EL DRAGÓN DE ALAS NEGRAS

Tenía una amante, no había manera de que no fuera así.

Los días habían pasado luego de su primer encuentro, ella había vuelto sin falta cada noche a reclamar sus brazos como propios. Su curiosidad, más allá de ser saciada, se había revolucionado una y otra vez. Eries era una droga potente que esperaba probar con ansias apenas el sol se ocultaba en lo profundo del mar.

Algunas noches los encuentros se repetían dos o tres veces. Se había encaprichado con probar diferentes posiciones apenas darse cuenta de que las visitas serían diarias y constantes, quería aprovecharlas para conocer aquel cuerpo y a aquella mujer hasta los límites insospechados, incluso había conseguido un poco de literatura que pudiera iluminarlo un poco en las artes amatorias.

Había noches en que tenían solo un encuentro ilícito, luego del cual ambos quedaban hechos polvo, durmiendo profundamente por tres o cuatro horas, por supuesto, él era el primero en levantarse, incapacitado por completo a dormir más tiempo, aprovechando para despertarla, despedirla y enviarla de regreso a sus aposentos.

En aquel tiempo, Folken había llegado a varias conclusiones.

Para empezar, ningún encuentro era igual a los demás, ya fuera con la misma mujer o con diferentes mujeres. A diferencia de las putas, Eries lo mantenía constantemente interesado, excitándolo hasta límites insospechados, posiblemente porque había algo más que solo sexo pasando entre ellos.

La amaba.

Ella nunca negó haberlo amado o seguirlo haciendo, él era quien se había descubierto a sí mismo tomando como un insulto personal cuando escuchó a un par de nobles referirse a Eries como "la princesa del hielo", cuando intentó averiguar de dónde había salido aquella burla, ellos habían argumentado que Eries debía ser frígida o una mujer invertida, de no ser así, ¿por qué su capricho con meter las narices en temas de hombres? ¿por qué no tenía un marido a pesar de su edad? Contener su furia había sido difícil, sacar su espada y decapitar a aquel par de ineptos le habría tomado cinco segundos… tuvo que conformarse con humillarlos verbalmente antes de hablar sobre los dotes intelectuales de la consejera principal del antiguo rey y del actual regente… entonces se dio cuenta de que en verdad la amaba.

Había tardado un par de noches en decírselo, justo a la mitad de sus actividades nocturnas, mientras ambos se habían fundido en un abrazo íntimo al borde de su cama, sintiéndola llegar al clímax como casi cada noche.

Tenía que admitir que justo en aquel momento, era el hombre más afortunado de toda Gaea. Sus conocimientos al fin estaban sirviendo para empedrar el camino correcto hacia un mejor futuro, por lo tanto, ponto terminaría de pagar su deuda con Fanelia y Asturia, puede que incluso con la misma Freid; nadie lo trataba como un traidor, muy por el contrario, se le alentaba a compartir lo que sabía y a adquirir más conocimientos en el área de su elección, por si fuera poco, la mujer de la cual se había enamorado lo amaba con la misma intensidad.

-Creo que pronto podré morir sin lamentaciones.

La sintió removerse contra su pecho, observándolo con horror ante aquella frase que había salido de lo más profundo de su alma con toda sinceridad, estaba seguro de que su padre y sus ancestros le permitirían acompañarlos en el Más Allá, estaba seguro de que su vida jamás sería mejor de lo que lo estaba siendo en aquel momento… y estaba seguro de que moriría pronto.

-¿Folken?

La miró con seriedad, sentía un poco de tristeza, algo de temor y aceptación ante el futuro. Le dolía ver lo que su pequeño pensamiento dicho en voz alta le estaba haciendo a ella.

-¿Por qué lo dices?

No era una conversación que debieran tener así, desnudos, abrazados y justo después de haber hecho el amor un par de veces, o eso pensaba él.

-Mi deuda estará pagada muy pronto, la paz no tardará mucho en volver a Gaea y pude hacer algo más que solo las paces con la mujer más hermosa e inteligente de toda Gaea… si al menos Van pudiera perdonar todos mis errores…

No pudo terminar, ella lo estaba besando ahora con dulzura, era como si le suplicara que se retractara y le jurara estar ahí para siempre.

-¿Eries?

