Capítulo 13

Dolor

Dolor repentino de gran intensidad que se produce generalmente por la presencia de un cálculo en el conducto que va desde los riñones hasta el tracto urinario cercano a la uretra, y conocido como cólico nefrítico. Dicen que es el dolor más intenso que una persona puede padecer, incluso más que el del parto o las quemaduras. Y Rachel, la pobre Rachel Berry, luchaba contra él en aquel instante. Aunque las palabras del doctor me dejaron un tanto más tranquila que cuando llegamos al hospital.

Ni siquiera podía andar. Tuve que bajar del coche y pedir auxilio a los enfermeros que había de guardia para que me ayudasen a trasladarla.

Se hizo un ovillo en el asiento. Se retorcía de dolor, tanto que incluso se le escaparon algunos gritos, acompañados de un sudor frío que caía por su rostro como si fuese un deportista de élite plena competición, y el temblor agudo que acusaba su cuerpo. Por unos momentos se aferró con tanta fuerza a mi brazo que incluso me dejó marcas de sus uñas en la piel. O quizás eran de Brownie, no lo sé. Lo único que sabía era que algo grave parecía sucederle, y que mi corazón no volvió a latir con una relativa tranquilidad hasta que el doctor Sheldon me dijo que toda la culpa era de un cálculo renal. Unos pequeños cristales de calcio y no sé qué más, que se forman en el riñón y provocan ese intenso dolor, y más dolencias que, en ese caso, para suerte de Rachel, no se sucedieron.

Lo cierto es que casi ni presté atención a las palabras técnicas del doctor. Lo único que me interesaba saber era que Rachel iba a ponerse bien, y no debía temer porque algo más grave le sucediera. Y eso sí que me lo aclaró con total y absoluta tranquilidad.

No sé si lo he dicho, pero odio los hospitales, y en aquel momento más aún. Cada vez que alguien me hablaba de médicos o escuchaba las sirenas de las ambulancias, mi mente volaba a un día en concreto y la ansiedad me paralizaba. La tarde del 6 de agosto de 2009, cuando acudía a la oficina de mi padre para recogerlo e irnos a cenar juntos, algo que nunca solíamos hacer pero que aquel día íbamos a llevar a cabo sin motivo alguno. Él seguía trabajando en su despacho de concejal a solas, cuando ya nadie permanecía en el Ayuntamiento, y a escasos meses de su elección como alcalde de Phoenix.

Lo cierto es que no recuerdo mucho de aquel día. Dicen que cuando algo te puede traumatizar para siempre, tu cerebro hace que te olvides de ello. Yo lo único que recuerdo de aquella tarde era entrar en el despacho y encontrar a mi padre sobre la mesa donde trabajaba, sin consciencia. Luego de eso, solo tengo algunos recuerdos; sirenas, médicos y palabras como miocardio, isquemia y otras más que ni me atrevo a pronunciar.

Desde entonces, desde aquella tarde, mi relación con los hospitales, a pesar de tener que estar agradecida por salvarle la vida a mi padre, dejaba bastante que desear.

Tenía una idea fija en mi mente; cuantas menos visitas realizase a aquellos centros, mayor el porcentaje de salud perfecta de quien me rodeaba. Era así de sencillo.

Pero mi irrefutable comparativa no sirvió de nada aquella noche. Porque a pesar de que Rachel no pertenecía a mi familia, su dolor, aquel temblor de su cuerpo y la mirada de súplica que mostraba, provocaron en mí la misma sensación que si lo fuese.

Eran las 02:12 de la madrugada cuando por fin pude sentarme en una de las sillas de la sala de espera. Habían pasado casi 4 horas desde que llegamos, y la metieron en una sala de urgencias donde estaban llevando a cabo el tratamiento para eliminar de su cuerpo aquella piedra, y devolverle la tranquilidad absoluta. Pero mi tiempo de descanso en aquella silla no duró demasiado. La voz de Santana me hizo reaccionar y levantarme de ella como si de un resorte se tratase. Aquel imprevisto me obligó a llamarla para explicarle que no iba a regresar al bar tan pronto como esperaba.

