Capítulo 6

El regalo

El crujir de la puerta del dormitorio de Santana me alertaba de su inminente llegada al salón. Digo salón porque mi apartamento solo tenía uno, no había más que eso, excepto una pequeña cocina, un baño y dos habitaciones. Lo justo y necesario para dos personas, aunque a veces aumentábamos en compañía.

Por suerte aquella mañana las únicas inquilinas del apartamento éramos nosotras dos y Brownie, pero a la gata ni siquiera la contaba.

Permanecía sobre el quicio de una de las ventanas que teníamos en el salón, observando el callejón que daba a la parte trasera del bloque de pisos donde estaba nuestro hogar. Unas escaleras de incendio y un par de cubos de basura era lo único que aquella insolente gata podía contemplar desde allí. Unas vistas que no dejaban demasiado a la imaginación

Sin embargo, mi imaginación si tenía que activarse en aquel instante, aunque no iba a ser algo complicado tras haber pasado la noche en una nube. Mejor dicho, durmiendo con una agradable sensación que aún me permanecía en mi interior, y que tenía mucho que ver con la fina pulsera que seguía adornando mi muñeca. Y que, por supuesto, acompañaba a la primera que me regaló Rachel, que tras regresar al apartamento decidí colocarme también en su honor.

—Mmm huele bien. ¿Hay tostadas?

—Buenos días. ¿Eh? —respondí con algo de sarcasmo, viendo como cada mañana, Santana prefería saludar con un beso a su gata, y a mi regalarme una simple mirada

—Café, quiero café —espetó ignorando mi saludo y llenando una taza de café—. Veo que has madrugado. Eso significa que volviste pronto. ¿No?

—Más o menos —murmuré sin perderla de vista.

—¿Se fastidió el plan? —se sentó frente a mí.

—No he dicho eso.

—Has dicho que volviste pronto.

—Sí, pero eso no significa que haya dormido —respondí con una traviesa sonrisa.

Sí, estaba mintiendo. Trataba de hacerle creer que la apuesta se había llevado a cabo tal y como ella no esperaba, con la noble intención de acabar de una vez por todas con aquella tortura continua.

—Deja de bromear. Es temprano y no estoy de humor.

—Tú nunca estás de humor por las mañanas. Es una obviedad, aun así, veo que tienes mala cara de verdad. ¿Qué sucede?

—La rubia, la diosa del Ladies, eso pasa —refunfuñó molesta.

—Veo que tus planes si se fastidiaron. ¿Qué pasó? ¿Te ignoró? —cuestioné divertida. Santana dejó caer la taza de café sobre la mesa y resopló. Lo sabía. Aquella expresión era de frustración por no haber conseguido algo que pretendía.

—Me invitó a una cerveza, hablamos un par de minutos, le di una de las tarjetas del bar con mi número de teléfono, y nada más. Llegaron dos chicas, se fue con ellas y ni siquiera me dio su número.

—Mala suerte —respondí sin eliminar la sonrisa de mi cara—. Tal vez otro día tengas más suerte.

—No sé de qué te ríes. No tiene gracia —me amenazó.

—Ok. No me río más —murmuré bajando la mirada, tratando de contenerme y evitar que realmente se molestase. Pero aún no había terminado mi venganza. De hecho, no había hecho más que comenzar—. Eso sí, tengo que avisarte para que vayas ahorrando —volví a mirarla—. Vas a tener que pagar el viaje a Nueva York.

—¿Piensas que soy idiota? ¿Te crees que me voy a creer que has tenido algo con esa mendiga que te encontraste en el bar?

—¿Mendiga? —interrumpí molesta—. Se llama Rachel, Rachel Berry, y no es una mendiga. Y si lo fuera, tampoco es motivo para tratarla de forma despectiva. ¿No crees?

—¿La estás defendiendo? ¿Tú?

—Ok, Santana. Es realmente fea esa actitud. Entiendo que te burles por cómo iba a vestida, y espero que sea algo que hagas solo conmigo… Pero no creo que sea justo que hables así de esa chica —dije con seriedad—. Para tu información, es encantadora. Y para tu desgracia, ha hecho que yo gane la estúpida apuesta que teníamos. Así que, ve ahorrando.

Me miró y lo hizo de una forma tan directa que yo supe que mis palabras habían surtido efecto, y la seriedad de mi gesto la estaba convenciendo. Aunque intentó por todos los medios negarlo.

