Everlong. Foo Figthers
Capítulo 8
Contraindicaciones.
El City Café era una cafetería situada en Madison Street, con enormes ventanales desde donde se podía divisar la calle. Por supuesto, una calle en la que simplemente pasaban coches y poco más.
Apenas eran las 5 de la tarde de aquel miércoles 10 de marzo, cuando llegué a los aparcamientos de aquella apartada cafetería, dispuesta a llevar a cabo algo que no podía retrasar más.
Era la primera cita que tenía oficialmente con Finn después de nuestra separación, y lo hacía porque no tenía ni idea de lo que iba a suceder con la boda.
Necesitábamos hablar, a pesar de que aún seguía resentida con él y su actitud. Solo había algo que tenía claro; no iba a retroceder y perdonarlo tan fácilmente. Aquella tarde lo único que pretendía era hablar, saber en qué situación estábamos exactamente, y aclarar de una maldita vez si mis padres debían continuar preparando la boda o no.
El flamante BMW de Finn aparecía a varios metros de mi coche, y supe que ya estaba esperándome en el interior de la cafetería.
El hecho de quedar allí y no en mi propio bar, estaba claro para ambos. Queríamos que la cita fuese algo privado, solo entre él y yo. Además de contar con más tranquilidad. Apenas faltaban un par de horas para que Santana abriese el bar y Rachel nos deleitase con aquella primera actuación, lo que podía suponer una mala combinación dependiendo de cómo terminara aquella cita.
Apenas había gente en el interior. Una pareja sentada en una de las mesas del fondo y varios hombres en la barra. Finn me vio llegar desde el exterior, supongo, porque cuando entré ya estaba de pie, recibiéndome con la educación que lo caracterizaba, y vestido con uno de sus trajes de chaqueta. Aquellos que siempre utilizaba para trabajar.
—Buenos días, Quinn— me saludó con media sonrisa. Supe que pretendía agradarme por el tono de voz, por el intento de dulzura en su extraña sonrisa y la amabilidad que mostraba.
Me tensé. Si había algo que tenía que seguir al pie de la letra, era que en aquella disputa yo era la ofendida y por lo tanto tenía que seguir mostrándome dura.
—Hola— saludé desganada.
No permití que me besase al saludarme. Me limité a tomar asiento y a dejarle con el intento fallido de hacerlo.
—¿Cómo estás? —me cuestionó tomando asiento frente a mí.
—Bien —respondí tras tomar aire. El suficiente para poder recibir a la camarera que ya se acercaba a la mesa con una de aquellas cafeteras y una taza vacía.
—¿Café?
—Sí, por favor —respondí sin opción. La chica había empezado a servir la bebida antes de que yo le contestase. Era algo típico de aquel lugar, y algo que, a mí, personalmente, no me gustaba en absoluto.
Daban por hecho que ibas a tomar café, y si no era así, te veías en la comprometida situación de tener que rechazarlo cuando ya había sido vertido en el interior de la taza.
—¿Por qué no me dijiste que habías estado en Utah? —preguntó sin más preámbulos.
—¿Por qué te lo iba a decir? —repliqué— ¿Quién te lo ha dicho?
—Tu hermano —habló—. Me llamó para preguntarme por un mecánico para tu coche, y me explicó que algo le sucedió en Utah.
—Que bien —murmuré dando el primero de los sorbos del café.
—¿No me vas a decir a qué has ido a Utah?
—Ah ¿Eso no te lo ha dicho Brody? —pregunté con sarcasmo.
—Pues no. Y te aseguro que le pregunté, pero me dijo que no sabía el motivo por el que habías ido. Algo que realmente me parece mal. No entiendo que te vayas a Utah tú sola y no digas nada, ni por qué vas.
—En primer lugar —interrumpí—. Lo que yo haga o deje de hacer, es asunto mío. Y segundo, no fui sola
—¿Con quién fuiste?
—Eh… Finn —perdí la paciencia. Si había algo que realmente me molestaba de él, era su total y absoluto interés por controlarlo todo—. No he venido hasta aquí para que me recrimines lo que hago o dejo de hacer. ¿Ok?
—Ok, ok —recapacitó—. Tienes razón lo siento.
Volví a tomar aire. No sabía por qué me sentía así, por qué perdía la paciencia tan rápido con él, si era mi chico.
