Capítulo 14
Amigas
Si por alguna extraña razón llegué a creer que ya nada podría pasar aquella noche, era porque no sabía lo que me esperaba por la mañana, cuando por fin el sol hizo acto de presencia tras las largas horas en el sofá de la habitación que ocupaba Rachel.
Largas horas no por desear marcharme, sino por no haber conseguido conciliar el sueño en toda la noche.
Aquel hospital era uno de los mejores de toda la ciudad, pero no por ello dormir en un sofá iba a ser algo cómodo. Lo único que hizo que me olvidara de aquel hecho fue contemplar a Rachel mientras dormía. Porque eso es lo que hice en las 5 horas que pasaron hasta que una de las enfermeras irrumpía en la habitación, y reclamaba mi presencia en recepción.
Mirarla, observarla dormir y pensar en todas y cada una de las historias que me había contado para revivirlas en mi mente.
Imaginar a una pequeña Rachel recibiendo la visita de dos hombres que se habían encargado de cuidarla cuando la ley estaba en contra de ellos. A una adolescente teniendo que asumir el rol de desadaptada social que asociaban a los chicos que habían crecido en orfanatos, y tener la suficiente personalidad como para no quedarse atrás en los estudios, y conseguir acceder a una de las universidades más importantes del país, para licenciarse como arqueóloga.
Hubo momentos en los que no pude evitar sonreír al imaginármela en plena excavación en algún lugar del mundo, y huyendo de las serpientes. Aunque esa pequeña fobia al parecer había llegado mucho después de licenciarse.
La verdad es que jamás habría adivinado la profesión de aquella chica a la que la música le sentaba de maravilla. Sin embargo, no logré imaginármela siendo toda una mujer y perdiendo a sus padres, a los dos únicos seres que se habían preocupado por ella y que volvían a dejarla sola en el mundo. Era incapaz de imaginar como el dolor la había castigado. Y me era imposible hacerlo, porque aquella chica, era luz. Desprendía ese halo, esa aura que solo los seres especiales consiguen tener y que, a mí, personalmente, me había absorbido desde el primer día.
Pero con la llegada del día, todo volvía a tener un matiz distinto, un enfoque que me devolvía a la realidad. A la estúpida y dura realidad que no terminaba de aceptar en mi vida.
Un papel entre mis manos me había hecho crecer en apenas un par de minutos y convertirme en la mujer madura que yo me negaba a ser.
Llevar a Rachel a aquel hospital fue lo más práctico y seguro para mí y para ella, pero no reparé en que también iba a ser la opción más cara.
—655 dólares —susurré tratando de recuperar el aire que se había escapado de mi cuerpo al ver la cifra.
Había acompañado a Rachel, y a falta de algún familiar que representase a la morena, yo era la encargada de afrontar en aquel instante los gastos de su ingreso.
Britanny no había dado señales de vida. Un mensaje de Santana me avisó de que la chica no estaba en el bar donde trabajaba cuando llegaron a él, y que lo único que pudo hacer, fue avisar a una de sus compañeras para que le hicieran llegar la noticia.
Yo jamás habría tenido inconvenientes en pagar aquella cantidad, menos por un trámite como aquél y siendo Rachel la involucrada. El problema era que mi cuenta corriente estaba tocando fondo. De hecho, lo pude comprobar la mañana anterior cuando me di el lujo de comprarme la camiseta y los pantalones que aún seguía llevando puestos. Un lujo de 37 dólares, nada más y que según mis cuentas, me dejó con tan solo 124 dólares disponibles hasta que volviese al bar.
Pero aquella factura debía pagarse en aquel instante si quería que Rachel recibiese el alta tras las pruebas que ya le estaban realizando, y así evitar que la cifra siguiese subiendo con el pasar de las horas.
Por supuesto, ella no había pensado en ese inconveniente, y si lo había hecho, no me lo comentó en ningún momento. Algo que yo tampoco iba a hacer. Sobre todo, después de ver como en su cartera apenas había 50 dólares y un par de monedas sueltas.
—Señorita Fabray, ¿va a pagarlo en efectivo o se lo cargo a la cuenta de su familia?
—No, no. Lo voy a pagar yo —respondí rápidamente a la intervención de la recepcionista—. Solo necesito un par de minutos, tengo que hacer unas llamadas —me excusé tratando de encontrar algo de tiempo para pensar en la manera de solucionar aquello.
