Wide awake. Katy Perry

Capítulo 3

Brownie

Me miraba y yo la miraba. Me amenazaba. Yo sabía que aquella felina mirada era de amenaza, tratando de hacerme entender que aquel era su territorio. Sin embargo, no lo era, y por mucho que Santana se empeñara en que nos hiciera compañía, las dos sabíamos que nuestra relación no iba a llegar a buen fin.

—Ok, no te gusto y tú no me gustas, pero necesito el teléfono y estás justo a su lado —le dije acercándome con cuidado—. No te voy a hacer daño, solo quiero el teléfono y te dejaré tranquila. ¿De acuerdo?

Evidentemente no recibí respuesta alguna, solo una nueva mirada de desconfianza y aquel gesto de sus orejas que conseguía ponerme aún más nerviosa.

Eran las 10:00 de la mañana del 2 de marzo y Brownie, la arisca y desagradecida gatita de Santana, me hacía la vida imposible como cada día.

Nunca desaprobé la llegada de un animal en nuestro apartamento compartido, a pesar de contar con apenas 60 metros cuadrados de vivienda y estar en un tercer piso. Pero aquel animal no me tenía demasiada estima, tanto que hacía casi un año que vivía con nosotras y aún no nos habíamos acostumbrado la una a la otra. Y para ser sinceras, me daba miedo. Habían sido varias las ocasiones en las que recibí un feroz ataque de sus pequeñas zarpas, por suerte ninguna de ellas me hizo suficiente daño como para lanzarla por la escalera de incendios, pero sí había dejado huellas de sus uñas en mis brazos y, sobre todo, restos de su pelo de angora por mi cama. Quizás no me tenía mucho cariño, pero si apreciaba mi habitación, la cual no dudaba en ocupar siempre que tenía ocasión.

—Vamos pequeña —traté de sonar con dulzura. A Santana siempre le funcionaba cuando la llamaba con cariño—. Tengo que irme en unos minutos y necesito el móvil —volví a acercarme con cuidado, tratando de tranquilizar al animal que seguía con la mirada amenazadora y con las orejas en alerta.

—¿Qué haces, rubia? —la voz alta y clara de Santana se escuchó en mitad del salón, consiguiendo que el animal se asustase y se apartara del sofá saltando directamente hacia mi rostro. Por suerte lo pude esquivar, pero no el susto que provocó en mí.

—¡Joder! Estúpida gata. ¿Por qué no la encierras en tu habitación? La próxima vez la lanzo por la ventana, te aviso —recriminé tras conseguir hacerme con el teléfono y ver como el animal ya se escondía bajo la mesa.

—¿Qué pasa? ¿Qué le hacías? —Santana ignoró mi amenaza sabedora de que no iba a llevarla a cabo bajo ningún concepto y se dejó caer en el mismo sofá que antes había ocupado Brownie.

Ni siquiera sé cómo explicar el porqué de aquel nombre, solo puedo decir que Santana estaba saboreando uno de aquellos deliciosos pasteles cuando la trajo al departamento, y sin más, se le ocurrió que ese debía ser su nombre. Aunque al menos el color castaño de su pelo era perfecto para darle sentido.

—Nada, solo trataba de coger mi móvil, pero tu estúpida gata no me dejaba —expliqué—. ¿Ahora te levantas? —le pregunté al verla en pijama.

—Claro ¿Tú no?

—Pues no. De hecho, ya he desayunado, y en diez minutos me marcho.

—¿Dónde vas? —se interesó— ¿Por qué vas así vestida?

—Tengo un acto de presentación de no sé qué del partido de mi padre. No me preguntes que es porque no lo sé. Solo sé que en diez minutos vendrá a recogerme Brody y tengo que estar lista.

—Pues vaya —murmuró tumbándose—. Yo pretendía que me acompañaras.

—¿Acompañarte? ¿A dónde?

—Anoche estuve hablando de negocios con una chica.

—¿Negocios? —dije con algo de sarcasmo— Ya, por eso llegué a las 11 de la noche y no estabas aquí, me levanté sobre las 3 de la madrugada y seguías sin estar en tu habitación y bueno, por tu cara diría que has llegado con la luz del día.

—Estuve hablando de negocios —volvía repetirme—. Te lo juro. De hecho, la idea es que vayamos a ver una mesa de billar.

—No pretenderás que te lleve de viaje a Utah a ti también. ¿No? Porque te aseguro que no lo voy a hacer de nuevo.

