Ironic. Alanis Morrissette
Capítulo 7
Jugada maestra
Es probable que, para cualquier ser humano del planeta, encerrarse en un pequeño almacén de bar cuando ni siquiera está abierto al público, y hacer inventario de todo lo que hay en él, sea una autentica tortura. Pero para mí no.
Para mí aquel horror era una salvación, un descanso para mi mente y mi estado anímico.
Habían pasado tres días desde que mantuve la conversación con mi madre, tres días desde que vi el vestido de novia en mi propia habitación, y tres días en los que volvía a tener pesadillas con la enfermedad de mi padre.
Tres días en los que no había hablado de nada con nadie, y en los que me había limitado a ir a trabajar al bar, como cada noche de miércoles a domingo, mostrando mi malestar con cuanto ser humano se atrevía a cruzar palabra alguna conmigo.
Estar allí contabilizando todo conseguía distraerme lo suficiente como para no pensar más en todo aquello, y cambiar de una vez mi estado anímico. Y funcionaba.
Llevaba allí casi una hora cuando escuché el sonido que producía la verja que protegía la entrada, y supe que Santana o Sam, acababan de llegar.
Era ella. Pude escuchar como el sonido de sus tacones se hacían cada vez más nítidos, hasta llegar justo al almacén.
—¿Qué haces aquí tan pronto?
—¡Hola, Santana! —exclamé con sarcasmo. Odiaba que no saludase como la gente normal, con un hola, o buenos días.
—¿Todavía sigues así? —me increpó mientras se desprendía del bolso y se acercaba aún más a mí— ¿Me puedes explicar qué diablos te pasa? Llevas tres días insoportable.
—A mí no me pasa nada —respondí sin mirarla—, solo te he saludado como una persona normal. Con un "hola".
—¿Crees que soy estúpida? Mira, no he querido cuestionarte demasiado porque sé que cuando no quieres hablar, no lo haces y te molesta que te pregunten, pero creo que va siendo hora de que lo sueltes. Algo te pasó en tu casa, porque estás así desde que fuiste a ver a tu madre.
—Santana —la miré molesta—. He dicho que no me pasa nada. ¿Ok? —traté de aguantarle la mirada, pero hacerlo con ella era realmente complicado.
Era felina, esa era la única descripción que se me pasaba por la mente para hablar de los ojos de mi amiga. Y su rostro, su gesto de saber que no iba a asustarla con aquel vago intento de orgullo que pretendía mostrar, conseguían hacerme sentir vulnerable.
—Quinn, llevas unos días extrañísima. No solo enfadada con el mundo, como es habitual en ti, sino que además estás rara. Y estoy empezando a preocuparme de veras.
—Pues no te preocupes, porque estoy bien. En mi casa pasó lo que pasa siempre que voy, y hablo con mi madre. Discutimos unos minutos, y luego comimos como si nada hubiera pasado. Así que relájate— le solté sin más, sin importarme que una vez más, le estaba mintiendo.
—Pues entonces debe ser por otra cosa por lo que estás así, y empiezo a sospechar quien tiene la culpa.
—¿Qué?
—No será que echas de menos a esa chica. ¿No? —habló tras un breve silencio y me sorprendió.
—¿Qué chica?
—A esa, a la que te llevaste a casa el otro día.
—¿Rachel? — cuestioné, y lo hice siendo completamente honesta. No me había olvidado de ella, por supuesto, pero lo cierto es que no rondó demasiado por mi mente en aquellos días. De hecho, no había vuelto a mencionarla hasta ese instante. Ni siquiera Santana me había vuelto a cuestionar por ese asunto.
—Si, esa tal Rachel. ¿La echas de menos?
—¿Qué dices? ¿De qué hablas?
—Escúchame Quinn —se acercó lentamente sorprendiéndome—, entiendo que después de estar con una chica por primera vez, sientas curiosidad por descubrir más —sonrió—. Pero no es necesario que te enfades con el mundo. Si quieres eso, solo tienes que pedirlo.
Por un momento perdí el habla. Perdí toda capacidad de reacción porque no estaba segura de sí lo que estaba sucediendo era real, o mi encierro en el almacén me estaba jugando una mala pasada. Ver como Santana se acercaba de manera insinuante y llegaba a posar la palma de su mano sobre mi barriga, me dejó petrificada.
—¿Qué haces? —balbuceé.
—Quinn, tú me juras que has estado con una chica, y yo ya no te veo como mi mejor amiga —susurró bajando la mirada hacia su mano, que ya comenzaba a descender vertiginosamente—. Ahora podemos jugar juntas.