Aquellas llamadas fueron directamente hacia Santana, que no aceptó a responderme y a Sam, que hizo exactamente lo mismo que mi amiga, ignorar el teléfono. Supuse que las 8:30 de la mañana no era una buena hora para ellos, aunque supiesen que estaba en el hospital.
La siguiente opción, y probablemente la más viable, era Brody. Me negaba a llamar a Finn para pedirle dinero, sobre todo, si era para Rachel. Así que sin pensarlo busqué a mi hermano en la agenda del teléfono y me preparé para tratar de solucionar aquel conflicto de la forma más natural y sencilla que pude.
—¿Qué haces un domingo despierta a esta hora? —el tono de mi hermano a través del teléfono me tranquilizó. Estaba despierto, y probablemente de buen humor. Algo que agradecía rotundamente.
—¿Dónde estás? —pregunté rápidamente.
—Pues voy en el coche, de camino al campo de golf a jugar con papá.
—Ven al hospital.
—¿Qué? ¿Qué dices del hospital?
—Necesito que vengas antes de marcharte, por favor. Es urgente y no le digas nada a papá.
—¿Qué? —sonó preocupado—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
—Sí, yo estoy perfectamente —lo tranquilicé—, es una amiga. Está ingresada y… Bueno, ven y te lo explico aquí. Solo serán unos minutos, pero necesito que vengas. ¿Ok?
—Oh, ok—balbuceó—. Estoy ahí en diez minutos.
—Perfecto —respondí—. Gracias Brody.
Fue lo último que pude decirle antes de que colgara mi llamada. Él me podría ayudar a subsanar aquel gasto sin tener que involucrar al resto de mi familia.
Los dos teníamos una tarjeta a parte de la personal, con suficientes fondos por si surgía alguna emergencia, pero esa misma cuenta también la utilizaban mis padres, y me negaba en rotundo que supieran que tenía que tocar ese dinero. Porque entonces sabrían que mi situación económica no era la que creían, y los reproches no tardarían en llegar. No quería que eso sucediera bajo ningún concepto, pero con Brody todo era distinto. No era la primera vez que nos echábamos una mano en cuestión de dinero, y estaba segura de que aquello no iba a suponer nada importante para él.
Sólo diez minutos, eso era lo que tenía que esperar, y ese fue el tiempo que le pedí a la chica de la recepción que estaba tramitando el cobro de la factura, por supuesto sin que Rachel lo supiese.
La morena permanecía en el interior de la habitación, recuperándose del aturdimiento que producían los relajantes que la habían llevado a un profundo sueño durante toda la noche, y esperando a recibir los resultados de las pruebas que le habían realizado.
Si todo salía tal y como el doctor me había dicho, en un par de horas Rachel y yo estaríamos saliendo de aquel hospital.
Me mantuve a la espera fuera de la habitación. Entrar supondría tener que explicarle aquellos pequeños imprevistos surgidos, y prefería que lo supiera una vez que estuviésemos fuera de allí. Por alguna extraña razón, imaginaba que su actitud no iba a ser la misma si se enteraba que era yo quien se estaba haciendo cargo de los gastos. Parecía como si la conociera de toda la vida, como si su personalidad fuese algo que yo ya había asimilado a la perfección, y no pude evitar imaginármela enfurecida al tener que asimilar que yo era la que iba a pagar. Por eso mismo, y para evitarlo si llegase a suceder, prefería que todo fuese en un ámbito más tranquilo, cuando el olor del hospital ya se hubiese marchado de nuestro olfato y nos mantuviésemos en un estado de menor tensión.
Pero como todo en mi vida, aquella mañana no iba a terminar con el pequeño imprevisto de la factura y nada más.
Mis ojos se posaron rápidamente en la entrada, cuando casi 15 minutos más tarde, Brody aparecía con el gesto completamente confuso y una seriedad que me aturdió.
Se supone que era yo quien debía estar preocupada y no él, sobre todo, después de asegurarle que me encontraba bien y que era una amiga quien estaba allí ingresada. Pero apenas pasaron un par de segundos cuando descubrí el motivo por el que mi hermano se mostraba con aquella actitud.
Mi padre.
Sentí que me faltaba el aire, y en ese instante quise asesinar a mi propio hermano. Mi padre entraba en la recepción del hospital justo detrás de él y quise morir al verlo.