Estaba segura de que le quería, y mirándolo a los ojos, sabía que aquellos sentimientos aún seguían presentes en mí. Pero cada palabra que decía, cada gesto que recibía de él, me hacía sentir pequeña, vulnerable, y me lanzaba de nuevo a ese estado de decepción continua que siempre me aturdía cuando me enfrentaba a él. Y no quería tener esa sensación.
Los días en los que me sentía completamente afortunada por estar a su lado, se quedaron tan atrás en mi memoria, que ni siquiera los recordaba.
—Mi madre, mi madre sigue adelante con la boda —balbuceé nerviosa, bajando la mirada hacia el negro café de mi taza—. Y yo no sé qué decirle, no tengo ni idea de cómo vamos a solucionar esto, Finn.
—Si quieres yo hablo con ella —respondió con la voz temblorosa y eso me sorprendió.
Alzar la mirada para verle me hizo palidecer. Su gesto, su actitud había cambiado por completo en apenas un par de segundos. Sus ojos se habían vuelto brillantes, casi conteniendo las lágrimas. Y eso si que no me lo esperaba.
—Quinn —volvió a hablar—, sabes que te amo, que lo eres todo para mí, pero yo no quiero hacerte infeliz. Yo siento muchísimo haber llegado a esta situación, y sé que, aunque te diga que no va a volver a suceder, no me vas a creer de un día para otro. Y no quiero que te agobies, no quiero que hagas algo que no estés segura, solo porque la fecha se acerca. Si quieres, iré a hablar con tus padres y les pediré disculpas, y, por supuesto, que atrasen los preparativos —tragó saliva—. Yo, yo puedo esperar el tiempo que haga falta, Quinn.
Miré a ambos lados por pura inercia. No, no había nadie a mí alrededor, ni había nada que me indicase que aquello era un extraño sueño. Era real. Finn estaba dispuesto a disculparse con mis padres y pedirles el atraso de la boda solo para evitar que yo me agobiase, y eso era algo que jamás esperé. Y mucho menos, en aquella situación.
Lo veía afectado, demasiado para lo que yo pensaba que estaba, y por primera vez en aquellos escasos diez minutos que llevábamos allí, me sentí apenada.
Yo no quería perderle. Quería casarme con él porque era lo que siempre había soñado, y por eso estaba allí, tratando de arreglar una situación que se volvía insostenible.
—Finn, sabes que yo te quiero, pero necesito saber que todo volverá a ser como antes —tragué saliva—, y sobre todo que me respetes. Que aceptes mis decisiones y respetes a…
—Estoy arrepentido de lo que dije de Santana —me interrumpió—. Sabes que ella nunca ha sido alguien que conecte mucho conmigo, pero siempre la he respetado, y te prometo que así seguirá siendo. Pero tienes que comprenderme, tienes que entender que me preocupo por ti, Quinn.
—Lo sé, sé que te preocupas por mí, pero si te digo que estoy bien es que estoy bien —aclaré—. Soy una mujer adulta. Sé cuidarme.
—Quinn, eres mi chica— me interrumpió—. Es lógico que me preocupe y tú sabes perfectamente que si sigues así no vas a acabar bien. Ninguna de las dos lo haréis.
—¿Pero no entiendes que yo estoy con ella? Santana lo invirtió todo y no tiene nada. ¿De verdad pretendes que la deje así?
—No digo que la dejes, digo que hables con ella —volvía a mostrarse duro—. Quinn, ese bar lo único que hace es perjudicar tu imagen y acabar con lo poco que tienes. ¿Acaso no piensas en tu padre? Él lleva años trabajando, luchando por ser alguien respetado en esta ciudad y os ha dado lo mejor, tanto a ti como a Brody. Tu hermano está correspondiéndole, está siendo lo que tiene que ser y actúa como debe, pero tú…
Doble rasero. Así llamaba yo a aquella actitud. La misma, exactamente la misma que tenía mi madre conmigo.
Primero trataban de ablandarme con miradas, con gestos tiernos y palabras dulces para luego atacarme justo donde más me dolía; mi padre.
