Capítulo 9
Ángeles guardianes
Tres puntos de calor. Uno sobre mi pierna derecha, donde su mano izquierda tomaba apoyo con una suavidad extrema y me acariciaba con algo de temor. Otro en mi cuello, justo donde su mano derecha se anclaba para evitar que cometiese la locura de rechazarla, y el tercero sobre mis labios, donde los suyos ya habían aterrizado y me volvían completamente loca con un beso.
Nunca, jamás en mi vida me habían besado de aquella forma. Y no hablo de sensación, de sentimientos o intensidad. Hablo de la respiración entrecortada al ver como se acercaba a mí sin titubeos. Hablo de temblar al ver como humedecía sus labios segundos antes de posarlo sobre los míos y del calor que desprendían. Hablo de la sensualidad, de la dulzura y los vellos de punta.
Aquella forma de besar de aquella completa desconocida no era la mejor, ni la peor, simplemente era única, especial. Y mi camino a la perdición.
No pude evitarlo, no quería evitarlo y me dejé llevar por el sonido de su voz y aquel brillo hipnotizador que desprendían sus ojos. Pero mi conciencia, a pesar de perder toda voluntad, seguía funcionando, y me recordaba una y otra vez que aquello no estaba bien, que no tenía sentido que estuviese sintiendo todas aquellas emociones por un simple beso con una completa desconocida.
Y fue entonces cuando supe que toda mi debilidad era producida por mi enorme confusión. Por todos aquellos desencuentros y el largo día que había vivido por culpa de la discusión con Finn, y la sentencia de mi madre. Que aún seguía sobrevolando en mi mente, con la imagen del vestido de novia perfectamente cobijado en mi habitación.
Pude sentir su respiración a escasos centímetros de mis labios cuando se separó por un instante para tomar aire, y fue entonces cuando encontré el momento perfecto para acabar con aquello sin resultar brusca.
—Lo siento —me excusé abandonando mi improvisado asiento sobre las cajas y apartándome de ella.
Si mi confusión era patente, la suya era aún más evidente. Vi como sus ojos buscaban algo donde fijar su atención y pude intuir que buscaba alguna excusa, la primera que se le ocurriese, para disculparse.
—Soy yo la que lo siente —balbuceó—. Lo siento, Quinn. No, no sé qué me ha sucedido y… ¡oh dios! No quiero ofenderte.
—Tranquila —interrumpí acallando su pequeño monologo—. No, no me ofendes, yo también he tenido culpa. Me dejé llevar por esa canción y he tenido un mal día no, no debí... —no sabía cómo continuar y ella se percató de tal hecho.
—Será mejor que lo olvidemos. ¿Ok? No, no ha pasado nada. ¿De acuerdo? —me interrumpió.
—Nada —susurré tratando de acallar el barullo de pensamientos que sonaban tan altos en mi mente, que casi no me permitía hablar. Eran miles de voces, todas mías y todas me recriminaban mi actitud, mi falta de valor y mi precaria madurez. Tan precaria que no existía en mi conciencia. No podía acallarlas. De hecho, solo lo conseguí durante algunos segundos cuando pude oír la inconfundible voz de Santana llamándome a través del pasillo.
—¿¡Quinn!?
—¿Qué? —respondí de mala gana. Para cuando Santana hizo acto de presencia en el almacén, Rachel ya se había separado de mí lo suficiente, y volvía a recuperar la guitarra, tratando de pasar desapercibida.
—¿Vas a venir a echarnos una mano? —cuestionó Santana, que desde la entrada nos observaba extrañada. Por supuesto, aunque no nos encontró besándonos, sabía que algo sucedía entre las dos. Y el delatador silencio que envolvía la estancia era prueba de ello—. Han llegado un grupo de chicas, entre ellas mi diosa —me guiñó el ojo—, y Sam y yo no podemos con todo.
—Voy —susurré descendiendo de las cajas donde había tomado asiento.
—¿Y tú? —miró a Rachel— ¿Estás ya lista?
