar las luces de la ciudad.

—Chicos. ¿Sabéis dónde queda esta dirección? —Rachel buscaba en Sam la respuesta mientras le mostraba un pequeño papel.

—Sí, claro que lo sé —respondía él—. ¿Tienes que ir ahí?

—Eh, sí. ¿Me podéis dejar en algún lugar donde pueda tomar un taxi o algún autobús para que me deje cerca?

—No es necesario, nosotros tenemos que pasar por ahí —volvía a responder—. Es en East Monroe —se dirigió a mí—, tenemos que pasar cerca de ahí. ¿Verdad?

—Pues si —respondí recordando el trayecto que debía seguir.

—Pero no es necesario. Me basta con estar cerca de alguna parada de autobús o…

—Te dejaremos en esa dirección —interrumpí rápidamente, y realmente no sé por qué lo hice así.

Tanto Rachel como Sam me miraron sorprendidos, supongo que por el cambio paulatino de humor que había venido sufriendo a lo largo de aquel trayecto. Lógicamente, ellos habrían esperado otro tipo de respuesta por mi parte, al menos Sam. Una más brusca, sin duda, pero por culpa de ese cambio de estado y de mi última respuesta o, mejor dicho, sentencia, ambos fueron testigos de cómo cedí en mi mal humor. Y la confusión que logré crearles.

Sammuel me miró un par de veces extrañado. Lo pude notar sin siquiera girarme hacia él. Pero ella iba a ser más descarada. O al menos así me lo pareció cuando cruzamos la mirada a través del espejo retrovisor por primera vez.

No sé si lo hizo a consciencia, pero Rachel había optado por ocupar justo el asiento central del coche, y en esa posición, tan solo necesitaba desviar mi mirada hacia el retrovisor para verla.

Y fue por culpa de eso, que empezó a suceder lo que yo no quería que sucediese.

Las miradas.

Si había algo que realmente me ponía nerviosa, era descubrir que alguien me estuviese mirando continuamente, y aquella chica desconocida no hizo otra cosa en los siguientes minutos, más que mirarme. Juraría que incluso ni pestañeaba mientras lo hacía. O al menos esa era la sensación que me daba cada vez que mis ojos se cruzaban con los de ella. Porque ese era otro asunto.

Que a mí me pusiera nerviosa que alguien estuviese mirándome, también lograba una imperiosa necesidad en mi por averiguar si seguía haciéndolo. Y la inercia me hacía buscarla a través del espejo una y otra vez.

Pensé incluso en usar las gafas de sol, para que al menos ella no pudiese constatar que yo la miraba de la misma manera, pero el sol a aquella hora estaba más por la labor de desaparecer en el horizonte, que de molestarnos con su luz. Así que aguanté como pude los kilómetros que nos quedaban hasta llegar a la ciudad.

30 minutos concretamente, fueron los que transcurrieron hasta que llegamos a la dirección por la que Rachel había preguntado. Casi a las 21:39 pm de aquel 1 de marzo, en el que prácticamente dábamos por finalizado aquel desastroso viaje que emprendimos dos días antes.

—Es esa calle —fue Sam quien le indicó, tras detenernos en el andén de una calle paralela.

—Ok —respondía Rachel tomando el bolso y la guitarra, dispuesta a abandonar el coche. Y como siempre y tras observar cómo Sam no tenía intención de permitirle el paso, fui yo quien se bajó y deslicé el asiento hacia adelante, evitando así que Rachel optase por salir de la forma que menos me gustaba—. Gracias por todo Sam —se dirigió a él estrechándole la mano—. Ha sido un placer conocerte.

—Lo mismo digo —respondía Sammuel mientras yo observaba la escena ya de pie, junto al coche—. Espero que llegues a tiempo a ese trabajo y tengas toda la suerte del mundo.

—Gracias —volvía a responder regalándole un pequeño guiño de ojos justo antes de salir del coche.

Me aparté un tanto para permitirle el paso, pero en realidad lo que pretendía era tratar de escapar de una situación que estaba segura se iba a producir, y en la que no sabía cómo actuar.

—¿Lo llevas todo? —pregunté con apenas un susurro, evitando por algún extraño motivo mirarla a los ojos.

—Eh sí, tampoco es que lleve mucho equipaje —respondió sonriente—. Muchas gracias rubia… Eh, Quinn— susurró y yo supe que buscaba una última sonrisa. Yo no se la regalé, pero tampoco me mostré distante por aquella pequeña broma. No podía. Unos estúpidos nervios me tenían colapsada frente a ella.

—No, no me des las gracias —balbuceé.