Finn, al igual que mi madre, estaba encantado con que mi padre fuese el alcalde de Phoenix. No parecía preocuparle el hecho de que aquello podría tener consecuencias en su salud, algo que todos sabíamos que era cierto, y que fue lo que provocó su enfermedad cuatro años atrás. Para ellos era más importante el poder decir que estaban en lo alto, que eran importantes y que yo, hija y novia respectivamente, fuese la dueña de un bar sin futuro, no era lo más adecuado para su imagen pública.
Finn trabajaba en una agencia de seguros, probablemente la más importante de Phoenix y parte del estado de Arizona. Además de pertenecer al partido político de mi padre, donde realizaba algunas funciones.
Ese era su mundo y su futuro, su objetivo. Ser alguien importante, estar rodeado de los altos cargos y como él decía; vivir en una casa con jardín, piscina, tener tres hijos y un perro al que llamaríamos, Sunny.
Por lógica, después de diez años de relación, yo también estaba de acuerdo en ello, excepto por aquel horroroso nombre que pensaba ponerle a nuestro perro. Pero mi vida estaba cambiando. Mis deseos seguían siendo los mismos, pero ya no quería llevarlos a cabo con tanta ansiedad. Ahora prefería que ese futuro cercano, estuviese un poco más lejos, quizás unos años más tarde de todo aquello. Y la culpa la tenía él y aquella nueva faceta que sacó a relucir tras su engaño.
Por mucho que quisiera evitarlo, la falta de confianza seguía distanciándonos, aunque ninguno de los dos lo quisiéramos.
—Te ha durado poco la empatía —musité dando un nuevo y último sorbo de café. No estaba dispuesta a que la cita volviese a tomar aquellos derroteros de disputas en los que siempre nos echábamos en cara nuestros fallos.
—Quinn, no te estoy juzgando —respondió nervioso. Quizás porque ya intuía que poco iba a durar aquella reunión—. Solo quiero que seas consciente de lo que haces. ¿Acaso no lo ves? Por amor de dios, primero decides estudiar periodismo, sabiendo que esa profesión y la política no van de la mano. Y tu padre, muy a su pesar, lo entiende. Y luego decides invertir todos tus ahorros en un bar que está arruinado, y que da mala imagen de la hija del alcalde. ¿Cuánto tiempo vas a estar así?
—Finn —le miré desafiante—. ¿De verdad crees que estoy aquí para hablar de lo que he hecho o dejado de hacer con mi vida?
—Estamos aquí para hablar de nuestras vidas que, desde hace diez años, van juntas. ¿Lo recuerdas? Desde que te metiste en ese bar, cambiaste. Ya, ya no eres la misma y todo lo tomas…
—¡Basta! —interrumpí— Eres un maldito hipócrita. ¿Me echas la culpa a mí de haber cambiado? —le recriminé— Fuiste tú el que me engañó. ¿Lo recuerdas?
—Ok. ¿Es eso? Aún no me lo has perdonado.
—Sí, claro que te lo he perdonado —volví a hablar—. Pero no lo olvido, y no lo hago porque tú no me dejas que lo olvide.
—¡Yo! Pero si es lo único que te he pedido, que me des una oportunidad y olvides lo que pasó —hizo una pausa—. Quinn, si me perdonas, tienes que olvidar, ¿Entiendes?
—Pues lo siento —espeté levantándome de la silla—. Pero tú y tu estúpida obsesión por controlar mi vida hace que lo recuerde cada día.
—Quinn. ¿Qué haces? ¿Dónde vas? —cuestionó molesto.
—A trabajar —respondí dejando un billete de cinco dólares encima de la mesa—. Es lo que hago con vida.
No lo pensé. Me giré y salí de la cafetería apenas 15 minutos después de haber entrado. Estaba molesta, pero sobre todo ofendida.
Era mayor. Tenía 26 años y estaba a punto de cumplir los 27. Sabía que mi vida no era la que todos esperaban, pero siempre hacía lo que ellos me decían. Nunca había faltado a un acto, nunca me había negado a formar parte de esa foto de familia en la que todos éramos perfectos y felices. Jamás recriminé ni reproché nada a mis padres y, sin embargo, todo el mundo se empeñaba en que siguiese escondiéndome bajo sus alas. Y lo peor de todo no es que quisieran eso, lo peor es cómo trataban de conseguirlo. Haciéndome creer que era la única culpable de lo malo que pudiese suceder.
Nunca fui esa oveja negra que pretendían hacerme creer que era. Fui una niña ejemplar, sacaba las mejores notas de cada curso y me licencié sin perder ningún año.