—Eh sí, sí claro —respondió con algo de nerviosismo.
Era la primera vez que la veía así, con la voz temblorosa y varios tics que demostraban que no estaba en su mejor momento.
Santana no tardó en regresar al bar tras lanzarme una última y amenazadora mirada que yo acepté con total naturalidad. Pero me empezó a preocupar el estado en el que parecía encontrarse Rachel.
—¿Estás bien? —cuestioné tras un breve silencio.
—Eh sí, quizás un poco nerviosa —susurró—. Ahí fuera hay mucha gente.
—¿Creía que estabas acostumbrada a cantar en bares?
—Sí, pero por norma general apenas tengo público —sonrió con dificultad—. En fin, será mejor que salga ya.
Asentí. No supe que decir o que hacer más que observarla caminar hacia el pasillo y seguirla con la extraña sensación de sentirme inútil, de no servirle de ayuda en lo que quisiera que estuviese sucediendo en su mente. Y, sobre todo, con esa sensación de ser una completa idiota.
Fue en ese instante cuando comencé a ser consciente de lo que había sucedido con plena conciencia.
Nos habíamos vuelto a besar y me gustó.
No era un pensamiento que pudiese perjudicar a una persona sensata. Rachel era una chica agradable y transmitía algo que llamaba la atención. Además, estaba su físico. Nada extraordinario, pero con un magnetismo especial. Y luego su voz y esa forma de transmitir que tenía cuando cantaba.
Rachel Berry tenía muchas cosas que podían gustar a cualquiera que la conociese, sobre todo, a quienes les gustasen las chicas, pero lo complejo de todo aquello era que se suponía que ese no era mi caso. Digo se suponía porque cuanto más consciente era del momento vivido, más llena de angustia me encontraba, y más confusión se apoderaba de mi razón.
Una angustia que no iba a desaparecer de mí en todo lo que quedaba de noche, y menos aún, cuando vi como Rachel se hacía dueña del pequeño escenario que Sam le había preparado justo donde ella quería, en la esquina de los ventanales, junto a nuestra flamante pero no nueva mesa de billar.
Pensé que los nervios que comenzaron a acusarla eran debido a aquello mismo, a una actuación en un bar que se había llenado de chicos y chicas. Algo nunca visto allí. Pero cuando la vi tomar asiento en el taburete y enfrentarse a todas aquellas miradas, supe que esos nervios no tenían nada que ver. Que solo había sido una excusa para no contarme el verdadero motivo por el que se encontraba así. Y temí ser yo la culpable.
Saludó a todos los presentes, en exclusiva a Brittany, la relaciones públicas del Ladies y amiga suya, que tal y como dijo Santana, había llegado con varias chicas más al local dispuesta a presenciar el mini concierto de la morena.
Fue mini porque solo interpretó cinco canciones y, a decir verdad, supieron a poco.
No pude observarla tanto como quería. Un equipo de futbol y otro de baloncesto en un bar no era lo indicado si querías pasar un rato escuchando música.
Creo que jamás trabajé en el bar tanto como lo hice ese día. Ni yo, ni Santana ni Sam, pero, a decir verdad, hacerlo con la inconfundible voz de aquella chica como banda sonora fue una autentica delicia.
Decidimos colocar dos recipientes a lo largo de la barra con pequeños carteles que indicaban que las propinas de aquel día, serían para la artista invitada.
Para nuestra sorpresa, ambos estaban repletos de monedas y billetes al acabar la actuación, al igual que la funda de la guitarra. Lo había conseguido. Rachel probablemente había conseguido más dinero en aquella escasa media hora en la que estuvo cantando, que nosotros en toda la noche. Evidentemente hablo de porcentajes, porque la recaudación que conseguimos en el bar fue con certeza, la mayor que tuvimos en el año y medio que llevábamos abiertos al público.
Y ese fue el motivo que llevó a Santana y Sam a entablar conversación con Brittany y algunas de las chicas que la habían acompañado cuando ya casi estábamos a punto de cerrar, y solo quedaban ellas en el interior del bar.