—Luego te explico —fue lo único que me dijo Brody tras saludarme con un abrazo y evitar que mi padre pudiese escucharlo.
—Gracias por venir —fingí lanzando una mirada hacia mi padre—. Papá ¿Qué haces aquí?
—No es esa la pregunta, hija —me respondió abrazándome—. La pregunta es qué haces tú aquí y por qué no querías que yo lo supiera.
—No te asustes —dije con tranquilidad—. Es solo que una de mis amigas está aquí desde anoche, y bueno necesitaba preguntarle a Brody algo —balbuceé—, pero todo está bien. No quería preocuparte, nada más.
—¿Es Santana? —se interesó.
—Eh no, no, es Rachel —respondí mirando de soslayo a mi hermano—. No la conoces.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó Brody.
—Un cólico nefrítico —respondí—. Pero ya está bien, de hecho le van a dar el alta en un par de horas.
—Gracias a dios —susurró mi padre—. ¿Quién la está tratando?
—El doctor Sheldon. De hecho, aún está con ella. ¿Podrías hablar con él? —cuestioné tras encontrar la mejor de las excusas.
—¿Yo? ¿Qué quieres que hable con él?
—Bueno para eso le pedí a Brody que viniese —mentí—. Ya sabes que a mí no me suelen decir toda la verdad y Rachel no es de Phoenix. Dentro de unos días sale de viaje—expliqué con una habilidad pasmosa—. Me gustaría saber a ciencia cierta que está bien, y seguro que a ti te lo dicen sin ocultar nada.
Volvía a sorprenderme a mí misma tras tramar aquella absurda excusa que me servía para ganar tiempo y conseguir que mi padre me dejara a solas con Brody. Y me sorprendía porque yo jamás había tenido tanta rapidez mental para inventar toda esa sarta de mentiras en tan poco tiempo y que resultase creíble.
Lo fue, al menos para mi padre, que tras atender mi petición no dudó en buscar al doctor Sheldon para cuestionarle por el estado de Rachel.
Apenas lo perdí de vista me dirigí hacia Brody, que tal y como yo intuía, no había creído mi estúpida excusa.
—¿Qué está pasando? —me cuestionó serio.
—¿Por qué le has traído? —le recriminé.
—Porque venía en el coche conmigo —se excusó—. Puse las manos libres y te escuchó. Como comprenderás, no me iba a dejar que viniese solo.
—Joder —maldije—, podrías haberme avisado.
—Ya claro te digo, ¡hey Quinn! no digas nada que no quieras que sepa papá porque viene conmigo —espetó con sarcasmo.
—Da igual —le interrumpí—. No tengo mucho tiempo, necesito que me ayudes.
—¿Ayudar a qué?
—Necesito que me dejes 600 dólares tengo que pagar la factura del ingreso y no puedo con mi tarjeta.
—¿No tienes 600 dólares? —se preocupó.
—No, pero los tendré. Anoche no pude recibir mi parte del sueldo porque me fui antes, y no puedo irme del hospital sin pagarlo. No quiero que lo carguen a la cuenta de papá.
—Quinn, no puedes seguir así. No puedes seguir perdiendo dinero y… ¿Por qué tienes que pagar tú su factura? —se refirió a Rachel.
—Porque ella no tiene —respondí—. Brody, estaba cantando en la calle para ganar algo, tú mismo lo comprobaste. Y en el bar anoche le sucedió lo mismo que a mí, no pudo recoger las propinas porque nos fuimos antes. Vamos Brody, solo es un préstamo, te lo voy a devolver.
—Ok, ok —respondió—. Yo me hago cargo, pero si quieres que papá no se entere, será mejor que vayas a entretenerlo. Porque no creo que tarde en regresar, ya sabes que no le gustan los hospitales.
—Lo sé —susurré al tiempo que volvía a abrazarlo. Era la única manera que conocía para agradecerle el gesto.
—Vamos ve con él, yo voy a hablar con la recepcionista.
—Bien. Te debo una —dije alejándome de él.
—¡No! —exclamó— Lo que me debes son 600 dólares y muchas cervezas.
Muchas cervezas y mi propia vida.
