Capítulo 5
A ella.
Si media hora antes de aquel preciso momento, alguien me hubiera dicho que iba a estar conduciendo mi coche con la desconocida a mi lado, no lo habría creído bajo ningún concepto. Pero lo cierto era que si estaba allí.
Apenas se subió en el coche y se colocó el cinturón de seguridad, yo puse en marcha el motor y emprendí el trayecto hacia la dirección que me había indicado segundos antes de todo aquello.
Realmente me sentía extraña, sobre todo, después de las circunstancias que se habían producido para llevar a cabo aquella situación, y Rachel parecía ser plenamente consciente de la rareza del asunto.
Para ella tampoco debía ser fácil asimilar que volvía a subirse en el mismo coche que hacía apenas dos días, la había llevado hasta aquella ciudad, salvándola del pervertido dependiente de la gasolinera donde nos encontramos, y que ahora lo hacía para llevarla hasta su residencia. Era bastante extraño encontrarte con la misma persona en apenas dos días en una ciudad como Phoenix, donde residían casi 1.500.000 personas. Y, sobre todo, hacerlo de aquella forma.
—Me gusta más descapotable —murmuró a mi lado, observando el techo de mi coche.
—Para el día está bien —respondí agradeciendo que fuese ella quien comenzase la conversación y rompiese el silencio que nos invadía—, pero no me gusta dejarlo a solas sin el techo.
—Lógico, nunca sabes lo que te puedes encontrar dentro.
—Cierto.
—¿De qué año es? —volvió a mostrarse interesada y yo me sorprendí. Por lógica o, mejor dicho, por la experiencia que tenía con mis amigas, ninguna mujer preguntaba por el año de un coche, simplemente se limitaban a decir si el color era bonito o si había suficientes espejos en el interior para retocarse.
—Pues es de 1967—respondí.
—Genial —susurró al tiempo que observaba cada detalle del interior. Pero aquel silencio no iba a tardar en volver a aparecer en el interior de mi coche, y ninguna de las dos sabíamos cómo romperlo. No nos conocíamos, a pesar de la rapidez con la me acerqué a explicarle la situación y aquella breve conversación.
Fueron varias las veces que noté como me miraba fugazmente y luego volvía la vista al frente.
—¿Has conseguido arreglar la funda de la guitarra? —fui yo quien habló.
—Eh más o menos —respondió rápidamente—. Utilizo la correa para atarlo.
—¿Y por qué no te compras una nueva? ¿No es más seguro?
—No, jamás —volvía a contestar casi sin darme tiempo a acabar con la pregunta—. Esa funda viene conmigo desde que empecé el viaje, y va a acabarlo a mi lado.
—Ya… —balbuceé— El viaje
—Sí —noté que me miró—. Ese viaje que tú aún no crees que esté haciendo.
—¿Qué? —la miré aturdida.
—Sé que no me crees —volvía a sonreír—, y piensas que soy una loca que va inventando mil batallas.
—No yo, yo no creo eso —respondí con dificultad. Lo cierto es que por un momento llegué a pensar que me estaba leyendo la mente de alguna forma, porque eso era exactamente lo que creía de ella, que estaba un poco ida.
—Sí, sí lo crees —respondía mirando al frente—, pero no te preocupes, Brittany tampoco me creía y mira… he podido demostrárselo.
—Brittany es la chica del Ladies. ¿No? —cuestioné confirmando lo que ya era evidente.
—Sí.
—¿Y qué tiene que ver ella con tu viaje? ¿Por qué no te cree?
—Me creía —recalcó—, en pasado, ella no me creía, pero ya sí —volvía a sonreír—. La conocí hace un año y nueve meses en Nueva York —comenzó a relatar—. Cuando le expliqué lo que pretendía hacer, se río de mí y me llamó loca, igual que tú, solo que tú no me lo dices y prefieres pensarlo —pude ver cómo me miraba divertida—. Me dijo que si algún día pasaba por Phoenix la llamase. Y bueno, aquí estoy, ayer conseguí hablar con ella por teléfono, y seguía sin creerme que hubiese conseguido llegar hasta aquí de esta forma, pero ya sí lo pudo comprobar.
—O sea que es cierto. Estás viajando por todo el país sin nada más que tu guitarra y esa bolsa de equipaje que llevabas. ¿No?
