Capítulo 4

Curiosidad

Si Quinn Fabray decía que iba a hacer algo, lo hacía. Y Quinn Fabray en aquel instante era yo. Yo y mi enorme boca para apostar cosas que jamás haría en circunstancias normales, excepto si estaba acompañada de Santana, y trataba de demostrarle que yo tenía las riendas de mi vida y no me dejaba guiar por los estúpidos celos que me invadían.

Habían pasado 37 horas desde que Santana me invitaba a salir a pasar una noche en un bar que había descubierto dos días antes. Y allí estaba yo, justo en la puerta del Ladies. Evidentemente el nombre ya mostraba parte del secreto que Santana había guardado maliciosamente durante aquellas horas en las que yo me apostaba mi orgullo; era un bar solo para chicas.

Pero eso no era algo que me hiciera sentir incomoda, lo que realmente me empezaba a preocupar era la maldita apuesta que, como ya he mencionado, había llevado a cabo con mi amiga.

El día anterior, tras aquella extraña circunstancia que me hizo volver a ver a la desconocida, como seguía llamando a Rachel, tuve que aguantar durante más de dos horas las impertinentes miradas de Finn. Que tal y como sospechábamos Brody y yo, estaba en el evento al que acudimos. Pero no estaba solo. Con él estaba Tina, la chica asiática que trabaja con él y que tanto Santana como Sam me aseguraban que era el paño de lágrimas de Finn cada vez que discutíamos. Y por otro lado estaba su secretaria, una chica llamada Sugar, y de la que yo estaba completamente segura de sus intenciones por estar con mi chico.

Una estúpida que, sin duda, dejaría de ser su secretaria el día en el que yo terminase casándome con él.

Y por culpa de aquel mal rato que tuve que pasar en el evento, mi estado anímico se vio terriblemente alterado, convirtiéndome de nuevo en la chica desagradable y borde que solía ser a diario.

La broma empezó por parte de Santana, que, utilizando mi malestar por el encuentro con Finn, comenzó a aturdirme con indirectas que poco a poco comenzaron a surtir efecto en mí. Y una de ellas fue la que en aquel instante estaba a punto de llevar a cabo. Aunque no tuviese ni la más mínima idea de si iba a ser capaz de llevarla a cabo.

Santana me había propuesto salir y dejarme llevar, conquistar a alguien que no fuese Sam, y pagar con la misma moneda a Finn. Por supuesto, tras el malestar por el hecho y mi mal humor, terminé aceptando aquello como una apuesta que quedaba reducida a una simple frase; Siempre serás una fracasada en el amor porque no te arriesgas a disfrutar.

Me enervó tanto esa sentencia por parte de Santana, que terminé apostándole que yo era capaz de arriesgarme a lo que quisiera y que, si esa noche tenía que conquistar a alguien, lo haría sin más. Pero no contaba con la astucia de mi amiga, que traviesa, me llevó hasta aquel bar para dejarme claro que yo no iba a ser capaz de hacer algo así, y menos aún con una chica.

Por supuesto que no lo iba a hacer. No me gustaban las chicas, no sentía atracción por ellas y dudaba de que pudiese sentirlo, pero mi orgullo podía más en aquel instante. Y no me eché atrás.

Cuando quise darme cuenta estaba en mitad de un bar repleto de chicas que me lanzaban disimuladas miradas, y otras con algo más de descaro.

—Ok, rubia— me habló Santana—. Si vas a estar aquí, tienes que hacer desaparecer esa cara de rancia que traes, y cambiarla por una sonrisa. ¿Ok?

—¿Me quejo yo de tu cara? —respondí malhumorada—. No. ¿Verdad? Pues entonces, deja que yo esté como quiera estar.

—Ok, ok, pero te aseguro que así no vas a conseguir nada, y yo habré ganado la apuesta que, por cierto, aún tenemos que determinar.

—Nueva York —susurré—. Si gano yo, nos vamos de despedida de soltera a Nueva York, si ganas tú…

—Florida —respondió sin pensarlo.