En aquel instante me sentía tan aliviada por tenerle de hermano, que no había nada con lo que pudiese pagarle. Ni siquiera mi vida era lo suficientemente valiosa para ello, y me alegré. Me alegré porque eso significaba que alguien tan importante en mi mundo como lo era él, se había convertido en todo un hombre con sentido, con sensatez y, sobre todo, un gran corazón. A pesar de vivir su vida rodeado de políticos.
No había duda. Si mi hermano algún día seguía los pasos de mi padre, lo veía capaz de llegar a ser gobernador del estado de Arizona, y de ahí, a la Casa Blanca. Aunque eso era una utopía que solo yo mantenía viva en mi mente. Ni siquiera mi padre, al que había perdido de vista, creía capaz de que mi hermano lograse llegar tan alto.
Lo busqué por varias salas donde supuestamente debía estar y terminé caminando hacia la habitación de Rachel, de donde precisamente salía el doctor Sheldon.
—¿Todo bien? —le pregunté sin perder tiempo—. Mi padre está en el hospital y quería verle.
—Sí lo sé, ya he hablado con él —me interrumpió—. No te preocupes, Quinn, Rachel está en perfectas condiciones. De hecho, ya estaba a punto de vestirse y yo voy a preparar el alta.
—Bien —suspiré aliviada.
—Si buscas a tu padre, está con ella en la habitación.
—¿Qué? ¿Con ella?
Supuse que mi gesto más que de sorpresa, fue de puro terror al percibir la preocupación del médico.
—Eh sí, ha querido conocerla.
¿Por qué mi vida no podía ser normal? ¿Por qué aquel viaje a Utah con Sam no había terminado con mi ya típico mal humor tras acostarme con él y nada más? Aquellas preguntas eran ya algo natural en mi mente desde que la conocí, pero en aquel instante se acentuaron. Lo último que quería era que mi padre conociese a Rachel, y no por vergüenza ajena. Esa sensación solo la sentía si mi madre estaba presente. Ella era la especialista en hacerme ver todo desde una perspectiva más negativa y superficial. Mi padre no. Mi padre era como Brody, y bastante parecido a mí. Y si yo había caído rendida a la personalidad de Rachel, estaba completamente convencida de que él también iba a caer.
Pero el problema no era ese precisamente. El problema era que Rachel no conocía a mi padre, no sabía quién era, ni yo tenía intención de que lo supiese. Y menos aun cuando hacia apenas 6 horas que me había confesado que perdió a sus padres en un accidente de tráfico.
Me llené de valor. De nuevo una vez más desde que la había conocido, y me decidí a entrar en la habitación para descubrirla con una enorme sonrisa, sentada en la cama mientras mi padre permanecía de espaldas a la entrada. Pero no me llamó la atención eso. Lo que realmente me impresionó de aquella escena no era ver como Rachel sonreía, ni como mi padre aparecía en una actitud informal, hablándole como si la conociera desde pequeña. Lo que hizo que me paralizara fueron sus ojos. El brillo de sus ojos. Rachel volvía a desprender esa luz, esa viveza que tanto me impactó el día que la conocí y que tanto eché de menos la noche anterior.
Ya no había pena en su mirada, ni dolor, ni súplica.
Volvía a sonreír, volvía a ser ella y yo sentí que todo lo que me había pasado, mereció la pena por conseguir que regresara.
—¿Interrumpo? —cuestioné provocando la atención de mi padre, que rápidamente se giró hacia mí.
Él también se mostraba divertido, con una sonrisa que me impactó de lleno. Hacía mucho tiempo que no lo veía sonreír con tanta naturalidad.
—Hola hija —habló él—. ¿Por qué no me has presentado a tu amiga antes? —me recriminó en tono de humor—. Es muy divertida.
—No lo sé —balbuceé acercándome—, no he tenido tiempo.
—Siempre se tiene tiempo para conocer a alguien interesante —volvió a mirarla. Rachel había cesado la carcajada y trataba de mostrarse más serena. Yo diría que incluso un tanto cohibida por mi presencia—. No sabía que tenías amigas en Ohio. ¿Sabes que el tío Jeremy se va a trasladar a Columbus a trabajar? —me miró de nuevo.
—Pues no, no lo sabía. De todas formas, Rachel es de Lima. ¿Verdad? —le hablé tratando de hacerle ver que todo estaba bien y que no tenía por qué sentirse intimidada.
—Así es —dijo con un apenas un hilo de voz.