Sentí como incluso el aire se escapaba de mis pulmones al notar como sus dedos jugaban con el botón de mis pantalones, y rápidamente la detuve, sujetando con fuerzas la mano mientras la miraba horrorizada.
—¿Qué estás haciendo? —dije tartamudeando.
—Somos amigas. ¿No? Ahora podemos compartir otras cosas aparte de hogar y…
—¡Basta! —la interrumpí apartando la mano que aún seguía anclada a mis pantalones— ¿Estás loca? ¿Quién te piensas que…?
No pude acabar la pregunta porque vi como una endemoniada sonrisa se apoderaba de su rostro, y se apartaba rápidamente de mí.
—Te ha salvado la campana —murmuró sin dejar de mirarme—, pero no hemos acabado con esto. Ahora que las dos sabemos de qué va todo, nos vamos a llevar mejor. Mucho mejor.
Sus palabras volvían a confundirme, y lo iban a seguir haciendo justo cuando Sam aparecía en el interior del almacén, y nos miraba extrañado por la tensa situación que existía entre nosotras.
Ni siquiera le había escuchado entrar en el bar por culpa de aquello.
—¿Qué hacéis? —cuestionó sin dejar de mirarnos.
—Nada —respondió Santana—. Ya nada, me voy fuera a ordenar un poco las mesas. Le dijo y yo seguía sin reaccionar, ni siquiera cuando la vi salir del almacén y me quedaba a solas con Sam.
Acababa de incitarme, de pretender que entre nosotras dos existiese algo más íntimo y no era mi imaginación. Había sucedido de veras, pero esa sonrisa, ese último gesto en su rostro me confundió por completo. Santana había jugado muchas veces con ese tema, pero juré que, en aquel momento, pretendía hacerlo real. Y eso me descompuso por completo.
—¿Estás bien? —me preguntó Sam acercándose.
—Eh sí, sí —respondí volviendo a tomar la libreta donde estaba llevando a cabo el inventario.
—Ok. ¿Qué haces? ¿Necesitas ayuda o me salgo fuera a ayudar a Santana?
—¿Puedes ayudarme a bajar esas cajas? —señalé hacia uno de los altillos— Estoy haciendo inventario y…
—Eso está hecho, jefa —respondió sin darme tiempo a acabar mi explicación.
Sam se subió rápidamente a unas pequeñas escaleras y comenzó a ayudarme en todo lo que yo le iba pidiendo, sin cuestionarme, dejándome trabajar con tranquilidad aun sabiendo que algo me sucedía.
Él, al igual que Santana, me conocía a la perfección, y mi actitud durante aquellos días también le había llamado la atención. Pero Sammuel se caracterizaba por ser todo lo opuesto a Santana en aquel aspecto. Él guardaba silencio, se acercaba y te ofrecía su apoyo de una forma distinta. Te ayudaba a distraerte, a sentir su compañía cuando más la necesitaba sin la obligación de exponerte. Y eso en aquel instante era lo que necesitaba.
No quería contarle a nadie lo sucedido con mi madre, porque ni siquiera terminaba de asimilar que me había posicionado como la posible culpable de una nueva recaída de mi padre. Sabía que eso pondría a mi madre en el punto de mira de mis dos únicos amigos y no podía consentirlo. Era mi madre, al fin y al cabo.
Y así estuvimos casi 20 minutos más. Ordenando, contando y reorganizando aquel desastroso almacén, ignorando lo que sucedía en el exterior hasta que, de nuevo, la voz de Santana volvía a inundar la estancia y a provocarme de nuevo la tensión.
—Quinn. ¿Puedes salir un momento? Tengo que mostrarte algo.
Tardé varios segundos en reaccionar a la petición.
—¿Quieres que siga yo con esto? —cuestionó Sam adueñándose de mi libreta.
Asentí, básicamente porque no me salían las palabras. Y con paso vacilante, caminé hasta la salida del almacén y el pequeño pasillo que me llevaba de nuevo al bar, donde Santana me esperaba.
—Oye —me detuvo antes de salir—. Quiero decirte algo.
—¿Otra vez con esa estupidez de que tú y yo…? —musité molesta— Deja de pensar en eso. ¿Ok? Jamás me acostaría contigo.
—No, no —respondió rápidamente—. No es eso, es solo que ahí fuera hay alguien que quiero que conozcas. De hecho, vino el miércoles, pero como tú estabas en la casa de tu madre, le pedí que viniera hoy.
—¿Qué? ¿Quién es? —traté de asomarme al exterior, pero Santana se interpuso.
—Es alguien que puede ayudarnos a traer gente al local, y estoy segura de que lo va a conseguir. Pero necesito de tu aprobación.
—No entiendo nada. ¿Has contratado a una relaciones públicas?