—¿Qué ha pasado? No hemos podido venir antes, había gente en el bar y no podíamos cerrar.

—No te preocupes —le dije tras observar cómo Sam también llegaba tras ella —. La tienen en urgencias.

—Pero, ¿qué ha pasado?

—Cólico nefrítico —dije.

—Uff… Eso duele —fue Sam quien habló mostrando un gesto de dolor en su cara.

—Lo sé. Y no te haces una idea de cómo estaba. No podía ni caminar y, dios ha sido espantoso.

—¿Y cómo está ahora? ¿La has visto? —volvía a interesarse Santana.

—No, no la he visto, pero he estado hablando con el doctor que la está tratando y me ha dicho que me tranquilice. Le han puesto calmantes y le están suministrando un tratamiento de no sé qué para que expulse el cálculo. Al parecer es muy pequeño. Es probable que se deshaga, y no sea necesario intervenirla.

—¿Y duele tanto si es tan pequeño?

—Duele y mucho —volvía a hablar Sam —. Tengo un amigo que le sucedió y dice que jamás había tenido un dolor así.

—Vaya — lamentó Santana —. Pobre chica, con razón se encontraba mal.

—Ya ves —susurré dejándome caer en el asiento.

—¿Qué vas a hacer? —fue Sam quien me cuestionó tomando asiento a mi lado —¿Te vas a quedar aquí hasta que salga?

—Claro —dije como si no hubiese otra opción lógica.

—Quinn. ¿Por qué no llamas a algún familiar suyo?

—No tiene familiares aquí, están todos en Ohio. Además, cuando llegamos me pidieron su documentación y no encontré su móvil en el bolso.

—¿Y Brittany? —dijo Sam — Ella sabrá a quien llamar. es su amiga. ¿No?

—Tienes razón —interrumpió Santana —. La llamo y le pregunto. ¿Ok?

—Ok, pero no sé si a Rachel le va a gustar eso. Creo que es un poco cabezota con esas cosas y no le gusta molestar. De hecho, no me dijo que se encontraba tan mal hasta que ya no pudo más.

—Me da igual lo que diga, voy a llamar a Brittany —volvió a repetir —. Ahora vuelvo.

No tardó en abandonar la sala de espera, y dejarme a solas con Sam. Bueno a solas con él y con dos mujeres y un anciano que también estaban en aquel lugar.

—¿Estás bien? —Sam se interesó por mi estado tras varios segundos en los que permanecimos en silencio.

Él me conocía perfectamente. Sabía que yo y los hospitales no teníamos buenas relaciones.

—Ya sí —respondí en voz baja —, pero lo he pasado mal. No tenía ni idea de qué le sucedía. Te juro que creía que se moría en el coche.

—No creo que lo que te preocupara sea que muriese en tu coche —repitió —. ¿Verdad?

—Por supuesto que no —le miré —. Estaba preocupada por ella.

—Por eso mismo te pregunto —volvió a insistir —. Quinn, sé que algo sucede —supongo que mis ojos transmitían la suficiente confusión como para no ser necesario que lo cuestionase con palabras —. Sé que algo pasa entre tú y esa chica, no lo puedes negar —volvió a hablar y yo sentí que el dolor de Rachel se trasladaba a mi cabeza en aquel instante —. He visto cómo te mira cada vez que va a hablar contigo. Como se arregla se prepara el pelo y esas cosas que hacéis las chicas cuando queréis estar perfecta para alguien.

—¿Qué? —le interrumpí completamente sorprendida. Aquello, lejos de ser una intromisión en mi vida, se había convertido en una confesión de algo que yo no había visto. Desde mi punto de vista, Rachel siempre actuaba con total y absoluta naturalidad cuando estaba conmigo y precisamente eso, era por lo que tanto me llamaba la atención.

