Every few days. Theo Kadzman.

Capítulo 11

Contradicciones

Me gustaban los sábados, sobre todo si la temperatura no excedía de los 30 grados centígrados y se podía pasear tranquilamente por la calle. Lo único malo de aquel sábado que me dediqué a mí misma, era que tenía que abrir el bar a las 7 de la tarde.

Pero no importaba. El día era lo suficientemente largo como para aprovechar al máximo las horas, y aquella mañana estaba marcada en mi calendario solo y exclusivamente para mí.

Salí de compras, y a pesar de que me deprimí un poco al ver que mi cuenta corriente estaba a punto de tocar fondo, no me desesperé. Un par de jeans y algunas camisetas nunca están de más ni suponen un gasto excesivo.

Lo que sí hice sin tener ningún tipo de remordimiento, fue entrar en la peluquería y darle un pequeño cambio a mi larga y sencilla melena. Algo más natural, más desenfadado, tal y como me dijo Peter, mi peluquero desde que tenía 10 años. Con aquel corte había conseguido crear un efecto óptico y quitarme un par de años de edad.

Nada. No fue para tanto, solo algunas capas y poco más.

Ni siquiera supe dónde estaba Santana cuando salí del apartamento, ni tampoco lo supe cuando regresé a él y seguía sin estar. Pero me vino bien que así fuera. Porque mi interés en dedicarme aquel sábado solo para mí y salir de compras, tenía que ver con algo que ya comenzaba a latir en mi interior, y no quería que ella me cuestionase por tal hecho. Al menos no por ahora.

Necesitaba tiempo para mí. Necesitaba apartar de mi cabeza todos los conflictos que se me habían presentado durante aquellos días. Conflictos con mi familia, como siempre. Conflictos con Finn, conflictos con el bar, etc. Pero había algo más que me estaba invadiendo. Un conflicto interno de esos de los que no consigues entender de donde proviene y que te ataca por sorpresa.

Esa extraña sensación que me acompañaba desde que dejé a Rachel en la puerta de su hostal, dos días atrás, y que ya no pude soportar más. Esa misma sensación hizo que aquella mañana tras levantarme, me sintiera fuera de lugar cada vez que me miraba en el espejo. Necesitaba cambiar algo de mí, y lo más sencillo que podía hacer aquel día, era hacerlo con mi imagen. Sentirme más libre, más relajada y sin nadie que me pusiese mala cara con lo que decidía comprarme.

El que Santana no me viese salir por la tarde hacia el bar, también me ayudó a seguir rompiendo mi rutina aquel día. Era la primera vez en 3 años que acudía al bar con unos simples jeans, y una camiseta blanca. Nada más.

Para cualquier persona, aquello no era algo extraño, pero para quien me conociese sí. Si había algo que me caracterizaba era mi obsesión por vestir acorde a la situación o el lugar donde estuviese. Y aunque regentase un bar, nunca, bajo ningún concepto, perdía mi estilo clásico a la hora de elegir ropa.

Era algo tan típico de mí, que incluso Sam se percató de mi cambio cuando llegó al bar, apenas un par de minutos después de mí, cuando yo ya comenzaba a prepararlo todo detrás de la barra.

—Hola Quinn —me saludó con un par de ojeras decorando sus ojos.

—Hey… ¿Qué te sucede?

—Nada, un poco de resaca —me dijo desganado—. Hey… ¿Qué haces así vestida?

Fue directo, tanto que apenas se detuvo un par de segundos junto a la entrada del almacén para mirarme y se fijó en mi vestimenta.

—¿Qué le pasa a mi ropa? —cuestioné tratando de no darle importancia.

—Eh nada —respondió mustio—. Estás algo diferente, pero te sienta bien.

—Gracias —sonreí. Pero lo hice por la expresión desganada de su rostro. Estaba claro que la noche anterior no había sido muy relajada para Sam, al menos eso es lo que demostraba con su aspecto.

No tardó en adentrarse en el almacén para dejar su chaqueta y el casco de la moto que siempre portaba.