—Ok. Será mejor que vayas ahorrando, porque vas a tener que pagarme un viaje a la gran manzana —sonreí con orgullo.

—Lo que tú digas —murmuró acercándose a la barra—, pero quiero pruebas. Quiero ver con mis propios ojos como eres capaz de saciar esa curiosidad que tienes desde que naciste —se burló.

—Yo no tengo curiosidad por nada —aclaré—. Si estoy aquí es para demostrarte que puedo hacer lo que me dé la gana. ¿Entendido?

—Vamos, Quinn —comenzó a reír—. Cada vez que nos hemos emborrachado has intentado besarme y saber que se siente al estar con una chica. Menos mal que yo he sido sensata.

—No mientas, eso nunca ha sucedido —recriminé.

—Sí, sí que ha sucedido, Quinn. Y lo sabes. Además, tú misma me dijiste que no querías casarte sin haber estado con una chica.

—No recuerdo haber dicho eso —mentí. Por supuesto que lo recordaba. Fue en la universidad, cuando la descubrí con una chica en mitad de una fiesta de la hermandad a la que pertenecíamos.

No sé hasta qué punto, pero suponía que todo el mundo sentía esa curiosidad por conocer el amor, el sexo o como quieran llamarlo con alguien de su propio género, y yo no iba a ser una excepción. Sin embargo, mi cobardía era mayor a la curiosidad, y durante aquellos años me escudé en el hecho de tener novio. A pesar de nuestras continuas separaciones y mis encuentros con Sam en el transcurso de ellas.

—Pues lo dijiste —repitió—. Y ésta es la noche para saldar esa cuenta pendiente. Aunque conociéndote, es evidente que no vas a tener el valor —añadió.

—Haré lo que quiera hacer y me apetezca. ¿De acuerdo?

—Ok. Si tú lo dices. Yo solo quiero pruebas de que eso sucede si quieres ganar la apuesta. Si no hay pruebas, en mayo nos vamos a celebrar tu despedida de soltera en Florida.

—Lo que tu digas —respondí desganada.

Una mirada a mi alrededor me bastó para saber que no iba a ser capaz de llevar a cabo aquello y que, o encontraba la excusa perfecta o iba a terminar en una multitudinaria fiesta universitaria en Miami, en vez de en la 5th avenida de compras.

—¿Has encontrado ya tu objetivo? —cuestionó divertida.

—Santana. ¿Por qué no te dedicas a hacer tu vida y me dejas que yo haga la mía?

—Ok, ok te dejo tranquila. ¿Cerveza?

—Sí.

Dos minutos. Ese fue el tiempo exacto que tardó Santana en hacerse con dos cervezas y entregarme una de aquellas botellas para luego dejarme a solas en la barra, observando como a pesar de mis altas expectativas, ninguna de las chicas que merodeaban cerca de nosotras se atrevían a acercarse. Y digo atrevían, porque me negaba rotundamente a aceptar que ninguna podía sentir el más mínimo interés por mí.

No era una Miss Universo. Bien de peso, estatura media y con tendencia a que mis caderas y piernas aumentasen de tamaño si no lo evitaba con ejercicio, pero físicamente no tenía nada que envidiar a aquellas estrellas que acaparaban multitud de portadas de revista. Estaba orgullosa de mi rostro, de mis ojos claros y mi nariz perfecta, sin olvidarme de mi pelo rubio. Aunque no fuese natural. Era guapa, siempre lo había sido y nunca había tenido problemas en conquistar al chico que me propusiera, solo que no lo hice porque desde que cumplí los 16 años, mi vida estuvo unida a Finn Hudson.

Él fue el único que me interesó. Él y su fama en el instituto. Éramos la pareja perfecta y lo seguíamos siendo a pesar de no estar juntos. Era un triunfador que había conseguido todo lo que se proponía, y estaba completamente enamorado de mí, por mucho que Santana tratase de hacerme ver lo contrario.

Realmente, él me hacía feliz, a su manera, pero feliz, al fin y al cabo. Y eso era lo que yo quería para mi vida.