—No —susurró—. No te creo.

—¿No me crees? ¿Entonces cómo se supone que iba a ganar la apuesta, si no me vas a creer? ¿Te tengo que meter en la habitación para que lo veas con tus propios ojos?

—Quinn —murmuró tras varios segundos pensativa— ¿De verdad te has acostado con ella?

—He ganado la apuesta —respondí de nuevo sabiendo que no mentía. Tal vez no me había acostado con ella, pero la había besado. Y eso era mucho más de lo que se suponía que debía hacer para ganar la apuesta.

—¿Y cómo lo sé? ¿Por qué tengo que creerte?

—Bueno, si hubieras visto que en mi puerta estaba la corbata puesta, sabrías que he pasado la noche acompañada —mentí.

—¡No! —lanzó una mirada hacia la puerta donde yo, meticulosamente, había dejado la prueba—. Dime que no.

—Sí —respondí sonriente.

—No es posible —se levantó rápidamente—. ¿Está ahí dentro?

—¡No!, no claro que no —contesté—. Se marchó hace ya un buen rato —mentí de nuevo, y a pesar de lo que pueda parecer, no sentía remordimiento alguno.

—Oh dios… —susurró volviendo a tomar asiento, mirándome como si hubiese cometido la mayor locura de mi vida—. ¿Estás loca?

—¿Loca? ¿Por qué? ¿No se supone que tenía que probarlo? Tú misma me incitaste a ello. ¿Recuerdas?

—Sí, pero no con una desconocida que tenía pinta de no haberse bañado en meses.

—Pues no te preocupes—respondí siguiendo mi juego—Rachel si se había bañado, te lo puedo asegurar, además olía de maravilla.

—No, no Quinn. ¿De verdad te has acostado con ella? ¿Qué habéis hecho?

—¿Cómo que qué hemos hecho? —cuestioné incrédula.

—A ver explícame y te creeré ¿Qué le hiciste? Enumérame las posturas que has…

—¿De qué hablas? —la interrumpí rápidamente— ¿Piensas que te voy a relatar lo que hice con ella? ¿Me estás pidiendo detalles?

—Tengo que creerte de alguna forma.

—Pues lo siento, pero no pienso hablar de eso —respondí molesta—. Es de mal gusto, y además no tengo por qué hacerlo. Si me quieres creer bien, y si no pues peor para ti —fui directa.

—Imposible —susurró dándose por vencida—. Imposible, no me lo creo. ¿Cómo es posible? ¿Qué le has visto a esa chica?

—No lo sé, me parecía agradable y… —sonreí para darle más interés a la situación y convencerla por completo— Besa bastante bien. Además, tiene un…

—¿Un qué? —interrumpió segundos antes de que su móvil comenzara a sonar en la habitación.

—Un tatuaje en la espalda —respondí traviesa, sabiendo que ese detalle era clave para hacerle creer que era verdad—. Un enorme y especial tatuaje en la espalda.

—Oh dios —musitó adentrándose en la habitación para atender su teléfono, mientras yo aguardé pacientemente en mi lugar, sonriendo y terminado de tomarme el café que aún permanecía entre mis manos. Solo con la desagradable compañía de Brownie, que como siempre, aprovechaba la ausencia de Santana para amenazarme con la mirada.

Dichosa gata.

No pude oír la conversación de Santana en el interior de la habitación. Simplemente me limité a terminar mi desayuno y prepararme para lo que tenía que afrontar en las siguientes horas. Sin embargo, el gesto que me regaló Santana al salir de su cuarto tras haber cortado la llamada, si me llamó la atención.

Sonreía, y lo hacía con una travesura en su mirada que demostraba que algo había sucedido, y que ella, de nuevo, tenía un as bajo la manga para lo que estuviese pensando.

—¿Quién era? —cuestioné desde la cocina.

—Nada, el chico de la bebida. Me ha dicho que va a ir al bar ahora para dejar el pedido. ¿Vienes?

—Eh, no puedo ahora mismo. En todo caso iré después de comer.

—¿Has quedado?

—Mi madre —respondí regresando al salón—. Me ha escrito un mensaje, quiere verme de forma urgente. Dice que tiene algo especial que darme.

—¿No sabes qué es?