-¡Te Amo, Folken! ¡no tienes idea de cuanto te he amado y cuanto más te amo ahora! ¿no podría ser eso suficiente para pensar en vivir más tiempo?

-Mi querida Eries -Repuso él, acunando su rostro, mirándola con una disculpa en el pecho- tú misma lo dijiste hace tiempo, ¡soy un fantasma!, mi vida tendría que haber terminado hace años, cuando el dragón arrancó mi brazo y luego me abandonó en el bosque, mis ojos no debieron volver a abrirse, mi corazón tendría que haberse detenido para siempre y mi brazo… ¡jamás tendría que haber conseguido este reemplazo tan siniestro y artificial!

-Y aun así estás aquí, vivo, fuerte, cálido -Hablaba con un tono que le gritaba que las lágrimas no tardarían en llegar, su instinto lo hizo abrazarla con fuerza, recargando la cara de ella contra su hombro desnudo- ¡aun así estás aquí conmigo! ¡tan vivo que podrías dejarme preñada si llego a descuidarme!

-No, no es verdad -Un hijo, la idea no le había preocupado ni un poco a lo largo de ese paraíso de más de dos semanas; suspiró, era hora de fallarle a su madre- hay algo que tengo que mostrarte, Eries.

Ambos se sentaron en la cama, él se levantó, deteniéndose debajo del alto entarimado que había ayudado a construir, completamente determinado a explicarle a esta mujer como eran las cosas antes de que ella pudiera esperanzarse y hacerse ilusiones con un futuro que jamás podrían tener.

-Estoy enfermo, Eries.

No tuvo que hacer demasiado esfuerzo para que sus alas rompieran músculo y piel, emergiendo con un pequeño escalofrío de dolor. Volteó a verla, estirando un poco sus alas entumecidas, antes de plegarlas en su espalda para caminar hacia ella, desnudo y completamente expuesto.

-Entonces, los rumores eran ciertos, ¡eres un…!

-¡Si! Lo soy, igual que Van, igual que mi madre…

Se dejó llevar, le habló de sus alas, le habló de su legado, de su sangre, de la promesa que le había hecho a su madre y del poco tiempo que le quedaba ahora, esperando ver alguna mueca de asco o de rechazo, preparándose para sentir su corazón romperse, sin embargo, nada de aquello llegó a él, esta mujer a la cual podía llamar suya no hacía más que sorprenderlo todo el tiempo.

-No es la primera vez que veo plumas como estas en tu habitación.

-Mis alas tienden a revelarse cuando experimento sensaciones demasiado profundas… dolor extremo, placer justo en la cúspide.

-¡Por eso siempre me obligas a voltear antes de que termines!

Estaba completamente avergonzado ahora, estaba completamente seguro de que ella lo había tomado como una preferencia personal que estaba dispuesta a satisfacer en cada ocasión, siempre sin preguntarle ni exigirle nada, tampoco parecía conmocionada o molesta, en realidad, lo que notaba en ella era curiosidad pura y sincera.

-No quería que las vieras… en realidad… le prometí a mi madre que no se las mostraría a otra persona.

-Algo bastante complicado dadas las actividades que hemos estado ejecutando en las noches, ¿no crees?

No pudo evitar soltar una sonora carcajada al respecto, su madre debía estar revolcándose en su tumba justo ahora, cuando su hijo mayor se daba cuenta de que no habría podido ocultar su naturaleza de ninguna esposa por demasiado tiempo.

-Si, creo que tienes razón… no es algo que habría podido mantener oculto por mucho tiempo de haberme casado, o eso supongo.

-¡Quiero verlas!

-¿Cómo?

-Quiero verte cuando termines, la próxima vez quiero verte llegando a la cúspide, ¡por favor!

La tomó de ambas manos, la levantó, la envolvió con manos y alas en un abrazo que intentaba hacerla fundirse con él en una sola piel sin éxito alguno, en verdad, no podía ser más feliz de lo que lo era en aquel preciso momento, no creía que pudiera amarla más de lo que ya la amaba, no pudo evitar besarla por todas partes sin soltarla, emocionado ante las posibilidades que esta revelación le estaba poniendo delante.

-¿En verdad, Eries? ¿quieres tener intimidad de nuevo con una criatura profana, perversa, maliciosa y enferma como yo?

-Si, quiero amarte cada noche por el resto de tus días, así te queden unos pocos días, unas pocas lunas o unos pocos años, quiero ver tus alas revelarse cuando estás conmigo y escuchar tu voz hasta que sea imposible.