Todos los días se repetían las mismas acciones, daba igual quien abriese el bar, todo se repetía como un bucle. Yo detrás de la barra, Sam con su casco y Santana con su sarcasmo. En aquel instante solo faltaba que llegase ella, me lanzase una de sus miradas y siguiese los pasos de Sam hasta el almacén. Pero para mi sorpresa, aquello no sucedió así.

Acababan de entrar los primeros clientes cuando mi amiga apareció y su mirada no era la que yo esperaba. Nada de sarcasmo, nada de travesura o amenaza. Era frustración, o al menos eso pude intuir.

—No quiere saber nada de mí —fue lo primero que me dijo, dejando el bolso sobre la barra y olvidándose por completo de que en el bar ya había gente.

—¿Qué? ¿Quién no quiere saber de ti?

—Brittany —susurró sin dejar de mirarme.

Suspiré. Lo hice porque ya conocía esa historia, y después de lo que me encontré el jueves por la mañana en casa, temía porque algo así pudiera suceder.

A Brittany no le hizo mucha gracia amanecer en la cama de Santana tras haber pasado toda la noche bebiendo, y se lo hizo saber saliendo de nuestro apartamento mientras discutían aireadamente. Pude escuchar todo desde mi habitación, aunque también formé parte de la excusa de aquella chica para recriminarle a Santana su actitud, procuré no meterme en aquella extraña relación que se había formado.

Frases como; "me emborrachaste para meterme en tu cama" o, "tu amiga y tú estabais de acuerdo para que yo terminase así", a pleno pulmón se escucharon sin cesar hasta que aquella chica abandonó nuestro apartamento, y dejó a Santana en pleno estado de shock. Tanto que pasó aquel jueves y el viernes siguiente, enfadada con el mundo.

—¿Has ido a buscarla?

—Sí, he estado en el bar donde trabaja y no te haces una idea de cómo me ha tratado —me explicó—. Ni siquiera quería verme.

—Pero esa chica es estúpida —le dije—, nadie la obligó a beber. Y que yo sepa, era ella la que no paraba de besarte. Así que deje de hacerse la víctima.

—Quinn, no me importa eso. Lo que quiero es que no me odie.

—¿Qué más te da? Si ella quiere creer que la obligaste, pues ella allá…

Se lamentó. Santana terminó hundiendo el rostro entre sus brazos y yo me asusté. No porque le estuviese sucediendo algo, sino porque aquella reacción no era normal en alguien que estaba acostumbrada a pasar la noche con chicas, y no volver a saber de ellas al día siguiente.

—¿Santana? —susurré evitando que ninguno de los dos chicos que estaba a apenas un par de metros de ella pudiesen oírme— ¿Te has…?

—¡Ni se te ocurra decir eso! ¿Ok? —me interrumpió alzando la cabeza con orgullo y desafiándome—. Ni se te ocurra —volvió a recuperar el bolso, y caminó hacia la entrada del almacén, donde se detuvo para volver a mirarme—. ¿Sabes qué? Que le den. Ella se lo pierde.

Y esa sentencia me sorprendió aún más de lo que ya estaba. El orgullo de sus palabras, aquella rápida reacción a algo que ni siquiera terminé de decir pero que era evidente que ya sabía lo que era, me puso en alerta.

Hacía años que no veía a Santana enamorada y no podía creer que lo estuviese de aquella chica, a la que apenas había visto un par de veces y que estuvo en su cama con litros de alcohol recorriendo sus venas.

Era imposible. Santana no era de las que se enamoraban, y menos de alguien así. Prefería creer que el orgullo de haber sido ella la rechazada al día siguiente, era superior y de ahí que tuviese aquella reacción.

—Puff… ¿Qué le pasa esa?

Fue Sam quien regresaba a la barra, y me hablaba tras haberse cruzado con Santana y su carácter en el acceso al almacén.

—No preguntes —respondí—. Cosas de chicas.

—Pues estoy harto de las cosas de chicas —se quejó—. Todas las chicas tenéis que ser complicadas y yo estoy cansado de tener que intuir, aceptar, entender… Puff, menuda…

—Shhh —le interrumpí—. Estoy de buen humor, así que no digas nada de lo que puedas arrepentirte. ¿Entendido?

