Capítulo 10

Camelback mountain.

El paraíso estaba en el cerro de Camelback, a escasos 20 minutos del centro de Phoenix.

Allí, justo en la ladera de la montaña más conocida de mi ciudad, se encuentra enclavado un lujoso hotel que yo conocía a la perfección por varios motivos, uno de ellos era porque todo el complejo pertenecía a la familia de Marley, la novia de mi hermano.

Otra razón era por las explanadas que podrías encontrar en la carretera que ascendía y daba acceso al hotel, donde se podía observar con todo lujo de detalles la inmensidad de mi ciudad.

Fue en una de esas explanadas donde aparqué mi coche, envueltas por una oscuridad abismal que mantenía a Rachel completamente asustada.

Viajar por aquella carretera a aquellas horas, no era lo más adecuado si no conocías la zona. Pero como ya he dicho, ese no era mi caso.

—Quinn. ¿Esto no es peligroso? —volvía a cuestionarme por quinta vez, y yo contuve la risa por su gesto— Aquí no hay nada, solo… —se detuvo al descubrir cómo tras girar el coche y situarlo donde quería, contemplaba frente a ella las luces de la ciudad. A escaso metros teníamos una pequeña pendiente que descendía por zonas abruptas, llenas de arbustos que dificultaban la visión del terreno. Ese era el único peligro que podría salirnos al paso, y por eso me aseguré de que el freno de manos estaba bien colocado.

—Relájate, esta zona es segura —respondí—. Justo ahí detrás, más arriba hay un complejo hotelero de lujo —le indiqué—, lo único peligroso es que algún perrito de pradera o una liebre nos ataque —sonreí buscando su complicidad, pero Rachel ni siquiera me miró—. Aunque bueno es probable que teman más a las serpientes que a nosotras —bromeé.

—¿Serpientes? —me miró al fin con el gesto descompuesto— ¿Hay serpientes?

—Estás prácticamente en el desierto —la miré divertida—, es de lógica que haya serpientes.

—Pues no me gustan las serpientes —respondió mirando por encima de la puerta, buscando o, mejor dicho, intentando mantener controlado el estado del suelo alrededor del coche.

Por supuesto, eso era algo que no iba a poder conseguir. La única fuente de luz que teníamos en aquel lugar era la de los faros de mi coche y ya me había encargado de apagarlos tras detener el motor.

—No te preocupes. ¿Ok? —incidí tratando de tranquilizarla—. No va a pasar nada.

—Quinn —me miró—. ¿Me has traído aquí para que te una explicación?

—¿Una explicación? ¿De qué?

—Del… Del beso que casi te doy en el almacén —soltó con algo de dudas— Yo, yo lo siento. Te lo juro, no sé que me pasó. No suelo actuar así, simplemente… No sé, te sentí tan…

—No, no te he traído aquí para que me des una explicación —la interrumpí, y ni siquiera sé por qué lo hice. Era cierto que no pensaba cuestionarla acerca de aquel momento que vivimos, y en el que estuvo a punto de besarme. Pero lo cierto es que la curiosidad si se había instalado en mí, y recibir una explicación más extensa, no habría sido una mala idea. O tal vez sí.

—¿No?

—No, Rachel. Solo fue un…

—Un impulso.

—Exacto. Por mi está todo bien.

—Ok. Entonces, ¿qué hacemos aquí?

—He pensado que sería un buen lugar para que vieses Phoenix al completo—sonreí señalándole hacia el frente, donde podíamos visualizar prácticamente toda la ciudad—. Desde aquí se puede ver todo y, además, podrás disfrutar de un poco más de aire y frescor —alcé la mirada al cielo—. Aunque esas nubes nos van a fastidiar.

—¿Crees que va a llover?

—No, no creo. No es época de tormentas, ahora es época de humedad —volví a mirarla—, de ahí que te asfixies en ese hostal.

—Es un horror —murmuró repitiendo mi gesto y alzando la mirada al cielo para terminar apoyando la cabeza sobre el respaldo del sillón.

Fueron varias las bocanadas de aire que tomó para llenar sus pulmones—. No entiendo por qué me han sentado tan mal las cervezas.

—Porque has bebido más de la cuenta.