—No, no nada que ver —volvía a detenerme—. Es una apuesta personal, aunque aún tiene que demostrarme que merece la pena apostar por ella.
—Santana, no entiendo nada. ¿Qué diablos te pasa hoy?
—Vamos sígueme —sonrió, y lo hizo de nuevo con esa travesura que tanto miedo me daba.
Seguí sus pasos por el estrecho pasillo hasta llegar a la barra del bar y descubrir el misterio que guardaba.
Un misterio que, a mí, personalmente, me provocó un shock repentino dejándome paralizada detrás de la barra, y con la mirada fija sobre el objetivo.
Fue curioso, porque podría jurar que a ella también le invadió la misma sensación. Al menos su gesto sorprendido y confuso a la vez, así me lo demostraba.
—Quinn, esta chica es Rachel —habló Santana que, desde ese mismo instante, no dejó de sonreír divertida—. Vino a proponernos un trato, pero como no estabas le dije que viniese hoy.
No sabía que hacer o qué decir. Me quedé mirándola sin comprender que estaba sucediendo, y tratando de reaccionar, pero me era imposible. Solo podía mirarla directamente a los ojos hasta que, de nuevo, la voz de mi amiga volvía a dejarse oír.
—Ella es Quinn, mi socia en el bar.
—¿Tú socia? —fue ella la primera en reaccionar, y lo hizo desviando la mirada entre nosotras dos, tratando de comprender que debía hacer.
Pude verlo en su rostro, pude ver como dudaba sobre si debía reconocerme o simplemente, mostrarse como una desconocida. Y fue aquella situación comprometedora la que me hizo actuar.
—Hola Rachel —me acerqué ignorando a Santana, que a mi lado seguía sonriendo—. ¿Cómo estás? —dije regalándole un abrazo como saludo. Ni siquiera supe por qué la saludé de tal modo. Aquel gesto fue extraño incluso para Santana.
—Eh bien, bien —tartamudeó—. No sabía que tú…
—Tranquila, es lógico que no lo sepas porque no te lo dije. Sin embargo, Santana si debería conocerte —la miré desafiante.
—¿Os conocéis? —cuestionó mi amiga sin dejar de mirarme. Por supuesto, aquella media sonrisa contenida que ofrecía en sus labios, me dejaba claro que estaba poniéndome a prueba.
Por supuesto que conocía a Rachel, es más, estaba segura de que la había citado para cuando yo estuviese con la intención de ver mi reacción, y así confirmar o desechar la estúpida apuesta.
—Santana, ella es Rachel, la chica de la que te hablé…—me mostré con sarcasmo— La que estaba en el Ladies. ¿Lo recuerdas?
—Oh. ¿No me digas? —espetó con una falsa expresión de sorpresa— ¡No tenía ni idea!
—Quien no tenía ni idea de quien eras soy yo —intervino Rachel extrañada.
—Claro que no lo ibas a saber —la defendí—. Tú no la viste, pero ella a ti si te vio. ¿Verdad, Santana?
—Sí, claro que la vi, y ahora que lo dices, es cierto… Es ella —respondió sonriente—. Pero no la había reconocido. Lo siento tengo muy mala memoria.
—Ya veo —musité molesta—. ¿Y bien? ¿Qué haces aquí? —miré de nuevo a Rachel, tratando de permanecer lo más tranquila posible.
—Pues yo…
—Me llamó el miércoles —interrumpió Santana.
—Eh sí, —volvía a hablar Rachel—. Ese mismo día estuve hablando con Brittany, las relaciones públicas del Ladies. ¿La recuerdas? — me cuestionó y yo asentí— Bien, pues yo le pregunté si conocía bares en los que se pudiese tocar. Ya sabes que toco la guitarra —hizo una pequeña pausa, tratando de apartar los nervios—. Y ella buscó en su agenda y encontró una tarjeta de este local, y me la dio. Yo, yo no tenía ni idea de que era ella.
—O sea que tú le das tu teléfono a Brittany —miré a Santana—, y ella ni siquiera sabe que eres la dueña de este bar —sonreí divertida. Sabía que aquello iba a herir el orgullo de mi amiga, pero me daba igual. Ella ya había jugado demasiado conmigo, y para colmo también lo hacía con Rachel.
—Eso parece —respondió molesta—. Pero bueno, lo importante es que aquí, Rachel —se acercó a la morena—, dice que le gustaría cantar en este bar. Y a mí me parece una muy buena idea para atraer a la gente.
—A mí también me parece una buena idea —respondí preocupada—, pero no tenemos presupuesto para todas las cosas que queremos —le recordé.
—Eso es lo mejor. Rachel dice que no va a cobrar nada.