—Así es —respondió con un pequeño susurro.
—¿Y el trabajo del que nos hablaste a Sam y a mí? ¿No llegaste a tiempo?
—Sí lo conseguí.
Tardé varios segundos en reaccionar porque mi mente comenzó a tratar de organizar la siguiente pregunta.
—¿Sí? Pero…—dudé— Ayer estabas…
Realmente no sabía cómo hacerle entender que no comprendía porqué la mañana anterior había estado pidiendo dinero en mitad de la calle mientras cantaba, si realmente había conseguido el trabajo.
—¿Qué ocurre?
—Ayer estabas cantando por dinero —susurré tratando de sonar con dulzura—¿Por qué lo haces si tienes trabajo?
—Porque el trabajo será el día 20, en el campus de la Universidad de Phoenix. Al parecer celebran algo del equipo deportivo y hacen…
—Una feria —interrumpí rápidamente—. Lo hacen para los graduados.
—Veo que estás enterada.
—Yo estudié allí —volví a responderle un tanto sorprendida.
—Oh, pues qué casualidad —me miró divertida—. Voy a trabajar para tu universidad.
—Ya veo… ¿Y qué es lo que vas a hacer?
—Cantar. Hay un concurso abierto para cantautores noveles y decidí apuntarme. La verdad es que, para una sola noche, pagan bastante bien.
—No, no tenía ni idea de que iban a hacer algo así —respondí incrédula—, pero me alegro por ti. Vas a tener un gran público, a esa celebración suelen acudir muchas personas
—Eso espero, aunque yo me conformo con que me paguen. Con ese dinero lograré llegar a Los Ángeles antes de lo previsto.
—Te aseguro que pagan —respondí tratando de tranquilizarla. De hecho, yo también me relajé tras saber que iba a trabajar cantando, y no de cualquier otra cosa.
No es que infravalorase el trabajo que puedan ejercer en una feria, pero suficiente tenía con tratar de convencerme a mí misma de que aquella chica no era como creía que era cuando la vi en la gasolinera, ni como Santana me la había descrito con apenas un par de segundos de inspección. Y no precisamente porque me desagradase el hecho, sino por la pena que podría llegar a darme verla desaprovechar el enorme talento que tenía, y el estado económico en el que parecía encontrarse.
Me bastaron tres o cuatro canciones con su guitarra, en el porche de la casa abandonada, para saber que realmente lo tenía.
Se mantuvo en silencio tras mi última intervención y yo también.
Eran las 22:45 de la noche y el tráfico no era demasiado intenso por aquella zona, algo que me hacía conducir con una relativa tranquilidad mientras descubría como Rachel comenzaba a observar las calles a través de la ventana.
—Es una ciudad bonita. Nunca había estado antes.
—Si, lo es.
—¿Vives con tu familia?
—Eh, si… Bueno, no. Comparto piso con mi amiga, la que hemos dejado en el bar.
—Ah, genial. Oye, y el chico que salvó mi funda, es tu hermano ¿No? —volvió a hablar tras varios segundos.
—Eh sí, mi hermano pequeño.
—¿Tienes más?
—No solo él.
—Es muy guapo —murmuró volviendo la mirada al frente—. Os parecéis mucho.
Quise evitarlo, pero no pude y el rubor se apoderó de mis mejillas tras aquel halago que me lanzó de manera indirecta.
Brody y yo no nos parecemos demasiado. De hecho, él es igual que mi padre y yo soy como mi madre, pero el detalle de recalcar su belleza y compararla conmigo, era más que suficiente para entender la indirecta.
—Es un buen chico —respondí tratando de no darle importancia.
—Corrió detrás de ese ladrón —me miró—, eso demuestra que además de guapo es un buen chico. Tienes que estar orgullosa.
—Lo estoy, por supuesto que lo estoy. Y por si lo estás pensando, lo siento, pero tiene novia —bromeé—. Y me gusta mucho para él.
—Oh, vaya…—masculló, esta vez sin poder contener la sonrisa— Es una pena, pero no te preocupes como hermana mayor. No está en mi mente conquistar a tu hermano.
—Mejor. No por ti, por supuesto, sino porque como ya te he dicho, mi cuñada me cae muy bien— Bromeé.