—Tranquila, no saldremos de Phoenix.

—Explícame…—respondí tomando asiento.

—Ayer conocí a la dueña del Miradle. ¿Te suena ese nombre?

—Pues no, no tengo ni idea de qué es.

—Es un bar, al parecer lo van a cerrar y ella está vendiendo todo el mobiliario— comenzó a explicar—. Tiene varias mesas y me propuso que las viese, porque dice que están en buen estado.

—¿Y el precio? Porque después de lo que vimos Sam y yo en Utah, te aseguro que se me han quitado las ganas de comprar una.

—No nos cobrará más de 600 o 700 dólares. Es una ganga si está en buen estado.

—¿Y me explicas que le has hecho a esa chica para que te deje una mesa de billar por ese precio? —cuestioné divertida.

—Nada. De hecho, solo estuvimos hablando y luego nos fuimos a un bar de copas bastante interesante —sonrió traviesa.

—¿Te has acostado con ella?

—¡No! ¿Quién te piensas que soy?

—Santana López.

—Ok, puede que tenga mala reputación, pero te aseguro que no pasó nada entre esa chica y yo —me respondió con certeza, tanto que incluso le creí. Y eso ya era complicado.

Santana era mi mejor amiga, probablemente la hermana que nunca tuve, y también era una hija para mis padres, a pesar de la vida que llevaba y que tan poco les gustaba a ellos.

Éramos amigas desde la infancia. Fuimos juntas al colegio, al instituto y más tarde a la universidad. Habíamos vivido toda una vida juntas y compartidos miles de historias. Sus padres, tras habernos licenciado, pusieron rumbo a Nuevo México, hacía ya dos años, y fue entonces cuando ambas decidimos vivir juntas compartiendo un piso en pleno centro de la ciudad, con los problemas que ello conlleva.

Las ideas de Santana siempre me habían llevado a hacer cosas que jamás habría imaginado, como, por ejemplo, dejar a un lado mi profesión de periodista e invertir todos mis ahorros en un bar que apenas llevaba un año y medio abierto, y que no terminaba de asentarse. De hecho, en aquel momento era un auténtico desastre, donde las pérdidas casi duplicaban a los beneficios, y solo un golpe de suerte podría sacarlo adelante. Por muchas mesas de billar que Santana se empeñase en colocar.

—Ok, pues si quieres esta tarde te acompaño. Intentaré escaparme en cuanto pueda del evento.

—Perfecto. Te espero entonces. ¿Y tú qué tal? ¿Cómo te has portado con Evans? —cuestionó con algo de travesura.

—No me lo menciones —respondí abandonando el sofá. Hablar de aquello siempre sacaba lo peor de mí y ella lo sabía—. No vuelvo a hacer un viaje de diez horas nunca más. Tuvimos que parar en una casa abandonaba y el coche empezó a echar humo. Fue un horror.

—¿Una casa abandonada? ¿No es suficiente con compartir habitación de hostal? —volvía a utilizar aquel tono tan típico de ella, dejando claro que sabía que entre Sam y yo había pasado algo más.

—Para colmo a Sam se le ocurrió invitar a una chica que estaba haciendo autostop, y vino con nosotros hasta Phoenix —traté de ignorar el doble sentido que utilizaba en sus preguntas.

—¿Era sexy?

—No. Es más, creo que no se había duchado en días —respondí tratando de sonar con mi tono habitual, pero lo cierto es que recordar a Rachel dejó de ser algo desagradable desde que accedí a hablar con ella con algo más de interés.

—Vaya, entonces no es importante —volvía a hablar Santana—. ¿Y qué? ¿Te has vuelto a acostar con Evans?

—Déjame en paz —susurré tratando de evitar dar explicaciones, pero lo cierto es que no era necesario. Santana me conocía demasiado bien y, por ende, conocía mi actitud cuando había hecho algo de lo que me arrepentía.

—Al final me termina dando lástima Finn —murmuró al tiempo que Brownie se subía sobre sus piernas.

—¿Finn? —repetí molesta— ¿Por qué te va a dar pena Finn? Te recuerdo que no estamos juntos, y que puedo hacer con mi vida lo que me da la gana.

—No te mientas Quinn. Si te acuestas con Sam es porque sabes que Finn se lo pasa bien con la asiática que trabaja con él, y esa secretaria que tienen en la sede de su partido.

—Ah claro. ¿Y te da pena? —le recriminé—Yo no. ¿Verdad?