—Pues eso. Siempre que vas a aparecer, ella se pone nerviosa. Y tú también.

—¿Yo? —fingí —¿De qué hablas?

—Te conozco Quinn, y tú a las chicas, a menos que sean alguna de tus amigas, las quieres lejos y que no te hagan sombra. Que no te eclipsen. Sin embargo, con Rachel no es así. No lo fue desde que decidiste ponerte esa pulsera —me miró la mano —, y ahora veo que tienes dos.

—Ésta es mía —balbuceé tratando de ocultar las manos y con ellas, las pulseras de Rachel que por supuesto permanecían en mi muñeca —. Además, fue un regalo y los regalos se…

—Ya, y la ropa —sonrió mientras me interrumpía —. ¿Me vas a decir que vestirte así para ir al bar es por comodidad? ¿Tú? Vamos, incluso la llevas y la traes a todos lados en el coche, y siempre estás interesándote porque todo esté perfecto para ella.

—Basta Sam —interrumpí —. No sé de qué hablas, pero no me gusta nada que pienses cosas que no son. ¿Tengo que recordarte quién soy? Si me he vestido así, es por comodidad, porque llevamos varios días en los que hay más gente en el bar y necesito estar cómoda para trabajar. Y en todo caso, si quisiera llamar la atención, me vestiría mejor, no así —me quejé tratando de sonar convincente.

—No para Rachel.

—¡Cállate Sam! —era mi única defensa cuando no tenía respuesta más coherente —. Estás diciendo tonterías. No vengas a molestarme con esas cosas ahora mismo, o voy a pedir que te echen.

—No, no es necesario, pero que entre esa chica y tú sucede algo es más que evidente, por mucho que trates de ocultarlo con excusas absurdas.

—No me acepta la llamada.

Dios, Alá, Buda o los gnomos. No tenía ni idea de quien había sido la intervención divina que logró llevar a Santana de vuelta a la sala de espera e interrumpir el mal rato que Sam me estaba haciendo padecer con su interrogatorio.

Lo sabía. El único que yo pensaba que no iba a enterarse de nada, sabía más que nadie acerca de lo que me estaba sucediendo con Rachel. Y todo por nuestras actitudes, de nuestros gestos. Y eso era algo que me aterraba.

Si Sammuel Evans, el chico más despistado que jamás había conocido, se percataba de aquellos gestos. ¿Cuántos más se habrían dado cuenta de lo que me sucedía? Mi hermano, Santana, incluso Marley los 20 minutos que estuvo en el bar, podían haberse percatado de lo que me estaba pasando con Rachel, mucho antes de que lo hiciera Sam.

—Vaya… ¿Has probado a dejarle algún mensaje? —Sam me dejaba respirar por unos instantes y respondía él mismo a Santana, que ya se personaba frente a nosotros.

—No, tiene el teléfono apagado. Supongo que estará trabajando.

—O será que no quiere verte —musité de manera casi imperceptible.

—Pues me va a ver —replicó —. De hecho, voy a ir al Ladies y se lo voy a decir en persona, para que luego le pese la conciencia por no haberme aceptado la llamada.

—Creo que es la mejor opción —dije tras pensar con detenimiento la idea de Santana. Estaba claro que ella lo único que pretendía era volver a verla tras saber que la había estado esquivando. Rachel no le preocupaba demasiado, y eso me daba cierta libertad—. Sam, acompáñala

—¿Quieres ir ahora a ese bar?

—Sí, Quinn tiene razón. Llévame —respondió Santana.

—Pero… ¿Vamos a dejar a Quinn aquí sola?

—No os preocupéis por mí. El Doctor Sheldon me ha dicho que en cuanto le suministren el tratamiento y esté más tranquila, podré entrar con ella.

—¿Estas seguras? —volvía a hablar Sam.

—No seas pesado —intervino Santana —. Vamos, llévame hasta ese bar. Quinn sabe cuidarse sola.