Ellas y Rachel.
Había salido todo tan bien, que las cervezas no dejaron de rondar en aquel pequeño grupo, y los ánimos cada vez estaban más encendidos. Sobre todo, los de Brittany, que comenzaba a desbocarse por completo mientras Santana aprovechaba la situación y se acercaba a ella con descaro.
Que iba a conseguir lo que deseaba, era algo que yo ya sabía. Y seguro que ella, también.
Yo por mi parte me dediqué a recoger y ordenar todo lo que quedaba detrás de la barra, y hacerme cargo de la limpieza de las mesas.
Era mi castigo por haber llegado una hora más tarde de la apertura del bar. Y aunque estaba realmente cansada, lo cumplía con gusto. Más que nada porque mientras estaba allí, no bebía. Y si no bebía, podía controlar lo que sucedía y no perdía detalle de las chicas, y, por supuesto, de Rachel.
La morena se había unido al grupo de amigas de Brittany tras la actuación y celebraba con ellas el éxito conseguido a base de cervezas, al igual que el resto.
Fue en uno de los escasos momentos en los que no prestaba atención mientras terminaba de rellenar uno de los botelleros, cuando se acercó a mí tras la barra.
—Hey gracias —espetó con una sonrisa.
—¿Gracias por qué? —le pregunté tras ver como se tambaleó un poco antes de acoplarse a la barra y mantener el equilibrio. Por supuesto, las cervezas no habían pasado en balde por ella.
—Por la cerveza —respondió mostrándome la pequeña botella—. Me han dicho que estoy invitada.
—¿Y por qué me das las gracias a mí? —me mostré dura. Entablar conversación con gente bebida no era algo que me gustase en absoluto, excepto cuando era yo la que había tomado.
En aquel instante, Rachel lejos de inquietarme por lo que había sucedido entre nosotras, y lo que no pudo suceder, lo que hacía era complicarme las cosas. No quería ser grosera con ella, pero tampoco me apetecía seguirle la corriente a alguien ebrio.
—¿No me has invitado?
—Pues no —respondí rápidamente—. Que yo sepa no —. Y lo hice de forma tan brusca que al alzar la mirada y observarla pude entender que estaba ofendida.
Había sacado uno de los billetes que recibió de la actuación y lo dejó sobre la barra, lanzándome una mirada que bien podría haberme hecho llorar. No por la dureza sino por la pena que transmitía.
—Que yo no te haya invitado —susurré tratando de relajar mi estado—, no significa que tengas que pagar.
—No quiero dejar nada a deber —balbuceó con dificultad—. No es mi estilo.
—Te ha invitado Sammuel —dije sin dejar de mirarla—. Es a él a quien tienes que agradecer, yo por norma general invito, pero creo que ya has tomado demasiado y no me siento bien incitándote a seguir haciéndolo —me excusé y gracias a eso pude recuperar la mejor de las visiones que podía tener en aquel instante; su sonrisa.
—Tranquila no, no estoy borracha.
No pude evitar sonreír. Su pronunciación dejaba entrever lo contrario. Quizás no estaba como Brittany, que por momentos llegó incluso a cantar, pero cada vez que la miraba tenía una botella de cerveza entre sus manos, y aquel leve tambaleo demostraba que sí lo estaba.
—Si tú lo dices —murmuré volviendo a recuperar mi faena.
—Oye… ¿Sam tiene novia? —volvió a hablarme y me sorprendí—. Lo digo porque como me ha invitado, quizás debería agradecérselo.
—¿Te gusta Sammuel?
—No —respondió sonriente—, pero soy una chica agra agradecida —tartamudeó.
—¿Y cómo piensas agradecérselo?
—Pidiéndole que me acompañe al hostal —respondió, y lo hizo con tanta soltura que me sorprendió. Su extraño balbuceo provocado por el alcohol había desaparecido por completo—. No sé cómo voy a ir hasta allí a las 2 de la madrugada, creo que ya no hay autobuses y ¡Oh bueno! —recapacitó— Quizás hoy pueda permitirme tomar un taxi.