—Si sigues con esa cara, no te vas a comer una…

—Déjame en paz —respondí molesta—. ¿Sabes qué? Me voy sola, así que búscate un entretenimiento mejor que fastidiarme— me quejé al tiempo que me alejaba de ella, dispuesta a buscar esa excusa que no encontraba por ningún lado.

Lo único que veía en mi pequeño paseo por el interior de aquel abarrotado bar, eran chicas bailando, hablando y mirándome de soslayo. Y, a decir verdad, yo comencé a fijarme en ellas, buscando quizás alguna mínima opción para llevar a cabo aquello que no quería. Sin embargo, no había ninguna que consiguiese detenerme y lanzarme.

Opté por ocupar un trozo de una pequeña barra que se disponía por toda la pared lateral del local, con tan mala fortuna de que una de aquellas chicas a las que había descartado, terminó chocando contra mi brazo y me hizo lanzar parte de la cerveza al suelo.

—Joder…

—Lo siento, lo siento mucho— se excusó la chica—. Lo siento, no te he visto.

—Pues mira por dónde vas —fui borde tras observarla por primera vez.

—Lo siento, de veras —volvía a disculparse—. ¿Puedo invitarte a otra?

—No, ya es suficiente —volví a mostrarme seria, aunque algo en mi comenzó a cambiar cuando vi bien a aquella chica. Era bastante atractiva, y por su aspecto, juraría que no tenía nada que ver con algunas de las chicas con las que me había cruzado allí.

Rubia, alta, un poco más que yo, ojos claro, al menos por lo que pude observar con las luces de aquel bar, y un impresionante cuerpo.

—Déjame que te invite a otra —espetó dibujando una sonrisa—Ahora vuelvo. ¿Ok?

No contesté. Supongo que mi rostro ya decía suficiente tras quedarme mirándola sin pestañear, escaneándola completamente para mi extraño proyecto de aquella noche.

Sin duda, si alguna vez tenía que probar con una chica, no me iba a importar que fuese como ella.

—Ni hablar —la voz de Santana interrumpió mis pensamientos tras observar como la chica se acercaba a la barra.

—¿Qué?

—Esa rubia es mía —fue directa y la miré confusa.

—¿Cómo que tuya?

—Vamos a ver Quinn, si te he traído es porque el lunes estuve aquí y la vi a ella —señaló a la chica en cuestión—. Fue un flechazo, y no pienso irme sin saber quién es, qué hace, y cómo se llama. ¡Ah! y por supuesto sin que caiga en mi red.

—Pues a mí me gusta —respondí rápidamente tras ser consciente que aquel pequeño conflicto podría sacarme de aquel lío. Santana jamás dejaría que yo intentase algo con alguna de las chicas que le gustaban.

—No —fue rotunda—. Ni hablar. ¿Me oyes? Te lo digo en serio, Quinn. Esa mujer me tiene loca desde hace dos días, y no pienso irme de aquí sin conocerla un poco más.

—Ok, pues entonces no hay apuesta —dije tratando de contener la sonrisa. Sin quererlo, había encontrado la mejor de las excusas.

—¿Cómo qué no? ¿Por qué?

—Porque de todas las chicas que hay aquí, esa es la única que podría convencerme o que está a mi altura —dije con orgullo—. Y si tú no quieres, pues no hago nada y no hay apuesta.

—No, ni hablar. Si no haces la apuesta, gano yo —sentenció—. Me dan igual tus excusas absurdas y tu gusto por… ¿Quién es esa? —Santana dejó de recriminar mi reacción para cambiar radicalmente de conversación cuando fijó su mirada de nuevo en aquella chica rubia, que en principio hablaba con una de las camareras pero que, en ese instante, abrazaba a alguien.

No supe reaccionar rápido, porque mi cerebro trataba de obligar a mis ojos a que se cerciorasen de que aquella chica que estaba entre los brazos de la rubia, era quien yo creía que era.

—¿De dónde ha salido esa? —espetó de nuevo con desagrado.