—Quinn, me da pena porque las dos sabemos que es cuestión de tiempo que volváis a estar juntos y terminarás casándote con él dentro de dos meses. Pero él se divierte con chicas que no tienen nada que ver contigo y tú lo haces con uno de sus amigos.

—Sammuel y Finn no son amigos.

—Lo son, aunque no se lleven bien —me interrumpió—. Se conocen desde el instituto y no creo que sea justo para él, por muy mal que me caiga, que le hagas eso con Sam.

—¿Y tú eras la que quería que dejase a Finn para siempre? —recriminé— Llevo un mes sin estar con él. Es más, ni siquiera nos hablamos, y puedo hacer con mi vida lo que quiera.

—¿Y por qué no cancelas la fecha de la boda?

—Santana, ya hemos hablado de eso mil veces. Y no me apetece volver a hablar de ello ahora mismo. Finn y yo no estamos juntos. Punto. Puedo hacer mi vida como me dé la gana.

—Me parece perfecto, pero haz como él y diviértete con otro tipo de gente, no con el idiota de Sam. Te va a salir mal la jugada, Quinn.

—Santana —la miré ofendida—. No voy a acostarme con cualquiera. ¿Ok? Y si piensas que lo voy a hacer, me estás ofendiendo.

—No digo que te acuestes con cualquiera, digo que salgas y te diviertas con otro tipo de gente que no sea el imbécil ese —se acomodó aún más en el sofá—. ¿Sabes lo que vamos a hacer mañana? Nos vamos a ir de copas al bar en el que estuve anoche. Te va a encantar.

—¿Y qué tiene que ver eso con Finn, Sam o conmigo? —pregunté extrañada— No creo que sea la primera vez que salimos a beber, como siempre.

—No vamos a salir a beber —me dijo segundos antes de que mi móvil comenzara a sonar y en la pantalla apareciese el nombre mi hermano, avisándome de que ya estaba esperándome—. Vamos a salir a vivir nuevas experiencias —espetó sonriente.

—Ok —respondí sin darle importancia—. Lo que tu digas, pero ahora me marcho, Brody ya está esperándome. Te veo luego. ¿De acuerdo?

No sé si respondió. Solo vi como asentía aún con aquella traviesa sonrisa cuando abandoné el apartamento, y me decidía a encontrarme con mi hermano, que tal y como ya imaginaba, estaba esperándome en su coche perfectamente vestido para la ocasión.

—¡Que elegante estás! —exclamé tras saludarlo, ya en el interior del coche.

—Siempre estoy elegante —respondía sonriente—. Tú estás perfecta.

—Siempre estoy perfecta —dije siguiendo su tono de humor. Pero lo cierto era que, si estaba perfecta, y él también, por supuesto.

Podría resultar demasiado evidente que hablase así de mi propio hermano, probablemente nadie lo iba a ver más perfecto que yo misma. Bueno sí, mis padres, pero para mí era especial y no solo por su físico, también su personalidad lo hacía especial. Brody era mi hermano pequeño, solo nos diferenciaba dos años, pero también era mi amigo, mi compañero de juegos y en ese instante, mi mayor confidente. Al igual que lo era Santana.

Era todo un hombre que había estudiado ciencias políticas y que quería seguir la estela de mi padre, todo lo opuesto a mí. Una periodista en la familia de dos políticos no era algo habitual, y en cualquier otra situación, incluso podría ser preocupante. Pero si había algo que diferenciaba a mi familia del resto de familias que se dedicaban a la política, era que lo hacían por vocación, no por interés.

Mi padre llevaba toda la vida dedicado a la política y tres años de impoluto mandato en la alcaldía de Phoenix. Sin conflictos cívicos, sin los tan típicos problemas con la justicia que solían tener los políticos, ni enfrentamientos directos con sus oponentes. Eso era algo que, a mí, personalmente, me llenaba de orgullo. Y mi hermano había heredado esa honestidad de mi padre. Era correcto, políticamente correcto, pero de verdad. No solo de cara al público. Era honesto, honorable y sensato. Y además tenía un gran sentido del humor, algo en lo que realmente si se diferenciaba de mí. Y por supuesto estaba su aspecto físico. Yo porque era su hermana y lo iba a ver guapo siempre, pero por suerte, los genes en mi familia no nos jugaron una mala pasada. Y justamente mi hermano, podría ser la envidia y el deseo de cualquier ser humano que se cruzara frente a él.

Como Santana solía decir, es asquerosamente guapo.

—¿Y Marley? ¿No viene contigo?