—¿Qué? —la miré sorprendida— ¿Cómo que no vas a cobrar?
—No —intervino ella—. Se lo comenté a tu socia el miércoles, yo solo necesito un lugar en el que cantar y nada más.
—Pero… ¿Lo haces por amor al arte? —volví a cuestionarla— No es lógico, Rachel, tú necesitas dinero. ¿No?
—Claro, claro que lo necesito, por eso busco cantar en bares, pero funciono de una forma que es beneficiosa para todos. Verás—se acercó a mí—, yo canto y mientras dejo mi funda, tal y como lo hago en la calle. Si les gusto, dejaran dinero si no, pues no.
—A mí me parece perfecto —interrumpía Santana.
—No, no sé si es justo —dije preocupada.
—Para mí sí lo es —respondió Rachel—. Vosotras me ofrecéis un lugar más seguro donde tocar. Ya viste que la calle no lo es… Y yo trataré de hacer lo posible para que los clientes repitan o vengan más.
—Lo sigo diciendo, me parece perfecto —habló Santana—. Ganamos todos.
—No sé qué decir —balbuceé sin apartar la mirada de Rachel. Realmente no sabía si eran mis dudas acerca de que fuese a recoger el suficiente dinero para que le mereciese la pena, o la extraña sensación de volver a encontrarme con ella.
Me había puesto feliz verla, sobre todo, porque eso me indicaba que estaba bien y eso ya era meritorio si la vida que según me contó que llevaba, era cierta.
—Bueno, dejemos que nos cante algo y así nos convence más. ¿No crees?
—Ok, como queráis, pero a mí no es necesario que me convenza cantando porque ya la he escuchado y…
—¿Rachel?
—¡Sam!
—Mierda —susurré al escuchar la voz de Sam llamando a Rachel por su nombre, y ésta reconociéndolo ante la confusa mirada de Santana, que no se esperaba eso bajo ningún concepto. Había olvidado por completo que Sammuel sí conocía a Rachel, a quien yo supuestamente para Santana, solo conocía del Ladies.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo estás?
La efusividad de Sam al saludarla contrarrestaba por completo con mi estado, completamente congelado y tratando de disimular ante la mirada de Santana.
—Quinn. ¿Puedes venir un segundo? —Me dijo Santana y yo no encontré excusa alguna. Cuando quise darme cuenta, seguía sus pasos hacia el almacén. —Hey Rachel, prepárate para cantar. Ahora volvemos —añadió dirigiéndose a ella segundos antes de introducirse en el almacén. Ni siquiera me permitió llegar a él. Santana se detuvo en mitad del pasillo para cuestionarme. Algo que yo sabía que iba a hacer—. ¿Por qué Sam conoce a esa chica?
—Rachel es la chica que Sam y yo nos encontramos cerca de Utah.
—¿¡La que parecía que no se había bañado!? —preguntó alzando la voz.
—Hey, no grites —la interrumpí—. Sí, es ella.
—O sea, que es mentira que te has acostado con ella. ¿No? —me increpó— No, si ya sabía yo que eso no era posible y que me estabas mintiendo.
—Yo no he dicho eso —volví a interrumpirla—. Lo único que te he omitido es que fuese una desconocida, no que no haya pasado nada entre nosotras.
—No, no me jodas, Quinn. Ese no era el trato.
— ¿Cómo qué no? La apuesta era que yo me divirtiese con alguna de las chicas que estaba en ese local. ¿No es cierto? Pues bien, lo hice. Rachel era esa chica.
—¿Y por qué no me dijiste que la conocías?
—Porque no la conocía… O sea, si la conocía del viaje, pero para mí seguía siendo una desconocida.
— Has jugado sucio. Además, no… No, me niego a creerte. No me creo que te hayas acostado con esa chica. Cuando me dijiste que la habías recogido en la gasolinera, me dijiste que incluso pensabas que no se había bañado en días. ¿Cómo piensas que te voy a creer?
—Deja de utilizar eso en mi contra —repliqué molesta—. Ya te dije que esa chica si se cuida, y lo que pasó, pasó y punto. Ahora tú la has traído aquí y te vas a hacer cargo. Ella va a cantar aquí. No creas que todo se va a quedar en un estúpido juego tuyo.
—Ni siquiera la he escuchado. Primero tendrá que convencerme —respondió con orgullo.
—Haberlo pensado antes de intentar jugarme una mala pasada.
—No has ganado la apuesta —me recriminó tratando de buscar una solución a algo que ya sabía que no iba a lograr.
—Si, sí que la gané, y varias veces —presumí tratando de molestarla aún más.
—No vale si ya la conocías.