Era ella. Mis ojos lo confirmaron y en mi cerebro comenzó a resonar su nombre. Era Rachel, la desconocida. Estaba saludando de manera efusiva a la chica rubia, y aunque no podía verle la cara, su cuerpo, su pelo y ese aspecto descuidado me demostraba que era ella sin dudas.

—¿Sabes qué? —balbucee sin apartar la mirada de ambas— Voy a ser la mejor amiga que has tenido nunca, y además voy a ganar la apuesta.

—¿Qué? Quinn, eso ahora mismo no me importa una mierda la apuesta. Lo que me importa saber quién es esa y por qué está abrazando así a mi diosa.

—Y yo te digo que voy a ser buena amiga, y voy flirtear con esa chica para que tú puedas quedarte con tu diosa— respondí con media sonrisa. Si pensaba que excusarme con que me gustaba la misma chica que a ella era la mejor opción para escapar de aquella situación, era porque no había visto a Rachel. Ella sí podía ser mi salvación, a pesar de que ni siquiera sabía qué diablos hacía allí.

—¿Cómo? —me miró incrédula y yo por fin clavé mis ojos en los suyos.

—Voy a conquistar a esa chica —respondí con algo de disimulo.

Santana volvía a mirar a Rachel, que ya permanecía a solas en la barra mientras que la chica rubia se perdía por el interior de la misma, y de nuevo me miraba a mí, con el gesto confuso dibujado en su rostro.

—¿Qué? ¿Me estás diciendo que vas a intentar ganar la apuesta con… con esa? —balbuceó. No hablé. Me limité a sonreír y a asentir disimuladamente—¿A esa? —volvió a mirarla para nuevamente increparme— ¿Estás loca? Quinn. Esa chica no tiene muy buen aspecto, que digamos.

—Yo la veo normal.

—¿Normal? Mira como viste. Estoy segura de que esa ropa se la ha encontrado en la basura y no —volvió a mirarme—. No, ni hablar no voy a dejar que te acerques a esa chica.

—Oye, eres un poco clasista, ¿no?

—¿Clasista yo? ¿Te tengo que recordar quien es la hija del alcalde aquí?

—Seré la hija del alcalde, pero eres tú la que está juzgando a una chica por su vestimenta.

—No, no la juzgo. Lo digo precisamente porque dudo que tú tengas interés en acercarte a alguien que viste así.

—Pues estás equivocada —interrumpí— La veo vestida de una forma casual, cómoda —traté de convencerla y convencerme a mí misma. A mí tampoco me agradaba en absoluto la vestimenta de Rachel, pero debía disimular. En realidad, no es que no me agradase, es que no estaba acostumbrada a verlo en mi entorno. Y justamente ese era el clasismo al que había hecho referencia Santana. El nivel social que mantenía mi familia, era justamente el opuesto al que pertenecía ella, Santana. Y sin embargo allí estaba, siendo la hermana que nunca tuve. De haber sido precisamente como acababa de decir, ella y yo jamás habíamos sido amigas. Pero si tenía razón en lo que nunca me fijaría en alguien como Rachel, precisamente por su aspecto externo.

Había pasado mi vida rodeada de ropa de marca, de un exquisito gusto para dar una imagen impoluta de lo que se supone que debía ser, y las apariencias como las de Rachel, precisamente, no entraban dentro de ese ámbito que me rodeaba.

—Quinn, esos pantalones son viejos, míralos están rotos por zonas que no deberían y esa blusa es… Por amor de Dios, es una broma. ¿Verdad?

—No, no es una broma —respondí tratando de ignorar los despectivos comentarios— Es ella o es la rubia. Así que tú eliges

—¿De verdad estás dispuesta a intentar algo con esa chica? —me cuestionó sorprendida— ¿Tú? La reina de las apariencias.

—¿Rubia o morena? —solté con seriedad.

—Ok, haz lo que quieras, pero si terminas traumatizada, a mí no me recrimines nada. ¿Ok?

—¿Traumatizarme? —le pregunté confusa.