—Perfecto. Lo anoto en mi lista. No conquistar al hermano de la rubia.
— ¿Tienes memoria de pez?
—Algunas veces se me olvidan los nombres, si— me replicó divertida y yo sonreí. —Lo siento, te juro que en el fondo soy buena persona. Y sí, te prometo, Quinn, que no voy a conquistar a tu hermano. Tienes mi palabra.
—Ahora sí. Ahora me quedo tranquila— reí— Aunque te confieso que es algo que ya sabía que no ibas a hacer.
— ¿Ah sí? ¿Por qué?
—Lo intuyo.
—¿Intuyes? ¿Por qué?
Dudé. Apenas fui consciente de cómo aquellas palabras salieron de mi boca antes de pensarlas con tranquilidad, y ahora tenía que responder tratando de no ofenderla.
—Eh bueno, no creo que estés muy interesada en un chico si vas al Ladies. ¿No?
—¿Y qué tiene eso que ver? —volvía a preguntarme— He ido a ese bar porque Brittany trabaja allí, y tenía que entregarme algo —explicó.
—Cierto —susurré siendo consciente de mi error—. Lo siento, pensé que…
—No tienes nada que sentir —respondía sonriente—. No me ofendes por creer que estaba allí para interesarme en chicas. De hecho, eso sería lo normal en mí —confesó dejándome completamente muda, tratando de asimilar que me acababa de confesar lo que yo creía que me había confesado.
—¿Eres…?
—Soy —me interrumpió sin dejar que terminase mi pregunta—. Soy humana y los humanos se sienten atraídos por la belleza. De hecho, somos los únicos seres vivos de la naturaleza que tenemos capacidad para sentirnos atraídos por la belleza, y no solo por los instintos.
—Ok —balbuceé—. Igual que el arte. ¿No?
—Mas o menos supongo que ya habrás podido intuir que no me gustan las etiquetas —respondió—. Ni cantante ni lesbiana.
—Pues no lo entiendo, por culpa de esos prejuicios conseguís que la normalidad no termine llegando en ese tema —discutí—. ¿Por qué rehusáis de ese término? No es nada malo.
—Yo no rehúso de nada, yo solo soy yo. ¿Por qué iba a considerarme lesbiana si también me gustan los chicos?
—Entonces eres bisexual —aclaré—. ¿No?
—No, me gustan los términos. De hecho, los términos es lo que nos diferencian del resto y no creo que sea justo.
—Todo en esta vida tiene que tener un nombre. ¿Qué pasaría si no tuviésemos nombre? ¿Cómo te iban a llamar? ¿Mujer?
—Rubia —bromeó, y yo la miré por unos segundos. — Ok. Lo siento, no volveré a llamarte así.
—Me estás dando la razón. Me llamas rubia, porque soy rubia. Si eres bisexual, pues eres bisexual.
—No lo veo así. Que me guste una mujer o un hombre no tiene por qué tener una nomenclatura.
—Pues la tiene —respondí—, y es lo que hay.
—Ok. ¿Y tú que eres?
— ¿Yo?
—Sí, tú. ¿Me explicas que hacías tú en un bar de chicas? ¿Eres lesbiana? —fue directa, tanto que pude notar como sus palabras tenían un leve tono de molestia.
—No —respondí rápidamente—. No soy lesbiana, ya te lo he dicho. Solo estaba acompañando a mi amiga que me ha jugado una mala pasada.
—Ya, la excusa de vamos a un bar de chicas a hacer una apuesta. ¿No?
No pude evitar mirarla un tanto molesta tras el tono utilizado. Me estaba recriminando algo que no era cierto, y por supuesto, no iba a permitir que eso sucediera, menos aun viviendo de una completa desconocida.
—¿De qué hablas? —increpé— ¿Piensas que estaba allí para reírme de las chicas?
—No he dicho eso— se excusó un poco más relajada—. Pero si yo soy una hipócrita por no querer etiquetarme, tú también lo eres por ser heterosexual y estar en un bar de chicas jugando.
—Cuida tus palabras, no voy a consentir que me llames hipócrita cuando no tienes ni idea de nada.