—Bueno, pero Lima está cerca de Columbus. Dime Rachel, ¿tú también has cometido la locura de estudiar periodismo? —bromeó.
—Eh no, no cometí esa locura. Creo que mi error fue aún mayor—sonrió.
—¿Por qué?
—Es arqueóloga por la universidad de Princeton —intervine con algo de orgullo. Que yo no fuese como mi madre, no significaba que no tuviese parte de su refinada personalidad, y alardear de algo importante, era un gesto nato en mí. Siempre y cuando me beneficiase para no sentirme juzgada por los demás.
Que mi padre supiese que aquella desconocida amiga que acababa de conocer se había licenciado en Princeton, era un buen punto a mi favor.
—Vaya, tenemos a una Darwinista —volvió a bromear.
—Más o menos —respondió Rachel bajando la mirada.
—¿Trabajas en ello? ¿Has venido a Arizona para algún proyecto?
—Eh no, la verdad es que no trabajo de arqueóloga, y dudo que lo haga.
—¿Por qué? —aquel interés de mi padre también me incumbía a mí. Rachel estaba hablando de algo que yo aún desconocía y por supuesto, me interesaba saberlo, aun sin saber por qué.
—Estoy más interesada en la Arqueología prehistórica, y no es el lugar indicado para eso.
—Vaya… Entonces, deberías probar suerte en Europa o en África. Apuesto a que allí tendrás más oportunidades.
—Lo sé, pero por ahora tengo otros intereses.
—Bueno, me parece muy bien que se tengan otras ambiciones, pero si te gusta tu profesión, no dudes en luchar por trabajar en ello. ¿Conoces el parque Arqueológico de Phoenix?
—Pues he oído hablar de él y leído, pero no he tenido oportunidad de visitarlo.
—Quinn —mi padre me miró extrañado—. ¿Tienes una amiga arqueóloga en la ciudad y no la llevas a visitar el parque?
—Eh —balbuceé sin saber muy bien que contestar. Decirle que solo hacía unas horas que conocía la profesión de Rachel, habría resultado un tanto extraño. Y supe que, si aquella conversación seguía adelante, me iba a ver en más de un compromiso con ellos —. Estaba en mis planes. Solo tenemos que cuadrar agendas —miré a Rachel—. ¿Verdad?
—Claro —susurró desviando la mirada.
Era inteligente, de eso no me cabía duda. Rachel sabía cómo actuar en cada momento, logrando que las situaciones comprometidas se viesen disminuidas a favor de mi persona.
Lo había hecho con Santana en el bar, con Sam e incluso con Finn cuando se lo presenté. Y ahora lo hacía con el hombre más importante de mi vida, mi padre.
—Así me gusta. Tú tienes que ser una buena embajadora de nuestra ciudad —volvió a hablarme y yo supe que había llegado el momento de zanjar aquella conversación cuanto antes.
—Siempre lo hago —respondí—. Eh papá, creo que Brody me ha dicho que teníais prisa.
—No hay prisa, vamos a jugar al golf y luego nos vamos a comer a casa. Tú vienes, ¿No?
—Claro, como cada domingo —me excusé
—Perfecto podrías venir a comer a casa —miró a Rachel justo en el momento en el que la voz de mi hermano nos interrumpía en la habitación.
—Hola… Papá. ¿Nos marchamos?
—¿Ya?
—Claro ¿Qué más quieres hacer aquí? —cuestionó—. Rachel ¿Cómo estás?
—Mucho mejor —respondió ella con una leve sonrisa. Extraña, porque era un tanto extraña e intuí que era debido a la invitación de mi padre. Al menos a mí también me resultó complicado mostrarme natural cuando lo oí.
—Me alegro —volvía a hablar Brody—. Espero que salgas pronto de aquí.
—Gracias Brody —susurró.
—¿Tú también la conoces? —cuestionó mi padre— ¿Por qué soy el único que no conocía a esta chica? —me miró.
—Papá, no seas pesado —intervine tratando de aligerar la despedida—. Vamos, vais a llegar tarde al campo de golf.
—Es cierto —habló Brody—, tenemos que estar a las nueve y apenas faltan diez minutos.
—Está bien, está bien Rachel —se acercó a la morena para saludarla con un sincero abrazo que ella recibió de la mejor manera—. Encantado de conocerte y ya lo sabes, estás invitada a comer hoy en casa —me miró—. Así que no tardéis.