—No dijiste nada de eso —le respondí de nuevo—. La cuestión era que yo tenía que tener algo con una chica, te lo vuelvo a repetir, y eso es lo que sucedió —traté de no mencionar el hecho de mantener relaciones sexuales. Para mí, el beso que Rachel me regaló aquella noche era más que suficiente para ganar la apuesta—. Así que vamos, sal ahí y dile que va a venir a cantar. ¡Ah! Y no vuelvas a intentar ponerme nerviosa con tus insinuaciones, no eres mi tipo.
Me ignoró.
Santana se cruzó de brazos y me dejó a solas en el pasillo, avanzando con paso decidido hacia el exterior donde Rachel ya sacaba la guitarra de la funda que había dejado en el suelo, y Sam le ofrecía un taburete.
Aquel gesto, aquel movimiento de Rachel sacando la guitarra de su funda, fue perfecto para mí, y por supuesto, molestó aún más a Santana. Gracias a ello, ambas pudimos comprobar como el tatuaje que la morena tenía en la espalda quedaba al descubierto cuando la camiseta se elevaba un par de centímetros al agacharse.
Juro que pude escuchar los pensamientos de Santana maldiciéndome al ver aquello. Hacer referencia a aquel tatuaje fue una de mis astutas pinceladas para hacerle creer que había visto a aquella chica completamente desnuda, y ahora lo estaba comprobando por ella misma.
—Oye es muy buena idea que Rachel cante aquí, ya dije que organizar conciertos podría ser una buena solución a este desastre —Sam me habló directamente a mí al verme aparecer.
—La verdad es que si, es buena idea —murmuré al llegar a ellos—. ¿Estás lista, Rachel?
—Eh sí, claro —respondió con la guitarra ya entre sus manos y ocupando el taburete.
—Perfecto —sonreí—. Presta atención, Santana, porque te va a encantar.
No me respondió. El orgullo de haber fracasado en su intento por dejarme sin excusas, podía con ella. Y el gesto de desagrado no iba a desaparecer de su cara tan fácilmente. Al menos no hasta que los primeros acordes comenzaron a sonar de la guitarra de Rachel, y su voz le acompañaba.
Fue curioso ver como a Santana le sucedía lo mismo que a mí en la casa abandonada, y la voz de aquella chica conseguía calmar el mal humor que se apoderaba de ella.
Tuve que sonreír al ser consciente de la canción que Rachel comenzaba a cantar.
A traffic jam when you're already late
A "no smoking" sign on your cigarette break
It's like ten thousand spoons when all you need is a knife
Era irónico que estuviese escuchándola cantar de nuevo cuando ninguna de las dos, pensamos en volvernos a encontrar. Irónico al igual que el título de aquella canción que se adaptaba perfectamente a la voz de Rachel. Y no solo se adaptaba, sino que también cambiaba para darle un toque más especial.
t's meeting the girl of my dreams
And then meeting his beautiful husband
And isn't it ironic, don't you think?
A little too ironic, and yeah I really do think
It's like rain on your wedding day
Se había ganado a Sam, lo había hecho con Santana que no podía evitar sorprenderse por la dulzura con la que cantaba, y por supuesto me ganó a mí, aunque eso era algo que ya había hecho días atrás. La única diferencia con lo que yo ya conocía de su talento, fue escuchar como cambiaba la letra de la canción, colocando a una mujer en vez de a un hombre en una de las estrofas.
Fue un guiño, de hecho, llegué a creer que me lo había regalado a mí tras recibir una breve mirada justo cuando pronunciaba esas palabras.
—Creo que no hay mucho más que pensar —dije después de que acabase y el silencio se prolongara entre todos. Santana no tenía nada que replicar a aquella actuación y completamente hundida por el fracaso de su jugada maestra, me miró desafiante.
—Ok, por mi puede cantar —murmuró—. ¿Me dejas tu coche?
—¿Qué?
—Tengo que ir a ver a Megan, quedé con ella para solucionar lo de las mesas de billar. Van a traerla hoy —se excusó cambiando de tema—. Encárgate tú de ella —miró a Rachel, regalándole una extraña sonrisa.
—Ok. Mis llaves están en el bolso.
Apenas tardó un par de segundos en reaccionar y alejarse de nosotras, aun con la frustración ocupando todo su rostro.
Tanto Sam como Rachel me miraban incrédulos. Por supuesto, ninguno de los dos conseguía entender el cambio brusco de actitud en Santana, y mucho menos Rachel.
Ella no nos conocía en absoluto, y la reacción de Santana la sorprendió por completo, sobre todo porque conociéndola, estaba segura de que se había portado de una manera muy distinta con ella a como realmente lo solía hacer. Más afectiva e interesada con tal de conseguir lo que no había llegado a lograr. Destruir mi plan.