Fue en ese instante cuando una de las enfermeras nos interrumpía y exigía mi presencia en la sala de recepción, donde el doctor Sheldon me estaba esperando para darme las últimas noticias del estado de Rachel.

—Me quedaré con ella —volví a repetirle a los chicos tras escuchar a la enfermera —. Si consigues ver a Brittany, dile que me llame. ¿De acuerdo?

—Ok. Si necesitas algo, llámame —me respondió Santana.

—Lo haré. Ahora marchaos, no quiero hacer esperar al doctor.

Fueron mis últimas palabras antes de abandonar la sala de espera y despedirme de Sam y Santana, que ya ponían rumbo hacia el bar donde la única amiga de Rachel que conocíamos, trabajaba.

Lo cierto es que era algo que a mí no me importaba en absoluto. No pensaba dejar a Rachel a solas en el hospital, y por alguna extraña razón, estaba convencida de que, si Brittany llegaba allí, era lo que me iba a pedir. Probablemente querría encargarse de cuidarla. Pero estaba en mi territorio.

Aquel hospital, además de ser un lugar lleno de malos recuerdos, era como un hogar para mí.

Todos en aquel centro conocían a mi padre, ya que allí estaba el equipo médico que le había tratado de su dolencia. Era nuestro hospital, al que acudíamos todos los miembros de mi familia cuando sucedía algo, y evidentemente, el trato preferencial que nos reservaban por ser quienes éramos.

Un trato del que yo siempre rehusé, pero que en aquel instante aproveché al máximo. De hecho, en cualquier otra circunstancia, Rachel no habría tenido la oportunidad de ser atendida en aquel centro por su estatus privado. Podríamos decir que tuvo la suerte de ser yo quien la acompañara al hostal aquella noche. De no haber sido así, habría tenido que trasladarse al este de la ciudad, una media hora más de camino, para poder acudir a un centro público.

El doctor Sheldon era uno más del equipo de médicos de aquel hospital, y el que atendía a Rachel en aquella noche de guardia que estaba llevando a cabo.

Me esperaba tras el mostrador de la recepción mientras escribía algo en una pequeña agenda que permanecía entre sus manos.

—Doctor…

—Quinn —alzó la vista hacia mí —, te estaba esperando.

—¿Cómo está? —fui directa.

—Bien. Hemos tenido suerte —me sonrió tratando de eliminar el malestar que debía reflejar mi cara —. El cálculo se ha disuelto y lo ha expulsado sin problemas.

Traté de controlarlo, pero no pude. Aquellas palabras consiguieron que un suspiro saliera de mi interior y se escuchase en toda la recepción.

—No te preocupes, Quinn —trató de tranquilizarme —. la señorita Berry estará perfectamente mañana.

—¿Mañana? Eso significa que va a pasar la noche aquí. ¿No?

—Sí, verás, aunque haya expulsado el cálculo, sería conveniente realizarle algunas pruebas para asegurarnos de que todo está bien. Es algo rutinario, así que no hay de qué preocuparse, pero es mejor que pase la noche aquí. Seguro que ella está más tranquila de ese modo.

—Si usted lo cree conveniente —musité aceptando y asimilando la situación de que iba a pasar toda la noche en aquel hospital.

—Cuando se producen shocks como los que ella ha sufrido, es muy normal que después puedas sufrir estados de ansiedad. Tienes la sensación de que te va a volver a suceder, y es un dolor tan inesperado e intenso que provoca esa sensación de inquietud. Así que mejor que se quede aquí y descanse. Con los calmantes va a dormir mejor.

—Ok —dudé —Eh… ¿Puedo pasar a verla?

—Sí, claro. De hecho, ella me ha pedido que te avisara. Al parecer quiere preguntarte algo.

—Perfecto, por cierto. ¿Cabe la posibilidad de que me pueda quedar con ella durante la noche?

—Sin problemas, siempre y cuando no interfieras en su descanso. ¿De acuerdo?