—Sí —respondió alejándose de mí—. Eres una obsesiva de la higiene —susurró—. Así que tú sabrás donde te metes.

No supe a qué hizo referencia hasta pasados varios segundos en los que me quedé a solas en aquella pequeña barra, sin apartar la mirada de Rachel, que ajena a todo seguía esperando la llegada de la rubia y que al parecer estaba ligada a aquel bar, al menos esa era la impresión que daba tras verla tras la barra.

Lo cierto es que tenía que hacer lo que había pasado por mi mente en apenas un par de segundos, y sin pensarlo, me tomé el último sorbo de cerveza que quedaba en mi botella y fui directa hacia ella sin dudarlo. O eso quería creer.

Fue extraño, pero cuanto más me acercaba, más me temblaban las piernas. Y la inseguridad se apoderaba de mí tanto, que la estúpida y despectiva frase de Santana acerca de la higiene comenzó a retumbar en mí cabeza, y me obligaba a detener la mirada en la ropa que Rachel utilizaba en aquel instante.

Definitivamente no era el atuendo adecuado para estar en un local como aquel, a pesar de que allí había chicas de todo tipo de estilos. La imagen de Rachel dejaba un tanto que desear, aunque yo ya no la veía así. La había conocido, y por alguna extraña razón, sabía que aquella chica no era descuidada. Solo un poco desatendida con su aspecto físico.

Me bastó tenerla a escasos centímetros de mí, para destruir toda aquella inseguridad que Santana me había creado. De hecho, desee que apareciera e hiciera lo mismo que yo, para que comprobase como el aspecto no estaba reñido con la higiene.

Su olor. Su perfume me hizo detenerme antes de que se diera cuenta de que estaba allí, observándola como una estúpida a escasos centímetros de ella. Y no solo su perfume, también lo hizo el brillo de su pelo, que, a pesar de caer ondulado por su espalda, nada tenía que ver con los girones enredados que mostraba el día que la conocí.

Estaba tratando de asimilar a qué me recordaba su perfume, cuando me descubrió. No hubo palabras, probablemente porque ella también se quedó paralizada al verme.

Me miró durante varios segundos y observé como su ceño se fruncía con una mezcla de sorpresa y confusión al encontrarme allí. Y yo, idiota de mí, seguía muda, tragando saliva y tratando de despertar mis neuronas para poder hablar.

—Quinn —susurró con una leve sonrisa que me hizo sonreír a mí también.

—Hola —balbuceé, y por fin pude reaccionar. Sentía la mirada de Santana a través de toda aquella gente y ni siquiera podía verla desde allí. Tenía que actuar, tenía que disimular tras recordar lo que estaba haciendo, y sin pensarlo, lancé mi mano con la intención de saludarla de una forma más adecuada.

Rachel me miró incrédula, aún más tras ver como esperaba impaciente a que apretase mi mano— Sé que es raro —hablé tratando de evitar que mis labios pudiesen leerse con claridad—, pero necesito que me saludes como si no nos conociéramos.

Volvía aquella incomprensible mirada de la morena, que se fijaba en mis manos y luego volvía a desviarse hacia mi rostro —. Por favor—susurré con una súplica.

—Ok, encantada —sujetó con entusiasmo mi mano— Me llamo Rachel, Rachel Berry —respondió con serenidad, como si aquello fuese algo normal en su día a día.

—Yo soy Quinn —le dije sonriente—, y me he apostado con mi amiga que era capaz de venir hasta aquí y presentarme a una desconocida —comencé a hablar—. Ella cree que no tendría el valor —sonreí—, pero lo que no sabe es que ya conozco a la desconocida —le guiñé el ojo—. Y que cuento con su ayuda para ganar la apuesta. ¿Verdad?

—Eh creo que no entiendo nada —murmuró sin soltar mi mano, y con la sonrisa aún en su rostro—. Pero bueno, me alegro de volver a verte, así que haré como si realmente no te conociera.

—Yo también —respondí tomando una actitud un tanto más relajada y soltando su mano—. Te juro que no te estoy persiguiendo —me excusé.