—¿Le ha gustado? —balbuceó Rachel confusa.
—Por supuesto —respondí tratando de tranquilizarla—. No te preocupes por sus respuestas, ella es así de complicada.
—Cierto, cuando la conozcas mejor, sabrás que la mitad de las cosas que dice, las dice con sarcasmo —interrumpió Sam.
—Vaya, veo que sois todos especiales —respondió tímidamente.
—Completamente —dije segundos antes de ver como Santana regresaba del almacén, y tras lanzarnos de nuevo una de sus miradas, abandonaba el local sin decir más.
—La verdad es que eso no es muy normal —inquirió Sam—. ¿Qué le pasa? —me preguntó.
—Nada, digamos que pretendía hacerme pasar un mal rato y al final no lo ha conseguido —respondí sonriente—. Ya sabes que el orgullo le puede.
—Entonces. ¿Eso significa que me dejáis que cante aquí?
—¿Lo dudabas? —respondí sonriente.
—Genial —se entusiasmó—. Hasta ahora no había conseguido ningún bar en Phoenix, y realmente lo necesitaba. Me he dado cuenta de que las calles de esta ciudad no son lo suficientemente seguras.
—Estoy contigo —intervino Sam—, deberías poner una queja en el Ayuntamiento —bromeó desviando la mirada hacia mí.
—No quisiera meterme en líos con las autoridades de esta ciudad, suficiente tuve con lo que me sucedió en Alabama.
—¿Qué te sucedió? —se interesó Sam.
—Me robaron en una estación de autobuses y me quedé sin documentación —comenzó a explicar mientras volvía a guardar la guitarra—, así que me fui a la primera comisaría que encontré y les expliqué el caso. Lo cierto es que al principio me trataron bien, pero poco a poco, mientras iban realizando la denuncia, varios policías empezaron a mirarme de forma extraña y yo pues empecé a sentirme rara, como si algo estuviese sucediendo. Hasta que llegó ella.
—¿Ella? —susurré yo.
—El Sheriff, que en realidad era una mujer, de unos 50 años y con un extraño olor que no sabría describirte, pero bastante desagradable. Cuando llegó, me miró y rápidamente ordenó que me detuviesen.
Sam y yo nos mirábamos incrédulos. Rachel tenía una capacidad inaudita para relatar las historias y conseguir que quedásemos completamente embaucados, escuchándola sin pestañar.
—¿Y qué pasó? —preguntó Sam tras la breve pausa.
—Pues que me metieron en el calabozo. Al parecer, había una chica en la ciudad que estaba en búsqueda y captura y se parecía bastante a mí, al menos eso decían. Y esa mujer, la Sheriff Robson, estaba convencida de que era yo.
—No me lo puedo creer —musité incrédula.
—Pues créetelo —me miró divertida—. Pasé toda la noche en el calabozo hasta que amaneció.
—¿Te dejaron ir sin más? —volví a preguntar impaciente.
—Sí, pero solo porque uno de los policías que estaban patrullando, encontró mi bolsa con la cartera y las pocas cosas que llevaba, entre ellas mi documentación. Gracias a eso pudieron comprobar quien era, y, por supuesto, me dejaron salir. Pero pasé toda la noche compartiendo calabozo con una mujer que decía que veía a Dios a su lado, y que le ordenaba cortarme el pelo.
—¡No! —exclamó Sam divertido.
—Sí, os lo juro, tenía miedo de quedarme dormida por si se atrevía a llevarlo a cabo —sonreía—. No soy nada sin mi pelo.
—Yo tampoco soy nada sin mi pelo —intervino Sam. Por supuesto, ambas comenzamos a reír por la broma de mi amigo. Su rubio y brillante pelo al más puro estilo príncipe encantador, bien lo valía.
—Te queda bien —dijo Rachel con naturalidad, dejando escapar de nuevo una sonrisa que nos conquistó a los dos, y digo dos porque Sam también quedó embelesado tras escucharla.
Por supuesto, yo seguía en mi mundo. Observándola y sintiendo como todo aquel malestar que me había acusado durante aquellos días, desaparecía por completo de mi mente mientras la escuchaba hablar con aquella sonrisa en sus labios.
Era sencillez lo que desprendía. Una naturalidad que jamás había observado en nadie a lo largo de mi vida, y que, por supuesto, me resultaba terriblemente encantadora.
Nos mantuvo tan prendados que incluso creamos un largo silencio solo interrumpido por las sonrisas y las miradas que poco a poco, comenzaban a hacerse inquietantes.