—Claro, por supuesto. No hay problema por eso. Solo quiero acompañarla y bueno, prefiero estar ahí dentro antes que en la sala de espera.

Asintió y sonrió. Era más que suficiente para hacerme entender que tenía total libertad para decidir donde quería pasar las horas que faltaban hasta el amanecer. Ya lo he dicho, mi padre ejercía la suficiente influencia en aquel hospital como para darme trato de favor, y aquel doctor no iba a ser menos. Sobre todo, si la salud de Rachel estaba a salvo de cualquier contratiempo y lo único que necesitaba era descansar.

—Será mejor que vayas ya —habló —. Es probable que se quede dormida por culpa de los calmantes, y tenía urgencia por hablar contigo.

Acepté la invitación y tras despedirme de él, me dirigí hacia la habitación donde ya descansaba Rachel.

Lo cierto es que tuve una extraña reacción al llegar frente a la puerta que cobijaba su estancia. Me volvían a temblar las piernas, y no era por las sensaciones que me producían los hospitales. Me temblaban por ella, por volver a verla y no hacerlo en una situación que ya se había vuelto habitual en nuestra extraña relación.

Rachel no iba a aparecer tras aquella puerta con su impresionante sonrisa y su guitarra al hombro. Tampoco lo haría con esos pantalones que solía llevar con más agujeros de los permitidos, o alguna de sus camisetas que no dejaban nada a la imaginación. Y supe que antes de verla en aquella situación, tenía que tratar de tranquilizarme y dejar la sensación de agobio que sentía en el exterior.

El descanso era primordial para ella y yo no podía romper aquella calma bajo ningún concepto. Así que dibujé la mejor sonrisa, o al menos lo intenté, y me prometí no aceptar ningún tipo de conversación que hiciera referencia a la disputa que habíamos mantenido en el coche antes de que todo aquello sucediera.

—¿Se puede? —susurré tras abrir con suavidad la puerta, y asomarme tras ella, dejando en el fondo de mi estomago el nudo que me provocó verla recostada en aquella cama, con un par de vías adornando sus brazos y las ojeras que se habían apoderado de sus ojos.

Me sonrió con dulzura, y eso fue suficiente para saber que mi sonrisa, había surtido el efecto deseado.

—Claro, pasa —respondió con la voz quebrada.

—¿Cómo estás? —cuestioné ignorando lo que mis ojos veían. Evidentemente, no estaba bien.

—Más o menos —volvió a sonreír —. Aunque podría estar mejor.

—¿Te duele algo? —me acerqué sin dejar de mirar sus ojos. De esa forma, no repararía en las agujas que mantenían las vías ancladas a sus brazos, y mis pulsaciones no bajarían hasta provocarme el desmayo. Porque eso era lo que me sucedía cuando veía esas enormes agujas. Otra pequeña nota más a tener en cuenta acerca de mi pánico a los hospitales.

—No, no me duele nada, pero estoy cansada.

—Es normal. Ahora tienes que descansar. ¿Ok?

—No me va a quedar más remedio —se quejó —. Creo que me han puesto algún calmante.

Sonreí y lo hice por la impotencia que escapaba de aquellas palabras. Estaba completamente segura de que, si no le hubiesen suministrado aquellos calmantes, Rachel estaría vestida y dispuesta a marcharse de allí lo más rápido posible. Y yo me habría ido con ella, sin duda.

—Bueno, pues aprovéchalos y duerme —dije tratando de serenarla —. El doctor me ha dicho que mañana te harán unas pruebas para ver que todo está perfecto y te dejaran salir.

—Espero que sea así. No quisiera tener que irme a escondidas —bromeó —. No te lo he dicho antes, Quinn, pero no me gustan los hospitales.

—Vaya… Pues algo más que tenemos en común —le dije buscando su sonrisa —. Yo los odio.

—Menudo par… —se lamentó— Quinn —me miró preocupada—. ¿Dónde está mi guitarra?