—Pues explícamelo. ¿Qué hacías llevando a cabo una apuesta en un bar de chicas? —volvía a mostrarse con sarcasmo y mi paciencia se acabó, al menos en aquel instante.
No tenía por qué dar explicaciones de nada y menos a ella. Mi silencio y la seriedad que trataba de demostrarle con mi cara, fueron suficientes respuestas para Rachel.
—Ok, si quieres puedes parar ahí— señaló al frente—. Ya regreso caminando, no quiero importunarte más.
—Suelo tener palabra —respondí— Dije que te llevaría a tu residencia, y eso es lo que voy a hacer.
—No quiero que lo hagas así —espetó—. Me gusta la gente sincera, y si te he molestado, lo siento, pero no quiero molestarte más.
—No es eso —la miré— Es que no tienes ni idea de que hacía o no hacía, ni de porqué estaba allí para que saques conclusiones y me llames hipócrita.
—Tienes razón—susurró desviando la mirada—. Lo siento. No volveré a meterme en los asuntos de nadie.
Tragué saliva tras aquella contestación. En cualquier situación, yo no habría permitido que aquello siguiera. No había permitido que nadie en mi familia tuviese algún comentario despectivo hacia mí bajo ningún concepto, y por supuesto, una desconocida no iba a tener ese lujo. Sin embargo, tenía algo en mi interior que me hacía seguir, que me invitaba a tener un poco de paciencia y a explicarle los verdaderos motivos que me habían llevado aquella noche a estar en aquel bar. Al fin y al cabo, la había involucrado de lleno en la apuesta.
—No pretendía reírme de nadie —espeté tras un breve silencio—. Mi mejor amiga es lesbiana y respeto eso por encima de todo.
—Ok, lo siento —volvía a hablar ella, pero no lo hacía con la suficiente convicción como para hacerme sentir bien.
—Es cierto que habíamos hecho una apuesta, pero nunca con el objetivo de reírnos o ridiculizar a nadie.
—¿Y cuál era el objetivo de la apuesta? Me has dicho que eres heterosexual. ¿No?
—Sí, me gustan los chicos, siempre me han gustado, pero eso no es impedimento para que quiera probar con una chica y resulte ofensivo ¿No? —me excusé y me sorprendí por la claridad de mis palabras. Estaba más preocupada por acallar sus estúpidos pensamientos sobre mí, que en reconocer que sentía curiosidad por estar con una chica.
—¿Probar con una chica? —me miró extrañada.
—Mi amiga solo quería animarme que hiciera algo diferente con mi vida, y eso no tiene porqué ser una ofensa para nadie.
—¿Por qué quería animarte? ¿Estás mal? —se interesó, pero debió ver mi gesto de desconfianza y rápidamente se retractó— Lo siento, no me respondas, no es asunto mío.
No lo era, pensé guardando silencio, pero aquella sensación no terminaba de marcharse, y mi cerebro seguía buscando las palabras adecuadas para callar a aquella chica sin resultar demasiado explícita con mi vida.
—Hace un tiempo que estoy sola —musité—, y ella quería que me divirtiese de una forma diferente y bueno, utilizó una estúpida frase que dije hace años para tratar de acabar con mi curiosidad.
—¿Una frase? —cuestionó confusa.
—Una vez le dije que no quería morir sin haber estado con una chica —expulsé sin pensarlo—. Lo dije en unas circunstancias que no le daban valor alguno —la miré—, básicamente estaba borracha y la vi con una chica. Y que se yo, lo dije sin pensar, pero ella no se olvida. Lleva cinco años recordándome que tengo eso pendiente y yo ya no sé cómo hacerle entender que no tengo esa curiosidad.
—¿Cinco años? —se sorprendió.
—Sí, desde que estábamos en la universidad —volví a hablar—. Pero todo este tiempo he tenido novio y he conseguido librarme, hasta que hace dos días me dijo que íbamos a salir y que yo no era capaz de divertirme sin mi ex novio.
—¿Y tú le dijiste que sí?
—Sí, le dije que si podía divertirme sin él —respondí—, pero ella fue más lista que yo y me llevó al Ladies cuando ya había pactado la apuesta.
—O sea, que aprovechó tu momento de debilidad para obligarte a hacer algo que tenías pendiente desde hace cinco años. ¿No es cierto?