—Pero es que es verdad —volvía a replicarme—. Anoche estuve con una chica cuando cerramos aquí, y justo cuando estábamos en la puerta de casa me dice que mejor se va a la suya, que está cansada y que otro día nos vemos. ¿Te lo puedes creer? Toda la noche invitándola haciendo el payaso para hacerla reír, me convence de que quiere pasar la noche conmigo, y cuando llega el momento está cansada. ¿De verdad? ¿Es normal?

—Sam, eso te pasa por salir cada noche con una diferente —le miré—. Deberías sentar la cabeza de una vez.

—¿Con quién? ¿Contigo?

—Sabes que lo nuestro es imposible —sonreí.

—¿Ves? Otra igual. Primero me dices que siente la cabeza y luego me quitas las pocas opciones que tengo.

—Hay miles de chicas. Solo tienes que dar con la adecuada.

—Ya di con la adecuada —respondió señalándome hacia la entrada del bar—. Pero también me fastidiaste el plan con ella.

No sabía de quién hablaba hasta que descubrí como Rachel se adentraba en el bar con su guitarra al hombro, y una extraña sonrisa dibujada en su rostro.

Una nueva sensación. Algo tan nuevo me volvió a suceder al verla aparecer, que incluso me hizo olvidar el reproche de Sam.

Habían pasado dos días desde que la vi por última vez, desde que fui testigo directo de sus lágrimas, al recordar algo de su pasado que al parecer no terminaba de asimilar. Dos días desde que la dejé en el hostal y se despidió de mí con aquel beso en la mejilla.

No podría describir esa sensación con ninguna palabra, pero sí podía hacerlo con una expresión. Algo así como ¡bien!, o ¡por fin llegó! Era alegría. Esas ganas de saber que aquella chica seguía sobreviviendo como una auténtica superviviente, que seguía con su guitarra y esa actitud relajada que mantenía frente a la vida.

Pero aquel día, aquel sábado que yo me había dedicado en exclusiva para mí, y que había conseguido cambiar mi estado anímico por uno más amable, Rachel aparecía destruyendo todas y cada una de las opiniones que yo ya tenía acerca de ella.

Su sonrisa no era la misma. El color de su piel, ni el brillo de sus ojos se asemejaban a lo que yo había podido descubrir. Y supe que algo le sucedía.

—Hola —saludó sin dejar de mirarme y con una dulzura en su voz que me envolvió por completo.

—Hola Rachel —Sam se adelantó a mi respuesta, básicamente porque yo seguía inmersa en sus ojos, tratando de descubrir porqué había algo diferente en ella aquella noche que recién empezaba.

—Hola Sammuel —le saludó acentuando la extraña sonrisa—. ¿Todo bien por aquí?

—No, todo mal —se quejó.

—¿Por qué? ¿Qué sucede? —se interesó.

—Vosotras las chicas sois desesperantes y…

—Sam —le interrumpí y le amenacé con la mirada para que dejase aquel asunto aparcado.

—¿Ahora te das cuenta de que somos complicadas? —Rachel ignoró mi intento por acabar con la conversación y respondió al ataque de mi amigo.

—No, pero es desesperante. Si no fuera porque me volvéis loco, os juro que me haría gay.

—Te entiendo perfectamente —sonrió—. A mí también me vuelven loca.

Pude ver como Sam fruncía el cejo y miraba confuso a Rachel, que con toda la sutileza que podía abarcar, le dejó claro que estaba interesada en las chicas. Pero evidentemente, alguien como él no lo iba a entender tan rápido.

Fue tanta la confusión en Sam que incluso me miró de soslayo tratando de encontrar mi complicidad, pero yo desvié rápidamente la atención sobre los vasos que estaba ordenando. Y traté de aguantar la sonrisa que me provocó aquella respuesta.

—¿Qué tal tú, Quinn? —Rachel me habló de nuevo— ¿También te vuelves loca? —bromeó.