Me mantuve en silencio por varios segundos. Los justos y necesarios para pensar la mejor respuesta.
—No creo que pueda llevarte, en todo caso te acompañará en el taxi.
—¿Por qué? ¿Él no tiene coche?
—No, tiene moto y en el caso de que quisiera llevarte —lo busqué a través de las chicas que seguían junto a Santana y Brittany—, no voy a dejarle que conduzca. Ha bebido más que tú y Santana juntas.
—Mmm. ¿Te preocupas por él o por mí? —sonrió divertida y supe que, aunque no le costase mucho hablar, volvía a demostrar que estaba borracha.
—Me preocupo por la salud de ambos —respondí rápidamente, observando como Sam parecía haberse percatado de que lo estaba mirando, y sin pensarlo comenzó a acercarse.
—¡Hola princesa! —exclamó al tiempo que llegaba a la barra y lanzaba el brazo por encima de los hombros de Rachel.
En cualquier otra circunstancia yo me habría marchado, y les habría dejado solos. Pero en aquel instante algo me lo prohibía. Una fuerza superior me mantenía allí anclada, cambiando las botellas sin sentido, tratando de tener algo que hacer y disimular que lo hacía.
—Hola príncipe encantador —espetó Rachel con una sonora carcajada—. Precisamente de ti hablábamos.
—¿De mí? ¿Y qué hablabais de mí?
—Quinn me ha dicho que a ésta —le mostró la botella de cerveza— invitas tú. ¿Es cierto?
—Por supuesto —respondió sonriente. y a continuación brindó con ella regalándole un travieso guiño de ojos—. Por las guapas desconocidas.
—¡Salud!
—¡Salud! —repitió él y yo noté como el mal humor volvía a apoderarse de mí. Estaban flirteando, al menos Sam lo hacía, y a Rachel parecía gustarle que lo hiciera.
—Hey, Rachel. ¿Qué vas a hacer luego? —fue directo y yo me puse en alerta.
—Mmm. ¿Luego? No sé, dormir tal vez —sonrió mirándome de soslayo.
—¿Dormir? Eso es de aburridas. ¿Qué te parece si te llevo a tu hostal?
—Vaya —musitó la morena, esta vez mirándome directamente—. De eso mismo discutíamos Quinn y yo, de cómo me iba a marchar.
—Para eso estoy yo —volvía a interrumpir Sam—. Para llevarte donde me pidas.
—La llevo yo —intervine sin pensar, y la cara de sorpresa en ambos no tardó en llegar.
—¿Qué? —cuestionó él.
—Que la llevo yo —respondí de nuevo, esta vez siendo consciente de lo que decía y enfrentándome a la confusa mirada de Sammuel.
—¿Por qué la vas a llevar tú? Deja que decida ella. ¿No?
—Sam, has bebido y no voy a permitir que vayas a ningún lado en la moto. ¿Entiendes? —me excusé. Pero lo cierto era que no quería que él la llevase bajo ningún concepto.
—Yo no estoy borracho —me recriminó.
—Eh chicos —interrumpía Rachel que no había dejado de mirarme en ningún momento—. Creo que lo mejor será que yo me vaya por mí misma. No discutáis. ¿Ok? — añadió, regalándonos una última mirada antes de alejarse de la barra y regresar junto Brittany, que aún seguía hablando con Santana.
—¿Qué diablos haces? —Sam no cedió en su intento por conseguir su objetivo y me recriminó la actitud.
—No quiero que la lleves. ¿Ok? —me puse sería, aun sabiendo que la excusa de que hubiese bebido no me iba a servir demasiado.
—No seas pesada, Quinn. No estoy borracho y mi intención no es llevarla a su hostal, es llevarla a mi casa.
—No quiero —volví a insistir—. No quiero que te vayas con ella.
—¿Qué? ¿Por qué? —me preguntó incrédulo.