—Gracias, señor Fabray.
—Russel, llámame Russel.
—Pues gracias Russel, ha sido un placer conocerle —sonrió.
—Hija te espero en casa —se giró hacia mí para saludarme de igual forma que lo hizo con Rachel. Un abrazo, con la única diferencia del beso que solía dejarme en la cabeza cuando repetía aquel gesto.
—Allí estaré —susurré—. Gracias por venir, papá.
—La próxima vez no dudes en decírmelo —me recriminó al tiempo que caminaba hacia la salida—. Nos vemos luego.
—Adiós papá.
—Adiós señor Fabr… Russel —corrigió Rachel tras recibir una divertida mirada de mi padre.
—Gracias Brody —dije mirando a mi hermano, que se limitó a lanzarme un guiño de ojos y a sonreír a Rachel antes de acompañar a mi padre hasta la salida de la habitación.
Sentí que el aire volvía a fluir por mis pulmones, a pesar de que la extraña reunión no había sido tan mala como yo esperaba.
Lo que estaba seguro que iba a suceder, sucedió. Rachel se ganó a mi padre y eso era algo favorable para no obligarme a tener que dar explicaciones a mi familia acerca de aquella desconocida, y mi casi obsesivo interés por ocuparme de ella. Pero también suponía un grave conflicto personal, puesto que tal y como había sucedido, Rachel recibió la primera de las invitaciones por parte de mi familia para conocer mi entorno. Y eso era algo que yo no deseaba que sucediera por una simple y sencilla razón; me daba vergüenza.
No quería sonar o resultar pretenciosa delante de alguien que vivía ganándose la vida con su voz y una vieja guitarra. No quería alardear de todo el lujo que me rodeaba, a pesar de mi esmero por apartarme de él. No me gustaba dar esa imagen a alguien que me había impactado tanto. Y Rachel era ese alguien.
El silencio que se creó en la habitación solo hizo que nuestros nervios aumentaran a un mayor nivel. Y digo nuestros, porque la actitud esquiva de Rachel tras la marcha de mi padre, me demostraba que ella también lo estaba pasando mal.
Fui yo quien lo rompió.
—Siento las preguntas de mi padre.
—No te preocupes —respondió casi sin darme tiempo a acabar la frase—. Es encantador. Eso sí, me vas a tener que disculpar ante él por no aceptar la invitación —me miró—. No es que no me apetezca, pero lo que realmente necesito es darme un buen baño relajante y descansar.
—Entiendo, yo se lo haré llegar —suspiré aliviada—, pero aun así tengo la sensación de que ha logrado averiguar más de ti en un par de minutos que yo en estas semanas. Y no me gusta que sea así. Siento que ha invadido tu intimidad.
—Quinn, solo me ha preguntado esas cosas cuando tú has llegado, antes solo se preocupó por saber cómo estaba. Además de cuestionar a ese médico y obligarle a decirme toda la verdad acerca de mi salud —sonrió—. Ha sido genial, se ve que ser alcalde ejerce suficiente influencia en los demás.
¿Alcalde? Lo había dicho. Había mencionado esa palabra, había llamado a mi padre alcalde y supe que lo único que más me importaba evitar que supiese, lo sabía.
—Eh, bueno es lógico —balbuceé esquivándola—. ¿Te lo ha dicho él?
—¿El qué? ¿Qué es alcalde?
—Ajam
—No, se le ha escapado al doctor Sheldon —sonrió—. Supongo que tu padre ya pensaría que yo lo sabía.
—Siento no habértelo dicho antes, pero es algo que no… Bueno que no me gusta ir diciendo. No sé. Debo parecerte estúpida —balbuceé.
—No, en absoluto. Y tampoco tienes que disculparte por nada —se acercó—. No creo que tengas que decirle a nadie lo que sea o deje de ser tu padre —sentenció—. ¿Me ayudas? —preguntó girándose frente a mí y obligándome a que deshiciera el pequeño nudo que mantenía en la espalda y que servía para que el pijama estuviese perfectamente colocado.