—Así es, más o menos.
—¿Y qué pinto yo en esa ecuación? — me cuestionó y con razón.
—Porque no tenía intenciones de hacerlo con ninguna otra, y no quiero perder la apuesta —respondí—. No es por lo que nos hemos apostado, es simplemente para evitar que siga molestándome con la estúpida curiosidad. Se supone que al verme salir contigo, la va a hacer creer que ya voy a saldar esa curiosidad.
—Entiendo…
— ¿Lo entiendes?
—Sí. Me siento un poco utilizada, pero la verdad es que no me voy a quejar. No después de que me hayas salvado el culo dos veces, y con ésta… Tres.
—Ok. Me alegra que no te lo tomes a mal.
—No, no me lo tomo a mal. Eso sí, tengo una duda.
—¿Cuál?
—¿Ya no tienes curiosidad?
—No, o bueno —hice una pausa—, supongo que la curiosidad siempre se tiene, pero no es algo que quiera hacer así porque sí.
—Ok. En eso tienes razón. No creo que lo más oportuno para saciar esa curiosidad, sea escapándote de un bar con la primera chica que se te cruza. No te lo recomiendo, la verdad.
—Eso justo me ha dicho mi amiga.
—Pues haznos caso. Supongo que la experiencia es buena consejera— sonrió, y yo no pude evitar hacerlo también. — Aunque, me extraña que estés en esa situación ahora mismo. Quiero decir, no creo que sea para tanto. ¿No? Si has estado en la universidad, seguro que has tenido algún acercamiento con alguna chica y…
—No —interrumpí rápidamente—, nunca he estado con una chica.
—No hablo de sexo, Quinn —aclaró—. Hablo de lo típico, un par de besos en una de esas fiestas de…
—No —volví a interrumpir—. Te he dicho que no he estado con chicas, y eso implica todo.
Me miró y a pesar de que yo mantenía la vista fija en la carretera, sentía como sus ojos se clavaban en mí. E incluso podía jurar que oía sus pensamientos.
—¿Qué? —cuestioné al ver que no hablaba.
—¿Cuántos años tienes?
—26.
—¿Me estás diciendo que con 26 años nunca has besado a una chica?
Tuve que mirarla para saber si estaba bromeando o aquella pregunta iba completamente en serio. Al parecer, era la segunda opción.
—Pues no. Si no me gustan las chicas, es normal que no vaya besándolas. ¿No crees?
—Pero quiero decir, lo lógico es tener fiestas, bebes no sé, incluso juegas a cualquier estúpido juego y terminas besando a alguna amiga o…
—Pues no —volví a interrumpir—. No he besado a ninguna chica, además he tenido novio desde los 16 años y no he tenido esa inquietud.
—Me acabas de decir que si has tenido esa curiosidad —me recordó.
—Sí, pero vuelvo a repetírtelo, he tenido novio desde los 16, y, por supuesto, no se me ha pasado por la mente hacer algo así estando con él.
—Y me parece bastante admirable que seas así de fiel, pero creo que tu amiga tiene razón —interrumpió—. Si ahora estas sola, deberías hacer algo para acabar con esa curiosidad. Son 26 años.
—¿Qué tiene eso que ver? ¿Me estás llamando vieja?
—No, solo que con 26 años tienes la suficiente capacidad como para disfrutar de la vida y saber lo que haces sin arrepentirte. Es tú momento, Quinn.
Me sorprendí. No por lo que me dijo sino por el tono entusiasta que utilizó. Realmente consiguió aniquilar la extraña sensación de malestar que me había inundado por culpa de la pequeña discusión, y terminó animándome, tanto que dejé escapar una leve sonrisa.
—¡Es cierto! —exclamó al verme sonreír— Mírate, eres joven guapa, tienes carácter y un coche con personalidad. Quizás seas un tanto clásica para mi gusto—remarcó—, pero no estás nada mal. Todo está en tus manos.
—¿Clásica?
—Sí, bueno tu forma de vestir es bastante clásica. No sé, siempre vas así, elegante —sonrió—, con tu pelo perfecto, aunque tengo que reconocer que me ha sorprendido verte con él suelto. Creo recordar que las dos veces que nos hemos visto, lo llevabas recogido —hizo una pausa mientras observaba mi pelo—. Así que sí, tienes todo en tus manos.