Estaba entre la espada y la pared. Empecé a ser consciente de que no quería que ellos dos estuviesen a solas por un sencillo y simple motivo; celos. Pero evidentemente no le podía comentar eso. No podía decirle a mi amigo con beneficios que me moría de celos si sabía que terminaba en la cama con aquella chica, al menos no de la forma en la que él creía.
—Quinn —susurró al ser testigo de mi silencio. Lo cierto es que trataba de encontrar la excusa perfecta—. No te habrás enamorado de mí. ¿No?
¿Cómo no se me había ocurrido antes? Pensé tras escucharlo. Era la mejor, la perfecta excusa para intimidarlo de alguna forma y evitar que llevase a cabo su plan, el cual yo me había empeñado en destruir.
—No, claro que no —respondí fingiendo estar preocupada—, pero sabes que siento cosas por ti —mascullé mirándole directamente a los ojos—, y si te vas a acostar con otras chicas, prefiero que sean con desconocidas para mí.
—Pero… —balbuceó— Rachel es una desconocida.
Su dificultad para hablar se debía a mi infalible mirada que lo estaba hipnotizando por completo. Nunca fallaba. Era así como conseguía lo que quería, y en ese instante me iba a servir para evitar que Rachel cayera en las redes del príncipe encantador.
—Va a cantar aquí y tendré que verla más de un día —fingí estar afectada—, puedes elegir a cualquier otra chica, pero no a ella por favor.
—Ok, ok —respondió incrédulo—. Está bien, Quinn. Lo haré por ti, no quiero romperte el corazón.
—Gracias —susurré apenada. Por supuesto no lo estaba, de hecho, acababa de confirmar que, de buena persona, tal y como creía Rachel, no tenía nada. No lo era. No era ni una buena amiga, ni una buena hija, ni una buena novia. Pero no me importó en absoluto en ese instante. Algo dentro de mí estaba gritando y saltando de alegría tras haber conseguido que se echase atrás en aquella batalla que yo sola había comenzado. La primera que ganaba en mucho tiempo. Y no me arrepentía de ello.
No quería que Rachel se fuese con él, porque sabía que iba a terminar en sus brazos y me repateaba la idea de que así fuese.
Me lanzó una última mirada antes de volver a tratar de entablar conversación con alguna de aquellas chicas que acompañaban a Brittany, y yo respiré aliviada cuando lo hizo. Pero aquella tranquilidad no duró demasiado en mí.
Seguir con la mirada a Sam me hizo descubrir como Rachel se despedía de su amiga y con la guitarra al hombro, abandonaba el bar sin que nadie más le prestase atención.
No lo pensé. Dejé la botella que seguía manteniendo en mis manos en el interior del botellero, y corrí hacia el almacén para recuperar mi bolso y las llaves del coche.
Cuando regresé todo seguía igual. Creo que apenas tardé 20 segundos en entrar y salir, todo un record.
—Hey. ¿Te encargas tú de cerrar? —me lancé sobre Sam, que de nuevo me miraba sorprendido— Voy a llevar a Rachel —me excusé.
—Eh, ok. Claro —balbuceó casi sin asimilar mis palabras.
—Ok luego paso por si seguís aquí, o nos vemos mañana —le dije caminando ya hacia la salida, pero no contaba con la interrupción de Santana.
—¿Dónde vas?
—Me voy me tengo que ir ya.
—Eh… eh —me sujetó del brazo— ¿Cómo que te vas? ¿Y quién me lleva a mí?
—¿No estás con esa? —lancé una mirada hacia Brittany.
—Sí, pero alguien tendrá que llevarnos a casa. ¿No crees? —me guiñó el ojo con travesura—. Así que te esperas, no me apetece tomar un taxi.
—No puedo… Ok, ok —respondí con rapidez—. Os llevo, pero tenemos que irnos ya.
—¿Por qué? Tenemos que cerrar aún.
—Se encarga Sam —dije casi atropellándome con las palabras—. Dile a esa que nos vamos. Estaré fuera esperando. No tardes.