—Yo ya estoy loca —respondí devolviéndole la mirada. Seguía igual. Seguía sonriendo tal y como lo hacía cuando llegó, pero aún con esa rareza que yo podía distinguir, y de la cual estaba segura de que ella era consciente. No me gustaba en absoluto. De hecho, me puso en alerta.

—Hay poca gente ¿no? —cuestionó desviando rápidamente la mirada hacia el resto del bar.

—Tranquila —volvía a interrumpir Sam—. Estoy seguro de que los chicos de básquet vendrán, y también más gente, solo que les dije que el concierto sería a eso de las 9 y aún falta. Has venido muy pronto.

—Lo sé, pero lo cierto es que vengo de una tienda de instrumentos y ya estaba cerca de aquí… Y bueno, tengo… Estoy renovando las cuerdas y tengo que volver a sustituir un par de ellas…

—Pues pasa dentro —Sam le señaló hacia el almacén y la invitó a que se tomase el tiempo que fuese necesario, y lo hizo él porque yo seguía en silencio.

Rachel no solo mostraba un aspecto un tanto desmejorado y una extraña mueca que se implantaba en su sonrisa y en el brillo de sus ojos, sino que también parecía estar nerviosa. Tartamudeaba, hablaba atropellándose con las palabras y esquivando mi mirada mientras lo hacía.

Que algo le sucedía era más que evidente y por supuesto, yo me iba a enterar. De hecho, tuve la impresión de que estaba mintiendo. Que lo de sustituir las cuerdas de su guitarra solo fue una excusa.

Ella aceptó la invitación de Sam y con paso vacilante caminó hacia la entrada del pasillo que llegaba hasta el almacén, no sin antes volver a mirarme de reojo, con timidez. O al menos eso parecía ser.

—¿Es lesbiana? —Sam no tardó en preguntarme tras verla desaparecer por el pasillo, pero la llegada de varios chicos más fue la excusa perfecta para escaparme y evitar tener que ser yo quien respondiese a esa pregunta.

Lo cierto es que estaba desconcertada, y vi la solución a mi desconcierto cuando descubrí a Santana abandonando el almacén.

Por lógica Rachel estaría a solas, y eso era lo que a mí me convenía para saciar mi curiosidad.

Dejé que pasaran algunos minutos para disimular un poco, y no ser demasiado descarada. Aunque eso era algo imposible de lograr si Santana estaba en el mismo sitio. Tardó un par de segundos en detenerme antes de que yo lograse llevar mi objetivo.

—Hey… ¿Vas al almacén?

—Sí. ¿Necesitas algo?

—Llévate esto —respondió entregándome una caja de cervezas vacías que rápidamente acepté—, por cierto ¿Qué te has hecho en el pelo?

—Eh nada, solo me he cortado un poco las puntas y un par de capas. Necesitaba sanearlo —me excusé.

—Ya… ¿Y por qué vienes así vestida?

—Comodidad —respondí lo más natural que pude. Por supuesto no me creyó, y si lo hubiese hecho me habría sorprendido.

Pero si había algo que conseguía afianzar nuestra amistad, era ser consciente de cuando una no quería que le volviesen a preguntar por algún tema en concreto, y yo en ese instante no quería que indagase más en mi decisión de cambiar mi rutina en aquel día. Por eso mismo, y porque ambas nos conocíamos a la perfección, Santana se limitó a aceptar mi excusa y me permitió que siguiese mi camino hacia el interior del almacén, con la pesada caja de botellas de cerveza vacías entre mis brazos.

Una caja que no dudé en soltar rápidamente cuando descubrí a Rachel reposando la cabeza sobre los brazos que mantenía apoyados en varias de las cajas que allí apilábamos.

Me asusté.

—¡Rachel! —exclamé acercándome rápidamente. Yo sabía que algo no iba bien, y lo pude certificar cuando la morena alzó la cabeza para mirarme. La palidez se había adueñado de todo su rostro y una mueca de dolor le daban un aspecto siniestro— ¿Qué te sucede? ¿Estás bien?