—No, no es por eso —me interrumpió—. Normalmente si me emborracho me comporto como Brittany lo estaba haciendo, pero no así.

—Pues entonces será que la cerveza de mi bar te sienta mal —respondí sonriente—. De todas formas, me alegro que no te hayas comportado como Brittany. Te aseguro que si llegas a hacerlo ahora no estaríamos aquí. Así que trata de relajarte, y disfruta de las vistas. Apuesto a que nunca has visto Phoenix así— le dije insistiéndole en que lanzara la mirada al frente, y al fin me hizo caso. Rachel bajó de las nubes, y centró su mirada en el horizonte que se presentaba ante nosotras, con la oscuridad de la noche envolviendo una ciudad completamente iluminada por miles de lucecitas. Y el silencio abrumador de la montaña tras nosotras.

Yo la imité. Dejé de mirarla en el mismo instante en el que ella se percató de lo maravilloso de las vistas, y seguí mi propio consejo para relajarme también.

Había sido un día realmente agotador, no solo en lo físico, sino también en lo mental. Y poder disfrutar de aquellos minutos de absoluta paz, era algo que nos iba a venir bien a la dos. No estoy segura, pero probablemente pasaron diez minutos hasta que volvió a hablar. Y lo hizo como siempre, para sorprenderme.

—¿Por qué te preocupas por mí? —me preguntó sin titubeos. Y yo, lejos de sentirme cohibida por la pregunta, me alegré por su integridad.

—¿Por qué no me iba a preocupar?

—No sé, no tienes motivos para hacerlo. Suficiente has hecho ya con todo lo que has hecho por mí en estos días.

—Bueno, quizás aún no he podido demostrarte que soy buena chica, a pesar de mi egoísmo innato y mi soberbia desmedida.

—No creo que seas soberbia ni egoísta. Si lo fueras no estarías aquí, conmigo, ayudándome a pasar este estúpido mareo y mostrándome una de las vistas más hermosas de tu ciudad.

—Soy consciente de que no te he tratado bien en muchas ocasiones. De hecho, estoy segura de que te he confundido demasiado.

—No. Bueno quizás sí es cierto que tienes una personalidad difícil —respondió sin apartar la mirada del frente—, pero es normal. Cada uno tiene su carácter y eso nos hace únicos. Forma parte de nuestra historia.

—Dicen que somos lo que vivimos. Quizás mi mundo es demasiado complejo, aunque no es excusa —respondí—. Mi hermano vivió lo mismo que yo, y él es completamente opuesto a mí.

—¿Cómo de opuesto? —se interesó.

—Pues él es muy extrovertido, siempre está de buen humor y todo lo ve de un color distinto. Yo no, yo todo lo veo negro o blanco, y siempre estoy a la defensiva, escudándome de cualquier amenaza.

—¿Y por qué eres así?

—Por miedo. No sé, supongo que no confío demasiado en las personas que suelen acercarse a mí.

—¿Por? —me miró, y supe que lo hacía completamente confusa, a pesar de no distinguir totalmente su rostro.

Lo cierto es que ya podía verla mejor. Nuestros ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, y la escasa luz de la luna que se mostraba tras aquellas nubes, nos ayudaba a distinguir mejor lo que nos rodeaba.

—Digamos que puedo resultar bastante… No sé cómo decirlo —balbuceé tratando de encontrar las palabras adecuadas.

—¿Interesante? —añadió ella.

—No, interesante no —respondí rápidamente—, más bien suculenta —la miré sin poder ocultar la sonrisa—. No sé si es un buen adjetivo.

—Te refieres a que crees que pueden acercarse a ti por interés. ¿No?

—Exacto.

—Bueno, pero tampoco puedes desconfiar de todo el mundo. No sé, mírame a mí ¿Qué interés puedo sacar yo de ti? Eres tú quien se ha empeñado en llevarme a los sitios —me sonrió por primera vez desde que salimos del bar, y yo se lo agradecí—. Ni siquiera sabía que tenías un bar.

—Lo sé. Y quizás por eso estoy aquí contigo. No te conozco de nada. No sé si estás loca o no, si eres una asesina en serie o algo parecido —bromeé—. Sin embargo, hoy me consolaste sin pedirme nada a cambio. Y el otro día, cuando te pedí que salieras del Ladies conmigo, no te negaste.