No podía creer lo afortunado que era, con todos los pecados que cargaba a cuestas, con aquella sangre maldita corriendo con sus venas...

Pudo sentirla acariciar algunas de sus plumas desde esa posición, era más agradable de lo que había imaginado.

-¡Son increíblemente suaves! Debieron ser hermosas antes, ¿puedes volar con ellas?

-Si, no han perdido toda su fuerza todavía, pero no puedo usarlas así como así… la mayoría de la gente no me vería con tan buenos ojos.

-Lo entiendo.

Decidió soltarla y ver que hacía, ella no tardó mucho en acariciarlo al tiempo que lo rodeaba, quedando a su espalda y tocando sus alas con afecto, haciéndolo sentir mariposas y escalofríos, perdiendo el control sobre sus alas por momentos. La sintió besar sus alas y su espalda, si ella seguía así, tendría que reclamarla por cuarta vez y realmente no tenían ese tiempo. Folken volvió a plegar sus alas, guardándolas antes de hablar de nuevo.

-Es tarde, querida, deberías volver a tus habitaciones.

La sintió abrazándolo por la espalda, besándolo de un hombro al otro, haciéndolo gemir de placer, en verdad, si ella no se iba pronto alguien los descubriría jugando de nuevo en la cama.

-Dejaré de tomar tés para evitar la concepción, si lo único que podría quedarme de ti, son el recuerdo y un niño, que así sea.

-No esperes demasiado, Eries, podríamos hacer esto todo el día, todos los días, y aun así tardarías al menos un año en quedar embarazada.

Él se volteó entonces, la besó en la frente, la tomó por la barbilla, besándola en los labios con afecto.

-¿En verdad tendrías un hijo mío?

-Incluso me casaría contigo, si con eso pudiera asegurarme de que seguirás vivo por muchos años más.

Estaba a punto de llorar, sus palabras habían sido tan emotivas que decidió esconder su rostro y mostrarle afecto al mismo tiempo frotando su mejilla contra una de las de ella. Cuando se separaron y vio sus ojos de nuevo, le pareció que un futuro perfecto podía ser real, un futuro donde hubiera hecho las paces con su hermano, donde él fuera libre para aprender y mejorar al mundo al lado de la mujer que amaba, libre de tener a sus propios hijos, amarlos, instruirlos y verlos crecer en un mundo sin guerras ni rencores.

-En verdad, podría morir completamente pleno y feliz, justo ahora.

-Y yo podría vivir feliz y libre a tu lado por toda la eternidad.

Se besaron de nuevo, una última vez, justo antes de que ambos pudieran vestirse, subiendo hasta la puerta donde ambos se detuvieron.

-¿Me escoltarías hasta mi alcoba?

-No, no deben vernos juntos a estas horas, Eries, realmente me molesta cuando esos pomposos y estúpidos nobles hablan mal de ti… y sé que pronto no estaré aquí para hacerlos callar cuando lo hagan.

-En ese caso, buenas noches Folken.

-Buenas noches, Eries.

.

El día siguiente había sido ajetreado. Conferencias, reparaciones, visitas a los maestros que se encargaban de diseñar y mejorar los melefs, recibir visitas de otros hombres ilustres y reconocidos por sus diversos estudios.

Había sido un día interesante.

Por la tarde había visto a su hermano desde lejos, se veía saludable y en forma, con ese rostro serio y hosco que parecía ser ahora su gesto habitual. Había hablado con la joven Hitomi luego de verla dar algunas vueltas corriendo por los jardines. La joven le parecía un verdadero misterio, si todas las mujeres de la Luna Fantasma eran similares a ella, entonces en la Luna Fantasma estaban demasiado avanzados social y culturalmente hablando, aun si carecían de algo de recato al momento de vestir.

Por la noche, cuando todo estaba en silencio, su amante había llegado a la hora habitual, envuelta como siempre en su camisón de dormir y una chalina para mantenerla caliente en el largo trayecto que suponía ir de un ala a la otra del palacio y atravesar un pequeño pasaje con escaleras técnicamente al aire libre.

La reacción había sido técnicamente inmediata. Ni siquiera la dejó decir su nombre cuando ya la tenía atrapada entre sus brazos y el muro de la entrada, besándola con la misma desesperación que un hombre que ha atravesado el desierto emplearía para tirarse a beber el agua de un oásis.