—Eh, Sam. ¿Puedes, puedes terminar lo del almacén? Yo, yo acabo con el tema de Rachel —sugerí tratando de no sonar demasiado delatadora, pero no resultó así.
Mi excusa por quedarme a solas con Rachel fue perfectamente captada por Sam, que rápidamente supo, o al menos eso me dio a entender, que necesitaba hablar con ella a solas. Y más tarde, cuando vi cómo tras despedirse de la chica, se adentraba en el almacén de nuevo, supe que Rachel también había sido consciente de mi vago intento por tener aquellos minutos a solas con ella. Fue esa sensación de saber que conocía mis intenciones, lo que me provocó uno de aquellos estados catatónicos en los que me veía envuelta cada vez que quería decir algo, y la vergüenza o el pudor me cohibía.
Tanto me costó hablar, que fue ella quien rompió el silencio.
—Quinn, a pesar de que ya hayas hablado con tu amiga, te prometo que no tenía ni idea de que fuese ella. Te juro que no la vi en el bar, y no la reconocí aquí, cuando vine. Y Brittany tampoco sabía de quien era ese número.
—No es necesario que te expliques —respondí tomando asiento en el taburete que había dejado libre.
Rachel ya tenía la guitarra perfectamente protegida, o al menos resguardada, en la desastrosa funda que, por lo que pude intuir tras observar cómo utilizaba una especie de correa para mantenerla cerrada, seguía rota.
—Bueno, no quiero que pienses que estoy persiguiéndote —musitó con una tímida sonrisa asomándose en sus labios.
—Tranquila, todo esto es cosa de Santana. Aún sigue sin creer que gané la apuesta —susurré evitando que mi voz pudiese llegar al almacén—. Y cuando la llamaste, vio la mejor oportunidad para averiguar si era verdad que tú y yo… Bueno, ya sabes.
—¿Le dijiste que estuvimos juntas toda la noche? —murmuró curiosa.
—Sí —respondí desviando la mirada—. Solo es una mentira piadosa. De hecho, y aunque ella piensa lo contrario, no voy a aceptar mi premio por haber ganado. Solo lo hago para que ella…
—Deje de torturarte con la dichosa curiosidad. ¿No? —me interrumpió.
—Así es. Y hasta que no quede completamente convencida, no me dejará en paz.
—No te preocupes, si me pregunta o me insinúa algo, seré tu cómplice.
—No, no quiero que te veas involucrada en algo así. De hecho, siento mucho que estés metida en medio. Simplemente evita responder si te insinúa algo. Nada más —dije tratando de hacerla sentir bien—. Además, ella no va a ser tan directa contigo y dudo que te pregunte algo así.
—Como quieras, pero no es algo que me moleste —respondía—. Menos aún si por alguien como tú.
—¿Cómo soy yo? —cuestioné sin pensarlo.
—Eh pues no sé, eres… —dudó. Realmente parecía no saber que contestar o quizás, trataba de evitar hablar demasiado— Creo que eres una buena chica, y me estás ofreciendo un lugar en el que cantar después de haberme traído desde Utah y llevarme al hostal la otra noche —bajó la mirada—. Al principio, cuando hablamos en la casa abandonada, pensé que ibas a ser más gruñona de lo que eres, pero veo que estaba realmente equivocada. Intuyo que eres una muy buena persona.
—Me alegro que veas eso en mí —dije sin poder contener la sonrisa.
—Es lo que proyectas —volvió a hablar dejando una larga pausa tras sus palabras—. Ok, será mejor que me marche ya. Supongo que tendrás cosas que hacer. ¿Cuándo puedo venir a cantar?
—Pues no lo sé, antes deberíamos ver qué necesitas y si lo puedo conseguir lo más rápido posible.
—¿Necesitar? —me miró extrañada— No necesito nada, solo un taburete y un hueco —se giró para mirar tras ella—. Mira ese es perfecto.
La esquina.
Mi bar se llamaba The Corner y evidentemente, el nombre se debe a que estamos situados en un cruce.
La barra se presentaba justo a escasos metros de la entrada al local. Tras ella se accedía al almacén y frente a ella, el salón donde estaba situadas algunas mesas, y que acababa con dos enormes ventanales al fondo, formando la esquina que daba nombre al lugar.
La decoración era obra de Santana. Fue ella la que se empeñó en que todas las paredes fuesen de ladrillos, dándole un estilo urbano al que yo ya me había acostumbrado, puesto que nuestro apartamento estaba decorado de igual forma.
Todo lo demás, algunos cuadros con fotografías en blanco y negro de diferentes motivos, y el mobiliario completamente de madera, también era elección de ella.
Es ahí donde quedaba claro cuál era mi función en aquel proyecto; socia capitalista y trabajadora. Nada más.