—Ya solo me falta la chica —respondí sin pensar. Y de veras que lo hice sin pensar, porque cuando fui consciente de lo que había dicho, el silencio ya se había apoderado de mi coche y sentía la mirada traviesa de aquella chica a mi lado.
Fueron varias las veces que la miré rápidamente, volviendo a posar mis ojos en la carretera, tratando de no creer lo que empezaba a creer.
—¿Qué? —cuestioné al ver que no hablaba.
—Nada estoy segura de que no te faltarán chicas —respondió con serenidad—, pero deberías tener en cuenta algo.
—¿El qué?
—No termines en la cama con una chica a la que acabas de conocer. Eso puede terminar traumatizándote en vez de saciar tu curiosidad— dijo y yo reí —. Hablo en serio—volvió a hablar—. Quiero decir, estar con una chica no es que sea más complicado que estar con un chico, pero si es mucho más íntimo. No sé cómo explicarlo, es mejor estar cómoda y, sobre todo, tener confianza con esa persona.
—Lo sé —respondí tras ser consciente de cómo habíamos llegado a la calle donde estaba el hostal—, también me lo ha dicho mi amiga.
—Ok. Me deja más tranquila que lo tengas claro, y estés bien aconsejada.
—Lo estoy. De hecho, si me hubiese visto en la situación de llevar a cabo la apuesta, no habría pasado de un beso.
—Eso está bien —sonrió—. Es ahí —señaló hacia el frente—, ese es mi hostal.
Ya lo sabía. Por suerte conocía bien aquella zona y la calle en cuestión me era bastante familiar, así que lentamente fui acercándome a uno de los aparcamientos que me ofrecía la calzada, a escasos metros de la entrada de aquel hostal.
—Listo —respondí—. Llegas a tu objetivo con más de cuarenta minutos de margen, creo que la cenicienta no tuvo tanta suerte.
—Cierto —susurró sonriente—. ¿Y bien? ¿Cuánto te debo?
—¿Qué? —la miré tras detener el coche por completo.
—Tendré que pagarte. ¿No? A ver dime. ¿Cuánto es?
—No me vas a pagar nada.
—¿Un dólar?
—¿Qué dices?
—Aunque sea algo simbólico.
—No, ni hablar.
—Ok. ¿Y una canción? Si quieres subo por mi guitarra, y vuelvo para cantarte una canción.
—Rachel, ya sé que estás de broma, pero olvídalo. ¿Ok?
—No, no estoy de broma. No pienso irme de aquí sin pagarte de alguna manera.
—Pues no te voy a aceptar absolutamente nada. Hoy me has salvado tú, ¿recuerdas?
—Mmm. Ok. ¿Y un beso?
—¿Qué?
—Si quieres te pago con un beso— añadió, y yo tardé varios segundos en asimilar que aquello era un juego, y ella se dio cuenta de mi confusión —. Es una broma, Quinn —espetó tras varios segundos en silencio.
—Eh ya, ya lo sé —balbuceé sin convicción.
—Hey que, si quieres, puedo pagarte con un beso y hacer que ganes esa apuesta con todas las de la ley.
Volví a mirarla dibujando una sonrisa en mi rostro, sabiendo que volvía a bromear, pero su gesto esta vez no mostraba lo que yo esperaba. Rachel me miraba sonriente, pero seria, hablando con rotundidad.
—¿Hablas en serio? —cuestioné tras ver como seguía manteniendo el silencio y esperaba una respuesta.
—Por supuesto —susurró sin dejar de mirarme, hecho que comenzó a ponerme nerviosa—. ¿Quieres que sacie tu curiosidad?
No sabía que contestar. Realmente me estaba dejando sin palabras porque no sabía si estaba bromeando o, por el contrario, tal y como temía, lo decía completamente en serio. Tenía claro que mi respuesta a algo así, era un no rotundo, pero no conseguía reaccionar como quería. Y en vez de eso, me limité a volver a sonreír y fijar la mirada en el volante.
—Ok. Me he pasado. Lo siento. Me temo que aún no estás preparada para algo así.
—Sí estoy preparada —respondí rápidamente, sin pensar, y ella me miró sorprendida.