—Claro —susurré aún con los nervios acusando mi voz, y en ese instante, también mis manos. Nunca supe por qué algo tan sencillo como un simple nudo, se convirtió en toda una odisea para mí. Quizás porque mientras lo intentaba deshacer, en mi mente seguía circulando aquel descubrimiento de la chica acerca de mi familia. O quizás porque mis ojos ya podían observar parte de la espalda desnuda de Rachel, y con ella, su curioso tatuaje. Era una extraña flor formada con unas sinuosas líneas de estilo tribal, al menos a eso me recordaba, y que ocupaba gran parte de la zona baja de su espalda, sobre su espina dorsal.
—Quinn, creo que ahora más que nunca debemos solucionar nuestro pequeño conflicto.
—¿Conflicto? —balbuceé como una completa estúpida. Ni siquiera podía vocalizar con soltura mientras tenía frente a mí su espalda ya desnuda, y el tatuaje.
—Sí ya sabes —se apartó tras notar como el pijama quedaba completamente suelto—. La discusión de anoche.
Lo único que me faltaba en aquel instante, fue ver lo que vi tras observar cómo Rachel se desprendía por completo del pijama, quedándose en ropa interior, con el torso al descubierto, y se paseaba delante de mis narices sin pudor alguno, directa hacia su ropa que permanecía en el interior de un pequeño armario.
Tuve que desviar la mirada, y no solo la mirada. También tuve que girarme por completo y evitar así la tentación que me inundaba por seguir observándola.
No era la primera vez que veía a una chica desnuda, pero sí era la primera vez que veía a una chica que me atraía, y eso era una pequeña pero abismal diferencia.
—No quiero perjudicarte —volvió a hablar ajena a la tensión que se ocupaba de mi cuerpo—. Ahora entiendo que tu vida, siendo la hija de quién eres, no debe ser demasiado sencilla. Y por eso seguro que tienes todos esos conflictos emocionales
—No tengo conflictos emocionales —dije sin mirarla—. Yo solo te pedí que por favor no me lanzaras indirectas, nada más.
—Y yo te repito que no lo haré, aunque la verdad es que no recuerdo haberlo hecho.
—Rachel —la miré y volví a girarme. Pensaba que no me iba a impactar, pero sí, sobre todo, porque ella me miraba. Estaba frente a mí colocándose los pantalones y con el pecho al desnudo—. Me caes bien, y no quiero, no quiero dejar de verte. Podemos ser amigas, pero tienes que reconocer que alguna que otra vez me has puesto entre la espada y la pared.
—Quinn —se acercó ya con la camiseta entre sus manos, y yo sentí el alivio de poder mirarla sin ruborizarme—, la primera vez que nos besamos me lo pediste tú —aclaró con media sonrisa—, y la segunda vez fue en el almacén y sí, es cierto que yo di el paso, pero tú no lo rechazaste. De hecho, juraría que no estabas incomoda. Al menos hasta que nos detuvimos.
—Ok, ok—interrumpí—. Es cierto me he dejado llevar por la curiosidad, pero no quiero que se vuelva a repetir. No quiero volver a tener la sensación de que le estoy mintiendo a Finn y a ti.
—Bueno, por mí puedes estar tranquila, ya sé que estás enamorada de él y que es probable que vuelvas a su lado. Yo prometo no dejarme llevar por lo que me proyectas.
En cualquier situación normal de mi vida, jamás habría permitido que la culpa de una discusión recayese sobre mí, pero en aquel instante, con tal de acabar con la discusión y dejar todo bien aclarado, lo hice. Permití que la última palabra de Rachel hiciese referencia a mis "deseos proyectados" y mi impasibilidad al rechazarla, quizás porque yo también era consciente de que gran parte de la culpa era mía. Pero ella no se quedaba atrás.
Fue ella quien me lanzó indirectas acerca de pagarme con un beso o una canción. Fue ella la que cantó aquella canción sin dejar de mirarme, consiguiendo que mis sentidos quedasen completamente anulados, y poder utilizar toda su artillería para volver a besarme. Y eso, por mucho que ella tratara de evitar mencionar, era real. Había sucedido y yo lo sabía.
—¿Amigas? —lancé la mano para sellar aquel trato con un apretón de manos, tragándome el orgullo de no responderle y continuar con la discusión.
—Amigas —susurró aceptando mi mano.
En ese instante la puerta de la habitación volvía a abrirse, y una de las enfermeras aparecía para entregarle a Rachel un sobre con el alta médica. Algo que sucedió con suma rapidez y que yo relacioné a la inesperada visita de mi padre. Influencias, sin dudas.