—¿Cómo me voy a negar a eso? —me interrumpió subiendo el volumen de su voz—. De hecho, yo esperaba que me pidieras de verdad que me metiera en tu cama, pero como te vi dudando y siendo tan, tan, tan heterosexual, me conformé con el beso.

De nuevo aquella espontaneidad. De nuevo el hablar sin pensar en las consecuencias de lo que estaba diciendo, y con una total y absoluta naturalidad. Sin embargo, esta vez noté un leve vestigio de humor en sus palabras y supe que lo único que pretendía era hacerme sonreír.

Y lo consiguió. De nuevo.

—Tan heterosexual —susurré tratando de asimilarlo— ¿Qué es ser tan heterosexual?

—Pues que ni siquiera te atreves a probar por curiosidad —respondió rápidamente.

—Oh, claro. Seguro que es por eso… —susurré con media sonrisa, y ella me acompañó. Aunque de nuevo, volvía a perderse en el horizonte. Hasta que algo la distrajo.

—¿Qué ha sido eso? —susurró volviendo a mirar por encima de la puerta— ¿Lo has escuchado?

—No he oído nada.

—Shhh —me ordenó silencio.

Le hice caso por casi más de dos minutos y no pude oír absolutamente nada. Solo el canto de algunos grillos y el viento que se hacía cada vez más intenso.

—Creo que has oído mal.

—Te juro que he oído algo por el suelo. ¿Será una serpiente? —preguntó y a pesar de lo divertido de su gesto, yo creí que realmente estaba preocupada.

—Me sorprendes —la miré.

—¿Por qué?

—En la casa abandonaba te reías de mí porque me daba miedo una rata, y ahora tú estás histérica pensando que una serpiente puede estar cerca.

—Primero, una rata no es venenosa, una serpiente sí. Segundo, hay muchas cosas que no sabes de mí. Aún me acuerdo del árbol de las botellas.

—¿El árbol de las botellas? ¿Qué es eso? — le pregunté completamente curiosa, pero ella, como siempre solía hacer, era quien marcaba los tiempos. Estuve a punto de soltar una carcajada al verla tratando de encontrar al culpable de aquel sonido que decía haber oído alrededor del coche, con una divertida actitud que casi la llevó a colocarse de rodillas sobre el asiento para tener mejor visibilidad. Y de pronto, cuando yo ya empezaba a temer que realmente me iba a pedir que nos marchásemos cuanto antes de aquel lugar, comenzó a hablar, como siempre hacía, para relatar una de sus increíbles anécdotas.

—Fue en Carolina del Norte. Me hospedé en una casa que recibía a viajeros y ofrecía habitaciones más económicas. Me gustó la idea y pasé allí varios días. Mi habitación daba a un jardín trasero y en él, había un árbol con decenas de botellas de colores colgando de sus ramas.

—¿Botellas? —cuestioné confusa— ¿Botellas de cristal?

—Así es —respondió volviendo a recuperar la posición. Supuse que el malestar seguía presente en ella a pesar del intento por recuperar la normalidad—. Botellas de cristal. Como botellas de vino, pero de muchos colores. Amarillas, azules, verdes no sé… Y todas estaban colgadas de las ramas.

—¿Para qué?

—Eso me preguntaba yo. Hasta que un día, mientras observaba el árbol desde más cerca, escuché un ruido que nada tenía que ver con el que provocaba el cristal de aquellas botellas mientras se chocaban unas con otras por el viento.

—¿Qué era? —cuestioné tras notar como hacía una pausa.

Empecé a intuir que prolongaba aquellos momentos para provocar más curiosidad, para lograr un mayor interés y que te metieras en las historias. Y lo cierto es que lo conseguía. Al menos conmigo.

—Serpientes— dijo buscándome con la mirada—. Era ese sonido que hacen, ese… hissh, hissh.

—¿Había serpientes en el árbol?

—No, en el árbol no. Entre mis pies. Cuando me di cuenta, varias de esas serpientes se deslizaban entre mis pies e iban directas al tronco del árbol, por donde comenzaron a ascender. Era un horror, se anidaban en aquellas botellas. Y yo te juro que casi sufro un infarto.

—¿Serpientes anidando en botellas? ¿De verdad?