—No, está estudiando un caso y le es imposible venir —respondió con tranquilidad. Obviamente, mi hermano además de todo lo descrito, también tenía un gusto exquisito para enamorarse. Y Marley era la prueba de ello. No, no exagero. Alguien como él solo podría tener a su lado a una chica como Marley. Dulce, sensata, leal y preciosa, asquerosamente guapa, para Santana. Además, acababa de licenciarse como abogada y ya estaba realizando prácticas en uno de los mejores bufetes de Phoenix.

A mí personalmente me caía bastante bien. Nos hicimos buenas amigas a pesar de ser tres años menor que yo.

—¿Cómo está papa? —le pregunté buscando algo de conversación.

—Bien, un poco nervioso —me respondió emprendiendo el trayecto.

—Llevo un par de semanas sin verle. Me va a matar cuando lo haga.

—¿Le has dicho que has estado en Utah?

—No y no pienso decírselo, y tú tampoco vas a decirle nada. ¿Ok? —le amenacé.

—No, tranquila —me respondió—. Yo no pienso meterme en tus asuntos con Evans, pero te aseguro que no me hace ni pizca de gracia que te vayas con él.

—Fuimos a ver una mesa de billar —le expliqué—. Nada más, al regresar tuvimos ese percance con el coche y ya está. No pienses cosas que no son.

—¿Una mesa de billar? ¿Vas hasta Utah para ver una mesa de billar? —preguntó sorprendido.

—La encontramos por Internet y antes de comprarla, queríamos verla en vivo. Nada más, tampoco es tan extraño. Tú te has cruzado el país para ver coches

—Quinn, no es lo mismo —se excusó—. Además. ¿Para qué quieres una mesa de billar?

—Es una idea de Santana. Cree que, si la ponemos en el bar, podremos atraer más clientes.

—¿En el bar? —volvía a mostrarse incrédulo— ¿Pero no me dijiste que estabais a punto de cerrar?

—Estamos intentando darle una última oportunidad —respondí desganada. Realmente me dolía hablar de aquel fracaso, y no solo por mí, sino por Santana. Ella iba a ser la más perjudicada si decidíamos cerrar el bar.

—Quinn, no es por meterme en tus negocios, pero creo que deberíais dejar de invertir dinero ahí. Está acabado. Al menos por las cuentas que me mostraste es lo que se ve.

—Tranquilo, dudo que pueda invertir más —musité sin poder contener la decepción en mis palabras.

—¿Por? ¿Qué ocurre? —se interesó.

—Nada. Solo que básicamente no tengo nada más que invertir.

—¿Cómo que no tienes nada que invertir? —mi miró preocupado— ¿Me estás diciendo que has gastado todos tus ahorros?

—Sí, así es —respondí sin mirarle—. Ahora mismo solo tengo lo que gano en el bar, y como sabrás, no es mucho.

—¿Lo sabe papá? ¿Qué vas a hacer? ¿Le vas a pedir dinero?

—No, ni hablar —interrumpí rápidamente. Por supuesto que no iba a pedir ayuda a mis padres.

El negocio era entre Santana y yo, nadie más estaba involucrado y por supuesto, nadie más lo iba a estar. Mis padres nunca estuvieron de acuerdo en que tomase aquella decisión, pero yo decidí llevarla a cabo bajo mi responsabilidad. Para bien o para mal, y por desgracia, no había sido la mejor de las decisiones que había tomado.

Después de casi los dos años que llevábamos luchando por sacar adelante el negocio, me veía sin apenas dinero ni siquiera para pagar el alquiler del apartamento.

—Se va a enterar. Lo sabes, ¿no?

—Lo sé. De hecho, estoy segura de que ya lo sabe, pero yo no pienso decirle nada, y por supuesto no le voy a pedir dinero. Ya, ya veré como lo soluciono.

—¿Y qué dice Santana? ¿Por qué no cerráis antes de que sea peor?

—No puedo hacer eso Brody, te recuerdo que es lo único que tiene y no puedo dejarla sin nada.

—Pero estás perdiéndolo todo. Quinn, no puedes seguir así. Vais a terminar las dos arruinadas.

—Lo sé y ella lo sabe, pero quiero darle una última oportunidad —dudé—. No sé, ella está convencida de que puede sacarlo adelante y yo no puedo decirle que no. Ella no tiene la misma suerte que yo, Brody. Ella no es la hija del alcalde de Phoenix —musité apenada.