Metida en el coche, de camino hacia el bar, recordé todo lo que había vivido en mi adolescencia, y era consciente de que había sido perfecta. Era tan responsable que yo me encargaba de que mi hermano no se metiese en líos en el colegio, ni en el instituto. Me sabía los cincuenta y dos estados con todas sus capitales a la tierna edad de 8 años, solo porque a mi madre le gustaba que sus amigas se quedasen sorprendidas por mis conocimientos. Para colmo, esperé a tener la mayoría de edad para mantener mi primera relación sexual con Finn, y eso que nuestro noviazgo empezó con 16. Todo por guardar las apariencias y ser una chica responsable.
¿Qué más querían? ¿Cuánto más pretendían de mí? Vivía en una estúpida ciudad rodeada de desierto en la que era imposible salir en verano. Nunca, y repito, nunca encontraron nada en mi vida que pudiese perjudicar ni la carrera ni la salud de mi padre. Historial estudiantil intachable, nada de escándalos en mi adolescencia y una vida saludable y responsable. Y ahora que yo había empezado a ser más independiente, a tratar de sacar mi vida por mí misma, todo eran reproches.
Estaba tan furiosa conmigo misma por sentir todo aquel apabullamiento de contradicciones, que no me detuve en el bar y decidí pasar las dos horas que quedaban para la apertura del mismo en mi cama, desahogándome como solía hacer cada vez que discutía con Finn, y la impotencia se apoderaba de mí; llorando.
Por suerte Santana no estaba allí, y pude disfrutar de aquellas dos horas en absoluta tranquilidad, solo con la presencia por momentos de Brownie, que desde la ventana seguía intimidándome con la mirada.
La llegué a entender. Si fuese esa gata, también odiaría a alguien como yo.
Y por supuesto, aquella sensación de rabia e impotencia no se apartó de mí en ningún momento, a pesar de las cuatro llamadas que recibí de Finn, y que por supuesto rechacé. Ni siquiera al llegar al bar y descubrir como Sam y Santana ya tenían todo perfectamente preparado para aquella noche.
Para ser sincera, no me apetecía estar allí.
Lo único que me sorprendió fue la gran afluencia de clientes que había. Varios grupos de chicos se distribuían por el local. Chicos a los que conocía de vista, solo algunos, y otros a los que no había visto en mi vida. Además de los únicos y escasos clientes que solían venir a diario.
—Menuda cara traes —la sonrisa sarcástica de Sam terminó por aumentar mi malestar.
—¿De dónde han salido éstos? —cuestioné ignorando el saludo.
—Son del equipo de futbol, y el de baloncesto de la universidad.
—¿Y qué hacen aquí? ¿Están celebrando algo?
—Quinn, esto es un bar y a los bares se viene a beber —respondió sonriente—, y a ver a chicas guapas cantar —me regaló un guiño de ojos—. Me encargué de avisarles para el concierto de esta noche.
—Hey… ¿Por qué has estado llorando? —fue Santana la que me interrumpía tras atender a un par de aquellos enormes chicos. Sam me miró confuso. Obviamente, mi amiga se iba a dar cuenta de mi estado, por mucho que lo hubiera intentado camuflar con el maquillaje.
—No he estado llorando —me excusé evitando mirarla a los ojos en todo momento—. Es la maldita alergia.
—¿Alergia? —cuestionó Sam incrédulo.
—Tú no tienes alergia a nada —masculló Santana.
—Sí, tengo alergia a los pelos de tu estúpida gata, y de nuevo ha estado merodeando por mi habitación —respondí lanzando una ofensiva. De pequeña siempre me dijeron que la mejor defensa, era una ofensiva bien lanzada. Y eso era lo que pretendía para salir airosa de aquella situación.
—Ya… Brownie —susurró—. ¿No será que has vuelto a ver al estúpido de Finn?
Segundo golpe de aquel día.
Si había algo que me molestase más que sentir como mi madre y mi novio, o ex o lo que fuera en aquel instante, me hablasen mal de Santana, era que ella hiciese lo mismo con ellos. En ese caso, solo con Finn.
No era mi guerra. No era mi frente. Si ellos se odiaban, que lo hicieran, pero debían entender que yo estaba en medio, y que no podía permitir ser cómplice de ninguno de ellos. Porque todo me dolía.