—Pero…
No la dejé que continuase. Me deshice del marcaje al que me tenía sometida y corrí hacia la puerta para detener a Rachel.
No era la mejor zona y no estaba demasiado concurrida a aquella hora de la noche de un miércoles. Tras lanzar una mirada hacia mi izquierda y no ver a nadie, lo hice hacia la derecha. Y justo allí la encontré, caminando con dificultad a unos 50 metros de donde yo estaba.
—¡Hey! —exclamé tratando de llamar su atención, pero Rachel me ignoró —¡Rachel!—alcé aún más la voz y me sorprendí a mí misma. Sonaba tan extraño en mi voz aquel nombre, que no terminaba de acostumbrarme. Sobre todo, si lo pronunciaba con tanta ansiedad. Esa vez, por supuesto, no pudo ignorare y se giró mientras yo avanzaba hacia ella con paso ligero.
Por suerte mi coche estaba aparcado a escasos metros de donde estaba y el breve trayecto no fue en vano.
—¿Qué sucede? —cuestionó extrañada.
—¿Dónde diablos vas?
—¿Qué? ¿Qué sucede, Quinn?
—¿No se supone que eres agradecida? —le dije cuando aún me faltaban varios metros para llegar hasta ella.
—¿Qué?
—Te permito que toques en mi bar, dejo que te inviten a cervezas. ¿Y tú decides marcharte sin ni siquiera despedirte? Eso no es de ser agradecida.
Rachel bajó la mirada y tras varios segundos pensativa, volvía a dirigirla hacia mis ojos. Supe que trataba de entender si mi reproche era en tono de humor o, por el contrario, de veras estaba ofendida por aquel gesto.
Tuve que sonreír para que supiera que era la primera opción, y que estaba bromeando, pero no sé si me entendió.
—Ok. Gracias por todo —habló—. Santana me ha dicho que venga el sábado. Nos vemos entonces. ¿De acuerdo?
—No —respondí volviendo a recuperar mi habitual seriedad.
—¿No? ¿No quieres que vuelva?
—No, lo que no quiero es que pienses que con ese gracias y esa despedida ya me has agradecido lo suficiente.
—¿Cómo? No entiendo, Quinn —tartamudeó—. Puede que no se me note tanto, pero es cierto que he bebido más de la cuenta y no comprendo lo que…
—¿No habíamos quedado en que yo te iba a llevar de vuelta al hostal?
—Eh, pues no lo sé. He visto que casi discutes con Sam por eso mismo, y la verdad es que no estaba tan segura de que lo hubieses solucionado. Parecía mas una guerra entre vosotros.
—¿No quieres que te lleve?
—No he dicho eso, es solo que…
—Déjame que te lleve —la interrumpí y supe que su confusión había llegado al máximo—. Solo de ese modo aceptaré tu agradecimiento.
—Se supone que eso no es una forma de ser agradecida. Que me lleves a mi hostal no es algo que…
—Tengo que llevar a Santana y a Brittany —volví a hablar—. Hay otro hueco en mi coche y quiero que sea para ti, no para una de esas desconocidas —me excuse procurando que mis palabras no sonaran a súplica. Porque realmente estaba suplicándole que me permitiera llevara a su hostal.
—Quinn —susurró—. Yo soy una desconocida. ¿Lo recuerdas?
—Lo recuerdo, pero eres mí desconocida favorita y… —me detuve unos instantes— Me gustaría tener algo de compañía por si a esas dos se descontrolan —sonreí—. A Santana sé cómo detenerla, pero no conozco a Brittany y no sé cómo es cuando bebe. En realidad, como ves, estoy tratando de convencerte para sacar un beneficio de ti —bromeé, y en ese instante escuché las risotadas de Santana y Brittany en mitad de la calle, dirigiéndose con dificultad hacia donde estábamos—. ¿Me acompañas?
Asintió.