Traté varios segundos en asimilar la pregunta y asociarla a la preocupación que mostraba al hablar de ella. Hecho que me demostraba que aquel instrumento, era bastante más especial de lo que ya intuía para aquella chica.

—Pues está en mi coche, a buen recaudo —respondí recuperando la compostura.

—Ok. Cuídala por favor. Sácala del coche y guárdala en tu casa hasta que yo esté bien. ¿De acuerdo?

—¿En mi casa? Pero si mañana saldrás y podrás llevártela.

—Digo esta noche —volvió a hablar tras controlar un pequeño bostezo —No la dejes en el coche, llévatela cuando llegues a tu casa.

—Eh… Rachel —la interrumpí—. No me voy a ir del hospital hasta que tú no salgas sana y salva.

—¿Qué? —me miró confusa— ¿Qué dices?

—No me voy, quiero quedarme aquí.

—No, ni hablar, tú márchate y descansa. Y mañana si quieres vienes. Pero ahora te vas. Suficiente has tenido ya con todo esto.

—Rachel —esperé varios segundos a que se calmara—. No estás en disposición de decirme lo que hacer o no, así que yo decido quedarme. Lo único que vas a decidir es si quieres que lo haga aquí, en ese sofá de ahí —señalé hacia el mueble en cuestión que había junto a la pared de la derecha—, o por el contrario me quedo en la sala de espera, en una de esas incómodas sillas.

—¿Me estás chantajeando?

—Mas o menos —sonreí.

—Dios Quinn, de veras no es necesario, es tarde y prefiero que duermas tranquila. Yo, yo estoy bien, ya te lo ha dicho ese médico. Además, me acabas de decir que odias los hospitales igual que yo.

—Lo sé —la interrumpí —, pero soy un poco masoquista —bromeé.

—Pero…

—No hay nada que me vaya hacer cambiar de opinión —volví a detener su intento fallido de convencerme —. A menos…

—¿A menos qué? —se interesó.

—Bueno, cuando llegué me preguntaron por algún familiar tuyo y no supe que contestar, si me dejas que avise a alguien que pueda venir, me marcharé a dormir a mi casa.

Cerró los ojos y tomó una gran bocanada de aire.

Yo no sabía que podía significar exactamente lo que ocultaba con aquel gesto, pero intuía que nada bueno. De hecho, su rostro volvía a cambiar, a mostrarse con una seriedad que conseguía acentuar las ojeras que tan poco me gustaban.

—Quinn, no va a venir nadie, te recuerdo que soy de Ohio —susurró tras expulsar el aire que había acumulado en sus pulmones, con un intento de demostrar que estaba tranquila, y que yo no me creí en absoluto.

—Está bien, supongo que es muy tarde para avisar a tus padres, pero me tienes que prometer que mañana, cuando salgas, les vas a decir lo que te ha sucedido.

—¿Qué? —balbuceó volviendo a mirarme.

—Rachel, siento tener que decirte esto, pero cuando estaban atendiéndote me pidieron tus datos en recepción para ver si podían encontrar algún historial clínico tuyo, y como no podías atenderme, tuve que buscar en tu bolso.

—¿En mi bolso?

—Sí ya sabes, para darles tus datos y demás. Lo cierto es que me dijeron que por favor avisase a algún familiar al que pudieran preguntar si tenías algún tipo de alergia, o no sé, esas cosas que necesitan saber antes de actuar. Y estuve buscando tu teléfono para tratar de llamar a alguien, pero no lo encontré, así que…

—No tengo teléfono móvil —me interrumpió.

—¿No? —cuestioné incrédula— ¿Y qué haces para llamar?

—Pues buscar un teléfono. Hay muchos, no es necesario llevar uno encima—respondió desganada, desviando la mirada hacia una de las vías.

—¿Y qué haces cuando quieren llamarte? —volví a preguntar confusa.

—Nadie me tiene que llamar —se mostró dura.