—Yo tampoco, lo prometo —espetó aún sorprendida—. De hecho, jamás imaginé verte en un lugar como éste.

—Yo tampoco me imaginaba en un lugar como éste —bromee—, pero mi boca me pierde y…

—Y apuestas cosas —interrumpió.

—Así es.

—Pues espero que esta breve conversación sea suficiente, querida rubia —volvió a hablar—. Porque me tengo que ir enseguida y me temo que no voy a poder continuarla. De hecho —miró hacia la barra donde la chica rubia ya se acercaba— Ya me van a dar lo que he venido a recoger.

—Vaya —musité—. ¿Y por qué tienes tanta prisa? Déjame que te invite a algo. Y no, no solo por la apuesta.

—No, no puedo Quinn, en diez minutos pasa el autobús que me lleva al hostal y tengo que regresar sin perder tiempo.

—Si tu prisa es tomar el autobús, no te preocupes, yo te llevo luego —respondí sin pensarlo.

—¿Qué?

—Tengo el coche en la puerta. Yo te llevo donde tengas que ir —volví a repetir—. Pero quédate un poco más. Si te quedas, además de tomarte una cerveza conmigo, también me vas a librar de tener a mi mejor amiga jodiendome la vida durante dos meses.

—Ok. Te aseguro que ahora mismo la tentación es alta— bromeó— No solo porque ganes esa apuesta, sino por tu invitación a la cerveza. Pero sintiéndolo mucho, mi problema no es perder el autobús o que me lleves más tarde —se lamentó— Lo siento Quinn, pero es que tengo que llegar al hostal antes de medianoche.

—¿Cómo la cenicienta? —bromeé de nuevo, y ni siquiera sé cómo conseguí ser tan ocurrente. No era algo típico en mí.

—¿A la cenicienta también le dejan las cosas en la calle si no paga la habitación antes de media noche? —respondió— Porque es eso precisamente lo que me va a suceder si no estoy en el hostal, antes de las 12. Y puede que tenga pocas cosas, ya sabes que mi equipaje es ligero, pero no quisiera quedarme sin absolutamente nada. Lo siento. Ojalá puedas alargar esa apuesta, y podamos tomarnos esa cerveza en otro momento…

—Ok —la interrumpí—. Hagamos algo. Déjame que yo te lleve al hostal, ahora mismo.

—¿Qué?

—Lo que oyes— le dije dejando la botella de cerveza sobre la barra— Si me dejas que te lleve, las dos salimos ganando.

—¿Y esa apuesta?

—La ganaré si salgo contigo de este local—insistí. No podía permitir que la mejor excusa que tenía para ganar la apuesta me dejase sin opción alguna y salir del local con ella, era una buena razón para hacer creer a Santana que estaba llevando a cabo el plan.

—Eh, pero…

—Por favor —supliqué—. Además, me debes un par de favores. Primero te traje hasta Phoenix y luego mi hermano recuperó la funda de tu guitarra —le recordé—Saldaremos la cuenta si me dejas que te lleve.

Rachel volvía a mirarme completamente incrédula, sin entender muy bien lo que estaba sucediendo. O al menos eso era lo que demostraba su confuso rostro.

—Está bien si insistes —susurró—. Pero déjame que hable un momento con Brittany. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondí sin saber quién era Brittany, aunque por lo que pude intuir y más tarde confirmé, era la chica rubia. La misma que me había lanzado al suelo parte de mi cerveza y a la que Santana conocía como, su diosa y que en ese instante nos observaba curiosa tras la barra—. Voy a despedirme de mi amiga. Ahora vuelvo, no te vayas. ¿Eh? —sonreí y ella hizo lo mismo, tranquilizándome, regalándome la satisfacción de saber que me iba a salir con la mía e iba a ganar aquella estúpida apuesta sin ni siquiera llevarla a cabo.

Por supuesto, mi sonrisa contrarrestaba con la expresión de Santana, que, en uno de los laterales de la barra, era espectadora de lujo de mi nuevo rol de conquistadora de chicas.