—Eh sí, no te preocupes —balbuceó apartándose de las cajas, y tomando asiento en un taburete que Sam se había encargado de dejar allí para ella.

—No, no estás bien. ¿Estás enferma?

—No Quinn —me respondió tomando la guitarra—. Estoy bien. Solo que he dormido mal y bueno… Estoy cansada.

—Pues no es eso lo que parece, tienes mala cara y pareces enferma —le reproché.

Escuché y vi como el aire llenaba sus pulmones y a continuación se escapaba por su boca con un intenso suspiro, quizás tratando de encontrar algún mínimo de paciencia.

Me había olvidado que a pesar de todo, yo no conocía el carácter de aquella chica y no sabía si inmiscuirme en sus asuntos era algo de su agrado, o al igual que me sucedía a mí, era incomodo y desesperante.

—Lo siento —me disculpé al ver que guardaba silencio.

—No tienes que sentir nada, Quinn —respondió—. Es solo que… no estoy de buen humor

—Ok no, no voy a molestarte —dije tratando de excusarme y alejándome hacia la puerta—. Solo vi que estabas un poco apagada y me he preocupado. No volverá a suceder.

—Lo cierto es que si me encuentro un poco mal —musitó asegurándose de que me detenía en mi vago intento por marcharme de allí—, pero no te preocupes, supongo que es cansancio y no sé… El clima de esta ciudad.

—¿Necesitas algo? —interrumpí—. Si no te apetece tocar hoy no lo hagas. Márchate y descansa. Puedes venir cuando quieras.

—No, no —me miró a los ojos—. Yo hoy toco, eso es lo único que me pone de buen humor cuando estoy enferma.

—¿Estás segura? —insistí.

—Segurísima. Además, necesito el dinero.

—¿Para el hostal? —cuestioné interesada, regresando de nuevo frente a ella.

—No, lo necesito para un par de cosas que tengo que comprar, y no me vendrían mal un par de pantalones como esos —desvió la mirada hacia mis piernas—. Te sientan muy bien. Creo, creo que es la primera vez que te veo con jeans.

—Eh, bueno… No estoy acostumbrada a utilizarlos, pero si, son cómodos —tartamudeé. Tanto que incluso yo misma me avergonzaba por no poder evitarlo. Y más aun siendo consciente de que ella también se percataba de mi repentino ataque de pudor por aquel simple halago. Lo reconfortante de aquella situación, fue que ella volvió a sonreír como me tenía acostumbrada.

—Tu pelo también está distinto —me recordó—. Estás muy guapa hoy… Bueno, la verdad es que siempre lo está. Pero no sé, hoy estás diferente. Me gusta.

—Gracias —respondí por inercia—. No, no es nada solo me he cortado un poco el pelo y he venido a trabajar un poco más cómoda. Tampoco es para tanto.

—No será para tanto, pero llama la atención.

—¿Llamo la atención? ¿Por qué? Solo son unos jeans y una camiseta. No llevo nada llamativo.

—Te aseguro que cualquier mínimo cambio que tengas, llama la atención. Al menos para mí.

—¿Por qué?

Estúpida pensé tras preguntar de nuevo sin ni siquiera detenerme a pensar.

Quizás podría ser algo insignificante, pero por lo que había conocido de aquella chica, no era de las que se guardaban los comentarios, y a pesar de mi edad y todo lo vivido, no me acostumbraba a que una mujer no tuviese reparos en halagarme de la forma en la que solo alguien como ella, podría hacerlo.

Hacerle aquella pregunta me llevaba a esperar recibir cualquier tipo de respuesta, y tener que afrontarlo con una madurez que yo de la que yo carecía.

—¿Tú por qué crees?

—¿Yo? Pues no lo sé.

—Quinn creo que ya deberías saber que, si no utilizo toda mi artillería contigo, es por respeto. Y porque no quiero incomodarte, no porque no tenga ganas.

—¿Tu artillería? No entiendo.