-¡Alguien está ansioso! -Se burló ella, haciéndolo sonrojar definitivamente.

-No pude parar de pensar en ti en todo el día.

Ella sonreía también justo ahora, obviamente complacida ante aquella confesión.

-También te extrañé, habría preferido mil veces ir a la conferencia de hoy y debatir contigo todo el trayecto de regreso en el carruaje si Millerna no me hubiera pedido acompañarla a verificar que las cosas funcionaran bien en los albergues.

La abrazó con fuerza, besándola completamente orgulloso de que la mujer que amaba fuera, de hecho, una persona importante en el funcionamiento de aquel reino.

-¡Folken! -Soltó ella entre risas, seguramente estaba haciéndole cosquillas mientras le besaba el cuello. Aquel día había estado tan ocupado que no había tenido tiempo ni siquiera de afeitarse.

-Te tengo una sorpresa, querida Eries.

-¿En verdad? ¿qué sorpresa me ha preparado mi amado?

La vio sonriendo divertida, tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para separarse de ella y quitarse la túnica verde y la camisa interior, tomando nota de la mirada llena de lujuria con que su princesa lo había mirado de arriba abajo, haciéndolo sentir súbitamente atractivo.

Se concentró un poco, el leve dolor que provocaba la expulsión de sus alas valía la pena, simplemente por verla perder el aliento, completamente embelesada, y acercarse a él como si se tratara de una mariposa acercándose a una lámpara encendida.

-Ven aquí querida, déjame mostrarte algo en el limitado espacio con que contamos.

La tomó en brazos como si se hubiera desmayado, besándola justo antes de aletear una sola vez con fuerza, levantándolos a ambos, sonriendo al sentir a Eries abrazarse a él con fuerza, riendo nerviosa y mirando luego a su alrededor con la misma emoción que una niña subiendo por primera vez a una nave flotante.

-¡Estamos volando! -Susurró ella con los ojos chispeantes de emoción.

-Algo así, lamento no poder llevarte a ver las estrellas.

-No te disculpes, ¡esto es…! ¡Gracias!

Sonrió complacido de hacerla feliz, descendiendo lentamente, arqueando sus alas lo suficiente para dar una vuelta con lentitud justo antes de aterrizar al lado de su cama, demasiado cerca del escritorio y la mesa en la parte de debajo de la habitación.

-Si al menos pudiéramos, te llevaría a volar de verdad, creo que amarías sentir el viento entre tus cabellos y mirar las luces de la ciudad abajo como un reflejo de las estrellas por encima de nuestras cabezas.

-Esto esta bien, Folken querido, no esperaba que encontraras un modo de hacerlo.

La besó otra vez, estirando sus alas un momento, estaba a punto de plegarlas cuando ella colocó una de sus manos sobre sus alas, deteniéndolo.

-No las guardes aún, por favor, ¡son tan hermosas y, yo!, no he tenido la oportunidad de contemplarlas el tiempo debido.

-Podrás verlas después, lo prometo, no volveré a esconderlas de ti, si las guardo es porque, en realidad, no estoy acostumbrado a ellas, nunca las he tenido fuera por mucho tiempo.

-Entiendo.

Por supuesto que entendía, lo había mirado una sola vez más antes de lanzarse a sus brazos para besarlo de forma apasionada. Pronto el suelo estuvo lleno de las ropas de ambos, que yacían en la cama disfrutando de caricias y gemidos.

Por curioso que pareciera, esta vez no era ella la que gemía y recibía afecto, no tenía idea de dónde exactamente había tomado ella la idea, lo cierto era que su boca estaba haciendo maravillas en su cuerpo, haciendo que los brazos le temblaran, sentía la necesidad de recostarse y dejarse llevar, pero la mujer entre sus piernas parecía completamente dispuesta a guiarlo de esa manera hasta la cúspide del placer.

-¡Eries!... ¡querida!... ¡Oooh, por Escaflowne!

-Alguien está disfrutando con esto más de lo que imaginaba -Se mofó la rubia, mirándolo a la cara, sus manos ocupadas en brindarle placer ahí donde su boca había dejado de hacerlo- da la impresión de que lo disfrutas tanto como lo disfruto yo cuando eres tú el que está ocupado haciéndome lo mismo.