—Te lo juro —respondió con el rostro desfigurado—. Las serpientes subían al árbol. Al parecer, el sonido de las botellas las atraía, o que se yo. Lo cierto es que yo estuve a punto de colapsar. Desde entonces les tengo pavor a esos animales.

—Ok…

—¿No me crees?

—Sí, si claro, que te creo —traté de sonar convincente, aunque aún me costaba asimilar sus extrañas anécdotas.

—No te lo estaría contando si no fuese verdad —me dijo y yo le di la razón.

—Ok. Pues aquí puedes estar tranquila, porque yo no dejaré que ninguna serpiente se suba a mi coche.

—Espero que cumplas tu palabra —me amenazó—. Como vuelva a escuchar otro sonido igual nos vamos.

—Está bien. Aunque si no estás tranquila, y lo prefieres, nos marchamos ya—respondí—. Yo solo quería que te diese un poco el aire y estuvieses tranquila, pero si vas a estar mal...

—No, estoy bien. Se está bien aquí. La ciudad se ve perfecta y el aire me viene genial —susurró—. Además, eres buena compañía, y estoy descubriendo cosas de ti que parecen interesantes.

—¿Cosas de mí? ¿Qué cosas? —cuestioné curiosa.

—Bueno, me acabas de dejar claro que aparentas algo que no eres, y que desconfías bastante de quien se acerca a ti. Si a todo eso le añadimos lo que me has ido contando con cuentagotas, podría decir que te conozco más de lo que creía.

—Es cierto —susurré—. De hecho, sabes más cosas de mí que yo de ti.

—Tú también sabes cosas de mí, por ejemplo, que tengo miedo de las serpientes o que una vez tuve que esperar turno para…

—Para utilizar un baño en mitad del campo —interrumpí sin poder evitar sonreír—. Sí, ya sé que sé esas cosas de ti, pero también me gustaría conocer algo más de tu vida.

—¿Y qué más quieres saber de mí? —me miró sonriente.

—No sé, supongo que no te has pasado la vida viajando. ¿No?

—No, claro que no. Solo llevo dos años viajando.

—¿Y antes? ¿Qué hacías? ¿A qué te dedicabas?

—Pues era una chica normal de Ohio —respondía sin dejar de sonreír—, como cualquiera.

—Eso no me vale —dije con algo de orgullo. A decir verdad, que alguien supiera más de mí que yo de esa persona no me gustaba en absoluto. Había crecido controlando todo lo que surgía a mi alrededor, y saber que no era así, me hacía sentir vulnerable.

—Está bien —volvía a sonreír—. A ver, pregúntame y prometo contestarte.

Tardé varios minutos en pensar bien las preguntas que más curiosidad me provocaban antes de hablar.

Rachel comenzó a sentirse impaciente. Ella podría ser buena relatando historias y anécdotas que parecían ser pura fantasía, y que conseguían que las creyeras como algo real, pero yo también tenía una virtud. Crear interés acerca de lo que pensaba o trataba de hacer era una de ellas, y en ese momento, Rachel cayó vencida por mi interesante misterio.

—Vamos —me incitó—, pregúntame.

—¿Tienes hermanos? ¿Son como tú o no?

—Hermanos —susurró cambiando por completo el tono de su voz y lanzando la mirada al frente—. Sí tengo una hermana.

—¿Una chica? Genial, yo siempre quise tener una hermana —respondí—. Brody siempre quería jugar con los coches y eso no me gustaba en absoluto —me quejé.

—Bueno la verdad es que yo tampoco he podido jugar con ella —habló sin mirarme.

—¿Ah no? ¿Por qué? ¿Es mayor?

—No, de hecho, es mucho más pequeña que yo. Debe tener unos 12 o 13 años.

La miré confusa. Rachel seguía con la mirada perdida al frente y había cambiado por completo el gesto de su rostro, al menos por lo que pude distinguir en la oscuridad. Estaba seria.

—¿Debe? ¿No lo sabes?

—No —volvió a mirarme—. Nunca la vi. Ni siquiera sé dónde vive. Creo que, en Florida, pero no estoy segura.

Supongo que mi mueca de confusión se podía distinguir incluso a través de la oscuridad, porque Rachel esbozaba una tímida sonrisa y volvía a lanzar la mirada al frente.