—¿Qué? ¿Y qué pasa con tus padres? ¿Te vas de viaje durante dos años y no te llaman para saber cómo estás?

Lo que vi a continuación era algo que en cualquier otra circunstancia podría parecer normal, algo común. Ver como un par de lágrimas caían por la mejilla de alguien no era algo llamativo, pero para mí si lo fue.

Aquella chica que hacía apenas un par de horas que había sufrido uno de los dolores más intensos que existen, no había derramado una sola lágrima mientras se retorcía de dolor en el asiento de mi coche. Sin embargo, ahí, en aquel instante, si lo hacía.

Comenzó a llorar sin motivo alguno, al menos yo no era consciente del mismo.

—¿Qué ocurre? —le pregunté extrañada— ¿Te duele algo?

—Quinn, mis padres no me llamarán —susurró volviendo a fijar su mirada sobre la mía.

Traté de entender el significado de aquella sentencia, o, mejor dicho, darle sentido, pero me resultaba complicado hacerlo cuando veía como la pena inundaba el rostro de aquella chica que siempre se mostraba sonriente. Y ella pareció entender mi confusión, tanto que volvió a hablar. Y lo hizo como solo ella sabía hacerlo. Relatando una de aquellas historias que a tenor de la emoción con la que me miraba, iba a quedarse conmigo para siempre.

—¿Recuerdas cuando te dije que me fui a vivir con ellos al entrar en el instituto?

—Eh sí —balbuceé sin perder detalle de su expresión, ni de sus lágrimas.

—Estuve en Lima hasta que me gradué y tuve que marcharme a la universidad —comenzó a hablar de nuevo—. Me fui a Princeton.

—¿Princeton? —interrumpí sorprendida. Si había algo que no me esperaba de ella, era que fuese licenciada de una universidad privada como Princeton, donde solo acudían estudiantes con un gran nivel y, casi siempre, con mucho poder adquisitivo. Algo que ella no parecía tener.

—Sí, aunque no lo creas —sonrió apenada —, soy arqueóloga.

Supuse que mi gesto mostraba la suficiente sorpresa como para conseguir que aquella extraña sonrisa se volviera más alegre. Pero solo por algunos segundos, los justos en los que tardó en recordar porqué me contaban todo aquello.

Volvió a tomar aire, y desvió la mirada hacia su mano. Yo quise seguirla, pero de nuevo aquella aguja conseguía que mis piernas flaquearan y me obligaba a mantener la vista fija en su rostro, que volvía a mostrarse apenado.

—Lo cierto —retomó la historia —, lo cierto es que me gustaba y me sigue gustando, pero le tengo algo de odio.

—¿Odio?

—Mis padres seguían trabajando mientras yo estuve en Nueva Jersey, y bueno, todo iba bien. Conseguí aprobar curso por curso y ellos estaban orgullosos de mí, tanto que cuando llegó el día de mi graduación viajaron durante nueve horas, desde Londres hasta Ohio, para poder estar presentes. Ellos estaban en Europa de viaje, disfrutando de una semana de vacaciones en Inglaterra —balbuceó con dificultad—. Llegaron a Ohio la noche anterior de mi graduación, pero tuvieron un pequeño problema con un temporal de nieve. Habían cancelado el tren que los llevaría hasta Nueva Jersey —suspiró —, así que Leroy se empeñó en hacer el viaje en coche, y decidieron salir por la noche para llegar temprano… Son casi nueve horas de trayecto —tragó saliva —. Sin embargo, ellos no llegaron a tiempo a mi graduación —hizo una breve pausa tratando de contener las lágrimas que volvían a caer por sus mejillas — Recibí mi título y no conseguí verlos entre los familiares de los más de 1000 alumnos que nos graduamos ese día, y yo supuse que si estaban allí, pero había tanta gente que no conseguía verlos —suspiró —. Cuando acabó todo fui a mi taquilla a recuperar mi bolso con el móvil y llamarles para saber dónde estaban. Tenía cuatro llamadas de Leroy y dos llamadas de un número que desconocía. Llamé a mis padres, pero no me atendieron hasta que, en un segundo intento, alguien descolgó el teléfono de Leroy —tragó saliva —. Era una enfermera del hospital Kernand, en Maryland. Una placa de hielo en la carretera había provocado que el coche se precipitase por un desnivel —balbuceó con apenas un hilo de voz —, y los habían trasladado hasta Maryland.