—¿Y por qué no me contestas? —se interesó—. ¿Tan mal estoy? —se miró así misma divertida— Entiendo que no pueda ser tu tipo de chica, pero oye… Besar no beso mal. Te lo juro.
—Acabas de decirme que no termine en la cama con una desconocida, y no te conozco de nada —me excusé.
—Yo tampoco me meto en la cama de una desconocida —respondió sin dejar de sonreír—, pero nunca le negaría un beso a alguien que me ha salvado en varias ocasiones.
Volví a mirarla y aquel sentimiento de confusión se acentuaba con la expresión de su rostro.
—¿Ves? —habló de nuevo—. No estás preparada o realmente, estoy muy mal.
—No es eso, estás… Quiero decir —tragué saliva—, eres, eres hermosa, pero tienes que comprender que ahora mismo no sé si estás hablando en serio, o es broma.
—No bromeo —dijo soltando el cinturón que la mantenía sujeta al asiento—. Lo cierto es que no creo demasiado en el destino, y estoy segura de que no nos vamos a volver a ver, al menos no es lo normal que suceda. Demasiadas veces en apenas dos días, y ya que tú necesitas algo y yo quiero agradecerte el gesto, pues pensé que quizás si podíamos salir las dos ganando con un beso —explicó con serenidad al tiempo que se disponía a abrir la puerta—, pero es cierto, soy una desconocida y no debes…
—Hazlo.
—¿Qué? —me miró incrédula deteniendo su intento de abrir la puerta.
No sabía que responder. Yo misma me sorprendí al interrumpirla con aquella sentencia que ni por asomo pensaba decir. Pero lo cierto es que la dije, y una vez hecho, no fui capaz de recapacitar. Ver como se aferraba al cierre de la puerta para abandonar el coche me hizo reaccionar de aquella manera, y ahora la tenía mirándome, con la confusión reflejada en su rostro y esperando una respuesta más lógica.
—Hazlo —susurré. No encontraba otra palabra en mi vocabulario más que esa.
—¿Quieres que te bese?
—Hazlo —musité con apenas un hilo de voz, empujando al fondo de mí estomago aquella presión que comencé a sentir en mi pecho tras ser consciente de lo que acababa de proponerle a una completa desconocida.
Solo es un beso, pensé tratando de convencerme, solo un beso.
Rachel soltó el cierre de la puerta y se giró por completo hacia mí. Yo no. Yo permanecía mirándola, y mis manos estaban aferradas con tanta fuerza al volante que mis dedos comenzaron a perder sensibilidad. Tanto que incluso dolían.
—¿Estás segura?
Su voz, su olor. Si, sí que lo estaba. Rachel se acercó tanto a mí que pude percibirlo rápidamente, hablándome con apenas un susurro—. Hazlo —susurré sin perder la mirada de sus ojos. De hecho, solo la desvié para observar sus labios durante un segundo, y de nuevo regresar a sus ojos. Me interesaban mucho más. A través de ello podía ver lo que pensaba, o quizás no, pero si me sentía más cómoda si lo hacía así.
Apenas tardó un par de segundos en reaccionar a mi cuarta y última súplica y comenzó a acercarse con delicadeza, casi sin alterar el aire que se interponía entre nosotras. Lo hizo con tanta sutileza que ni siquiera fui consciente de cómo aquel suave olor que llegaba hasta a mí, ya no era solo su perfume, sino que procedía de su aliento.
Estúpida Santana, pensé al recordar sus malvadas indirectas acerca de la higiene de Rachel, porque ya no era la desconocida, sino Rachel.
Su pelo, su piel e incluso su aliento olían de maravilla, y por supuesto el sabor de sus labios. Pero de esto no pude cerciorarme hasta que no los sentí posarse sobre los míos.
No me atrevía a soltar el volante por miedo a salir corriendo de mi propio coche mientras Rachel buscaba con dulzura acoplarse a mis labios, completamente petrificados, e incluso juraría que fríos. O al menos así los podía sentir tras notar el calor que irradiaban los de ella.
Fue tan suave, tan delicado que los eché de menos en el mismo instante en el que se separaron de mí. No supe por qué duró tan poco hasta que vi como sus ojos buscaban mi aprobación y tras ello, perdí por completo la cordura.