—Pues no, no tengo ni idea —tuve que detenerme y mirarla durante varios segundos. Santana había vuelto a sentarse en la silla y me miraba mientras bebía pequeños sorbos de la taza de café— ¿Qué pasa?

—Nada. ¿Por?

—No sé, no paras de sonreír y mirarme así, de esa forma.

—Bueno, quizás es que estoy asimilando que has pasado la noche con una chica, y ahora tendré que mirarte de una forma distinta.

—Deja de decir tonterías —dije recuperando las llaves del coche, dispuesta a marcharme de allí lo antes posible con la esperanza de no tener que seguir mintiendo. Más que nada, porque veía como Santana había cambiado de actitud, y eso era que algo tramaba.

Lo bueno, lo tranquilizador de todo aquello era que ya se había acabado. Que Rachel estaría siguiendo su camino y yo el mío, con el recuerdo de aquel beso y nada más. Y que yo había ganado la apuesta, y por supuesto, me libraba de sufrir otros cinco años más de tortura por parte de mi amiga.

Eso era todo lo que me importaba en ese instante, a pesar de la sensación de alerta que me regaló la actitud de mi amiga. No quise pensarlo. Me despedí de ella, y abandoné mi apartamento dispuesta a acudir a mi casa. Porque a pesar de no vivir allí, la casa de mis padres seguía siendo mi casa.

No había nadie en el salón principal. Principal porque evidentemente, aquella casa no era como mi apartamento, y sí contaba con más de un salón, con muchas más habitaciones, tres baños y por supuesto, decenas de ventanas que daban al impresionante jardín que mi padre había cuidado desde hacía años. Nada que ver con las deprimentes vistas que tenía desde mi habitación en el apartamento.

—¡Hola! —exclamé caminando hacia la cocina, donde casi siempre estaban mis padres, o al menos mi madre. Aunque ello no significaba que estuviese cocinando. Para eso ya estaba Leonora, la cocinera que se había encargado de mi alimentación desde que era pequeña.

—¡Hija! —escuché con la misma intensidad y tras ello, los típicos aspavientos de felicidad que siempre mostraba mi madre cuando me veía. Aunque yo sabía que era pura inercia, algo que hacía por obligación.

—Hola mamá —la saludé con un abrazo—. Hola Leo. —Le dije a Leonora, que, con su sonrisa eterna, me permitió que la saludase con un beso.

—Buenos días, pequeña —me respondió ella sin alejarse de los fogones donde cocinaba algo que olía de maravilla.

—No te esperaba tan pronto. ¿Has madrugado? —habló mi madre

—Son las 9 de la mañana, mamá.

—Tienes cara de cansada. ¿Estás bien? Tienes ojeras, ¿verdad, Leonora? —añadió inspeccionando cada centímetro de mi rostro— ¿Y tu pelo? Está un poco seco, ¿no? Deberías pedir cita a Michael. ¿Quieres que lo llame y vamos juntas al salón de belleza?

—Mamá —la interrumpí—. Estoy bien. ¿Ok? No necesito ni peluquería, ni tratamiento facial, ni nada. Relájate, por favor.

—Hija… Es que te echo mucho de menos.

—No seas exagerada —respondí—, me viste el lunes.

—Sí, pero apenas pude hablar contigo.

—Pues por eso estoy hoy aquí. Ahora podemos hablar todo lo que tú quieras, pero deja de sacarme defectos.

—Ven vamos —me dijo ignorando mi replica, y sacándome de la cocina casi a trompicones para dirigirme hasta las escaleras que subían a la planta superior.

—¿Qué pasa? ¿Dónde está papá?

—Tu padre está trabajando —respondió ya en mitad de las escaleras—. Vamos, sube rápido. Necesito que veas algo que te va a encantar.

—¿Qué? Pero… ¿Qué te pasa, mamá? —cuestioné al ver el pequeño ataque de nervios que la aquejaba y que la obligaba a recorrer el pasillo que llevaba directo a las habitaciones con una rapidez inaudita, arrastrándome tras ella — ¿Para qué querías que viniera?

—Esta mañana ha llegado algo para ti y yo ya no aguanto más sin que lo veas —anunció deteniéndose frente a la puerta de mi habitación.

No supe que sucedía hasta que vi como las lágrimas casi empezaban a asomarse en sus ojos, presa de la emoción y los nervios que ocupaban su menudo cuerpo—. Entra.

—¿Qué? —la miré confusa— Mamá. ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás así?