—Shelby, mi madre biológica, tuvo a una pequeña. Según me contaron se llama Beth. Beth y ella bueno, creo que vive por el sur, pero no te lo puedo asegurar. Nunca la vi.

—Vaya —susurré tras un breve silencio—. ¿Y no has intentado conocerla?

—No —fue rápida—. Ni lo intentaré.

—¿Por? ¿No te hace ilusión conocerla?

—Quinn —volvió a mirarme—, mi madre biológica y yo no hemos tenido relación nunca, y por supuesto no la vamos a tener.

—No entiendo muy bien —balbuceé.

—¿Alguna vez has oído hablar de esos casos en los que los padres le compran un perro a alguno de sus hijos por Navidad, y luego cuando crecen ya no les gusta tanto la idea y los abandonan?

—Eh claro, y me parece algo horrible. Pero no entiendo que tiene que ver eso con…

—Normalmente suelen abandonarlos en la carretera, en lugares apartados o algunos con más suerte terminan en perreras, donde pueden tener una segunda oportunidad —me interrumpió volviendo la vista al frente—. Pues bien, digamos que yo tuve suerte dentro de lo que cabe —hizo una breve pausa—. Mi madre decidió abandonarme con apenas 50 días de vida.

—¿¡Qué!? —hablé sin pensarlo.

—Lo que oyes. Ella decidió que no podía con la presión o no tenía el valor de seguir adelante conmigo, no lo sé —tragó saliva—. Así que decidió dejarme en la puerta de una sinagoga y abandonarme a mi suerte.

—No es posible —susurré completamente incrédula. Volvía esa extraña sensación de no saber si realmente aquello era cierto o no. La misma sensación que tuve cuando escuchaba cada anécdota que contaba de sus viajes.

—Estuve una noche entera sin que nadie me encontrase allí, probablemente esa mujer no sabía que los martes no es un día de rezo para los judíos — espetó con algo de rabia en sus palabras—. Era diciembre, y lo cierto es que no tengo ni idea de como pude aguantar allí, tan pequeña, durante toda la noche. Pero lo hice, y por la mañana apareció mi ángel —sentí como la voz se le quebraba y supe en ese instante que aquello era real, que su historia no era fantasía—. Leroy salía de su apartamento y pasaba por la puerta de aquella sinagoga a las 6:15 de la mañana. No lo dudó y me llevó a su casa —me miró—. Y eso que estaba a punto de viajar, porque Leroy trabajaba viajando por todo el país y parte del extranjero. Desde aquel día, desde aquel instante, él fue mi padre, a pesar de que las autoridades no lo permitían.

—¿Por qué? —interrumpí completamente metida en la historia.

—Mi padre tenía pareja, Hiram —respondió rápidamente—. No sé si lo sabes, pero hace 26 años no era legal que una pareja de hombres pudiese adoptar. Ni siquiera un hombre solo podía.

—Vaya… ¿Y qué pasó?

—Como ellos viajaban constantemente y no podían adoptarme, decidieron llevarme a un orfanato, ¡pero ojo! —me señaló con el dedo— Se hicieron cargo de mí. Ellos jamás me abandonaron. Pasaban una mensualidad al orfanato que cubría los gastos que yo podía provocar, y venían a verme siempre que estaban en Lima, hasta que cumplí los 3 años y empecé a ir a un colegio interno. Allí estuve hasta los 15. Después ya fui al instituto y comencé a vivir en su casa. Ellos ya pasaban más tiempo allí y pudimos ser una familia de verdad, ya que Leroy consiguió adoptarme. Y bueno, luego vino la universidad y…

Rachel se detuvo y a mí me entraron ganas de gritarle para que siguiera contando aquella historia, sin ser consciente de cómo su actitud cambiaba, de cómo su rostro se tornaba apenado y la mirada bajaba hasta sus manos, que ya jugueteaban con un colgante que llevaba puesto.

Supe que algo sucedía y debía ser bastante importante.

—¿Ellos te han hablado de tu hermana?