Por supuesto que estaba de acuerdo, tanto que fui yo quien tomó las riendas y me lancé de nuevo a recuperar ese roce que, ya sí, se había convertido en beso.
En uno de esos besos completamente nuevos, que te descubren sensaciones, olores, sabores y ese escalofrío que recorre tu cuerpo cuando sientes como no puedes evitar buscar más. Sentir más de la otra persona y ser consciente de que está justo ahí, disfrutando igual que tú de aquel momento.
Pudieron pasar uno, dos o incluso tres minutos, no lo sé, pero aquel beso lo acabó Rachel porque yo no era capaz de hacerlo. Y lo hizo con la misma dulzura con la que comenzó, separando sus labios con delicadeza, y fijando su mirada en mis ojos, que ya volvían a abrirse para asimilar lo que había sucedido.
—Será mejor que me marche —susurró regalándome una caricia en la mejilla. Ni siquiera me había percatado de que su mano se había posado sobre mi cara mientras duraba aquel beso—. No quiero que me echen, y no quiero perder la cabeza.
Asentí casi por inercia. Mi cerebro no estaba conectado en aquel instante para acertar a responder con palabras, y ella parece que se percató de tal hecho.
Volvió a recuperar la sonrisa y me guiñó un ojo antes de abrir la puerta, y abandonar el coche ante mi absoluto mutismo.
Y así me mantuve mientras la veía salir por completo y cerrar la puerta tras ella, para luego dirigirse hacia la entrada del hostal, pasando por la parte delantera de mi coche.
Solo una, solo un pequeño destello me hizo desviar la mirada de ella hacia el asiento del copiloto que había estado utilizando, y descubrir como algo permanecía sobre él.
—¡Hey! —reaccioné sacando la cabeza por la ventanilla y llamando su atención. Rachel se giró rápidamente y me miró sorprendida mientras yo acertaba a recoger aquel pequeño objeto que debía pertenecerle.
Era una pulsera, igual que la que me había regalado dos días antes—. Te has dejado algo aquí— espeté mostrándosela.
Rachel retrocedió, y se acercó a la ventanilla desde donde yo la estaba llamando, y con una enorme sonrisa se hizo con la pulsera, para luego obligarme a mantener la mano fuera del coche.
—Quédatela —susurró anudándomela en la muñeca.
—Pero ya, ya me regalaste una —respondí sin dejar de mirarla—. Solo que no la llevo puesta—. Lo cierto era que, en aquel instante, ver como anudaba la pulsera en mi muñeca no me interesaba en absoluto. Quería mírala a ella, saber que pensaba tras lo que había sucedido y cuales iban a ser sus intenciones a lo largo de aquellos minutos.
—Pero la otra te recordará a la chica que tuvo que esperar su turno en mitad del desierto —espetó sonriente.
—¿Y ésta? ¿A quién me va a recordar ésta? —cuestioné tras ver como la pulsera ya permanecía perfectamente anudada, y ella volvía a mirarme a los ojos, sin perder la sonrisa.
—Esta te recordará a la primera chica que logró besarte —susurró—. Cuídate mucho, Quinn.
Volví a quedarme sin habla, pero no porque no supiese que decir, sino porque sus labios de nuevo se posaron sobre los míos en un rápido beso que, a pesar de ser fugaz, fue igual de especial que el primero. Y tras ello, tras volverme a regalar una nueva sonrisa, se apartó del coche y caminó hacia el hostal, perdiéndose por completo de mi vista.
Fueron varios los minutos que estuve allí estacionada, mirando aquella puerta que ya permanecía cerrada, y varios los minutos en los que tardé en reaccionar y poner en marcha de nuevo el motor de mi coche, para alejarme de allí.
Trataba de ordenar en mi mente todo lo que había sucedido hasta llegar a aquel instante, pero me era imposible. En cada semáforo que me detenía, mis ojos se posaban en la pulsera que ya adornaba mi muñeca izquierda, y la sonrisa boba se apoderaba de mi rostro al ser consciente de que sí, que aquella hermosa desconocida tenía razón cuando me dijo que, cada vez que observarse aquel accesorio, recordaría a la primera chica que logró besarme.
A ella.