—¿En la esquina? —pregunté asegurándome que sabía lo que decía.
—Sí, será divertido cantar ahí con la avenida justo detrás de mí —sonrió—. No, no necesito nada más, solo eso.
—Ni micrófono, ni altavoces ni…
—Ni nada —volvía a interrumpirme—. Solo tu permiso.
—Eh ok, pues entonces supongo que puedes venir el miércoles. Así al menos nos dará tiempo para publicitarlo de alguna forma, y que venga más gente. ¿Te parece bien?
—Me parece perfecto —respondía sin eliminar aquella sonrisa que poco a poco, iba grabándose en mi mente.
Era increíble. Y no, no me estaba volviendo loca. Aquella chica era capaz de embaucar a quien se propusiera solo con su sonrisa. No necesitaba más. Cuando Sonreia, se te olvidaba absolutamente todo lo que había a tu alrededor, pero si además esa sonrisa te la dedicaba a ti, ya sí que perdías toda noción.
En aquel momento, ni siquiera me percaté de su vestimenta. Y eso era algo a destacar en ella, desde luego. Lo hice por pura casualidad, cuando la vi cómo se aseguraba de mantener la correa que sujetaba la funda de la guitarra, bien aferrada al mismo. Volvía a usar una camiseta básica, ese día era el negro el color escogido. Y sus piernas permanecían perfectamente cubiertas con unos jeans, que, a diferencia de los anteriores, no tenía rasguños o agujeros. Lo que no cambiaban eran sus zapatillas desgastadas, y por supuesto, los anillos y las pulseras de sus muñecas.
—Ok pues… ¿Trato hecho? —me dijo ofreciéndome la mano tras asegurar bien su guitarra, y regresar a mí, sacándome del pequeño escrutinio.
No lo dudé y tras devolverle la sonrisa, estreché mi mano contra la de ella.
—Trato hecho —susurré. Pero aquel simple gesto no iba a quedar inmune a una nueva situación que volvía a sacar a relucir ese rubor que se agolpa en las mejillas cuando algo te supera.
Rachel desvió la mirada hacia nuestras manos entrelazadas, y vi como alzaba la ceja y volvía a sonreír, con más entusiasmo y algo de sorpresa.
Tuve que imitar la acción para averiguar a qué se debía aquella reacción, y descubrir que el motivo de su gesto la tenían las dos pulseras que ella misma me había regalado, y que por supuesto, lucia en mi muñeca.
—Eh entonces, te veo el miércoles. ¿Ok? —balbuceé destruyendo el apretón de manos, y tratando de no darle importancia al pequeño mordisco que se dio en los labios justo cuando alzaba de nuevo la mirada hacia mí.
—Claro —susurró—. El miércoles a las…
—A la estará bien.
—Perfecto.
De nuevo. Uno más, otro de aquellos silencios que se pronunciaban cuando menos lo esperaba y que conseguía llenar de tensión el aire que se interponía entre nosotras.
—Gracias, Quinn— dijo dispuesta a apartarse—. Que tengas un buen día.
—Lo mismo digo…—musité sin saber muy bien que más hacer o decir. Supuse que Rachel se percató de la incomodidad del momento, y fue ella la primera en reaccionar. Se adueñó de la guitarra, y sin perder la sonrisa, se apartó de mi dispuesta a abandonar el bar. Solo se detuvo cuando llegó a la puerta, y yo, sin saber por qué, sabía que lo haría. Sabía que no iba a marcharse sin volver a mirarme. Y yo justamente hice lo mismo.
Mirarla.
Mirarla como si no necesitásemos hablar para despedirnos, para saber que las dos estábamos agradecidas por habernos vuelto a encontrar y, sobre todo, por saber que íbamos a volver a hacerlo.
Fuero varios segundos, supongo, porque en aquel instante no tenía certeza del tiempo que transcurría. De lo único que fui consciente fue de ver como salía por completo del bar tras aquella última mirada, y me dejaba a solas, sentada en el taburete y con mis manos ancladas sobre mis piernas, utilizando la tela de mi falda para secar el sudor que había comenzado a brotar de ellas.
Un sudor que no tenía ni idea de porqué inundaba mis manos, pero que yo achacaba al nerviosismo que me produjo ver como Rachel se detenía en las pulseras y se llenaba de satisfacción al verlas.
Habían cumplido su objetivo, y por eso las llevaba conmigo. Recordar a la única que chica que tuvo que esperar su turno para utilizar un retrete en mitad del campo, y por supuesto, para recordar a la única chica que me había robado un beso. Eso era lo único que en aquellos días conseguía cambiar mi humor. Y al parecer, a ella le gustaba que así fuera.