Mentirosa, imbécil y bastante cínica. Esa era yo tratando de fingir que no sabía a qué se refería cuando hablaba de utilizar toda su artillería conmigo. Por supuesto que lo sabía, pero me parecía tan surrealista, o, mejor dicho, tan difícil de digerir, que necesitaba tener total y absoluta certeza de que aquello era cierto. Que aquella chica que vivía la vida sin miedos, que se atrevió a besarme apenas dos días después de habernos conocido de casualidad, y que a punto estuvo de hacerlo por segunda vez si Santana no nos hubiese interrumpido, tenía algún tipo de interés físico hacia mí, no era algo sencillo de asimilar para mí.

—Puedo ser muy persistente casi como Santana lo es con Brittany —me explicó volviendo a dedicarle atención a la guitarra—. La única diferencia es que yo no quiero que mi paso por Phoenix me deje sin ángel de la guarda por resultar pesada.

¿Era una declaración? Mi mente en aquel instante comenzó a revolucionarse como lo solía hacer el motor de mi coche, y traté de mostrarme con naturalidad, evitando salir corriendo de allí o, quizás, volverme lo suficientemente atrevida como para cometer una locura de la que me iba a arrepentir sin dudas.

Por suerte tomé la decisión adecuada, al menos la única que no me iba a destrozar la conciencia. El humor.

—Lástima que mi curiosidad solo ascienda a un beso.

—Pues sí —volvió a mirarme—. Es una verdadera lástima — dijo, y a continuación volvió a dedicar toda su atención a la guitarra, tocando con delicadeza las cuerdas que ya había colocado con precisión.

Aquella respuesta me dejó claro que sí, que Rachel Berry, la chica de Ohio que recorría el país desde hacía dos años con una simple bolsa de equipaje y una guitarra, no tendría reparos en intentar conseguir que yo fuese una de sus tantas conquistas. Y, a decir verdad, me alegró que así fuese.

El orgullo de saber que alguien estaba interesado en mí, subía a cotas insospechadas cuando se trataba de alguien de mi propio género. Y, sobre todo, siendo tan especial como era Rachel. Definitivamente, aquel día había sido perfecto para mi autoestima.

—Será mejor que te deje a solas para que…

—Quédate —interrumpió—. Me gusta tocar algo antes de salir y tu presencia es perfecta. Si no te importa, claro —añadió y yo no pude ni siquiera responder.

Directamente tomé asiento en un pequeño saliente que sobresalía en la pared opuesta a ella, y me limité a esperar esa actuación privada de la que yo era espectadora de lujo.

Fueron varios acordes los que Rachel comenzó a hacer sonar antes de darle sentido a una melodía que a mí me resultaba desconocida por completo.

Every few you days, you're fine

Just a few days on the grind

You left your faith behind some other door

Which one, you don't know

En aquel momento, no tenía ni idea de porqué aquella chica siempre que cantaba una canción frente a mí, conseguía reflejar en sus palabras lo que me había estado sucediendo a lo largo de aquellos días.

Aquellas letras hablaban de rutina, de ver y vivir cada día lo mismo y no ser capaz de romper con ello. Algo que yo sí había hecho aquel sábado, pero que llevaba sufriendo durante mucho tiempo.

The real world is killing me slowly

The real world is bringing me down

The real world is loving me only

—Deprimente —susurré tras ver como acababa con los últimos acordes—. Quiero decir, la letra no tu voz. Tú, tú siempre lo haces bien. ¿Es tuya?

—No todos los días apetece cantar cosas hermosas —respondió—. Y no, no es mía.

—¿Algún motivo para que te sientas así? —volví a interesarme. Pero esta vez lo pregunté con tanta dulzura que estaba segura de no recibir ninguna excusa absurda.

—Ya te he dicho que me encuentro un poco mal, y cada vez que me encuentro mal físicamente, me afecta al psíquico —me miró—. Y me vuelvo insoportable.

—Nos parecemos en eso, pero dudo que seas más insoportable que yo —traté de animarla.

—No me pongas a prueba.