Lo cierto es que Santana tenía unas perspectivas de futuro un tanto inciertas. Yo, no.

Que mi padre fuese el alcalde de una ciudad como Phoenix me mantenía en un lugar privilegiado si las cosas me iban mal, aunque mis intenciones jamás fueron las de sacar provecho de aquello. Quería sobrevivir por mí misma, y eso es lo que estaba haciendo. Pero era consciente de la suerte que tenía al pertenecer a mi familia, y Santana no contaba con eso.

Su futuro estaba ligado al periodismo, algo que a ninguna de las dos nos gustaba a pesar de ser licenciadas y que, en aquella ciudad, apenas tenía salidas profesionales. Ella había soñado siempre con ser empresaria, con tener su propio negocio y empezó con The Corner, que así era como se llamaba nuestro bar. Pero aquel comienzo no fue el mejor, a pesar de darnos un año y medio de trabajo. Nos mantuvo en una eterna lucha y llenas de dudas para intentar sacarlo adelante sin ayuda de nadie.

—Lo sé, Quinn, pero aun así es una locura seguir perdiendo dinero. Podéis no sé, podéis hacer otra cosa o buscar trabajo por otro lado —susurró con dulzura, tratando de no ofenderme.

—Ya hablaré con ella —respondí tratando de zanjar la cuestión. Habíamos llegado al Museo de Historia de Phoenix, dónde se iba a realizar el acto al que acudíamos como invitados, y yo ya empezaba a quejarme.

Odiaba aquellos eventos. No entendía qué sentido tenía que yo tuviese que estar allí, pero para la imagen pública de mi familia, era lo ideal. Y por supuesto, ni Brody ni yo podíamos defraudar a mi padre.

—Vamos, cambia esa cara y sonríe un poco —me dijo tras bajar del coche ya en el aparcamiento, y esperarme junto a él, dispuesto a ser mi pareja aquella mañana—. Demuestra que una vez fuiste actriz y sabes actuar —bromeó ofreciéndome su brazo.

—Una actriz de Hollywood —musité con sarcasmo—. Menudo papel. No entiendo que tengo que hacer yo aquí. Además, seguro que está Finn. ¿Verdad?

—Supongo que sí, ya sabes que la empresa de Finn es afiliada a nuestro partido. Seguro que está ya en el interior.

—Puff —resoplé—. Pues ni se te ocurra apartarte de mí, porque no me apetece en absoluto hablar con él. ¿Entendido?

—No sea cría Quinn. ¿Hasta cuándo vais a estar así? Te recuerdo que mamá sigue adelante preparando la boda.

—Eso es cosa nuestra —aclaré—, y por ahora, no pienso ser yo quien ceda.

—Ok. Haz lo que quieras, pero por favor —se detuvo para mirarme—, cambia ese gesto y sonríe un poco más, déjate llevar por la música —me dijo con una enorme sonrisa.

Y era verdad, no lo de dejarme llevar sino lo de la música.

Estábamos a punto de llegar a la intercepción entre la N 5th con East Monroe y de fondo, además del ruido de los coches que cruzaban aquella avenida, se escuchaba una suave melodía proveniente de una guitarra, sin que supiésemos de dónde procedía.

—¿Dónde suena? —cuestioné lanzando una mirada hacia atrás para descubrir que, de aquella zona, no era.

—Es aquella chica —murmuró Brody señalando hacia la acera opuesta, a unos cien metros delante de nosotros.

I 'm wide awake

Not losing any sleep

Picked up every piece

And landed on my feet

I'm wide awake

Need nothing to complete myself, no

Me quedé paralizada. Desde aquella distancia no podía apreciarla bien, solo veía a una chica que cantaba con su guitarra en la acera y varios transeúntes se detenían frente a ella, observándola. Pero su voz era inconfundible para mí, más aún después de tenerla tan reciente en mi memoria.

Seguí caminando casi por inercia y por la fuerza que Brody ejercía sobre mi brazo, que aún permanecía entrelazado en el suyo, e incomprensiblemente, mis piernas comenzaron a temblar.

Era ella. Era la chica desconocida. Era Rachel, sin dudas. La misma chica que vino con Sam y conmigo desde aquella maloliente gasolinera del desierto, la misma chica que estuvo en la casa abandonada y que la noche anterior dejamos en el extremo opuesto de aquella misma avenida. Estaba allí, con su guitarra, la funda de la misma abierta de par en par en el suelo, y un sombrero beige en su cabeza.