No dijo nada más, y creo que guardó silencio porque realmente no se sentía bien, no porque le convenciera mi discurso. Rachel abrazó con fuerzas la guitarra y bajó la mirada dispuesta a seguir mis pasos hacia el coche. Y yo me alegré, a pesar de no entender mi necesidad por casi obligarla a que me dejase acompañarla, y esa necesidad repentina que me había surgido por querer disfrutar un poco más de su compañía. Bueno sí, sí lo sabía, pero no quería asimilarlo.
Su beso aún rondaba por mi mente, y, por supuesto, seguía en mis labios.
No fue sencillo conseguir que Santana y Brittany se adentrasen en el coche. De hecho, incluso llegué a temer por lo que pudiera suceder en el interior. El alcohol no era un buen aliado de las tapicerías de los coches, pero para mi sorpresa, tras varios kilómetros recorridos por las céntricas calles de Phoenix, ni Santana ni Brittany supusieron un riesgo para mi coche.
Estaban más preocupadas por besarse apasionadamente, que de prestarle atención al trayecto. Rachel, sentada justo a mi lado, ignoraba por completo la situación.
—¿Por qué hace tanto calor en esta ciudad? —se quejó tras bastantes minutos en silencio— Es insoportable.
—¿Estás bien? —le pregunté al observar cómo su rostro lucía pálido. Tanto que no comprendía como alguien con su bronceada tez, pudiese decolorarse tanto.
—Estoy un poco mareada —murmuró buscando el escaso aire que entraba por la ventanilla.
Creo que, en aquel instante, justo cuando activé la capota y ésta comenzaba a deslizarse hacia atrás, Rachel amó a mi coche tanto o más que yo.
Recibió el primer golpe de aire con tanta necesidad, que dejó caer la cabeza sobre el respaldo del asiento, mientras Santana y su diosa comenzaban a quejarse por la falta de intimidad. Aunque fue una queja breve.
Apenas fueron conscientes de la diversión que suponía viajar en el descapotable de la noche, retomaron las risotadas y los juegos, junto a algunos besos más que yo ya trataba de ignorar.
Prefería prestarle atención a mi copiloto.
Por el gesto que mostraba, y a pesar de sentir algo de alivio con el escaso aire que la noche nos regalaba, super que el malestar era mucho mas intenso de lo que en un principio aparentaba, y que estaba haciendo un esfuerzo por intentar relajarse de algún modo. Tanto que no recibí ni una sola mirada de su parte durante todo el trayecto.
Ni siquiera cuando detuve el coche frente a mi apartamento, y me bajé de él para permitirle el paso a Santana y Brittany.
La rubia ni siquiera me prestó atención. Salió del coche y caminó hacia ninguna parte. Solo Santana se detuvo a mi lado.
—Oye, ni se te ocurra molestarme. ¿Ok?
—Ok —respondí—, pero deberías tener un poco de cuidado. No creo que con tanto alcohol…
—Yo no estoy borracha —susurró evitando que Brittany pudiese oírla, y me guiñó un ojo—. Tú si deberías tener cuidado.
—¿Qué? Yo no he bebido nada.
—Precisamente por eso —me dijo regalándome una última mirada acompañada de un travieso guiño de ojos, que logró que entendiese su mensaje. Y por supuesto, encender mis mejillas con un atípico rubor que yo no esperaba. Al menos no en aquella noche.
Por suerte Rachel no parecía haber oído nada, aunque su mirada al regresar al coche, me puso en alerta.
—¿Estás bien? —volví a cuestionar al recuperar mi asiento y poner el coche en marcha de nuevo.
—¿Por qué no me has llevado al hostal antes que ellas? —fue directa—¿Tú no vives con Santana?
—Eh, sí— balbuceé tratando de encontrar la mejor respuesta. Llegué a pensar que no iba a percatarse de ese pequeño y lógico detalle, pero sí lo hizo—. Pero ya te dije que no me fiaba mucho de ellas, y que podía necesitar ayuda —me excusé—. Si te llego a dejar antes en tu residencia, me habría vuelto a quedar a solas con ellas.