—Ok —respondí cómplice. Opté por levantarme del improvisado asiento cuando comenzamos a escuchar la voz de Santana acompañada de una tos exageradamente fuerte. Tanto que nos miramos confusa y esperamos la aparición de mi amiga en el interior del almacén.

No tardó en suceder y cuando lo hizo, lo hizo con sumo cuidado.

—Perdón —se asomó—. Quinn, disculpa que interrumpa, pero deberías salir. Están preguntando por ti.

—¿Por mí? ¿Quién?

—Será mejor que salgas y lo compruebes por ti misma —respondió con rapidez—. Rachel están empezando a llegar gente. ¿Te encuentras bien para salir a cantar?

—Sí, claro que sí—respondió ella.

—Ok. Pues os espero fuera.

Su última mirada antes de marcharse me dejó con una extraña sensación que al parecer Rachel también había percibido.

—¿Estaba dejándose notar? —me cuestionó tratando de entender la situación. Y tenía razón.

Que Santana hubiese emitido todo aquel ruido mientras caminaba hacia el almacén donde estábamos nosotras, solo nos hacía indicar que quería que supiésemos que iba a interrumpirnos. Y, evidentemente, esa necesidad se debía a los pensamientos que rondarían por ella al imaginar alguna situación íntima entre Rachel y yo.

—Me temo que sí —sonreí—. Lo cierto es que ella sigue creyendo que tú y yo… Ya sabes.

—¿La apuesta? —se interesó.

—Así es. Supongo que habrá pensado que...

—Que estábamos haciendo algo más que hablar. ¿No? —me miró con algo de diversión.

—Pues me temo que sí. Lo siento —me disculpé—. Siento que te veas envuelta en…

—No lo sientas, Quinn —me interrumpió acercándose hasta quedar frente a mí, a apenas un palmo—. Para mí es un halago.

—Ok —balbuceé volviendo a ruborizarme—. Creo que es mejor que salga a ver quién pregunta por mí.

—Sí, yo también creo que es lo mejor —dijo sin dejar de mirarme.

Podrían ser los segundos más intensos de toda mi vida, los más largos y extraños que jamás viví. Juraría que Rachel en aquel instante se habría olvidado de todo lo demás y se habría lanzado hacia mí sin ningún reparo, pero no lo hizo. Porque tal y como me dijo, me respetaba y no quería que la odiase por algo así.

Sin embargo, lo peor, lo extraño y confuso de todo aquello y que al parecer solo se cocía en mi cabeza, era que yo no la habría odiado ni mucho menos, sino que, probablemente, lo habría agradecido eternamente.

Aquella chica reunía todo lo que yo necesitaba, no solo para saciar mi curiosidad, sino que además lograba hacerme sentir diferente. Más viva, más especial, y eso era algo que jamás había sentido. Ni siquiera cuando cumplí el sueño de mi adolescencia de ser reina del baile junto al capitán del equipo de futbol. Me hacía sentir especial con el simple hecho de saber que habría intentado conquistarme en otras circunstancias más favorables para mí, diferentes a las que vivía.

Pero todos aquellos pensamientos no se convirtieron en confesiones, ni siquiera los delaté con mi mirada o mi presencia, porque todos aquellos pensamientos se adueñaban de mí cuando ya había tenido el valor de alejarme de Rachel, y abandonaba el almacén de la forma más natural que podía. Evitando que mis piernas flaquearan por las indirectas recibidas de aquella chica. De hecho, incluso tuve que detenerme en mitad del pasillo para recuperar la compostura antes de salir al bar, donde el bullicio de la gente ya me permitía intuir que los clientes habían comenzado a llegar justo para el concierto. Pero no solo eran más personas dispuestas a pasar un buen rato, sino que, además, eran más especiales.

Fue llegar a la barra y volver a detenerme tras descubrir al fondo de la misma a tres pares de ojos que me buscaban sin cesar por aquella salida. Tres pares de ojos que pertenecían a tres personas que no pudieron evitar regalarme una leve sonrisa al verme aparecer. Tres personas que yo conocía a la perfección y que por supuesto, no esperaba ver aquella noche.

Marley, Brody y por supuesto, Finn.