—Para tu información —hablé al llegar junto a ella—. Huele de maravilla, su pelo está resplandeciente, y sus dientes son perfectos y blancos— añadí—. No voy a tener ningún inconveniente respecto a su higiene— me burlé.

—¿Qué diablos has bebido, Quinn? —cuestionó— O, mejor dicho. ¿Qué has fumado?

—Nada, solo te digo que vayas ahorrando, porque en mayo nos vamos a Nueva York —sonreí—. Y tú pagas.

—Hey, tranquila. Que hayas hablado con una chica no te hace ganadora de la apuesta. ¿Ok? Tienes que…

—Está despidiéndose de su amiga, que por cierto se llama Brittany —interrumpí con el ego saliendo a borbotones entre mis palabras—, y ahora iré a por ella y nos marcharemos de aquí.

—¿¡Qué!? — Esgrimió, y lo dijo tan fuerte que varias chicas que estaban detrás de nosotras se giraron al escucharla.

—Se supone que tengo que intimar con ella. ¿No? —dije recuperando el tono de voz adecuado— Pues eso voy a hacer.

—¿Te vas con ella? —cuestionó sorprendida, aunque yo vi algo de preocupación en su mirada— ¿Estás loca? Es una desconocida.

—¿Y? Todas aquí son desconocidas para mí, Santana. Debiste pensarlo antes de traerme aquí a traición. Y, además, obviamente me tendré que marchar. ¿Acaso pretendías que lo hiciera aquí? Te recuerdo que mi padre es el alcalde y que puede que no sepan quien soy, pero no debería jugar con algo así. ¿Entiendes? No me gustaría provocar ningún escándalo público —me excusé, y de tal forma que incluso yo misma me sorprendía por mi rapidez para armar toda aquella trama—. Si lo voy a hacer, tiene que ser íntimo.

—Pero no la conoces.

—Ni ella a mí —aclaré— Es de Ohio, al menos eso me ha dicho, así que mucho mejor. Saldremos, nos conoceremos, ganaré la apuesta y tú pagarás mi viaje —sonreí divertida.

—Quinn —se preocupó—, hablo en serio. ¿De verdad quieres irte con esa chica? A mí me da miedo.

—A mí no —respondí—. Y sí, quiero irme con ella. Creo que es mi tipo.

Que me estaba divirtiendo con todo aquel número estaba claro, pero también era consciente de cómo Santana empezaba a preocuparse de veras.

Habían pasado diez años desde que empecé mi relación con Finn, y cinco años cuando la descubrí con aquella chica en la residencia donde nuestra hermandad tenía su sede, y yo dejé escapar aquel estúpido comentario acerca de no morirme sin saciar mi curiosidad por estar con una chica. Por supuesto no lo iba a llevar a cabo, pero tenía en mis manos la mejor oportunidad para acabar por una vez con cinco años de tortura por parte de Santana, recordándome una y otra vez que había dicho aquello, y que era una cobarde por no llevarlo a cabo.

Me sentía mal por preocuparla, pero no iba a desechar la única oportunidad que había tenido en todo ese tiempo de acabar con ello de una vez por todas.

—Ok. Tú sabrás— habló al fin con algo de molestia—. Pero te lo vuelvo a repetir, si te traumatizas o esa chica resulta ser una asesina en serie, no vengas a recriminarme nada. ¿Ok?

—Tranquila, Santana— respondí sonriente, observando como Rachel ya se despedía de su amiga—. Prometo no volver del otro mundo a martirizarte —bromeé—. ¿Quieres que venga a recogerte a alguna hora?

—Ah ¿Pero te la llevas en el coche?

—Por supuesto, prefiero ser yo quien manejé la situación —la miré con tranquilidad—. ¿A qué hora te recojo?

—No, no es necesario —respondió—. Ya vuelvo en taxi, pero tú procura llegar a casa sana y salva.

—Lo haré —le guiñé el ojo.

—Llámame si necesitas algo. ¿Ok?