—¿Alguien te ha pedido opinión? —fui dura. Tanto que mi amiga optó por apartarse y seguir tras la barra del bar, ocupándose de aquellos chicos que, más que mirarla, la devoraban.
—¿Estás bien, Quinn? —Sam se mostró más afectivo y, sobre todo, preocupado.
—Sí —respondí recuperando el aire—. Solo es un mal día. Pronto se me pasa.
—Ok. Si necesitas algo, ya sabes que…
—Voy al almacén a dejar mis cosas.
—Eh está bien —me dijo mientras yo ya me adentraba en el estrecho pasillo que me llevaba a la sala—, pero hay alguien ahí.
—¿Qué? —lo miré confusa—¿Quién?
—Rachel —respondió—. Ha llegado hace cinco minutos y necesitaba un lugar más tranquilo para afinar la guitarra.
Perfecto, pensé. Realmente no me apetecía verla en aquel instante, cuando todas aquellas contradicciones seguían presentes en mí, y el malestar volvía a apoderarse de mi cuerpo con aquella pequeña disputa con Santana. Y no quería verla porque volvía a sentir como el nudo se aferraba a mi garganta, y me dificultaba la sencilla tarea de mantenerme firme.
Volví a llenar mis pulmones de aire, y me giré de nuevo para enfrentarme al escaso trayecto que me separaba del almacén.
El ruido en el exterior, provocado por las sonoras carcajadas y las conversaciones de los chicos, contrarrestaban con el inminente silencio del que se iba llenando el pasillo conforme avanzaba, solo con el débil sonido de las cuerdas de una guitarra sonando.
Estaba de espaldas a la entrada, sentada sobre un barril de cerveza y tocando, o, mejor dicho, acariciando las cuerdas de aquella guitarra que tan bien sonaba.
Ni siquiera me atrevía a hablar por miedo a asustarla. Me limité a carraspear y llamar su atención de aquella forma.
Si segundos antes me había lamentado por saber que iba a tener que encontrarme con ella, pero esa sensación desapareció en el mismo instante en el que me miró, y como siempre, me sonrió.
Tanto que no pude evitar sonreír yo misma y probablemente, ese gesto provocó el tan temido susto que yo quería evitar a toda costa.
Mi cara reflejó el malestar que sentía y la extraña sonrisa al mismo tiempo. Debió ser tan bizarro que noté como rápidamente se ponía en alerta.
—Hola —susurró dejando la guitarra a un lado—. ¿Estás bien?
—Hola —balbuceé y me sorprendí. No supe cómo, pero la voz me salió temblorosa y noté como un par de lágrimas ya corrían por mis mejillas. No conseguí que el nudo que cerraba mi garganta se diluyese, y su sonrisa terminó por derrumbarme.
—Hey… ¿Estás bien, Quinn? —volvió a preguntar acercándose a mí, completamente preocupada.
Respiré. Traté de no cerrar los ojos, pero me fue imposible y me vencí.
Me vencí a mí misma dejando escapar un sonoro sollozo, y lanzándome sin medida a los brazos de aquella desconocida que ahora se había convertido en mi única confidente, en la única que no me hacía sentir mal de ninguna forma posible, y me regalaba sonrisas porque sí.
Noté como dudó, pero no tardó en regalarme ese consuelo que necesitaba, y sus brazos me rodearon con algo de confusión.
—Ya está —susurró como si realmente supiese que me sucedía—, ya pasó, Quinn. Todo va a estar bien.
Alargué todo lo que pude y más aquel gesto, porque lo necesitaba. Necesitaba sentir el cariño, aunque fuese de alguien que no me era conocida.
Santana jamás me abrazaba, Sam mejor que no lo hiciera porque siempre terminábamos como menos deseábamos, y Finn… Bueno de Finn mejor ni hablar.
La única persona que conseguía reconfortarme con un abrazo era mi padre y él, era el único que desconocía por completo lo que me estaba sucediendo.
—Lo siento —me disculpé deshaciendo el abrazo y tratando de eliminar las lágrimas de mis ojos.
Definitivamente, debí provocarle tanta ternura que no pudo evitar ayudarme a llevar a cabo aquella acción. Y fue ella misma quien terminó de secar mi rostro con sus manos.
—¿Por qué lo sientes? —me cuestionó con dulzura—. ¿Qué te sucede, rubia?