—Hija, entra de una vez en tu habitación —me ordenó tratando de contener la emoción. Y tras dudarlo por algunos segundos, me apresuré en abrir la puerta y hacer lo que me pedía.

En un principio no noté nada raro. Mi cama, repleta de peluches como siempre había estado, la estantería con decenas de libros y el mosaico de fotografías que yo misma había sacado seguían en el mismo sitio. Tuve que dar un paso hacia el interior para comprender que era lo que con tanto entusiasmo me invitaba a ver, y que en ese instante a punto estuvo de matarme. Al menos mi corazón se detuvo, y eso es lo que sucede cuando mueres.

La impresión era tan grande que sentí como incluso la garganta se me secaba y la vista se nublaba, no sin antes volver a mirar a mi madre, que tras de mí se colaba también en la habitación y dejaba escapar la primera de las lágrimas.

—¿Qué te parece? —susurró. ¿Qué me iba a parecer? Pensé al ser consciente de lo que estaba viendo.

—Mamá —balbuceé tratando de recuperar la compostura—¿Qué hace esto aquí?

—Es tu vestido, hija —habló acercándose al busto donde permanecía el radiante y espectacular vestido de novia—. Es el que vimos en los Ángeles. ¿Lo recuerdas?

¿Cómo no iba a recordarlo? Volví a centrarme en mis pensamientos. Aquel vestido era perfecto, era mi sueño, mi mayor deseo desde que supe que estaba comprometida con Finn. Viajamos a Los Ángeles hacía ya dos meses únicamente para ver ese vestido en una de las tiendas más prestigiosas de la ciudad, y ahora estaba allí, en mi habitación.

—¿Qué hace esto aquí? —cuestioné acercándome, observando desde cerca los detalles del vestido. Si no recordaba mal, era tan escandalosamente caro que incluso resultaba excesivo para mi familia.

—Tu tía Rose —respondió emocionada—. Es el regalo que te quiere hacer.

—¿Qué? No, no es posible.

—Ayer me llamó y me dijo que esta mañana llegaría algo muy especial para ti, y ya ves… Eso sí, no te preocupes por la talla. Me ha dicho que, en una semana, vendrán dos modistas para adaptártelo. Aunque yo creo que te debe estar perfecto —añadió mientras yo seguía completamente embelesada en el vestido.

No podía creerlo. Sabía que mi tía Rose, hermana de mi padre, si podría permitirse gastarse todo el dinero que fuese necesario en un regalo, pero jamás imaginé que lo haría con algo así, por mí.

Su favorito siempre había sido Brody. De hecho, era su ahijado, y recibir aquel regalo por parte de ella supuso un nuevo shock para mí. Algo que no iba a asimilar rápidamente, y para lo que obviamente, no estaba preparada.

—Pero mamá… ¿Tú le has dicho que no estoy con Finn? Es una locura.

—No digas eso —me recriminó cambiando por completo le gesto—. Claro que estás con Finn.

—No mamá —repliqué alejándome del vestido. Definitivamente el blanco estaba hipnotizándome por completo y no me permitía pensar con claridad—. No estoy con él, y lo sabes.

—Pero vais a volver —interrumpió como si mis palabras no sirvieran para nada—, y te vas a casar con él.

—Pero no sé cuándo.

—Claro que lo sabes, será dentro de dos meses Quinn. El 10 de junio —volvía a mostrarse molesta—. Tú padre ya ha invitado a algunos de los políticos más importantes del país, y yo estoy preparando todo, ya que tú solo te dedicas a pasar las horas en ese estúpido bar.

Ahora sí, pensé. Ahora si había vuelto mi madre. Aquella que me reprochaba todo lo que hacía y que no entraba en sus planes. Aquel si era mi madre, no la comprensiva que minutos antes me dijo que me había echado de menos y cuestionaba mis ojeras por el cansancio.

Lo cierto es que saber que mi padre ya empezaba a invitar a conocidos, y no tan conocidos, y ella seguía adelante con la preparación de la boda, consiguió provocarme un pequeño ataque de ansiedad.

—Hija —moduló el tono de voz para que sonara con algo de dulzura—, Finn y tú tenéis que hablar. Él está loco por ti y tú lo estás por él. Es absurdo que sigáis así. Hasta cuándo va durar esta estupidez.