—Sí —balbuceó con apenas un hilo de voz—. Ellos, ellos me contaron todo con lujo de detalles cuando fui mayor, al igual que me dijeron que Shelby apareció un día cuando tenía siete años tratando de saber cómo estaba —volvió a mirarme y fui testigo de cómo sus ojos brillaban tanto que todo hacía indicar que estaba a punto de llorar—. Es irónico. ¿Verdad? Primero me abandona y siete años después, se entera que sigo viva y pretende verme y conocerme.

—Rachel —susurré sin poder evitar acariciar su hombro. No sabía qué hacer, pero me sentía mal por haberla hecho recordar algo que, seguro, no era plato de buen gusto para ella—. Ya está, no tienes que contarme nada más. Mejor hablemos de otra cosa, o no sé, igual piensa en las cosas buenas que te trajo todo eso. Apuesto a que tus padres son los mejores, y dos verdaderos ángeles, cómo tú dices.

Si había algo en lo que yo me caracterizaba era en hablar de lo menos indicado en los momentos claves, pero evidentemente en aquel instante yo no sabía que aquello pudiese provocar el desborde absoluto de las lágrimas de Rachel. Si lo llego a saber, le habría preguntado por sus gustos musicales, no por su familia.

Fue rápido, como si el asiento del coche la impulsara al exterior. Rachel abrió rápidamente la puerta y se bajó del mismo, dejándome completamente sorprendida por la reacción y situándose frente al coche, utilizando el capó como apoyo mientras el llanto la envolvía por completo y me daba la espalda.

Seguí sus pasos incrédula tras varios segundos observándola, sin comprender muy bien lo que sucedía.

—Hey, no llores —susurré acercándome con decisión—. Rachel no llores.

Trató de hacerme caso, pero no pudo. Su rostro ya era un mar de lágrimas, y su constante intento por evitar que yo la viese conseguía empeorar la situación.

—Rachel —volví a insistir tratando de transmitirle toda la dulzura que podía—. Vamos… Cálmate.

—Lo siento Quinn, no me gusta que me vean llorar —se excusó.

—En eso coincidimos —respondí tratando de animarla—, a mí tampoco me gusta que me vean llorar y precisamente hoy me has visto hacerlo.

—¿Yo? ¿Cuándo? —cuestionó entre sollozos, dejándome ser testigo de la versión más inocente e infantil de aquella chica de enormes ojos castaños y sonrisa encantadora.

—Esta tarde —dije mientras me llenaba de valor y me arriesgaba a secarle las lágrimas con mis propias manos—. ¿Recuerdas que me puse a llorar en el almacén?

—Cierto… Vaya par—susurró dibujando una media sonrisa—. No me dijiste por qué llorabas.

—Por tonterías —me excusé tratando de relajar la situación—. Soy como una niña pequeña. Aguanto todo y cuando menos lo esperas, ¡zas! rompo a llorar por cualquier cosa insignificante.

—Vaya, pues espero que se solucione esa cosa, porque no parecía muy insignificante —susurró con dificultad.

—También me disté un abrazo y lograste calmarme —musité con decisión—. Como se hace con las niñas pequeñas —sonreí—. Me gustaría que me dejases consolarte ahora.

—Quinn —me miró aún con el temblor de su barbilla amenazando con un nuevo llanto—. Yo no soy una niña pequeña.

Por supuesto que lo era. Su rostro así lo demostraba. Pero la pena que irradiaba y la rabia por mostrarse llorando ante una desconocida, le hacía desprender una inocencia única—. Además, los abrazos no se piden… Se dan. Tú no me lo pediste, simplemente te…

Ni lo pensé. Ni lo dudé. Ni lo creí.

Solo fui consciente de que estaba haciéndolo bien cuando sentí como el olor de su pelo me envolvía. Otra vez aquel suave y agradable olor y su calor. Sus brazos se aferraron con tanta fuerza a mí, que temí que se hiciera daño.

La sentía tan frágil, tan vulnerable mientras escuchaba su respiración entrecortada y el vaivén que le producía tal hecho entre mis brazos, que yo misma me aferré con más ganas, con más ímpetu a ella.

Y todo aquello siendo consciente de que seguía siendo una desconocida para mí.

Su historia personal, sus viajes, su manera de afrontar la vida, seguían siendo un misterio para mí, a pesar de conocer su procedencia, de saber que estuvo en cada estado del país y que, simplemente, vivía la vida. Pero no me importaba.