Me hizo sonreír aun sabiendo que no me gustaba que se dirigiesen a mí de aquella forma, y cuando los sollozos seguían cortándome la respiración.
—Lo siento porque no creo que sea justo que te veas en esta situación —conseguí responder con dificultad—. Siento abusar de tu confianza.
—¿Qué? ¿Estas loca? Si yo estoy encantada. ¡Abusa de mí todo lo que quieras! —exclamó divertida y mi sonrisa se acentuó— No de veras —habló con tranquilidad—. Si te sientes mal, es lo mejor que puedes hacer, llorar y buscar un hombro en el que apoyarte.
—A veces es complicado encontrar ese hombro, y mucho menos un abrazo —dije sin pensar—. Gracias.
—No me des las gracias —respondía—. Jamás negaría un abrazo, y menos a alguien como tú.
—Por lo visto eres la única persona que piensa que soy especial.
—Pues debo ser la única que no está ciega a tu alrededor. Eres muy especial, de hecho —afirmó con rotundidad—. ¿Qué te sucede?
—Nada —traté de evitar contarle mi situación. Eso era algo que jamás hacía y menos con desconocidas, por mucho que me hubiese calmado y reconfortado con aquel abrazo—. Solo he tenido un mal día —me excusé.
—Bueno —respondió convencida—, quizás esas lágrimas consigan desahogarte. Y recuerda —susurró volviendo al barril donde había estado sentada—, después de la tormenta, siempre llega la calma —hizo una breve pausa—. Y te aseguro que es cierto. Tan cierto que podría ser incluso literal.
—¿Literal?
—¿No te he contado lo que me sucedió en Kentucky?— me preguntó provocándome de nuevo la confusión— Estuve a punto de morir arrastrada por un tornado en la playa. Sí, te lo juro. Me pilló en mitad de una acampada, y te juro que jamás había visto algo así. Creí que no escapaba de allí, que había llegado mi fin… Y de repente, cuando incluso había rezado por mi salvación, —sonrió— apareció el sol.
No quería ofenderla y por ello dudé varios segundos en responder, pero mi carácter no me lo iba a permitir.
—En Kentucky no hay playa —solté con rotundidad y pude ver como una débil sonrisa se apoderaba de su rostro.
—Lo sé, me alegra que seas consciente de eso, denota que eres una persona perspicaz.
—Entonces. ¿Es mentira? —musité desprendiéndome de la chaqueta que acompañaba a mi vestimenta.
—No, en absoluto —respondió sin apartar la mirada de mí—. En realidad, si hubieses estado en allí, sabrías que al lago Kentucky lo llaman la playa, quizás solo algunos habitantes cercanos de la zona, pero eso es lo que me dijeron en el lugar donde alquilé mi tienda de campaña.
—Estuviste de acampada en el lago Kentucky y un tornado a estuvo a punto de volarte —susurré repitiendo la historia, tratando de convencerme.
—Así es —volvió a sonreír. Y de nuevo, volvió a ganarme.
Rachel Berry, la desconocida y sus increíbles historias del más increíble e inverosímil viaje que llevaba a cabo, era una experta relatando historias, con una voz prodigiosa y un aspecto desenfadado que conseguía llamar la atención. Pero si había algo que destacaba en aquella chica, era su sonrisa.
Imposible no sentirse halagada si recibías una de ellas. Y para colmo, había logrado que la congoja del llanto se esfumara, y lograse recuperar un tanto la compostura.
—No te preocupes, Quinn —habló de nuevo—. Sea lo que sea que te suceda, la calma llegará.
—Eso espero —musité—. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías de estar ahí fuera?
—Tuve un pequeño problema con las cuerdas, básicamente se me rompieron dos esta mañana y he tenido que cambiarlas —comenzó a explicar—. Le pedí a Santana que me dejase estar aquí para colocarlas y afinarlas. Ahí afuera hay mucho ruido.
—No es por meterte presión, pero tienes a un equipo de futbol y a parte del de baloncesto esperándote —intervine—. Espero que esa guitarra suene bien.
—Sonará —sonrió—, aunque aún tengo que comprobar que está perfectamente afinada.
—¿Y a qué esperas? —sugerí tomando como asiento una pila de cajas que se amontonaban en uno de los laterales.