-¡Ven aquí, pequeña sin vergüenza!

No pudo evitar tomarla de los brazos para obligarla a ponerse en pie, incapaz de contener la enorme sonría que lucía su rostro.

-No puedes negar que eso ha sido placentero.

-No voy a negarlo, solo me pregunto de dónde exactamente sacaste la idea, pequeña pilla.

-Vi un libro que llamó mi atención hace un par de noches y lo saqué de tu habitación para estudiarlo.

Folken miró a las repisas donde descansaban algunos libros y rollos que había estado estudiando, notando al instante cual exactamente era el que le faltaba.

-¡Yo compro libros innombrables en el mercadillo y tú te aprovechas! ¡ni que fueras mi esposa formalmente!

Ella sonrió de nuevo, evidentemente divertida ante aquellas palabras.

-¿Eso que quiere decir exactamente? ¿soy algo más que tu amante?

Se estaba divirtiendo más de lo que podría admitir alguna vez, con Eries jugándole bromas al mismo tiempo que comenzaba a sentarse en su regazo con las piernas completamente abiertas para doblarlas a ambos lados de él, tomando su miembro erecto y húmedo entre sus manos para guiarlo hasta su entrada, descendiendo de una manera tan lenta y agónica que no tardó en arrancarle un gemido bajo y cavernoso.

-¡Tú vas a ser mi perdición si la enfermedad no me reclama antes!

Ella soltó una carcajada, era un sonido cantarín, alegre y tan poco refinado que no dejaba de maravillarse cada vez que lograba sonsacarle alguna.

-¡Folken! ¡Folken! ¡Mi querido y hermoso Folken!, pensé que habíamos acordado no evadir preguntas o darnos verdades a medias.

Era completamente cierto. La besó, abrazándola un momento antes de posicionar sus manos sobre las caderas de ella, completamente sorprendido de que Eries no hiciera ningún gesto de desagrado al sentir aquella garra fría y metálica sobre la piel, siempre era igual, era como si no le importaba con cual mano la estuviera tocando. Comenzó a mecerla sobre sí mismo, sintiendo placer recorriéndolo de inmediato y construyendo poco a poco una sensación sublime, cuyo agónico y maravilloso final aguardaba en algún punto cercano.

-Eres lo más cercano que podría tener a una esposa.

-Explícame más, por favor.

Ella lo tomó de los hombros, apoyándose para seguir con su propio ritmo, cabalgándolo con entusiasmo y dificultándole la tarea de pensar y luego explicar con coherencia lo que sentía por ella.

-Yo… Eries… ¡Oh Dioses!... ¡no puedo responderte con tantas… distracciones!... ¡Hmmmm!

Se besaron, dejando la pregunta en el olvido un momento, moviéndose, tocándose y probándose una y otra vez hasta el inevitable y extraño final de aquel encuentro singular.

Estaba seguro de que nunca había pasado.

Ella había comenzado a apretarlo en rápidos espasmos, en medio de un gemido inconfundible de placer absoluto, adelantando su propio climax, haciéndolo ver estrellas con aquella sensación mientras se venía también, sintiendo sus alas saliendo sin permiso en una oleada abrumadora que, estaba seguro, casi lo mata con tantas sensaciones.

Cuando logró recuperar el aliento, ella lo miraba con curiosidad y un amor infinito, no pudo evitar besarla en la frente, para luego aferrarla con alas y brazos, sin atreverse a salirse de ella, aún si necesitaba hacerlo.

-¿Me explicarás entonces? -Murmuró ella con muy pocas fuerzas.

-Eres… eres lo más cercano… los amantes solo tienen, estos encuentros ilícitos y nada más, todo es demasiado brillante y romántico, carecen de preocupaciones fuera del de no ser descubiertos, no se felicitan por sus esfuerzos, ni se buscan en las multitudes, no debaten, ni discuten sobre las obligaciones, las tristezas o el futuro… no… estoy seguro de que compartir la carga que abruma al otro, es algo que solo hacen los cónyuges… especialmente aquellos que han sido bendecidos al amarse entre sí.

La sintió aferrándose más a él, la sintió besarlo con devoción en la mejilla, el cuello y las plumas, recostando el rostro en su hombro, acariciando sus alas con una mano y su espalda con la otra en una clara muestra de afecto y aceptación.