—Gracias —respondió Rachel recibiendo el sobre—. Eh disculpe. ¿Dónde debo pagar la factura del ingreso?
Me mantuve en silencio. Básicamente porque no tenía ni idea de lo que hacer con aquel tema y mucho menos, después de haber mantenido una nueva discusión con ella.
—¿La factura? No, señorita, ya está pagado —respondió la enfermera—. La señorita Fabray se hizo cargo de ello.
Bajé la mirada lo suficiente como para evitar sentir la tentación de enfrentarme a la de ella. Porque a pesar de no verla, sabía que me estaba mirando, podía notarlo.
—Oh, está bien —respondió ella—. Muchas gracias.
—A usted, y cuídese. ¿De acuerdo?
—Lo haré, gracias —agradecía de nuevo justo cuando observaba como la enfermera ya abandonaba la habitación y volvía a dejarnos a solas.
Yo actué, y lo hice como mejor creía que debía hacerlo, tratando de no darle importancia y comenzando a recoger mis cosas para salir de allí lo antes posible.
—Quinn —se acercó a mí, evitando que continuase con mi extraña tarea—. ¿Por qué has pagado esto?
—Porque tú estabas un poco ocupada tratando de recuperarte —dije sin darle la mayor importancia.
—Ok. Pues dime cuánto te debo.
Guardé silencio por algunos segundos mientras la observé tomar su bolso, y abrir el interior de su cartera. Sabía que allí no había más de cincuenta dólares y yo no iba a permitir que me pagase absolutamente nada.
—Nada, solo han sido cien dólares.
—Ok. Eh, tengo cincuenta. Toma. puedes tomar el resto de las propinas del bar. ¿De acuerdo?
—Eh no, quédate con eso. Prefiero que me lo des todo junto.
—¿Por qué?
—Prefiero que con ese dinero te compres un teléfono con el que poder localizarte.
—¿Un teléfono? —cuestionó confusa, y yo por fin, alcé la mirada para clavar mis ojos en los suyos.
—Si aceptas ser mi amiga tendrás que estar localizable para cuando necesite llamarte —dije con rotundidad—. Es lo que hacen las amigas
—Pero…
—No hay peros. Si no te compras ese teléfono tú, lo haré yo, y lo tendrás que llevar contigo, aunque solo guardes mi número en él —le dije, y supe que, por mi tono, sonó a reprimenda—. Lo siento Rachel, pero ya no veo las pulseras y recuerdo a una desconocida, ahora las miro y… —tragué saliva— veo a una amiga que dentro de poco volverá a marcharse.
—Quinn, yo no quiero tener nada que me…
—No me importa lo que digas —interrumpí—. Anoche me diste un susto de muerte. Creo que me debes una, y me conformo con poder localizarte cuando lo necesite.
—Solo eso —susurró sin dejar de mirarme—. ¿Solo necesitas saber dónde estoy?
No, pensé. No solo necesitaba saber dónde iba a estar, sino que también iba a necesitar mantener algún tipo de contacto más, escuchar su voz cuando fuera necesario y mirar mi teléfono para saber que aquella chica era real, y podía escucharla cantar cuando lo desease. Saber que estaba bien, que seguía sonriendo y disfrutando de la vida que había elegido, Pero aquello no se lo podía decir. Aquello ya no podía salir de mi voz tras haberle pedido que mantuviera su artillería a buen recaudo, y no la utilizase conmigo.
—Solo eso.
—Ok, pero esto te lo tengo que pagar.
—Cuando regreses al bar a cantar hablamos de dinero, ahora no lo pienses. Solo recoge tus cosas y salgamos de aquí lo antes posible.
—Estoy lista —se mostró frente a mí—, espero que mi guitarra esté bien protegida.
—¿Por qué te preocupas tanto por esa guitarra?
—Porque es especial —caminó hacia la salida—. Fue el último regalo de cumpleaños que me hicieron mis padres y… Bueno, vendrá conmigo a donde quiera que vaya. Es mi vida.
Tragué saliva al escuchar de nuevo la confesión y sentí como la pena se apoderaba de mí al recordar la historia de sus padres. Sin embargo, ella sonreía, como lo hacía siempre, aunque las ojeras siguieran adueñándose de su cara.
—¿La has cuidado? ¿Está protegida? —volvió a preguntarme.
—Lo está —respondí recuperando parte la sonrisa—. En mi coche.