—¿Vas a quedarte ahí a escuchar como afino mi guitarra?
—Me vendrá bien distraerme un poco, y dudo que haya nada mejor que una chica tocando la guitarra.
—Mmm. ¿Me tomo eso como un halago? ¿O solo es para la guitarra? —bromeó y yo permití que aquella broma quedase sin respuesta, dibujando una leve sonrisa que ahora sí, acababa por completo con las lágrimas.
—Ok —murmuró volviendo a tomar la guitarra entre sus manos y girándose hasta quedar frente a mí—. Si suena mal me avisas. ¿Ok?
—Ok —respondí sin perder detalle de cómo con una habilidad pasmosa, sus dedos se posaban uno a uno sobre cada una de las cuerdas y las hacía sonar. Dedicándole varios segundos a cada una y llenándose del sonido que desprendían con una concentración máxima.
Y de pronto sucedió.
Tardé algo de tiempo en comprender que el proceso de afinamiento había acabado, y aquella melodía era ya algo personal, algo que me estaba regalando a mí y solo a mí.
No había nadie más en aquel almacén. Solo ella, su guitarra, yo y las centenas de botellas ordenadas en sus cajas. Pero ellas no eran conscientes del lujo que suponía escucharla tocar. Ni mucho menos podían sentir como toda la piel se erizaba al escuchar su voz.
Rachel cantó.
Comenzó a cantar y lo hacía mirándome directamente a los ojos, desviándolos solo por segundos para posarlos en su guitarra.
Hello
I've waited here for you
Everlong
Tonight
I throw myself into
And out of the red, out of her head she sang
Jamás pensé que una canción como aquella pudiese sonar así en la voz de una chica. O quizás era porque no había imaginado que pudiese existir alguien con una voz como la suya.
And I wonder
When I sing along with you
If everything could ever feel this real forever
If anything could ever be this good again
The only thing I'll ever ask of you
You've got to promise not to stop when I say: when she sang
Breathe out
So I could breathe you in
Hold you in
And now
Siempre había entendido que el chico que cantaba esa canción, hacía poesía con sus letras, y más aún en una como aquella, pero lo que estaba haciendo Rachel en aquel instante superaba con creces mis expectativas.
Era tan íntimo, tan especial que podría jurar que aquella chica no tocaba la guitarra, sino que hacía el amor con ella. Su voz, su mirada acompañando cada palabra que con dulzura expresaba, conseguían provocar el mismo efecto en mí.
Realmente era como si estuviese haciéndome el amor, como si estuviese regalándome esa calma de la que hablaba tras el tornado y conseguía que mi cuerpo quedase a su merced.
Nunca jamás me había sentido así en una situación parecida. Básicamente porque nunca antes, nadie me había cantado de aquella forma. Pero si lo hubiesen hecho, seguro que no habría sido como aquello.
I know you've always been
Out of your head, out of my head I sang
Me estremecí al saber que había llegado el final de la canción, y no solo porque no quería que acabase, sino porque no sabía cómo iba a actuar después de aquello.
No sabía si tenía que aplaudir o volver a llorar, si tenía que quedarme allí sentada o, por el contrario, lanzarme hacia ella y recuperar ese breve abrazo que de tanto me sirvió minutos antes.
Al parecer, ella tampoco sabía que hacer tras dejar que sonase el último de los acordes.
Seguía mirándome sin apenas pestañear, y con una extraña mueca disculpa en su rostro, como si se estuviese arrepintiendo de algo que aún no había hecho y que, al parecer, no iba a poder evitar hacer.
Rachel dejó la guitarra a su lado al mismo tiempo en el que yo tuve que tragar saliva y humedecer mis labios. Regresó la mirada hacia mí y se levantó del barril sin dudarlo. Con paso lento comenzó a acercarse hasta que pude notar como mis rodillas rozaban con sus piernas.
A mí no me salían las palabras, ni siquiera era consciente de mi expresión en aquel instante. Solo la veía a ella, acercándose hasta tal punto de dejarme claro sin hablar, que pretendía besarme.
Ni siquiera sabía cuál iba a ser mi reacción, y ya mostraba un gesto de lamento por hacerlo. Sin embargo, lo que no sabía y, por supuesto, yo no era capaz de hacerle ver, era que lo estaba deseando, probablemente, muchísimo más que ella.