—Tranquila mamá —alargué mi diversión—. Ya tuve mis clases de educación sexual.

—Idiota —murmuró segundos antes de alejarme de ella, dispuesta a llevar a cabo mi magnifico plan maestro. Si me hubieran dicho que aquella chica iba a lograr que yo saldara mi deuda con Santana, no me lo habría creído ni borracha. Definitivamente, el destino empezaba a sorprenderme. Y lo hacía para bien, sin duda.

Rachel se presentaba ante mí tras haberse despedido de Brittany, que seguía en la barra, observándome.

—¿Nos vamos? —cuestioné sonriente.

—Claro. Eh mira —se giró de nuevo hacia la rubia—. Ella, ella es Brittany. Es una vieja amiga y las relaciones públicas de este bar —me dijo, y yo acepté a saludarla.

—Hola —me saludó la chica—. Me temo que ya nos hemos conocido antes.

—¿Ah sí? —interrumpió Rachel justo cuando yo me decidía a darle la mano por encima de la barra.

—Sí, así es —aclaró Brittany—. Le tengo que invitar a una cerveza, porque antes se la he dejado caer —explicó sonriente—. Puedes llamarme Britt.

—Quinn —contesté educadamente—, y no, no tienes que invitarme a mí, mejor invita a la chica de ojos felinos que está al final de la barra —susurré sonriente

—¿La del vestido rojo que no para de perseguirme por el local?

—Así es. Estoy segura de que ella te lo va a agradecer mucho más.

—Ok. Pues ahora le invito a una cerveza —me guiñó el ojo.

—Eh, disculpa Quinn—fue Rachel quien interrumpió nuestra breve conversación—, pero me tengo que marchar ya, o salgo y busco el autobús.

—No, no. Vamos —respondí siendo consciente de mi promesa de llevarla a tiempo a su residencia— Encantada de conocerte —volví a mirar a Brittany, que ya se desprendía de mi mano y lanzaba un guiño cómplice a Rachel.

—Hablamos, Berry.

—Te llamo mañana —respondió Rachel segundos antes de comenzar a alejarse de la barra.

Yo simplemente me limité a seguir sus pasos con decisión, aunque sin saber por qué, comencé a sentir como los nervios, aquellos mismos nervios que me habían acusado en otras ocasiones con aquella misma chica, volvían a hacer acto de presencia en mi estómago y mis piernas, convirtiendo mis zancadas en dificultosos pasos entre las chicas que se interponían en nuestro trayecto.

—Oye —se detuvo antes de llegar a la salida—. ¿Dónde está tu amiga?

—Pues… —me giré hacia la barra para encontrar el lugar exacto donde estaba Santana—, es aquella la del vestido rojo. ¿La ves?

Rachel tuvo que inclinarse un tanto sobre sus puntas para intentar ver a Santana al fondo del bar.

—Mmm veo a una chica de rojo, pero no le veo la cara

—Bueno —interrumpí al ver cómo era cierto. Santana permanecía de espaldas a nosotras, hablando ya con Brittany—. Otro día te la presento.

—Ok. Me gustaría conocerla y darle las gracias por lograr que me vuelvas a salvar el culo —respondió al tiempo que volvía a girarse y a emprender el trayecto hasta la salida. Yo me limité a sonreír tras su ocurrencia, y la perseguí hasta que la calle nos recibía envueltas en la oscuridad de la noche, solo iluminada por las farolas que adornaban aquella zona. —¿Y bien? —cuestionó deteniéndose en la acera.

No respondí. Simplemente me limité a señalar hacia el fondo de la calle donde aparecía aparcado mi preciado Chevrolet azul, y Rachel se giró para descubrirlo.

—Empiezo a sospechar que es ese coche el que me persigue —bromeó.

—Puede —respondí invitándola a caminar junto a mí—. Él también puede ser un ángel.

—Lo imaginé —susurró aceptando mi invitación—. Lo supe en cuánto lo vi en la gasolinera. Me dije, ese coche será tu salvación, y mira por donde… Lo es.