—Mamá —interrumpí—, no te metas en eso, por favor. Es algo entre él y yo. Y solo él y yo decidiremos cuando debemos o no hablar. ¿De acuerdo?

—No seas caprichosa —volvió a alterarse— ¿Qué te pasa, Quinn? Hace un año eras la chica más feliz de Phoenix con ese anillo de prometida que te regaló Finn, y que por lo que veo, ni siquiera llevas puesto —me miró las manos— ¿Por qué estás así de caprichosa? ¿Qué pretendes? ¿Qué Finn se canse y se marche con otra?

Como si no lo hubiera hecho ya, pensé. Por supuesto no lo iba a decir en voz alta, porque a pesar de todo, yo tenía la intención de volver con él y todos en mi familia lo adoraban. Pero no estaba segura de que fuesen a perdonarle lo que me había hecho, o tal vez sí. Tal vez lo adoraban tanto que lo perdonarían, y volcarían su frustración sobre mí, siendo yo la única culpable y responsable del fallo que cometió mi novio. Como siempre solía suceder.

Pero yo no quería dañar su imagen. No hasta saber al menos qué iba a hacer con él.

No fue una discusión más. No fue otra las tantas peleas que habíamos tenido a lo largo de nuestra relación.

Finn era un chico encantador que me había dado todo. Nos conocimos con 15 años y a los 16 ya éramos novios. Fue mi primer amor, y lo seguiría siendo, por supuesto. Teníamos nuestras discusiones, como cualquier pareja, hasta que hace dos años cometió el peor de los errores que podía cometer conmigo.

Me engañó.

Finn llegó a mi casa una noche, completamente destruido y envuelto en lágrimas. Ese mismo día por la mañana discutimos por una estupidez que ni siquiera recuerdo, y por la noche vino a confesarme que una hora antes, había tenido un desliz, y terminó en la zona vip de una discoteca con una chica. Solo habían sido unos besos, provocados por la excesiva cantidad de alcohol que había tomado aquella noche por culpa de nuestra discusión, y se arrepintió. Yo sabía que lo estaba, que se había arrepentido y sentía vergüenza por haber hecho algo así, porque si no jamás me lo habría confesado, y menos aún en la misma noche. Pero aquello supuso un antes y un después en nuestra relación.

Mi confianza descendió a cotas insospechadas, tanto que las discusiones comenzaron a llevarse a cabo con más frecuencia, y por circunstancias absurdas que yo siempre utilizaba en su contra.

Yo sabía que él hacía todo lo posible por recuperar mi confianza, pero era complicado en alguien como yo, desconfiada por naturaleza.

Hacía un año que me pidió que nos casáramos y me regaló aquel anillo al que hacía referencia mi madre, y que yo conservaba en el cajón de mi mesita de noche, junto a mi cama.

Fue una promesa de fidelidad y amor para siempre. Al menos así me lo hizo entender. Según él, estaba dispuesto a hacerme la persona más feliz del mundo, que iba a compensar aquel estúpido desliz con toda una vida de felicidad, y yo le creí. Sin embargo, las discusiones no terminaban de ceder y la última, la que había terminado por separarnos durante aquel tiempo, que ya alcanzaba el mes, supuso un punto de inflexión en mi estado anímico.

Todo por un insulto a Santana, que por supuesto ella desconocía.

Finn no estaba muy a favor de que yo siguiese en el bar con ella y dando trabajo a Sam, con quien no tenía buenas relaciones a pesar de conocerse desde pequeños.

Los llamó estúpidos vividores entre otras lindezas, pero lo que dijo de Santana casi prefiero ni pensarlo, porque me dolió tanto que ni siquiera lo dejé acabar.

Puede resultar extraño que anteponga una discusión por culpa de una amiga a una relación de casi diez años, pero Santana era Santana. Era mi hermana, a pesar de no llevar mi sangre. Algo en mi interior me obligaba a permanecer a su lado, a protegerla de todo cuanto surgiera. Y que mi propio novio pensara eso de ella, era como si lo pensara de mí.

Si me quería a mí, tenía que respetar a mi familia, y Santana, muy a su pesar, era mi familia.

—Finn puede hacer lo que quiera, es libre —musité acercándome a la ventana, tratando de evitar mirar a la cara de mi madre.

—¿Qué locura estás diciendo? ¿Eres estúpida?