Jesse, que era mi chico, fue quien me llevó hasta el hospital en su coche. Casi tres horas de viaje en los que no supe nada de ellos, solo que Leroy estaba siendo intervenido y bueno, de Hiram no quisieron decirme nada.

Detuvo su relato para mirarme por primera vez, dejando a un lado las agujas y mostrarme como sus ojos habían perdido toda la ilusión, todo ese brillo que desprendían, transformándose en dos puntos que lanzaban una mirada perdida y triste. Y fue en ese instante cuando noté como algo recorría mi mejilla y supe que yo también estaba llorando.

—No llegué a tiempo —susurró liberando una nueva tanda de lágrimas—. No pude despedirme de ellos, Quinn. Se fueron, se marcharon el día que más orgullosos debían estar de mí— añadió, y guardó silencio. Rachel dejó de relatar aquella historia en aquel instante, sin apartar su mirada de mis ojos y permitiendo que yo fuese testigo de su llanto mudo, de la pena que parecía arrastrar. Y no solo desde aquel desgraciado día en el que perdió a sus padres, sino desde que nació.

Yo me estremecí. Estaba traumatizada por lo que supuso para mí la enfermedad de mi padre, y ahora me encontraba con aquella chica que, no solo había perdido a sus dos pilares, sino que también llevaba sobre su espalda la desilusión de saber que su propia madre la había abandonado cuando era un bebé. Además de la carga emocional que supone haber crecido en un orfanato y pasar toda tu vida interna en un colegio. Y, aun así, después de todo lo que había padecido, seguía sonriendo. Seguía cantando con aquella guitarra y regalando su talento a quien lo necesitaba.

Estaba completamente convencida de que, a pesar de su menudo cuerpo, el corazón de aquella niña que seguía sollozando en la cama del hospital, era enorme. El más grande y fuerte que yo jamás había conocido. Y la admiré.

Yo no tenía palabras para consolarla. No era buena en eso y menos en una situación como aquella. Así que decidí actuar de la única manera que sabía que podía ayudarle, o al menos, hacerle sentir que no estaba sola.

Tomando aire y valor a partes iguales, me olvidé de los cables que rodeaban su mano y posé la mía sobre ella, entrelazando mis dedos a los suyos y tratando de ofrecerle el cariño y la tranquilidad que necesitaba en aquel instante, para recuperarse y superar lo que estaba sufriendo.

—Gracias Quinn —susurró tras aferrarse a mi mano y dejar caer la cabeza hacia el lado, sin desviar la mirada de mí.

No respondí. Me limité a tomar asiento en una de las sillas que había junto a la cama, y mantuve mi mano junto a la de ella hasta que el sueño, promovido por el silencio y los calmantes que habitaban en su cuerpo, la dejó completamente vencida sobre la cama.

No aparté mi mirada de ella en ningún momento, ni cuando estaba despierta y me miraba sin hablar, ni cuando cerró los ojos para descansar.

No podía dejar de mirarla, porque sentía que era la única manera que tenía de hacerle ver que no estaba sola en aquel lugar. Que, a pesar de nuestras diferencias, o, mejor dicho, la paranoia que me acosó durante aquel día, e hizo que nos distanciáramos de una forma extraña, yo estaba dispuesta a quedarme ahí, a su lado, Y ofrecerle ese apoyo que realmente necesitaba.

Por supuesto, aquella noche pude entender por qué el dolor físico no conseguía provocar las lágrimas en ella. Era algo insignificante en la vida de Rachel Berry.