Aquella chica que buscaba entre mis brazos el consuelo de sus lágrimas, me enseñó aquella noche que la empatía era una de mis virtudes, o quizás mi mayor defecto. Pero lo cierto es que no quería dejar que se sintiese mal. Quería demostrarle que allí, a pesar de estar envueltas por la oscuridad de la noche, y temer a las serpientes, podría encontrar algo de cobijo en mí.

—Gracias Quinn —me susurró antes de abandonar el abrazo y conseguir que todos los poros de mi piel se erizaran al oírla.

No supe cuánto duró aquel momento. Solo sé que Rachel se mostraba mucho más calmada, y sus lágrimas ya solo permanecían en el interior de sus ojos, dejando ver ese brillo que tanto me había impactado.

—¿Te encuentras mejor?

—Sí —respondió tras dar una gran bocanada de aire—, pero creo que es mejor que nos marchemos —tragó saliva—. Necesito descansar.

—Claro. Por supuesto, vamos —le dije invitándola a que regresara al coche. Y así lo hizo.

No volvimos a hablar, ni siquiera cuando descendíamos por la carretera y el sonido paradójico del silencio que envolvía aquella zona, nos rodeaba por doquier.

A decir verdad, yo no sabía que decirle porque temía volver a hacerla sentir mal, sin embargo, tenía la sensación de que ese silencio era lo mejor para que se calmase por completo.

Y lo hizo. Rachel se relajó tanto mientras regresábamos a las céntricas calles de Phoenix, que incluso llegó a caer vencida por el sueño, o al menos eso me parecía.

Se mantuvo durante todo el camino con los ojos cerrados y la cabeza recostada en el asiento, regalándome una imagen que ya nunca más iba a lograr olvidar. Una imagen llena de ternura y de dolor al mismo tiempo.

Rachel me había hablado de su pasado, pero las lágrimas y el llanto hacían indicar que había algo más que no terminó de contarme, y que, probablemente, la estaba martirizando. Pero yo no estaba dispuesta a seguir urdiendo en esa supuesta herida. Al menos no en aquella noche.

Transmitía tanta paz en aquel instante, que maldije tener que interrumpirla, estuviese o no dormida.

—Rachel —susurré tras detener el coche junto al hostal, y ella abrió los ojos para mirarme—. Hemos llegado.

—Lo sé —respondía con suavidad—. No estaba dormida, solo… solo pensaba.

—¿En cosas buenas?

—Sí —sonrió—. Estaba recordando todas y cada una de las veces que mis padres me hicieron reír de pequeña. En todas las historias que me contaban.

—Bien, me gusta que tengas cosas buenas en tus recuerdos. Espero que algún día me cuentes una de esas historias, aunque con la de anécdotas que tienes, es absurdo. Ya ni siquiera puedo sorprenderme después de saber que hay árboles con botellas de colores en sus ramas y…

—Gracias Quinn —me interrumpió el extraño monologo—. Gracias por todo.

—No tienes que darme las gracias —respondí con sinceridad—. Estamos en paz. Tú consuelas a la niña que hay en mí y yo consuelo a la pequeña y traviesa niña que hay en ti.

—¿Traviesa? ¿Por qué sabes que era traviesa?

—Por tus ojos, por tu sonrisa… No sé, no te imagino de otra forma.

Mantuvo silencio durante varios segundos en los que no dejó de observarme, y pensar. Pensar en algo que yo no sabía qué era, pero que no me preocupaba en absoluto.

Aquella chica había conseguido lo que nunca antes nadie consiguió conmigo; sentirme a gusto con un desconocido.

—¿Y tú eras traviesa? —me cuestionó rompiendo el silencio.

—Mmm no mucho. De hecho, era muy responsable. Mucho más que ahora —bromeé—. Pero si es cierto que cometí algunas locuras.

—Cuéntame alguna travesura que hicieras.

Difícil pensé. Difícil porque aquella chica no sabía que mi familia era bastante importante en aquella ciudad, y toda mi infancia estaba llena de historias vividas en eventos políticos o actos parecidos. Y eso era algo que después de saber de dónde procedía, no entraba en mi mente que supiera.