Supongo que le sirvió como excusa, al menos no me preguntó nada más y volvió a recuperar la posición que tenía, recostando su cabeza sobre el asiento y dejando que el escaso aire que se movía aquella noche, chocara de frente contra su rostro.
Lo cierto es que no hacía tanto calor como ella parecía tener. Era una noche típica de aquel mes de marzo, quizás con algo más de humedad de lo normal, y con unas incipientes nubes que comenzaban a cubrir el cielo, pero que no suponían peligro alguno de lluvia.
—¿Tan mal te encuentras?
—No. Solo, solo me siento un poco agobiada. No estoy acostumbrada a este clima, y solo pensar que tengo que dormir en ese hostal, hace que me sienta peor. No, no me gustan los hostales. No me gustan los sitios cerrados —se lamentó—. Estúpida cerveza.
—¿Qué ocurre con el hostal? ¿Está en mal estado?
—Hace mucho calor ahí, mucha humedad no sé, me cuesta respirar —respondía con los ojos cerrados—. Creo que esta noche voy a dormir poco.
La miré durante varios segundos, los pocos que me permitía el mantener la vista apartada de la carretera. Y fue entonces cuando se me ocurrió la mejor de las ideas. O eso quise creer.
Debía girar en el siguiente cruce para abandonar Washington Street y llegar hasta West Monroe, donde estaba situado el hostal. Pero un impulso me hizo seguir adelante por la larga travesía que casi cruzaba todo el centro urbano de Phoenix. Y me lancé directa a solucionar ese agobio del que había hecho referencia.
Tardó varios minutos en percatase de la velocidad que ya llevábamos en el coche y que, por lógica, no podía ser posible en aquel enramado de calles repletas de semáforos. Llegué incluso a pensar que no se daría cuenta hasta que llegásemos al lugar.
Pero no. Rachel, a pesar de su actitud, era consciente de lo que estaba sucediendo a su alrededor.
—¿Dónde estamos? —me preguntó tras lanzar varias miradas por la ventana, tratando de ubicarse.
—Junto al aeropuerto —le expliqué.
—¿Y qué hacemos aquí? ¡Quinn, mi hostal está en Monroe!
—Lo sé —interrumpí—, pero antes de que te metas en ese hostal que tanto te agobia, quiero que tomes un poco de aire. Y yo sé dónde podemos encontrarlo.
—¿En el aeropuerto?
—No —le sonreí—. Vamos a un lugar más tranquilo.
—¿Qué? ¿Cómo un lugar más tranquilo, Quinn? Estoy cansada y…
—Relájate. ¿Ok? ¿Acaso te dedicas a viajar por todo el país sin conocer los lugares mágicos de cada estado, ciudad o pueblo que visitas?
—¿Lugares mágicos? —me miró extrañada— ¿Dónde me llevas?
—Al paraíso —susurré sonriente, pero ella parecía no haberme escuchado con total nitidez, y seguía esperando una respuesta coherente. Algo que le hiciera tranquilizarse. Aunque era realmente complicado.
Poniéndome en su lugar, supe que debía estar preocupada. Eran las 02:37 am de un miércoles cualquiera del mes de marzo, y Rachel iba en el coche de una desconocida que se alejaba del centro urbano de Phoenix, la tercera ciudad más grande del país. Después de haber bebido las suficientes cervezas como para no sentirse del todo bien, hacia un lugar que no conocía y que, por la trayectoria que llevábamos, se adentraba casi en el desierto que nos rodeaba. No era una buena idea para relajarse, la verdad. Yo en su lugar, estaría aterrada, de hecho. Por eso mismo volví a mirarla y le sonreí de la forma más natural y sincera que pude, tratando de ofrecerle algún tipo de confianza y seguridad para que se dejase guiar por mí—. Hey, tranquila, forastera —la busqué invitándola a que me mirase. Y lo hizo. Me miró y yo volví a sonreírle—. Recuerda que mi coche y yo somos ángeles guardianes.