-Si fuera tu esposa, ¿me enseñarías todos los secretos de tus alas?

-¿A qué te refieres?

-Estuve pensando… debes cuidarlas un poco, igual que el resto de tu cuerpo, ¿o no?, estoy segura de que están cargadas de alguna especie de magia que te permite hacerlas desaparecer, la razón me dice que, con magia o sin ella, necesitan algún tipo de cuidado especial, aunque sea solo para asearlas.

¡Dioses! Eries no dejaba de sorprenderlo nunca con sus observaciones, ¿a cuantas mujeres se les habría pasado algo tan mundano como eso por la cabeza?

No pudo evitar reír, era divertido y al mismo tiempo alentador.

La soltó entonces, saliendo de ella y llevándola a la pequeña área de aseo, confinada en una habitación contigua. El área de aseo de su habitación era mucho más pequeña que la que había tenido en el Palacio del Samurai, y al mismo tiempo más grande que la que había tenido en Zaibach y en la Fortaleza flotante.

Con cuidado accionó las luces para iluminar la pequeña tina, la cual había comenzado a llenar entonces, observando el agua avanzar sin soltar a la mujer a su lado.

-Debo acicalarlas periódicamente, de un modo similar a como lo hacen las aves, es tedioso, un poco aburrido y tan necesario como el cuidado que sin duda, le das a tu cabello.

-¿Me has estado espiando acaso?

-No, solo asumí que una cabellera como la tuya requiere de ciertos cuidados que el mío, definitivamente, no necesita.

Sonrieron, se besaron, él accionó un mecanismo y el agua dejó de fluir, ayudó a Eries a entrar a la tina, plegando sus alas, pero manteniéndolas visibles.

-¿Qué tanto quieres saber acerca de mis alas?

-Todo, Folken, quiero saberlo todo sobre ti y tus hermosas alas.

-¿Estás segura?, podría ser aburrido y… dentro de poco tiempo… carecerá de alguna utilidad.

Suspiró sombrío, no podía evitar hacer referencia a su muerte cuando se sentía feliz, era como si necesitara opacar esa felicidad y mantener en su mente el recuerdo constante de que sus días estaban por tocar su final.

-Yo decidiré que hacer con lo que sepa de ti, tal vez escriba un libro sobre los hábitos de higiene de los ryuujins.

No pudo contener la tremenda carcajada que la idea le había provocado, saliendo definitivamente del estado depresivo en que había intentado meterse.

-Bien, bien, tú ganas, te lo enseñaré todo, pero será mañana.

Un pequeño esfuerzo y sus alas habían desaparecido. Se metió a la tina también, detrás de Eries, sosteniéndose de la bañera con el brazo metálico y dejando que su mano biológica se deleitara con la piel cremosa y blanca de su acompañante, depositando algunos besos aquí y allá.

-¿Mañana?

-Si, cuando haya tenido suficiente tiempo a conseguir ciertos… ingredientes, hoy definitivamente voy a amarte hasta que sea hora de enviarte a tu habitación a descansar.

La oyó reír divertida, la sintió moverse contra él de manera sugerente y simplemente se dejó hacer, completamente decidido a disfrutar sus últimas noches en Gaea con la mujer de sus sueños.

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Notas de la Autora:

Hace un par de años leí en esta página un fanfic sobre Van enseñándole a Hitomi a acicalarle las alas con una especie de crema natural y un peine, me dejó pensando por mucho tiempo algo que jamás se me había ocurrido, ¿sus alas siempre son tan impactantemente brillantes y hermosas? si los ryuujin existieran, o cualquier otro ser humano con alas, mágicas o no, tiene bastante lógica que haya que cuidar de ellas así como nosotros cuidamos de nuestra propia higiene, así que quise agregarlo, me parecía que sería un acto bastante íntimo por parte de Folken estar dispuesto a enseñarla a cuidar de sus alas, aún si va a morir después, no es una informaci´no que pudiera pasarle a Van porque él ya la sabría de antemano, pero, bueno, si leyeron ERIES, creo que entenderán muy bien que uso va a darle nuestra princesa del hielo a la información.

Sé que hay muy poca gente leyendo esto, agradezco que se tomen el tiempo, espero de todo corazón que lo estén disfrutando y si es posible dejar algún comentario, lo agradeceré bastante.

SARABA