Nuestra infancia había sido tan diferente que me sentía mal por haber sido tan afortunada en la mía.

—Vamos, es tarde cuéntame alguna —insistió—. Quiero dormir imaginándote de pequeña mientras cometías travesuras.

—Ok, ok —interrumpí recordando mi mayor locura infantil—. En realidad, lo que te voy a contar sucedió por culpa de Brody. Ya te dije que él es un gran aficionado a los coches y…

—Te regaló éste —añadió ella.

—Así es, pero no ha sido el único coche que me ha regalado.

—¿Ah no?

—No. Cuando tení años, me construyó un bólido de carreras. Ya sabes, de esos que se hacen con cuatro tablas y unos ruedines que le robó a mi padre. ¿Sabes de lo que hablo?

—Sí, claro que lo sé.

—Bien, pues él tenía uno, pero resulta que donde yo vivía no había muchos chicos de su edad para jugar, así que para que yo jugase con él, me fabricó otro a mí —comencé a reír al recordarlo—. En realidad, lo hizo mi padre, pero eso es algo que él se niega a reconocer, y lo pintó de rosa para que pudiésemos diferenciarlo. Ya sabes, él un chico y yo una chica, por lo que yo debía ser cursi e ir de rosa —bromeé, y me sirvió. Rachel había plantado una enorme sonrisa en su rostro y no perdía detalle de mi historia—. Bien pues un día de vacaciones, cerca de la colina donde hemos estado esta noche, nos fuimos a jugar con los coches y decidimos hacer carreras. Pero claro, como has podido comprobar, ahí arriba todo son cuestas y desniveles, y mi hermano era un completo desastre. No le tenía miedo a nada, y me incitó a que hiciéramos una carrera bajando una de esas pendientes, en mitad del monte.

—¡No! —exclamó sorprendida—. No me quiero imaginar lo que sucedió

—Pues imagínalo —respondí riendo—. Él creo que recibió 3 puntos de sutura en la frente, y yo perdí un diente, éste —le señalé mostrándole mi perfecta dentadura completamente restaurada.

—Oh dios. ¿De veras?

—Sí, pero ¿sabes qué? A pesar del dolor, de la riña de nuestros padres y el castigo que tuve que soportar por no haber cuidado de mi hermano pequeño, no me arrepiento de nada. Nunca me reí tanto como aquel día. De hecho, regresamos a la casa los dos, ensangrentados y doloridos, y no dejábamos de reír cuando nos mirábamos. Fue genial.

Volvía el silencio tras haber contado la historia y no recibir más preguntas. Rachel mantenía su sonrisa mientras el brillo de las lágrimas volvía a aparecer en su mirada. y yo temí por haberla hecho de nuevo recordar lo que le hacía mal. Pero me equivoqué.

Rachel no volvió a llorar.

—Gracias de nuevo.

—¿Por qué me das las gracias? Me has pedido que te contase la travesura y…

—Por acompañarme, Quinn —interrumpió—. Por hacer que mi estancia en Phoenix sea algo que nunca vaya a olvidar.

—No he hecho nada —musité confusa.

—Claro que has hecho —me respondió y segundos después se acercó para dejarme un cálido y suave beso en la mejilla, tomándome completamente desprevenida y dejándome aún más sorprendida—. Descansa.

—Tú también —balbuceé como pude—. Cuídate.

Rachel abandonó mi coche sin eliminar la sonrisa de sus labios y recuperando la guitarra que aún permanecía en los asientos traseros. Volvió a mirarme y emprendió el trayecto hasta el hostal, esta vez sin paso vacilante, demostrándome que el malestar que había sentido por el alcohol ya se había esfumado, o probablemente evaporado por las lágrimas que había dejado escapar.

Esperé a verla entrar y cerrar la puerta tras ella antes de alejarme de allí.

Tenía razón. La humedad en mi ciudad era asfixiante a aquella hora, tanto que incluso yo había comenzado a padecerla a pesar de estar más que acostumbrada a ella. Sin embargo, había algo a lo que no me iba a acostumbrar o al menos, no pretendía hacerlo. Y es que el beso que Rachel me regaló aquella noche, aún seguía envolviendo de un suave y dulce calor mi mejilla, y probablemente, continuaría por muchos días, semanas, meses o incluso años.