—¿Qué haces? —la voz de Brody sonó alta y clara a mi lado, cuestionándome mi decisión de detener el paso. Habíamos recorrido gran parte de la distancia que me separaba de ella, y ya sí podía verla con absoluta nitidez.

Sentí que el corazón se me paraba al ser consciente de lo que hacía y cómo algunas de las personas que se detenían frente a ella, dejaban monedas en el interior de la funda de la guitarra. Mi estomago se hizo un nudo. No pude apartar la mirada de ella—. Canta bien —susurró mi hermano al descubrir que seguía observándola.

¿Qué hacía allí? ¿Por qué diablos estaba pidiendo limosna? Me pregunté ignorando el comentario de mi hermano. O quizás no estaba pidiendo dinero, pero sí estaba tocando y cantando para que le dejasen dinero en la funda. ¿Era aquel el trabajo al que hizo referencia cuando nos dijo a Sam y a mí que necesitaba llegar antes de medianoche? No supe reaccionar a la petición de mi hermano de continuar andando, y menos aun cuando Rachel se quedaba prácticamente a solas en la acera, y solo un chico se mantenía escuchándola cantar, metida completamente en su mundo y con una enorme sonrisa adornando su rostro.

—Vamos, Quinn. Es casi la hora— me insistió Brody, pero en ese instante algo sucedió.

¿Podría ser tal vez el destino? No tenía ni idea, pero que justo sucediese lo que sucedió cuando nosotros estábamos allí, a unos cuantos metros de ella observándola, era algo que me dio que pensar. Y me descompuso.

El chico que parecía estar interesado en terminar de escuchar la canción que Rachel le estaba regalando, no tenía las mismas intenciones que nosotros, desde luego. Casi sin darle tiempo a reaccionar, y tras lanzar una mirada tras él para comprobar que nadie parecía interponer su camino, se abalanzó sobre la funda de la guitarra, y echó a correr por la acera dejándonos petrificados. A mí y a Brody, porque Rachel, a pesar de reaccionar tarde, no dudó en correr tras él, incluso portando la guitarra entre en sus manos.

Le estaban robando.

—Mierda ¡Brody! —exclamé llamando la atención de mi hermano, que junto a mi observaba incrédulo la escena—. Haz algo vamos, ¡haz algo! —ni siquiera sé por qué actúe así, solo sé que mis avisos y los golpes que le di en el brazo hicieron efecto en mi hermano, y rápidamente, sin pensarlo, comenzó a correr hacia el chico que ya avanzaba hacia nuestra dirección, pero por la acera opuesta.

Brody cruzó la avenida interponiéndose entre los coches haciendo uso de sus grandes cualidades físicas. Sí, porque mi hermano, a pesar de ser asquerosamente guapo, también ostentaba un envidiable estado físico que él mismo se había labrado con incontables horas de gimnasio.

Y Rachel, lejos de permanecer quieta y a pesar de ver como mi hermano aparecía de la nada para ayudarle a atrapar al ladrón, continuó con su carrera hasta que algo estuvo a punto de hacerla perder el equilibrio, y se vio obligada a detenerse.

No lo dudé.

Crucé la calle y corrí hacia ella tras ver como comenzaba a maldecir a gritos en mitad de la solitaria acera.

—¡Rachel! ¡Rachel! —exclamé al llegar tras ella— ¿Estás bien?

No debía estarlo, al menos sus ojos mostraban una furia que jamás vi en nadie, ni siquiera en Santana cuando discutía con Sam. Pero sin duda, la sorpresa de verme tras ella, la superó con creces. Tardó varios segundos en reaccionar tras observarme desde la cabeza a los pies y viceversa.

—¡Quinn! —bien, pensé. Me había reconocido, se acordaba de mi nombre y eso me supuso una sensación de bienestar que ni siquiera me detuve a pensar—. ¿Qué haces aquí? —me preguntó con la voz entre cortada por la falta de oxígeno tras la carrera.

—Hola —saludé un tanto dudosa— Pasaba por aquí de casualidad y… ¿Estás bien? He visto justamente como ese estúpido te estaba robando.

—Oh dios —se lamentó lanzando una mirada de nuevo hacia la dirección que había llevado el ladrón, y juraría que estuvo a punto de lanzar la guitarra al suelo por la rabia. Pero se contuvo—. Se ha llevado la funda de mi guitarra. Hijo de…

—Tranquilízate —susurré acercándome—. No te preocupes. Llamaremos a la policía y lo denunciamos. ¿Ok?