—Bueno, sé que no ha sido algo agradable para ti, pero si no hubiera sido por ti, no habría llegado a tiempo a esta ciudad. Así que tengo que agradecértelo —volvía a sonreír al tiempo que me ofrecía su mano—. Gracias

Evidentemente, mi mala educación tenía un límite y en aquel momento, lejos de repetir la vergonzosa escena de la casa abandonada, sí accedí a saludarla de manera cordial, aceptado su mano y estrechándola contra la mía. Pero había algo más allá que aquel gesto de agradecimiento.

Noté algo en la palma de mi mano cuando ella deshizo el apretón, y pude comprobar que se trataba de una pequeña cuerda de cuero trenzada.

No me dio tiempo a preguntarle por aquello cuando comenzó a hablar.

—No tengo demasiado dinero para pagarte el pasaje —susurró sin apartar la mirada de mi mano—, pero me gustaría agradecerte el gesto con algo material y bueno, me gustaría que te quedases con ella.

—¿Qué? No, no es necesario —reaccioné rápidamente, tratando de no sonar demasiado dura.

—Tírala o guárdala. Haz lo que quieras con ella, pero acéptala por favor —me miró—. Acéptala como un recuerdo de la única chica que tuvo que esperar turno para usar un retrete en un descampado. ¿Ok? — añadió, y esa vez, a pesar de que intenté no hacerlo, no pude evitar sonreírle y mirarle a los ojos al mismo tiempo.

—Gracias. Espero que tengas suerte.

—Yo también lo espero —me sonrió agradecida por haberle aceptado el regalo. O al menos eso creí—. Cuídate mucho Quinn, prometo aprender más canciones de Tracy Chapman por si algún día vuelvo a verte —me guiñó el ojo segundo antes de comenzar a separarse de mí—. ¡Ah!, y sonríe más a menudo. Tienes una sonrisa encantadora.

Fueron sus últimas palabras antes de volver a despedirse de Sam, y adentrarse en la acera que la llevaba hacia su destino y perdiéndose entre la gente que caminaba por aquella avenida. Que, a pesar de la hora, no era demasiada.

Estuve varios segundos observándola, con la bolsa de viaje cruzando su espalda y la guitarra en su mano derecha, leyendo con atención la dirección escrita en el papel y buscando con la mirada el número en cuestión en alguna de aquellas fachadas.

La casualidad, o quizás el destino, hizo que nuestras miradas volvieran a encontrarse cuando regresé al coche y me dispuse a continuar con mi camino, cruzando aquella intersección entre ambas calles.

Fue en el semáforo, justo donde yo ya esperaba y un nutrido grupo de personas se disponía a cruzar, entre ellos, ella.

Tanto Sam como yo la vimos, y ella por supuesto pudo vernos a nosotros, porque mi coche era el primero ante ese paso de peatones. Pero lo curioso de aquella situación no fue el hecho de vernos mutuamente. Lo extraño, lo especial fue que su mirada, aquellos acaramelados ojos que con la oscuridad de la noche lucían completamente negros, se dirigieron hacia mí.

A través de la gente, ignorando por completo a Sam y al resto de personas que se cruzaban ante ella, su mirada, aquella última mirada fue a parar directamente hacia mí, y yo no pude evitar devolvérsela de igual manera, y sintiendo aun como aquellos extraños nervios que me habían paralizado durante la despedida, seguían presentes en mi cuerpo.

—Me gusta la pulsera —fue Sam quien me sacó de mi extraño estado hipnótico tras ver como Rachel volvía a desaparecer entre la multitud, y el semáforo ya me permitía continuar en mi camino—. Si no la quieres, me la quedo yo —espetó con la pulsera entre sus manos.

—Ni habla r—respondí rápidamente—. Me la ha regalado a mí.

—Pero si a ti no te gustan estas pulseras —me recriminó—. Nunca las has utilizado.

—Pues ahora sí la voy a utilizar.

—Que bien, todo sea por fastidiarme. ¿No es cierto? —respondió volviendo a dejar la pulsera sobre el salpicadero.

—Así es —susurré sin apartar la mirada de la misma—. Todo por fastidiarte—susurré siguiendo la broma de Sam. Pero lo cierto era que no quería desprenderme de ella.

Daba igual que ese estilo de pulsera no estuviese entre mis gustos, también daba igual que nunca las hubiera utilizado o que procediese de una desconocida que al parecer llevaba dos años viajando con una simple guitarra. Yo quería esa pulsera, y la quería porque tal y como me dijo, me iba a recordar que a veces, aunque no estuviese segura de que fuese cierto, incluso en el desierto hay que esperar turno.