—Mamá —interrumpí molesta—. Es asunto nuestro. Así que te pido por favor, que dejes que lo solucionemos nosotros. ¿De acuerdo?

—Está bien, no volveré a decirte nada más —respondió conteniendo la rabia—, pero deberíais dejar de ser críos y madurar de una vez. Tenéis edad para ello, y apenas faltan tres meses para la boda. Ah y por supuesto, ni se te ocurra decirle a tu padre que estáis así. Ya sabes cómo es él.

—No te preocupes por papá, porque él me entiende mejor que nadie.

—¿Quieres que vuelva a sufrir un infarto? —soltó casi sin darme tiempo a reaccionar. Y yo me congelé. Nunca esperé que fuese a utilizar aquel golpe para algo así, para hacerme sentir culpable de algo que se escapaba de mis manos.

La imagen de mi padre luchando a vida o muerte en la camilla de aquel hospital es algo que no había olvidado. Apenas habían pasado 4 años desde aquello, y aunque era una mujer adulta, no recuerdo haber llorado más en toda mi vida.

Él, a pesar de su vida, a pesar de su amor a la política y sus creencias, era mi mayor defensor. Incluso más que mi propio hermano. Siempre fui su pequeña, la princesa de su reino, como él mismo me llamaba. Y me conocía a la perfección. Era capaz de saber si me encontraba bien o mal con una simple mirada. Y lo mejor, es que ni siquiera necesitábamos hablar para entendernos.

Ni siquiera me recriminó que invirtiese todos mis ahorros en el bar, a pesar de no gustarle en absoluto. Me dio la satisfacción y, sobre todo, me permitió tomar la decisión por mí misma.

Pensar que aquel infarto estuvo a punto de llevárselo para siempre, cambió mi perspectiva de vida.

Desde entonces, no había día que no me despidiese de él con un beso, y cuando no lo veía a menudo, procuraba llamarlo y dejarle aquel beso, aunque fuese por teléfono.

—¿Qué dices? —balbuceé con apenas un hilo de voz. Mi garganta se secó tanto que me era imposible hablar con normalidad.

—Tu padre está entusiasmado con la boda. Está disfrutando, llamando a sus amigos y cada vez que comemos juntos, me habla de cómo será la celebración en el jardín —lanzó una mirada por la ventana—. Está tan orgulloso de ti por el paso que vas a dar, que no quiero ni pensar cómo se sentiría si te escuchase hablar así.

—Papá sabe que Finn y yo hemos discutido.

—Sí, pero no tiene ni idea de lo que tienes en esa cabeza. Piensa que es una discusión de enamorados, y por supuesto, da por hecho que su hija se va a casar en unos meses. Y él va a ser tu padrino. ¿De verdad le vas a dar ese disgusto?

—¿No crees que es un poco cruel que me hagas culpable de que le pueda pasar algo malo? ¿Crees que estoy así por gusto?

—No te hago culpable —inquirió caminando hasta la puerta—. Solo quiero que pienses bien y seas consciente de la situación. Puede que para ti sea solo un berrinche de niña caprichosa —me miró—, pero para nosotros es una de las cosas más importantes de nuestra vida. Ver feliz a nuestra hija, casándose con un buen hombre que la va a hacer feliz y le va a dar todo cuando nosotros no estemos, es todo por lo que hemos luchado. Piénsalo.

No sé si la palabra "destrozada" podría definirme en aquel instante. Quizás era rota, hecha trizas, da igual. Mi madre abandonó mi habitación y me dejó a solas con aquella agobiante sensación que me hacía sentir la culpable de todos los males del mundo, como si de mi decisión dependiese la felicidad de todo el planeta, y la angustia de no estar segura de que mi felicidad llegase con lo que todos esperaban.

Fue extraño, porque en aquel instante, cuando las lágrimas a punto estaban de caer por mis mejillas y la pureza del blanco de aquel impresionante vestido volvía a llamar mi atención, pensé en ella. En la desconocida, en Rachel y sus pulseras, las cuales ya llevaba en mi muñeca izquierda.

Y lo hice porque la envidié. Deseé tener esa cabeza, esa locura extraña, esa irresponsabilidad que parecía llevar por bandera mientras recorría el país de la forma más inverosímil posible.

Quizás estaba loca y aun así la envidiaba. Un loco jamás tendría remordimientos de conciencia, y eso mismo, era lo que en aquel instante me estaba martirizando.