—¿Qué vas a denunciar, Quinn? —respondió molesta— Es un maldito ladrón. Tirará la funda y se llevará el dinero, nada más.

—Bueno quizás la funda puedas recuperarla —musité tras descubrir como Brody aparecía por la acera con la misma entre sus manos, y la respiración agitada.

Rachel siguió mi mirada y sin dudarlo, corrió hacia él. Yo seguí sus pasos.

—Lo siento —escuché hablar a Brody—. La ha lanzado y no he podido alcanzarlo. Creo, creo que se ha roto.

—¡Mierda! —exclamó Rachel recuperando la rígida funda. Una de las bisagras que mantenían la tapa se había desprendido y era imposible cerrarla sin que quedase al descubierto el interior.

—Y no sé cuánto dinero tendrías ahí, pero no ha quedado nada. Solo he podido recuperar esto —volvió a hablar Brody al tiempo que le mostraba varios centavos y un billete de cinco dólares—. Lo siento.

—Gracias —respondió Rachel tomando el dinero—. Gracias por recuperarlo, aunque lo que más me importa ahora mismo es la funda —la miró apenada—. Intentaré arreglarla de alguna forma.

—Bueno, siempre puedes comprar otra —inquirió Brody.

—Claro, con cinco dólares y dos centavos —respondió con sarcasmo, pero rápidamente mostró un gesto de arrepentimiento por haberle respondido así— Lo siento. Y gracias, gracias por recuperarla. Es muy importante para mí.

—Ojalá no haya tenido que hacerlo. Deberás tener más cuidado la próxima vez, y no ser tan confiada —habló Brody.

—No es la primera vez que me roban— le dijo recuperando con algo de más calma, pero sin dejar de observar el daño en la funda— Pero sí, tienes razón. Debo ser más desconfiada. Gracias de nuevo.

—De nada. Espero que puedas arreglarla— le sonrió mi hermano justo antes de volver la mirada a mi —Quinn. ¿Nos marchamos? Ya es tarde.

—Claro— balbuceé sin apartar la mirada de Rachel. No había vuelto a mirarme desde que apareció Brody, pero en aquel instante lo hacía para despedirse de mí.

—Gracias, Quinn— susurró—. Me alegra volver a verte —añadió mirándome de nuevo desde los pies hasta la cabeza.

—¿Estás bien? —cuestioné preocupada.

—Sí, claro —respondió al tiempo que se desprendía de la guitarra y la introducía en el interior de funda, sujetándola con fuerza para que ésta no se abriera—. Será mejor que me marche. No quiero que me roben el sombrero —bromeó—. Cuídate. ¿Ok?

—Tú también —susurré tras ver como sus ojos oscilaban y se detenían en Brody, a quien regaló una enorme sonrisa y de nuevo un gracias que mi hermano recibió de buenas maneras.

Y así, sin más, y tal y como había hecho la noche anterior, comenzó a caminar en dirección opuesta a donde estábamos.

—¿Le conoces? —me preguntó Brody a media voz.

—Eh sí —respondí sin saber muy bien qué decir. Lo cierto es que mis ojos seguían clavados en ella, observando como caminaba por la acera con la guitarra entre sus brazos y el sombrero protegiendo su cabeza—. Espera un segundo —susurré sin pensarlo, lanzándome hacia ella en una leve carrera, lo máximo que podía hacer con aquellos zapatos de tacón que calzaba— ¡Rachel! —volví a llamarla mientras buscaba en el interior del bolso que llevaba entre mis manos.

—¿Qué ocurre? —cuestionó sorprendida al tiempo que se giraba al escucharme tras ella.

—Toma, se ha debido de caer en la huida— me excusé al mostrarle el primer billete que saqué de mi bolso—. Es tuyo —le dije ofreciéndoselo, y ella me miró completamente confusa. Mas aún al descubrir el billete entre mis manos.

—Imposible —masculló regresando a mi—. Quinn, eso no es mío.

—Sí, sí que lo es —respondí obligándola a que lo aceptase. Por supuesto que no era. Aquel billete estaba en mi bolso, no en el suelo, y pertenecía a lo poco que me sobró del viaje que hice el día anterior. Pero no podía permitir que Rachel se marchara de allí en aquellas circunstancias. Y tenía la leve intuición que, si se lo ofrecía simplemente porque si, llegaría incluso a ofenderse.

—No Quinn —insistió—. Te aseguro que ese dinero no es mío. De hecho, creo que no había más de 20 dólares en la funda.

—Rachel, si no es tuyo, lo volveré a dejar en el suelo y se lo llevará el primero que lo encuentre —respondí incitándola a que lo aceptará—. Vamos, tampoco es tanto.

—Son cien dólares —musitó confusa, y mi rostro también debió mostrarse igual al escuchar la cifra. Ni siquiera era consciente de cuánto dinero le estaba ofreciendo cuando saqué aquel billete, y en ese instante entendí por qué se negaba en rotundo a aceptarlo.

Tragué saliva tratando de recuperar la compostura, y con decisión, volví a ofrecerle el dinero.

—No puedo esperar más tiempo, Rachel —le dije casi a modo de súplica—. Me están esperando y este billete estaba en el suelo —insistí—. Llévatelo, por favor.

Pude ver como sus ojos bajaban hacia mi mano y un pequeño suspiro se hacía dueño de su pecho, haciéndola dudar de si aceptar o no el dinero.

Lo hizo, y mi sonrisa de satisfacción la pudo ver hasta Brody, que seguía guardándome las espaldas y completamente sorprendido por mi ataque de solidaridad. Algo inusual en mí.

—Gracias —susurró tras tomar el billete—. Ya había olvidado el rostro de Benjamín Franklin —musitó con seriedad.

—Ah. ¿Pero ese es Benjamín? —cuestioné con humor, tratando de suavizar la tensión y hacerle entender que era lo adecuado y que debía estar tranquila.

—Eso parece —murmuró devolviéndome la mirada—. Veo que en Phoenix hay ángeles guardianes, a pares —añadió desviando la mirada hacia Brody.

—Bueno por si acaso, procura vigilar tus espaldas —le aconsejé—. Cuídate. ¿Ok?

—Lo haré —respondió sonriente—. Gracias Quinn— volvió a agradecerme segundos antes de girarse, y reemprender el camino por la acera, recuperando su trayectoria y alejándose de mí una vez más. Ya eran dos veces que lo hacía desde que apareció en mi vida. Y algo me decía que no iba a ser la última.

—¿Cien dólares? —fue Brody quien me sacó de mi repentina hipnosis y me hizo reaccionar tras llegar junto a mí.

—Se ve que lo está pasando mal —me excusé tratando de mostrarme serena.

—¿La conoces? ¿Por qué sabía tu nombre?

—Es una larga historia —le dije evitando darle demasiada importancia—¿Vamos? Papá nos va a matar si llegamos tarde.

—Claro —volvió a ofrecerme el brazo para que lo utilizara como sustento—, pero me gustaría conocer esa historia. Me lo merezco por haber recuperado la funda. ¿No?

—Bueno eso es cierto, además estoy segura de que le has sorprendido —bromeé— Apuesto a que no esperaba que un tipo enchaquetado corriese detrás de un idiota para recuperar una funda de guitarra.

—Supermán también viste con chaqueta — me respondió divertido— ¿Me vas a contar de qué conoces a esa chica o no?

—Ok. Pero mejor dentro —miré hacia el museo que ya se presentaba ante nosotros—. Así no tendrás más remedio que quedarte a mi lado, cuando los compañeros de papá empiecen a hablarnos de política.

—Me parece una idea genial— respondió él con una sonrisa—. Vamos a ser un buen ejemplo —me guiñó el ojo.

Fue el gesto que necesitaba para recordar que, por mi derecha, aún seguía la sombra de Rachel recorriendo la larga avenida con su guitarra bajo el brazo, y aquellos gráciles pasos que daba al caminar.

No pude evitar lanzarle una última mirada antes de colarme en el museo, y curiosamente, ella parecía que lo estaba esperando. Porque en ese instante, hacía exactamente lo mismo que yo y se giraba con disimulo para mirarme.

Solo fueron unos segundos, pero al igual que la noche anterior, nuestros ojos volvieron a encontrarse a pesar de la distancia, a pesar de lo que nos rodeaba. Y de la misma forma que la noche anterior, los nervios regresaron a mí. Los nervios y una preocupación que ya no se iba a apartar de mí.

Me sentí tan vulnerable al verla caminar en solitario tras lo ocurrido, que abracé con más fuerza el brazo de mi hermano, por pura inercia, tratando de sentir esa seguridad que no conseguía encontrar en lo que me rodeaba. Solo un pensamiento se apoderó de mí tras ver como volvía a darme la espalda, y seguía su trayecto por la acera.

En Phoenix había demonios, pero también existían los ángeles.